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180 SEGUNDOS

Jessica Park  

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Fragmento

1

Polluela

El penúltimo año de la universidad empieza ahora, lo cual significa que me quedan dos años antes de ser libre. Cada día es un recordatorio de lo diferente que soy de mis compañeros; esa sensación constante de que soy incapaz de ser sociable, feliz y emocionalmente libre. Tal vez sea un desafío lograr mantenerme aislada en este lugar, pero se hará lo que se pueda.

Simon da vueltas alrededor del campus del Andrews College durante veinte minutos sólo para encontrar dónde estacionarse. El día de entrada a la universidad siempre es un verdadero caos, con ríos de estudiantes que salen de sus coches cargados con cajas y bolsas, coches estacionados en doble fila a lo largo de toda la calle y padres con los ojos llenos de lágrimas que caminan por ahí y estorban en las aceras. Nos tardamos casi cinco horas en manejar desde Boston hasta el norte de Maine y este día de principios de septiembre se siente más como agosto que como el inicio del otoño. Bienvenidos a Nueva Inglaterra. Estoy sudorosa por la falta de un buen aire acondicionado, pero intento airear un poco mi camisa discretamente al salir del coche y disfruto la brisa ligera.

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—Perdón por el aire acondicionado —dice Simon en tono de disculpa—. Este coche es viejo pero fiel —me mira desde el otro lado de su vehículo, me esboza una media sonrisa y le da unos golpecitos al cofre. Luce insoportablemente fresco a pesar del calor que hace.

—Se descompuso en el peor momento, lo sé. Podríamos considerarlo como una de esas desintoxicaciones elegantes del spa. Estoy seguro de que el Volvo estaría de acuerdo.

Yo sonrío y asiento.

—Seguro. El penúltimo año se debe iniciar con una especie de limpia.

—¿Verdad? Así ya estás preparada para hacer todas esas cosas universitarias que van a contaminarte. Fiestas, comida de cafetería... —hace un ademán con la mano para señalar a su alrededor y sé que está esperando que yo continúe con el chiste. Simon siempre hace un gran esfuerzo y yo le quedo mal con frecuencia. Lo sé, pero no puedo hacer más. No es su culpa, es mía. Él es un hombre muy agradable. Tal vez demasiado agradable. Tiene una capacidad desmedida para ser generoso y comprensivo.

Simon, me recuerdo en silencio, también es mi padre. Me avergüenza cuántas veces debo recordarme esta información porque vi los papeles de la adopción. Estaba presente, por Dios, cuando se firmaron y cuando, oficial y finalmente, salí del sistema de cuidados temporales para niños a la avanzada edad de dieciséis años y medio.

Descubro mi reflejo en la ventanilla del coche. Mi cabello oscuro y largo está recogido en una cola de caballo. Puedo sentir su peso en mi espalda. Tengo el fleco pegado a la frente de tanto sudor y las mejillas enrojecidas.

Pero mi reacción no se debe al calor. Es la ansiedad que empieza a acumularse.

Necesito agua.

No sólo estoy por conocer a mi nueva compañera de habitación, sino que tendré que separarme de Simon. Odio hacerlo pasar por una despedida incómoda, así que decido animarme y hacer un mejor papel. La cosa es que no soy muy buena como hija pero quiero intentarlo. Él me importa mucho pero demostrárselo todavía se me dificulta.

Esbozo una gran sonrisa y me dirijo a la cajuela del coche.

—¿Crees que podamos subir todo en un solo viaje? —pregunto—. Si lo logramos, te invito a comer.

—¿A tu horrible centro de estudiantes? Eso no es un incentivo —Simon saca una caja de la cajuela. Está intentando ocultar su sonrisa pero la veo—. Voy a subir tus zapatos de uno en uno si eso me salva de tu comida.

—De hecho, estaba pensando en el restaurante griego que está en esta calle —la maleta que saco no pesa mucho. Soy minimalista y viajo ligera.

Simon se pone de pie y ladea la cabeza, luego arquea una ceja y ya no se esfuerza por ocultar su felicidad.

—¿Restaurante griego? ¿Con gyros? ¿Y hummus?

Asiento.

—Y baba ghanoush —agrego.

Él se acomoda la caja en la cadera para tener una mano libre. Sube el tono de voz.

—¡Toma todo lo que puedas y corre! ¡Trae sólo lo indispensable! ¡Corre como el viento! —saca una bolsa pequeña del coche y corre hacia la acera gritando por encima del hombro—. ¡Vamos, Allison! ¡No hay tiempo que perder!

Me río, saco la única otra bolsa que queda y luego cierro la cajuela. Simon está bromeando porque en realidad ya no queda nada de lo que traje a la escuela en su coche. Mi padre adoptivo está intentando hacer una broma sobre mi incapacidad para echar raíces en cualquier parte; cómo sólo tengo una fracción de las cosas que otros estudiantes atiborran en sus pequeñas recámaras. Pienso en lo dulce y comprensivo que es en lo que respecta a las fallas de mi personalidad. La mayoría de los estudiantes tardan horas en descargar sus coches y en sacar cajas del almacén de la universidad y nosotros descargamos el coche en cinco segundos.

Tengo que apresurarme para alcanzar a Simon, quien ya va tan lejos que siento irritación por mi incapacidad de seguirle el paso. Mi maleta rebota en los escalones y a lo largo de un buen trecho de césped, porque decido tomar un atajo entre los edificios de los dormitorios para llegar al mío. Cuando llego al Kirk Hall ya voy sin aliento y me encuentro con Simon sentado en una caja, con actitud despreocupada y relajada.

—¿En serio, Simon? —jadeo—. ¿Cómo... cómo supiste siquiera dónde ibas? —digo con el aliento que me queda.

—La semana pasada estudié el mapa del campus. Y tal vez ayer. Y de nuevo esta mañana, antes de que saliéramos.

Simon se las ingenia para verse tan bien y tan apuesto como siempre, sin un rastro de sudor en su camisa de vestir roja de lino. No se le ha movido ni un pelo de su peinado a la moda con el cabello hacia atrás. Su capacidad natural de siempre verse tan elegante, aunque la ocasión no lo amerite, es de admirarse. Unos lentes de aviador voltean hacia mí.

—Sólo he estado aquí unas cuantas veces y no quiero verme como el pariente promedio, todo torpe y siguiendo a su hijo a ciegas. Quiero que parezca que sé lo que estoy haciendo.

Me siento mal por no haberlo invitado a que me visitara con más frecuencia en los últimos dos años. Tal vez este año sea distinto. Tal vez este año lograré dejarlo entrar. Me gustaría.

Mi ritmo cardiaco está empezando a normalizarse pero de nuevo empiezo a sudar.

—¿Entonces decidiste correr como loco desatado por todo el campus?

Él sonríe.

—Sí. Ahora, vayamos a ver tu habitación.

La primavera pasada, tenía la esperanza de sacarme la lotería y conseguir una de las muy solicitadas habitaciones individuales pero, para variar, me tocó elegir hasta el final. Esperé durante horas en la fila para elegir mi habitación en un mapa mal hecho y me di cuenta de que todas las individuales ya estaban ocupadas. Es inaudito que la selección de habitaciones en el dormitorio todavía no se pueda hacer en línea y maldije el sistema arcaico cuando empecé a ver las opciones que quedaban. El estudiante que estaba a cargo de esto me preguntó en repetidas ocasiones si tenía alguna amiga con quién vivir y yo intenté cambiar de tema cinco veces pero casi terminé gritándole.

—¡No! ¿Entiendes? ¡No tengo a nadie con quién compartir nada! ¡Por eso quería la habitación individual!

Algunos dirían que hice una escena, pero el pánico que estaba sintiendo me distrajo tanto que no me importó. Al final, elegí la mitad de una suite de dos personas donde, por lo menos, tendría una recámara privada y un área común. Tendría que entrar y salir cruzando la pequeña área común pero tal vez no sería demasiado complicado pasar tiempo a solas en mi cuarto. En mis momentos más positivos, una parte de mí se atrevía a sentir esperanzas de que esta chica misteriosa con quien viviría se llevaría bien conmigo. Es posible a veces que sucedan maravillas. Sin embargo, hoy que la voy a conocer, me siento nerviosa.

Sólo me toma unos cuantos minutos registrarme en el dormitorio y conseguir mi llave. Después, con bastante ansiedad, entro a mi suite en el sótano.

Simon se ríe cuando me escucha exhalar con fuerza.

—¿Sientes alivio de que todavía no haya llegado?

Llevo mi maleta a una de las habitaciones vacías y luego me siento en el espantoso sofá naranja y duro que hay en la salita. Simon se sienta en una silla giratoria de mi recámara, se desliza hasta quedar frente a mí y se detiene.

—¿Por qué estás tan preocupada?

Yo me cruzo de brazos y estudio la habitación de concreto.

—No estoy preocupada para nada. Lo más probable es que ella sea muy amable. Seguro nos haremos hermanas del alma y ella me va a trenzar el cabello, tendremos muchas peleas de almohadazos en ropa interior y terminaremos en una profunda relación amorosa lésbica.

Entrecierro los ojos cuando veo una telaraña y asumo que hay huevos de araña listos para eclosionar e invadir la habitación.

—¿Allison? —dice Simon y espera a que yo levante la vista para continuar—. No puedes hacer eso. No puedes volverte lesbiana.

—¿Por qué no?

—Porque entonces todos dirán que tu padre adoptivo gay te convirtió mágicamente en gay y será todo un tema y tendremos que escuchar a todos hablar sobre naturaleza contra crianza y será taaaaaan aburrido.

—Buen punto —digo, aunque estoy esperando que los huevos de araña empiecen a caer del cielo—. Entonces seguiré asumiendo que es una persona amable y normal con quien no quiero involucrarme sexualmente.

—Así está mejor —acepta Simon—. Estoy seguro de que será agradable. Este tipo de universidad con programas de artes atrae a estudiantes de calidad. Hay buenas personas aquí.

Está intentando tranquilizarme pero no está funcionando.

—Claro —respondo. Mis dedos recorren la tela nudosa color anaranjado quemado que cubre este sillón que, por supuesto, está relleno de bloques de roca—. Oye, Simon.

—¿Sí, Allison?

Suspiro e inhalo un par de veces mientras juego con los hilos del sillón horrible.

—Probablemente tendrá cuernos.

Él se encoge de hombros.

—Creo que es poco probable —responde y hace una pausa—. Aunque...

—¿Aunque qué? —pregunto horrorizada.

Su silencio largo me pone nerviosa. Por fin, dice con mucha lentitud:

—Podría tener un cuerno.

Volteo de inmediato y me quedo mirándolo.

Simon junta las manos con fuerza e intenta hacerme sonreír.

—¡Como un unicornio! ¡Aydiosmío! ¡Tu compañera de habitación podría ser un unicornio!

—O un rinoceronte —señalo—. Un rinoceronte bestial y asesino.

—Es otra posibilidad —acepta Simon.

Suspiro.

—La buena noticia es que si alguna vez necesito un rascador de espalda, tengo todo este sillón —me recargo contra la tela áspera y extiendo las manos antes de que él pueda protestar—. Ya sé. Soy un dechado de positividad.

—Eso no es ninguna novedad.

Simon me mira con sus ojos azules. Tiene la piel bronceada y un poco áspera porque pasó el verano navegando en velero por toda la costa de Massachusetts; su cabello castaño se ve más claro en los sitios donde las canas todavía no alcanzan a predominar. Debería haberlo acompañado más veces a esas excursiones. Sólo fui unas cuantas. El próximo verano, tal vez el próximo verano...

—Creo que un rascador de espalda es uno de los grandes lujos que te proporciona Andrews College —dice—. Disfrútalo.

Miro alrededor de la habitación de concreto y me hago un propósito: voy a darle una oportunidad a esta compañera desconocida. Me obligaré a ser abierta y amistosa. Tal vez seamos muy compatibles. No hace falta que esta relación universitaria se convierta en la mejor de las amistades, porque ya tengo eso con mi única amiga verdadera, Steffi, y no hay espacio en mi corazón para más de una. Pero ¿una buena relación con una compañera de habitación? Eso incluso podría ser agradable.

Bueno, agradable tal vez sea una exageración. Me conformaré con tolerable.

Se escucha que tocan con fuerza a la puerta y ésta se abre de par en par. Un chico alto y de barba rala y descuidada, con hileras de cuentas colgándole al cuello, se asoma a la habitación.

—¿Eres Allison?

Yo asiento.

Él sonríe.

—¡Hola! ¡Gusto en conocerte! Soy Brian, tu asistente de residencia. Bueno, amiga, pues bienvenida. Es un gusto que estés aquí en Kirk Hall. Va a ser un año genial —eleva el puño un poco y yo me esfuerzo por no retroceder—. Entonces... otra cosa. ¿Tu compañera? Hay un pequeño inconveniente.

—¿A qué te refieres con inconveniente? —le pregunto.

—Bueeeno, pues en realidad no va a venir a la escuela este año. Algo sobre un viaje a la Antártica y las focas leopardo —su cara se contorsiona—. No suena agradable para mí, pero la que iba a ser tu compañera va a estar encerrada unos meses en el laboratorio estudiando a estas criaturas y luego irá a verlas en persona.

Simon arruga la nariz.

—¿Focas leopardo?

—Sí, hombre —el chico de los collares se aprieta el puente de la nariz—. Estoy seguro de que apestan. Supongo que volarás sola este año, polluela —dice pero de inmediato se ve más animado—. Pero, oye, ¡vamos a tener una fiesta genial de bienvenida del dormitorio esta noche! En el salón del tercer piso. ¡Allá nos vemos! —me señala con un dedo y luego desaparece y deja que la puerta se cierre a sus espaldas.

Aunque Simon parece sorprendido de que mi compañera de habitación no llegara, es innegable que mi ánimo mejoró. ¡Soy una polluela que va a volar sola este año!

—Vamos por baklava —digo con demasiado entusiasmo.

—Allison...

—¿Qué? Ah… —me obligo a aparentar desconsuelo e intento ocultar que en realidad me siento un poco aliviada por la situación—. Digo, hubiera sido agradable vivir con alguien, supongo, pero está bien. Estoy segura de que esta chica va a tener un año inigualable. Así que bien por ella, ¿no? ¿Sabías que las focas leopardo también se conocen como leopardos marinos? Me gusta más el nombre de foca leopardo.

Simon levanta las manos exasperado.

—No sabía —responde y busca algo apropiado que decir—. Mira, sé que no te gusta la gente, pero eso no significa que debas alegrarte si...

—¿Si alguien prefirió vivir un año en el laboratorio y después en la tundra helada estudiando un animal feroz y extraño que conmigo?

Simon luce triste.

—Sí. Pero no es que ella ya te conociera y... te rechazara. Sólo está siguiendo sus sueños o lo que sea.

Nos quedamos sentados sin hablar y eventualmente ya me duele el trasero tanto por estar en ese sillón rasposo que me veo obligada a ponerme de pie y avanzar los pasos necesarios hacia la habitación que hubiera sido de mi compañera. Apoyo la cabeza contra el marco de la puerta y miro al piso.

—Disculpa que no me guste la gente. Disculpa que me vea tan aliviada por vivir sola.

—Está bien —responde él con suavidad—. Lo entiendo.

—Y disculpa que sea pesimista.

—Eso también lo entiendo.

—Y disculpa... —no encuentro las palabras—. Sólo disculpa. Creo que cometiste un error. Un error conmigo.

Ésta es la primera vez que digo lo que llevo años pensando. No sé por qué se me sale decirlo ahora pero, por lo general, no suelo saber gran cosa.

Con el rabillo del ojo alcanzo a ver que Simon se levanta de la silla y voltea hacia mí. Con suavidad pero muy seguro de sus palabras, dice:

—No. Me consta que no cometí un error contigo.

Como me conoce bien, no se acerca a mí esperando un abrazo o alguna otra muestra emocional o física de cariño. Le debo reconocer a Simon que sabe respetar mis límites. Sabe que la conexión humana no es lo mío.

La gente no es lo mío.

La confianza no es lo mío.

—Lo que también me consta —continúa— es que me debes la comida.

Así que caminamos al restaurante griego que está a una cuadra del campus y ordenamos una cantidad absurda de platillos. Me paso toda la comida atragantándome y casi no hablo, pero Simon logra hacer que nuestro silencio se sienta menos incómodo de lo que debe.

—Me pregunto cómo es ella —murmuro entre bocados. Por unos segundos, me imagino cómo sería vivir la experiencia típica universitaria, con todo y la compañera de cuarto increíble y compatible. Mis últimas dos compañeras y yo no teníamos nada en común, como era de esperarse. Sé que fue por mi culpa—. Tal vez sea muy buena onda. Tal vez hubiéramos sido amigas.

Simon carraspea. Sabe que estoy diciendo puras mentiras.

—Pero —continúo con tono serio— me queda claro que las focas leopardo son el amor de su vida y, dado que a mí me parecen pavorosas, sospecho que nuestra amistad no hubiera funcionado de todas maneras. Es mejor así.

Me empieza a doler la cabeza. Me termino mi bebida y luego me concentro en llenar y rellenar mi vaso con agua mineral.

—¿Cuánto sabes de verdad sobre estos animales? —Simon interrumpe mi consumo obsesivo de agua—. Yo apenas me estoy enterando de que existen.

Me toma sólo un momento buscar una fotografía en mi teléfono y se la muestro.

—Dientes. Ese animal tiene arpones miniatura en vez de dientes.

Simon luce derrotado.

—Está bien. Tienes razón. Es un animal desagradable. Tal vez no era la mejor compañera para ti.

Me recargo en el respaldo de la silla con gran satisfacción y mi dolor de cabeza empieza a desaparecer.

2

Nos toca uno

A las nueve de la noche ya estoy metida en mi cama, alisando las sábanas frescas y asegurándome de que el doblez perfecto quede sobre mi pecho y conserve su forma. Tengo un ventilador pequeño sobre el escritorio para evitar sofocarme en esta noche calurosa. Algo tiene el ruido de los estudiantes, gritando y celebrando su regreso al campus, que me provoca un nudo en el estómago, así que no abro la ventana pequeña. El murmullo del ventilador no sirve mucho para disimular el festejo alcoholizado de la gente, pero algo es algo.

De pronto, me sobresalto porque alguien golpea mi puerta con fuerza. Me toma un segundo aquietar mi pánico pero abro la puerta con cautela.

—¡Allison! ¿Cómo te fue en el verano? ¿Vas a ir a la fiesta del dormitorio allá arriba?

Una chica de talla pequeña con un vaso de plástico en la mano está parada frente a mi puerta. Su cabello decolorado forma picos dramáticos sobre su cabeza que luego le aterrizan en los hombros. La reconozco de un par de clases del año pasado. ¿Becky? ¿Bella? ¿Brooke? Un nombre con B. Deja de hablar cuando se da cuenta de que traigo puesta una camiseta sin mangas y el pantalón de mi piyama.

—Ah. Supongo que no —dice.

Sonrío ampliamente.

—¡Oye! Qué gusto verte. ¡Dios! Te ves muy bien. ¡Muy bronceada! —logro sonar tan entusiasmada que me sorprendo a mí misma por lo agudo de mi voz—. Estoy muy agotada por todas las fiestas de final de verano —le digo con una mirada conspiradora intentando hacerla creer que he estado involucrada en tantas actividades salvajes y escandalosas durante las últimas semanas que no me sería posible arrastrarme a un evento social más. Finjo bostezar.

La chica de nombre con B levanta su vaso con mirada comprensiva y asiente con tal vigor que un mechón de pelo se le sumerge en la bebida.

—Te entiendo. Bueno, descansa. Ya será la próxima vez, ¿de acuerdo?

La idea de que voy a tener que pasar aquí otros dos años evitando la interacción social es agotadora. Si pudiera lanzarme una capa de invisibilidad encima y asistir así a la universidad, lo haría.

—Seguro... —cometo el terrible error de hacer una pausa y eso delata que no puedo recordar su nombre.

—Carmen —me dice con un dejo de molestia—. Carmen. Vivía junto a ti el año pasado y tomamos literatura e historia británica juntas.

—Sí sé tu nombre, tonta —la interrumpo buscando algo más que decir. Aunque no quiero ir a ninguna fiesta, tampoco quiero herir sus sentimientos. En momentos como éste me gustaría ser menos torpe y rara. En un intento por ser amigable, suelto—: Es que... es que me estaba fijando en tus aretes. Son muy especiales.

Ella se lleva la mano a la oreja.

—Son unas simples arracadas de plata.

—Bueno, no quería decir especiales exactamente. Quise decir... que... que son del tamaño perfecto. No son ni demasiado grandes ni demasiado chicos, ¿sabes?

Carmen me mira con escepticismo.

—Supongo.

—Están muy lindos. Me gustaría encontrar unos así.

—Mi mamá me los compró. Le puedo preguntar dónde, si quieres.

Sonrío.

—Sería genial, ¡gracias! —me doy cuenta de que me estoy portando demasiado alegre así que le bajo un poco a mi intensidad y finjo otro bostezo—. Pero, bueno, perdón por ser tan aguafiestas hoy. Pero tómate una cerveza a mi salud, ¿sí?

—¡Seguro! ¡Empezaré de una vez! —le da un gran trago a su vaso y empieza a alejarse por el pasillo. Después de dar unos pasos, voltea—. Fue un gusto verte, Allison.

—Igualmente, Carmen.

Cierro la puerta con llave y apago la luz. La puerta de la segunda recámara está abierta y me quedo mirándola. ¿La dejo abierta o la cierro? No puedo decidir. Cerrada parecería como si alguien más estuviera aquí, durmiendo, estudiando, conquistando, buscando un momento de privacidad... Como si tal vez tuviera una amiga ahí con quien tuviera una verdadera conexión. Algo. Abierta me recordaría que no hay nadie ahí

En realidad no sé qué hacer. Pasan los minutos.

Repentinamente, avanzo, tomo la manija y cierro con un portazo. Esa habitación no existe. Me alejo a toda velocidad y cierro mi puerta. Me meto a la cama lo más rápido posible.

Me apresuro a taparme hasta la barbilla como si me fuera a dar un ataque de algo. ¿Por qué vendría Carmen a mi cuarto? Es inexplicable. Los dedos de mis pies se mueven a toda velocidad, así que junto los pies y los aprieto para aquietarlos.

Me abanico con las sábanas antes de volver a alisar la tela y asegurarme de que el doblez sea exacto. Simon insistió en conseguir sábanas nuevas, aunque yo ya tenía un juego, y él ya las había lavado e incluso planchado antes de que saliéramos de casa. Se veía muy decepcionado cuando intenté rechazar las sábanas nuevas.

—No puedes tener sólo un juego de sábanas. ¿Por favor? ¿Por mí? Sólo este año, ten un segundo juego —me suplicó—. La cuenta de hilos es altísima.

Así que le di las gracias y acepté el regalo de una cuenta alta de hilos.

La sensación del algodón pesado me es menos familiar que las sábanas baratas y rasposas en las que solía dormir de niña, así que estoy un poco incómoda y me siento tentada a sacar las viejas de mi clóset y volver a tender la cama, pero en un esfuerzo por hacer feliz a Simon, me quedo con éstas. Lleva varios años intentando darme una nueva normalidad.

Desearía poder permitírselo, pero mi historia tiene tantas imperfecciones que ni siquiera él las puede arreglar.

Dejé de desear estabilidad a los diez años. En mi opinión, tuve un periodo largo de optimismo pero, cuando cumplí diez años, al fin me quedó muy claro que yo no era adoptable. Nadie iba a querer a una niña tímida, nada interesante y nerviosa que hacía mucho tiempo había dejado atrás la etapa adorable de bebé.

Cierro los ojos y aliso las sábanas una y otra vez intentando controlar la ansiedad que siempre me invade cuando recuerdo el pasado.

Me acuerdo de una trabajadora social muy amable que me recogió de la casa donde vivía a los ocho años. Era año nuevo y la lluvia congelada estaba perforando los montones de nieve. La mujer se ajustó la bufanda de lana rosada una docena de veces por minuto porque estaba muy nerviosa. Tenía un trabajo muy deprimente. Todavía puedo ver los rostros sonrientes de los padres y sus dos hijos biológicos cuando me abrazaron para despedirse de mí, me desearon lo mejor y me agradecieron por quedarme con ellos. Me agradecieron como si yo hubiera sido una estudiante de intercambio que se había quedado un tiempo para experimentar la cultura de una familia de clase alta de Massachusetts. Como si me hubieran recibido por diversión. Pero al menos comí bien, fui a una buena escuela y tomé clases de ballet por seis meses. Sin embargo, las clases de ballet no ayudaron a suavizar la desesperanza que me invadió cuando me dijeron que era hora de irme.

Mi niñez fue un constante intercambio de nuevas escuelas, nuevas habitaciones, nuevas casas, nuevos rumbos, nuevas familias. Pienso en cuántos maestros y compañeros de escuela tuve que conocer, cuántas veces tuve que empezar de cero.

Y luego estaban los cumpleaños. O se celebraban exageradamente o pasaban olvidados por completo.

Mi respiración empieza a agitarse y aprieto los dedos en la tela, intentando recordarme a mí misma que ahora tengo más de lo que siempre esperé. Debería sentirme aliviada. Tengo a Simon. Él me prometió que no iría a ninguna parte. Me adoptó. Firmó los papeles, por el amor de Dios. Legalmente no puede irse a ninguna parte.

Así que no le queda más remedio que estar conmigo.

Mi teléfono me distrae del inminente ataque que siento venir.

Steffi. Ella es la única persona en el mundo con quien hablaría.

Me limpio la cara y toso para aclararme la garganta.

—¡Hola, tú!

—¡Hola, tú también! —grita Steffi con felicidad. Siento consuelo de inmediato.

Steffi ha sido la única excepción a la regla perpetua que dice que el mundo es un sitio inestable y traicionero. Desde el momento en que nos conocimos, cuando teníamos catorce años, hemos sido compañeras de supervivencia. Sólo vivimos tres meses con la misma familia temporal junto con otros cuatro niños, pero esos tres meses fueron lo único que necesitamos para afianzar nuestra amistad.

—¿Cómo está California? —pregunto.

—Estúpidamente soleada y hermosa. Igual que yo —dice Steffi con una risa ronca y casi puedo ver cómo se echa hacia atrás el cabello largo y rubio—. Estoy hecha para Los Ángeles, lo sabes. Y tú también. Ya verás cuando te gradúes y por fin arrastres tu trasero hasta acá.

Sonrío.

—Ése es el plan —escucho música que viene y va y el sonido de ganchos de ropa que recorren el tubo de un clóset—. ¿Vas a salir?

—Claro. Voy a ponerte en altavoz mientras me visto, ¿sale? Entonces, dime cómo vas tú. ¿Cómo estuvo el regreso a la universidad con papi?

—Bien. Ya sabes... Comimos juntos.

—¿Simon sigue estando tan sexy como siempre?

—¡Dios, Steffi! ¡No seas asquerosa! —le digo pero no puedo evitar reírme.

—No es mi papi —responde ella con una voz sexy y casi perturbadora—. Si me dieran a escoger, podría convertirme en la señora de Simon Dennis. ¡Y ser tu mami!

—¡Cállate! Eso es inquietante. Además, es gay —le recuerdo—. Tú no eres precisamente de su tipo. Gracias a Dios.

—Bueno, está ese detalle —dice ella con un suspiro dramático—. ¡Maldición! ¿Sigue usando esos anteojos de aviador tan adorables? No me respondas. ¿Por qué es tan injusto el amor?

Yo pongo los ojos en blanco.

—Creo que serás capaz de sobrevivir aunque no seas dueña del corazón de Simon.

—Está bien. De todas maneras planeo ahogar mis penas en un tsunami de vodka y soda y conquistarme al mejor trasero que encuentre. ¿Y tú? ¿Habrá algo de acción con un universitario en esta encantadora noche?

Me controlo para no resoplar en respuesta.

—Las clases empiezan mañana. Esta noche simplemente... voy a estar... tranquila.

Por alguna razón tartamudeo un poco y eso basta para que Steffi se dé cuenta de que algo anda mal.

—¿Qué está pasando, Allison? —pregunta con suavidad.

—Estoy bien.

—¿Una noche difícil?

No tiene caso que le mienta a ella.

—Sí. Un poco. No sé por qué.

La música que se escuchaba de fondo se detiene. Me guste o no, ahora ya cuento con su total atención.

—¿Quieres platicarme? —pregunta.

No puedo hablar pero ella me conoce lo suficiente para saber que estoy asintiendo.

Empieza a decirme lo que ya sé, o lo que debería saber pero que ella me tiene que recordar con demasiada frecuencia.

—No somos estadísticas. Logramos salir del sistema. ¿Nadie nos quiso todos esos años? Muy bien. Entonces destrozamos el sistema. Crecimos solas, rechazadas, no deseadas. Pero el mundo puede irse a la mierda. Terminamos el bachillerato y ambas estamos en la universidad. No hemos terminado en la cárcel. No usamos drogas. Nunca hemos huido de casa ni hemos estado en las calles haciendo sepa Dios qué cosas. No somos estadísticas —enfatiza de nuevo—. Nos tocó vivir con unas familias horribles. Nos tocó vivir con unas bastante decentes. Los detalles no importan, ¿me estás oyendo? Los detalles no importan. Yo no quiero vivir en el pasado. Tú tampoco. No vamos a regresar. Ya quedó atrás. No somos malditas estadísticas. Nunca lo seremos. Somos la excepción y somos excepcionales. ¿Lo entendiste?

Yo vuelvo a asentir.

—Claro.

Yo estaba convertida en el puro cascarón de una niña hasta que Steffi llegó y me sacudió hasta devolverme a la vida. Al menos hasta cierto grado.

—Entonces, ¿qué más? —me pregunta—. ¿Qué hacemos? ¿Todos y cada uno de los días?

Me recuesto de lado y apago la pequeña lámpara de mesa que brilla sobre mí.

—Nos concentramos en nuestros futuros y no miramos atrás.

—Grandes futuros —me corrige—. ¿Y por qué nos aguardan grandes futuros? —pregunta.

—Porque tú nos obligaste a estudiar. Porque tú sabías que nuestra educación era lo más importante. Que eso sería lo que nos salvaría.

Ella no está siendo presumida cuando me obliga a decir esto, sólo me está presionando para que valide lo que ambas logramos. Pero ella debería recibir más crédito porque Steffi amenazó, convenció y sobornó a quien hizo falta para conseguir mis datos cada vez que me mudaba. Se dedicó sin descanso a mantenernos juntas aunque viviéramos separadas. Y Steffi es la única razón por la cual me concentré en la escuela, porque ella me hizo entender lo crucial que sería para sobrevivir.

—Y entraste a la universidad. A una muy buena.

—Y tú conseguiste una beca completa para la UCLA. Nadie logra eso. Nadie —digo con más énfasis, casi como si quisiera recordarme a mí misma lo que ella ha logrado. El trabajo arduo y la determinación feroz de Steffi le dieron resultados. Ella, mucho más que yo, es la excepción a la regla de los niños que salen del sistema de hogares temporales.

—Y llegamos hasta donde estamos hoy —continúa— porque nos mantuvimos concentradas.

Miro el techo sobre mi cabeza.

—Y porque tú me cuidaste.

—Nos cuidamos mutuamente —dice Steffi con una pausa—. ¿Recuerdas lo que hiciste por mí?

—No quiero hablar de eso.

Se queda un momento en silencio.

—Bueno, pero tú también me cuidaste a mí.

—¿Por qué no me dejas cuidarte más ahora?

—Porque soy una cabrona.

No puedo evitar reírme.

—Sí lo eres. Sólo quiero que sepas que cuentas conmigo. Que haría cualquier cosa por ti.

—¡Por supuesto que sí! Lo sé. ¿Allison?

—¿Sí?

—Tuviste un final feliz, ¿de acuerdo? Tienes a Simon. No lo olvides. Aunque pensábamos que era demasiado tarde, aunque parecía que ya no importaba, conseguiste un padre. Tienes un hogar, un lugar donde ir en las vacaciones y en los veranos. No importa que él haya aparecido tarde. A pesar de que tenías las probabilidades en tu contra, las venciste cuando te adoptó en el bachillerato.

—No es justo —protesto.

No soporto cuando Steffi habla de esto porque no puedo controlar lo culpable que me siento. Me tapo la boca con la mano para ahogar los sollozos que amenazan con brotar y me toma un momento poder hablar sin sentimiento. No hablo hasta que mi voz se oye neutral. Factual.

—Pero a ti no te adoptaron —agrego.

—No necesitaba que me adoptaran. Era una niña enferma, Allison. Nadie quiere a una niña que tuvo cáncer. Y luego, años después, cuando estuve mejor, yo no los necesité a ellos.

Los ellos a los que se refiere son Joan y Cal Kantor. Steffi se mudó a su casa más o menos al mismo tiempo que yo me mudé con Simon. Simon me adoptó, pero Joan y Cal no adoptaron a Steffi y permitieron que cumpliera dieciocho años y se fuera a vivir sola. No le dieron apoyo, no fueron su familia, no le dieron una sensación de contar con un puerto seguro.

A pesar de lo dura e independiente que era Steffi, incluso ella sintió el golpe cuando le indicaron amablemente que su etapa de padres temporales había terminado. No ...