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EN EL LIMBO

Estanislao Bachrach  

5


Fragmento

Prólogo

La mayoría de las parejas están compuestas por dos niños asustados y traumados que esperan mutuamente que el otro les sane sus heridas.

KRISHNANANDA

Einstein decía que Dios no juega a los dados con el mundo. Nada es casualidad. Hoy, 2 de septiembre de 2019 y luego de tres años de investigaciones, me siento preparado para escribir mi cuarto libro: En el limbo. La pregunta central que dispara esta obra es la siguiente: ¿Qué sabe la biología moderna sobre el cerebro y su relación con las emociones?

Nada es casualidad. Te voy a contar una pequeña experiencia personal para que empieces a familiarizarte con la temática de este libro. El 2 de septiembre de 2018, hace exactamente un año, la madre de mis hijos y yo decidimos separarnos. Si hubo momentos en mi vida que me enseñaron, en carne propia, acerca de las emociones y su regulación fueron los doce últimos meses que acabo de vivir. Dicen que uno enseña lo que tiene que aprender. Separarse luego de doce años de matrimonio y con dos hijos es realmente un desafío emocional. Pero si uno se da permiso y pone intención, es una gran oportunidad para conocerse mejor. El modo en que interpretás lo que te está pasando influye de manera directa en cómo te sentís.

Separarse es un duelo que sobrevuela diferentes etapas, cada una de ellas es un tsunami de emociones. Y si bien no es un duelo por la muerte de un ser querido, expertos en el tema aseguran que la separación de una pareja se vive como una pérdida. En definitiva, es un duelo. En 2009 murió mi padre y en 2016, mi madre, por lo cual me consideraba bastante experto en el arte del duelo y pensaba que estaba mejor preparado para afrontarlo. Tal vez por eso decidí que fuese un momento para abrirme, restaurar y escuchar. Lo que se aproximaba debía ser tomado con curiosidad y aceptación, sin importar lo que sucediese. Claro, todo esto iba a ser posible luego de la primera etapa del duelo: la negación. El hecho de negar la realidad te permite amortiguar el impacto y aplazar parte del dolor. Esto ayuda a que el cambio de estado de ánimo —emociones sostenidas en el tiempo— no sea tan de golpe y así tu organismo no se vea afectado. Como explica Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra especialista en duelos, la negación puede ser explícita o no explícita, es decir que, aunque te expreses verbalmente aceptando la información que te expresa la realidad, en la práctica te comportás como si eso fuese una ficción transitoria, un papel que te toca interpretar sin que te lo creas del todo. Sin embargo, esa negación natural e inicial no puede ser sostenida por mucho tiempo porque te haría daño y chocaría con la realidad. Reconozco ciertas emociones por las que atravesé en esta etapa: incomodidad, desgano, inseguridad, desorientación, confusión, desorganización, desesperación.

Luego llegó la etapa del enojo, producto de la frustración que genera saber que alguien muy importante para vos ha dejado de quererte; parece que no se puede hacer nada para arreglar o revertir la situación. Separarse es el resultado de una decisión, y por eso en general se buscan culpables. Así, en esta etapa de la crisis lo que domina es la disrupción, el choque de dos —o más— ideas con una carga emocional muy fuerte, al punto de alcanzar estallidos de ira. “Es más importante tener razón que ser feliz”. Es por eso que aparece una fuerte sensación de enfado que se proyecta en todas las direcciones, responsabilizando al otro del fracaso de la pareja. Se siente injusto, y la rabia puede incluso dirigirse contra personas, animales y objetos que no tienen nada que ver. Otras emociones que me atravesaron en esta etapa: irritación, tensión, nervios, enojo, molestia, indignación, rabia.

La tercera etapa de un duelo es la de negociación. En esta etapa intentás crear una suerte de ficción que te permita ver la separación como una posibilidad que estás en posición de impedir que ocurra. De algún modo, te ofrecés a la fantasía de que estás en control de la situación. Fantaseás con la idea de revertir el proceso y buscás estrategias para hacerlo posible. Por ejemplo, es frecuente intentar negociar cambios en tu estilo de vida. Esta etapa es breve porque tampoco encaja con la realidad y, además, resulta agotador estar pensando todo el tiempo en soluciones. Emociones que atravesé durante esta etapa: vergüenza, ansiedad, confianza, energía, seguridad. Luego llega la etapa de la depresión. No la que es considerada un trastorno mental, sino un conjunto de síntomas similares. Acá volvés al presente con una profunda sensación de vacío. Aparece una fuerte tristeza que no se puede mitigar mediante excusas ni mediante la imaginación, y que te lleva, a veces, a entrar en una crisis en todos los aspectos de tu vida. No solo tenés que aprender a aceptar que la otra persona se ha ido, sino que además hay que empezar a vivir una realidad nueva. Es normal que te aísles y te notes más cansado, incapaz de pensar que vas a salir de ese estado. Emociones que atravesé durante esta etapa: tristeza, malhumor, infelicidad, pena, disgusto, desánimo, decepción. Finalmente hoy estoy escribiendo este nuevo libro en mi última etapa, la de aceptación. Aceptás cuando aprendés a seguir viviendo en un mundo donde la pareja ya no está como pareja. En parte, esta fase se da porque la huella del dolor emocional del duelo se va extinguiendo con el tiempo, pero también es necesario reorganizar activamente las ideas que conforman tu nuevo esquema mental. Evolucionás. No diría que es una etapa feliz, al menos no al principio, y se caracteriza más bien por la falta de emociones intensas y por el cansancio. Pero poco a poco va volviendo tu capacidad de experimentar alegría y placer, y a partir de esa situación las cosas suelen volver a la normalidad. A tu nueva normalidad. Emociones que estoy atravesando durante esta etapa: entusiasmo, cansancio, satisfacción.

Puede llevarte toda la vida aprender a manejar tus emociones. Sobre todo si sos, como yo, de los que crecieron pensando que ciertas emociones son malas. Quizás te decían que enojarte estaba mal, que algunas alegrías eran poco civilizadas o que no estaba bien llorar. Entonces, en lugar de aceptar tus emociones, te enseñaban a que las empujes lejos, las reprimas. Es verdad: es muy fácil que las emociones te lleven de paseo, pero eso no tiene que intimidarte. Una de las ideas de En el limbo es que aprendas a registrarlas sin que te secuestren, que cultives la habilidad de sentir y escuchar desde un lugar lo más neutral posible aceptando lo que sentís. En lugar de categorizarlas (en este libro verás que lo hago, pero solo a fines prácticos), mirar las emociones como lo hacemos al ver las nubes pasar en el cielo. No juzgamos a las nubes como buenas o malas, solo vemos cómo alguna pasa más rápido que otra, aquella es más grandota y mullida, y otra es larga y finita. Las nubes son solo nubes y las dejamos ser. Como las nubes, las emociones son transitorias. Podés permitir que te atraviesen y usarlas para evolucionar o simplemente dejar que se disuelvan. Dales su espacio. Cuanto mejor las entiendas y aceptes tus pensamientos y comportamientos, estarán en un lugar de mayor sabiduría y claridad. No existen las emociones buenas o malas, sí hay algunas más lindas y otras más feas. Lo bueno no es siempre lindo, y lo malo no es siempre feo. O, dicho de otra forma, lo lindo que te sucede en la vida no es siempre bueno y lo feo no es siempre malo. Por ejemplo, con respecto a mi duelo, me siento en un momento feo, pero interpreto —con mis pensamientos— que es bueno lo que me está pasando. Creo que cuando se trata de lo que sentís no puede haber “deberías” o “no deberías”. Lo que sentís es parte de lo que sos y muchas veces su origen está más allá de tu control. Cuando te convenzas de esto te aseguro que te va a ser fácil tomar decisiones constructivas sobre aquello que debés hacer con esas emociones.

Hace unas semanas tuve la suerte de ser invitado a un almuerzo con Robert Thurman, primer monje budista occidental. En la conversación le pregunté cuál era para él la herramienta o habilidad más importante de nuestra mente para lograr equilibrio y mayor bienestar. Lo pensó unos segundos y me dijo:

—Me tomó 52 años darme cuenta de qué es la autocompasión.

A lo cual repregunté:

—¿Pero la autocompasión no es sentir lástima hacia uno mismo y sentir los dolores propios como más profundos e importantes que los de los demás?

—La autocompasión es ser amable con uno mismo cuando uno se siente inadecuado, incompetente, inepto, poco

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