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F.M. Espinosa  

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Fragmento

FRANCESCA

Lunes

Siempre piensan en vampiros. Joder, qué típico. Ella solo quiere desayunar y por eso se ha sentado en la mesa más alejada, al fondo de la tienda, con el bollo aún sin tocar, envuelto en la servilleta. El café arde. Se pregunta qué les pasa a los británicos, que solo le han cogido el punto de temperatura óptima al té. Todo lo demás está o demasiado caliente o demasiado frío. Siempre piensan en vampiros y no es una manera demasiado buena de arrancar la mañana, que ya ha empezado gris y algo perezosa.

Le duele tanto la cabeza que la aspirina ha pasado por su cuerpo sin pena ni gloria.

—¿De dónde dices que eres? —vuelve a preguntar.

Lo peor es que es mono. Tiene un aire al cantante de Muse, con esa cara cuadrada y el pelo muy bien cortado, de un negro intenso, y viste ropa de marca. Con barba de un par de días. Es mono y no le importaría nada que se hubiera acercado a hablarle si no fuera lunes, si no le doliera la cabeza, si no tuviera que ir a Camden con Kali. Y si el café no ardiera como el mismísimo infierno. Y si Emma no le hubiera gritado anoche, cuando volvió tarde por quedarse a recoger en casa de Warren. Total, Emma no había querido ir, pues problema suyo. El chico sería mono si no hubiera dibujado una sonrisa con esos labios suaves y rosados cuando ella respondió a la pregunta.

—Transilvania —dice de nuevo.

—¡No jodas! ¿Eres pariente de Drácula?

—Que te den.

Y risas.

Se va, escaldado. Francesca sabe ser muy borde cuando quiere, sabe poner esa expresión en la mirada, con la boca torcida, de «aléjate por donde has venido», casi sin pensarlo. Le había pasado lo mismo al llegar al instituto, cuando la presentaron.

—Esta es la alumna de intercambio, Francesca —dijo el profesor—. Se va a quedar en casa de Emma, así que sed amables con ella. Es de Transilvania, Rumanía.

Y alguien había soltado una risita. Está segura de que fue Warren, aunque nunca ha podido confirmarlo. Nunca se lo ha preguntado directamente, pero es su estilo. Se ríe de todo y de todos.

El chico se aleja y la deja allí sola, con su café ardiendo, con su bollo sin tocar. ¿Y qué demonios hace en Victoria Station de todos modos? Cambiando de línea, en dirección a Camden, a las nueve de la mañana, con ese dolor de cabeza y la sensación de que todo ha terminado. De que se acabó.

Vibra el móvil.

Mensaje de Warren al grupo de 18:

Oliver, ¿te cagaste ayer en mi baño y lo atascaste?

Mensaje de Oliver:

Vete a la mierda.

Mensaje de Kali:

¿Qué hacéis todos despiertos?

Francesca no responde. Había sido un detalle de sus padres comprarle el móvil con la tarjeta británica, pero en Rumanía apenas lo usaba y en Londres todo el mundo se comunica por mensajes. Todos evitan hablar. Eso la pone nerviosa. Los británicos son gente sin sangre en las venas. Y todo es absolutamente caro.

De camino al tren, otro mensaje de Kali, esta vez en privado:

¿Te queda mucho?

Francesca responde:

Estoy de camino.

Kali:

Cesca, no vendrás con Emma...

Francesca:

¡Que no!

Y se acaban los mensajes. La noche pasada, en casa de Warren, Kali la había obligado a prometerle que la acompañaría a Camden ella sola. Que irían las dos temprano.

—Sin Emma —dijo Kali.

—Vale.

—Cesca, sin Emma.

—Que sí, tú y yo solas. ¿Por qué quieres ir?

—Tengo que comprar algo y habrá menos gente por la mañana.

Bonita forma de empezar el primer día de vacaciones. Apurando el café, que ya se puede beber, Francesca no se puede creer que no haya más clases. Que se hayan acabado los exámenes, que haya pasado todo un año en aquella ciudad desconocida. Y ahora ¿qué? Ahora a echar plaza en universidades de Rumanía, o a buscar trabajo y echarla en universidades inglesas. De repente, ya no se siente parte de ningún lugar en concreto, pero no es una mala sensación. De alguna manera, es genial.

Y luego está lo de la fiesta, claro.

Warren había estado hablando de ello toda la noche.

—Tiene que ser lo mejor que se haya visto —dijo—. Una verdadera locura.

—¿Y quién vendrá?

—¡Todo el mundo!

—Qué optimista —dijo Francesca.

Warren había sacado latas de cerveza como para toda la clase, así que ahí se quedaron. Aunque Oliver parecía tener una determinación secreta por bebérselas todas y acabó yéndose a casa, diciendo que se encontraba mal del estómago. Su selecto grupo apenas cabía en el desvencijado sofá. La casa de Warren en realidad es su cobertizo; alojado en el jardín de detrás. Es una estructura cuadrada con sofás y televisión y hasta un retrete. Allí quedaron todos los del grupo la primera vez y allí acudieron la pasada noche, cuando Emma llamó para decir que se rajaba y que no iría ni al pub. De repente, a todos les entró la pereza y acabaron quedándose en el cobertizo de Warren y pasando de la noche de pintas de Guinness a dos libras en el único pub que les servía sin pedir el carnet.

Y Kali y Warren no pararon de darse el lote todo el rato.

Al final, todos se largaron.

Mientras entra en el vagón, Francesca recuerda la primera vez que se perdió por el metro de Londres. Es como un ritual, le había dicho Emma. Tienes que perderte. Emma dijo:

—Si no te pierdes, no llegas a ninguna parte.

¿Por qué demonios le había gritado anoche por llegar tan tarde? Los padres de Emma, los señores Ellis, le habían dado llaves de la casa y total libertad y confianza para entrar y salir. Se quitó los zapatos antes de subir por la escalera, y de todos modos la casa entera estaba enmoquetada. Es difícil despertar a nadie en aquella casa de dos plantas, con las paredes pintadas de azul pálido y fotos de Emma de pequeña por todas partes. Hasta en el lavabo. Se sentaba a hacer sus cosas ante una Emma de seis años, sonriente y con una diadema, que colgaba junto al espejo.

Sin embargo, cuando llegó al dormitorio que compartían, Emma estaba despierta. Sentada en la cama, con los pantalones cortos y la camiseta de Michael Jackson, que ya estaba hecha unos zorros. Con el portátil en el regazo y los cascos puestos.

Francesca hizo un gesto con la cabeza y cerró con cuidado, tratando de no hacer ruido, pero Emma se quitó los cascos, los lanzó sobre la cama

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