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365 DíAS CON LA CHICA DE LOS PLANETAS

Holden Centeno  

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Fragmento

ÍNDICE

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

EL DISCURSO DE LA MUERTE Y LA SUERTE PROPICIA. CINCO RELATOS

Ray

El relámpago, el trueno y el rayo

A good man

Salinger y la mujer detonadora

El faro vs. la muerte

CUATRO E-MAILS

Centeno, eres un capullo

Una operación

El mendigo

Inmortales

LOS CUATRO ÚLTIMOS CARTUCHOS QUE QUIZÁ NUNCA TENDRÍA QUE HABER ESCRITO

Chicas de las que (no) enamorarse

¡Quédate (joder)!

Ego sum qui sum

Di algo

365 DÍAS CON LA CHICA DE LOS PLANETAS

I. PRELUDIO

Rondó

Calla y escribe a gritos

Delitos sin pena

¿Cuánto me conoces?

Rarus

Tres conciertos, seis encuentros y cinco veces

II. ETERNO RETORNO

Desaparecer

Esa noche

Tú tan laberinto y yo tan puzle

Mayo de 2014. Día 1

De cómo la música salvó mi vida

La tristeza de su ausencia

Moon Palace

Algo productivo

Apagón

Pirámides

11-S

Mi única bandera

Es real

No quiero ser mago

Cuando estemos muertos

Trending topic

El buzo

Yo conozco a la chica de Los Planetas

Tu sinceridad

El hombre sin nombre y la mujer con balas

III. VUELVES, AUNQUE NUNCA TE FUISTE

Lo puto peor

Esa noche de diciembre

Una declaración de intenciones

Diciembre

Enero

Febrero

Marzo

Abril

Mayo de 2015. Día 365

IV. PARA

14/07/2015

En el libro han sonado estas canciones

Sobre el autor

Créditos

 

 

 

 

Para.

 

 

EL DISCURSO DE LA MUERTE Y LA SUERTE PROPICIA.
CINCO RELATOS

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«Si muero,

no moriré del todo».

 

SALVADOR DALÍ

RAY

 

 

 

De pequeño me leí La metamorfosis, que no es lo mismo que Las metamorfosis, un libro que también me descubrí casi a la par. Este último, cuando me lo mandaron en Primero de Bachillerato en la asignatura de Latín. Obviamente no lo leí en latín. Había una parte de la asignatura (una hora a la semana) que se llamaba Cultura Clásica, en la que nos enseñaban todo lo que tuviera que ver con la cultura romana. A mí me flipaba. Ya habíamos hecho una primera incursión en aquel mundo el año anterior, en 4º de ESO, y habíamos leído, por ejemplo, sobre la guerra de Troya y sobre cómo el amor por una chica guapa que se llamaba Helena (así, con H) había desencadenado una batalla de cojones que había acabado con la destrucción absoluta de una ciudad en la que por aquella época todo el mundo quería vivir. Para que os hagáis una idea, era la Malasaña de entonces. Supongo que conocéis la historia: la guerra de Troya se cuenta en La Eneida, y, una vez leído el libro de Virgilio, nuestro profesor nos examinó. No era un examen complicado. Más bien consistía en una especie de comprensión lectora. Te hacían preguntas sobre el contenido del libro y tú básicamente contabas la batallita pero con tus palabras.

Me encanta leer desde pequeño, y además tengo facilidad para retener los detalles más pequeños y ridículos, en los que nadie habitualmente se fija, de cada libro que pasa por mis manos. Por ejemplo, cuando tenía diez años, nuestro profesor apareció un día en clase con diez folios para que los leyéramos cada uno por nuestra cuenta durante un tiempo limitado. Cuando llegó la hora, nos retiró los folios a todos y nos puso un examen sobre lo que acabábamos de leer. Todo el mundo se quejó y creo que yo también, pero cuando vi las preguntas, facilísimas, sobre detalles de la lectura, del tipo: «¿De qué color era el sombrero del mendigo?», me froté las manos y respondí a todas sin ningún problema mientras la clase entera resoplaba porque no tenía ni idea de por dónde empezar. Mis compañeros seguramente habrían sido capaces de contar lo que acababan de leer, pero no eran capaces de responder a esas preguntas menos generales. Creo que entonces me di cuenta de que soy una persona que se fija más en las tonterías y en los detalles que en el grueso de las historias. En aquella ocasión me interesó más el color del sombrero del mendigo que la moraleja final, y a día de hoy sigo pensando que ese tipo de detalles son los que nos definen, y también los que nos ayudan a conocer a una persona mejor que nadie. Pero, lo que es más importante, de ahí pueden surgir las cosas más grandes que os podáis imaginar.

El caso es que yo con diez años ya suspendía las matemáticas, de hecho suspendía prácticamente todo. No sé si es porque era gilipollas y el cerebro no me daba para más o sencillamente porque era un vago de cojones. La gente a mi alrededor me decía que era más bien por lo segundo y yo creo que también, pero siempre he pensado (y no es por hacerme la víctima) que soy un poco corto y que me cuesta razonar las cosas más sencillas del mundo. Soy un negado por ejemplo para sumar, siempre lo he sido, y aún uso los dedos de las manos. Con el tiempo he aprendido que hay que hacerlo discretamente si no quieres que la gente se ría de ti, así que lo que hago es esconderlas de la vista de los demás y calcular entonces con los dedos, por ejemplo, la vuelta de la compra. Muy patético lo mío.

Suspender todo significaba en aquella época que los profesores te mirasen con ojos casi de odio y que para el resto de la clase valieses nada o muy poco. El mismo profesor que nos hizo el examen de las diez hojas de lectura había establecido que todos los alumnos de la clase de Matemáticas se sentaran en el aula en función de las notas de los exámenes. Nos tenía divididos en filas, y les había puesto una letra a cada una de ellas. La última era la B de burros. Yo estaba sentado junto a mi amigo Velao en la última mesa de aquella fila, es decir, éramos los más tontos de toda la clase de mates y aquello daba por hecho que para el resto de cosas también éramos idiotas. Uno a uno, todos los profesores acababan enterándose de por qué ocupábamos aquel puesto de honor. Entonces se reían y desde aquel momento me miraban distinto. Casi mal. Era horrible.

Velao en la actualidad es profesor y uno de esos profesores que son buenos, además de haber hecho infinidad de cosas grandes antes de serlo, y yo…, pues ya sabéis, ahora soy Holden Centeno, y ninguno de los dos tenemos ni una pizca de burros. Nunca os fieis de esa gente que cataloga, y sobre todo no estéis mucho tiempo a su lado. De todas formas, os aseguro una cosa, mejor que os pongan de burros a que os pongan de listos y que luego descubran que en realidad los burros son ellos. Ese día el profesor corrigió todos los exámenes allí mismo y yo fui el único de la clase que sacó un diez. Antes de decirme la nota, tuvo los cojones de preguntarme si había copiado alguna de las respuestas. En aquel momento yo pensé que el idiota era él por haber hecho un examen para tontos, y el resto de la clase por no haber sacado un diez en aquella birria de control.

Pero, volviendo a 4º de ESO: en la última pregunta del examen de La Eneida, nuestro profesor de Cultura Clásica nos pidió que le contásemos qué era lo que más nos había llamado la atención del libro. Por lo visto todo el mundo contestó cosas sobre la guerra, el incendio, la destrucción de Troya, etcétera. Creo que yo fui el único pringado que dijo que lo que más me había impresionado había sido ver a Eneas, que, después de haber rescatado a su padre del fuego y de haberlo llevado a hombros hasta un lugar seguro, había tenido el valor de volver al caos de Troya para buscar a su mujer, Creúsa. Henchido de dolor y tristeza, había gritado su nombre por cada rincón de Troya. Sin importarle el fuego, había entrado en los lugares más peligrosos para encontrarla. Si me llamó la atención aquella estampa fue porque deseé con todas mis fuerzas experimentar algún día un amor igual de grande, por el que no me importara dar la vida, un amor por el que entrar en una casa devorada por el fuego y a punto de desplomarse.

Creo que La Eneida fue el primer libro que leí por obligación pero con gusto. Al año siguiente, el mismo profesor nos mandó leer Las metamorfosis de Ovidio. Y me impactó mucho. Es un libro que básicamente te explica el origen divino de las cosas, o al menos así lo entendí yo. La historia que más me impresionó fue la de Píramo y Tisbe. Yo era el raro de la clase; a la gente le flipaban las historias bélicas de aquellos libros y yo sin embargo me quedaba con las historias de amor y muerte. Píramo y Tisbe eran novios en secreto, puede que los primeros Romeo y Julieta de la historia. Shakespeare no inventó nada nuevo, no fue ningún visionario. Píramo y Tisbe eran vecinos, pared con pared literalmente, y no podían estar juntos porque sus padres se lo tenían prohibido, pero, a pesar de ello, se comunicaban a través de signos y miradas que pasaban desapercibidos a sus familias. A través de una grieta en la pared de la casa se enviaban palabras de amor y se contaban sus historias. Por esa misma grieta planearon su huida, pero todo salió mal. Tisbe, que llegó la primera al moral blanco en el que se habían dado cita la noche convenida, huyó del lugar asustada por una leona que volvía de cazar una presa. Y Píramo, que encontró el velo de su amada ensangrentado con los restos de la caza, pensó que esta había fallecido entre las garras del animal. Sintiendo su vida carente de sentido, sacó entonces un puñal y se lo clavó en el pecho. La sangre brotó con tal fuerza de su cuerpo que tiñó el moral blanco de rojo. Cuando Tisbe salió de su escondite, al principio no reconoció el árbol. Solo cuando encontró a Píramo ensangrentado en el suelo comprendió lo que había pasado. Entonces lo abrazó, le sacó el puñal del pecho y se suicidó haciendo exactamente lo mismo que su amado. Desde entonces, el fruto de la morera ya no es blanco, sino púrpura, en honor de los dos jóvenes. Leer aquello me dejó sobrecogido, y creo que entonces me di cuenta de que el amor es capaz de provocar cualquier locura.

El amor y la muerte, la unión de ambos conceptos, me atrae desde entonces. Y es que es así, se puede morir de amor. Vale, podéis llamarme intenso, o gilipollas o las dos cosas directamente.

Unos años antes mi profesor de Lit

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