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180 SEGUNDOS

Jessica Park  

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Fragmento

1

Polluela

El penúltimo año de la universidad empieza ahora, lo cual significa que me quedan dos años antes de ser libre. Cada día es un recordatorio de lo diferente que soy de mis compañeros; esa sensación constante de que soy incapaz de ser sociable, feliz y emocionalmente libre. Tal vez sea un desafío lograr mantenerme aislada en este lugar, pero se hará lo que se pueda.

Simon da vueltas alrededor del campus del Andrews College durante veinte minutos sólo para encontrar dónde estacionarse. El día de entrada a la universidad siempre es un verdadero caos, con ríos de estudiantes que salen de sus coches cargados con cajas y bolsas, coches estacionados en doble fila a lo largo de toda la calle y padres con los ojos llenos de lágrimas que caminan por ahí y estorban en las aceras. Nos tardamos casi cinco horas en manejar desde Boston hasta el norte de Maine y este día de principios de septiembre se siente más como agosto que como el inicio del otoño. Bienvenidos a Nueva Inglaterra. Estoy sudorosa por la falta de un buen aire acondicionado, pero intento airear un poco mi camisa discretamente al salir del coche y disfruto la brisa ligera.

—Perdón por el aire acondicionado —dice Simon en tono de disculpa—. Este coche es viejo pero fiel —me mira desde el otro lado de su vehículo, me esboza una media sonrisa y le da unos golpecitos al cofre. Luce insoportablemente fresco a pesar del calor que hace.

—Se descompuso en el peor momento, lo sé. Podríamos considerarlo como una de esas desintoxicaciones elegantes del spa. Estoy seguro de que el Volvo estaría de acuerdo.

Yo sonrío y asiento.

—Seguro. El penúltimo año se debe iniciar con una especie de limpia.

—¿Verdad? Así ya estás preparada para hacer todas esas cosas universitarias que van a contaminarte. Fiestas, comida de cafetería... —hace un ademán con la mano para señalar a su alrededor y sé que está esperando que yo continúe con el chiste. Simon siempre hace un gran esfuerzo y yo le quedo mal con frecuencia. Lo sé, pero no puedo hacer más. No es su culpa, es mía. Él es un hombre muy agradable. Tal vez demasiado agradable. Tiene una capacidad desmedida para ser generoso y comprensivo.

Simon, me recuerdo en silencio, también es mi padre. Me avergüenza cuántas veces debo recordarme esta información porque vi los papeles de la adopción. Estaba presente, por Dios, cuando se firmaron y cuando, oficial y finalmente, salí del sistema de cuidados temporales para niños a la avanzada edad de dieciséis años y medio.

Descubro mi reflejo en la ventanilla del coche. Mi cabello oscuro y largo está recogido en una cola de caballo. Puedo sentir su peso en mi espalda. Tengo el fleco pegado a la frente de tanto sudor y las mejillas enrojecidas.

Pero mi reacción no se debe al calor. Es la ansiedad que empieza a acumularse.

Necesito agua.

No sólo estoy por conocer a mi nueva compañera de habitación, sino que tendré que separarme de Simon. Odio hacerlo pasar por una despedida incómoda, así que decido animarme y hacer un mejor papel. La cosa es que no soy muy buena como hija pero quiero intentarlo. Él me importa mucho pero demostrárselo todavía se me dificulta.

Esbozo una gran sonrisa y me dirijo a la cajuela del coche.

—¿Crees que podamos subir todo en un solo viaje? —pregunto—. Si lo logramos, te invito a comer.

—¿A tu horrible centro de estudiantes? Eso no es un incentivo —Simon saca una caja de la cajuela. Está intentando ocultar su sonrisa pero la veo—. Voy a subir tus zapatos de uno en uno si eso me salva de tu comida.

—De hecho, estaba pensando en el restaurante griego que está en esta calle —la maleta que saco no pesa mucho. Soy minimalista y viajo ligera.

Simon se pone de pie y ladea la cabeza, luego arquea una ceja y ya no se esfuerza por ocultar su felicidad.

—¿Restaurante griego? ¿Con gyros? ¿Y hummus?

Asiento.

—Y baba ghanoush —agrego.

Él se acomoda la caja en la cadera para tener una mano libre. Sube el tono de voz.

—¡Toma todo lo que puedas y corre! ¡Trae sólo lo indispensable! ¡Corre como el viento! —saca una bolsa pequeña del coche y corre hacia la acera gritando por encima del hombro—. ¡Vamos, Allison! ¡No hay tiempo que perder!

Me río, saco la única otra bolsa que queda y luego cierro la cajuela. Simon está bromeando porque en realidad ya no queda nada de lo que traje a la escuela en su coche. Mi padre adoptivo está intentando hacer una broma sobre mi incapacidad para echar raíces en cualquier parte; cómo sólo tengo una fracción de las cosas que otros estudiantes atiborran en sus pequeñas recámaras. Pienso en lo dulce y comprensivo que es en lo que respecta a las fallas de mi personalidad. La mayoría de los estudiantes tardan horas en descargar sus coches y en sacar cajas del almacén de la universidad y nosotros descargamos el coche en cinco segundos.

Tengo que apresurarme para alcanzar a Simon, quien ya va tan lejos que siento irritación por mi incapacidad de seguirle el paso. Mi maleta rebota en los escalones y a lo largo de un buen trecho de césped, porque decido tomar un atajo entre los edificios de los dormitorios para llegar al mío. Cuando llego al Kirk Hall ya voy sin aliento y me encuentro con Simon sentado en una caja, con actitud despreocupada y relajada.

—¿En serio, Simon? —jadeo—. ¿Cómo... cómo supiste siquiera dónde ibas? —digo con el aliento que me queda.

—La semana pasada estudié el mapa del campus. Y tal vez ayer. Y de nuevo esta mañana, antes de que saliéramos.

Simon se las ingenia para verse tan bien y tan apuesto como siempre, sin un rastro de sudor en su camisa de vestir roja de lino. No se le ha movido ni un pelo de su peinado a la moda con el cabello hacia atrás. Su capacidad natural de siempre verse tan elegante, aunque la ocasión no lo amerite, es de admirarse. Unos lentes de aviador voltean hacia mí.

—Sólo he estado aquí unas cuantas veces y no quiero verme como el pariente promedio, todo torpe y siguiendo a su hijo a ciegas. Quiero que parezca que sé lo que estoy haciendo.

Me siento mal por no haberlo invitado a que me visitara con más frecuencia en los últimos dos años. Tal vez este año sea distinto. Tal vez este año lograré dejarlo entrar. Me gustaría.

Mi ritmo cardiaco está empezando a normalizarse pero de nuevo empiezo a sudar.

—¿Entonces decidiste correr como loco desatado por todo el campus?

Él sonríe.

—Sí. Ahora, vayamos a ver tu habitación.

La primavera pasada, tenía la esperanza de sacarme la lotería y conseguir una de las muy solicitadas habitaciones individuales pero, para variar, me tocó elegir hasta el final. Esperé durante horas en la fila para elegir mi habitación en un mapa mal hecho y me di cuenta de que todas las individuales ya estaban ocupadas. Es inaudito que la selección de habitaciones en el dormitorio todavía no se pueda hacer en línea y maldije el sistema arcaico cuando empecé a ver las opciones que quedaban. El estudiante que estaba a cargo de esto me preguntó en repetidas ocasiones si tenía alguna amiga con quién vivir y yo intenté cambiar de tema cinco veces pero casi terminé gritándole.

—¡No! ¿Entiendes? ¡No tengo a nadie con quién compartir nada! ¡Por eso quería la habitación individual!

Algunos dirían que hice una escena, pero el pánico que estaba sintiendo me distrajo tanto que no me importó. Al final, elegí la mitad de una suite de dos personas donde, por lo menos, tendría una recámara privada y un área común. Tendría que entrar y salir cruzando la pequeña área común pero tal vez no sería demasiado complicado pasar tiempo a solas en mi cuarto. En mis momentos más positivos, una parte de mí se atrevía a sentir esperanzas de que esta chica misteriosa con quien viviría se llevaría bien conmigo. Es posible a veces que sucedan maravillas. Sin embargo, hoy que la voy a conocer, me siento nerviosa.

Sólo me toma unos cuantos minutos registrarme en el dormitorio y conseguir mi llave. Después, con bastante ansiedad, entro a mi suite en el sótano.

Simon se ríe cuando me escucha exhalar con fuerza.

—¿Sientes alivio de que todavía no haya llegado?

Llevo mi maleta a una de las habitaciones vacías y luego me siento en e

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