Loading...

18

F.M. Espinosa  

0


Fragmento

FRANCESCA

Lunes

Siempre piensan en vampiros. Joder, qué típico. Ella solo quiere desayunar y por eso se ha sentado en la mesa más alejada, al fondo de la tienda, con el bollo aún sin tocar, envuelto en la servilleta. El café arde. Se pregunta qué les pasa a los británicos, que solo le han cogido el punto de temperatura óptima al té. Todo lo demás está o demasiado caliente o demasiado frío. Siempre piensan en vampiros y no es una manera demasiado buena de arrancar la mañana, que ya ha empezado gris y algo perezosa.

Le duele tanto la cabeza que la aspirina ha pasado por su cuerpo sin pena ni gloria.

—¿De dónde dices que eres? —vuelve a preguntar.

Lo peor es que es mono. Tiene un aire al cantante de Muse, con esa cara cuadrada y el pelo muy bien cortado, de un negro intenso, y viste ropa de marca. Con barba de un par de días. Es mono y no le importaría nada que se hubiera acercado a hablarle si no fuera lunes, si no le doliera la cabeza, si no tuviera que ir a Camden con Kali. Y si el café no ardiera como el mismísimo infierno. Y si Emma no le hubiera gritado anoche, cuando volvió tarde por quedarse a recoger en casa de Warren. Total, Emma no había querido ir, pues problema suyo. El chico sería mono si no hubiera dibujado una sonrisa con esos labios suaves y rosados cuando ella respondió a la pregunta.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Transilvania —dice de nuevo.

—¡No jodas! ¿Eres pariente de Drácula?

—Que te den.

Y risas.

Se va, escaldado. Francesca sabe ser muy borde cuando quiere, sabe poner esa expresión en la mirada, con la boca torcida, de «aléjate por donde has venido», casi sin pensarlo. Le había pasado lo mismo al llegar al instituto, cuando la presentaron.

—Esta es la alumna de intercambio, Francesca —dijo el profesor—. Se va a quedar en casa de Emma, así que sed amables con ella. Es de Transilvania, Rumanía.

Y alguien había soltado una risita. Está segura de que fue Warren, aunque nunca ha podido confirmarlo. Nunca se lo ha preguntado directamente, pero es su estilo. Se ríe de todo y de todos.

El chico se aleja y la deja allí sola, con su café ardiendo, con su bollo sin tocar. ¿Y qué demonios hace en Victoria Station de todos modos? Cambiando de línea, en dirección a Camden, a las nueve de la mañana, con ese dolor de cabeza y la sensación de que todo ha terminado. De que se acabó.

Vibra el móvil.

Mensaje de Warren al grupo de 18:

Oliver, ¿te cagaste ayer en mi baño y lo atascaste?

Mensaje de Oliver:

Vete a la mierda.

Mensaje de Kali:

¿Qué hacéis todos despiertos?

Francesca no responde. Había sido un detalle de sus padres comprarle el móvil con la tarjeta británica, pero en Rumanía apenas lo usaba y en Londres todo el mundo se comunica por mensajes. Todos evitan hablar. Eso la pone nerviosa. Los británicos son gente sin sangre en las venas. Y todo es absolutamente caro.

De camino al tren, otro mensaje de Kali, esta vez en privado:

¿Te queda mucho?

Francesca responde:

Estoy de camino.

Kali:

Cesca, no vendrás con Emma...

Francesca:

¡Que no!

Y se acaban los mensajes. La noche pasada, en casa de Warren, Kali la había obligado a prometerle que la acompañaría a Camden ella sola. Que irían las dos temprano.

—Sin Emma —dijo Kali.

—Vale.

—Cesca, sin Emma.

—Que sí, tú y yo solas. ¿Por qué quieres ir?

—Tengo que comprar algo y habrá menos gente por la mañana.

Bonita forma de empezar el primer día de vacaciones. Apurando el café, que ya se puede beber, Francesca no se puede creer que no haya más clases. Que se hayan acabado los exámenes, que haya pasado todo un año en aquella ciudad desconocida. Y ahora ¿qué? Ahora a echar plaza en universidades de Rumanía, o a buscar trabajo y echarla en universidades inglesas. De repente, ya no se siente parte de ningún lugar en concreto, pero no es una mala sensación. De alguna manera, es genial.

Y luego está lo de la fiesta, claro.

Warren había estado hablando de ello toda la noche.

—Tiene que ser lo mejor que se haya visto —dijo—. Una verdadera locura.

—¿Y quién vendrá?

—¡Todo el mundo!

—Qué optimista —dijo Francesca.

Warren había sacado latas de cerveza como para toda la clase, así que ahí se quedaron. Aunque Oliver parecía tener una determinación secreta por bebérselas todas y acabó yéndose a casa, diciendo que se encontraba mal del estómago. Su selecto grupo apenas cabía en el desvencijado sofá. La casa de Warren en realidad es su cobertizo; alojado en el jardín de detrás. Es una estructura cuadrada con sofás y televisión y hasta un retrete. Allí quedaron todos los del grupo la primera vez y allí acudieron la pasada noche, cuando Emma llamó para decir que se rajaba y que no iría ni al pub. De repente, a todos les entró la pereza y acabaron quedándose en el cobertizo de Warren y pasando de la noche de pintas de Guinness a dos libras en el único pub que les servía sin pedir el carnet.

Y Kali y Warren no pararon de darse el lote todo el rato.

Al final, todos se largaron.

Mientras entra en el vagón, Francesca recuerda la primera vez que se perdió por el metro de Londres. Es como un ritual, le había dicho Emma. Tienes que perderte. Emma dijo:

—Si no te pierdes, no llegas a ninguna parte.

¿Por qué demonios le había gritado anoche por llegar tan tarde? Los padres de Emma, los señores Ellis, le habían dado llaves de la casa y total libertad y confianza para entrar y salir. Se quitó los zapatos antes de subir por la escalera, y de todos modos la casa entera estaba enmoquetada. Es difícil despertar a nadie en aquella casa de dos plantas, con las paredes pintadas de azul pálido y fotos de Emma de pequeña por todas partes. Hasta en el lavabo. Se sentaba a hacer sus cosas ante una Emma de seis años, sonriente y con una diadema, que colgaba junto al espejo.

Sin embargo, cuando llegó al dormitorio que compartían, Emma estaba despierta. Sentada en la cama, con los pantalones cortos y la camiseta de Michael Jackson, que ya estaba hecha unos zorros. Con el portátil en el regazo y los cascos puestos.

Francesca hizo un gesto con la cabeza y cerró con cuidado, tratando de no hacer ruido, pero Emma se quitó los cascos, los lanzó sobre la cama y le gritó:

—¡Menudas horas! ¿Te piensas que esto es un hotel?

—He estado en casa de Warren...

—¡Y a mí, qué! ¡No soy tu criada!

—¿De qué hablas? —Francesca no se podía creer aquella bronca tan absurda.

—Mira, andas entrando y saliendo cuando te da la gana.

—Bueno, entraría y saldría contigo, pero es que te has ido pronto y yo quería quedarme.

—¡Pues deberías haberte vuelto!

—¡No soy un bolso que puedas llevar pegado, Emma!

—¡Mira, mejor me voy a dormir!

Y apagó la luz sin esperar a que Francesca se quitara la ropa.

Todo había sido un poco surrealista.

Y risas.

Desde que empezó a acercarse el final de curso, y con él los exámenes, el humor de Emma había ido de mal en peor. Francesca le estaba muy agradecida a ella y a sus padres por haberla mantenido en su casa todo un año, y lo cierto es que la chica inglesa se había convertido en una gran amiga y no se imaginaba haber pasado todo ese año sin ella, pero aquellas salidas de tono se habían convertido en algo habitual. Y Francesca tenía la sensación de haberse estado perdiendo algo.

Aunque sea temprano, ya se ha formado un tapón de gente a la salida del metro. Francesca sale como puede, empujando y agarrándose fuertemente al bolso. Y, pese a que la mañana sea gris, hace algo de calor. La estación de Camden Town da paso a la calle del mercado, una larga línea recta llena de color, gente y ruido. Los escaparates de las tiendas son una verdadera pasada, eso es lo primero que le impresionó de Londres: Camden Town parece un concierto al aire libre. Una pintura que se seca al sol. Hay tiendas que presentan grandes motivos decorativos, como una bota gigante alojada en lo alto de la fachada, o una especie de súcubo con las alas abiertas en otra. Los edificios están pintados de diversos colores e incluso cuando una espesa capa de nubes tapa el cielo, que suele ser casi a diario, parecen resplandecer con su propia luz. Echa a andar calle arriba, hacia los muelles, y se encuentra con unos artistas callejeros que han recreado la merienda de locos de Alicia en el País de las Maravillas, en versión de Tim Burton. Francesca sonríe.

Ese es el tipo de cosas que no se ven en Transilvania.

—¡Guapa!

No es que sea creída, pero se gira igual. Es un acto reflejo y lo odia. En Transilvania, lo normal es que, si eres una chica, te griten mucho por la calle. Aquí en Londres es bastante más raro, pero Camden Town no tiene nada que ver con la ciudad. Es como si todo lo que la ciudad reprime en sus calles, en sus plazas y en sus puentes, lo soltara aquí. La primera vez que vino, con Emma sujeta al brazo, Camden Town le pareció una explosión de color y risas. Y aquí los chicos británicos, normalmente algo reservados y engreídos, se sueltan y gritan piropos por la calle. De repente piensa que la merienda de locos es lo más apropiado para esta parte de la ciudad.

—¡Cesca!

Kali está radiante; es una chica india, de pelo negro y largo, liso, que siempre viste con falda y luce unas piernas espectaculares. Es algo más bajita que Francesca y, desde que se conocieron, acorta su nombre y la llama simplemente Cesca. Kali le da un abrazo, rodeándola con unos brazos delgados, delicados. Es una chica con una belleza exótica, con la piel brillante como caramelo derretido.

—¿Se puede saber a qué viene todo este misterio? —dice Francesca.

—Tengo algo que contarte, pero solo a ti.

—De acuerdo.

—¡Vamos!

Kali echa a andar hacia los muelles, dando saltitos a cada paso. Francesca se pregunta cómo un cuerpo tan pequeño puede tener tanta energía. El dolor de cabeza persiste. Kali dice:

—¿Tienes hambre?

—No.

—Yo sí, voy a comprar un dónut.

Entran en el mercado, un paréntesis dentro del propio Camden Town. El mercado está junto a los muelles, y alberga algunas de las tiendas de comida étnica más pintorescas que Francesca haya visto jamás. En Transilvania es imposible conseguir comida india. Es imposible incluso conseguir comida china. Kali acude corriendo hacia un carrito que está aparcado a la entrada del mercado, un carrito lleno de dónuts. Cada uno, expuesto como si fuera un juguete en el escaparate de una tienda, lleva un cartel con el tipo de relleno. Los hay rellenos de frambuesa con cobertura de coco; rellenos de tofe con una capa de chocolate; rellenos de fresa, de naranja, de chocolate, de crema o de mora. Cuestan dos libras y media, pero son tan grandes como la cabeza de Kali. Aun así, la chica compra uno y le mete un buen mordisco, dando cuenta de gran parte del bollo.

—¡Está de muerte! ¿No quieres?

—Cuéntame ya qué estamos haciendo aquí.

—Vale, vale.

Kali siempre intenta ser muy misteriosa, pero sus intenciones se pueden leer en su cara como si fuera un libro abierto. Sonríe a la vez que mastica y se le encienden un poco las mejillas.

—Vengo a comprar el regalo para el amigo invisible —dice.

El amigo invisible había sido idea, cómo no, de Warren. Lo propuso hace exactamente dos semanas, en la noche de pizza de pepperoni.

«En vez de hacernos regalos entre nosotros —dijo—, haremos un amigo invisible.

—¿Un qué? —dijo Emma.

—Amigo invisible: cada uno tendrá que hacerle un regalo a otro por sorteo. Pero nadie sabe quién es responsable de cada regalo hasta que llega el día de dárselos. Así no nos arruinaremos comprándonos un montón de regalos.

—Vale, tiene sentido.

—Y nos los daremos después de la fiesta.

—¡No jodas! —dijo Oliver—. Después de la fiesta lo más seguro es que nos quedemos dormidos en cualquier parte.

—Ahí está la gracia —respondió Warren—. Tendremos que aguantar en pie. Solo cumpliremos 18 una vez.

La fiesta era la obsesión de Warren, era su proyecto personal para el inicio de las vacaciones de verano. Solo se cumplen 18 una vez, pero en esta ocasión no sería un acto solitario. Todos en el grupo cumplen los 18 exactamente el mismo día.

El próximo domingo.

Una posibilidad entre millones.

Y risas.

—Se supone que yo no debería saber quién te ha tocado —dice Francesca.

—Es igual, confío en que mantendrás el secreto —responde Kali.

—¿Quién es?

—¿Te puede la curiosidad?

—Digamos que sí.

—Es Warren.

Qué típico.

—¿Te ha tocado tu propio novio? ¡Eso sí que es casualidad!

—Bueno, yo hice los papeles del sorteo, así que a lo mejor...

Kali guiña un ojo. Ella es así. Cuando Francesca llevaba solo un par de días en el instituto y Emma faltó porque se puso enferma, Kali se sentó en la mesa de la cafetería con ella. Llevaba un plato lleno de patatas fritas y tres clases diferentes de salsa: mostaza dulce, mayonesa y pesto. Las echó todas a la vez y las mezcló, dando como resultado un plato de patatas fritas cubiertas de una capa de algo marrón oscuro.

—¿Ya sabes lo que vas a regalarle?

—Tengo una idea aproximada, pero me daba palo venir sola.

—¿A dónde...?

Pero no le hace falta preguntar nada más. El par de robots gigantes alojados en la fachada les dan la bienvenida a Cyberdog. La tienda parece jugar al despiste; enclaustrada en la esquina, pero con dos robots gigantes y plateados haciendo que destaque por encima de todos los edificios bajos que conforman el mercado. Cyberdog es la tienda más rara que Francesca haya visto en su vida, y solo ha entrado una vez con Oliver y Emma. En el interior, el ambiente está realmente cargado, a oscuras; el suelo iluminado con bandas de color, luces led y rayos de discoteca. Al fondo, unas bailarinas con trajes de cuero se contonean al ritmo de música electrónica. Y eso es solo la primera planta.

—¡Vamos! —Kali le coge la mano y tira de ella hacia el interior de ese País de las Maravillas.

En la segunda planta, bajando las escaleras mecánicas y penetrando en los sótanos del edificio, apenas vislumbran nada. La oscuridad se ve interrumpida tan solo por las luces de discoteca. La ropa luce casi tanto como estas, y cada prenda parece sacada de una película de ciencia ficción. Los maniquíes están tan recargados de ropa y complementos que pierden sus formas humanas y parecen extraterrestres. La tienda está llena de gente vestida con ese estilo: camisetas de rejilla que lucen con la luz negra, guantes y gorros con formas grotescas, largos abrigos repletos de tachuelas y placas de metal, altas botas o zapatillas que se iluminan a cada paso. Lo cierto es que Francesca no se pondría nada de lo que está viendo, pero le gusta que exista. Le gustaría tener el aplomo para ponerse algo así. Se imagina caminando por su Rumanía natal, por el bulevar principal de su ciudad, y dejando boquiabiertos a sus vecinos. En una ciudad tan pequeña como la suya, ni siquiera deben de saber que existe ropa así.

También hay un DJ pinchando en el centro de la tienda, absorto en su música y rodeado por una mesa donde comprar discos. Varios carteles indican que está prohibido hacer fotos. Hay toda una sección especialmente dedicada a camisetas que tienen altavoces en el pecho. A medida que avanzan hacia el interior, se encuentran con maquillaje, lentillas de colores, complementos para el móvil y uñas y pestañas postizas.

—¿Qué esperas comprar aquí? —dice Francesca.

—No sé, aquí tienen cosas... diferentes.

—Sí, muy apropiado para Warren.

—¡Lo sé!

A veces, Kali no capta la ironía. Quizás, piensa Francesca, es demasiado inocente, demasiado ingenua, y no cree que nada de lo que se diga pueda tener una doble intención. Warren y ella hacen una pareja extraña; llevan juntos como algo más de un año, al menos, y cuando Francesca los conoció ya aprovechaban cualquier rincón para darse el lote. A veces, se pasaban de la raya en público. Kali avanza por el pasillo iluminado con luz negra y sus dientes relucen con un fulgor blanquecino. Su melena oscura y su piel casi desaparecen entre los pasillos, y Francesca tan solo está segura de qué camino seguir por el resplandor de su sonrisa.

—Por aquí —dice Kali, haciéndose oír por encima de la música.

Un cartel prohíbe la entrada a menores de 18. Francesca se queda mirándolo y Kali le coge la mano, tirando de ella hacia las escaleras mecánicas. Se pierden en la oscuridad.

—No pasa nada —dice Kali—, nadie le pide el carnet a dos chicas monas.

Descienden y, de repente, se hace la luz. Están en la sección adulta, donde se vende ropa interior y juguetes sexuales expuestos en escaparates de cristal. Es curioso que toda la tienda esté en penumbras, salvo la sección de sexo. Toda una declaración de intenciones. Francesca sigue a Kali, que va riéndose a medida que señala los juguetes.

—¡Mira esto!

Francesca elude mirarlo. No se considera una mojigata, pero tampoco es que disfrute hablando de sexo a los cuatro vientos. Kali le señala un conjunto de ropa interior, de color rojo.

—¿Crees que esto me sentaría bien?

—Sí, supongo.

—¿Te da vergüenza? —Kali se ríe.

—¡No, claro que no!

—Te estás poniendo un poco roja.

Es lo malo de ser tan blanca: sus mejillas se ruborizan enseguida, haciéndola parecer una especie de Caperucita Roja involuntaria.

—¿Lo has hecho? —dice Kali.

—¿Qué?

—¡Ya sabes qué!

Francesca trata de esquivar la mirada de su amiga; ojalá volviera la oscuridad de la planta de arriba. Ojalá se la tragara esa oscuridad.

—Qué va... —responde.

—¿Nada?

—Bueno, una vez en Rumanía me enrollé con un chico y, pues, ya sabes...

—¿Y lo hizo bien? ¿Te gustó?

—No demasiado.

Y risas.

Caminan por entre las estanterías llenas de artilugios de toda clase; Francesca ni sospecha para qué sirven la mitad de ellos. Kali va tocando todo lo que pilla a su paso, comprobando las texturas, las formas. Sus manos parecen una extensión de sus ojos, devorando con el sentido del tacto todo el sexo que las estanterías de la tienda pueden proporcionar. Francesca no sabe muy bien qué pinta allí, pero en su mente se imagina a mil y una personas a las que podría encontrarse en la tienda: desde sus padres, que mágicamente y por sorpresa viajan desde Rumanía a esa misma tienda, sin escalas; a su familia adoptiva aquí en Londres, pasando por algún profesor, y Emma. ¡Emma!

—Oye —dice—: ¿Sabes si le pasa algo a Emma conmigo?

Kali se ríe.

—¿Qué?

—Nada —responde la chica a medida que sigue contemplando los juguetes.

—¿He dicho algo gracioso?

—Emma es un caso —dice Kali—, tampoco le des muchas vueltas.

—Ayer me gritó por llegar tarde a casa.

—Ya, es que está muy irascible.

—¿Qué le pasa?

Kali coge algo que parece una esfera, pero de color rosa. En realidad, según la etiqueta, es una especie de aparato de placer para hombres. Claro que Francesca no se imagina qué puede hacer un chico con eso. Y mucho menos, Warren.

—Oye, ¿qué quieres regalarle exactamente? —pregunta.

—Pensaba más bien en que el regalo soy yo —dice Kali sacando la lengua y pasándosela por los labios—, pero con algún añadido.

—Entonces vístete de oso panda —musita Francesca—. Me duele la cabeza, vámonos de aquí.

—¡No! ¡Aún no he encontrado nada!

—¿Qué tal eso?

Es una mordaza. Una especie de tira de cuero con una pelota de goma, o algo así, roja. A Francesca le resulta realmente apropiado y divertido para Warren: así cerraría la boca de vez en cuando. Casi puede imaginarse a Kali sobre las espaldas de Warren, el alto y desgarbado Warren, cargando a su diminuta novia, delgada y con la melena negra cayendo como una cascada sobre su espalda. Y sin poder hacer ni un solo comentario ácido sobre ello.

No es que Warren y Francesca empezaran con buen pie.

El primer día de clase, ella se encontraba tan insegura, con tantas ganas de no pasar el año entero como un bicho raro, relegada a algún rincón de la clase, que no paró de hablar con todo el mundo. Su inglés era prácticamente perfecto y el acento de sus compañeros era tan absurdamente académico que no tenía que esforzarse. Todos se habían mostrado más o menos amables con ella, y los que no, simplemente, no habían dicho nada. El instituto no podía ser más diferente de lo que ella conocía: era tan verde que parecía un bosque donde de repente hubiera surgido un edificio gris, algunos senderos de piedra que desembocaban en una doble puerta azul. Y todo lo demás, historia. Poco más que algunas paredes, taquillas y pupitres del mismo color gris, aunque allí disponían las clases en círculo en vez de en fila. A la hora de comer, Emma la llevó a la mesa.

—Estos son los 18 —dijo.

—¿Cómo?

—Hola —dijo Kali.

Se sonrieron. Kali ya le pareció en aquel momento realmente guapa, pero de una forma casual: con la boca pequeña y los ojos negros, con la melena tan azabache que parecía pintada al óleo. Y esa piel oscura, pero suave.

—Aquí solo queremos 18 —dijo una voz a sus espaldas.

Se giró demasiado rápido y chocó con Warren. Era bastante más alto que ella, pálido, pero con unos impresionantes ojos azules; sin embargo, no era guapo. Bueno, sí que lo era, pero no guapo en la forma en que alguien es guapo y ya está. Había algo en su cara, en su expresión: la boca siempre torcida en una estúpida sonrisa displicente, la mirada siempre perdida. Cuando chocaron, la agarró rápidamente y susurró:

—¿Estás bien?

Ella murmuró que sí y entonces Warren dijo:

—¿Hoy no has tomado nada de sangre?

Y, aunque nadie se rio, Francesca se sintió igualmente humillada. Es el don de Warren: aunque nadie le ría las gracias, es capaz de hacer sentir que lo que ha dicho es importante. Que a alguien le importa su opinión.

—Pues lo es —dijo Emma.

—¿Es qué? —preguntó Warren sentándose a comer su plato de salchichas y huevos fritos.

—Es una 18.

Se hizo el silencio.

—Y una mierda —dijo Warren.

—Estoy tan sorprendida como tú —dijo Emma.

—¿Os importaría dejar de hablar de mí como si no estuviera presente?

—¿Cuándo cumples los 18?

Se lo dijo. Aquella conversación empezaba a resultar surrealista para un primer día de clase y Francesca se preguntó si no se estarían riendo de ella, si no sería el centro de alguna broma que se había perdido.

—¡Qué fuerte! —exclamó Kali.

—¡Señoras y señores! —dijo entonces Warren, poniéndose de pie sobre la mesa, en aquel comedor abarrotado de gente, en el primer día de clase para Francesca en un país extranjero—. ¡Tenemos a otra 18 con nosotros!

Y nadie aplaudió, y algunos incluso le tiraron unos trozos de pan a Warren, pero este realizó exageradas reverencias y lanzó besos a diestro y siniestro, y Francesca no pudo evitar soltar una sonrisa.

—¿Me podéis explicar qué es eso de 18?

—Es un selecto club de gente —empezó Warren, impostando la voz y haciendo ademanes exagerados.

—Es una estúpida fiesta que Warren está preparando —dijo Emma.

—¿Y estoy invitada?

—¡Invitada de honor!

—Verás —dijo Emma, sin poder evitar reírse ante el desconcierto de la alumna de intercambio—, todos cumplimos 18 años el mismo día. Incluida tú. Somos el club de los 18.

Francesca volvió a pensar que se estaban riendo de ella y torció el gesto, pero se quedó perpleja al darse cuenta de que la broma no continuaba. La explicación que le habían dado era cuanto había que explicar.

—¡Es imposible!

—¡Es una coincidencia cósmica, mi condesa Drácula! —dijo Warren.

—¡No me llames así!

—Todos nosotros somos miembros del selecto club de los 18 y entraremos en la mayoría de edad a la vez y juntos. Una hermandad que da paso a la vida adulta.

—Warren está pensando en preparar una fiesta por nuestros cumpleaños —dijo Kali.

—¡La gran fiesta! ¡Una fiesta con la que nadie ha soñado en esta ciudad! Y nosotros seremos los maestros de ceremonias.

—Te has pasado —dijo Emma—, no será para tanto.

—¿Sabéis cuántas probabilidades hay de que tantos desconocidos coincidan en un mismo espacio y compartan una fecha tan señalada? —dijo Warren, haciéndose el misterioso y levantando el tenedor para llevarse un puñado de patatas fritas a la boca—. ¿Crees en el destino, condesa?

Francesca se quedó pensando. Había tenido mucho miedo de aceptar aquella plaza de intercambio y acudir a Londres, más aún cuando le dijeron que no estaría en la misma ciudad que la chica que había acudido el pasado año a Rumanía. Se decepcionó bastante y estuvo a punto de no aceptar, pero algo la empujó a firmar la solicitud. Necesitaba salir de Transilvania. Le gustaba su pequeña ciudad y le encantaba su instituto, pero algo la impulsaba a coger el primer avión. Algo le decía que había mucho más allí afuera.

—Eso es un sí —dijo Warren, levantando una ceja y sonriendo de forma sincera por primera vez.

Francesca se había equivocado con aquella primera impresión.

Sí que era condenadamente guapo.

—¿Duele la primera vez? —pregunta ahora, mientras recorren las estanterías.

Kali hace un mohín con la cabeza, tal vez quitándole hierro al asunto ...