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PLAN B

Carina Morillo  

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Fragmento

El autismo llegó a mi vida sin pedir permiso. Inesperado, hace diecinueve años.

“No te parecés a nadie”, fue lo que le dije a Ivan cuando lo tuve por primera vez en mis brazos. Sin saber lo que decía, salieron esas palabras de muy adentro mío, adivinando. El alma siempre se entera antes.

Tengo cincuenta y un años. Estoy casada con Gilles, mi gran compañero de ruta hace venticinco; soy la mamá de dos adultos, Alexia, de veintiún años e Ivan, de diecinueve. Miro fotos de cuando recién nacieron y me desconozco, como si fuera otra. Siento que viví muchas vidas. Hoy ya somos todos grandes en casa.

Ivan tiene autismo. Es no verbal, y se comunica a través de un IPad donde está todo su universo de palabras en imágenes. Su diagnóstico cambió mi vida para siempre. Sobre todo, cambió mi forma de mirarla. Es un antes y un después.

De un plumazo la vida dejó de ser “normal” para convertirse en otra cosa que iba a tener que aprender a descubrir. Pero para eso debería olvidarme de todo lo que sabía y empezar de cero.

La mujer que iba a 180 kilómetros por hora por la autopista, en línea recta y sin tropiezos, la mujer para la que el Plan A era ser exitosa y lograr (y lograr más) se quedó de repente sin guion.

Abanderada del colegio, recibida a los 22 años con medalla de oro, casada a los 26 y de regalo para mis 30, tal como lo había planeado, Alexia. A los 25 era

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