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L.A. CONFIDENTIAL (CUARTETO DE LOS ÁNGELES 3)

James Ellroy

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Fragmento

 

Un motel abandonado en las colinas de San Bernardino; Buzz Meeks se registró allí con noventa y cuatro mil dólares, nueve kilos de heroína de gran pureza, una escopeta calibre 10, un 38 especial, una automática 45 y una navaja que le había comprado a un mexicano en la frontera, antes de ver el coche aparcado al otro lado: matones de Mickey Cohen en un coche sin insignias de la policía de Los Ángeles, polizontes de Tijuana esperando para hacer contrabando con parte de sus mercancías y arrojar su cadáver al río San Isidro.

Llevaba una semana huyendo; ya había gastado cincuenta y seis mil dólares para conservar el pellejo: coches, escondrijos a cuatro o cinco mil pavos la noche. Tarifas de riesgo: los hoteleros sabían que Mickey Cohen lo buscaba porque le había quitado la droga y la mujer, la policía de Los Ángeles lo buscaba porque había matado a un agente. El acecho de Cohen le impedía vender la droga: nadie actuaría, por temor a las represalias; a lo sumo podría entregarla a los hijos de Doc Englekling: Doc la conservaría, la empaquetaría, la vendería después y le daría un porcentaje. Doc había trabajado con Mickey y tenía sesos suficientes como para tenerle miedo; los hermanos, cobrándole quince mil pavos, lo enviaron al motel El Serrano y le estaban preparando la fuga. Ese anochecer dos mexicanos lo llevarían a un campo de judías y lo despacharían a Guatemala vía aerolíneas polvo blanco. Buzz tendría nueve kilos de heroína trabajando para él en California, siempre que pudiera confiar en los chicos de Doc y ellos pudieran confiar en los distribuidores.

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Meeks abandonó el coche en un pinar, cogió la maleta, estudió el panorama:

El motel tenía forma de herradura, una docena de habitaciones. Había colinas al fondo: imposible atacar desde la retaguardia.

El patio de gravilla estaba cubierto de ramas, papeles, botellas vacías: las pisadas crujirían, las llantas partirían madera y vidrio.

Había un solo acceso, el camino por donde había llegado. Los exploradores de avanzada tendrían que atravesar la arboleda para apuntarle.

O tal vez aguardaran en una habitación.

Meeks cogió la escopeta, abrió puertas a puntapiés. Una, dos, tres, cuatro: telarañas, ratas, cuartos de baño con el inodoro tapado, comida podrida, revistas en español. Quizá los distribuidores mexicanos usaran el motel para albergar a sus compatriotas cuando los llevaban a las granjas de esclavos del condado de Kern. Cinco, seis, siete. En efecto: familias mexicanas amontonadas sobre colchones, asustadas de un hombre blanco con un arma. «Calma, calma», dijo para tranquilizarlos. Las últimas habitaciones estaban vacías; Meeks cogió la maleta, la dejó en la unidad 12: vista del frente y del patio, un colchón de muelles que derramaba capoc, nada mal como último alojamiento en el país.

Un calendario con mujeres en la pared; Meeks buscó abril y miró su cumpleaños. Un jueves. La modelo tenía mala dentadura, pero aun así estaba apetitosa. Le recordó a Audrey: ex stripper, ex amante de Mickey; la razón por la cual Buzz había matado a un polizonte, había estropeado el trato Cohen/Dragna robándole la heroína. Pasó a diciembre, pensó en sus probabilidades de llegar a fin de año y se asustó: estómago revuelto, una vena palpitante en la frente, sudor.

Empeoró: temblores. Meeks apoyó su arsenal en el alféizar de una ventana, se llenó los bolsillos de municiones: balas para el 38, cargadores para la automática. Se colocó la navaja en el cinturón, cubrió la ventana trasera con el colchón, rompió la ventana delantera para que entrara aire. La brisa le enfrió la transpiración; fuera, chicos mexicanos jugaban con una pelota de béisbol.

Se quedó allí. Los espaldas mojadas se congregaron fuera: señalando el sol como si calcularan el tiempo, hora de que llegara el camión. Faenas duras por tres comidas y un camastro. Anocheció; los mexicanos empezaron a parlotear; dos hombres blancos —uno gordo, otro flaco— entraron en el patio. Agitaron las manos; los mexicanos respondieron al saludo. No parecían polizontes ni matones de Cohen. Meeks salió, acompañado de su calibre 10.

Los hombres saludaron: gran sonrisa, cara inofensiva. Meeks miró la carretera: un sedán verde aparcado en diagonal, bloqueando algo de color azul claro, demasiado brillante para ser el cielo entre pinos. Un destello rebotó en la pintura metálica. Meeks recordó: Bakersfield, el encuentro con los tíos que necesitaban tiempo para conseguir la pasta. El cupé claro que intentó atacarlo un minuto después.

Meeks sonrió: amable, cara inofensiva. Un dedo en el gatillo; un vistazo al tío flaco: Mal Lunceford, un matón de la jefatura de Hollywood que miraba a las camareras del Scrivener’s Drive-in, hinchando el pecho para lucir las cicatrices. El gordo, más cerca, dijo:

—El avión está esperando.

Meeks alzó la escopeta, disparó una perdigonada. El gordo recibió la andanada, voló, tapó a Lunceford, lo derribó. Los espaldas mojadas echaron a correr; Meeks entró en la habitación, oyó que rompían la ventana trasera, arrancó el colchón. Blancos fáciles: dos hombres, tres perdigonadas de cerca.

Los dos volaron en pedazos; el vidrio y la sangre salpicaron a otros tres que se acercaban junto a la pared. Meeks saltó, cayó al suelo, disparó contra tres pares de piernas; estiró la mano libre, arrebató un revólver de la cintura de un muerto.

Gritos en el patio; pisadas en la gravilla. Meeks soltó la escopeta, se aplastó contra la pared. Sobre los hombres, saboreando sangre; tiros a quemarropa en la cabeza.

Pasos en la habitación; dos rifles a poca distancia. Meeks gritó «¡Le dimos!», oyó hurras de victoria, vio brazos y piernas saliendo por la ventana. Cogió el arma más cercana y disparó: blancos atrapados, astillas de yeso, chispas encendiendo la madera seca.

Pisó los cuerpos, saltó a la habitación. La puerta de delante estaba abierta; sus pistolas aún estaban en el alféizar. Un chasquido; Meeks vio a un hombre tendido, apuntando desde detrás del camastro.

Se arrojó al suelo, disparó, erró. El hombre lanzó un disparo, erró por poco; Meeks empuñó la navaja, saltó, atacó: el cuello, la cara. El hombre gritó, disparó. Las balas rebotaron. Meeks le abrió el gaznate, se arrastró hacia la puerta, la cerró, empuñó las pistolas, cobró aliento.

El fuego se extendía: asando cuerpos, maderas; la puerta de delante era la única salida. ¿Cuántos más?

Disparos.

Desde el patio: calibre grueso, arrancando trozos de pared. Uno le dio en la pierna, otro le rozó la espalda. Se arrojó al suelo. Los disparos seguían, la puerta cayó. Entre dos fuegos.

No más disparos.

Meeks se enfundó las pistolas bajo el pecho, se quedó tieso como un muerto. Largos segundos; cuatro hombres entraron empuñando rifles. Susurros: «Está fiambre», «Tengamos cuidado», «Loco cabrón». A través de la puerta, pasos. Mal Luncerford no estaba entre ellos.

Puntapiés en el costado, jadeos, risas burlonas. Alguien le puso el pie debajo.

—Gordo cabrón —dijo una voz.

Meeks le cogió el pie; el hombre cayó hacia atrás. Meeks giró disparando. A quemarropa, todos en el blanco. Cayeron cuatro hombres; una toma desde el suelo: el patio, Mal Lunceford echando a correr. Luego, a sus espaldas:

—Hola, muchacho.

Dudley Smith atravesó las llamas con chaqueta del departamento de bomberos. Meeks vio la maleta junto al colchón: noventa y cuatro mil pavos, droga.

—Dud, viniste preparado.

—Como los boy scouts, muchacho. ¿Palabras de despedida?

Suicidio: Dudley Smith estaba alerta. Meeks alzó las pistolas; Smith disparó primero. Meeks murió pensando que el motel El Serrano era igual que El Álamo.

PRIMERA PARTE

Navidad Sangrienta

1

Bud White en un coche sin insignia, viendo parpadear el «1951» del árbol de Navidad del Ayuntamiento. En el asiento trasero llevaba bebida para la fiesta de la Central; había presionado a los comerciantes todo el día, eludiendo el mandato de Parker: los casados tenían libres el 24 y Navidad, todos los turnos eran solo para solteros, los detectives de la Central debían apresar vagabundos. El jefe quería encerrar a los vagos del lugar para que no irrumpieran en la fiesta del alcalde Bowron para niños menesterosos y se engulleran los bizcochos. La Navidad anterior, un negro loco sacó la polla, orinó en una jarra de limonada destinada a los mocosos de un orfanato y ordenó a la señora Bowron: «Cógela, perra». William H. Parker pasó su primera Navidad como jefe del Departamento de Policía de Los Ángeles transportando a la esposa del alcalde al hospital para que la sedaran, y ahora, un año después, él pagaba las consecuencias.

El asiento trasero, cargado de botellas, le tenía la espalda hecha polvo. Ed Exley, el subcomandante de guardia, era un santurrón que se podía enfadar si cien polizontes empinaban el codo en la Central. Y Johnny Stompanato llevaba veinte minutos de retraso.

Bud encendió la radio policial. Palabras zumbonas: robos en tiendas, un atraco en una licorería de Chinatown. Se abrió la portezuela y entró Johnny Stompanato.

Bud encendió la luz del salpicadero.

—Felicidades —dijo Stompanato—. ¿Dónde está Stensland? Tengo algo para vosotros.

Bud le echó un vistazo. El guardaespaldas de Mickey Cohen llevaba un mes sin empleo. Mickey cumplía una sentencia federal por impuestos, de tres a siete meses en McNeil. Stompanato se dedicaba a hacerse la manicura y plancharse los pantalones.

—Sargento Stensland para ti. Él está arrestando a vagos, y la paga es igual de todos modos.

—Qué lástima. Me gusta el estilo de Dick. Tú lo sabes, Wendell.

El guapo Johnny: acicalado, rizos compactos. Se rumoreaba que tenía un miembro de caballo y para colmo se ponía relleno.

—Dime qué tienes.

—Dick es más cortés, agente White.

—¿Estás enamorado de mí o solo quieres charla?

—Yo estoy enamorado de Lana Turner, tú estás enamorado de los maridos violentos. También cuentan que eres muy cariñoso con las damas y que no eres selectivo en cuanto al aspecto.

Bud hizo crujir los nudillos.

—Y tú te ganas la vida jodiendo a la gente, y todo el dinero que Mickey dona para beneficencia no lo vuelve mejor que un camello o un chulo. Si presentan quejas contra mí porque fastidio a los maridos violentos, eso no me hace igual a ti. ¿Capisci, cabrón?

Stompanato sonrió, nervioso. Bud miró por la ventana. Un Santa Claus del Ejército de Salvación se echó monedas en la palma de la mano, echando una ojeada a la licorería de enfrente.

—Mira —dijo Stompanato—, tú quieres información y yo necesito dinero. Mickey y Davey Goldman están entre rejas, y Mo Jahelka se encarga de las cosas mientras los demás no están. Mo está de mala racha y no tiene trabajo para mí. Jack Whalen no me contrataría por nada del mundo, y Mickey no envió ningún sobre.

—¿Ningún sobre? Mickey salió bien librado. Oí que recobró la droga que le quitaron durante su reunión con Jack D.

Stompanato meneó la cabeza.

—Oíste mal. Mickey le echó el guante al ladrón, pero la droga no está en ninguna parte y el fulano se largó con ciento cincuenta mil dólares de Mickey. White, necesito dinero. Y si tu fondo para soplones está en orden, te pasaré datos confirmados.

—Vuélvete honesto, Johnny. Sé un hombre limpio como Dick Stensland y yo.

Stompanato rió, pero sin convicción.

—Un ladrón con ganzúa por veinte o un asaltante de tiendas que aporrea a la mujer por treinta. Un trato rápido. Vi al fulano asaltando Ohrbach’s mientras venía.

Bud sacó un billete de veinte y uno de diez; Stompanato los agarró.

—Ralphie Kinnard. Rubio, gordo, cuarentón. Usa chaqueta de gamuza y pantalones de franela gris. Oí decir que le pegaba a su esposa y la prostituía para cubrir sus pérdidas de póquer.

Bud anotó todo.

—Feliz Navidad, Wendell —dijo Stompanato.

Bud le agarró la corbata y tiró de ella; la cabeza de Stompanato chocó contra el salpicadero.

—Feliz Navidad, bola de grasa.

Ohrbach’s estaba atestado: enjambres de clientes en los mostradores y las secciones de ropa. Bud se abrió paso a codazos para llegar al tercer piso, territorio ideal para ladrones: joyas, licores.

Mostradores llenos de relojes; colas de treinta personas ante las cajas registradoras. Bud buscaba varones rubios, recibía empellones de amas de casa y niños. De pronto, un destello: un sujeto rubio con chaqueta de gamuza entrando en el servicio de hombres.

Bud entró. Dos tíos frente a los urinarios; pantalones de franela gris rozando el suelo del retrete, Bud se agachó, echó un vistazo. Bingo: manos acariciando joyas. Los dos tíos se cerraron la bragueta y salieron. Bud golpeó la puerta del retrete.

—Vamos, es Navidad.

La puerta se abrió de golpe. Un puñetazo, Bud lo recibió en plena cara, chocó contra el lavabo, rodó. Tapándose la cara con los brazos, Kinnard en fuga. Bud se levantó para perseguirlo.

La puerta, clientes cerrándole el paso, Kinnard escabulléndose por una salida lateral. Bud lo persiguió: la salida, la escalera de emergencia. El aparcamiento estaba vacío: ni coches ni Ralphie. Bud corrió a su coche patrulla, llamó por radio.

—4A31 a central, solicitando ayuda.

Estática, luego:

—Recibido, 4A31.

—Último domicilio conocido. Varón blanco, nombre de pila Ralph, apellido Kinnard. Creo que se deletrea K-I-N-N-A-R-D. Deprisa.

—Recibido.

Bud golpeó el coche: bam-bam. La radio crujió.

—4A31, afirmativo a su solicitud.

—4A31, recibido.

—Positivo. Kinnard, Ralph Thomas, varón blanco, fecha de nacimiento…

—Solo el maldito domicilio…

El otro pedorreó con la boca.

—Para tu calcetín de Navidad, idiota. El domicilio es Evergreen 1486, y espero que te…

Bud apagó el receptor, enfiló hacia City Terrace. Sesenta por hora, bocinazos, Evergreen en cinco minutos.

Las manzanas del 1200 y el 1300 pasaron deprisa; 1400, prefabricadas para veteranos. Bud aparcó, siguió las placas hasta el 1486, un edificio de estuco con una figura de neón en el techo, un trineo de Santa Claus.

Luces dentro; un Ford de antes de la guerra en la calzada. A través de la ventana: Ralphie Kinnard aporreando a una mujer en bata.

La mujer —treinta y cinco años, la cara hinchada— retrocedía ante Kinnard; la bata se le entreabrió: pechos magullados, costillas laceradas.

Bud regresó a buscar las esposas, vio el parpadeo de la radio y atendió.

—Aquí 4A31.

—Recibido, 4A31 Tenemos un ataque contra dos policías en un bar de Riverside 1990, seis sospechosos en fuga. Los identificaron por sus placas y han alertado a otras unidades.

Bud sintió un cosquilleo de alarma.

—¿Malo para los nuestros?

—Afirmativo. Vaya al número 5314 de la avenida Cincuenta y tres, Lincoln Heights. Arreste a Dinardo, D-I-N-A-R-D-O, Sánchez, edad veintiuno, varón, mexicano.

—Recibido, y usted envíe un coche patrulla a Evergreen 1486. Sospechoso blanco, varón, bajo custodia. Yo no estaré allí, pero lo verán. Anuncie que iré para allá.

—¿Se presentará en la comisaría de Hollenbeck?

Bud respondió afirmativo, cogió las esposas. Volvió a la casa, buscó una caja eléctrica exterior. Movió interruptores hasta apagar las luces. El trineo de Santa Claus permaneció encendido; Bud tiró de un cable de salida. El neón se vino abajo: renos estallando. Kinnard corrió y tropezó con el reno Rodolfo. Bud le esposó las muñecas, le aplastó la cara contra la acera. Ralphie gritó y mordió grava; Bud le espetó su discurso contra maridos violentos.

—Saldrás en un año y medio, y yo sabré cuándo. Averiguaré quién es tu supervisor de libertad condicional y me haré amigo de él, te visitaré para saludarte. Si la tocas de nuevo, y pienso enterarme, te haré encerrar por violación de menores. ¿Sabes qué hacen con los violadores de menores en San Quintín? ¿Eh? Creo que lo tienes claro, ¿no?

Se encendieron luces. La esposa de Kinnard estaba tocando la caja de fusibles.

—¿Puedo ir a casa de mi padre? —preguntó.

Bud vació los bolsillos de Ralphie: llaves, un fajo de billetes.

—Coge el coche y arréglate un poco.

Kinnard escupió dientes. La esposa atajó las llaves y tomó un billete de diez.

—Feliz Navidad —dijo Bud.

La esposa de Ralphie le sopló un beso e hizo retroceder el coche, aplastando los renos titilantes.

Avenida Cincuenta y tres, código 2, sin sirena. Un coche patrulla lo adelantó; dos policías de uniforme y Dick Stensland salieron y se reunieron.

Bud tocó la bocina; Stensland se le acercó.

—¿Quién está allí, socio?

Stensland señaló una casucha.

—El tío que nos han descrito por radio, quizá más. Quizá cuatro mexicanos y dos blancos atacaron a los nuestros. Brownell y Helenowski. Brownell quizá tenga lesión cerebral. Helenowski quizá pierda un ojo.

—Grandes, seguramente.

Stensland apestaba: Listerine, ginebra.

—¿Te echas atrás?

Bud salió del coche.

—En absoluto. ¿Cuántos bajo custodia?

—Ninguno. El arresto es nuestro.

—Entonces di a los uniformados que no se entrometan.

Stensland meneó la cabeza.

—Son amigos de Brownell. Quieren su parte.

—Negativo, es nuestro. Los arrestamos, firmamos el formulario y lo celebramos a la hora del cambio de guardia. Tengo tres cajas: Walter Black, Jim Bean y Cutty Sark.

—Exley es el subcomandante de guardia. Es un aguafiestas y puedes apostar a que no aprueba la ebriedad en horas de servicio.

—Sí, y Frieling es el jefe de guardia y es un puñetero borracho como tú. No te preocupes por Exley. Y antes debo preparar un informe, así que andando.

Stensland rió.

—¿Ataque premeditado contra una mujer? ¿Qué es eso? ¿Artículo seis veintitrés, punto uno, del Código Penal de California? Bien, yo soy un puñetero borracho y tú eres un puñetero benefactor.

—Sí, y apestas. ¿Qué dices?

Stensland parpadeó. Bud avanzó por el flanco: hasta el porche, pistola en mano. La casucha tenía cortinas oscuras; Bud captó un anuncio radial. Chevrolet Félix el Gato. Dick pateó la puerta.

Gritos, un mexicano y una mujer corriendo. Stensland apuntó alto; Bud le bloqueó el disparo. Corredor abajo, Bud los alcanzó. Stensland jadeaba, tropezaba con muebles. La cocina: los hispanos se toparon con una ventana.

Dieron media vuelta, alzaron las manos: un pachuco macarra, una bonita muchacha con seis meses de embarazo.

El chico se puso de cara a la pared: un profesional. Bud lo cacheó: documento de Dinardo Sánchez, monedas. La muchacha sollozaba; fuera ululaban sirenas. Bud hizo darse la vuelta a Sánchez, le pateó los huevos.

—Por los nuestros, Pancho. Y te salió barato.

Stensland agarró a la muchacha.

—Vete a pasear, preciosa. Antes de que mi amigo examine tu tarjeta verde.

Esas palabras la asustaron. «¡Madre mía!, ¡madre mía!», gritaba mientras Stensland la arrastraba a la puerta. Sánchez gemía. Bud vio un enjambre de uniformes azules en la calzada.

—Les entregaremos a Pancho.

Stensland recobró el aliento.

—Se lo entregaremos a los amigos de Brownell.

Entraron dos uniformados con aire de novatos. Bud vio una salida.

—Esposadlo y llevadlo. Ataque a policías y resistencia al arresto.

Los novatos se llevaron a Sánchez a rastras.

—Tú y las mujeres —dijo Stensland—. ¿Después qué? ¿Chicos y perros?

La mujer de Ralphie, magullada en Navidad.

—Lo estoy pensando. Vamos, llevemos esa bebida. Pórtate bien y tendrás tu propia botella.

2

Preston Exley corrió el telón. Sus invitados suspiraron de admiración; un concejal aplaudió, derramó ponche de huevo sobre una dama de la alta sociedad. Ed Exley pensó: No es la típica Nochebuena de un policía.

Miró el reloj de pulsera: 8.46. Tenía que estar en la jefatura a medianoche. Preston Exley señaló el modelo a escala.

Ocupaba la mitad de su estudio: un parque de atracciones lleno de montañas de papel maché, naves cohete, pueblos del Salvaje Oeste. Personajes de dibujos animados en la puerta: el Ratón Moochie, la Ardilla Scooter, el Pato Danny. Creaciones de Raymond Dieterling, presentadas en la Hora de los Sueños y veintenas de películas.

—Damas y caballeros, les presentamos la Tierra de los Sueños. Exley Construction la edificará en Pomona, California, y la fecha de inauguración será en abril de 1953. Será el parque de atracciones más sofisticado de la historia, un universo autónomo donde los niños de todas las edades podrán disfrutar del mensaje de diversión y buena voluntad que caracteriza a Raymond Dieterling, el padre de la animación moderna. La Tierra de los Sueños presentará a los personajes favoritos de Dieterling, y será un refugio para los jóvenes y los jóvenes de corazón.

Ed miró a su padre: cincuenta y siete años, con aspecto de cuarenta y cinco, un policía descendiente de una larga dinastía de policías que celebraba la Nochebuena en una mansión de Hancock Park, con políticos que abandonaban sus fiestas a un chasquido de sus dedos. Los invitados aplaudieron. Preston señaló una montaña coronada de nieve.

—El Mundo de Paul, damas y caballeros. Una réplica en escala de una montaña de Sierra Nevada. El Mundo de Paul presentará un excitante tobogán y un refugio de esquiadores donde Moochie, Scooter y Danny actuarán para toda la familia. ¿Y quién es el Paul del Mundo de Paul? Paul era el hijo de Raymond Dieterling, fallecido trágicamente en 1936, en plena adolescencia, perdido en un alud durante una excursión… perdido en una montaña como esta. Así pues, de la tragedia nacen la afirmación y la inocencia. Y, damas y caballeros, cada centavo de cada dólar gastado en el Mundo de Paul irá dirigido a la Fundación contra la Polio Infantil.

Grandes aplausos. Preston hizo un gesto con la cabeza a Timmy Valburn, el actor que hacía el papel del Ratón Moochie en la Hora de los Sueños, siempre comiendo queso con sus grandes dientes. Valburn golpeó con el codo al hombre que tenía al lado; el hombre le devolvió el gesto.

Art De Spain captó la mirada de Ed; Valburn se puso a actuar como Moochie. Ed llevó a De Spain al pasillo.

—Gran sorpresa, Art.

—Dieterling lo anunciará en la Hora de los Sueños. ¿Tu padre no te contó nada?

—No, y yo no sabía que él conocía a Dieterling. ¿Lo conoció durante el caso Atherton? ¿Acaso Wee Willie Wennerholm no era una de las estrellas infantiles de Dieterling?

De Spain sonrió.

—Entonces yo era asistente de tu padre, y creo que los caminos de esos dos grandes hombres nunca se cruzaron. Preston conoce a gente, es todo. Por cierto, ¿ha visto al Ratón y a su compañero?

Ed asintió.

—¿Quién es él?

Risas desde la habitación. De Spain guió a Ed hacia el estudio.

—Es Billy Dieterling, el hijo de Ray. Es cámara de la serie Placa de Honor, que ensalza a nuestro amado Departamento de Policía de Los Ángeles ante millones de telespectadores todas las semanas. Quizá Timmy le pase queso por la polla antes de chupársela.

Ed rió.

—Art, eres un cabrón.

De Spain se acomodó en una silla.

—Eddie, de ex policía a policía, cuando dices palabras como «cabrón» pareces un profesor universitario. Y «Eddie» no te pega; tú eres un «Edmund».

Ed se acomodó las gafas.

—Ya veo venir el consejo de mis mayores. Quédate en Patrullas, porque fue así como Parker llegó a jefe. Debo ascender en puestos administrativos, pues no tengo presencia de mando.

—No tienes sentido del humor. ¿Y no te puedes deshacer de esas gafas? Entorna los ojos, haz algo. Fuera de Thad Green, no conozco a ningún fulano de Detectives que use gafas.

—Vaya, echas de menos el Departamento. Creo que si pudieras abandonar Exley Construction y tus cincuenta mil al año por un puesto de novato en el Departamento, lo harías.

De Spain encendió un puro.

—Solo si tu padre viniera conmigo.

—¿Solo así?

—Solo así. Fui teniente de Preston, y todavía soy número dos. Me agradaría estar a la par.

—Si tú no conocieras los aserraderos, Exley Construction no existiría.

—Gracias. Y líbrate de esas gafas.

Ed cogió una foto enmarcada: su hermano Thomas de uniforme, retratado el día antes de su muerte.

—Si fueras un novato, te castigaría por insubordinación.

—Sin duda. ¿Cómo quedaste en el examen de teniente?

—Primero entre veintitrés solicitantes. Yo era el menor de ellos, por ocho años de diferencia, con menos años como sargento y menos años en el Departamento de Policía.

—Y quieres llegar a Detectives.

Ed dejó la foto.

—Sí.

—Entonces, primero calcula un mínimo de un año para que haya una apertura, y quizá te metan en la Patrulla. Luego tendrás muchos años de espera y servilismo para lograr una transferencia a la Oficina. ¿Tienes veintinueve?

—Sí.

—Entonces serás teniente a los treinta o treinta y uno. Un oficial tan joven crea resentimientos. Bromas aparte, Ed. No eres como los demás. No eres un tipo duro. No eres para Detectives. Y la jefatura de Parker ha sentado un precedente para que la gente de la Patrulla ascienda. Piénsalo.

—Art —dijo Ed—, quiero trabajar en casos. Estoy conectado y gané la Cruz del Servicio Distinguido, que para algunos podría servir como antecedente de dureza. Y conseguiré una asignación para Detectives.

De Spain limpió su fajín de cenizas.

—¿Podemos hablar con franqueza, mi querido Ed?

El término afectuoso era irritante.

—Desde luego.

—Bien… Eres bueno, y con el tiempo podrías ser muy bueno. Y no pongo en duda tu instinto. Pero tu padre era implacable y simpático. Y tú no lo eres, así que…

Ed apretó los puños.

—¿Qué, tío Arthur? De un polizonte que abandonó el Departamento por dinero a un polizonte que jamás haría eso… ¿qué me aconsejas?

De Spain hizo una mueca.

—Sé servil e inclínate ante los hombres indicados. Besa el trasero de William H. Parker y ruega para estar en el lugar adecuado a la hora adecuada.

—¿Como tú y mi padre?

—Touché, querido Jim.

Ed se miró el uniforme: azul e impecable. Bien planchado, galones de sargento, una sola tira.

—Pronto tendrás las barras de oro, Ed —dijo De Spain—. Y trenzas en la gorra. Y yo no te fastidiaría si no me importaras.

—Lo sé.

—Y qué diablos, eres un héroe de guerra.

Ed cambió de tema.

—Es Navidad. Estás pensando en Thomas.

—Sigo creyendo que pude haberle advertido. Ni siquiera tenía abierta la funda del arma.

—¿Un carterista con pistola? Jamás pudo preverlo.

De Spain apagó el puro.

—Thomas tenía talento, y siempre creí que él debía darme consejos. Por eso insisto en aclararte las cosas.

—Murió hace doce años, y lo enterraré como policía.

—Olvidaré que has dicho eso.

—No, recuérdalo. Recuérdalo cuando yo llegue a Detectives. Y cuando mi padre brinde por Thomas y mamá, no te pongas sensiblero. Lo deja abatido durante días.

De Spain se levantó, sonrojándose; Preston Exley entró con vasos y una botella.

—Feliz Navidad, padre —dijo Ed—. Y felicitaciones.

Preston llenó los vasos.

—Gracias. Exley Construction culmina su tarea en la autopista de Arroyo Seco con un reino para un roedor glorificado, y jamás probaré otro pedazo de queso. Un brindis, caballeros. Por el eterno descanso de mi hijo Thomas y mi esposa Marguerite, por los tres que estamos aquí reunidos.

Los hombres bebieron; De Spain volvió a servir. Ed hizo el brindis favorito de su padre:

—Por la resolución de crímenes que exigen justicia absoluta.

Apuraron tres tragos más.

—Padre —dijo Ed—, no sabía que conocías a Raymond Dieterling.

Preston sonrió.

—Hace años que trato con él por negocios. Art y yo mantuvimos el contrato en secreto a petición de Raymond… Quiere anunciarlo en ese programa infantil de televisión.

—¿Lo conociste durante el caso Atherton?

—No, y desde luego entonces no estaba en el negocio de la construcción. Arthur, ¿deseas proponer un brindis?

De Spain sirvió tragos cortos.

—Porque nuestro futuro teniente llegue a la Oficina de Detectives.

Risas, exclamaciones.

—Joan Morrow estaba preguntando por tu vida amorosa, Edmund —dijo Preston—. Creo que la tienes coladita.

—¿Ves a una debutante como esposa de un policía?

—No, pero la imagino casada con un oficial de rango.

—¿Jefe de Detectives?

—No, pensaba en comandante de la División de Patrullas.

—Padre, Thomas iba a ser tu jefe de Detectives, pero está muerto. No me niegues mi oportunidad. No me hagas vivir un viejo sueño tuyo.

Preston miró fijamente a su hijo.

—Has sido claro, y te lo agradezco. Tienes razón, era mi sueño. Pero lo cierto es que no creo que tengas ese ojo para las flaquezas humanas que define al buen detective.

Su hermano: un genio matemático loco por las muchachas bonitas.

—¿Thomas lo tenía?

—Sí.

—Padre, yo habría disparado a ese carterista en cuanto metía la mano en el bolsillo.

—Demonios —masculló De Spain.

Preston lo hizo callar.

—Está bien, Edmund. Unas preguntas antes de que regrese con mis invitados. Primero, ¿estarías dispuesto a plantar pruebas contra un sospechoso de quien sabes que es culpable para asegurar su condena?

—Tendría que…

—Contesta sí o no.

—Yo… no.

—¿Estarías dispuesto a disparar contra asaltantes armados y poco escrupulosos por la espalda para impedir que utilicen fallos del sistema legal para salir en libertad?

—Yo…

—Sí o no, Edmund.

—No.

—¿Estarías dispuesto a arrancar confesiones a golpes a sospechosos que sabes que son culpables?

—No.

Preston suspiró.

—Entonces, por amor de Dios, busca puestos donde no tengas que enfrentarte con esas opciones. Usa esa inteligencia superior que Dios te ha dado.

Ed se miró el uniforme.

—Usaré esa inteligencia como detective.

Preston sonrió.

—Detective o no, tienes el don de la perseverancia, algo que no tenía Thomas. Te destacarás, mi héroe de guerra.

Sonó el teléfono. De Spain lo atendió. Ed pensó en trincheras japonesas y no pudo sostener la mirada de Preston.

—El teniente Frieling —dijo De Spain—. Dice que las celdas están casi llenas, y dos agentes han sido atacados esta noche. Hay dos sospechosos bajo custodia, y otros cuatro están prófugos. Ha pedido que te presentes mañana temprano.

Ed se volvió hacia su padre. Preston caminaba por el pasillo, bromeando con el alcalde Bowron, que llevaba el sombrero del Ratón Moochie.

3

Recortes de prensa en su panel de corcho: «Cruzado de la droga herido en tiroteo», «El actor Mitchum detenido por posesión de marihuana». Artículos de Hush-Hush enmarcados sobre su escritorio: «Adictos tiemblan cuando actúa el Enemigo de la Droga»; «Declaran actores: Placa de Honor debe su autenticidad al enérgico asesor técnico». La nota sobre Placa de Honor incluía una foto: el sargento John «Jack» Vincennes con el protagonista de la serie, Brett Chase. El artículo no incluía chismes del archivo privado del editor: Brett Chase como pedófilo, con tres sentencias por sodomía.

Jack Vincennes echó un vistazo al despacho de la División de Narcóticos. Desierto, oscuro, solo la luz de su cubículo. Diez minutos para la medianoche. Había prometido a Dudley Smith que pasaría a máquina un informe sobre el crimen organizado para la División de Inteligencia; había prometido al teniente Frieling una caja de bebida para la fiesta de la jefatura. Sid «Hush-Hush» Hudgens debía traer ron, pero no había aparecido. El informe de Dudley: le había pedido ese favor porque Jack escribía cien palabras por minuto; se lo pagaría mañana: un encuentro con Dudley y Ellis Loew, un almuerzo en el Pacific Dining Car. Trabajos inminentes, trabajos para ganar influencia en la Fiscalía del Distrito. Jack encendió un cigarrillo, leyó.

Vaya informe: once páginas, mucha verborrea, muy Dudley. El tema: actividad del hampa de Los Ángeles con Mickey Cohen entre rejas. Jack corregía, escribía a máquina.

Cohen estaba en la penitenciaría federal de McNeil Island: de tres a siete años, evasión de impuestos. Davey Goldman, el contable de Mickey, también estaba allí: de tres a siete años, seis acusaciones de fraude en impuestos federales. Smith pronosticaba posibles escaramuzas entre Morris Jahelka, el sicario de Cohen, y Jack «El Ejecutor» Whalen. Deportado Jack Dragna, señor feudal del hampa, esos dos hombres podrían controlar la usura, las apuestas, la prostitución y las carreras. Smith afirmaba que Jahelka era demasiado ineficaz para merecer vigilancia policíaca; que John Stompanato y Abe Teitlebaum, hombres fuertes de Cohen, parecían haber entrado en la legalidad. Lee Vachss, pistolero a sueldo de Cohen, estaba trabajando en una secta religiosa: vendía medicinas patentadas que garantizaban experiencias místicas.

Jack siguió escribiendo. La evaluación de Dudley era errónea: Johnny Stompanato y Kikey Teitlebaum tenían el rumbo marcado; jamás podrían enderezarse. Introdujo otra hoja.

Un nuevo tema: la reunión Cohen/Dragna en febrero del 50, robo de doce kilos de heroína y ciento cincuenta mil dólares. Jack había oído rumores: un ex poli llamado Buzz Meeks interrumpió la «cumbre», escapó y fue alcanzado por las balas cerca de San Bernardino. Lo liquidaron matones de Cohen y polizontes corruptos de Los Ángeles, por orden de Mickey: Meeks robó la droga de Mickey y se acostaba con su amante. Aparentemente el caballo había desaparecido. Teoría de Dudley: Meeks enterró el dinero y la heroína en un sitio desconocido y alguien lo liquidó, tal vez un pistolero de Cohen. Jack sonrió: si el Departamento había participado, Dudley jamás lo implicaría, ni siquiera en un informe interno.

A continuación, el resumen de Smith: encerrado Mickey C., la actividad del hampa había menguado; el Departamento de Policía de Los Ángeles debía estar alerta a rostros nuevos ansiosos de apropiarse de los negocios de Cohen; la prostitución se consolidaba más allá de la frontera del condado, con aprobación del Departamento del Sheriff. Jack firmó la última página: «Respetuosamente, teniente D. L. Smith».

Sonó el teléfono.

—Narcóticos, Vincennes.

—Soy yo. ¿Tienes hambre?

Jack dominó su furia. Quizá Hudgens disfrutara haciéndolo rabiar.

—Sid, es tarde. Y la fiesta ya empezó.

—Tengo algo mejor que bebida. Tengo dinero.

—Habla.

—Hablo: Tammy Reynolds, coprotagonista de Cosecha de esperanzas, estrena mañana en toda la ciudad. Un tío a quien conozco le vendió marihuana, arresto garantizado. Entrará en éxtasis en Maravilla 2245, Hollywood Hills. Tú arrestas, yo te incluyo en el próximo número. Como es Navidad, le pasaré mis notas a Morty Bendish del Mirror, así llegarás también a los periódicos. Más cincuenta en efectivo y el ron. ¿Soy el puto Santa Claus o qué?

—Fotos.

—Seguro. Lleva el blazer azul, a juego con tus ojos.

—Cien, Sid. Necesito dos uniformados a veinte cada uno y unos centavos para el jefe de guardia de Hollywood. Y tú te harás cargo.

—¡Jack! Es Navidad…

—No, es posesión ilegal de marihuana.

—Demonios. ¿Media hora?

—Veinticinco minutos.

—Estaré allí, maldito extorsionador.

Jack colgó, trazó una X en el calendario. Otro día sin alcohol ni marihuana: cuatro años y dos meses consecutivos.

El escenario: la calle Maravilla acordonada, dos uniformados junto al Packard de Sid Hudgens, los coches patrulla junto a la acera. La calle estaba oscura y tranquila, Sid tenía preparada una lámpara de arco voltaico. Se veía el Boulevard, Grauman’s Chínese incluido: magnífico para una foto comprometedora. Jack aparcó, se acercó.

Sid lo saludó con el dinero.

—Ella está sentada en la oscuridad, mirando el árbol de Navidad. La puerta parece endeble.

Jack desenfundó el 38.

—Di a los muchachos que pongan la bebida en mi maletero. ¿Quieres Grauman’s de fondo?

—¡Sensacional! ¡Jack, eres el mejor del Oeste!

Jack le echó una ojeada: flaco como un espantajo, entre treinta y cinco y cincuenta años, custodio supremo de secretos sucios. Quizá Sid supiera lo del 24/10/47, quizá no; si lo sabía, los tratos entre ambos durarían toda la vida.

—Sid, cuando la traiga a la puerta, no quiero ese maldito foco en los ojos. Díselo al fotógrafo.

—Dalo por hecho.

—Bien, bien, ahora cuenta hacia atrás a partir de veinte.

Hudgens contó; Jack se acercó y pateó la puerta. Un fogonazo, un cuarto de estar fotografiado de lleno: árbol de Navidad, dos chicos besuqueándose en ropa interior. Jack gritó «¡Policía!» y los tórtolos quedaron paralizados. La luz alumbró un grueso saco de hierba en el sofá.

La muchacha rompió a llorar; el chico buscó sus pantalones. Jack apoyó el pie en su pecho.

—Las manos, despacio.

El chico juntó las muñecas; Jack lo esposó con una sola mano. Los uniformados irrumpieron y recogieron pruebas; Jack recordó: Rock Rockwell, galán de la RKO. La muchacha corrió; Jack la agarró. Dos sospechosos del cuello. Salió por la puerta, bajó la escalinata.

—¡Grauman’s, mientras todavía hay luz! —gritó Hudgens.

Jack los enmarcó: preciosidades semidesnudas en ropa interior. Los flashes centellearon.

—¡Basta! ¡Lleváoslos! —gritó Hudgens.

Los uniformados obedecieron: Rockwell y la muchacha lloriqueaban mientras los llevaban al coche patrulla. Luces en las ventanas, curiosos abriendo puertas. Jack entró de nuevo en la casa.

Humo de marihuana: cuatro años después, esa bazofia aún olía bien. Hudgens abría cajones, sacaba consoladores, collares de perro con púas. Jack encontró el teléfono, hojeó la libreta buscando camellos: bingo. Cayó una tarjeta: «Fleur-de-Lis. Veinticuatro horas al día. Todo lo que desees.»

Sid empezó a murmurar. Jack dejó la tarjeta donde estaba.

—Veamos cómo suena.

Hudgens se aclaró la garganta.

—Es mañana de Navidad en la ciudad de Los Ángeles, y mientras los ciudadanos decentes duermen el sueño de los justos, los adictos buscan marihuana, la hierba cuyas raíces están en el infierno. Tammy Reynolds y Rock Rockwell, estrellas cinematográficas con un pie en el Hades, disfrutan del vicio en el vistoso refugio de Tammy en Hollywood, sin saber que están jugando con fuego sin guantes de amianto, sin saber que un hombre irá a extinguir ese fuego: el impetuoso Gran V, el célebre Jack Vincennes, enemigo del delito, flagelo de adictos y yonquis. Siguiendo el dato de un informador anónimo, el sargento Vincennes, bla, bla, bla. ¿Te gusta, Jack?

—Sí, tiene sutileza.

—No, tiene una tirada de novecientos mil ejemplares. Creo que intercalaré que te divorciaste dos veces porque tus esposas no podían soportar tu cruzada y tu nombre viene de un orfanato de Vincennes, Indiana. El Gran V.

Su apodo en Narcóticos: Jack Cubo de Basura, evocación del momento en que había agarrado a Charlie «Bird» Parker y lo había arrojado a un cubo de basura frente al Klub Zamboanga.

—Deberías cargar las tintas sobre Placa de Honor. Mi amistad con Miller Stanton, cómo enseñé a Brett Chase a hacer de poli. Jefe de asesoría técnica, esas cosas.

Hudgens rió.

—¿A Brett aún le gustan los púberes?

—¿Los negros saben bailar?

—Solo al sur de Jefferson Boulevard. Gracias por la nota, Jack.

—De nada.

—Lo digo en serio. Siempre es agradable verte.

«Maldita cucaracha, vas a guiñarme el ojo porque sabes que puedes liquidarme ante ese idiota moralista de William H. Parker cuando quieras. Pagos por arrestos desde el año 48. Tal vez tengas documentos preparados para quedar limpio y crucificarme.»

Hudgens le guiñó el ojo.

Jack se preguntó si tendría todos esos datos.

4

La fiesta en marcha, la sala de reuniones atestada.

Barra libre: whisky escocés, bourbon, una caja de ron traída por Jack «Cubo de Basura» Vincennes. El brebaje de Dick Stensland en la nevera portátil: Old Crow, ponche de huevo. Un fonógrafo emitía villancicos obscenos: Santa Claus y sus renos chupando y follando.

El lugar estaba lleno: uniformados de guardia, el escuadrón de la Central. Sedientos después de perseguir vagabundos.

Bud observaba a la multitud. Fred Turentine arrojaba dardos a carteles de delincuentes buscados; Mike Krugman y Walt Dukeshearer jugaban a «acertar el negro», tratando de identificar fotos de negros a veinticinco centavos la apuesta. Jack Vincennes bebía soda; el teniente Frieling dormía la mona en el escritorio. Ed Exley trató de apaciguar a los hombres, desistió, se atuvo a su tarea: consignar los prisioneros, preparar informes.

Casi todos estaban ebrios o camino de estarlo.

Casi todos hablaban de Helenowski y Brownell, de los culpables encerrados, de los dos aún prófugos. Bud se paró junto a la ventana. Una oleada de rumores: Brownie Brownell tenía el labio partido hasta la nariz, uno de los mexicanos había arrancado la oreja de Helenowski de una dentellada. Dick Stensland había cogido una escopeta para ir a cazar mexicanos. Eso era creíble; había visto a Dick llevando una Ithaca al aparcamiento.

El ruido era ensordecedor. Bud salió al aparcamiento, se apoyó en un coche patrulla.

Empezó a lloviznar. Un alboroto junto a la puerta de las celdas. Dick Stensland entrando a dos hombres a empellones. Un grito; Bud calculó cuántas probabilidades tendría Stensland de cumplir veinte años como policía: con él observando, apuesta igualada; sin él, dos contra uno. En la sala de reuniones: la voz de tenor de Frank Doherty, un plañidero «Silver Bells».

Bud se alejó de la música. Le recordaba a su madre. Encendió un cigarrillo, pensó en su madre de todos modos.

La había visto morir: dieciséis años, incapaz de hacer nada. Su padre llegó a casa; debía haber creído en la advertencia del hijo: tocas de nuevo a mamá y te mato. Bud dormía cuando su padre le esposó las muñecas y los tobillos; una vez despierto vio cómo el bastardo mataba a su madre a golpes con una barra de metal. Gritó hasta quedar ronco; se quedó esposado en el cuarto, con el cadáver: una semana sin agua, delirando, vio cómo se pudría su madre. Un supervisor escolar encontró a Bud; el Departamento del Sheriff encontró a su padre. El juicio, una defensa por facultades alteradas, un regateo para llegar a homicidio en segundo grado. Cadena perpetua, su padre en libertad condicional a los doce años. Su hijo, el agente Wendell White del Departamento de Policía de Los Ángeles, decidió matarlo.

Su padre no estaba en ninguna parte.

Se había saltado la libertad condicional; Bud no encontró nada en los tugurios de Los Ángeles. Aún seguía buscando, aún despertaba al oír gritos de mujeres. Siempre investigaba; siempre oía ruidos. Una vez derribó una puerta y dentro encontró a una mujer que se había quemado la mano. Una vez irrumpió en un cuarto donde un marido hacía el amor con su esposa.

Su padre no estaba en ninguna parte.

Llegó a detective, tuvo por compañero a Dick Stensland. Dick le enseñó los rudimentos, escuchó su historia, le dijo que se desquitara escogiendo sus casos. Papá no estaba en ninguna parte, pero aporrear maridos crueles ahuyentaría sus pesadillas. Bud escogió su primer gran caso: una riña doméstica, la denunciante una experta en recibir porrazos, el arrestado un tío que había sido condenado tres veces. Hizo un desvío camino a la jefatura, preguntó al arrestado si quería bailar con un hombre para variar: sin esposas, quedaría en libertad si ganaba. El sujeto aceptó: Bud le partió la nariz y la mandíbula, le destrozó el bazo de un puntapié. Dick tenía razón: las pesadillas cesaron.

Su reputación de hombre más duro del Departamento creció.

La mantuvo; hacía seguimientos, llamadas intimidatorias si los canallas no eran condenados, porrazos de bienvenida si eran condenados y salían en libertad condicional. No aceptaba invitaciones a la cama por gratitud y conseguía mujeres en otra parte. Llevaba una lista de fechas de juicios y excarcelaciones, y enviaba tarjetas postales a los bastardos cuando estaban encerrados; recibió un aluvión de quejas por uso abusivo de la fuerza y salió bien librado. Dick Stensland lo transformó en un detective decente; ahora él actuaba como cuidador de su maestro: manteniéndolo sobrio cuando estaban de servicio, conteniéndolo cuando ansiaba disparar a alguien por gusto. Él había aprendido a dominarse, pero a Stensland solo le quedaban malas costumbres: pedía bebida en los bares, dejaba escabullirse a los proveedores por un poco de droga.

La música se volvió discordante. No sonaba como música. Bud oyó ruidos, gritos en las celdas.

El ruido se intensificó. Bud vio una estampida: de la sala de reuniones a las celdas. Un destello: Stensland enloqueciendo, alcohol, un alboroto. Liquidad a los que liquidan policías. Bud corrió, llegó a la puerta.

El pasillo atestado, las celdas abiertas, hombres en fila. Exley pidiendo orden, abriéndose paso a codazos sin llegar a ninguna parte. Bud halló la lista de prisioneros; poniendo marcas en «Sánchez, Dinardo», «Carbijal, Juan», «García, Ezekiel», «Chasco, Reyes», «Rice, Dennis», «Valupeyk, Clinton», los seis culpables bajo custodia.

Los vagos de la celda de borrachos azuzaban a los hombres.

Stensland entró en la celda número cuatro, agitando una nudillera.

Willie Tristano aplastó a Exley contra la pared; Crum Crumley le cogió las llaves.

Los policías iban de celda en celda. Elmer Lentz, manchado de sangre, sonriente. Jack Vincennes junto a la oficina del jefe de guardia, el teniente Frieling roncando en su escritorio.

Bud se abrió paso.

Intentaron frenarlo, pero vieron quién era y lo dejaron pasar. Stensland entró en la número tres; Bud lo siguió. Dick estaba pegando a un chicano enclenque. Porrazos en la cabeza. El chico estaba de rodillas, escupiendo dientes. Bud agarró a Stensland; el mexicano escupió sangre.

—Eh, míster White. Te conozco, puto. Le pegaste a mi amigo Caldo porque azotaba a su esposa. Ella era una puta, pendejo. ¿Es que no tienes sesos?

Bud soltó a Stensland; el mexicano alzó el dedo corazón en un gesto obsceno. Bud lo pateó, lo agarró por el cuello. Ovaciones, exclamaciones, insultos. Bud golpeó la cabeza del mexicano contra el techo; un uniformado entró a empellones. La voz de niño rico de Ed Exley:

—Basta, agente. ¡Es una orden!

El mexicano le pateó los huevos. Bud cayó contra las rejas; el chico salió de la celda, chocó contra Vincennes. Cubo de Basura, boquiabierto: sangre en su blazer de cachemir. Tumbó al mexicano con un par de puñetazos; Exley salió de las celdas.

Gritos, aullidos, alaridos: más fuertes que mil sirenas código 3.

Stensland sacó una botella de ginebra. Bud vio a cada hombre de allí condenado para siempre al distrito negro. De puntillas, una buena vista: Exley arrojando la bebida al suelo.

Voces: así me gusta, Bud. Caras distorsionadas. Exley seguía arrojando bebida al suelo, Testigo Abstemio. Bud corrió por el pasillo, lo agarró con fuerza.

5

Encerrado en un cuartucho estrecho. Sin ventanas ni teléfono ni interfono. Anaqueles, estropajos, escobas, un fregadero tapado lleno de vodka y ron. La puerta estaba reforzada con acero; ese brebaje apestaba como un vómito. En el conducto de la calefacción retumbaban gritos y golpes.

Ed golpeó la puerta. Ninguna respuesta. Aulló por el conducto. El aire caliente le pegó en la cara. Se vio maniatado y registrado, tíos de Detectives que pensaban que jamás los denunciaría. Se preguntó qué haría su padre.

El tiempo se arrastraba; el ruido de la cárcel paraba, estallaba, cesaba, empezaba. Ed golpeó la puerta. Nada. El cuartucho era sofocante; el hedor a alcohol impregnaba el aire. Ed recordó Guadalcanal: ocultándose de los japoneses, debajo de cadáveres apilados. Tenía el uniforme empapado de sudor; si le disparaba al cerrojo, las balas podían rebotar en el acero y matarlo. Había que denunciar esas tundas: una investigación de Asuntos Internos; pleitos civiles, gran jurado. Acusaciones de brutalidad policial, carreras arruinadas. El sargento Edmund J. Exley crucificado porque no podía mantener el orden. Ed tomó una decisión: lucharía usando el cerebro.

Escribió en el dorso de los formularios del Departamento. Versión número uno, la verdad.

El rumor inició todo: John Helenowski perdió un ojo. El sargento Richard Stensland atacó a Rice, Dennis, y Valupeyk, Clinton. Él hizo correr la voz. Hizo que estallara todo; el teniente Frieling, jefe de guardia, estaba dormido, inconsciente por beber alcohol estando de servicio, violando la regulación interdepartamental 4319. El sargento E. J. Exley, entonces responsable, notó que le faltaban las llaves de la oficina. La mayoría de los hombres que asistían a la fiesta de Navidad de la jefatura irrumpieron en los calabozos. Con las llaves sustraídas abrieron las celdas donde se hallaban los seis presuntos agresores. El sargento Exley intentó cerrarlas de nuevo, pero la pelea ya había comenzado y el sargento Willis Tristano retuvo al sargento Exley mientras el sargento Walter Crumley le robaba el otro juego de llaves que llevaba en el cinturón.

El sargento Exley no usó la fuerza para recuperar las llaves.

Más detalles.

Stensland enloquecido, policías golpeando a prisioneros indefensos. Bud White: alzando a un hombre tembloroso, una mano en el cuello.

El sargento Exley ordenó a White que lo dejara; White ignoró la orden; el sargento Exley sintió alivio cuando el prisionero se escabulló eliminando la necesidad de nuevas confrontaciones.

Ed torció el gesto, siguió escribiendo: 25/12/51, los abusos de fuerza en los calabozos de la Central descritos con detalle. Probable intervención de un gran jurado, juntas interdepartamentales, la ruina del prestigio del jefe Parker. Una hoja nueva, observaciones sobre los presos que habían sido testigos, la mayoría encerrados por ebriedad. El hecho de que casi todos los policías habían bebido en exceso. Ellos eran testigos interesados; él estaba sobrio, era imparcial, había intentado controlar la situación. Necesitaba una salida airosa; el Departamento tenía que salvar su prestigio; las autoridades sentirían gratitud hacia el hombre que intentaba evitar la mala prensa, que había tenido la previsión de anticiparse a las consecuencias. Escribió la versión número dos.

Una digresión sobre la número uno; la acción concentrada en la responsabilidad de unos pocos: Stensland, Johnny Brownell, Bud White y un puñado de hombres que ya se habían ganado su pensión o les quedaba poco para ganarla: Krugman, Tucker, Heineke, Huff, Disbrow, Doherty. Carnada para arrojar a la Fiscalía si subía la fiebre acusatoria. Un punto de vista subjetivo, adaptado para coincidir con lo que habían visto los borrachos prisioneros, los atacantes que intentaban huir de su bloque para liberar a otros internos. La verdad apenas distorsionada: imposible que otros testigos la negaran. Ed firmó, escuchó por el conducto preparándose para la versión número tres.

Llegó lentamente. Voces urgiendo a Stensland a «despertarse para otra sesión»; White se marchó de las celdas, mascullando que era un desperdicio. Krugman y Tucker aullaron insultos; les respondieron gimoteos. No más sonidos de White o Johnny Brownell; Lentz, Huff, Doherty recorriendo el pasillo. Sollozos y lamentos en español, una y otra vez.

6.14 de la mañana.

Ed escribió la versión número tres: ningún gimoteo, ningún «madre mía», los mexicanos incitando a otros internos. Se preguntó cómo calificaría su padre esos delitos: colegas atacados, los atacantes apalizados. ¿Cuál exigía justicia absoluta?

El ruido disminuyó; Ed intentó dormir pero no pudo; metieron una llave en la cerradura.

El teniente Frieling, pálido, temblando. Ed lo apartó, caminó por el corredor.

Seis celdas abiertas de par en par, las paredes embadurnadas de sangre. Juan Carbijal en su litera, una camisa empapada de sangre bajo la cabeza. Clinton Valupeyk enjugándose la sangre de la cara con agua del retrete. Reyes Chasco, una contusión gigante; Dennis Rice tratando de mover los dedos: hinchados, rotos. Dinardo Sánchez y Ezekiel García acurrucados junto a la celda de los borrachos.

Ed pidió ambulancias. Las palabras «Hospital del Condado» casi le hicieron vomitar.

6

—No comes, muchacho —dijo Dudley Smith—. ¿Una trasnochada con tus colegas te arruinó el apetito?

Jack miró fijamente el plato: chuleta, patata asada, espárragos.

—Siempre pido de más cuando la Fiscalía del Distrito paga la cuenta. ¿Dónde está Loew? Quiero saber qué puedo venderle.

Smith rió; Jack observó el corte del traje: abolsado, buen camuflaje. Lo transformaba en un irlandés de comedia, tapando la automática 45, las nudilleras y la porra.

—¿Qué tiene en mente Loew?

Dudley miró su reloj de pulsera.

—Sí, media hora de charla cordial debería ser preludio suficiente para los negocios en el cumpleaños de nuestro grandioso salvador. Muchacho, Ellis quiere ser fiscal de distrito de nuestra bella ciudad, luego gobernador de California. Ha sido asistente del fiscal durante ocho años, fue candidato a fiscal en el 48 y perdió. Habrá elecciones en marzo del 53, y Ellis cree que puede ganar. Es un enérgico acusador de la escoria criminal, un grandioso amigo del Departamento y, a pesar de su genealogía hebraica, me agrada y creo que será un magnífico fiscal del distrito. Y tú, muchacho, puedes contribuir a su elección. Y transformarte en un amigo muy valioso.

El mexicano al que había apalizado: el asunto podría olvidarse.

—Quizá pronto necesite un favor.

—Él te lo hará con gusto, muchacho.

—¿Quiere un recaudador?

—«Recaudador» es un término coloquial que me resulta ofensivo, muchacho. «Amistad recíproca» es una expresión más apropiada, especialmente con las magníficas conexiones que posees. Pero el dinero está en las raíces del requerimiento del señor Loew, y sería un error no declararlo desde un principio.

Jack apartó el plato.

—Loew quiere que presione a los tíos de Placa de Honor. Aportaciones para la campaña.

—Sí, y que le quites de encima a Hush-Hush, esa revistucha de escándalos. Y como nuestro lema es la mutua gratitud, puede ofrecerte favores específicos a cambio.

—¿Como cuáles?

Smith encendió un cigarrillo.

—Max Peltz, el productor de la serie, ha tenido problemas con los impuestos durante años, y Loew se encargará de que nunca deba soportar otra auditoría. Brett Chase, a quien tan brillantemente enseñaste a representar a un policía, es un pederasta degenerado, y Loew nunca lo llevará a juicio. Loew abrirá los archivos de la Fiscalía a los guionistas de la serie y tú recibirás esta retribución: el sargento Bob Gallaudet, el azote de la Fiscalía, irá a estudiar leyes, obtendrá buenas calificaciones y será abogado de la acusación cuando obtenga el título. Luego tú tendrás la oportunidad de ocupar su antiguo puesto, y un grado de teniente. Muchacho, ¿te impresiona mi propuesta?

Jack cogió un cigarrillo del paquete de Dudley.

—Jefe, sabes que nunca me iría de Narcóticos y sabes que dir ...