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LA MIRADA DEL PUMA

Gloria V. Casañas  

5


Fragmento

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A todos los que aman y defienden la vida silvestre.

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Está aullando el puma.

Está triste el puma.

Aúlla el puma

por andar solo,

por eso está triste,

aúlla el puma.

Tayel del puma recopilado por Enrique Perea en 1989 y narrado por Félix Manquel en Sarmiento, provincia del Chubut, en Cuentan los mapuche, de César Fernández

PRÓLOGO

—¡Aikén ush goln, jámenken nau! —dijeron espantados los niños cuando llegaron a las casas, pues habían visto al puma matar una guanaca, devorar su corazón y guardar luego los restos bajo las ramas del coihue.

La abuela tehuelche, que hilaba con paciencia una hebra fina de lana de guanaco, les dijo con sabiduría:

—Es ley de la vida.

—Cuéntanos, abuela, la historia de Goln, el puma.

El pequeño entregó a la anciana la bolsita donde llevaba el cápar que habían ido a buscar al final de las dunas, donde los sorprendió el sangriento espectáculo de la matanza. La abuela agradeció el nabo dulce y comenzó:

—Ni los pumas ni los gatos ayudaron a Elal cuando hizo la reunión de la laguna con todos los animales. Por eso, Elal los consideró enemigos. Tenía su kau tapizado con cueros de puma y muchas veces Goln intentó matarlo, hasta que Elal construyó el arco y la flecha. A partir de entonces le tuvo miedo y no ataca al hombre, a menos que lo vea solo o indefenso. El puma se esconde de los hombres desde aquel día.

—Pero los pumas son fuertes y valientes, abuela —porfió el niño.

—Sí, son fuertes, por eso el paisano que caza un puma calienta sus huesos y sorbe el caracú.

Leyenda recogida por Mario Echeverría Baleta

CAPÍTULO 1

—Hola… ¿Tía Juli?

La voz en el teléfono sonaba apagada.

—¿Mayga? ¿Qué sucede? No te escucho bien.

—Tengo un pequeño problema, tía, no se lo digas a papá.

—¿Por qué, qué ocurre? Mayga, por Dios, no me asustes.

La voz juvenil subió un tono al agregar:

—Tampoco se lo digas a mamá. Ya sé que es tu mejor amiga, tía, pero es tan transparente… Y papá lee en ella como en un libro de cuentos.

Julieta se mordió el labio, nerviosa ante el conflicto que le planteaba su sobrina.

—¿Dónde estás?

—En una misión, tía Juli. Lo que ocurre es que algo salió mal.

Julieta retorcía la bayeta con la que repasaba los muebles mientras decidía a quién mostrar lealtad, si a su adorada sobrina o a su amiga del alma, Cordelia. Y más que nada la aterraba guardar secretos de Mayga al padre de la jovencita, el temido guardaparque de Los Notros, Newen Cayuki.

—¡Una misión! —exclamó—. ¿En qué te has metido esta vez, Mayga? Si tu padre se entera…

—Por eso mismo te pido que no digas nada, tía —insistió la muchacha—. Solamente quiero que le avises al tío Emilio, para que venga a sacarme de aquí.

—¿Sacarte de dónde?

—Eh… de la comisaría, tía Juli. ¡No pasó nada grave, te lo juro! —gritó Mayga al escuchar el gemido del otro lado de la línea.

Julieta debió sentarse para no caer redonda al escuchar eso. ¡Mayga presa! Hija y sobrina de guardaparques. ¡Presa! Newen la mataría, la enviaría lejos, la castigaría.

—¿Sucede algo, amor?

La voz amada obligó a Julieta a componer su expresión. Si su esposo iba a encargarse de sacar a su sobrina de un enredo, más le valía conservar el corazón frío.

Tapó la bocina del teléfono y murmuró:

—Es Mayga, te necesita.

Emilio Ducroix frunció el ceño y se aproximó a su esposa. Se la veía encantadora en su desarreglo doméstico, con el cabello sujeto de cualquier modo y un vestido de lana que disimulaba su embarazo. Jamás se saciaría de la dulzura y la modestia de la mujer con la que se había casado. Le había dado hijos gemelos, con sus mismos ojos verdes y su cabello caoba, dos espléndidos muchachitos alegres y de buen corazón, fuertes como alerces. Ninguno había heredado, por fortuna, el mal que lo aquejó durante años, el asma que arruinó su infancia y su juventud, hasta que el destino lo condujo a Los Notros. Y a Julieta.

Emilio tomó el teléfono.

—¿Mayga?

La joven suspiró, aliviada. Si su tío se encargaba, todo saldría bien. Emilio era de mente fría, calculador y algo cínico. No irrumpiría en la jefatura con los puños cerrados ni la perforaría con ojos de obsidiana como lo haría su padre.

Mayga amaba a su padre con la adoración de un perrito faldero. Newen era su ídolo desde los tiempos en que, siendo aún bebita, la alzaba sobre sus hombros y la llevaba a recorrer la espesura, mostrándole las aves del bosque andino. No había nada que su padre no le hubiese enseñado sobre la vida salvaje de Los Notros, ese rincón de la cordillera cada vez más acechado por el turismo y los mezquinos intereses de los empresarios. Su padre conocía el valle y la montaña como lo había hecho el puma en su tiempo, y se comprometía con los proyectos conservacionistas sin reveses, del modo en que hacía todo en la vida. Newen Cayuki rendía honor a su sangre puelche y sentía aquella tierra como savia corriendo por sus venas.

Y ahora se pondría furioso al saber que su hija se encontraba detenida en la comisaría del pueblo por alterar el orden público y pintar consignas de la gente mapuche en la pared de la casa del ingeniero Silvester. Lamentaba haberse dejado llevar por el impulso rebelde de su amigo Luciano. Como buen hijo de un revoltoso, Luciano Necul heredaba de su padre el odio hacia el winka y la intemperancia. Ella debería haber sabido que esa empresa alocada no rendiría sino frutos amargos.

—Pásame al comisario Pascual —ordenó su tío con firmeza.

Hubo un breve intercambio durante el cual Mayga permaneció sumisa tras el mostrador de la comisaría, tratando de no mirar hacia donde Luciano se hallaba de pie, en una pose irreverente y retadora, con el cabello negro echado hacia atrás y los ojos oscuros clavados en la cara del comisario, desafiándolo. Por suerte para ambos, el comisario conocía a las dos familias y sabía qué pensar de aquellos jovencitos. Trataría de intimidar a Mayga amenazándola con hablar del asunto a su padre y obligaría a Luciano a pasar la noche en la celda, sin candado, sólo por fastidiarlo. Al rato, terminaría jugando a las cartas con él, pero se daría el gusto de privarlo de su noche de sábado en la cantina del pueblo.

Condenado Luciano, siempre le hacía pisar el palito. Mayga heredaba de su madre la lealtad y jamás volvería la espalda a un amigo, sin importar que fuese descarriado o le causara pesares.

Al finalizar la conversación, el comisario se volvió, acariciándose el bigote, y les señaló un rincón oscuro del precinto.

—Ahí —dijo con voz de trueno—. Siéntense los dos. ¡Y no hablen entre ustedes!

Luego escondió un rictus de diversión mientras revolvía los papeles que Emilio Ducroix debería firmar. Suficiente castigo sería para Mayga Cayuki que su tío guardaparque tuviese que estampar la firma en la comisaría por ella. A Pascual no le afectaba demasiado que el ingeniero Silvester tuviese que blanquear de nuevo su casa para tapar las leyendas escritas en mapuzugun, que lo insultaban y denunciaban por robar tierras a los nativos y contaminar el ambiente con la construcción del hotel más grande del valle. Si por él fuera, lo mandaría de una patada en el trasero a su país, a construir bloques de cemento en otra parte. No simpatizaba con ese proyecto porque, al igual que los empleados de Parques Nacionales, sabía que terminaría perjudicando a la gente en lugar de favorecerla. Había que ser muy tonto para ignorar que detrás de los tentadores anuncios y las promesas de trabajo se escondía el despojo de las tierras ancestrales y la explotación de los pobladores, a los que pagarían sueldos de miseria para que trabajasen en su propia ruina. Debía cumplir su papel de custodio del orden, sin embargo, deteniendo a los perturbadores como Luciano y Mayga. Los otros se le habían escapado esa vez, y si pudo atrapar a Mayga fue porque ella aguardó a que Luciano terminara de escribir con su aerosol rojo las palabras: wizá winka. El ingeniero Silvester sería un “blanco de porquería”, sin duda, pero la joven era muy ilusa si pensaba que con esa pintada podían hacerlo recular en su empeño de construir en Los Notros.

“En fin, a cada uno lo suyo”, pensó Pascual, y se acomodó en su escritorio para seguir el papeleo de rutina.

—Lameculos, hipócrita, cagón —masculló Luciano con encono.

—Shhh… ¡Cállate! ¿Quieres empeorar las cosas?

—¿Tienes miedo, “marita”? Mara, marita, no corras, no tiembles…

Mayga odiaba que Luciano la llamase de ese modo, con el nombre de la liebre de la Patagonia, aludiendo al carácter asustadizo del animalito. Y él disfrutaba irritándola con ese mote, sobre todo cuando estaba furioso hasta el límite, como en ese momento. Luciano detestaba perder, hasta en un juego de naipes. Tenía el temperamento levantisco de su padre, sólo que mal dirigido, pues mientras que Mario Necul había volcado su rebeldía en la lucha por las reivindicaciones del pueblo mapuche, Luciano mezclaba las causas justas con las bravuconadas, sin medir las consecuencias. Otra de las razones por las que Mayga temía que su padre supiese lo ocurrido. Él no aprobaba su amistad con el hijo de su antiguo enemigo.

Mucho antes de que ella naciera, Necul había tratado de perjudicar al fiero Newen. Mayga lo supo de labios de su madre. El orgullo que sentía su padre por la sangre que lo había engendrado irritaba a Mario. Los tehuelche del desierto habían sido los pobladores originarios de la Patagonia y Newen era muy consciente de esa identidad. Mayga sabía también que los mapuche de Los Notros lo respetaban, sin embargo, y que se había ganado un lugar entre ellos.

—Si no te callas, me voy a sentar sola.

Luciano se despatarró con indolencia sobre el banco, aprisionando a Mayga contra la pared, mientras tarareaba con malicia:

—“Ando caminando en campo ajeno… me da mucha pena cuando te miro, hermanita, me da mucha pena…”

Por toda respuesta, Mayga se levantó y se sentó en el extremo opuesto, dando la espalda al muchacho. Luciano la contempló un momento con aire torvo. No había resistido la tentación de hostigarla, pues le gustaba hacerla sentir incómoda; era su revancha por no poder reclamarla para él.

Su padre tampoco aprobaba la amistad que lo unía a Mayga. Mario Necul dejó bien claro a su hijo, desde que lo vio compartir sus juegos con la hija de Newen Cayuki, que jamás la admitiría en su ruka. Y Luciano resentía cada vez más esa prohibición.

Mayga era un bocado delicioso. La joven reunía en su belleza exótica lo mejor de las dos razas: la winka de su madre, mezcla de franceses e ingleses, y la indígena de su padre, de raíz puelche-guénaken, los antiguos centauros del desierto, cazadores del guanaco y dueños de cuerpos hermosos y atléticos. Mayga era bella de un modo que quitaba el aliento, y Luciano veía con rabia cómo los visitantes de Los Notros giraban la cabeza cuando ella pasaba rumbo a la oficina de Parques, en busca de su padre o de su tío, balanceando la gruesa trenza al compás de sus caderas. Su talle elástico, su rostro de corazón, en el que los ojos grises y rasgados eran el rasgo más llamativo, causaban impacto en todo el que la conocía. Más alta que el común de las jóvenes de la región, el vigor híbrido era evidente en aquella preciosura de cabellos renegridos y ojos color ceniza.

Ojos de humo. Parecidos a los que ostentaba su madre, Cordelia Ducroix, la de la cabellera hilada con oro y plata, la Princesa de la Nieve, tan bella en su juventud como espléndida en su madurez. La mujer de Newen Cayuki, única debilidad que se le conocía al indio, hasta el nacimiento de Mayga.

Luciano no tenía oportunidad con la hija del guardaparque, no sólo porque su padre era enemigo del de Mayga, sino porque su conducta era el comentario de todo el pueblo. Había pisado tantas veces la comisaría que ya conocía la rutina de los empleados y hasta podía sustituirlos en sus papeles, si quería.

Newen Cayuki jamás consentiría que cortejara a su preciosa hija.

—Señorita —la llamó un subordinado—, pase usted.

Mayga avanzó hacia el despacho del comisario, donde la figura aristocrática de su tío Emilio, enfundada en su uniforme caqui, se inclinaba sobre el escritorio.

Pascual levantó los ojos y Emilio giró hacia su sobrina.

—¿Con que ésas tenemos? —le dijo en un tono severo que sus ojos azules desmentían con picardía.

Mayga se ruborizó bajo su tez mate. Confiaba en su tío. Él la reprendería ante el comisario para mantener las apariencias y luego reirían juntos al salir de allí. No convenía abusar de la suerte, sin embargo. Esa vez había llegado demasiado lejos en sus andanzas y debía hacer buena letra para que se le permitiese aspirar al puesto de guardaparque algún día, aunque su padre se opusiera. Ése era el primer enfrentamiento que tenía con Newen Cayuki. El puelche no quería que su hija continuase la tradición. Un padre y un tío guardaparques eran suficiente dedicación a la naturaleza y a los peligros. Mayga debía estudiar una carrera que la preparase para el mundo.

Newen deseaba que su hija se abriese camino en la sociedad winka sin olvidar sus raíces mestizas, con la ambición que mostraban los blancos, decidida a triunfar. Si bien no había llegado al extremo de sugerirle qué debía estudiar, más de una vez discutieron las ventajas de ser médico. Un conocimiento así le permitiría regresar al sur y ayudar a la gente, sobre todo desde que doña Damiana, la antigua machi, moraba en la tierra de los ancestros y la responsabilidad de las curaciones recaía sobre Cordelia, que había sido su fiel discípula. Mayga no ambicionaba un título de médico. Amaba la tierra tanto como su padre y no veía mejor manera de demostrar ese amor que luchando por protegerla.

Suspiró cuando salieron a la luz del mediodía, luego de echar una mirada admonitoria a Luciano, que desde su rincón la contemplaba con sorna como diciendo “el papito y el tío la sacan del apuro a la mara”. Casi podía oír las palabras.

—A ver, cuéntame antes de que inventemos una historia que Cayuki pueda creer. ¿Qué estabas haciendo en compañía de ese pervertido?

—Luciano pensó que sería buena idea advertir al ingeniero que su hotel no es bienvenido aquí.

—Ajá. ¿Y creen que él no lo sabe?

Mayga guardó silencio.

—Jovencita, los intereses creados no se detienen ante nada, y menos ante las bravatas de un par de escolares. Luciano Necul debería saberlo ya. Y en tu caso, bueno, no quiero sermonear, pero siendo familia de guardaparques, deberías conocer los medios con los que se lucha, ¿no?

El tío Emilio parecía poco dispuesto a bromear sobre el asunto y Mayga se sintió una tonta por haber caído en la trampa de su amigo. Intentó justificarlo y justificarse también:

—Luciano dice que el papeleo de los trámites nunca se termina.

—Luciano dice, Luciano hace, Luciano piensa… ¿No será tiempo, digo yo, de pensar por ti misma, pequeña salvaje? No sólo a tu padre le preocupa tu falta de decisión sobre el futuro. Tu madre también se inquieta al ver que terminaste la escuela y no te inscribiste en ninguna universidad. No necesito decirte cuánto vale un título profesional. Si yo hubiese superado mi enfermedad antes habría sido biólogo, como era mi sueño, pero la vida escatima las oportunidades a veces, y tienes una muy buena, Mayga. Al igual que tu madre, posees el don. ¿Por qué no lo perfeccionas estudiando?

Mayga se cruzó de brazos de modo infantil, empacada.

—Prefiero custodiar el valle y la cordillera.

Le tocó a Emilio suspirar, resignado.

—Bien, dejemos que el futuro se cuide solo. Ahora inventemos algo verosímil para el indio de tu padre.

Mayga sonrió. Cuando su tío hablaba así, estaba revelando la admiración que sentía por Newen, al que en un principio había visto como enemigo por pretender a su hermana melliza, y ahora consideraba un hermano también.

—Voy a acompañarte hasta arriba, por si necesitas refuerzos —anunció Emilio.

Newen y su familia vivían donde siempre había estado el refugio del puelche: en la cima del cerro que se alzaba al final del pueblo. Era un sitio aislado y agreste que durante años satisfizo el ansia de soledad de Cayuki. Cordelia, enamorada del sitio tanto como de su morador, no objetó que siguieran ocupando la cabaña original, aunque la habilidad de Newen para trabajar con la madera y el buen gusto innato de ella la habían convertido en una vivienda más confortable. La “princesa”, como la llamaba Newen desde que supo que bajo las ropas holgadas de varón con que la conoció se escondía una bella mujer, seguía un lema en lo que a la casa se refería: “Rústica pero bonita.” Y su esposo se alejaba para no ver los ramos de flores, las carpetas bordadas y las mil y una chucherías con que engalanaba los rincones esa mujercita que lo había dominado, muy a su pesar. El hogar de los Cayuki en lo alto del cerro era un muestrario de contrastes.

Tío y sobrina alcanzaron la loma justo cuando la familia se disponía a almorzar. Newen se hallaba junto a la bomba de agua, lavándose, mientras Cordelia extendía el mantel sobre la única mesa, que servía para todo uso.

Cayuki no había perdido un ápice de fortaleza con el correr de los años. Su cuerpo, esculpido con el trabajo duro en la montaña, conservaba la imponencia de sus ancestros, y en su rostro curtido se destacaban los ojos oscuros y penetrantes, y una nariz aguileña que confería dureza a su expresión. Mayga poseía esos rasgos, aunque más pequeños y dulcificados, y sus ojos, oblicuos como los del padre, habían heredado el gris plateado de Cordelia, que los volvía únicos.

Un perro de pelaje negro y blanco echó a correr hacia ellos, ladrando y meneando la peluda cola. Mayga se agachó para recibir el embate y ambos rodaron por el pedregullo. Luego le tocó a Emilio el turno de soportar las efusividades de Werken.

Cuando llegaron al porche, Newen los saludó con cierta severidad.

—¿De dónde vienen ustedes dos?

—Eh… me encontré con el tío en el pueblo —argumentó Mayga.

—La traje en la camioneta hasta la mitad del camino, por si se le hacía tarde para el almuerzo —agregó Emilio, con las manos en los bolsillos y el tono displicente—. ¿Cómo va todo por acá?

—Es sábado, así que ya terminé por ahora. Retomo la ronda a las cuatro.

Cayuki contemplaba la espalda de su hija mientras hablaba, distraído. La muchacha corría hacia la cabaña, ofreciendo ayuda a los gritos para poner la mesa. Werken la seguía eufórico, ladrando al viento y saltando alrededor.

Entonces, se volvió hacia su cuñado con mirada implacable.

—¿Qué hizo esta vez?

Emilio sabía que no conseguiría engañar a Newen con ningún cuento, de modo que prefirió admitir los hechos, suavizándolos un poco.

—Lo de siempre, se deja llevar por el bandolero de Luciano Necul, cosas de chicos. Y el comisario Pascual me advirtió que la mantuviéramos lo más alejada posible, ahora que se puso en marcha el proyecto del hotel.

Newen dirigió su vista al valle, donde el verdor amarillento de los maitenes cedería ante las topadoras y el río cambiaría su cauce para no estorbar la construcción del hotel termal que, según sus promotores, atraería al turismo internacional.

Odiaba eso. La mano “civilizadora” que arrancaba los árboles de cuajo, formaba muros de cemento y dividía el paisaje entre ricos y pobres. Años atrás, cuando se instaló en Los Notros, el sitio no era más que un rincón olvidado rebosante de belleza escondida, un remanso para el espíritu —sobre todo el suyo, tan torturado— y un paraíso para las aves. Dashe, su amado perro lobo, y él, solían quedarse hasta el anochecer contemplando la miríada de luces que desplegaba el cielo tras las montañas y aspirando el perfume de los yuyos silvestres mezclado con el humo de las chimeneas lejanas.

Los Notros había sido su refugio durante mucho tiempo, y ahora aquella soledad se encontraba amenazada. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. Dashe moraba en la wenu mapu desde hacía algunos años. Se alejó un día por su voluntad, después de compartir una noche de acampada con él en medio del bosque, y con sus ojos amarillos le dijo que era hora de fundirse con la tierra, aunque su espíritu lo acompañaría siempre; Newen lo sentía a cada paso que daba. Lo lloró en silencio, sabiendo que era lo justo y que Dashe se iría como vino, de repente. El animal había aparecido una noche en la puerta de su cabaña, herido, y después de que Newen lo curó con sus propias manos, permaneció a su lado sin ataduras, año tras año, una presencia inconmovible. Fue Dashe el primero en aceptar a Cordelia cuando la joven quiso engañar a todos camuflada de varón y obtener para su hermano el ansiado puesto de guardaparque. Newen no entendía cómo un salvaje perro lobo podía convertirse en un perrito faldero con aquel ayudante flacucho al que él despreciaba al principio, hasta que la crisálida mostró su verdadero ser y emergió la bella joven que lo volvió loco desde el comienzo.

Cordelia sí había soltado lágrimas por la pérdida de Dashe. Y la pequeña Mayga, su compañera de aventuras, estaba inconsolable. Fue entonces cuando apareció en el monte de notros, durante una tarde de patrulla, una bolita peluda ávida de cariño y de leche tibia. Adoptaron al cachorrito enseguida y Cordelia lo llamó werken, que en mapuzugun significaba “mensajero”, pues estaba convencida de que el propio Dashe lo había enviado hacia ellos.

“Qué suerte la tuya, viejo amigo”, pensó Newen, “no habrías soportado la invasión de los winka mejor que yo”. Dashe no se había ido del todo, sin embargo. De un modo difuso, su presencia se hacía visible cada tanto, como a través de la misteriosa aparición del cachorrito pastor.

—Creo que sería conveniente para ella que le permitieses ayudar en las rondas, Cayuki —comenzó Emilio con prudencia—, por lo menos hasta que decida qué hacer con su vida.

—No. Ella debe estudiar.

—Es cierto, pero mientras tanto, si hablases con Medina…

—¿Ya se pusieron de acuerdo a mis espaldas?

Era difícil ablandar al guardaparque, Emilio lo sabía. Sólo Cordelia tendría una oportunidad, si acaso. Hablaría con ella más tarde, sin que Newen lo supiese.

Se encogió de hombros y palmeó el hombro sólido de su cuñado.

—No te las tomes conmigo, que estoy de tu lado. Yo, más que nadie, deseo que mi sobrina tenga una profesión. No estoy tan seguro de que los demonios de mis hijos lo logren, viendo cómo son de alborotados. Mayga es nuestra esperanza. Tratemos de que eso no pese demasiado sobre ella, ¿eh?

Emilio se alejó con paso rápido bajo la mirada perforadora de Newen. Con el rabillo del ojo, tuvo la satisfacción de ver al puelche llevándose la mano a la nuca, como perturbado por algo.

—Mami, ¿cuándo supiste que deseabas ayudar a la gente?

Cordelia comprendió de inmediato el derrotero de la conversación, pues conocía de primera mano la terquedad de Newen, la rudeza de su carácter. Si bien aquel hombre taciturno congeniaba con la hija, se mostraba inconmovible muchas veces, algo que hería en lo más hondo a Mayga.

—No lo supe hasta que conocí a doña Damiana en su ruka, al final del sendero que sube hacia el sur. Con el tiempo entendí que ella, con sus ojos vacíos, veía mejor que yo y que nadie, pues lo hacía con la mirada del espíritu.

—¿Ella te enseñó a curar?

—Me mostró todas sus artes: el uso de las hierbas y también el de las lanas crudas en el telar, me contó secretos de los newen de la tierra. Le debo mucho.

Mayga pensó en el nombre de su padre: Newen. “Espíritu fuerte” significaba. ¡Vaya si lo era!

—Sin embargo, no me di cuenta de que me estaba convirtiendo en su discípula hasta que ella misma me lo dijo, en la lengua que a esas alturas yo ya comprendía. Cijkatufe, me dijo. A decir verdad, siento que todavía la necesito.

Pensativa, Cordelia se sentó en el banco de troncos, con su trenza platinada sobre el hombro. Llevaba la cabellera larga como siempre, pues su esposo no aceptaba que la recortase. Por comodidad la recogía en una gruesa trenza y durante las noches la extendía sobre las sábanas para disfrute de Newen, que gustaba de enredarse en ella mientras la amaba con pasión contenida.

—Damiana era ya muy viejita —prosiguió Cordelia—, pero muy capaz de manejar hasta el mal genio de tu padre. Nunca te dije que él fue el esposo de su hija muerta.

Mayga abrió grandes sus ojos grises.

—¿Papá estuvo casado?

—Bueno, no tan así. Vivieron como marido y mujer mucho antes de que yo lo conociera, sabiendo que Ayelén estaba muy enferma y que moriría. Damiana lo consideraba su hijo también.

—¿Y no te importó eso, mami?

Cordelia tuvo que pensar la respuesta. ¡Claro que le había importado! El pasado de Cayuki había sido una barrera entre los dos y no sólo a causa de Ayelén; fue sobre todo por aquella culpa que pesaba sobre el alma del puelche y de la que no pudo desprenderse sino cuando se supo inocente del crimen que creía haber cometido.

¿Cómo contarle tanto a aquella hija apasionada sin que se formase falsas ideas sobre el padre?

—Confieso que me puse algo celosa, hasta que comprendí que tu padre se sentía en deuda con la hija de Damiana, porque ella lo había amado en una época en la que Newen no creía merecer el amor de nadie.

—¿Ni el tuyo?

Cordelia suspiró.

—El mío menos que ninguno.

—Mami, ¿por qué no me cuentas de nuevo cómo conociste a papá?

—¿Otra vez? —y Cordelia se echó a reír.

Era una historia que Mayga jamás se cansaba de escuchar, imaginaba que la jovencita la tomaría como una vieja leyenda del lugar.

—Está bien. Que no se diga que no conservas las tradiciones familiares —bromeó.

Cordelia jugueteó con su trenza mientras enhebraba aquellos recuerdos agridulces.

—Todo empezó cuando tu tío Emilio envió a la Administración de Parques Nacionales una solicitud de trabajo. Quería demostrarle al abuelo que era capaz de desenvolverse solo pese a su asma, pero fue justo un ataque de esa enfermedad lo que le impidió venir a este sitio para la época en que se lo reclamaba.

—Entonces, viniste en su lugar —completó Mayga.

—Así es. Y para no dar explicaciones que nadie entendería y conservarle ese puesto de trabajo que él tanto ambicionaba, me hice pasar por él. Como somos mellizos y nos parecemos tanto, creí que si me disfrazaba de hombre no notarían la diferencia cuando por fin él llegase.

—¿Medina se creyó la farsa?

A Cordelia le causaban gracia las interrupciones de Mayga, puesto que su hija sabía bien lo ocurrido, y sospechaba que quería encontrar alguna falla en su relato para echársela en cara después.

—Todos, incluido tu padre, que al principio me trató muy mal, ya que para él era un pésimo ayudante, un enclenque y un inútil.

—¿Te lo dijo así?

—En cierto modo —y Cordelia recordó las expresiones de desprecio de aquel hombre que ella había juzgado bárbaro desde el comienzo.

También recordó la atracción que ambos sentían, inexplicable para Newen mientras supuso que ella era un chico, y muy palpable para ella, que a su pesar se encontraba hechizada por la imponencia del hombre del cerro.

—Imagino la cara de papi cuando supo quién eras en realidad.

Cordelia evitó ahondar en ese recuerdo. Aquella noche, bajo una tormenta feroz, Newen la había encontrado oculta en la leñera, y al arrastrarla fuera descubrió el engaño. Nunca olvidaría el brillo de acero en los ojos negros ni la fuerza del puño que la zarandeaba, al punto de hacerle temer por su seguridad. Newen jamás la maltrató, sin embargo, y ella supo escarbar en el duro pellejo del hombre hasta dar con esa tibieza que mostraba sólo en raras ocasiones.

—Tu padre siempre fue duro de pelar —repuso lacónica.

—¿Es cierto que le propusiste matrimonio?

—¡Claro que no! ¿Quién te dijo eso?

—Escuché al tío opinar que papi era un cazador cazado.

—Es un modo de decir que cautivé a tu padre a pesar de él mismo.

—Mami… —suspiró Mayga, encantada.

Las confesiones se interrumpieron cuando el nombrado entró a la cabaña, dispuesto a compartir el almuerzo. Encontró a sus dos mujeres sentadas, ociosas, y frunció el ceño. Cordelia jamás se destacaría por su afición a los asuntos domésticos. Si quería un buen café, debía continuar preparándoselo él mismo. Sin decir palabra, colgó su chaqueta del gancho de la entrada, arrojó el rollo de cuerda que traía con la aviesa intención de molestar a Cordelia, que detestaba el amontonamiento de cosas en el suelo, y se sentó con aires de señor que espera ser servido como un rey. Sus ojos escudriñaron los semblantes de las mujeres. Idénticos ojos, diferentes miradas: Cordelia le reprochaba su descuido, mientras que Mayga lo contemplaba como si lo viese por primera vez.

Esto lo puso alerta.

—¿Qué sucede? —preguntó, desconfiado.

Madre e hija se miraron cómplices. Guardarían el secreto, para seguir comentando luego las andanzas del “señor de la montaña”, como solían denominar a Newen en el pueblo.

Cayuki era un hombre que infundía respeto y algo de curiosidad también. Hasta que Cordelia llegó a aquel remoto poblado, él bajaba del cerro sólo para proveerse de lo poco que necesitaba cada tanto, pues mientras trabajó como baqueano de Parques Nacionales, era el propio intendente del parque el que subía a verlo para obtener la rendición de los informes. Medina sabía con qué bueyes araba y nunca le había cuestionado sus hábitos ermitaños, aunque maliciaba que algo escondía el puelche tras su ostracismo. La verdadera razón de aquel ocultamiento había sido la marca de toda la vida de Cayuki, lo que lo convirtió en un hombre que huía de los demás y, sobre todo, de las mujeres winka.

—Guiso de lentejas —dijo Cordelia, como si aquélla fuese la respuesta a la pregunta de su esposo.

El tintineo de los cubiertos y el humo del fogón llenaron el silencio que siguió durante los primeros minutos.

—¿Mi hermano no viene a almorzar con nosotros? —inquirió luego, atisbando por la ventanita hacia el sendero de llegada.

Newen se encogió de hombros.

—Habrá preferido los guisos de su mujer —comentó con malignidad.

Cordelia no cifraba su honor en el arte culinario, de modo que la mofa no la afectó.

—Qué pena, tenía ganas de hablar con él.

—¿Algo en especial? —y Newen dejó de masticar para mirar a Mayga, que comía con la cabeza baja.

—Walter está organizando un proyecto de integración de las comunidades y quería consultar a las autoridades del parque.

—Que lo haga él.

—Pues sí, es lo que hará, pero ya que mi propio hermano es guardaparque puedo aprovechar la ventaja y comentarlo con él primero.

—Yo también soy guardaparque.

La respuesta fue tajante. Habían rozado un punto débil. Newen había trabajado como simple ayudante de los guardaparques durante años, ya que no poseía instrucción especial, salvo su propio conocimiento de la vida silvestre, algo que Medina supo valorar. Nadie dominaba el valle y la cordillera como Newen Cayuki. La falta de escuela, no obstante, había constituido un problema para obtener el rango de guardaparque y Cordelia sabía que aquello hería el orgullo de su esposo.

—No quise importunarte, como sé que a veces no apruebas algunos reclamos de los mapuche…

La mirada de Newen cortó de cuajo lo que Cordelia estaba diciendo. Su voz de resonancias guturales hizo que Mayga levantase la vista, sorprendida.

—No apruebo lo que no es debido. Para todo lo demás, estoy dispuesto.

Cordelia se mordió el labio, refrenando su deseo de discutir. Si bien estaba habituada a las disputas con su esposo, no quería que la hija las presenciase, para no alentar rebeldías en ella. Más tarde, en la intimidad del dormitorio, podría echar mano de otras armas con las que estaba segura de vencer el ánimo combativo de Newen.

—Sólo se trata de permitirles administrar sus tierras para que ofrezcan servicios turísticos.

—Todavía no son sus tierras.

Cada vez se tornaba más difícil refrenar la lengua, pero Cordelia insistió.

—Bueno, que se les permita organizar visitas guiadas al centro de la comunidad, entonces. Dice Walter que se ha visto algo así en otros lugares y sirve de paso para que los turistas aprecien las culturas ancestrales de la mano de los propios nativos. Lo que ganen será para ellos y pueden decidir qué mostrar y qué no. ¿Qué te parece?

Newen rumió la información que le traía su esposa. Ella siempre tenía asuntos en qué meterse: la venta de artesanías, las tejedurías, y ahora la ganancia de los mapuche. Su espíritu inquieto la impelía a interceder por todos, como bien lo había demostrado al pretender cubrir el puesto destinado a su hermano mientras él se reponía de uno de sus ataques de asma. Aquel engaño de tanto tiempo atrás había provocado tal explosión de ira en Newen, que a punto estuvo de matarla con sus propias manos. Sólo el recuerdo del crimen que creía haber cometido en su juventud y el temor de ser poseído de nuevo por el Walichu lo detuvieron. Y en ese mismo instante, mientras contemplaba el rostro delicado, los labios llenos y esos ojos que jamás perdían la frescura, se sentía atacado por la furia al saber que ella y Walter Foyer, el artesano del pueblo al que solían apodar “el hippie viejo”, habían estado tramando algo a sus espaldas. Quizá fuesen los celos el verdadero castigo de los dioses, y aunque se supiese libre de culpa por un crimen no cometido, su temperamento feroz mereciese el padecimiento de saber que todos, sin excepción, amaban a su modo a la hermosa mujer con la que él se había casado.

—Voy a pensarlo —fue todo lo que dijo.

—Es buena idea, papi.

La intervención de Mayga no suavizó las cosas. La jovencita debía algunas explicaciones y ella lo sabía. Por eso, cuando la mirada de Newen se clavó en ella, Mayga sintió desmoronarse su entusiasmo.

—Luego hablamos.

Cordelia tomó nota de consultar a Emilio sobre los sucesos de aquel día. Si su hija se había metido en líos, de seguro habría salido de ellos gracias a la intervención del tío.

El almuerzo transcurrió sin que se tocasen otros temas urticantes. Cordelia ensalzó las virtudes de la hierbabuena con la que había condimentado el guiso, mientras Mayga contaba que en el camino hacia la casa había visto algunos cóndores sobrevolando el claro.

Newen prestó atención a ese dato.

—¿Puede haber algún animal muerto, papi?

—Iré a ver no bien termine. ¿Hay postre?

Cordelia ocultó su sonrisa antes de retirar el repasador que cubría el arroz con leche. Su esposo se había acostumbrado a comer postre después de las comidas, algo que él jamás hacía y, aunque tratara de disimularlo, se sentía tentado por ellos. Era uno de los pocos cambios en la rutina austera de Cayuki desde el matrimonio. Por fortuna su amiga Julieta era una gran cocinera, y no pasaba un día sin que le enviase alguna delicia para suavizar el paladar áspero del guardaparque.

—¿Le pongo canela? —preguntó con voz dulce Cordelia.

Newen miró a su esposa y vio la picardía aflorando en sus ojos, como tantas otras veces. Nunca entendería cómo podía ella soportar su carácter ni acostumbrarse a la vida dura en la montaña, sobre todo durante inviernos como ese, que amenazaba con ser crudo. Ella había aceptado esa vida, pese a su crianza delicada, sin lamentar los lujos que dejaba atrás al radicarse en Los Notros. Lejos estaba aquella cabaña de troncos de la mansión donde los hermanos Ducroix habían gozado de las comodidades de la gente rica. Newen despreciaba aquellas ventajas. Para él todo era superfluo, le bastaba con un techo y el arte de sobrevivir, la virtud que más valoraba. Cordelia había renunciado a muchas cosas y él no podía darle más que su amor y su protección. Incluso la cabaña donde vivían era apenas un refugio que él logró mejorar con sus habilidades, construyendo muebles, estantes y un altillo donde dormía con su “princesa”. Recordó con nostalgia la pelea que sostuvieron cuando Cordelia se empeñó en colocar cortinas en las dos únicas ventanas. Se había sentido invadido en su soledad, ultrajado por los avances de una mujer blanca que encarnaba todo aquello que él rechazaba, lo que lo condenaba en el pasado. La había tratado con dureza, sin ahorrarle insultos, y ahora el tiempo le demostraba que aquella mujer estaba hecha de una madera más dura que la del molle y que guardaba un tesoro en su interior, como las estatuillas que él tallaba y vendía luego en el galpón de los artesanos del pueblo.

Puso su mano callosa sobre la de ella y clavó en los ojos de Cordelia una mirada que prometía cosas para después, cuando estuviesen solos en su pequeño nido de amor en el altillo. Cordelia se estremeció de placer. Su esposo conservaba el poder de debilitarla con una simple mirada, ya fuese para reprocharle algo o, como en ese momento, para declararle su pasión sin palabras.

Mayga bajó la cabeza y se entretuvo revolviendo el guiso con la cuchara, mientras aguardaba a que el momento pasara. Sus padres eran un enigma. La habían criado con el mismo amor, aunque de manera distinta. Con su madre compartía secretos y aventuras de las que muchas veces Cordelia era promotora, pues su carácter alegre y apasionado era capaz de encenderse como chispa si se enojaba y de enfriarse como el agua al instante, sin guardar rencor. Vivía el presente con entusiasmo, sin temer al mañana.

Su padre, en cambio, era un hombre reconcentrado, de pocas palabras, con el que ella tenía una relación hecha más de silencios que de confesiones. Sin embargo, a su modo, Newen le había trasmitido saberes que ella atesoraba: sobre la vida en las montañas, el valor de los sentimientos y, más que nada, sobre el futuro. Newen esperaba mucho de ella y esa expectativa, libada durante toda su infancia, pesaba en su corazón. Mayga admiraba el trabajo de su padre y soñaba con secundarlo en su tarea, mientras que Newen se había empecinado en alejarla del bosque y del valle, pensando quizá que no era un trabajo digno de ella o temiendo, tal vez, que los peligros pudiesen alcanzarla. Tenía que hablar con su madre, saber las razones de esa tozudez en impedirle que siguiese sus pasos en una tarea sagrada hasta para él mismo.

Newen salió a la fría luz del invierno después del almuerzo, dispuesto a encaminarse al claro. Si su hija había visto algo llamativo, algo habría. Confiaba en el instinto de la joven tanto como en el suyo propio. Para su mal, Mayga poseía el don necesario para custodiar aquella región y él debía impedírselo, a fin de que tuviese las oportunidades que los blancos creaban para ellos mismos en las ciudades. Se habían prometido al casarse que educarían a sus hijos en ambas culturas, para que se enorgullecieran de sus raíces nativas sin perder las ventajas de la sangre winka, una tarea difícil aunque no imposible, si se tenía la mente clara y el corazón encerrado bajo siete llaves.

Descendió por el sendero espinoso, escarchado por la baja temperatura. Semillas y ramas secas crujieron bajo sus botas. Alzó la cabeza y contempló el cielo, donde el humo de las chimeneas del pueblo permanecía suspendido, congelado en el aire frío. Hacia el oeste, las cumbres centelleaban al sol. Muy pronto nevaría en el valle y el paisaje se tornaría crepuscular, cargado de tristeza. La nieve traería no sólo la melancolía y el silencio, sino grupos de turistas que abarrotarían las oficinas en busca de información y acabarían con la paciencia de Medina. La gente de afuera llegaba ansiosa por fabricar muñecos de nieve y esquiar. Nadie pensaba que esa misma nieve era causa del aislamiento de los pobladores y de la muerte de muchos animales.

Un graznido hendió el aire sobre los altos pehuenes. Un cóndor.

Newen apuró el paso, manteniendo una mano cerca de la pistolera, pues en aquellos parajes no era rara la presencia de los cazadores furtivos, la mayor amenaza después del turismo. Saltó sobre las piedras que atravesaban un riacho cristalino y penetró en el bosque umbrío. La oscuridad verdosa lo envolvió y la baza húmeda, una alfombra de olor pútrido y penetrante, amortiguó el sonido de sus pasos. El follaje era apretado, pues a la sombra de los árboles más altos convivían arbustos que formaban el sotobosque, habitado por pequeñas bestias que se guarecían de los depredadores. Alguna, sin embargo, habría sido víctima, como lo delataba la presencia de los carroñeros. Newen atravesó el bosque de ñires y lengas hasta llegar a un escenario natural donde la luz se filtraba en líneas fugaces entre las sombras. Allí se divisaba un bulto en el que reconoció de inmediato al ciervo colorado. El animal yacía entero, no haría mucho que lo habría alcanzado la bala del cazador. Qué extraño. Un ciervo jamás se expondría en el descampado, más bien huiría escondiéndose en la espesura. Pudo oler la pólvora y percibir las huellas de un cuerpo arrastrado. Aquel animal había sido llevado hasta allí después de muerto, con algún propósito. Barrió la zona con su vista de águila, sintiendo palpitar la rabia en sus sienes. La sombra del cóndor pasó sobre él como un presagio cuando se inclinó sobre el cadáver.

El ciervo colorado, introducido por los pioneros europeos muchos años antes, podía ser cazado en los períodos fijados por el reglamento. La época de brama había finalizado en mayo, sin embargo, y ese ciervo estaba muerto por la mano de un cazador. Su hermosa cornamenta, única de ese ejemplar, se confundía con las ramas caídas de los árboles. Newen tocó el vientre algo hinchado del animal. Ya se encontraba frío.

Su instinto alerta le dijo algo más.

—Sal de ahí —murmuró, lo bastante alto como para que Mayga, oculta entre los arbustos que rodeaban al claro, lo escuchase.

La jovencita avanzó unos pasos con aire culpable.

—No sabía que me habías visto, papá. ¿Qué le ocurrió al ciervo?

—Lo cazaron.

Mayga observó los ojos relucientes que ya no verían las hojas tiernas ni el agua clara en la orilla del lago. Entendía las leyes del bosque, sabía que los animales introducidos por la mano del hombre quitaban espacio a los nativos de su misma especie, relegándolos y hasta exterminándolos a veces, pero no podía ser inmune al dolor del animal que agonizaba. Lo había sentido en su pecho desde el mediodía, sin atreverse a hacer otra cosa que advertir a su padre para que fuese a averiguar lo que sucedía. Sólo su madre sabía de su extraño don, el que le vaticinaron siendo muy pequeña. Era una elegida, le había explicado Cordelia cuando tuvo edad para comprenderlo; su espíritu poseía una increíble empatía con el de los animales, y sentía su dolor como si le sucediese a ella. Al principio le había parecido un juego y lo jugaba solitaria en el bosque o en la montaña, provocando al cóndor, desafiando al puma, llamando al pudú enano o al huemul, quedándose quieta entre los árboles o caminando silenciosa por senderos que llevaban a los riscos donde la vegetación se tornaba achaparrada y las rocas rodaban hacia el precipicio, rompiendo el silencio de las alturas. Cuando sus padres dormían ella solía salir al porche blanqueado por la luna y se internaba en los matorrales que separaban la cabaña del arroyo que corría tumultuoso más abajo, imitando el ulular melancólico de la lechuza.

Recordaba bien la primera vez. Tenía sólo diez años y su primer contacto fue con Dashe, cuando el perro lobo acababa de partir; Newen le había explicado que los animales sabían cuándo les llegaba el fin y se alejaban de la manada para morir en soledad. Mayga vivió sumida en el desconsuelo desde aquel día hasta que, una noche, el enorme perro de pelaje plateado se presentó ante ella con claridad, inmovilizándola con sus ojos amarillos. Mayga había desobedecido la orden paterna de permanecer en la cama y se deslizó por el hueco de la ventanita del baño. Su papá acababa de agrandarla a pedido de su mamá, que siempre criticaba la rusticidad del cuarto de aseo. Se encontraba sentada justo donde el sendero comenzaba su descenso hacia el pueblo, aquel caminito misterioso por el que siempre se perdían sus padres en sus diarias tareas, y que a ella no le permitían recorrer sola. Allí se le presentó Dashe, primero como una niebla fría y envolvente, y luego una presencia sólida que ella pudo tocar, emocionada.

“Volviste”, le había dicho, y escuchó la voz de Dashe: “No me fui, estaré siempre”.

Aun siendo tan niña, Mayga ya poseía conciencia de lo posible, y aquella revelación la sacudió hasta lo más hondo, sobre todo porque se dio cuenta de que la voz reverberaba muy adentro de ella, como si retumbase en su cabeza. Pasaron varios días antes de que se atreviera a contárselo a su madre, y Cordelia decidió entonces que era tiempo de explicarle lo que doña Damiana le había dicho a poco de nacer la bebita, mientras le sacaba el tayel, durante la ceremonia mapuche. Mayga había recibido de los dioses de la tierra un raro don y estaba por verse qué esperaban de ella a cambio. La niña no se asustó al saberlo, por el contrario, encontró divertido el pasatiempo de comunicarse con cuanto ser vivo se acercaba a la cabaña.

Hasta que sucedió lo del puma.

—Son furtivos —dijo Newen, sacándola de su ensoñación—.Voy a tener que informar a Medina de esto ahora mismo.

Mayga encontró servida la oportunidad de ayudar, como intentaba siempre, aunque con poco éxito.

—Iré yo, papi.

—No.

—Por favor, si no me cuesta nada. Además, creo que es la hora de alimentar a Lihue.

Esperaba que eso bastara para disuadir a su padre, ya que él respetaba a rajatabla los horarios de alimentación de los pichones de cóndor que mantenía aislados en la cueva de la montaña, esperando que alcanzasen la edad suficiente para ser liberados.

Newen miró hacia donde el cóndor seguía planeando a gran altura sobre sus cabezas. Debía tratarse de Neyén, que siempre merodeaba cerca de ellos. Sacudió la cabeza con disgusto. ¡Tenía que ser hembra para provocar problemas! Él se esmeraba en procurar que los cóndores eludiesen la presencia humana, ya que de eso dependía su supervivencia. El hombre era su enemigo y así debían entenderlo para mantenerse a salvo.

—Usted debe una explicación por su conducta.

El tratamiento distante era un preludio del enojo, y Mayga lo sabía.

—Padre, lo lamento. Creí que la causa era justa.

—Las causas justas se logran con medios justos. Además, dije con claridad que el hijo de Necul no es compañía adecuada. Y lo dije más de una vez.

Newen se volvió hacia su hija, clavando en ella su mirada oscura. Mayga la sostuvo con serenidad. Ella no tenía el carácter audaz de su madre ni la terquedad del padre. Era una muchacha tranquila, no buscaba la confrontación, y por eso mismo la avergonzaba haberse dejado llevar por su amigo Luciano. Pintar consignas insultantes con aerosol, aun si el destinatario era merecedor de ellas, no se correspondía con su modo natural de proceder, su padre lo sabía y era lo que más le disgustaba, que la hija torciera su voluntad para obedecer la de otros. Mayga lo comprendía bien y le dolía defraudarlo. Desde muy pequeña la aprobación de Newen había sido su principal objetivo, puesto que jamás dudó del amor desbordante de Cordelia. Su mamá la llevaba siempre adonde fuese, le cantaba bonitas canciones en un idioma dulce que sólo ella sabía y trenzaba su cabellera con flores multicolores cada primavera. Su mamá era una especie de hada que con su encanto lograba el prodigio de apaciguar al padre y divertirla a ella, una niña pensativa y silenciosa. ¿Acaso Newen habría deseado un hijo varón? Él actuaba con naturalidad, sin embargo, mostrándole los secretos del valle, enseñándole a descender de la montaña sin caer de bruces, a reconocer las trampas de los cazadores furtivos.

¿Por qué, entonces, se comportaba como si no supiese qué hacer con ella?

—No lo volveré a hacer, padre, lo prometo.

Newen contempló la imagen de aquella hija delgada como vara, delicada y fuerte al mismo tiempo, y pensó que los dioses lo pondrían a prueba durante toda su vida, primero ofreciéndole a una ninfa del bosque como anzuelo, una mujer blanca opuesta en todo a su modo de ser y de vivir y luego, como si eso fuese poco, dándole una hija inteligente con la que a veces no sabía cómo conducirse. Pese a su severidad, le dolía castigar a Mayga. La sabía de corazón noble y compasivo, confiaba en ella y deseaba que se abriese camino en un lugar donde sus virtudes fuesen reconocidas.

Doña Damiana le había dicho una vez que la hija de Ayinray, como llamaba la anciana a Cordelia, estaba destinada a cosas importantes. Sin duda poseería las cualidades de su madre para cultivar hierbas y fabricar emplastos en el herbolario. Él mismo había levantado un invernadero donde antes estaba situada la miserable choza en la que intentó alojarla mientras la creyó un escuálido aspirante a guardaparque. Recordar aquellos tiempos en los que lidiaba con la atracción que ejercía Cordelia sobre él le producía cierta extrañeza. En el pr ...