Loading...

SANDRO. EL FUEGO ETERNO

Mariano del Mazo

0


Fragmento

Presentación

“Cuando tengo jean me comporto como si tuviera un smoking; cuando me pongo un smoking, me comporto como si tuviera un jean.” La frase la escuché el invierno de 1993, en el camarín del Cine Mayo de San Miguel. Eran ya las cuatro de la mañana: Sandro tomaba gin en un cáliz color cobre y no paraba de llenar mi copa de champagne francés. “Bienvenido al Madison Square Garden”, me había dicho cuatro horas antes, cuando ingresé en ese cuarto de tres por tres, sillas raídas, espejos viejos y un florero con rosas. Yo había ido hasta San Miguel a cubrir para Clarín uno de los conciertos suburbanos con los que solía preparar su desembarco en la calle Corrientes. Sandro estaba probando el show 30 años de magia, que en semanas estrenaría en el Gran Rex, y yo quería comprender a ese personaje enigmático que llegaba a mí desde algunos discos simples de mi infancia y desde películas inverosímiles y fascinantes.

Este libro empezó a escribirse esa noche. Verlo cantar ahí, un día de semana, fue una experiencia memorable: las fans ardían y él se movía como un viejo hechicero. Era un miércoles o un jueves, jugaba la Selección Argentina dirigida por Alfio Basile que estaba a punto de coronarse campeón de América y en San Miguel caía una escarcha pesada. El teatro estallaba: habían agregado sillas en los pasillos. Vi a esas mujeres maduras, rejuvenecidas durante el extraño ritual que desplegaba erotismo en estado de pureza, sensualidad, sexo. Vi corpiños al aire. Vi a un titiritero excepcional. Vi uno de los mejores shows de mi vida.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Los años pasaron, terribles, malvados, y fortalecieron las sensaciones de aquella noche extraordinaria. Lo entrevisté cinco veces y lo escuché en vivo otras tantas. Traté de revelar el lado oculto, indagué el fenómeno, compré sus discos maravillosos y también los otros. Vi sus películas y leí artículos y ensayos académicos que en aquellos destemplados años menemistas intentaban explicar lo que, finalmente, resultó inexplicable. Di vueltas por Valentín Alsina, me visitaron fans al diario y en la última época me consterné ante su salud endeble, su declive progresivo. Tomé distancia como pude y consideré que el relato de Sandro debía ser hecho en vida. Este libro llegó a sus manos cuando ya estaba corriendo una loca carrera contra su enfisema. Entre sus internaciones y apariciones furtivas en la puerta de la casona de Banfield, me gusta creer que lo leyó y que recordó algunas de las confidencias ebrias de aquella noche en el camarín del Cine Mayo.

La primera edición es de 2009. Más allá de una imprescindible actualización y algún mínimo agregado, quise que Sandro. El fuego eterno conservara el tono original de deslumbramiento, la frescura con que fue concebido. La agonía y muerte de Sandro —otra instancia de una irreductible dignidad— no hizo más que agigantar su epopeya y galvanizar definitivamente su categoría de mito. Estuve en la vigilia del verano de 2010, en Mendoza. Vi los rostros desencajados o luminosos ante cada parte médico. Entendí un poco más.

Ninguna biografía abarca una existencia. Los datos pueden ser más o menos certeros, más o menos rigurosos. Pero una vida es otra cosa. Deshilachados en ese invento de superhéroe que él mismo patentó —Roberto Sánchez, el hombre; Sandro, la máscara—, ahí a mano, en YouTube, se pueden vislumbrar las decenas de rostros que lo cubren: el recitador expresivo, el estupendo performer, el opinólogo impulsivo, el Adonis sexual, el vendedor de fantasías, el rockero, el baladista, el decidor crepuscular.

Creo que los artistas son mentirosos absolutos que tratan de convertir el artificio en verdad, y que se les va la vida en el intento. Creo también que la verdad puede ser una categoría del sufrimiento y de la belleza. Y creo que Sandro fue un artista extraordinario.

Pasa el tiempo y algo permanece inexpugnable: el misterio. Este libro es un homenaje a un extraño y dramático héroe de los suburbios, a aquella noche fantasmal de San Miguel y, en el mismo gesto, un acercamiento a ese misterio.

Buenos Aires, julio de 2017

Capítulo 1
Mi cuna fue un conventillo

Roberto Sánchez nació entre dos acontecimientos que cambiaron la historia. Uno tuvo impacto mundial y definió el mapa geopolítico del planeta cuando el 6 de agosto de 1945 la bomba atómica clausuró drásticamente las acciones armadas de la Segunda Guerra Mundial. El otro fue una gesta inédita que marcó el futuro de la vida cotidiana de los argentinos: el 17 de octubre el pueblo se movilizó hacia Plaza de Mayo para pedir la liberación del entonces coronel Perón. Por sus consecuencias culturales y sociales, ambos hechos tendrían relevancia en los comienzos de la carrera de Sandro.

El rock and roll brotó de las entrañas disconformes de la llamada generación del “baby boom”, los hijos de la guerra. Representó una actitud cuestionadora de los valores de los padres, una rebeldía originada entre otros motivos por el vacío de una guerra demasiado larga y en el deseo solapado, tal vez inconsciente, de construir algo nuevo entre los escombros. El viejo canon moral con sus principios religiosos poco había servido. Por otra parte, el arribo al poder del peronismo produjo una serie de cambios sociales que en relación con la cultura popular significó, ampliamente, la diversificación de actividades en sociedades de fomento, clubes, bibliotecas y salones. Se potenció la autonomía de los barrios respecto del Centro.

La conformación de esta red social convertía a la calle en una extensión del patio de cada casa. Ese proceso ya venía, en rigor, de antes del peronismo: tenía que ver con un clima de movilidad social e interés por la educación que se desarrolló en el período de entreguerras. Como explican Leandro Gutiérrez y Luis Alberto Romero en el libro Sectores populares, cultura y política, en los barrios convivían pequeños comerciantes, empleados, maestros y pasadores de quiniela que encontraban su ámbito en la esquina, en el café, en el cine-teatro, en el baile, en el club e incluso en el comité radical o el centro socialista. Además, circulaban ediciones muy económicas de grandes obras de la literatura universal que iban del policial y la novela romántica a los autores rusos en boga, entre los que se destacaba Fedor Dostoievski. Tener una biblioteca era motivo de orgullo en las capas medias y populares. Y la casa de Sandro, en el corazón de la proletaria Valentín Alsina, no era una excepción.

Sandro nació el 19 de agosto de 1945 en la Maternidad Ramón Sardá de Parque Patricios. Ese era el nombre que habían elegido para su hijo Vicente Sánchez e Irma Nidia Ocampo, pero el Registro Civil no lo aceptó. Lo bautizaron Roberto, en honor al hermano de Vicente y por la idolatría de Irma Nidia —Nina— por el galán Roberto Escalada. El “Sandro” era el resultado de la castellanización de Sandor, nombre muy habitual en Hungría, uno de los países de los ancestros familiares. El árbol genealógico contempla sangre gitana romané húngara, española, vasca, francesa y, por parte de la madre, criolla. Más que un seudónimo artístico, “Sandro” fue el atajo que encontró Roberto Sánchez en sus primeros pasos como cantante para cumplir el deseo de sus padres.

Vicente y Nina se casaron el 22 de julio de 1943 y fueron a vivir a un conventillo de Tuyutí 3016, esquina Paso de Burgos. Muchos años después, Sandro describiría con minuciosidad situaciones cotidianas, algo así como un retrato de la carencia: “Me crie en una casa de inquilinato, léase conventillo. Donde cada familia tenía su pieza y su cocina. El baño era comunitario: había uno solo para toda la casa. Y tenía siempre algunos vidrios rotos; los huecos los tapábamos con papel de diario en invierno para que no se colara el frío. El inodoro sin tapa, la descarga a cadena y minga de agua caliente, te la tenías que llevar vos. La cosa era así: primero avisabas que te ibas a bañar; segundo tapabas los agujeros; tercero, metías el Primus, que era un calentador a querosén de bronce que las señoras del yotivenco mantenían lustrado como si fuera el sable de San Martín para darse dique con las otras a la hora de calentar la pava para el mate. Metías el Primus y te llevabas una ollita con agua caliente, el jabón, la toalla y un jarrito. Primero, te mojabas la cabeza con uno o dos jarritos de agua tratando de usar poca agua, te enjabonabas bien y después te volcabas en la cabeza y el cuerpo lo que había quedado en la ollita, que ya a esa altura se había enfriado. El otro elemento comunitario era el piletón. Una sola canilla para toda la casa. Un señor se lavaba los pies. Detrás, una señora esperaba para colar los fideos. Más atrás uno quería lavar el pincel lleno de pintura al aceite y el que lo seguía era otra señora que quería poner a enjuagar y dejar en agua su ropa de cama con azul blanqueador. Increíble. Ni Fellini. Pero el conventillo de alguna manera nos unificaba: era como otra habitación de esa gran casa que era el barrio. Con los pibes jugando en la calle. De ahí que siempre he dicho que yo fui un pibe callejero, no un pibe de la calle. En verano, los vecinos tomaban fresco en la vereda, con su silla, su hamaca, mateando, discutiendo sobre fútbol o política ellos; y ellas, sobre los escotes de la Lollobrigida, la descarada esa, o alguna trampa de otra que se chismeaba por el barrio”.

El paisaje resulta ahora pintoresco, de sainete, pero era el marco habitual donde crecían muchos chicos de los arrabales de los años 40. Con el estigma de hijo único, con un padre obrero del frigorífico Wilson y una madre que tempranamente contrajo una artritis deformante que la postró, Sandro absorbió cada uno de los principios barriales. Pese a no adscribir jamás a una posición política partidaria o sectorial, Sandro profundizaría a lo largo de su vida una ideología amplia, siempre relacionada con conceptos nacionales y populares que no admitieron segundas lecturas. Era tajante, categórico, obcecado en sus ideas. Algunos ejemplos: el concepto adquirido de Patria lo volvió a partir de 1982 en un militante de la causa Malvinas, de la bandera y de “los próceres tipo Billiken”; la trama solidaria de las calles de Alsina de su niñez cristalizaron su rechazo a las guarderías infantiles y los geriátricos; la lealtad y la honestidad fueron valores que asumió como propios, espejado en su padre y sus amigos. Y así. Por eso, cuando se intentan explicaciones del fenómeno Sandro, algunas respuestas hay que buscarlas en los años de la infancia.

La construcción de su gran relato se fraguó en esos años. Y ese relato, su gran invención, es la esquizofrenia sugerida de superhéroe de Marvel. Roberto Sánchez y Sandro en un punto fueron la misma persona, y así lo entendió su legión de fans: sólo con la verdad fue posible mantener una pasión tan perdurable. Cuando Sandro mentía, avisaba que mentía. Mostraba el juego. Era, si se quiere, una alta forma de la astucia. Sabiduría barrial.

Vicente debió sumar a su trabajo de la mañana en el frigorífico la changa del reparto de damajuanas a domicilio. Por las tardes, surcaba el vecindario con su motoneta y un triciclo. Sandro lo ayudaba, y así iba profundizando el conocimiento del barrio, de su gente. Era ya un chico con algunas particularidades, diferente. Detestaba el fútbol, le atraía la literatura, se quedaba horas pegado a la radio y mostraba algunas veleidades de poeta. La madre le había enseñado a leer antes de ingresar a la escuela y le contaba historias de Las mil y una noches. Lo rodeaba de libros y revistas para que se entretuviera mientras ella cosía o preparaba la cena. El aprendizaje doméstico e informal hizo que ingresara directamente a segundo grado en la Escuela N.º 3 República del Brasil, aunque él prefería seguir yendo con su madre a las funciones de cine de la Parroquia San Juan Bautista, escuchar en la radio tangos y audiciones como Tarzán.

En la Argentina el contexto cultural había dado un vuelco rotundo. Eran años de peronismo explícito. Las señoras “de sociedad” extrañaban las muecas aristocráticas del Centenario, esa Argentina que se sentía banalmente europea y que soñaba con París. Los nostálgicos seguían negando la Corrientes ancha, la industria nacional atravesaba un momento de fulgor, la desocupación había bajado y los fuertes movimientos migratorios cambiaban el paisaje de los barrios.

Había un clima de prosperidad y el tango acompañaba el ánimo popular, con bailes de entrada económica y una espectacular variedad de orquestas y cantores. Los jóvenes tenían para elegir entre el ritmo anfetamínico de Juan D’Arienzo, el candor de Alfredo De Angelis, el yum-bá de Osvaldo Pugliese, la sobriedad de Carlos Di Sarli, el vuelo de Aníbal Troilo, la elegancia de Osvaldo Fresedo y tantos más. Los cantores se liberaban del embrujo de Carlos Gardel y delineaban estilos que no serían igualados: Charlo, Ángel Vargas, Floreal Ruiz, Alberto Castillo, Fiorentino, Raúl Berón… Los poetas y compositores terminaban de definir la década de oro del tango, de Homero Manzi, Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo, José María Contursi y Discepolín a Troilo, Mariano Mores, Juan Carlos Cobián, Héctor Stamponi, Lucio Demare. En el centro, cafés como El Nacional, el Ruca, el Marzotto, el Germinal recibían a las orquestas y sus hinchadas. Los más adinerados podían escuchar tango en cabarets: el Chantecler, Tibidabo, Picadilly, Marabú. En los clubes de fútbol los carnavales eran acontecimientos extraordinarios y el pueblo bailaba al ritmo de “la típica” o “la jazz”.

El fútbol era otra señal de un optimismo inédito. La generación brillante de la Máquina de River y del Racing tricampeón exhibía un festival tras otro de toque, mística y efectividad, un largo sueño que acabaría como pesadilla en el Mundial del 58 de Suecia, con la goleada que le propinó Checoslovaquia a Argentina por 6 a 1.

Las trasmisiones de televisión fueron inauguradas el 17 de octubre de 1951, pero eran prohibitivas para la mayoría. La radio seguía dominando los hogares: las mujeres se embelesaban con la voz de Oscar Casco y los chicos con las historias de Sandokán y los tigrecitos de la Malasia, Poncho negro y El capitán Warren. Revistas como Patoruzú, Rico Tipo y Billiken copaban el mercado infantil, y los agudos dibujos de Calé eran obras maestras del costumbrismo y la picaresca.

Ese fue el marco cultural en el que creció Sandro. Un gran banquete “nac & pop”, irrepetible en sus matices. Fue un instante en que se conjugaron arte popular, masividad y calidad y que dio paso a una sonora explosión planetaria: la del rock and roll.

Cuando cumplió doce años, el padre le dio las llaves de la casa. “Me dijo: ‘Hacé lo que quieras pero sé responsable. Y que nunca te tenga que sacar de una comisaría’”, contó. Ingresó al bachillerato del ...