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DIME, ¿QUIéN ES COMO DIOS?

Florencia Bonelli  

5


Fragmento

Capítulo I

De oppresso liber.

(De oprimido a libre)

Isaías 1, 17

Hospital militar de Camp Bondsteel, 

Kosovo, 27 de diciembre de 2000.

La Diana aferró el cuaderno que tenía sobre las piernas y se puso de pie. El cirujano la miraba a los ojos y ella, a los de él. No se animaba a pronunciar palabra. La acometió un escozor cuando el médico quiso saber:

—¿Es usted parienta del señor Lazar Kovać?

Asintió como una niña asustada y respondió con voz insegura:

—Soy su prometida. Diana Huseinovic.

—Buenas tardes. Soy el doctor Cooper. Mi equipo y yo acabamos de operar al señor Kovać. La cirugía fue un éxito, y el paciente se encuentra estabilizado.

La Diana se cubrió la boca para sofrenar el grito de angustia y dicha y se desmoronó en el sillón. El hombre se aproximó y siguió hablándole.

—Le practicamos una laparotomía explorativa y descubrimos que el proyectil se hallaba alojado en el parénquima hepático. Lo extrajimos con éxito y colocamos un drenaje en la cavidad abdominal…

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La Diana lo contemplaba a través de un velo de lágrimas y asentía maquinalmente sin comprender del todo lo que el cirujano le explicaba. Solo quería que le dijese que su amado Lazar no moriría, que no la dejaría sola y destrozada.

—¿Su vida corre peligro? —lo interrumpió.

—Lo mantendremos en la Unidad de Cuidados Intensivos durante cuarenta y ocho horas para monitorear sus parámetros vitales, pero creo que la evolución será favorable. Es un hombre joven, con un excelente estado físico.

—¡Gracias! —exclamó con tono ahogado y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel tisú que había encontrado hurgando a ciegas en el macuto—. Necesito verlo.

El médico asintió, y mientras ella guardaba el cuaderno y se cargaba el bolso al hombro, le comentó:

—Despertó perfectamente de la anestesia pero lo mantendremos sedado hasta mañana por la mañana. Es preciso que descanse. Acompáñeme, es por aquí.

Ingresaron en un sector anterior a la Unidad de Cuidados Intensivos donde una enfermera le indicó el receptáculo de jabón líquido para que se lavase las manos. Lo hizo con minuciosidad y luego caminó por un corredor en el que los cubículos vacíos o con enfermos se sucedían uno tras otro. Se respiraba un aire cargado del típico aroma a antiséptico y se oían voces bisbiseadas y los pitidos de los aparatos. El corazón le latía con rapidez y respiraba de modo acelerado y superficial. Solo quería volver a verlo y tocarlo.

La enfermera se detuvo frente a una puerta y le indicó que entrase. La Diana abandonó el macuto en una silla y se aproximó a la cama ortopédica donde Kovać, rodeado de máquinas, tubos y cables, descansaba apaciblemente. Se inclinó sobre su rostro pálido. Cerró una mano sobre la de él y con la nariz le tocó la frente. Su tibieza la reconfortó. Había estado tan frío el día anterior, al borde de la hipotermia; había estado tan cerca de perderlo. “Gracias, gracias, gracias”, repetía al dios del que todos hablaban y en el cual ella no creía. También le agradecía a San Miguel Arcángel, pero sobre todo a Sergei Markov. Sus labios temblorosos buscaron a ciegas los de él.

—Amor mío —susurró—. Amor mío, amor de mi vida. Gracias por no dejarme sola. No podría seguir sin ti, Lazar.

El cirujano chequeó los valores de un aparato antes de volver a hablar.

—Como le decía, lo tendremos sedado las próximas horas. ¿Por qué no se retira a descansar?

La Diana se incorporó y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—No me apartaré de su lado, doctor —dijo con tono de advertencia.

—Aquí sabemos por lo que ustedes han pasado —aclaró Cooper de buen modo—, y se nos ha ordenado estar a su disposición. Se lo sugería porque parece al borde de la extenuación.

—Me quedaré —resolvió, y el cirujano asintió—. Lo único que necesito saber es cómo se encuentra el grupo que llegó conmigo.

El médico volvió a asentir y se marchó. La Diana aproximó la silla al costado de la cama; no resultaba fácil ubicarla entre los aparatos y el cableado. Se sentó, le tomó la mano y le apoyó la frente en el antebrazo desnudo. Sabía que se trataba de una gran concesión autorizarla a permanecer allí y olfateaba la influencia de su tío abuelo Callum Duncan en el otorgamiento de la dispensa, pero lo que el personal no sabía es que habrían tenido que sacarla entre varios y con mucho esfuerzo pues ella no habría dejado solo a Kovać por nada. Vuk había intentado asesinarlo y lo intentaría de nuevo; no tenía duda al respecto. Le había disparado con deliberada malicia, sabiendo que la destrozaría con su muerte.

Escuchó pasos y alzó la mirada. La enfermera, la misma que la había acompañado hasta allí, joven y de expresión bondadosa, le sonrió con calidez.

—El doctor Cooper me pidió que averiguase por la salud del resto del grupo. En unos minutos tendré la información.

—Gracias —musitó La Diana, y volvió a apoyar la frente en el antebrazo.

—¿Usted estaba con el grupo que huía de los traficantes?

—Sí —contestó—. Estuve todo el tiempo con ellos. ¿Usted cómo sabe que escapábamos de los traficantes?

—No creo que haya persona en el mundo que no lo sepa —aseguró la muchacha—. Su caso ha sido titular de diarios y programas televisivos durante los últimos dos días. Hemos estado en vilo esperando que aparecieran. Se enviaron equipos de búsqueda, pero la tormenta impidió que los hallasen.

—Ya, la tormenta. No pareció detener a los traficantes —dijo, y movió la vista hacia Kovać. Se puso de pie intempestivamente—. ¿No le hace frío? —se preocupó al notar que tenía el torso desnudo bajo la sábana.

—No —aseguró la muchacha—. Todo está controlado. Quédese tranquila. Él está muy confortable. Si desea usar el sanitario o comer algo, solo tiene que pedírmelo.

La Diana intentó sonreírle. Le leyó el nombre en un cartelito colgado en la pechera del uniforme.

—Gracias, Linda. Mi nombre es Diana. —Aunque se le cruzó la idea de estirar la mano como cualquier persona normal, desistió.

—Un gusto, Diana. La noto muy pálida. ¿Puedo tomarle el pulso?

—No, estoy bien, pero aceptaría de buen grado un café.

—Enseguida.

La muchacha salió, y La Diana volvió la mirada a Kovać. Se inclinó para estudiarlo de cerca. El análisis minucioso le fue revelando la perfección de las facciones que habían salido a la luz pocos días atrás después de que ella le rasuró la barba espesa y larga que había llevado como sacerdote del rito ortodoxo. Le crecía rápido y ya le cubría el bozo con una capa oscura que acarició con dedos inseguros. Le dibujó el perfil de nariz pequeña, y cuando bajó hasta los labios se los oprimió apenas; la admiraban su grosor y esponjosidad. Los besó.

—Te amo —susurró—. Locamente —añadió, y sonrió al evocar el día en que él había enumerado los adverbios que describían su modo de amarla. “Te amo ciegamente” —le había dicho para después agregar—: “Locamente. Eternamente. Sinceramente”.

—Felizmente —volvió a susurrar como aquella vez, aunque, meditó, lo que describía su amor con precisión era sin duda la palabra “locamente”, pues, ¿no era de locos haberse conocido tan solo nueve días atrás y amarse como si se conocieran de una vida? ¿No era una locura que la noche anterior él hubiese roto la última cadena que la maniataba a la afenfosfobia y la hubiese liberado para siempre al hacerle el amor? Se le llenaron los ojos de lágrimas y le tembló el mentón al recordar el momento en que lo había visto caer de rodillas primero, de boca después, a causa del impacto de la bala. La estremecía la imagen y se le cortaba el respiro. ¿Qué habría estado haciendo a esas horas si su Lazar hubiese muerto? “¡No pienses en eso!”, se reprochó. “¡No vuelvas a pensar en eso!”

Un chirrido la obligó a incorporarse. Linda arrastraba una mesita con ruedas en la que traía café y las típicas rosquillas, esas glaseadas de todos colores y decoradas con grana.

—No se permite comer en los cubículos —dijo la enfermera—, pero se nos ordenó que hiciésemos concesiones con usted.

—Gracias, Linda.

Creyó que nada le pasaría por la garganta; no obstante, apenas sorbió el café y mordió una rosquilla se le abrió el apetito mal satisfecho en los últimos días. Comió con fruición; sabía que no se trataba de un alimento nutritivo; sí una fuente de energía, la que precisaba para continuar de pie junto a Kovać.

—Si te quedas con él, Linda, y no te mueves de su lado, me atreveré a ir al baño.

—Aquí está seguro.

—No lo está —la contradijo con una vehemencia que sobresaltó a la joven enfermera—. Los traficantes que buscan matarlo son profesionales y no imaginas los recursos con los que cuentan para lograr sus objetivos, como por ejemplo ingresar en este cubículo sin que nadie lo advierta y rematarlo en su cama.

—No me moveré de aquí —prometió la muchacha.

La obligó a agendar en el celular su número telefónico y le indicó que ante cualquier anormalidad, por muy nimia que la juzgara, la llamase. Caminó hacia el baño con el macuto al hombro sabiéndose objeto de las miradas del personal, que murmuraba a su paso. Se higienizó deprisa. No soportaba la distancia que la separaba de Kovać. Regresó al cubículo dando largas zancadas. Linda se excusó y se marchó, y ella volvió a ubicarse en la silla y a aferrarle la mano; la angustiaba la falta de contacto. La idea la hizo sonreír con melancolía.

—Pensar, amor —dijo en un susurro—, que antes de ti no toleraba tocar ni ser tocada. ¿Cómo lo lograste, Lazar? ¿Cómo destruiste mis defensas una por una sin que me diese cuenta? —Guardó silencio y se quedó mirándolo, incapaz de apartar la vista de su rostro tan amado; la atormentaba la creencia de que si le quitaba los ojos o las manos de encima algo malo caería sobre él—. ¿Sabes, amor? Terminé de escribir mis memorias. Creí que no podría hacerlo. Hablar de Larysa, de su nacimiento, de mi desamor… —Se le cortó la voz y volvió a descansar la frente en el antebrazo de Kovać.

Media hora más tarde, la enfermera entró con una libreta en la mano y carraspeó para llamar la atención de La Diana, que se mantenía inmutable con la vista en el paciente.

—Tengo la información que me pidió. —Abrió la libreta y empezó a leer—. Selin Bucak, que llegó deshidratada y con un cuadro severo de abstinencia de un opiáceo, se encuentra estabilizada.

—¿Saben que es VIH positivo?

—Sí, lo saben. Senada Shala y su recién nacida están en buenas condiciones. De igual modo, se puso a la pequeña en la incubadora para controlarla durante unos días y a la madre la dejaron internada también. Me dijeron que fue usted quien la asistió en el parto.

—Sí —contestó con aire ensimismado, mientras repasaba mentalmente los nombres del resto—. ¿Y de Shivani no dice nada? Tenía el hombro dislocado.

Linda volvió a consultar la libreta y sacudió la cabeza para negar.

—Nada sobre Shivani. Debe de estar bien, como el resto. Fueron revisadas y dadas de alta enseguida pues a excepción de una deshidratación leve, estaban bien. Las ubicaron en dos cabañas.

La Diana, que ansiaba saber de Darko, se limitó a agradecer. De pronto, la necesidad de tenerlo allí le robó la calma. Se puso de pie. Le pareció que traicionaba a Kovać al no verificar si el niño al que él adoraba estaba bien. Cayó en la cuenta de con qué determinación había luchado por impedir que el amor por Darko anidase en su corazón. En ese momento de claridad comprendió lo que Kovać había afirmado a pocas horas de conocerla: su fobia era un castigo, pues ¿cómo iba a permitirse amar a Daisy o a Darko si se había negado a amar a la hija de sus entrañas? Aceptar que la amaba, que la había amado siempre, aun en los días tristes que siguieron a su nacimiento, la había liberado, le había concedido la licencia para amar a los demás. Se recostó sobre Kovać y lloró con una mezcla de agradecimiento y tristeza ante el recuerdo de Larysa en su cuna. ¡Qué dolor tan grande sentía al pensar que no volvería a verla!

—Quiero estar con Dare pero no quiero dejarte solo —balbuceó entre sollozos—. ¿Qué hago, amor mío? Tú siempre tienes la respuesta justa, Lazar. ¿Qué hago?

Sonó el celular y se tomó unos segundos para carraspear y aclararse la voz.

—Diana.

—¡Callum! —exclamó, dichosa al reconocer a su tío abuelo, el escocés Callum Duncan, barón de Glendale.

—¡Bendito sea el cielo, querida mía!

—Es una alegría volver a oír tu voz.

—Estamos aquí.

—¿Dónde es aquí? —se desconcertó.

—A las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Profirió una exclamación emocionada.

—Enseguida estaré con ustedes. —Convocó a Linda y le pidió que permaneciese en el cubículo—. Debo salir. Tendré el celular en la mano por cualquier cosa.

Besó a Kovać, lo miró con fijeza mientras le acariciaba la frente y se marchó. Casi corrió hasta la salida. Abrió la puerta, y al ver a su tío abuelo de pie frente a ella se le hizo un nudo en la garganta. “Abuelo”, pensó, pues nunca lo había encontrado tan parecido a Liam Duncan. Se sonrieron con labios temblorosos.

—Querida —susurró Glendale, evidentemente emocionado, y La Diana hizo algo impensable pocas semanas atrás: lo abrazó. Enseguida percibió las manos en su espalda, y se acordó de las tantas veces en que su abuelo la había sostenido de la misma manera. Se separó con delicadeza y se secó los ojos con el dorso de la mano. Bruce McLeod, que guardaba silencio junto al anciano, le extendió un pañuelo. La Diana lo recibió con una sonrisa.

—Hola, Bruce.

—Hola, Diana. Luces estupenda.

—No mientas —dijo entre risas—. Hace tres días que no me baño ni duermo. Parezco un espantapájaros.

—Tu belleza sigue inmaculada —declaró McLeod, y La Diana rio de nuevo.

Glendale carraspeó antes de intervenir.

—Ven, Diana. Sentémonos allí —propuso, y señaló la zona de espera.

Se ubicaron en los sillones.

—No puedo creer que estén aquí.

—Apenas supimos que habían llegado a Camp Bondsteel —explicó McLeod—, Callum ordenó a Seamus que nos trajese.

—¿Cómo llegaron tan rápido? Son muchos kilómetros desde Escocia.

—Estábamos en Sarajevo —anunció Callum Duncan.

—Oh —se asombró La Diana.

—Callum no aguantaba seguir en Glendale, por lo que ayer viajamos a Sarajevo para ver qué se podía hacer, cómo podíamos ayudar. En realidad, para ejercer presión in situ a Jacques Paul Klein —se sinceró, y aludía al máximo representante de la ONU en Bosnia—. Aterrizamos hace quince minutos. Toma —dijo, y le tendió un bolso de cuero—. Trajimos la ropa que dejaste en Glendale. Imaginamos que podrías necesitarla.

—Perdí casi todo en la huida —admitió—. Claro que la necesito. Gracias por haber pensando en esto.

—Fue Callum el que me dijo que lo trajese.

La Diana se volvió hacia su tío y le sonrió.

—Gracias por haber venido. No saben lo que significa tenerlos cerca. Hay tanto de que hablar.

—Es cierto —afirmó el noble escocés—, pero si bien luces hermosa como siempre, también te noto cansada.

—No quiero dejar solo a Lazar.

—¿Cómo está él? —se interesó McLeod.

—Le extrajeron una bala del hígado pero todo salió bien. Lo sedaron y ahora está descansando.

—Bendito sea Dios —masculló Callum Duncan—. Estuve enfermo de preocupación por ti, querida.

—Lo sé y lo siento. Todo se complicó. Me gustaría contarles, pero no quiero dejar mucho tiempo solo a Lazar —repitió—. Temo por su vida. Fue el vojvoda, el jefe de la red de tráfico —aclaró—, quien lo hirió. Lo intentará de nuevo.

—Ordenaré que le pongan una guardia las veinticuatro horas del día —declaró Glendale—, de modo que tú puedas descansar.

—No confío en nadie, Callum.

—¿Ni siquiera en tus amigos de la Mercure?

—Si Zlatan pudiese quedarse con él un par de horas, aceptaría —admitió, pues anhelaba ver a Darko y darse un baño.

Glendale se alejó con el teléfono en la mano. La Diana y Bruce McLeod intercambiaron una mirada sincera.

—Has cambiado —afirmó el hacker escocés—. No pasó mucho desde la última vez que nos vimos, hoy exactamente un mes, y sin embargo has cambiado.

—No creo que puedas imaginar cuánto.

—Kovać tiene que ver con esta metamorfosis, ¿verdad?

—Él es el artífice.

—¿Estás enamorada de él?

—Sí, lo amo.

—Recuerdo el día en que me dijiste que no sabías amar.

—Lazar me enseñó.

—Tengo la impresión de que no te enseñó nada, que tú sabías amar pero que no te lo permitías.

—Sí, es posible.

—¿Por qué?

—Porque amar duele, Bruce.

—Ya lo creo que duele.

Callum Duncan volvió a ocupar su sitio y anunció que Zlatan Tarkovich se presentaría en pocos minutos para relevarla. La Diana asintió con una sonrisa; no obstante, y pese a que momentos atrás había deseado ver a Darko, la idea de dejar a Kovać, aunque fuese bajo el cuidado de su amigo, le resultó intolerable. Le temió al amor desmesurado que había nacido en ella y a la dependencia que implicaba.

* * *

Se refrenaba y caminaba lentamente para respetar los pasos medidos de Callum Duncan, que se ayudaba con un bastón mientras recorrían la avenida principal de Camp Bondsteel, y lo hacía por el respeto y el cariño que el anciano se había ganado en poco tiempo; en caso contrario habría echado a correr. Ansiaba el reencuentro con Darko y volver junto a Kovać. Había llenado a Tarkovich de recomendaciones, que su amigo había recibido con paciencia. Los guiaba un sargento del ejército norteamericano hasta el Jeep que los conduciría a las cabañas donde se había instalado a las víctimas del tráfico humano.

La base norteamericana en Kosovo es la más grande que Estados Unidos posee fuera de su territorio. Se trata de una pequeña ciudad con supermercados, negocios, cine, gimnasios, bares, incluso hay un Burger King y un Taco Bell. A La Diana, su estilo de construcción le resultaba familiar pues no era muy distinto del de otras bases donde había transcurrido tiempo entrenándose. Saltó del Jeep cuando el vehículo frenó delante de las típicas cabañas construidas en madera y con techos de policarbonato que, más allá de la simpleza exterior, estaban muy bien equipadas. McLeod y ella ayudaron a descender a su tío abuelo y se encaminaron a la casa en la cual, según el sargento, se hospedaban la señora Gordana Prolović —se refería a Goga— y los niños.

La Diana llamó a la puerta con las palpitaciones muy por encima de la media. Abrió Brikena, una de las víctimas, que exclamó su nombre y se hizo a un lado para darle paso. Darko saltó de la silla y corrió hacia ella. Soltó el macuto y lo aguardó con los brazos abiertos. Lo apretó contra su pecho, y las manitas del pequeño se le ajustaron en la espalda. Solo experimentaba alegría y paz, nada de la repulsión del pasado o la quemazón en el pecho. Se sentía ebria de felicidad, abrumada de alivio.

—Moje blago —lo llamaba mientras le besaba la cabecita—, adorado moje blago. No llores, cariño.

El niño alzó el rostro y la miró con sus ojos negros y grandes embellecidos por las pestañas mojadas y más oscuras.

—¿Mi papá se murió?

—¡No, moje blago! No. Está en el hospital, pero está bien.

—No había forma de convencerlo de que no había muerto —intervino Goga—. ¿Has visto, Dare, que no te mentí cuando te dije que ese señor que vino a vernos me avisó que Lazar estaba fuera de peligro?

Darko no se volvió hacia la mujer y siguió con la vista fija en La Diana, que se la sostenía sin miedo, sin culpa.

—Quiero ir con mi papá —expresó tras esa pausa.

—Dormirá profundamente hasta mañana. Cuando despierte, vendré a buscarte para que lo veas. Lo primero que hará Lazar al abrir los ojos será preguntar por ti, moje blago. Eres a quien más ama en este mundo, lo sabes.

—Y a ti —añadió el niño.

La Diana asintió con un nudo en la garganta. Lo tomó de la mano.

—Ven, quiero que conozcas a unos amigos.

Siguieron las presentaciones, y La Diana se enorgulleció de su tío abuelo, que enseguida se sentó con los tres niños —Darko, Zaína y Oana, las hijas de Goga y de Brikena— y se hizo el que comprendía cuando le mostraban las ilustraciones que habían estado haciendo. Pese a que ninguno hablaba la lengua del otro, de manera asombrosa los tres niños y el anciano se comunicaban animadamente con gestos y dibujos. La Diana sonreía al ver al viejo espía escocés, conocedor de secretos que habrían hecho temblar las estructuras de algunos gobiernos, departiendo con niños como si lo hubiese hecho la vida entera.

—¿Dónde están las demás? —quiso saber; en esa cabaña solo se encontraban tres de las víctimas: Brikena, Anna y Julie.

—Selin y Senada están en el hospital —respondió Goga—. A Nuur, Sanit, Shivani y Svetlana las ubicaron en la cabaña de al lado.

—¿Cómo están? —se interesó.

—Bien, no te preocupes por ellas.

—Me gustaría darme un baño.

—Ven, es por aquí.

Al ver que La Diana se iba, Darko se abrazó a sus piernas.

—No me voy, moje blago. Solo quiero darme un baño porque ya huelo mal. ¿No es cierto que huelo mal? —dijo, y frunció la nariz.

El niño, con el mentón clavado en su vientre, negó con la cabeza entre risas; por alguna razón, encontraba graciosa la pregunta. Le aseguró que no se iría sin avisarle, y con esa promesa Darko aceptó soltarla y regresó con Callum Duncan.

Goga la proveyó de toallas, ropa interior limpia y una camiseta. Se metió en el baño de pronto cansada y con un persistente dolor de cabeza. Estuvo un buen rato frente al espejo, observándose. Hacía años que no se atrevía a sostenerse la mirada, y allí estaba, frente a ella misma, su peor enemiga, después de haber sobrevivido a una persecución por parte de criminales despiadados dispuestos a recuperar a las muchachas que habían secuestrado, violado y torturado, y todo por dinero. Se sintió orgullosa como soldado por la labor desempeñada en las peores condiciones y sin bajas. Rio al caer en la cuenta de la misión titánica que acababa de cumplir, y si bien al final había contado con el apoyo de dos profesionales de la guerra, Nanuk Christiansen y Daen van Groen, la mayor parte de la operación la habían llevado adelante Lazar Kovać y ella. La seriedad volvió a endurecerle la mirada y las facciones, pero no era desprecio por sí misma lo que trasuntaban sus ojos celestes, al contrario, por primera vez se contemplaba con orgullo y paz. Parecía que la reconciliación consigo misma había comenzado.

Se dio una larga ducha. Le permitió al chorro de agua caliente que le masajease la espalda durante un rato. El dolor de cabeza fue remitiendo, lo mismo que el latido en las sienes. Se lavó el cabello y el cuerpo con fricciones que le enrojecieron la piel y se depiló las piernas y las axilas con una rasuradora descartable que halló en el botiquín. Se cepilló los dientes tantas veces que acabó con el interior de la boca frío y ardoroso. Salió renovada.

En el comedor la esperaba un plato de sopa con trozos de pollo que les habían traído de la cantina de los oficiales y que le supo delicioso. Solo comió ella; los demás ya lo habían hecho. Se sentaron para acompañarla. Darko, a su lado, le hablaba e irremediablemente la hacía pensar en su pequeña hija Larysa.

En tanto Julie y Anna, en su inglés chapucero, les detallaban a Glendale y a McLeod los pormenores de la travesía, La Diana los observaba y hacía una nota mental de los temas que tenía que tratar con ellos. A cada declaración de las muchachas, su tío abuelo y su amigo se volvían y la miraban para confirmar si habían comprendido bien, y ella se limitaba a asentir.

—No puedo creer las penurias que padecieron —manifestó Callum Duncan—. Me siento culpable, querida.

—¿Culpable? —se extrañó La Diana—. ¡Callum, si estamos vivos es en parte gracias a ti!

—Pero fui yo quien te instó a viajar a Bosnia. Fui yo el que te dijo que habíamos llegado a un callejón sin salida en la investigación y que todo apuntaba a tu país.

La Diana sonreía y negaba con la cabeza. En tanto, meditaba las palabras que Lazar Kovać había pronunciado dos días atrás, cuando la había enfrentado a su dragón más cruel, el que le impedía admitir que amaba a su hija nacida durante el cautiverio y que había regresado a Bosnia para buscarla.

—Callum, nunca podré agradecerte lo suficiente por haberme empujado a volver a mi patria. —Le ofreció la mano a través de la mesa y el anciano se la tomó enseguida—. Poder tocarte es una de las tantas cosas que he conseguido gracias a este viaje.

—¿Estás feliz, entonces? —quiso saber el anciano, y se lo preguntó con un gesto que de nuevo le hizo acordar a su abuelo Liam.

—Inmensamente —dijo con un hilo de voz, y Glendale, con los ojos húmedos, asintió y le besó la mano.

Las muchachas se ocuparon de poner orden, lavar los platos y distraer a los niños. La Diana, Goga, Callum Duncan y Bruce McLeod se ubicaron en la pequeña sala para conversar.

—¿Qué sigue ahora? —preguntó Goga.

—Ustedes quizá no lo sepan —tomó la palabra el anciano escocés—, pero durante los días en que huían de los traficantes se armó un gran revuelo internacional. Bosnia, pero también la OTAN y la ONU, están en el ojo de la tormenta. La entrevista que dio Kovać a Albert Coleman y la conferencia de prensa de la fiscal Dretar hicieron centro, sin mencionar la publicación del artículo de Coleman y el video con esos dos malnacidos forzando a las pobres chicas. —El anciano se quitó los anteojos y se masajeó el puente de la nariz—. La situación es caótica en este momento pero las consecuencias a futuro serán positivas para nosotros.

—Coleman está viajando hacia aquí —informó McLeod—. Llegará a Bondsteel de un momento a otro. Querrá verlos —añadió, y alternó la mirada entre La Diana y Goga—. Es preciso continuar con el ruido en la prensa —subrayó—. El escándalo no debe languidecer.

—¿Has podido ver los legajos de Carrie Stewart? —La Diana se dirigió a Callum Duncan.

—Son seis —afirmó el anciano—. Contienen investigaciones que la muchacha y su jefe Richard Tomkins iniciaron poco antes de que Tomkins muriese en ese accidente automovilístico. Involucran a pesos pesados de la policía local y de la IPTF —Duncan se refería a la fuerza policial internacional que operaba en Bosnia.

—Lo mataron por los dichosos legajos —apuntó Goga.

—Probablemente —acordó Glendale.

—¿Qué haremos con ellos? —quiso saber La Diana—. Tienen que servir para algo. Carrie, su novio y Tomkins murieron por su causa.

—Hicimos copias que acabaron en los despachos de las autoridades más importantes —dijo McLeod—. Jacques Paul Klein y Madeleine Reardon, entre otros, los recibieron ayer de nuestras propias manos. Los originales están en una caja fuerte.

—Bien —masculló La Diana.

—No quiero olvidarme de comentarles —dijo McLeod— que intenté rastrear las direcciones IP de los dos mensajes con amenazas que le enviaron a la fiscal Dretar a su casilla personal.

—¿Y? —se interesó Goga.

—Fue imposible determinar el origen del protocolo de Internet. Estaba enmascarado, y cuando lograba desenmascararlo, enseguida cambiaba y volvía a enmascararse. Una tecnología endemoniada que no conocía. Una genialidad, debo admitir.

“No me sorprende”, se dijo La Diana, “si cuentan con la pericia del ingeniero Kaiser”.

—Cuestión que es imposible saber el origen del mensaje —concluyó la presidenta de Duga Sarajevo.

—Imposible. Estos traficantes tienen a los mejores hackers trabajando para ellos. No será fácil hacerlos caer.

—Pero ahora con el escándalo que se armó —se esperanzó Goga— y con esos legajos en las manos correctas, les asestaremos un duro golpe.

—Igualmente —la previno Callum Duncan—, cambiar la situación en los Balcanes no será fácil. Conozco al dedillo los manejos políticos internacionales, por eso quiero advertirles que quizá se monte una gran escenografía y que todo cambie para que nada cambie. Gatopardismo, como lo llaman los italianos —remató.

La Diana evocó las palabras del general Raemmers, quien le había expuesto su teoría acerca de la relación simbiótica nacida entre el establishment, liderado por Estados Unidos y la OTAN, y las mafias locales de origen serbio que mantenían la región libre de terroristas musulmanes a cambio de traficar libremente con droga, armas y humanos. Duga Sarajevo, el organismo no gubernamental creado por Lazar Kovać, Gordana “Goga” Prolović y la fiscal Bosiljka “Bosa” Dretar, había tocado un punto sensible al proteger y dar refugio a una muchacha ucraniana, Svetlana Shevchenko, lo que había propiciado una persecución implacable que había terminado en Camp Bondsteel.

Sí, meditó La Diana, la persecución había terminado, pero el asunto estaba lejos de haber llegado a su fin. Por lo pronto, había que aclarar por qué Svetlana era especial para los traficantes, tanto como para suscitar un revuelo que podía costarles caro, pues si algo no precisaban esas basuras era que sus comercios se ventilasen en la prensa o que los nombres de reputados funcionarios públicos se asociasen a sus negocios. Igualmente, se sabían poderosos porque, conscientes del beneficio que le reportaban al establishment, no dudaban de que los protegerían y los encubrirían con tal de que mantuviesen la región limpia de campos de entrenamiento de Al-Qaeda. La cuestión era compleja, un endiablado galimatías difícil de resolver.

—¿Podré regresar a Sarajevo? —se preguntó Goga con expresión desanimada.

—Sería prudente que pasases unos días en otro sitio —sugirió Callum Duncan—, por lo menos hasta que podamos determinar cómo están las cosas. Ahora todo es caos y revuelo. Quiero ver cómo se acomoda la cuestión.

—Podría instalarme en nuestra cabaña en Crni Guber —dijo Goga.

—¿Tienes una cabaña en Crni Guber? —se sorprendió La Diana.

—¿Conoces el lugar? —se interesó Callum Duncan, siempre atento a las reacciones y comentarios de la nieta de su único hermano.

—Sí, está pegado a mi pueblo, Srebrenica. Es famoso por sus aguas termales. Había un hotel, un spa como lo llaman ahora, muy lindo. Siempre estaba lleno.

—Compramos la casa antes de la guerra, cuando a Momo, mi esposo —aclaró en dirección a Glendale y a McLeod—, le diagnosticaron reuma. Nos aseguraron que las aguas eran curativas.

—Había pocas casas por ahí —evocó La Diana—. La mayor parte estaba ocupada por el spa.

—Compramos una de las casas osaćanke, la más grande, la que está en la curva del Drina, camino a Bajina Bašta.

—¿La de dos pisos? ¿La que tiene el sendero de macadán que sube?

—Esa misma —confirmó Goga.

—¡No puedo creerlo! —se admiró La Diana—. Conozco bien esa casa. Íbamos siempre con mis hermanos a juntar hongos y usábamos el sendero para acceder al bosque. Prácticamente pasábamos por la puerta. Quizá nos cruzamos en alguna ocasión.

—No sabía que tu familia fuese de Srebrenica —comentó Goga, y La Diana guardó silencio. El recuerdo de la guerra y de la masacre por la cual su ciudad había cobrado fama la enmudeció y la entristeció de repente.

—¿Cómo dijiste que se llama la casa, querida? —intervino Callum Duncan.

—Osaćanke. Es un estilo de casa típico del valle del Drina, construidas con roble y piedra. Las llaman de ese modo por el nombre de los constructores del siglo XIX que las levantaron, la familia Osaćani. Podría instalarme allí por un tiempo —repitió Goga con aire pensativo.

—A mí me gustaría invitarlas a ti y a tu hija a mi casa en Escocia —propuso Glendale.

—Oh —se sorprendió Goga, y La Diana advirtió el brillo que le embelleció los rasgos cansados—. Callum, gracias, pero no querría importunarlo con…

—No digas más —desestimó el anciano escocés con una sacudida de mano—. Tú y la pequeña Zaína serán más que bienvenidas en Glendale. Un par de semanas en las Highlands les permitirán recuperarse de la traumática experiencia. Y le dará tiempo a mi gente para equipar tu departamento con medidas de seguridad.

—En Glendale —intervino McLeod— podré mostrarte esos programas de los que te hablaba recién, los que uso para desenmascarar las direcciones IP ocultas.

La Diana percibía la alegría que, después de tantos días de sufrimiento y miedo, se apoderaba del ánimo de la mejor amiga de Kovać.

—Gracias, Callum, pero después de la extremadamente generosa donación que hizo a Duga Sarajevo, no quisiera seguir importunándolo con mis cuestiones.

—Nada de importunarme. Será un placer recibirlas en Glendale. Les hará bien a las dos, en especial a la pequeña. Necesita olvidar.

—Sí —dijo Goga, y se volvió hacia Zaína, que jugaba con Darko y Oana—. Todos necesitamos olvidar, solo que no resultará fácil. ¿Qué será de las muchachas? —dijo, en referencia a las nueve víctimas del tráfico humano.

—El gobierno de Bosnia se cuidará bien de que algo malo les ocurra dado el escándalo que suscitó la fuga —señaló Callum Duncan—. Las protegerán, y sé de gobiernos que han ofrecido recibirlas como asiladas, entre ellos Francia y Alemania. No te preocupes por ellas; una solución se encontrará.

La Diana, a quien comenzaba a apremiarla la necesidad de regresar con Kovać, se puso de pie.

—Quiero volver al hospital —anunció y se puso de pie, y Darko, que parecía distraído mientras pintaba en un rincón, abandonó el dibujo y corrió hacia ella, que lo abrazó y lo besó en la frente—. Oye, moje blago. Pasaré la noche con Lazar y mañana, cuando él despierte, vendré a buscarte para que vayas a verlo.

—Bueno —dijo, no muy convencido—. ¿No puedo ir contigo ahora?

—No te permitirán quedarte toda la noche. Mejor duerme cómodo en tu cama y mañana, después de que hayas descansado, vendré por ti. —El niño asintió con el entrecejo fruncido y La Diana se lo besó—. Ese es mi muchacho, el más valiente que existe.

—¡Yo también soy valiente! —se quejó Zaína, mientras daba saltitos y aplaudía junto a La Diana, que en el pasado se habría alejado y en ese momento reía—. ¡Fui valiente!

—¡Claro que tú también! —concedió—. Fueron soldados ejemplares.

Darko la sorprendió abrazándola y ocultando la carita en su vientre. Cerró los ojos y se permitió saborear la sensación vivificante que le había negado a Larysa.

* * *

El sargento al servicio del barón de Glendale los conducía en el Jeep hacia el hospital. Había comenzado a nevar y la temperatura descendía, y tras un instante de desasosiego La Diana se recordó que estaban a salvo y que esa noche dormirían cómodos y con calefacción.

—Fue un milagro que no muriésemos —pensó en voz alta, y percibió la mano de su tío abuelo sobre la de ella—. Hubo momentos en que creí que no lo lograríamos. Todo estaba en nuestra contra.

—Lo sé, lo sé, pero eso ya pasó. Quiero que estés orgullosa de lo que hiciste, una gesta que pocos habrían logrado. Estoy tan orgulloso de ti, querida. Y sé que mi hermano lo habría estado también. —La Diana bajó la vista para ocultar la emoción—. Estás extenuada —prosiguió el anciano—. ¿No sería mejor que durmieses en una cama cómoda en lugar de pasar toda la noche en una silla?

—No. Solamente junto a Lazar estaré tranquila. No debí dejarlo solo tanto tiempo —se reprochó, y le habría pedido al sargento que acelerase si no lo hubiese considerado una descortesía.

—Está con tu amigo Zlatan. Quédate tranquila, por favor. ¿Darko es hijo de Kovać? —quiso saber, y a La Diana le dio gracia el gesto que hacía para enmascarar la curiosidad—. ¿No es sacerdote acaso? Eso decían en los medios.

—Renunció la semana pasada. Envió una carta al patriarca en Serbia y le comunicó su decisión de abandonar el sacerdocio.

—Oh. —Las pobladas cejas grisáceas del anciano se elevaron mientras una risita cómplice de McLeod se destacaba por sobre el ronroneo del motor.

—En cuanto a Darko, es una de las víctimas de pedofilia rescatadas por Duga Sarajevo. Kovać quiere adoptarlo. Queremos adoptarlo —aclaró, y la sorpresa del barón de Glendale se profundizó.

—Callum —dijo el hacker escocés—, creo que nuestra Diana está tratando de decirte que si Kovać colgó los hábitos fue por culpa de ella.

—¿Es eso cierto, querida? ¿Él y tú…? Pues, ¿se han enamorado?

—Sí, Callum. Kovać me pidió que fuese su esposa y he aceptado.

La noticia los sacudió.

—¡Si acabas de conocerlo! —se alteró Bruce McLeod.

—Lo amo, Bruce, como jamás he amado a ningún hombre. No hay ni habrá otro para mí. Solo Lazar.

—Que pueda tocarte en este momento es gracias a Kovać, ¿verdad?

—Sí, Callum, es gracias a él.

* * *

Los despidió en la puerta del hospital. Los saludó con la mano en tanto se alejaban en el Jeep que los conduciría a la cabaña que les habían asignado. La Diana suspiró, contenta de tenerlos cerca. A punto de ingresar se detuvo al sonido del celular. Pocos tenían el número del burner. ¿Sería Goga? ¿Tal vez Linda, la enfermera?

—¿Hola?

—¡Por fin, Diana!

—¡Eliah! ¿De dónde me llamas?

—De alta mar, con el teléfono satelital, que no es seguro. No digas nada que te comprometa. ¿Estás bien? ¿Estás a salvo?

—Sí, estoy bien, a salvo.

—¡Hace dos putos días que intento comunicarme contigo!

—¿Quién te dio este teléfono?

—Tu tío abuelo. Y me contó todo. ¡Sabía que tu viaje a Bosnia no traería nada bueno! —se enojó—. A Matilde no le dije nada para no angustiarla, pero sospecha que tú formas parte del grupo que desde hace tres días tiene al mundo en vilo. Está desesperada. Llámala, por favor.

—Lo siento. Como estaba casi segura de que mi nombre no se mencionaba, pensé que ninguno de ustedes sabría que estaba metida en este lío. No quería preocuparlos.

—Matilde lo dedujo. Dice que tú le hablaste de un tal Lazar y que había un Lazar en el grupo que huía de los traficantes. Insistía y de nada valía que le dijese que Lazar es el nombre serbio más común. A veces creo que nació con un radar para detectar lo que los demás no vemos. Pero, ¿de veras estás bien?

—Sí, de veras. Todo salió bien. Quiero que te quedes tranquilo.

—En los primeros días de enero estaré allí, donde te encuentras tú. Te llamaré cuando llegue.

—OK. ¿Eliah?

—Dime.

—Quiero que sepas que este viaje a Bosnia ha sido lo mejor que podría haberme pasado, más allá de todo lo vivido. Cuando volvamos a vernos sabrás por qué.

—Está bien, cariño —respondió más sereno—. Perdóname si te he hablado bruscamente, pero han sido días muy duros. Me sentía un inútil aquí en medio del mar sin poder ayudarte.

—Lo hiciste. Tres helicópteros de la Mercure fueron a rescatarnos. Sé que eso debió de costarle una pequeña fortuna a tu empresa.

—Eso es lo de menos. Zlatan me llamó anoche para contarme el plan, y le indiqué que llevase el Apache y el Mil M-25 como soporte.

—Gracias. Estamos todos a salvo. No tuvimos bajas.

—Me hace feliz saberlo. Ahora tengo que dejarte. Cuídate.

—Lo haré. Tú también. Te quiero, Eliah.

—Y yo a ti, cariño.

Pese a la ansiedad que la dominaba por regresar con Kovać, llamó a Matilde. Dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos estaba prohibido utilizar los celulares pues interferían con los aparatos. Matilde atendió enseguida.

—¿Mat? Soy Diana.

—¡Diana! ¡Bendito sea Dios! Estaba muy preocupada por ti.

—Lo sé. Acabo de cortar con Eliah.

—No podía comunicarme contigo y supuse que formabas parte de ese grupo de pobres chicas que escapaban de sus captores en los Balcanes.

—De hecho —la interrumpió—, formaba parte.

—¡Lo sabía! Sabía que Lazar Kovać era tu Lazar.

—Sí, mi Lazar, querida Mat.

—¿Estás bien? ¿Todos están bien?

—Sí, todos estamos bien. Quédate tranquila.

—Ahora lo estaré. No pude funcionar bien durante estos últimos tres días loca de la preocupación por ti. Me lo pasaba pegada al televisor. ¡Y tenía que simular delante de Leila y de Sanny! Ellos no sospecharon nada.

—Mejor así —replicó La Diana.

—Y Lazar y tú, ¿cómo están?

La Diana sonrió y se mordió el labio en actitud cómplice.

—Nos amamos, Mat. Y somos felices.

Matilde soltó una exclamación triunfal que la hizo reír.

—¡Estoy tan feliz por ti, amiga mía! Tan, pero tan feliz.

—Lo sé. Después te contaré los detalles. Ahora tengo que dejarte.

—Una última pregunta. ¿Cuándo regresas? ¿Estarán Lazar y tú para la inauguración de la clínica?

—Qué lindo suena eso, Lazar y tú.

—Así será desde ahora en adelante —aseguró Matilde.

—Eso espero. En cuanto a si estaremos en París para la inauguración, no lo sé, pero te prometo que haré lo posible para acompañarte ese día.

Se despidieron, y La Diana corrió dentro del hospital y cruzó deprisa las puertas y los corredores que la separaban de la razón de su existencia. El ritmo cardíaco se le aceleraba a medida que las zancadas devoraban los metros. Se lavó deprisa las manos, con una sensación fea en la boca del estómago; temía encontrarse con una tragedia. Divisó de lejos a Zlatan Tarkovich sentado junto al ingreso del cubículo leyendo un periódico muy tranquilo y compuesto, y se mordió el labio para refrenar la emoción que le causó el alivio. El soldado se puso de pie y le sonrió.

—¿Todo tranquilo?

—Más tranquilo, imposible —aseguró el croata.

—Gracias, Zlatan. Gracias por todo, te debemos la vida.

—Tú eres un soldado como yo, Diana. Sabes que es nuestro trabajo.

—Igualmente, gracias por todo. Dile a Doc que mañana iré a verlo para agradecerle por haberle salvado la vida a Lazar.

—Le diré. Llámame si me necesitas para hacer guardia.

—Gracias, lo haré. Solo confío en ti y en los muchachos de la Mercure.

—Estamos a tu disposición.

Por fin entró en el cubículo y soltó el macuto en el suelo, ciega de inquietud por verificar que Kovać estuviese bien. Lo halló dormido y sereno.

—Amor —susurró, y se inclinó para besarlo—. Aquí estoy, Lazar. No veía la hora de volver a ti. Dare está bien, no te preocupes por él. Loco por verte, como imaginarás. Lo tuve casi todo el tiempo conmigo, pegado a mí. Es mágico, amor, mágico. Estaba oprimida y tú me liberaste. Gracias, gracias, amor mío.

Se incorporó al escuchar un murmullo a su espalda. Era Linda, que le indicaba a un hombre que colocase un catre junto a la cama ortopédica de Kovać.

—Para usted, señorita Diana. Para que descanse esta noche. Indicaciones de las altas esferas —explicó con una mueca graciosa, y La Diana le sonrió.

En tanto, pensaba: “Querido Callum”.

Capítulo II

Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí

para poder dar a luz una estrella danzarina.

Extracto de Así habló Zaratustra,

de Friedrich Nietzsche, filósofo alemán

(1844-1900)

Lazar Kovać intentaba levantar los párpados, sin éxito. Se oponía con tenacidad a la somnolencia que lo invitaba a seguir durmiendo. Quería despertar. Lo acuciaba la certeza de que había algo de capital importancia de lo cual debía ocuparse. “Diana”, pensó, y la respiración y las pulsaciones se le aceleraron al tiempo que una angustia creciente le oprimía el pecho. “¡Diana!”, intentó exclamar, pero de su garganta no brotó sonido alguno.

Supo dónde estaba gracias al aroma a antiséptico y a los pitidos regulares y monótonos de las máquinas que chequeaban las constantes vitales; las de él, se dijo. Los recuerdos acudieron con nitidez. Resultaba indescriptible la desesperación experimentada mientras aguardaba, junto al helicóptero, a que Diana emergiese del bosque. Y cuando por fin la vio se dio cuenta de que algo iba muy mal. Jamás olvidaría el “no” que la oyó proferir y que se había sostenido en el aire gélido del parque nacional Sutjeska hasta alcanzarlo como un golpe. Tampoco la olvidaría corriendo en su dirección como si la vida le fuese en ello mientras disparaba a un objetivo que él no veía pues solo tenía ojos para ella, como había sido desde el lunes 18 de diciembre, bendito fuese ese día. Sin embargo existió un instante en el que su ejecutor había salido a la luz e ingresado en su campo visual; incluso habían cruzado una mirada. No contó con tiempo para analizar la significancia de encontrárselo en ese sitio, en esas circunstancias. El golpe en el vientre lo puso de rodillas primero, lo volteó después. Luego, nada.

Y ahora despertaba en ese hospital. ¿De qué ciudad? ¿Habrían alcanzado el objetivo, Camp Bondsteel? En realidad, poco le importaba. Solo quería a su Diana. Alzó los párpados lentamente y la halló sentada junto a la cabecera, la mejilla apoyada sobre la mano izquierda que a su vez descansaba en el barral de la cama ortopédica; con la derecha aferraba la de él. Se quedó observándola dormir.

Goga, su mejor amiga, lo acusaba de estar obnubilado por su belleza, del tipo que solo se encuentra en las revistas de moda, había aclarado. No lo negaría: su belleza lo había atraído apenas la divisó en el bar del gimnasio aquel bendito lunes, aunque era justo aclarar que si bien se trataba de una perfección inusual, él conocía mujeres bonitas que no le provocaban la más simple emoción. Esa muchacha, que malamente intentaba mimetizarse en el rincón oscuro del gimnasio, emitía una energía que lo alcanzaba en el plexo solar y le hacía vibrar una cuerda largamente dormida; de hecho, él la había creído muerta. La vibración que nació por la mañana fue adquiriendo una amplitud que le ocupó el pecho por completo y lo tuvo todo el día con el corazón enloquecido. Y luego de la cena compartida esa noche supo que ya no podría vivir sin ella. Semejante conclusión alcanzada en el arco de pocas horas, desde un punto de vista racional, no habría podido considerarse como el producto de una reflexión sensata. Él, como psicólogo, habría extraído conclusiones preocupantes de semejante comportamiento. De todos modos, y dada la felicidad exultante que lo embargaba, prefería olvidarse de su profesión y pensar que la magia existía. Sabía que la sofocaba con la intensidad y el poder del sentimiento que le inspiraba, y sin embargo había elegido ser sincero y entregarle su corazón, no sin pocos riesgos dada la fobia que la afectaba. En rigor, elegir no era la palabra adecuada, pues ese verbo implicaba un acto consciente y deliberado. Lo de él había sido más bien la consecuencia de haber caído prisionero del fervor que había irrumpido en él a causa de ella, y que lo había cambiado por completo, lo había avasallado y obligado a postrarse a los pies de Diana vencido y entregado. Y ella lo había aceptado, sin comprender cabalmente lo que su aceptación significaba para él.

¿Había sido claro al expresarle el agradecimiento y la devoción que sentía por ella? ¿Había empleado con precisión las palabras para comunicarle que la consideraba la mujer más valiente, noble e íntegra que conocía? ¿Había hablado correctamente y con propiedad al explicarle que la admiraba por haber luchado por su amor, por haber vencido la afenfosfobia? “Diana, amor de mi vida, razón de mi existencia”, dijo para sí porque no quería despertarla. Ella, como si lo hubiese escuchado, comenzó a rebullirse, y a él las pulsaciones se le dispararon de nuevo.

Aguardó en vilo que abriese los ojos. El celeste de sus iris volvió a maravillarlo como la primera vez que lo vio de cerca, en la Iglesia de la Santa Transfiguración. Sin embargo, fue la sonrisa que ella le destinó al encontrarlo despierto lo que le provocó una emoción tan fuerte que lo obligó a apretar la garganta para no echarse a llorar como un niño.

Anhelaba ese momento desde el día anterior. A las seis de la mañana, la enfermera le había retirado la medicación que lo sedaba, por lo que esperaba que Kovać despertase cuando su organismo eliminara los últimos vestigios de la droga. Ante sus ojos del color del caramelo, abiertos y llenos de vida, no podía hablar. Sonreía, pletórica de dicha. Se inclinó sobre su rostro y lo besó en los labios.

—Te amo —susurró con acento inestable y la frente apoyada en la de él—. Te amo tanto, Lazar.

La respiración acelerada de Kovać le golpeaba la cara. Se apartó un poco y le descubrió las lágrimas que se le deslizaban por las sienes.

—No llores, amor mío. Estás bien, estás fuera de peligro. Todo está bien, Lazar.

—No se trata de eso. Es que he deseado tanto que me amases como yo a ti, y ahora que te siento mía y que sé que soy tuyo no puedo controlar esto que siento.

—Te amo locamente —le recordó con una sonrisa cómplice—. Sinceramente. Eternamente. Felizmente.

—Te olvidaste de ciegamente —completó él con tono cascado.

—Agreguemos mágicamente.

Kovać asintió, incapaz de articular. Se sostuvieron las miradas humedecidas.

—Tuve tanto miedo —confesó él—. Cuando no llegabas al helicóptero…

—Shhh… No pienses en eso.

—No puedo olvidar tu grito. Ese “no”...

—Lo sé, amor, lo sé. Es difícil deshacerse de las imágenes. A mí me sucede lo mismo. No sabes lo que fue verte caer herido. Pero quiero que olvidemos, Lazar. Tengo demasiados recuerdos dolorosos. Quiero reemplazarlos por los bellos momentos que me has dado y que me darás desde ahora en adelante. Piensa en que acaba de comenzar el resto de nuestra vida, de nuestra vida juntos, la mejor parte.

—Sí —exhaló, todavía muy afectado—. ¿Dare? ¿Cómo está?

—Desesperado por verte. Ayer estuve con él. Me atreví a dejarte un momento porque Zlatan se quedó contigo y fui a verlo. Fue hermoso, Lazar. Apenas me vio, corrió a mis brazos como si buscase refugio. Me sentí amada, pero sobre todo útil. Le servía en ese momento en que tú no estabas, su persona favorita en el mundo.

—Tú también eres su persona favorita.

—No sé si lo soy, pero me he propuesto serlo. No se separó de mí mientras estuvimos juntos, y todo el tiempo me tocaba, como si temiese que fuese a desaparecer.

—¿Tuviste algún episodio de pánico?

—No, amor, no. Nada de pánico, nada de opresión en el pecho, ni taquicardia, ni sequedad en la boca. Me siento normal. ¿Tú cómo te sientes? —le preguntó de pronto.

—Feliz como nunca lo he sido.

—No tanto como yo, de seguro. Pero me refiero a cómo te sientes físicamente. Dime si te duele algo.

—Nada. Siento un peso en la parte baja del vientre.

—La bala se te alojó en el hígado, pero la extrajeron con éxito y te colocaron un drenaje que llevarás por unos días. El cirujano dijo que te recuperarás sin secuelas.

—¿Estabas muy preocupada?

—No quiero acordarme —insistió—. Solo quiero vivir el ahora contigo. Voy a llamar a la enfermera para que venga a controlarte.

—Tengo sed.

—Se lo diré.

La Diana regresó con Linda y otra compañera, Shirley, y enseguida se percató de las miradas cómplices que intercambiaban mientras controlaban al paciente que recién despertaba. Comenzaron a molestarle las sonrisas bobaliconas como también la certeza de que lo tocaban de más, y debió refrenar las ganas de echarlas a gritos.

—Le daremos un baño en cama, señor Kovać —anunció Shirley.

—Ustedes no —intervino La Diana—. Quiero un enfermero.

—Como usted disponga, señorita Diana —susurró Linda, y se mostró compungida al retirarse con la cabeza baja. La otra, la tal Shirley, en cambio, se marchó ofendida.

Se aproximó con un vaso de agua y, todavía enojada, evitando mirarlo a la cara, le acercó la pajilla a los labios sonrientes. Kovać sorbió antes de hablar con voz alegre.

—¿De qué se trató eso?

—No me digas nada —advirtió La Diana, y lo instó a seguir bebiendo.

—¿Estás celosa?

—Sí —confesó, y alzó la vista para clavarla en la chispeante de él—. Te toqueteaban sin necesidad. Les habría cortado las manos con mis kukris. No era un comportamiento profesional, sobre todo el de la arrastrada esa, la tal…

No acabó la frase. Kovać, con una fuerza inesperada, la aferró por el antebrazo y la obligó a inclinarse para sellarle la boca con un beso. Sin apartar los labios de los de ella, le dijo:

—No sabes lo feliz que me hacen tus celos, Diana mía.

—A mí no me hacen feliz ni una pizca, Lazar adorado —remató con ironía, y lo hizo reír, y la risa se convirtió en una mueca dolorida cuando le tiraron los puntos—. ¡Perdón, amor mío, perdón!

—No me pidas perdón cuando estás haciéndome tan feliz.

Linda trajo la mesa rodante con el desayuno. Se limitó a quitar el barral de la cama y a encastrar la bandeja de modo que Kovać estuviese a gusto. Luego le enseñó a La Diana cómo elevar la cabecera con un comando y le indicó que el café con leche y las medialunas eran para ella. El señor Kovać estaría sometido a una dieta semiblanda durante unos días.

—Después de que el señor Kovać termine de desayunar —manifestó la joven con aire sumiso—, mi compañero Jason vendrá a darle el baño en cama.

La Diana asintió en silencio y una vez que quedaron solos se ocupó de alimentar a Kovać en la boca.

—Creo que puedo hacerlo —expresó él, e intentó sujetar la cuchara con la porción de gelatina de frambuesa—. No quiero que se te enfríe el café con leche.

—No me prives de esta posibilidad de hacer algo por ti. Siento que te soy útil.

—Diana —dijo, todo rastro de ironía o diversión desaparecido—, me eres útil solo por el hecho de existir, quiero que lo entiendas. Lo único que necesito es que siempre estés junto a mí.

—No sé cómo harás para evitarlo siendo que me convertiré en tu esposa.

La sonrisa de Kovać la obligó a pausar y se quedó mirándolo con la cuchara en el aire.

—Mi esposa —susurró él—. Mi amada y admirada esposa. ¿Sabes en qué estoy pensando? —La Diana movió la cabeza para negar—. En la noche en que te hice el amor.

Sonrió y bajó la vista. Las mejillas se le habían arrebatado, y su cuerpo reaccionaba con voluntad propia al sensualismo de ese hombre.

—Fue el momento más feliz de mi vida, Lazar, un milagro. Todavía me estremezco al recordar el instante en que te recibí dentro de mí.

Kovać le buscó la mano sobre la cama y entrelazó sus dedos con los de ella; los apretó.

—Estoy excitado —le confesó, y La Diana se volvió para descubrir el bulto que se perfilaba bajo la delgada sábana—. Todavía estoy bajo los efectos de los calmantes y sin embargo tú logras excitarme.

—No quiero que esas dos te vean así —se inquietó.

—Distráeme entonces.

La Diana lo instó a comer el desayuno mientras le relataba los hechos de las últimas horas. Lo tranquilizó saber que Selin se encontraba estabilizada, y que Senada y la pequeña Diana se hallaban bien. Le explicó que a las demás las habían alojado en dos cabañas bien equipadas y que tenían de todo.

—Mi tío abuelo y Bruce llegaron ayer apenas se enteraron de que estábamos en Camp Bondsteel. Callum invitó a Goga a su castillo en Escocia hasta que la situación se tranquilice y sea seguro regresar a Sarajevo.

Kovać comía y le prestaba atención con un gesto serio y reconcentrado que La Diana encontraba muy atractivo. Se limitaba a asentir o a abrir grandes los ojos para comunicar asombro.

—Tendré que enfrentar a Nanuk en algún momento —admitió—. Quiero saber por qué desapareció. Y también tendré que volver a ver a Van Groen —añadió con una nota de desprecio.

—Está enamorado de ti.

—¿Quién? ¿Van Groen? —preguntó; la afirmación de Kovać le resultaba no solo equivocada sino ridícula.

—Van Groen, sí.

—Te equivocas, amor.

—Tú te equivocas.

—¡Nos soportamos a duras penas, Lazar! Formaba parte del batallón de cascos azules destinado en Srebrenica cuando Mladić invadió la ciudad, y uno de mi pueblo mató a su mejor amigo con una granada.

—Lo que quieras, amor, pero vi cómo te miraba en el refugio, sin mencionar que arriesgó el pellejo para salvarte. Si los traficantes descubriesen su traición, tendría mucho que perder, y él lo sabe; no obstante, se expuso por ti. Jamás te celaré al punto de quitarte la libertad, pero quiero que sepas que ahora soy yo el que está celoso por saber que te verás con ellos.

La Diana se inclinó y con la lengua le quitó un trozo de compota de manzana atrapado en la comisura. Acto seguido, lo besó con fervor. Él ahogó un gemido y respondió de inmediato. Con la mano que no tenía canalizada, la sujetó por la nuca y ejerció presión al momento que la penetraba con la lengua.

—Acabas de volver a excitarme —le recriminó, y La Diana rio y se puso a contarle cosas para distraerlo de nuevo.

Al rato entró Jason, un afroamericano alto y fornido, que se ocupó de lavar el cuerpo de Kovać por completo, incluso la cabeza. La Diana no acababa de admirarse de la destreza con que lo hacía y sin derramar una gota fuera de la cama. El enfermero acabó la tarea y se marchó tan discreto y silencioso como había llegado.

—¿Te sientes cómodo?

—Me siento renacer después de tantos días sin higienizarme. ¿Dormiste aquí? No había visto el catre hasta que el enfermero bajó la cama para bañarme.

—Sí, toda la noche a tu lado, amor. Es una concesión muy especial porque en la Unidad de Cuidados Intensivos estas cosas están prohibidas. Pero no iba a dejarte solo.

—Crees que la pesadilla no ha terminado, ¿verdad? —La Diana bajó la vista—. Ey, ¿qué sucede?

—El tipo que te disparó…

—¿Qué hay con él?

La Diana no pudo contestar. Corrió fuera para atender la llamada de número desconocido. Era la funcionaria Madeleine Reardon, directora de la Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en Bosnia.

—¿Es un momento propicio?

—Sí —respondió La Diana con timbre circunspecto.

—Acabo de llegar a Camp Bondsteel para hacerme cargo del destino de las muchachas traficadas y me gustaría almorzar con usted y las autoridades de Duga Sarajevo.

—El señor Kovać, el vicepresidente —aclaró—, está internado. Ayer le extrajeron una bala del hígado.

—Sí, lo sabía. ¿Cómo está?

—Evoluciona muy bien.

—Excelente noticia. Entonces, podríamos almorzar usted, la ingeniera Prolović y yo. Tengo una propuesta que hacerles. Creo que les interesará.

—Permítame hacer los arreglos necesarios y la llamaré en unos minutos. —Se despidieron y La Diana regresó al cubículo de Kovać—. Era Madeleine Reardon, la jefa de…

—Sé quién es. Richard Tomkins trabajaba bajo sus órdenes. No la conozco personalmente, pero Richard la respetaba.

—Quiere vernos. Está aquí, en Camp Bondsteel, y nos ha invitado a almorzar. Solo iré si alguno de mis amigos de la Mercure se queda contigo. Llamaré a Goga.

Kovać la observó alejarse. La notaba nerviosa y preocupada. Momentos antes, a punto de abordar el tema del disparo, había percibido su inquietud y sus pocas ganas de afrontar la cuestión. La vio regresar tras la comunicación con Goga. Se mordía el labio y apretaba el entrecejo.

—Ven —le ordenó.

Ella de inmediato se acercó a la cabecera y él le acunó la mejilla.

—No quiero que te abrumes. Poco a poco iremos resolviendo lo que quedó pendiente. No quieras arreglarlo todo sola.

—Lo único que quiero es que estés protegido, lo único que me importa —remarcó, y apoyó la frente en su pecho.

—Te amo.

—Lo sé, Lazar. Sé que me amas. Y tu amor se ha vuelto indispensable para mí, y hay tantos peligros que te acechan, y temo perderte más que a nada porque si bien he perdido a mucha gente que amaba y he sufrido muchísimo, de algún modo he logrado resistir, con traumas, fobias y todas esas locuras que tú curaste, es cierto, pero conseguí mantenerme en pie. Pero si te perdiese a ti… —Se le cortó la voz; agitó la cabeza y apretó los párpados.

—Bésame.

La Diana se pasó el dorso de la mano por los ojos y se inclinó para besarlo, solo que él no se lo permitió. Cuando la tuvo a un par de centímetros, le rodeó el cuello con una mano y la obligó a mirarlo con una intensidad que no le conocía.

—Diana, amor de mi vida, no vas a perderme, quiero que te convenzas de eso.

—Tú no entiendes, Lazar. El peligro es… es…

—¿Qué? Dime lo que está atormentándote.

Quería hablarle de Vuk, el jefe de la red de tráfico humano en los Balcanes, el señor del Drina, como se lo conocía en el pasado, el vojvoda o duque, como lo llamaban en el presente, solo que no se atrevía, un poco porque la avergonzaba, pero sobre todo porque le causaría un gran dolor. De nuevo la salvó Madeleine Reardon; se había cansado de esperar su llamada y había tomado la iniciativa. Respondió ahí mismo porque sabía que no le llevaría más de un minuto. Acordaron que almorzarían en Burger King a la una de la tarde.

—Ahora quiero que veas a Dare —dijo, y era consciente de que posponía el tema de Vuk como si no fuese urgente y prioritario—. Le prometí que apenas te despertases lo traería a verte.

A Darko lo llevaron al hospital Bruce McLeod y Glendale. Le causó una gran ternura ver al niño de la mano del viejo Callum, y fantaseó con que ese hombre se convirtiese en el abuelo del pequeño que había sufrido vejaciones atroces a manos de Radovan Borenovic, su padre biológico. ¿Qué habría sido de ese pedófilo, prófugo de la Justicia?

Glendale y McLeod aguardarían a Darko en la sala de espera para llevarlo de regreso a la cabaña. Una nueva indulgencia les fue otorgada al permitir que un niño menor de trece años ingresase en la Unidad de Cuidados Intensivos. La Diana le lavó las manos y lo guió a través del corredor rodeado de cubículos. Reprimía la risa que le causaba el nerviosismo del pequeño, que caminaba aprisa y echaba vistazos, no asombrados ante el recinto tan extraño, sino ansiosos mientras buscaba a Kovać.

En la puerta del cubículo, La Diana lo levantó en brazos, y el niño, al avistar a Kovać en esa cama extraña, rodeado de máquinas con luces y sonidos raros, se asustó. Hizo un puchero y se largó a llorar. La Diana le besó el carrillo y, sin decir nada, lo llevó hasta la silla junto a la cabecera. Kovać lo recibió con los brazos extendidos, y el niño acabó recostado sobre su pecho, donde lloró durante un rato.

—¿Qué tal el viaje en helicóptero? —quiso saber Kovać—. Cuéntame, que yo me lo perdí.

—Te salía mucha sangre —dijo Darko en cambio, y elevó el rostro para mirarlo.

Se limpió con la mano la nariz que le corría, por lo que La Diana se hizo de un pañuelo de papel tisú y lo obligó a sonarse.

—¿No te gustó el viaje en helicóptero, entonces?

—No —contestó, trompudo—. Fue horrible porque tú ibas a morir.

—Lo siento, cariño.

—El doctor amigo de Diana te salvó.

—Se refiere a Doc, un ex compañero de la Mercure. Excelente paramédico. Entraste en paro y te aplicó el desfibrilador. Se ve que lo impresionó —dijo, al tiempo que le retiraba el flequillo que le caía sobre la frente.

Darko acomodó la cabeza en el hueco que se formaba bajo el mentón de Kovać y guardó silencio.

—Fuiste muy valiente durante esta aventura, Dare —expresó el hombre, mientras le besaba una y otra vez la coronilla—. Diana y yo estamos muy orgullosos de ti.

—Sí, pero ya no quiero más aventuras. No me gustan tanto.

Los adultos rieron. La Diana se inclinó y le besó la espalda, y allí dejó apoyada la mejilla. Kovać extendió el brazo y la obligó a recostarse sobre él. Los abrazó a los dos. La Diana alzó los párpados y lo descubrió con los ojos cerrados y los labios sumidos para controlar la emoción. Fue un momento precioso para ella, y lo que dijo Kovać a continuación la sacudió íntimamente.

—Somos una familia ahora. Y sea cual sea la aventura que nos toque vivir, siempre estaremos juntos, unidos, y nos protegeremos unos a otros.

—¿Vamos a vivir juntos los tres? —se entusiasmó Darko.

—Sí, cariño. Le pedí a Diana que se casase conmigo y ella aceptó.

—Entonces, ¿Diana será mi mamá?

—¿Te gustaría?

—¡Sí! —exclamó y levantó los brazos en un gesto de victoria que volvió a causar la risa de los adultos.

La Diana lo llenó de besos. Darko reía de un modo cristalino; parecían gorgoritos, y pensó que si ese niño que no se había gestado en sus entrañas le inspiraba un amor tan puro y noble, ¡cuánto más grande sería el que le inspiraría su pequeña Larysa! O quizá, después de todo, sería el mismo.

—¿Puedo decirte mamá?

La Diana habría necesitado la mirada reconfortante de Kovać en esa instancia en que un niño le pedía llamarla con el extraordinario y maravilloso título que le había negado a su hija. No quiso mirarlo para no romper la conexión que había establecido con Darko y para que el niño no creyese que dudaba.

—Moje blago, nada me haría más feliz que tú me llamases mamá.

—¡Pero cómo! —intervino Kovać, y le imprimió al gesto una mueca triste—. ¿No te haría más feliz casarte conmigo?

—¡No! —rio Darko—. ¡La haría más feliz que yo la llamase mamá! ¿No es cierto, Diana?

—Absolutamente, moje blago.

Linda entró en el cubículo y anunció que la visita del niño debía concluir. La despedida tomó unos minutos en los que Kovać mantuvo a Darko pegado a su pecho, mientras lo besaba y le aseguraba que pronto volverían a estar juntos. La Diana lo acompañó incluso hasta la salida del hospital, donde se sorprendió al descubrir una camioneta de la emisora televisiva CNN.

—Están haciendo guardia desde temprano porque saben que Kovać está aquí —explicó Bruce McLeod—. Solo permitieron el ingreso en la base a CNN y a la BBC, pero sabemos que fuera está el resto de los chacales hambrientos por una exclusiva.

A La Diana tanta exposición mediática le causó malestar. No pasaría mucho antes de que Vuk supiese dónde encontrar a Kovać. Se olvidó del tema de la prensa al ver que Nanuk Christiansen se aproximaba hacia el ingreso; la miraba con fijeza y expresión seria. Se mantuvo apartado en tanto ella se despedía de Darko y aguardó incluso después, hasta que decidió quitar la vista de las tres figuras que se alejaban hacia el Jeep.

—Buen día —la saludó.

—Buen día. ¿Te encuentras bien?

—Sí. ¿Y tú?

—Bien.

—¿Kovać?

—Bien, aunque todavía lo tienen en terapia intensiva. Debo regresar con él.

—Diana, quiero hablar contigo antes de irme. Me marcho en unas horas.

—Estaré almorzando con una funcionaria de la ONU en Burger King. ¿Te viene bien a las tres de la tarde?

—Perfecto. Nos vemos, entonces.

La Diana asintió y, cuando se disponía a regresar a la Unidad de Cuidados Intensivos se detuvo al llamado de Nanuk.

—¿Has superado tu fobia? Te vi tocando al niño —se explicó— y a Kovać, por supuesto.

—Cosas extraordinarias me han sucedido desde que llegué a Bosnia. Una de ellas ha sido empezar a recorrer el camino de la sanación de mi fobia.

—¿Crees que si te diese la mano podrías aceptarla?

La Diana lo miró a los ojos y asintió. Christiansen levantó el brazo y lo mantuvo extendido mientras ella estudiaba la mano de piel olivácea. Temía que la cura operada en esos días no funcionase con todos. No se tenía confianza. Casi a modo de experimento, la aferró. Se quedó observando el contraste de sus pieles, maravillada de que nada negativo se desatase dentro de ella a causa del contacto. Nanuk hizo un chasquido con la lengua y movió la cabeza. Le rogó, con acento enfervorizado:

—¡Perdóname!

La Diana, más por una costumbre que a causa de un malestar, intentó apartar la mano, pero él no se lo permitió y siguió hablándole.

—Tenía que desaparecer, era preciso hacerlo, y debía cortar con mi pasado y con lo que amaba para protegerlo. Sobre todo a ti tenía que protegerte.

Detuvo el forcejeo y se quedó inmóvil.

—Nanuk, suéltame —pidió con voz controlada.

—Sí, sí, discúlpame —farfulló él y dio un paso atrás—. ¿Estás bien? ¿Te sientes bien?

—Sí, estoy bien. Ahora tengo que volver con Lazar. Después hablaremos.

* * *

Volvió al cubículo y se encontró con el cirujano, el doctor Cooper. Hablaba animadamente con Kovać mientras controlaba la bolsa del drenaje.

—Buen día, doctor.

—Buen día, señorita Huseinovic. Le decía al señor Kovać que si todo marcha tan bien como hasta ahora, mañana lo transferiré a una habitación en el ala de internación normal y en cinco días, a lo sumo seis, le daré el alta.

La Diana sonreía, dichosa con el pronóstico del cirujano. Igualmente, se decía que contaban con poco tiempo para organizar la salida de Camp Bondsteel y buscar un sitio seguro donde reagruparse y organizarse. Tal vez, concurrir a la ceremonia de inauguración de la clínica de Matilde en París era una buena idea; el único obstáculo lo constituiría la prohibición de sacar a Darko del país, y ella, sin el niño, no se movería de Bosnia.

El médico se despidió, y La Diana enseguida buscó el contacto y el refugio que constituía el abrazo de Kovać.

—¿Estás contenta con la noticia del doctor Cooper? —Asintió en la curva de su cuello sin pronunciar palabra—. Gracias por haber hecho tan feliz a Dare. Sé en qué pensaste cuando te preguntó si podía llamarte mamá. Lo sé todo, amor mío. Transitaremos juntos el camino que nos hemos propuesto. No te dejaré sola un instante, y todo lo bueno y todo lo malo lo viviremos juntos. La carga la repartiremos entre los dos.

—Lo sé. Solo por eso me atreveré a recorrerlo, porque tú estarás conmigo. —Se incorporó y se ubicó en la silla—. Lazar, creo que lo mejor será alejarnos un tiempo de Bosnia y de los medios de prensa, que están esperando fuera del hospital para entrevistarte. Salimos airosos de la persecución, pero la pesadilla, como tú la llamaste, no ha terminado.

—¿Qué propones?

—Matilde volvió a invitarnos a la inauguración de su clínica en París. Me encantaría que fuésemos los tres, Dare, tú y yo. Estoy ansiosa por que conozcas a mi familia. El único problema es el permiso para sacar a Dare del país, y sin él no nos moveremos de Bosnia.

—Sin él, no, no nos moveremos —ratificó Kovać—. Pero podemos aprovechar la posición en que, para bien o para mal, nos encontramos e intentar pedir que se nos emita un permiso para sacarlo durante algunas semanas. Llamaré a Bosa mientras tú estás almorzando con Madeleine Reardon.

—No se permite el uso del celular aquí. Interfiere con los aparatos —explicó.

—La llamaré mañana, cuando me saquen de aquí.

—¿Qué harás mientras no estoy? ¿Quieres que pida el control remoto para mirar un poco de televisión?

—Sí, me gustaría saber qué dicen los noticieros.

Linda le trajo el control remoto, le explicó cómo usarlo y le indicó en qué números se hallaban los canales informativos. La Diana sintonizó BBC News. Después de una noticia referida a un alud en China, la conductora anunció el caso del grupo de víctimas de tráfico humano que había escapado a través de los Balcanes y enseguida se conectó con el corresponsal que informaba en vivo y en directo desde Camp Bondsteel en Kosovo. La Diana entrelazó los dedos con los de Kovać y esperó con expectación las imágenes. El periodista se encontraba en el ingreso de una de las cabañas, en la escalera de pocos peldaños que guiaba hacia la entrada. Frente a él se hallaba una mujer de unos cuarenta y cinco años, de cabello rubio, muy corto, ojos azules y rasgos andróginos. En la parte inferior de la pantalla apareció una leyenda: Madeleine Reardon, directora de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU en Bosnia.

—¿Acaba de llegar a Bondsteel, directora?

—Hace un par de horas, sí.

—¿A qué ha venido?

—A prestar mi apoyo a las autoridades de la ONG Duga Sarajevo que arriesgaron sus vidas para salvar a las jóvenes sin apoyo oficial alguno y a ocuparme personalmente del destino de las víctimas de tráfico humano.

—¿Qué se hará con ellas?

—Les tomaremos declaración y después, juntamente con las autoridades de Bosnia, decidiremos de qué modo resolver sus situaciones. Mi presencia aquí es para garantizar que cualquiera sea el procedimiento que se lleve a cabo se haga bajo la estricta observancia y el respeto a los derechos humanos.

—Sabemos que uno de los directivos de la ONG fue herido durante la escapatoria.

—Así es. El licenciado Lazar Kovać recibió un balazo de uno de los traficantes que se le alojó en el hígado. Fue intervenido y, por lo que sabemos, evoluciona favorablemente.

—¿Qué se sabe de esta red de tráfico?

—Sabemos que son poderosos y que cuentan con armamento y conexiones políticas que les permiten actuar con impunidad en toda la región.

—Se asegura que personal de la OTAN y de la ONU estaría involucrado en este tráfico. ¿Qué puede comentar al respecto?

—Nada ha sido probado aún, pero se está investigando.

El corresponsal le agradeció a la funcionaria y se despidió antes de que la imagen volviese al estudio. La conductora anunció un resumen de lo acontecido en las últimas setenta y dos horas con el grupo de muchachas traficadas. El servicio informativo comenzó con una mención de la guerra en Bosnia a principios de los noventa, siguió con una descripción somera y poco precisa de la huida y terminó con una serie de entrevistas realizadas a los alumnos de Kovać de la facultad de Psicología y los de la escuela secundaria Treća Gimnazija. En general opinaban las chicas acerca del “profe Laza”, pero también los varones se aunaban a las expresiones encomiables. La Diana alternaba vistazos entre la pantalla y Kovać, atraída por su risa. Parecía rejuvenecido, y resultaba evidente que el amor que le profesaban sus alumnos era recíproco.

—Es tan fácil amarte —le susurró inclinada sobre su oído.

Kovać dejó caer los párpados lentamente, la sonrisa congelada, y se volvió hacia su boca. Iniciaron un juego de caricias de labios, de roces prometedores, de mordidas provocadoras, de alientos que se enredaban, de lenguas que se buscaban, hasta que Kovać, impaciente, la sujetó por la nuca y la besó con la pasión que solo esa mujer le despertaba. Ella respondió de inmediato, consciente de lo precioso y único que tenían. Se apartaron con actitud lánguida. Él abrió los ojos primero y vio que La Diana permanecía atrapada en la energía de lo que acababan de compartir. Y no soportó la separación; le colocó una mano al costado del cuello y la acercó de nuevo a su boca para arrastrarle los labios por el rostro, para apreciar la suavidad de su piel.

—Es a ti a quien más amo en el mundo, quiero que estés segura de ello. A nadie como a ti, amor mío.

Linda carraspeó para delatar su presencia. Traía el almuerzo un poco más temprano de lo habitual pues así lo había solicitado la señorita Huseinovic. No quería que ni Linda ni la tal Shirley lo alimentasen. Cuando terminó, Kovać declaró su deseo de lavarse los dientes, y La Diana, que solo pensaba en que estuviese confortable, hizo de todo para que la proveyesen de lo necesario. Le llenó dos veces el vaso con agua y le sostuvo la escudilla bajo el mentón para que escupiese el enjuague, y también el espejo mientras él se pasaba el hilo dental, y en esa rutina de higiene, La Diana sintió tanta intimidad como en el acto de amor que habían compartido en el refugio del parque nacional Sutjeska.

—¿Mejor?

—Mucho mejor. Gracias, amor mío.

—De nada. ¿Quieres que te baje un poco la cabecera? Me gustaría que intentases descansar.

—Sí. Tengo sueño.

Aunque era tarde y de seguro Madeleine Reardon estaría esperándola en Burger King, La Diana no se marchó hasta que su ex compañero de la Mercure Martin Guerin, más conocido como Doc, se presentó para relevarla. Para ese momento, Kovać ya se había dormido.

* * *

Goga y Madeleine Reardon conversaban animadamente en una mesa apartada de la hamburguesería. La Diana se presentó con la funcionaria de la ONU y se disculpó por la demora antes de ir a comprar su comida. Regresó minutos más tarde y se ubicó junto a Goga.

—Madeleine —dijo la presidenta de Duga Sarajevo—, si estamos vivos es gracias a esta mujer. Sus habilidades como soldado nos salvaron.

—Si estamos vivos —señaló La Diana— fue por el estupendo trabajo en equipo que hicimos. Las muchachas se comportaron como pocos civiles lo hubiesen hecho en condiciones tan traumáticas y adversas. Sin las habilidades de Lazar al volante probablemente estaríamos en el fondo de un barranco tapados por la nieve. Y no debemos olvidar a los que nos ayudaron desinteresadamente en estos días de fuga. —Se cuidó de mencionar al padre Nikolaj, a Ljuba y a Jakov; pretendía mantener en secreto sus identidades—. ¿Qué habríamos hecho sin ellos?

—No tengo duda al respecto —intervino Reardon—, pero en todo equipo se precisa de un líder. Y tengo la impresión de que en esta oportunidad se trató de usted, señorita Huseinovic.

—Llámeme Diana, por favor.

—Y tú, Madeleine.

—Muy bien, Madeleine. Creo que en esta oportunidad el liderazgo estuvo repartido entre Lazar y yo. No lo habría logrado sin él.

—Sé que eres un soldado de la OTAN con una foja impecable. No nos revelaron los detalles pues se nos dijo que eran secretos, pero obtuvimos un informe del Comité Militar en el que solo hay elogios para ti, te lo aseguro.

La Diana asintió al tiempo que se preguntaba si, después de todo, el general Alberto de Souza no había incluido en su legajo el exabrupto en el sótano de la casa-refugio de Bucarest, cuando casi le rebanó el gaznate al criminal de guerra Zver.

—Igualmente, con todo lo sucedido, creo que estoy sin trabajo. Mi unidad fue intervenida debido a que algunos de sus componentes fueron acusados de traficantes.

—Lo sé —expresó Madeleine Reardon—. Todos hemos leído el artículo tan meticuloso de Albert Coleman. Pero te aseguro que en este momento solo tendrías que chasquear los dedos y varias ofertas de trabajo caerían a tus pies. Si bien la prensa no sabe de tu intervención en la huida, las autoridades de la ONU y de la OTAN la conocen muy bien. Por eso estoy adelantándome para pedirte que trabajes con nosotros. ¿Qué planes tienes para el futuro? ¿Volver a la OTAN?

—Lo dudo. Sin mi jefe y mentor, el general Raemmers, al que asesinaron por intentar desbaratar el tráfico, sin él en la fuerza, no deseo volver. Igualmente mi futuro es un poco incierto en este momento —mintió.

Sabía bien lo que quería: formar una familia con Kovać y Darko y buscar a la hija que había abandonado en Rogatica.

—Quería verlas hoy —retomó Reardon— pues lo sucedido conmocionó al mundo e hizo temblar las estructuras de la ONU. Hay un frenesí por abordar el tema del tráfico humano que ha derivado en algunas medidas interesantes. El embajador Klein ha contratado a una experta en el tema, la periodista Celhia de Lasieux, y nos ha encargado a las dos crear una unidad especial para combatir el tráfico humano. Les aseguro que haber convocado a Lasieux habla de la seriedad del proyecto. Está muy comprometida con la causa y, como les decía, es una experta; pocos conocen de tráfico como ella. Ha trabajado en Camboya, Timor Oriental, Liberia y otros países que ahora no recuerdo.

—Luce prometedor —se entusiasmó Goga.

—Todo siempre luce prometedor —apuntó La Diana—, hasta que te das la cabeza contra el muro que componen la burocracia y la corrupción rampantes en Bosnia.

—Es cierto, Diana —concedió la directora de la Oficina de Derechos Humanos—, pero como te explicaba, lo sucedido no fue una broma. El propio gobierno de Halid Genjac, que todos sabemos es controlado por Izetbegović, ha tambaleado, y el jefe de la Policía de Sarajevo se encuentra prófugo luego de que Kovać lo denunciase durante la entrevista que le concedió a Coleman. Se han intervenido muchos juzgados y fiscalías y se están promulgando cambios en la legislación y en el trato a las víctimas del tráfico, que hasta el momento eran consideradas prostitutas. Lo más importante que se ha decidido es la creación de una fiscalía especializada en el tema, y ya imaginarán a quién se ha propuesto para el cargo.

—A Bosa —contestó Goga, y Reardon asintió.

La Diana escuchaba a medias; se había quedado empantanada en lo que la mujer había mencionado, que Goran Vasilić, el jefe de la Policía de Sarajevo, había entrado en la clandestinidad como consecuencia de la denuncia de Kovać; un enemigo más que se sumaba a la lista de delincuentes que lo amenazaban. Se desmoralizó. Tal vez la propuesta de Reardon fuese lo que necesitaba para mantener a su familia a salvo. Formando parte de la unidad especial de lucha contra el tráfico humano obtendría la autoridad, la inteligencia y las armas para destruir a Vuk y a su séquito de criminales de una vez por todas.

—¿Qué cargo ocuparía dentro de esta nueva fuerza?

—Serías la jefa de las escuadras policiales, con amplios poderes y un buen presupuesto.

—¡Guau! —se sorprendió Goga.

La Diana se la quedó mirando con expresión pasmada.

—La fuerza —prosiguió Reardon— constará de unos trescientos agentes. Pero el proyecto es mucho más integral. Lo hemos llamado STOP por Special Trafficking Operations Program.

—¡Ya tiene hasta nombre! —se entusiasmó Goga—. Han trabajado duro en estos tres días en que desaparecimos del mundo.

—No creo que puedas imaginar cuánto —manifestó Madeleine Reardon—. Creo que en las últimas setenta y dos horas he dormido cuatro. Tengo capas y capas de corrector de ojeras —declaró—. No dramatizo cuando les digo que su causa provocó un terremoto de gran escala.

—¿Qué implica este proyecto STOP además de una fuerza policial? —quiso saber La Diana.

—Nos haremos cargo de todas las etapas, desde la sensibilización del público y campañas de información para evitar que inocentes caigan en las redes hasta la asistencia a aquellas pobres chicas que rescataremos de las garras de estos malnacidos. Por esta razón también convoqué a Duga Sarajevo, porque ustedes, Goga, poseen una estructura pequeña pero bien aceitada para realizar este trabajo, sin mencionar la experiencia y los contactos que han acumulado durante este tiempo. Conservarían su personería jurídica, actuarían coordinadamente con la fuerza al mando de Diana y recibirían fondos de la ONU además de las donaciones que, no tengo duda, lloverán ahora que se han hecho famosos.

—Es lo que siempre soñamos con Bosa y Laza, contar con fondos públicos que nos permitan hacer más, mucho más de lo que hacemos. Igualmente, para aceptar tengo que hablar con ellos. No puedo decidir por mi cuenta.

—Contamos con un poco de tiempo —concedió la directora—. Estamos en la fase inicial, pero la opinión pública está inquieta y exige respuestas, por lo que tampoco podemos demorar la cuestión. Dentro de un mes como máximo nos gustaría convocar a una conferencia de prensa y anunciar el proyecto. Para entonces, ya tendríamos que conocer tu respuesta, Diana, y la de Duga Sarajevo. Digamos en quince días.

—Madeleine —habló La Diana—, es interesante tu propuesta, en verdad lo es, y confieso que me siento tentada. Tendré que meditarlo, por supuesto. Te llamaré en unos días para comentarte mi decisión. —Se puso de pie al ver que Nanuk ingresaba en el local—. Ahora tengo que dejarlas. No quiero que Lazar esté tanto tiempo solo.

—Gracias por haber aceptado almorzar conmigo y gracias por aceptar meditar la propuesta. —La mujer se puso de pie y estiró la mano en dirección de La Diana, que la aceptó con fluidez y naturalidad—. Sería un honor contar con tu integridad y profesionalismo en la fuerza. Quiero que sepas que te admiro.

—Gracias, Madeleine.

—Antes de que te marches —dijo, y miró a Goga, luego a La Diana—, quería decirles que, como responsable de la Oficina de Derechos Humanos, tomaré declaración a cada una de las víctimas. Quiero que todo quede registrado y que el mundo conozca el calvario por el que atraviesan esas pobres chicas. Ustedes dispondrán cuándo y, por supuesto, me gustaría que estuviesen presentes.

—Lo organizaremos —prometió Goga, y La Diana asintió.

* * *

—¿Nos sent ...