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LOS SECRETOS DE LA CASA ROSADA

Liliana Franco

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Fragmento

PRÓLOGO

Un día, la Producción me avisó que iba a venir al programa alguien importante de Casa Rosada. Así fue como conocí a Liliana Franco. Cuando la vi, me transmitió algo maternal. Usaba un vestido violeta con lunares blancos, y tenía sobre los hombros una campera tejida como al crochet (no soy un especialista en estilo, pero creo que era así porque tenía muchos agujeros).

Cuando Liliana empezó a hablar, percibí que en sus palabras había seguridad, paz y sobre todo, mucho oficio. Ella es lo que dice que es. Emana periodismo. Su mirada es muy particular. Vivió una vida muy intensa. Es una mujer con mucha historia, con mucho camino recorrido.

La conocí poco a poco. Con sus altos, sus bajos y también sus enojos, porque se enoja fácil. Pero después, como pasa con una madre, todo se soluciona. Es un poco caprichosa. Pero así de compleja como es, uno la quiere cada día más.

Es difícil hacer Intratables. Son muchas horas, muchos días. Por momentos hemos salido al aire de lunes a lunes. A veces es un programa que a uno lo termina ganando por la energía que demanda. Y entonces la veo a ella, que siempre tiene una palabra y una respuesta para todo. Liliana tiene una vida muy rica en experiencias, y la sabe transmitir. En un grupo funciona como una madre contenedora, como una mujer muy culta, de mundo, a la que la política nunca pudo corromper.

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Una mujer que en los tiempos más difíciles siempre tiene un mensaje, una palabra, un regalito. Me resulta muy lindo salir al aire casi sin prever lo que puede llegar a pasar en un programa tan gigante y visceral, mirar a la izquierda y saber que la tengo ahí. Con verla un segundo a los ojos ya sé cómo está, y sé que ella me quiere bien.

Es una de las personas que se alegran cuando las cosas me salen bien y se ponen tristes cuando me salen mal. Está siempre codo a codo conmigo, luchándola cada noche en ese piso tan caliente.

Liliana es una madre, una buena persona, una apasionada por su trabajo, y una mujer que va a quedar grabada en mi corazón por haber transitado conmigo este momento tan importante de mi vida. Espero que disfruten lo que ella escribió, para ustedes, para mí, para todos, porque sale desde el corazón y desde la honestidad.

Esa es Liliana Franco, por sobre todas las cosas: una mujer honesta.

Santiago del Moro,

junio de 2017

INTRODUCCIÓN

Todos los días, cuando llego a la Casa Rosada, saludo a los policías de la entrada, al personal de vigilancia y a los trabajadores de las distintas áreas que caminan por los pasillos de acá para allá. La sala de periodistas está ubicada en el primer piso, sobre la derecha, muy cerca de las escaleras. Queda entre dos patios. No tiene luz ni ventilación natural. Es fea, oscura, pero tiene una ubicación estratégica porque desde ahí se puede ver a quienes circulan por la casa de gobierno. Entrar en la sala es como entrar en el pasado. Los últimos arreglos importantes fueron realizados durante la presidencia de Carlos Menem. Desde entonces, sólo la pintaron una vez por indicación de Oscar Parrilli. Se trató de un arreglo parcial, motivado únicamente por el deterioro de la pared de la sala debido a la instalación de un enorme aparato de aire acondicionado para enfriar los pasillos. El abandono está en sintonía con un hecho que para mí forma parte de la realidad diaria: a los gobiernos —no importa su signo político— siempre les produce malestar la presencia cotidiana de los periodistas.

Pero ¿cuál es la razón de esta incomodidad?

Empecé a trabajar como periodista acreditada por Radio Rivadavia en la Casa Rosada en 1999, pero ya la conocía. En los años noventa yo trabajaba en el suplemento económico de Clarín. En los diarios de esa época se trabajaba como si cada área fuera un compartimiento estanco. Economía, por un lado, Política por el otro. En la vida real, la política y la economía siempre van juntas, pero en el ejercicio del periodismo estaban separadas. Los periodistas económicos formábamos parte de una elite. No teníamos computadoras, ni estadísticas, había hiperinflación. Escribir una nota era un desafío muy complicado. Entre los editores de Economía circulaba la broma de mandar a los periodistas a buscar estadísticas provinciales, algo imposible en aquella época. La complejidad de analizar una charla con un político parecía mínima en comparación con el esfuerzo que representaba analizar las cuentas públicas del Estado. Se consideraba a los periodistas económicos como más “serios” en su tarea. Pero debido a mi interés por las cuestiones políticas (cultivado durante la militancia en los años setenta), yo soñaba con ser acreditada en la Casa Rosada, que es donde se cocina todo el poder.

Los caminos del periodismo económico y el político empezaron a mezclarse en forma definitiva durante el gobierno de Carlos Menem. Se encaró una gran reestructuración del Estado, que incluyó despidos, y se llevaron adelante las privatizaciones de las empresas estatales. La de Aerolíneas Argentinas, por ejemplo, era tratada por Clarín en Economía. Como con frecuencia había que entrevistar a algún funcionario que estaba en Casa Rosada, mi actividad profesional allí se volvió habitual.

Mi acreditación en la Casa Rosada llegó durante la presidencia de Fernando de la Rúa. Desde entonces trabajo todos los días en la sala de periodistas. En mi rutina me cruzo con ministros, secretarios de Estado, funcionarios de todo rango. A veces, también, con el presidente. Quien sea que ocupe momentáneamente el cargo de primer mandatario, siempre lo trato de usted. Su investidura me merece el máximo respeto. Es el presidente de todos los argentinos y yo considero un honor la posibilidad de estar ahí.

Dicen las malas lenguas que los periodistas acreditados somos vagos. Eso no es verdad. Al menos no lo es en la mayoría de los casos. Si uno se queda sentado en la sala de periodistas, no se entera de nada. Termina pasando gacetillas. La información no llega sola: hay que salir a buscarla. Yo recorro mucho los pasillos, descubro quién entra y quién no, miro las caras, observo los estados de ánimo. Suelo pasar más tiempo parada que sentada. En el Palacio de Hacienda, donde sigo estando acreditada, han cerrado mucho los accesos. Los ministros ingresan por un sector privado. Los periodistas no tenemos manera de “pasillear” porque es imposible acceder a las áreas, en un edificio donde hay cinco ministerios.

Para ser un periodista acreditado hay que tener cierto aplomo. En los Estados Unidos, cada medio envía a la Casa Blanca una terna de candidatos, sus mejores periodistas, y el gobierno elige al que considera que tiene el currículum más apropiado. Suelen ser periodistas de mediana edad, que tienen cierta experiencia y capacidad. Un joven, con tal de tener una primicia, quizá no evalúa que hay que cuidar el vínculo con el personal de la casa de gobierno. Cuando uno trabaja en la casa del presidente, donde tiene la posibilidad de encontrarlo en los pasillos, no puede tirarse encima de él para pedirle una nota. Lo saluda, lo trata con respeto y nada más. Un periodista inexperto puede hacerle mucho daño a la información que se emite desde la casa de gobierno. A cambio de este respeto, uno espera obtener las noticias antes que otros medios que no están acreditados.

Lamentablemente, esto no siempre sucede, porque hay un menosprecio muy grande hacia nuestra profesión. Se privilegia transmitir la información a través de las redes sociales, en desmedro del trabajo del periodista. Publican los comunicados a través de Twitter y Facebook, en un gesto que se supone democratizador, cuando en realidad es un desprecio por la función del periodista. Antes también éramos maltratados, pero de otras maneras. Los funcionarios de la gestión kirchnerista se comunicaban directamente con los editores de los diarios, como si no existiéramos. Debido a esto, en la gestión de Cristina Fernández ...