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78. HISTORIA ORAL DEL MUNDIAL

Matías Bauso

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Fragmento

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Penguin Random House

Para Vero. Por todo.

Como siempre. Por siempre.

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Para Valen y Juli, Batatita y Paquetito.

Por la felicidad permanente. Por hacernos mejores.

Esta historia real, tan extraña como para perder tiempo con la fantasía.

JOSEPH CONRAD

El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente.

“Todos los ayeres, un sueño”, JORGE LUIS BORGES

2 de agosto de 1914. Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. A la tarde fui a nadar.

Diarios, FRANZ KAFKA

De esta fiesta mundial de la muerte, de esta mala fiebre que incendia en torno de ti el cielo de esta noche lluviosa, ¿se elevará el amor algún día?

La montaña mágica, THOMAS MANN

Estimo altamente estas dos pequeñas palabras: no sé.

WISLAWA SZYMBORSKA

Nadie pudo ver que el tiempo era una herida.

“Reloj de plastilina”, CHARLY GARCÍA

Para poder entrar hay que saber salir.

CÉSAR LUIS MENOTTI

Introducción

Nunca supe dibujar. Ni una persona, ni una casa, ni siquiera un árbol. A veces creo que escribo para no tener que sufrir esos tests a los que someten a los postulantes en las empresas: jamás los pasaría. En jardín de infantes, cuando nos tocaba dibujo libre, con líneas titubeantes, algo parkinsonianas, me las rebuscaba con una cancha de fútbol. Todas las proporciones estaban mal, el círculo central era un óvalo y a veces apenas quedaba espacio para el punto de penal entre una deforme área chica y la línea del área grande. Parecían estadios diseñados por Pollock. Pero al menos las maestras reconocían que no me faltaba nada de un campo de juego profesional. Desde los túneles hasta los carteles de Thompson & Williams. En primer grado encontré un escape perfecto. Cada vez que la maestra decía “dibujo libre”, yo dividía la hoja rectangular en cuatro y después cada uno de esos rectángulos en otros cuatro. De ahí en más solo era cuestión de memoria —la mía, al contrario de mi pulso, era buena— y de tener varios lápices de colores. Con velocidad, pero desprolijidad, pintaba las dieciséis banderas de los equipos participantes del Mundial 78, que se disputaba ese año, divididos en los cuatro grupos que había deparado el sorteo. Solo encontraba dificultades —nunca bien resueltas— en la media luna invertida y la estrella de Túnez y en el león que blandía una espada en la franja del medio de la que era en ese entonces la bandera de Irán.

Salvando las enormes distancias, el Gauchito del Mundial 78 siempre fue para mí lo que la magdalena para Proust. Mi infancia, mi hermano dibujando el primer gol de Kempes la mañana antes de la final, la primera vez que vi llorar a mi papá, los abrazos de mi abuelo luego de cada gol, mi mamá abrigándonos antes de los partidos, la primera gran alegría futbolística (una de las pocas: soy de Racing). Luego, con los años y las lecturas, esa imagen mítica y cristalizada comenzó a resquebrajarse. El brillo de aquellas victorias se fue apagando. El contexto en el que se había disputado el torneo se fue imponiendo. La que yo había vivido como una hazaña futbolística quedó opacada por las sospechas y los crímenes. La dictadura y sus atrocidades tomaron toda la narrativa del Mundial. Pero así como es inválida una lectura que prescinda del Proceso, lo mismo sucede con una que subsuma todo a su presencia. La intención de este texto es recuperar esos días de junio, entender la manera en que se vivieron, comprender el modo en que sucedieron los hechos, qué sentían y pensaban los protagonistas, políticos y público en general, analizando la mayoría de los factores posibles.

Este libro nació siendo algo que pronto dejó de ser: una historia oral de los campeones del mundo del 78. Apenas me sumergí en la historia, se impuso una obviedad. Es imposible contar el Mundial solo desde su aspecto futbolístico. El contexto político y el intentar realizar un fresco de la sociedad de esos días conforman un entramado indisoluble con el hecho deportivo. Conviven de esta manera la decisión de la Junta de continuar con la organización, la situación de los detenidos-desaparecidos, los intentos por desplazar a Menotti, la dificultad para comprar las entradas, las Madres de Plaza de Mayo, la convocatoria de Alonso, el nacionalismo rampante, los partidos en pantalla gigante y a color, los goles de Kempes, el frío y la erradicación de las villas. Estos elementos se entremezclan y brindan una visión tridimensional de ese tiempo.

Sorprende que todavía no hubieran tenido su estudio profundo algunos de los aspectos que se pretenden contar. Dos de ellos son la historia de ese equipo desde la asunción de Menotti hasta la final con Holanda, de cómo el técnico forjó ese plantel y de las luchas que debió afrontar para configurar la estructura de la Selección moderna; el otro, la historia de la organización de un campeonato que desde su designación pasó por las manos de siete gobiernos distintos, varias comisiones organizadoras, postergaciones, incertidumbre y múltiples confirmaciones.

Lo que nació siendo una estricta historia oral mutó en algo bastante diferente. Se podría decir que es un centón (categoría clásica que nos llega a través de Borges). Una obra hecha de retazos, fragmentos, pasajes, declaraciones, testimonios y documentos. Más de ciento cincuenta entrevistas realizadas especialmente para el libro, el repaso de la prensa de la época (diarios y revistas deportivas, de actualidad, femeninas, de espectáculos y hasta infantiles; el Mundial lo abarcó todo), de los textos de investigación y testimoniales escritos sobre la época y la literatura ubicada en ese tiempo se entretejen para que esas voces muy diferentes entre sí narren aquellos días desde variados puntos de vista.

Una breve y una última aclaración: debo reconocer rápidamente un fracaso. Si usted pretende encontrar en este libro la respuesta definitiva a lo que ocurrió en el partido entre Argentina y Perú, lamento desilusionarlo. Hay datos, se demuelen débiles e inconsistentes teorías instaladas hace décadas, y también presento algunas hipótesis plausibles, pero no demasiadas certezas. Ese partido seguirá siendo terreno de especulaciones, teorías conspirativas, actos de fe y suspicacias. Noventa minutos que se seguirán jugando eternamente y no habrá video que sirva como prueba: las jugadas de ese partido siempre serán inciertas, ocurrirán imprecisamente. Y es natural que así sea. Como Borges le hace decir a Lönnrot en “La muerte y la brújula”: “Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis”.

De eso —de datos precisos, hipótesis disparatadas, especulaciones, actos de fe, suspicacias, teorías conspirativas, recuerdos, mitos— también están hechos el fútbol, la vida cotidiana y la política. Es decir, esta historia.

1. Las múltiples dimensiones del Mundial 78

«Mucho más que un Mundial»

Gran parte de lo que se cree saber sobre el Mundial 78 es erróneo. No se ajusta a lo sucedido. La historia de ese campeonato se inundó en las últimas décadas de una inmensa cantidad de mitos y falsedades que a fuerza de repetición han pasado a integrar el canon discursivo del Mundial. Son estos axiomas, replicados al infinito, los que hoy definen al campeonato y sus circunstancias —fue mucho más que un Mundial— por más que sean falsos o flagrantes construcciones posteriores sin demasiado sustento en la realidad.

Ese proceso de mitificación, de cristalización de verdades aparentes, de manera inevitable, acarrea malentendidos, exageraciones, deformaciones y falseamientos. Así los hechos históricos quedan relegados, ocultos tras esa maraña de inexactitudes que de a poco van desviando el eje. Estos movimientos telúricos que provocan los choques entre la historia, la memoria, la divulgación y la coyuntura política, van generando nuevas versiones de viejos sucesos. La discusión pública se centra en esas afirmaciones y no en lo que efectivamente sucedió.

El desafío está condenado al fracaso de antemano: imposible reconstruir con certeza una época ya pasada. Lo que se puede intentar es desmalezar el camino, procurar que hechos que se presentan consolidados pero que nunca ocurrieron de ese modo no sean inexpugnables, pierdan su imbatibilidad y, de ese modo, reabrir la conversación, generar un diálogo.

Una enumeración no taxativa de esos mitos: el Mundial fue una cortina de humo para tapar los crímenes de la dictadura, los argentinos movilizaron las campañas de boicot en Europa, en el exilio no se deseaba el triunfo de la Selección, los partidos se vieron en colores por la televisión local, hubo silbidos a Videla en los estadios pero los medios no los comunicaron, la salida de Maradona provocó polémica y quejas, estaba prohibido criticar al equipo, Menotti estaba blindado mediáticamente, la gente salió a la calle como una manera de resistencia a la dictadura, Carrascosa renunció en disconformidad por el rumbo político del país (y los otros diez motivos con los que se intentó explicar su dimisión), las únicas voces disidentes provinieron del exilio y del rock —ni uno ni lo otro—, varios jugadores holandeses y suecos visitaron a las Madres de Plaza de Mayo, Cruyff y Paul Breitner se negaron a asistir en repudio a los militares, la dictadura lanzó en ese tiempo la campaña “Los argentinos somos derechos y humanos”, los holandeses no aceptaban recibir la copa de manos de Videla, los militares eligieron los estadios y las sedes para favorecer a los clubes con los que tenían simpatías, la Selección tenía un juego vistoso y menottista, los árbitros favorecieron a Argentina en cada partido, Perú jugó de igual a igual, Perú fue sobornado con un gran cargamento de trigo. Y muchos otros más.

El Mundial ocurrió hace relativamente poco tiempo, apenas cuatro décadas, y fue absolutamente masivo. Un buen porcentaje de la población actual ya había nacido cuando acontecieron los hechos y los vivió con intensidad. Sin embargo, se instaló una cantidad asombrosa de tergiversaciones que se repiten como verdades reveladas. Muchas veces la solución se encuentra con el principio de “la carta robada”. Como en aquel cuento de Poe, la respuesta está muy visible, al alcance de la mano.

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¿Cuándo se fue modificando la valoración del campeonato a los ojos de los argentinos? Mientras la sociedad fue asumiendo la magnitud de los crímenes cometidos por el Proceso, el Mundial fue perdiendo su brillo primigenio. Los mojones fueron el final de la Guerra de Malvinas —el final de la otra aventura nacionalista—, las revelaciones sobre los detalles de la represión, la llegada de la democracia, el título mundial del 86 con Maradona —con otro título mundial para blandir ya se podía denostar el anterior—, la labor diaria y paciente de las organizaciones de derechos humanos para generar conciencia, el pensamiento monolítico instaurado en la década kirchnerista. De esta manera, el Mundial 78 se convirtió en un fantasma espeso. Una sombra inasible, maldita.

La visión hegemónica, cerrada, que no admite disensos y que juzga a priori sin basarse en los hechos históricos, llega a conclusiones equivocadas. No hay manera de que no suceda así. Como sociedad nos encadenamos a no entender el pasado, a repetirlo, a no comprender el presente. El Mundial no es un hecho unívoco, tiene diversas dimensiones que merecen considerarse. Simplificar la cuestión no ayuda a comprender. Siempre es oportuno recordar lo que decía Philip Dick: “La realidad es aquello que, cuando uno deja de creer en ello, no desaparece”.

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En los recuerdos, en las rememoraciones actuales el hecho deportivo y el fenómeno social están atravesados por el contexto político. Siempre.

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El Mundial fue un estado de excepción. Los de junio del 78 no fueron los días habituales de la dictadura. Se siguió viviendo bajo las mismas reglas generales (estado de sitio, restricciones a las libertades, censura, temor, similar ritmo de desapariciones que los meses previos), pero esos veinticinco días no se parecieron en nada a los casi tres mil restantes.

Se hace imposible explicar el Mundial sin la dictadura pero, también está claro, que es imposible explicarlo solo desde la dictadura.

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Un dato suele pasar inadvertido. La sede fue otorgada al país a mediados de la década de 1960. Luego de México 70 comenzaron los movimientos para organizarlo, pero hasta 1975 no superaron la categoría de intentos. Sin embargo, todos los gobiernos desde 1966 en adelante mostraron interés en recibir el campeonato y procuraron obtener una ventaja de cada movimiento realizado. Por una cuestión coyuntural, el gobierno de Isabel Perón fue el que puso en marcha (luego de dilaciones prolongadas y variados ardides) las primeras obras. El torneo cayó en manos de José López Rega, que puso a Pedro Eladio Vázquez, secretario de Deportes que respondía directamente a él, a cargo de la organización. Cada movimiento del gobierno peronista con relación al Mundial, aún los menos fructíferos —que fueron la mayoría—, estuvo dirigido a mejorar su posición frente a la opinión pública. Muchas veces recurriendo a las mentiras, asegurando que se había obtenido aval de la FIFA o que las obras estaban en un estado más avanzado del que en realidad se encontraban. Se modificó el logo diseñado en 1973 por el que finalmente se utilizó (al que en un juego de matrioshkas que parecía infinito el gobierno militar también trató de modificar), que remedaba los dos brazos en alto de Perón sosteniendo una pelota. El Mundial peronista remitía a la Argentina Potencia pero, como se disponía de poco efectivo y organización, todo era precario y provisorio.

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El esquema se repetía, casi como en loop. Se designaba una comisión organizadora local, visitas del Comité Ejecutivo de FIFA, promesas de funcionarios argentinos, las obras que no empezaban nunca, anuncio de nuevas licitaciones, se prescindía del Comité Organizador, se designaba uno nuevo, otra visita de FIFA, más promesas de funcionarios argentinos, alguna maqueta, ninguna obra, reunión de la FIFA en algún lugar exótico, incertidumbre, reuniones, promesas, una nueva confirmación de la sede.

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Los militares recibieron y continuaron con una organización que pasó por siete presidencias anteriores, de Arturo Illia a Isabel Perón. Todas las que estuvieron desde 1970 en adelante declararon el tema como prioritario. Casi nada se hizo hasta fines de 1975. Y muy poco estaba hecho a fines de marzo del 76. El EAM 78 tomó a su cargo la organización, dejando a la AFA en un lugar meramente protocolar, y en tiempo récord puso en marcha y terminó las obras más importantes. Su capacidad logística, debe ser dicho, fue excelente. Cuando muchos observadores extranjeros estaban preocupados por los tiempos escasos, los argentinos sorprendieron y culminaron todos los estadios, el centro de televisión color y mejoraron las telecomunicaciones. El costo de estas obras urgidas fue demencialmente alto. Se gastaron alrededor de 700 millones de dólares de la época. Solo para tener una referencia: cuatro años después, España siendo anfitrión de 24 equipos (ocho más que en el 78) y con 17 estadios en 14 ciudades (solo construyó uno nuevo pero los otros 16 tuvieron importantes remodelaciones) gastó 150 millones de dólares. Esa sola diferencia de dinero utilizado y que nunca haya habido rendición de cuentas de los gastos del EAM 78 hablan de las irregularidades en todo el trabajo de organización e infraestructura.

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El Mundial era un innegable anhelo popular que concretaron los militares. Afirmación incómoda pero cierta. Lo que los motivó no fue cumplir un deseo postergado a la población. Los comandantes y el resto de los funcionarios de primera línea respondían que organizar el Mundial era “una decisión política”. La apuesta inicial del Proceso estaba centrada en una impecable organización, en el orden y la buena conducta de los ciudadanos. Proyectar una buena imagen al exterior. Hacía allí se dirigían las machacantes campañas públicas y las alocuciones de los periodistas afines. A pesar del entusiasmo del público y de varios medios de comunicación, no había demasiados esperanzas en el éxito deportivo. Por eso desde los titulares de la prensa y las declaraciones de los comandantes se insistía con el “Argentina ya ganó” desde el mismo instante en que finalizó la ceremonia inaugural. Los antecedentes argentinos en los mundiales anteriores no alimentaban la ilusión. Cuando el campeonato fue avanzando, los triunfos llegaron y las manifestaciones eran cada vez más populosas, los militares ampliaron su ambición y vieron como posible y deseable que Argentina fuera campeón del mundo.

Los mismos que pusieron toda su energía en tratar de aprovechar políticamente el Mundial fueron los que dos décadas antes habían criticado el uso que el peronismo había hecho de los primeros Juegos Panamericanos o que intentaron empañar las trayectorias de glorias olímpicas de la talla de Pascual Pérez o Delfo Cabrera. El manejo demagógico del deporte, a priori, era algo que los militares deseaban evitar. No solo eso, en realidad, querían alejarse de todo lo que pudiera asociarlos al peronismo. Gorilas por definición, orgullosamente gorilas, ante la primera posibilidad —la gran oportunidad— destinaron todos los recursos y energías en la organización del torneo, remedando y hasta superando las prácticas que criticaban.

Esa voluntad por alejarse del gobierno que habían derrocado incluía una aversión a las masas. En un ambiente represivo, que vivía en perpetuo estado de sitio, las manifestaciones no tenían lugar. Solo se juntaba mucha gente en espectáculos deportivos o musicales y con un gran control policial. Los festejos callejeros después de cada partido argentino sorprendieron. Fueron un efecto no calculado que habría causado pavor si hubiera entrado en las prevenciones de los militares. El efecto de esas manifestaciones espontáneas se fue multiplicando. Aun en la derrota con Italia la gente salió a las calles. Luego del partido con Perú y de la final, entre el sesenta y el setenta por ciento de la población salió a celebrar. Las manifestaciones más numerosas de la historia. Ese fenómeno no se dio solo en la capital, en la que las fotos del Obelisco desbordado ilustraban y contagiaban. En cada ciudad y en cada pueblo de la Argentina la gente salió a las calles en esa proporción. En el sur del país, las plazas se poblaron pese a los más de diez grados bajo cero de ese junio helado. Algunos han contado que luego de haber estado meses sin pisar las calles, escondidos, por el temor a ser secuestrados por algún grupo de tareas, salieron por primera vez la noche de los festejos del 6 a 0 frente a Perú.

El Proceso hasta junio del 78 era un régimen totalitario, represivo, que había llevado adelante una matanza clandestina y que gobernaba a masas silenciosas. El Mundial produjo un quiebre. Un elemento más se agregó y ya no salió del menú de la dictadura hasta después de la derrota bélica. Se podría afirmar que se trató del primer hecho fascista del Proceso: masas enfervorizadas en las calles y propaganda política. Esto podría ponerse en tela de juicio al sostener, con fundamento, que esas manifestaciones no expresaban una explícita adhesión al gobierno, sino que eran meras demostraciones festivas futbolísticas. Los elementos que terminan de configurar el hecho fascista son varios pero resaltan principalmente tres: el intento de aprovechamiento de la aparición de las masas movilizadas por el fútbol, el unanimismo y el nacionalismo rampante.

Por un lado, el ambiente de agobio y encierro que se vivía antes de junio del 78 contrasta con las celebraciones multitudinarias con un clima fraternal. Son varios los que sostienen que se trató de una brisa de aire fresco y libertad entre tanto agobio. Por el otro, el consenso absoluto, el unanimismo, la necesidad del pensamiento único, en el que los pocos que se animaban a expresar sus disidencias, las escasas personas que no compartían el entusiasmo, eran denostadas y convertidas en parias.

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Es sencillo comprender por qué el Mundial, el que muchos sindican como el mejor momento de la dictadura, fue el peor para los que estaban sufriendo. Fue el momento en el que las esperanzas flaquearon. El tiempo pasaba, las ilusiones por encontrar vivos a los seres queridos se disipaban lenta y dolorosamente, la falta de noticias —el silencio oficial— laceraba, las masas salían a la calle, el gobierno recibía apoyos explícitos y tácitos y se envalentonaba. Las pocas que se animaban a expresar su dolor e indignación y a reclamar por la aparición de los desaparecidos, eran repudiadas por los ciudadanos y tildadas como “locas”.

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El fútbol argentino no vivía a mediados de la década de 1970 su mejor época. Los torneos eran disparatados. La situación económica de los clubes y de la AFA era paupérrima (solo un ejemplo: en el 77 Menotti viajó a Europa para ver/espiar partidos de las eliminatorias al Mundial y debió pagar todos los gastos porque la AFA no tenía mil seiscientos dólares para adelantarle), la concurrencia a los estadios había disminuido y cada vez que una crisis económica azotaba el país, los mejores exponentes de una generación de jugadores partían al exterior; la última fue a mediados del 76 (Brindisi, Alonso, Kempes, Ortiz, Scotta, Trobbiani, entre otros). Sin embargo, el River de Labruna llenaba estadios, igual que el Boca de Lorenzo o que cualquier gran clásico como el de Avellaneda o el de Rosario. En diciembre de 1976 se disputó la única final de toda la historia de nuestro fútbol profesional entre River y Boca. Cien mil espectadores. Lo mismo sucedía con los recitales de rock. El Luna Park se llenaba y albergaba casi quince mil personas en cada función de los conjuntos sinfónicos que tuvieron éxito en el 76 y 77 como Alas y Crucis; o con las formaciones que lideraba Spinetta, o con La Máquina de Hacer Pájaros, PorSuiGieco o el primer Serú Girán. También pasaba en los cines a pesar de la censura. Una enorme cantidad de gente seguía saliendo, festejando cumpleaños, asumiendo sus tristezas, yendo a trabajar, disfrutando a sus hijos en actos escolares, iniciando romances o rompiendo parejas. Había una vida cotidiana. Esa dimensión es la que muchas veces se olvida, no se tiene en cuenta. No todo se detuvo.

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Se ha sostenido: “Mientras se gritaban los goles en el Monumental, a menos de quinientos metros de ahí se torturaba gente”. Si deseamos ser estrictamente precisos, y algo cínicos, podríamos afirmar, con la misma dosis de verdad que la frase anterior, que los goles se gritaban en el estadio y en la ESMA. Entender esa complejidad, o tan solo admitirla, ayuda a comprender lo que causó el Mundial. Los detenidos clandestinamente sufrían las torturas, la incertidumbre por su vida, eran vejados constantemente, pero los partidos eran un oasis. Pequeño y pasajero. Era un momento en el que se dejaba de torturar y por noventa minutos se recuperaba la ilusión. Otros casos: los grupos de boicots europeos no tuvieron argentinos en sus filas, los exiliados festejaron el título por las calles de las ciudades que los habían acogido, los Montoneros estaban a favor de la realización del torneo: su eslogan principal fue “Argentina campeón, Videla al paredón”. O Hebe de Bonafini recordando que mientras ella lloraba en la cocina, el marido gritaba los goles en el living. El poder del fútbol. No por los mismos motivos, pero (casi) todos apoyaban el campeonato y anhelaban que la Selección triunfara. Eliminar esta realidad de los análisis impide ver el cuadro de situación de manera completa.

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Si, como todo el tiempo repetían sus jerarcas, el Proceso decidió organizar el torneo para mejorar o cambiar la imagen del país en el exterior (para ser estrictos: de su gobierno), el Mundial terminó siendo un fracaso colosal para ellos porque todo el mundo —literalmente— comenzó a prestar atención a la Argentina. Y los crímenes de Estado, hasta ese momento ignorados por muchos, encontraron en el Mundial la más enorme e inesperada propaladora. El Mundial, en vez de tapar los crímenes tal como se sostiene, amplificó las denuncias por las violaciones a los derechos humanos. No funcionó como una gran cortina de humo sino como vidriera de atrocidades. Las Madres de Plaza de Mayo lograron, con sus marchas de los jueves —la primera, el día de la ceremonia inaugural, en la ciudad desierta—, que su lucha fuera conocida en el exterior gracias a las notas de los periodistas europeos. Las campañas de boicot en los países europeos no consiguieron que ningún equipo dejara de participar en el campeonato. Pero estuvieron lejos de fallar. Difundieron de manera eficaz, y con progresión geométrica, el caso argentino en todo el mundo.

Los militares denunciaron que la subversión internacional había desatado una campaña propagandística contra el país. Se la llamó campaña antiargentina. Esta no era más que el cúmulo de denuncias por violaciones a los derechos humanos que recibía el gobierno ante organismos internacionales, otros Estados y asociaciones de derechos humanos. El de la “campaña antiargentina” era un concepto que estaba dando vueltas hacía años. Los gobiernos peronistas (y también los anteriores gobiernos militares de Onganía y Lanusse) lo utilizaron con frecuencia aplicado a variadas situaciones. El Mundial sirvió como excusa perfecta. Los militares tomaron ese concepto que estaba en el aire y lo exacerbaron y lo explotaron al máximo. Instalaron la contracampaña. Eso que estaba en el imaginario argentino, lo sistematizaron y le sacaron provecho en beneficio propio. No debe dejarse de tener en cuenta que si la contracampaña prosperó tan rápidamente y obtuvo tanto eco interno, no fue solo culpa (o mérito) del periodismo sino de una predisposición al victimismo cultural e histórico de la sociedad.

Los periodistas extranjeros que viajaron a cubrir el torneo, entre la información que circulaba por Europa y las denuncias que les habían acercado los días previos a su viaje al país, esperaban una ciudad gris, sombría. Un paisaje de trincheras, militarizado, en el que sería necesario esquivar bombas y balaceras para llegar a los estadios. Al no encontrarse con este panorama, su opinión, en líneas generales, fue más positiva y elocuente que la esperada. Pero la difusión de los crímenes de Estado ya estaba lanzada gracias al efecto propagador del fútbol. Lo que el fútbol toca, para bien o para mal, sale de las sombras y adquiere visibilidad, relevancia y difusión.

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Una ucronía: pudo ser un Mundial distinto. Se pudo haber jugado en democracia, con veinte equipos (recién en 1975 se revirtió esa decisión y se volvió al formato de dieciséis), con música oficial compuesta por Astor Piazzolla, con estadios diseñados por Mario Roberto Álvarez, con el logo y la señalética creada por Ronald Shakespear1. Sin embargo, la inestabilidad política hizo que los aportes de estos creadores quedaran relegados. Con cada cambio de gobierno, el Mundial cambiaba su fisonomía. Cuanto más cerca se estaba de la fecha, más se empobrecía y las decisiones eran ganadas por la coyuntura o los arbitrios del poderoso de turno.

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Muchos de los personajes involucrados en esta historia parecen obra de un guionista perezoso. Unidimensionales, caricaturescos, creados a trazo grueso. Personas que de lejos parecen tener profundidad, un espesor, pero que al acercarse y escrutarlas demuestran ser muy básicas y predecibles. Manejaban una retórica militar: alambicada, algo ridícula, extremadamente formal, latosa. Lacoste, el mandamás del Mundial, sería el caso testigo. Otros parecen sacados de El libro de los seres imaginarios.

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Las visiones que se centran en “la utilización política” menosprecian la importancia que tiene el fútbol en nuestra sociedad. Los gobiernos utilizan la organización de un evento de esta magnitud para mostrar su país, su obra. Todos intentan usufructuarlo. Eso es inherente a cada Mundial, a cada Juego Olímpico. La atracción del Mundial, ese conjuro que se despliega cada cuatro años, es poderosísima y no es el fruto de la construcción de ningún gobierno. Quienes no se sienten atraídos por el deporte, en ese mes sucumben al magnetismo de la pelota. El 78, entre otras cosas, fue el primer acercamiento masivo en el país de la mujer al fútbol.

Varios especialistas sostienen que el fútbol es uno de los rasgos identitarios de los argentinos. Es muy posible que lo sea. Pero aun si ese no fuera el caso, se debe reconocer que es un hecho social de relevancia en nuestra sociedad. Ese es un presupuesto básico que no parece admitir demasiada prueba en contrario. Como sostienen Daniel Sazbón y Lía Ferrero, “el fútbol como hecho social tiene características propias aun en el marco de una dictadura tan terrible”. Así, al reconocer su importancia social, o al menos su autonomía, se advierte que el intento de subsumirlo a mero instrumento del Proceso es una simplificación que no explica lo sucedido. Es un entramado complejo, compuesto por varios factores que tras una mirada profunda se resisten a la reducción a un solo patrón.

El fútbol es una pasión genuina, misteriosa, multitudinaria. Y es también —cómo negarlo— un gran enmascarador. Tiene capacidad para suspender el tiempo, para cambiar la realidad, para provocar amnesia transitoria, para alterar humores, para hacernos felices, para sumirnos en la tristeza. Al menos por un rato. Para hacer creer en la redención. Genera esperanza y alienación. Menospreciar su impacto es un error.

Acaso la mejor prueba del poder del fútbol sea que, pese a los reiterados intentos, los militares solo pudieron reproducir (y superar) esos niveles de nacionalismo, movilización, euforia y monopolio del interés con una guerra. Y en medio de la guerra, una de las pocas cosas que siguieron sin modificación alguna fue el fútbol: el torneo local continuó y la Selección disputó el Mundial de España.

Ese lugar que tiene en las sociedades se agranda y toma mayor presencia cuando el nacionalismo hace su entrada. Esa mezcla de fútbol y nacionalismo, ese cóctel explosivo, provoca efectos imprevisibles y no siempre deseables. Cada Mundial es un circo nacionalista, un carnaval de chauvinismo. Cada cuatro años la locura se renueva, el honor nacional se pone en juego y los países se paralizan por noventa minutos cada vez que su Selección entra a la cancha. En la fecha final de las eliminatorias para Rusia 2018 hubo variadas muestras de esa conjunción de deseo, irracionalidad y pasión. Se escuchó llorar (sin control, olvidando todo rigor profesional) a relatores de los países más diversos, y la gran mayoría escuchó sin comprender el idioma pero entendiendo a la perfección lo que sentían mientras relataban el gol que clasificaba a su equipo para el Mundial. En pocas horas de diferencia panameños, argentinos, peruanos, islandeses o portugueses se estremecieron y dejaron caer lágrimas de emoción y alegría por sus equipos, mientras a chilenos, sirios u holandeses la congoja los enmudeció.

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El fútbol, en especial en estas latitudes, desquicia todo lo que toca. En un país desquiciado, en un tiempo más desquiciado todavía, llegó el Mundial. La ecuación solo podía tener un resultado: desquicio al cubo.

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Cada instancia del Mundial o cualquier factor que lo bordeó fue terreno propicio para la magnificación. Fue el reino de la hipérbole. Todo era “enorme”, “perfecto”, “inigualable”, “nunca visto”, “lo mejor del mundo”. La mejor fiesta inaugural de la historia, el césped más verde, iluminación incomparable, el mejor público del mundo. El complejo de inferioridad disfrazado de superioridad.

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Sobre un importante aspecto del Mundial casi no se ha escrito. De manera llamativa, la primera Selección campeona del mundo no mereció ningún estudio profundo. Nunca se contó la historia de ese equipo. El ciclo de Menotti no tiene quién lo escriba. El aspecto político del Mundial se fagocitó a esos hombres y a ese plan que pergeñó el técnico en 1974 y que sostuvo laboriosamente hasta la final con Holanda.

En alguna oportunidad Norbert Elias describió de este modo a los alemanes de entreguerras: “A la sombra de un pasado prestigioso con un sentimiento de su propio valor que nadie en el mundo parece querer reconocer”. Esa definición hubiera podido aplicarse a la perfección al fútbol argentino de los años sesenta y principios de los setenta. En los analistas e hinchas argentinos (cuando se trata de la Selección, los primeros suelen contener a los segundos) convivían dos sentimientos que en ese caso se complementaban entre sí, se retroalimentaban: la sobreestimación de nuestras capacidades y el victimismo. Se prefería no ver las evidencias y recaer en un notable y extraño complejo de superioridad. Los eternos campeones morales.

Menotti no creía en el pensamiento mágico. Con un discurso que remitía a la tradición del fútbol argentino, que hacía base en ese concepto tan sagrado como indefinible, que era “La Nuestra”, el estilo histórico, algo etéreo, que había conocido su esplendor en la década del cuarenta, con ese discurso que aludía a la tradición, puso en marcha un plan moderno e inédito. Se suele reconocer que Menotti configuró la Selección Nacional moderna. Fue el primero en dejar sentada su importancia, en crear una estructura. Sin embargo, poco se recuerda lo que tuvo que luchar para que así fuera. Las discusiones, las deserciones de los jugadores, el éxodo de varios cracks, las presiones de los grandes, las amenazas de renuncias. Y los medios de comunicación y los directores técnicos que intentaron moverle el piso a lo largo de los cuatro años.

El trabajo de Menotti tiene un mérito extra. Creó esa estructura de la nada, sin modelos demasiado nítidos que emular y sin un apoyo irrestricto. Debió luchar por cada conquista organizativa, ser imaginativo, tomar ideas de diversas fuentes y adaptarlas al complicado medio local. En un país convulsionado, sin tradición en estructuras duraderas, con vaivenes políticos y económicos, con críticas de la prensa y del público, con un pasado carente de sucesos —a pesar de la extraña y larga convicción popular de que éramos los mejores del mundo— y que cargaba con el peso —y la ventaja— de ser local. Menotti debió atacar varios frentes simultáneos. Y los sorteó con éxito: crear los espacios, generar un calendario, armar un equipo, darle roce internacional, preparar físicamente a los jugadores —reducir la histórica brecha física con los europeos— y fortalecerlo anímicamente para sobrellevar las presiones.

La propuesta de un fútbol lírico generó ilusión pero pocas veces apareció en el campo de juego. En el Mundial, Argentina fue un equipo vertiginoso, escasamente menottista. Pero siempre noble, y con una búsqueda abierta del gol. El plantel estaba repleto de cracks. Al menos siete de esos jugadores merecen esa calificación: Fillol, Passarella, Kempes, Alonso, Houseman, Bertoni y Ortiz (en el plantel del 86 no había tantos fuera de serie y los que lo eran, como Borghi y Bochini, jugaron poco; claro que estaba Maradona). Y de jugadores extraordinarios como Valencia, Olguín, Luque, Ardiles, Gallego, Tarantini y varios más.

Se ha olvidado que el camino previo de este equipo no fue sereno. En muchos amistosos el equipo fue despedido con abucheos. En la Serie Internacional del 77 (clave para configurar el modelo competitivo del equipo) varios referentes fueron silbados por todo el estadio mientras la voz del estadio daba a conocer la formación del equipo. Cada triunfo no alcanzaba en sí mismo. Era un paso preparatorio para llegar a la gran cita. Pero cada derrota era un enorme retroceso. Casi como en el boxeo de los cincuenta: no bastaba con ganar, había que lucirse. Muchas veces las críticas arreciaron a pesar de triunfar (o al menos de no perder). Cada derrota hacía peligrar la continuidad de Menotti. Cada derrota conseguía que desde las tapas de diarios y revistas se propusieran jugadores que no estaban en el plantel. Los rumores corrían a gran velocidad. Los posibles sucesores se acicalaban para la foto. Los distintos medios reflejaban los diferentes intereses políticos y gustos futbolísticos.

Era otro tiempo. Los jugadores del exterior casi no eran considerados. La repatriación generaba resquemores y desconfianza. Para evitar eso, Menotti estableció una lista de intransferibles —tomando el modelo de Brasil, que llegó a tener 72 jugadores imposibilitados de ser transferidos al exterior—, medida que hoy sería imposible siquiera de pensar, no solo por cómo se modificó el mercado futbolístico, sino porque conculcaría todos los derechos laborales posibles.

Los jugadores de ese plantel —la mayoría junto con los campeones juveniles del 79 conformaron la Selección hasta 1982— fueron los primeros que dieron cuerpo a una categoría que hoy es usual: el jugador de Selección. Una categoría también creada por Menotti con sus exigencias de competencia permanente, con su búsqueda de jerarquía y el mantener a lo largo del tiempo a los mismos convocados.

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Ante el cambio de centuria, el diario La Nación realizó una gran encuesta entre deportistas y especialistas para determinar cuáles habían sido los tres deportistas argentinos más destacados del siglo XX y cuáles los tres hechos deportivos más relevantes. En el primer puesto, con comodidad, quedó la conquista del título mundial de fútbol de 1978. Literalmente, parece un resultado de otro siglo. De repetirse esa encuesta en la actualidad, ese triunfo seguramente no estaría ni siquiera en el podio. Ha caído en el descrédito. La gran sombra de la dictadura tapó la gloria futbolística. En el medio, el partido frente a Perú, las sospechas, las denuncias. Los jugadores no consiguieron el prestigio y el reconocimiento que supusieron. Tuvieron que soportar, todos estos años, la falta de reconocimiento, el agravio, las imputaciones, el olvido. Les queda un consuelo nada menor: si hubieran perdido, todo habría sido mucho peor para ellos. Menotti con su alto perfil, sus disputas con el bilardismo —un enemigo posterior al Mundial— y sus opiniones contundentes fue quien siempre estuvo en la primera línea de combate, reclamando reconocimiento para sus jugadores. Tal vez la incomodidad que genera la figura de Menotti sea fruto de su propio accionar. De su discurso articulado y altisonante. De él se esperaban más cosas durante la dictadura a raíz de su declarado comunismo y de su capacidad intelectual. Ocupó un lugar central, privilegiado, usufructuó fama y notoriedad. Entonces, en las malas, cuando cambiaron los humores sociales, el sentido común de la época indicó que era quien debía pagar las culpas o dar mayores explicaciones. Sin embargo, su capacidad y su conocimiento futbolístico nunca fueron puestos en duda. Muchos periodistas que militaron su causa futbolística, que fueron abiertamente menottistas, se alejaron de él luego del 78. Tal vez fuera porque, como decía Elias Canetti, “el que tiene éxito ya solo escucha ovaciones, para lo demás es sordo”. Menotti encierra varias paradojas. Nombrado en democracia, quedó consignado como el “director técnico del Proceso”. En un país clausurado, en el que dominaban la represión y la censura, él trabajó con libertad. Sin embargo, es difícil encontrar declaraciones suyas de la época de la dictadura, sobre todo en los primeros años, que impliquen un aval al régimen. Se podría afirmar algo más. Siendo un personaje de altísima exposición, dejaba filtrar algunas verdades incómodas.

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Los principales postulados sobre el Mundial 78 están fosilizados. Cada vez que algún intelectual, periodista o político se refiere al tema, lo hace con alguna de las frases que integran el blindado catálogo de lugares comunes con que se habla en la discusión pública del campeonato. Los análisis son impermeables a nuevos puntos de vista, a evidencia novedosa u olvidada. Es labor del investigador afrontar su tema con sinceridad, con curiosidad y sin prejuicios. El Mundial 78 impone una especie de trabajo arqueológico, un desafío. Se trata de una época distinta con costumbres diferentes pero no tanto. Esa similitudes dificultan el trabajo; la tentación es asociarlos y trasladar las visiones actuales a ese pasado. Esas pequeñas diferencias son las que alteran el equilibrio, las que permiten comprender algunas situaciones. Para conseguir entender lo que sucedió, hay que evitar los anacronismos, las analogías fáciles: suelen tranquilizar pero pocas veces dicen la verdad sobre el pasado.

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Es imprescindible rescatar, encontrar las voces disonantes, los momentos agrios, las muertes, los asesinatos, las desapariciones y dolor. Pero no se puede reducir todo a eso. El clima general era otro. No sería concordante con lo que sucedió. Ni tampoco con la naturaleza del fútbol, que es popular, impactante, seductor, arbitrario e inesperado. Si bien es un lugar común, no deja de ser cierto: todo puede suceder en el fútbol. Cinco centímetros, a veces menos, hacen la diferencia. Escriben la historia. Y si no, que se lo digan a Rensenbrink, el protagonista del contrafáctico de nuestra historia moderna. La gran ucronía argentina: ¿qué habría pasado si esa última pelota hubiera entrado?2

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Procuré ir tras testimonios, artículos y documentos que ampliaran la visión, que ayudaran a entender más sobre la cuestión. No quedar bajo ningún sesgo. De este modo se encuentran voces complementarias, contradictorias, adversas. También las que titubean, las que dudan. Una aclaración metodológica: a veces el tono de esas voces no es demasiado diferente entre sí; por exigencia de la claridad en la transcripción se empatan los registros. Lo que subsiste son los diferentes discursos, los conceptos divergentes, las experiencias disímiles.

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En caso de ser leído, este libro está destinado más a ser discutido que a provocar adhesión total e inmediata. Eso es lo que se necesita tras años de pensamiento unívoco y poco tolerante.

Es un esfuerzo por comprender ese tiempo. Para ello es imprescindible entrar en la lógica de los que vivían en esa época. Así, estamos obligados a vislumbrar cuáles eran las opciones que tenían, pero principalmente cuáles eran las alternativas que veían.

Este trabajo no tiene la pretensión —o la ilusión— de lo definitivo. Es una pesquisa que intenta plantear cuál es el estado de situación en la actualidad, de explorar nuevos caminos y nuevas discusiones. Pretende abrir la conversación, favorecer a la comprensión de una época.

Se ha escrito poco sobre el Mundial. Los años setenta como categoría editorial han sido la más prolífica dentro de la no-ficción en las últimas dos décadas. Historias oficiales y revisionistas sobre cada aspecto, suceso y personaje de esa época. Pero el Mundial 78 quedó misteriosamente relegado. Como contracara, lo poco que se publicó sobre el tema es muy interesante. El terror y la gloria, de Vitagliano-Gilbert; La vergüenza de todos, de Pablo Llonto; Fuimos campeones, de Ricardo Gotta; un volumen de la colección que surgió del programa televisivo Yo fui testigo; los artículos que fue escribiendo Pablo Alabarces desde Fútbol y Patria en adelante y las investigaciones de Ezequiel Fernández Moores desde hace más de treinta y cinco años, el primero que investigó sobre el tema. Todos comparten una virtud: la nobleza. Son lúcidos y sinceros. Parten de lugares diferentes y analizan distintos matices del Mundial. Este libro, con gratitud hacia esas investigaciones que se animaron a pensar con honestidad y sin preconceptos, dialoga también con ellos, a veces asintiendo y otras contradiciendo lo escrito allí.

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El Mundial como estigma. Como lo disfrutamos tanto, como se festejó de una manera desmesurada, ahora lo criticamos con furia, denostamos a los que participaron, negamos haber festejado. El Mundial como aberración. Nuestra sociedad no sabe de términos medios. Es una época en la que los prejuicios le ganan a la verdad histórica. Para muchos se trató del clímax del Proceso, y bajo ese prisma debe juzgárselo. Otros, en cambio, creen que fue el único momento de felicidad, un breve interregno de veinticinco días, en ocho años —del 74 al 82— de dolor, sangre, oscuridad y muerte.

El Mundial pasó de ser considerado la cumbre de nuestra historia futbolística a ser uno de los eventos infamantes de nuestra historia contemporánea. El recuerdo está mediado no solo por la distancia sino por la mirada que el presente tiene sobre los setenta. El tema genera incomodidad en sus protagonistas y testigos (¿el público fue protagonista de esta historia o mero testigo?). Al ser consultados, lo primero que surge es el aspecto político, posicionarse frente a la dictadura. Excusarse, el “yo no sabía nada”. Luego, lo demás. El otro movimiento frecuente es que el entrevistado tergiverse su propia actuación en ese tiempo, para mostrarse como un resistente, como alguien que se opuso a la dictadura con callada persistencia. Forzar un heroísmo inexistente, generado retrospectivamente. Hay varios ejemplos que lo grafican: la reciente y absurda historia del mozo que supuestamente “escondió” un mensaje en la pintura de la base de los postes, Tarantini saludando a Videla en el vestuario o la enorme dificultad que existe en encontrar a alguien que reconozca que salió a la calle a festejar los triunfos. Guillermo O’Donnell entrevistó a varias personas en 1978. Luego repitió las entrevistas en 1984. Las mismas personas, seis años más tarde, dieron respuestas totalmente diferentes: “Hemos reescrito las memorias individuales. Da mucha culpa la manera en que se actuó”, dijo O’Donnell. Tres décadas después, esa operación de reinvención del pasado se multiplicó.

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En los últimos tiempos, cuando algún tema incomoda, se dice que es “complejo”. Con ese término se concluye la discusión, no hay argumentación. Paradójicamente, cuando se quiere sentar posición (en la discusión pública) se simplifican las cuestiones, aun a riesgo de resignar verdad histórica. A aquellos temas que se desean usufructuar se les retacean los detalles incómodos, los hechos contradictorios.

Se suelen mezclar los hechos del 78 con otros ocurridos en los años posteriores, en especial en 1979 (Ernestina Herrera de Noble en el palco del partido contra Resto del Mundo, Grondona, “Los argentinos somos derechos y humanos”, la burda manipulación de los festejos del Mundial Juvenil para opacar la larga fila de denunciantes ante la CIDH). Pero la situación, a pesar de haber transcurrido solo un año, es muy diferente. El Mundial 78 produjo un quiebre. Hasta ese momento, el fútbol era mirado con recelo. No era prestigioso, estaba relegado a las páginas de deportes. El fenómeno del 78 ocasionó que muchos percibieran el poder que tenía el fútbol como vehículo para transmitir un mensaje. Sin embargo, la gran diferencia es que en ningún otro caso se logró el mismo efecto dado que una explosión de esa naturaleza es imposible de reproducir artificialmente.

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Emparentar al Mundial solo con el Proceso, extirpándole sus otros componentes, podría haber traído aparejado algún beneficio colateral. Hay quienes sostienen que el conocer la historia tiene efectos pedagógicos, que impide repetirla. Daría la impresión de que no sirvió como aprendizaje. Cada uno que tuvo que utilizar un hecho deportivo en su beneficio en las décadas siguientes, lo hizo sin ponerse colorado y destinando ingentes fondos públicos al efecto. Los gobiernos que vinieron después no dudaron en intentar valerse del fútbol para sus fines propagandísticos (la excepción sería Alfonsín y su elegante conducta en los festejos del Mundial 86). Aún está por verse qué beneficios consigue un gobierno con este tipo de conductas de dudosa eficacia.

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Resulta insuficiente analizar alguna de las facetas de esos días de junio prescindiendo de las demás. Conforman un entramado. Las incidencias futbolísticas, las cuestiones políticas, el sufrimiento de los perseguidos, el fenómeno social y el contexto cultural se entrecruzan permanentemente. En ese juego de equilibrios, de concordancias y de contradicciones, de alegrías y dolores, de vida cotidiana y excepcionalidad —todo esto podía darse simultáneamente—, está la verdadera naturaleza del Mundial.

1 En 1972 a Piazzolla se le hizo una propuesta pero nunca se formalizó. Ronald Shakespear diseñó el primer logo del campeonato y Mario Roberto Álvarez encabezó la comisión de estadios de uno de los primeros comités organizadores.

2 Aunque la respuesta tal vez sea menos emocionante y compleja que la esperada. Posiblemente nada habría cambiado en la situación política y social. Los resultados deportivos alteran el humor social solo un tiempo breve.

Los vaivenes de la organización

2. Los fracasos para obtener la sede

«Podemos hacer el Mundial mañana mismo si es preciso. Lo tenemos todo»

Ser sede de un Mundial se había convertido en una obsesión para los argentinos. Ese deseo se había visto frustrado en muchas ocasiones. Era una postergación de cuatro décadas. Desde la promesa incumplida de Jules Rimet que se llevó a su país el del año 38 hasta las derrotas en votaciones mano a mano contra Chile y México por los Mundiales 62 y 70, pasando por la frustración del Mundial 42, el que muchos aseguran que la Segunda Guerra Mundial nos privó de organizar, y por el enfado de Perón por no conseguir el primer Mundial de posguerra. Sobre todas las ocasiones en que Argentina pretendió ser sede se tejieron versiones legendarias, excusas insólitas y relatos que poco tuvieron que ver con lo sucedido en realidad.

Existía un pacto no escrito entre Europa y las federaciones más importantes de Sudamérica que establecía la alternancia de sedes. Sin embargo, la edad avanzada de Jules Rimet y las presiones francesas hicieron que luego del Mundial del 34 realizado en Italia, el siguiente también se hiciera en Europa. El país organizador: Francia, naturalmente.

João Saldanha: Como al Mundial del 30 casi no vinieron equipos europeos, Argentina y Uruguay se comprometieron a no participar en Italia 34. Sin embargo, Argentina envió un equipo amateur finalmente. Más allá de los problemas internos que existían, la decisión fue tomada por la presión de Jules Rimet, quien les comunicó a los dirigentes argentinos que su país debía participar del segundo Mundial si deseaba organizar el tercero. Pero la participación de nada les sirvió. Rimet se llevó el Mundial 38 a su país en nombre de una posible distensión del ambiente en efervescencia de guerra.

Sergio Levinsky: El 15 de agosto de 1936, año en el que comenzó la Guerra Civil en España, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, en pleno ascenso del nazismo, se realizó el Congreso de la FIFA para determinar la sede mundialista de 1938. Argentina tenía tanta potencia en cuanto a dirigencia deportiva que hasta el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol era argentino, Luis Salesi. Pero además el argumento era deportivo: los subcampeonatos olímpico y mundial. Sumado a eso la delegación de la AFA esgrimía un tácito acuerdo de alternancia con los europeos. La delegación francesa, compuesta por diplomáticos, expuso la necesidad de un gran torneo deportivo en el centro de Europa que superara a los Juegos de Berlín y que fuera expresión del mundo libre. Argentina, con una delegación de dirigentes provenientes del fútbol, se quedó con argumentos de escasa justificación y finalizó derrotada en la votación: 18-4.

La reacción a ese primer fracaso moldearía las posteriores. Estupor ante lo que los dirigentes argentinos consideraban una derrota sorpresiva e injusta. Luego llegarían las quejas, las intrigas, las denuncias de un complot internacional, de una campaña antiargentina. Y como corolario, la negativa a participar en el torneo que no se pudo organizar. Así, Argentina, que había enviado un equipo amateur al Mundial 34, no participó en los tres siguientes: Francia 38, Brasil 50 y Suiza 54. Tampoco lo hizo en los Juegos Olímpicos de posguerra ni en los Sudamericanos del 49 y 53.

Valentín Suárez: Yo era el presidente de la AFA. No fuimos al Mundial 50 por diversas causas. Por un lado, había tirantez con la Confederación Brasileña de Deportes. Por otro, pesaba la ausencia de los jugadores que se habían ido tras la huelga del 48. Fue un éxodo de 105 futbolistas. Y mezclados con todo esto estaban los factores políticos. El gobierno nacional no quería que Argentina compitiera en esas condiciones.

Esa falta de competencia, ese aislacionismo tendría un desenlace, trágico desde el punto de vista futbolístico, con la caída por 6 a 1 frente a Checoslovaquia en Suecia 58. Un pequeño detalle para tomar magnitud del desfasaje que vivía el fútbol argentino. Dentro del posible equipo que hubiera viajado al Mundial de Francia en el 38, se supone que habrían estado muchos de los campeones del Torneo Sudamericano del año anterior, entre ellos Ángel Labruna, un joven y letal goleador. Labruna tuvo su revancha mundialista pero veinte años después, con treinta y nueve años de edad. Así le fue a Argentina.

Brasil se quedó con el Mundial del 50. Argentina había mostrado intenciones de organizarlo pero nunca presentó candidatura oficial. Ese mismo año se determinó la sede para el Mundial siguiente. Como le correspondía a Europa, la designada fue Suiza. En 1956, en Lisboa, se confirmó que Suecia sería el siguiente anfitrión. Nuestro país, que no participaba de torneos internacionales hacía años, no tuvo chance de ser considerado. Luego de dos torneos consecutivos cedidos a países europeos, el acuerdo al que se llegó fue que en 1962 el Mundial haría pie en Sudamérica. Los dirigentes argentinos, pese al tiempo que faltaba, se relamieron. Por fin había llegado su turno. ¿Quién podría quitarles su oportunidad?

Osvaldo Pepe: La improvisación argentina fue total. Los dirigentes creyeron ganar solo con discursos floridos y pedantes. Prefirieron otorgarle la sede a un país en el que la televisión estaba en una etapa experimental antes que a Argentina, en la que el sistema ya tenía diez años de antigüedad.

Sergio Levinsky: Argentina se lanzó a organizarlo, pero tendría que lidiar con Chile que también se lo proponía. Argentina parecía amplia favorita, en especial después de tres ocasiones anteriores en las que había estado cerca, pero el persistente trabajo de los dirigentes Juan Pinto Durán y Carlos Dittborn hizo que ganaran los trasandinos. No habían caído bien las palabras del entonces presidente de la AFA, Raúl Colombo, que habían parecido soberbias. Las de Dittborn hacían referencia al futuro. “Podemos hacer el Mundial mañana mismo si es preciso. Lo tenemos todo”, había dicho Colombo. Dittborn, por el contrario, dijo: “Porque nada tenemos, todo lo haremos”. Chile ganó 32 a 10, con 14 abstenciones, pero fue claro que el voto sudamericano se inclinó hacia Chile, que contó con el apoyo de Brasil, Bolivia, Perú, Venezuela y Ecuador.

Dante Panzeri: Los chilenos se movilizaron mucho mejor que Argentina. En aquella oportunidad, Argentina no fue derrotada por un postulante con mayores ofrendas sino por su propia antipatía cosechada en el mundo internacional. Hay muy mala memoria de nuestra agresividad, de nuestras informalidades, de nuestros aislamientos.

Naturalmente, la visión de Panzeri era minoritaria. Nadie quería reconocer que las cosas se hacían mal y que actuando de esa manera los resultados eran previsibles. Con mucha antelación, ante la siguiente contienda, Dante Panzeri volvió a poner un preaviso sobre el fracaso inminente.

Dante Panzeri (20/3/63): La postulación al Mundial 70 es una cosa y su obtención algo muy distante. Tan distante que con antelación a la votación, es convicción del mundo que ella ya está decidida a favor de México. Por muchas razones. Porque México ofrece más. Porque México está mejor preparado. Porque México ha trabajado mucho mejor en la búsqueda del favor o en la demostración del “negocio” del voto que lo proclame sede.

Los dirigentes argentinos seguían empeñados en creer que ganarían la votación solo con promesas y con el prestigio de un fútbol —casi— nunca probado internacionalmente. Las sucesivas derrotas diplomáticas no corregían esa distorsión sobre cómo éramos vistos por los demás. Los traspiés no los hacían escarmentar. Los resultados adversos no los hacían abandonar su soberbia ni modificar su visión sobre el fútbol local ni cambiar su estrategia para ganar votos en las asambleas de FIFA. Como no podía ser de otro modo, la obtención de la sede para organizar llegó gracias a una nueva derrota en una votación en la FIFA. En octubre de 1964, en el congreso de la FIFA celebrado en Tokio se decidió la sede del Mundial 70. Ya se había establecido la alternancia entre Europa y América —Asia y África no eran considerados dentro de las opciones—. Argentina y México presentaron sus candidaturas. México triunfó holgadamente en la votación por 56 votos a 32. Se estableció, también que el 78 debía disputarse en Argentina.

Los dirigentes argentino se justificaban con declaraciones altisonantes, pero que dejaban ver que la inestabilidad política y económica argentina hacían su parte. La FIFA buscaba previsibilidad.

Miguel Pisano, enviado de la AFA al Congreso de FIFA en el que se eligió la sede del Mundial 70 (8/10/64): Los esfuerzos realizados por la AFA para ser designada como organizadora del Mundial 70 no dieron el resultado que se esperaba, porque en la decisión tuvieron injusta prevalencia consideraciones extradeportivas.

Miguel Colombo, presidente de la AFA (10/10/64): Se explotaron en contra nuestra las luchas de Córdoba durante la visita del presidente De Gaulle. Los mexicanos, en los diarios que vi, titularon: “De Gaulle nos regaló la sede”.

Guillermo Cañedo, presidente del Comité Organizador de México 70: Debí librar una dura lucha con los dirigentes argentinos para conseguir la sede para México 70. Argentina deseaba organizar su Mundial. Y nosotros debimos esforzarnos para inclinar la balanza. Recorrí 77 países en tres años. En algunos casos volví seis veces al mismo lugar. Gastamos mucho dinero para imponer nuestra candidatura.

José María Muñoz (7/90): Vimos cómo nos robaban la copa que se disputó en Chile en el 62. Esa era nuestra. Cuando se definió el 70, teníamos un arreglo con los africanos. Fuimos a Japón. Pero a último momento se dieron vuelta y votaron por México. Otra copa más perdida.

A esta altura, ya podemos establecer un claro patrón de conducta. Una a una las sedes fueron cedidas a otros países (a estas frustraciones hay que sumarle la de los Juegos Olímpicos del 56, en los que Buenos Aires perdió por un voto frente a Melbourne) mientras los dirigentes actuaban siempre de la misma manera. Una altivez innata, casi incontrolable; un optimismo irracional, sin basamento en la realidad; nulas dotes diplomáticas; y un escaso poder de seducción. El organizador del gran evento deportivo resultaba, cada vez, el país que se opusiera a Argentina. Las derrotas nacionales en las votaciones eran abrumadoras. Las excusas se repetían.

3. Las primeras e ineficaces comisiones organizadoras

«Argentina debe renunciar al Mundial 78»

En el 35.º Congreso FIFA, el 6 de julio de 1966, se asignaron las sedes de los mundiales de fútbol hasta el año 82. En el caso del 78 no hubo disputa alguna. México declinó su postulación ya que había conseguido la del 70. Solo quedaba en pie la propuesta de Argentina y se confirmó lo dicho dos años antes en Tokio. Sin embargo, la designación debió ser ratificada una ridícula cantidad de veces a lo largo de los años. Todos los gobiernos (democráticos y de facto) demostraron interés en ser anfitriones del campeonato. Trazaron planes, crearon comisiones y casi no ejecutaron obra alguna. La historia de la organización de Mundial 78 es también la historia de la ineficacia de la burocracia estatal argentina. Una sola cosa unió a cada una de esas administraciones: todas intentaron obtener rédito político a través del Mundial.

José María Muñoz (julio de 1990): Aquí siempre hay cosas para hacer. Y yo las hago aunque después aparezca alguien que diga: “Muñoz colaboró con los militares”. Nosotros el Mundial lo hacíamos con quien fuera, civil o militar. Veníamos peleando por eso hacía mucho tiempo. Los giros de la historia determinaron que nos pusiéramos a trabajar con Francisco Manrique, cuando era ministro de Acción Social. Luego, cuando el general Perón era presidente, Pedro Eladio Vázquez, hombre de confianza, me aseguró que el gobierno estaba interesado. En el 78 había una administración militar. El Mundial lo hicimos con ellos y punto.

En 1966, la designación pasó algo inadvertida. Lo que tuvo repercusión fue la derrota en la votación de 1964 frente a México. Faltaban doce años para el 78. Una eternidad. Recién luego de México 70 se asumió como una realidad y se intentó poner en marcha la organización.

Juan Martín Oneto Gaona, interventor de AFA (30/6/70): Acabo de llegar del Mundial de México y estoy preocupado. 1978 está demasiado cerca y ya deberíamos haber empezado a trabajar anteayer. No solo tendremos problemas de estadios. Hay muchos problemas por resolver. Y estamos muy lejos de eso.

Boletín 190 de AFA, plan de trabajo (23/9/70): Antes del 31 de diciembre del 1970 deben cumplirse los siguientes pasos: elección de sedes y subsedes. La FIFA no decidió cuántos equipos participarán. Se estima que serán entre veinte y treinta y dos; se establecen condiciones generales que deben cumplir los estadios; se llama a concurso para la identificación del campeonato. Bases para la elección del logo-símbolo y frase alusiva.

A pesar de las buenas intenciones, ninguno de esos tres puntos del plan de trabajo fue puesto en marcha. No se hizo nada. Ese plan de trabajo era mucho más ambicioso todavía. Se había desarrollado un organigrama exigente e ilusorio:

1971:

Anteproyectos de los estadios.

Adjudicación de las obras.

Identificación del campeonato.

1972-1974:

Construcción de los estadios.

Publicación de boletines informativos mensuales.

1975:

Plazo de reserva para terminar lo inconcluso.

1976-1977:

Inauguración y prueba de estadios.

En octubre de 1970, El Gráfico invitó al país a Guillermo Cañedo, organizador de México 70 y vicepresidente de FIFA. La visita tenía por finalidad concientizar al público y al gobierno nacional de la necesidad de empezar con las obras y de la importancia del campeonato. En pocos días, Cañedo se convirtió en una celebridad. Sus palabras tuvieron una repercusión enorme. Y en muchos casos provocaron molestia y el resurgimiento de actitudes chauvinistas. El tema del Mundial 78 se instaló por primera vez en la opinión pública. Pipo Mancera lo entrevistó en su programa, el de mayor rating de toda la televisión. Y José María Muñoz, además de las múltiples conversaciones que mantuvo en su espacio radial, consiguió que la radio líder, Rivadavia, interrumpiera una tarde su programación habitual para transmitir en directo y sin corte alguno la conferencia de prensa que brindó el mexicano en un hotel porteño. Fueron dos horas y media que trajeron polémica.

Guillermo Cañedo (10/10/70): Ya se perdieron dos años de trabajo. Deben entenderlo: detrás de un Mundial debe estar todo un país. Faltan estadios en condiciones, estacionamientos y lugares para la prensa.

En enero de 1971 comenzaron a escucharse las primeras voces de alarma por la falta de planes concretos y acciones para la organización del torneo. No se había planificado ninguna obra específica, ni había responsables, ni entes designados. Era habitual que la prensa comparara con México y Alemania que habían empezado a trabajar ocho años antes de la cita.

Suplemento Argentina 78 ya (16/2/71): ¿Dónde inauguraremos el Mundial 78? México inició la construcción del Estadio Azteca en 1962, cuando todavía no había sido designado para organizar su Mundial. Nosotros todavía no sabemos nada. ¿Se acondicionará el Monumental? ¿Será el de Racing? ¿Podrá ser el nuevo estadio que Boca levantará en su Ciudad Deportiva para cien mil espectadores sentados y cuya inauguración se anuncia para mayo del 75? ¿Se construirá otro estadio? Son preguntas sin respuestas. Porque no hay decisión y nadie sabe nada. No hay organización.

Con el fin de poner en marcha el plan anterior se nombró un comité organizador, una comisión que tendría como fin orquestar todo lo necesario para conseguir que el Mundial tomara forma. El doctor Oneto Gaona, interventor de la AFA y presidente del comité, brindó una conferencia de prensa en la que lanzó oficialmente el Operativo Mundial 78. La FIFA celebró la noticia. Lo que no se sabía en ese momento (pero se podía sospechar sin hacer gala de demasiada perspicacia) es que esta comisión sería la primera de las innumerables que se nombrarían en los siguientes años. Comisiones que en la mayoría de los casos no tenían lugar físico para reunirse, no consiguieron poner en marcha ni una sola obra ni tomar ninguna decisión conducente. Naturalmente, la integración de cada una de ellas se iba modificando según el signo político del gobierno nacional de turno.

Comité Organizador Mundial 783 (febrero de 1971): Juan Martín Oneto Gaona, presidente; Martín B. Noel, vicepresidente; Enrique Yuste, director de promoción y coordinación; Alejandro Scopelli, secretario general; Alfredo Cantilo, Mario Roldán y Luis Rivas, secretaría para la técnica deportiva; Luis Sobrino Aranda, responsable subsedes; David Barracina y Horacio D’Ángelo, tesorería; Jorge Ricckar Zorraquín, director de relaciones públicas; Luis Rivas, director para prensa, radio y tv.

El Gráfico, “Editorial” (7/12/71): Argentina 78 tendría que ser ya una organización en marcha. Y no están ni siquiera nombrados los responsables. Argentina 78 perdió fuerza como interés nacional simplemente porque no existe el ente que coordine, que proyecte, que haga. Parece mentira.

Francisco Manrique, ministro de Bienestar Social y de quien dependía la AFA, decidió a fines de 1971 prestarle mayor atención al fútbol. Cambió (una vez más) al interventor: Raúl D’Onofrio fue el designado. Así, el 29 de febrero de 1972 se anunció un nuevo comité organizador, presidido en este caso por D’Onofrio. Duró poco. Apenas más de un año después, el 12 de marzo de 1973, se integró un tercer comité cuya cabeza fue el escribano Mitjans. Todo un récord: tres comités organizadores (del mismo evento) en dos años y medio.

El Gráfico, “Editorial” (11/1/72): Todavía no hicimos nada del Mundial 78. Todavía seguimos sumidos en una inactividad que nos asusta.

Raúl D’Onofrio, interventor de AFA (20/1/72): Me hice muy amigo de Guillermo Cañedo. Le pregunté qué era lo más importante que había hecho el gobierno mexicano para favorecer su Mundial. “Dejarme trabajar tranquilo ocho años”, me contestó. Necesitamos continuidad y previsibilidad.

En 1972, junto con el comité formado por D’Onofrio, se consiguió que el gobierno dictara algunas leyes que favorecieran la realización del torneo.

Ley 19.468, artículo 1 (1/2/72): Declárase de interés nacional la organización y realización del XI Campeonato Mundial de Fútbol.

El Gráfico, “Editorial” (8/2/72): La ley que todos esperábamos: la ansiada ley que declara de interés nacional al Mundial 78 ya fue promulgada. Esta medida ha provocado una lógica repercusión de optimismo no solo en nuestro país sino también en el exterior. Martín Noel la recibió en Beirut, donde participaba del cónclave máximo del fútbol; y la noticia seguramente habrá fortalecido sus negociaciones frente a los representantes de FIFA para conseguir— entre otras cosas— que se amplíe a 24 el número de participantes. Ahora hay que acelerar los trabajos y elegir a los hombres idóneos.

La conformación de esta nueva comisión (la segunda) fue celebrada. Muchos de sus integrantes gozaban de un gran prestigio profesional. Además, rápidamente comenzaron a tomar medidas y a difundirlas.

Comisión Técnica Mundial 78 (febrero de 1972): Raúl D’Onofrio, presidente; Martín Noel, vicepresidente; Plinio Garibaldi, secretario de organización deportiva; Enzo Ardigó, secretario de prensa y difusión; Jorge de Lorenzo, secretario de relaciones públicas; Jesús Asiain, secretario; Osvaldo Guerrero, prosecretario; Elías Meta, tesorero; Víctor Barba, protesorero; Luis Conde, coordinador general; Carlos Tacchi, asesor económico; Agricol de Bianchetti y Horacio Bruzzone, asuntos legales; Santiago Saccol, secretario de comunicaciones; Jorge Gómez López, secretario de relaciones internacionales; Mario Roberto Álvarez, secretario de subsedes y estadios; Juan Taccone, secretario de turismo y hotelería.

A mediados de junio de 1972, al congreso de FIFA de Beirut, Martín B. Noel, el enviado argentino, llevó la flamante ley que declaraba el torneo de interés nacional y la conformación de la nueva comisión. Demostraba, de esa manera, apoyo estatal y que por fin se ponía en marcha la organización. A los miembros de FIFA les pareció suficiente y no trataron el tema del cambio de sede. A pedido de Argentina se decidió estudiar la posibilidad de aumentar la cantidad de equipos participantes a veinticuatro. Unos pocos meses después se confirmó que se aumentaría la cantidad de selecciones en el Mundial 78 pero solo en cuatro. FIFA anunció que los equipos serían veinte.

A su vez, con el impulso del ministro de Bienestar Social Francisco Manrique, se lanzó con un éxito y unas expectativas extraordinarias el Prode, el concurso de pronósticos deportivos. En la resolución 1.357 del 28 de abril del 72, que determinaba cómo se distribuirían los ingresos del Prode (que en esas primeras épocas fueron de gran importancia), se establecía que el 3% de todo lo ingresado debía destinarse a un fondo que financiaría las diferentes obras que el Mundial requiriera. Pasados los años, ni un peso de ese dinero se aplicó al Mundial. Todo este entusiasmo inicial se fue diluyendo con celeridad.

El Gráfico, “Editorial” (12/12/72): Argentina debe renunciar al Mundial 78: porque todavía la Comisión de AFA no tiene un organigrama confirmado ni se encuentra en funcionamiento; porque al día de hoy la Comisión no ha recibido importe alguno para ser invertido en la promoción o tareas del torneo. Lo realizado en estos dieciocho meses ha sido con fondos propios y exiguos; porque si bien todavía no se ha hablado de cifras para nuevos estadios o remodelaciones, se puede calcular que serán muy onerosos. Y las comisiones de las subsedes no concretaron ningún plan financiero, en cambio han pedido ayuda a las autoridades nacionales, cosa que ha quedado totalmente indefinida; lo poco que se ha hecho ha sido movilizado por individualidades sin compañía de los organismos gubernamentales competentes; porque los fondos del Prode son muy magros; porque de esos fondos del Prode no han girado ni un peso; porque no se ha hecho enlace con la FIFA; porque las secretarías de Turismo y Hotelería, Subsedes y Estadios, Relaciones Públicas y Prensa no han realizado ninguna de las muchas visitas que deben realizar periódicamente a las subsedes; porque no hay legislación acorde; porque la tesorería de la Comisión no ha efectuado un plan de necesidades inmediatas y mediatas; porque la Comisión Nacional de apoyo no ha funcionado ni se ha acercado al Comité Ejecutivo de AFA; porque ha renunciado el jefe de prensa (Enzo Ardigó) y no se lo ha reemplazado; porque los presidentes de los clubes no se ocupan. Esta es solo la triste realidad. Por esto decimos que debemos renunciar al Mundial 78, aunque esta afirmación pretenda ser “luz roja” y no una conclusión definitiva.

Carlos Basurto, chiste (enero de 1973): Ocho dirigentes reunidos. En la pared, un cartel dice: Mundial 78.

—Anote: Primera sesión “Organización del Mundial 78”.

—Perdón, me olvidé el lápiz.

En esos años la AFA estaba intervenida. La intervención, que se extendió desde agosto del 66 hasta abril del 74, nació a través de un decreto de Onganía y se fue continuando con naturalidad. En esos años pasaron nueve interventores, alguno de ellos de fugaz acción. Todos respondían al poder de turno. Luego de Oneto Gaona y D’Onofrio, le llegó el turno a Horacio Bruzzone, quien en los pocos meses que estuvo pretendió ordenar los números de la AFA, postergando el tema del Mundial 78. No debe perderse de vista que, durante esos años, el Mundial 78 no era el único tema de importancia con el que debían lidiar la AFA y sus dirigentes. El Mundial se veía aún como muy lejano en el tiempo. Los inconvenientes económicos del país (y por ende, del fútbol), la caótica organización del torneo local y los malos resultados de la Selección Mayor (venía de no clasificar a México 70) eran los obstáculos permanentes y cotidianos que debían superar. En ese panorama no era ilógico que el tema de la organización del Mundial quedara siempre postergado. Otro motivo insoslayable era la nula estabilidad de los dirigentes. Nadie podía asegurar que en unos meses seguiría estando en el cargo que ocupaba (ni en la dirigencia deportiva ni en el gobierno nacional). Entonces, dedicar ingresos y esfuerzos a un asunto improbable y futuro, en el que sin el menor lugar a dudas quien estaba asignando recursos al tema no los disfrutaría en el 78 en un cargo de poder, era para espíritus superiores, con cierto costado heroico.

3 Solo Martín Benito Noel y Alfredo Cantilo llegarían a tener algún cargo en el Mundial 78. Noel integró todas las comisiones que se formaron a partir de ese momento. Su buena relación con la FIFA fue fundamental para su supervivencia. Alfredo Cantilo fue el presidente de la AFA durante el Mundial.

4. Los gobiernos peronistas: 1973-1976

«Argentina sabe desde el 66 que organizará el Mundial. ¿Qué han hecho desde entonces?»

En tiempos de gobierno peronista, la Subsecretaría de Deportes dependía del Ministerio de Bienestar Social, a cargo de José López Rega. El 22 de junio del 73, el coronel Jorge Osinde, subsecretario de Deportes, puso en funciones al interventor de AFA Baldomero Gigán. Osinde fue sindicado como uno de los máximos responsables de la Masacre de Ezeiza, acaecida dos días antes de la intervención de la AFA.

Baldomero Gigán (23/6/73): Tengo como objetivo orientar la actividad para lograr la clasificación al Mundial 74 y preparar al país en la organización del 78.

En 1973 Stanley Rous, presidente de la FIFA, visitó el país. Recorrió estadios y evaluó las posibilidades argentinas para organizar el Mundial. Aunque la designación como sede estuviera confirmada, cada contestación era elusiva. No dio respuestas concretas. Con elegancia y habilidad para una seca demagogia, las declaraciones de Rous eran meramente diplomáticas. Estaba en viaje proselitista procurando su reelección en la FIFA. Nadie supo qué opinaba. A todos les quedó la misma sensación que tenían antes de su arribo: por más declaraciones oficiales que hubiera, la candidatura argentina era algo todavía inestable. Si no se comenzaban obras concretas, se podía perder la sede.

El 12 de septiembre de 1973 se creó la una nueva comisión, en este caso bautizada Comisión Pro-Mundial. La dirigía el escribano José Mitjans.

Brian Glanville, revista World Soccer (10/73): No se alcanza a ver aún cómo los argentinos piensan organizar el torneo en medio del caos económico, los secuestros y la actividad guerrillera.

Revista Las Bases (14/11/73): Glanville es súbdito de sus respetables aunque graciosas majestades, fiel a la línea de distorsiones e inexactitudes inaugurada por sus ancestros, poseedores de un inevitable y anacrónico espíritu colonialista.

El Gráfico, “Editorial” (15/1/74): Estamos tan atrasados en la organización de nuestro Mundial que ya hasta dudamos de que nos alcance el tiempo que nos queda para hacer las cosas con la dignidad que merece un acontecimiento tan importante para el país. No se ha hecho ni se hace nada.

Baldomero Gigán se fue de la AFA envuelto en denuncias de corrupción. Un llamado a interpelación al ministro del área, José López Rega, por parte de la Cámara de Diputados, decretó su final. Fernando Mitjans fue nombrado nuevo interventor. Sus primeras medidas tuvieron como fin lograr la “normalización” (ese era el término que ese utilizaba) de la AFA. Ese proceso finalizó el 19 de abril del 74: el mismo Mitjans fue elegido presidente, el primero desde 1966. También se reformó el estatuto de la institución, creando el Comité Ejecutivo y concentrando en el presidente un gran poder.

Ariel Scher: Con la normalización, la AFA dejaba de depender del Ministerio de Bienestar Social, es decir, del área de acción de López Rega, y pasaba a manos de los clubes. La posibilidad de conservar el control de la entidad requería de la ubicación en la cúspide de un hombre afín, que fuera confiable a los ojos del ministro, y facultado legalmente para resolver poco menos que a su arbitrio. Con la modificación estatutaria, López Rega conseguía este objetivo y se aseguraba el control de la entidad.

Fernando Mitjans (16/5/74): Si de alguien puedo expresar mi satisfacción de cómo se me ha apoyado es precisamente de López Rega, me siento muy apoyado.

Aldo Cutrero, miembro de la Comisión AFA Organizadora del Mundial (2/6/74): El Mundial tambalea. Su aceptación significa hacer El Chocón en un año.

En mayo del 74, la FIFA envió telegramas a la AFA solicitando los nombres de los miembros de la comisión de apoyo que concurrirán a Alemania para aprender y ver el funcionamiento de un Mundial. La AFA no respondió y no envió a nadie. Pero Mitjans (y el apoyo de López Rega) duró poco. Una diferencia con Pedro Eladio Vázquez, secretario de Deportes y hombre de López Rega, respecto a la organización del Mundial 78, produjo una crisis. El 4 de junio el Comité Ejecutivo que él había conformado meses atrás le pidió la renuncia a Mitjans. Este, fugando hacia adelante, despidió a todo el Comité Ejecutivo y presentó un recurso de amparo ante la justicia para anular los actos del órgano colegiado. Pero su suerte ya estaba echada. Debió renunciar.

Fernando Mitjans (20/6/74): Mi renuncia tiene como única finalidad destrabar un conflicto. Es una situación injusta. Pero es lo que debo hacer en este momento. Esta crisis interna pone en peligro la realización del Mundial 78.

Una hora después asumió su reemplazante, David Bracuto, presidente de Huracán.

João Havelange, presidente de la FIFA

En Europa, a días de empezar el Mundial de Alemania, en una nueva reunión de la FIFA, la preocupación de los dirigentes del organismo ante la falta de obras fue evidente. Era uno de los primeros contactos directos que tenían con las autoridades peronistas. Algunas promesas, entre ellas la de normalizar y democratizar la AFA, otorgándole estabilidad al presidente que resultara elegido, lograron que la FIFA demostrara más paciencia. Sin embargo, luego de esa reunión fue la primera vez que los voceros de la FIFA no confirmaron a Argentina como sede. Solo dijeron que la decisión se tomaría en octubre cuando visitaran el país. La razón fundamental no fue el poder de convicción de los dirigentes argentinos —ellos mismos declararon que solo ganaron tiempo—. La FIFA estaba en medio de una decisión histórica. En las elecciones más reñidas de la historia, João Havelange le disputaba el poder a Stanley Rous. La victoria del brasileño significó, por primera vez, que el poder del fútbol dejara de pasar por Europa. El panorama era completamente nuevo desde todo punto de vista. Por eso la decisión final sobre el Mundial 78 podía esperar unos meses.

El Gráfico (11/6/74): Un ejército de diplomáticos de Brasil que tienen entre sus manos una dificilísima tarea: agasajar y convencer a los delegados de los países de Asia y África para que voten a Havelange como nuevo presidente de la FIFA, después de 48 años de absoluta hegemonía europea en la cúpula del fútbol mundial. Es impresionante el despliegue publicitario de las huestes brasileras.

João Havelange (15/6/74): Mi primera visita como presidente de FIFA será a la Argentina. Allí charlaré con gente del gobierno y de AFA sobre el Mundial, que será un orgullo para toda América. Tendremos veinte equipos.

El Gráfico (18/6/74): Fue un nuevo triunfo de la diplomacia futbolera. Un triunfo que costó mucho dinero, muchos viajes por el mundo, pero que marca el comienzo de una nueva era. El hombre de la CBF se había cansado de estrechar cuerpos rubios, negros, amarillos y mulatos. Y en su campaña invirtió cinco millones de dólares4.

Este cambio de mando significaba un obvio cambio de eje. Nacía un nuevo orden. Nadie pudo imaginar, en ese momento, cuánto duraría el reinado del brasileño ni cómo modificaría al fútbol. La expansión global y los negocios multimillonarios serán la norma en los años siguientes. El Mundial 78, el primer centro de pruebas de las ideas de Havelange.

Los esfuerzos por mantener la sede. El Mundial tambalea

Paulino Niembro, vicepresidente de AFA (9/6/74): Ganamos sesenta días. La respuesta final la darán el 12 de octubre cuando se reúnan en Buenos Aires. Argentina perdería la chance de organizar el Mundial solo si en octubre no fuéramos capaces de presentar nada.

José María Otero, periodista (11/6/74): Los periodistas de todo el mundo nos preguntan quién dirige la AFA y tenemos que dibujar explicaciones. En Europa se preguntan si Argentina puede organizar un Mundial con la situación política y económica tan variable y que “hay demasiados raptos y atentados”.

Guillermo Cañedo (15/6/74): Hace unos años estuve en su país y les dije que habían perdido el tren de la perfecta organización del Mundial 78. Ahora el tren está cada vez más lejos. Perdieron mucho tiempo y no hicieron nada.

Paulino Niembro (17/6/74): Algunos países se muestran incrédulos de que podamos organizar algo.

Goles, “Editorial” (18/6/74): El Mundial peligra porque no se hizo nada.

Mientras tanto, en los primeros comicios con cuarto oscuro de la historia de la AFA, David Bracuto fue elegido presidente, aunque ya ejercía como tal desde la salida de Mitjans.

El Gráfico, “Editorial”5 (30/7/74): Se ha formado una nueva Comisión Organizadora del Mundial 78. Es la cuarta vez que hay que hacer este anuncio. Ya no se admiten más contramarchas. […] Al regresar del Mundial de Alemania trajimos una sentencia que nos tiene angustiados: “Si para el 12 de octubre de este año —fecha en que se jugará contra España y vendrán casi todos los miembros de la FIFA— no hay hechos concretos, cosas terminadas, corremos peligro de quedarnos sin mundial. Es la última carta y el tiempo, como siempre, nos está superando.

David Bracuto (4/9/74): Cuando Valiño6 volvió de España se nos heló la sangre. Contó que allá en Europa se habla muy mal de nosotros. Todos dicen que no hicimos nada. Necesitamos desmentir esos rumores o estaremos en serios aprietos.

René Courte, vicepresidente de FIFA (noviembre de 1974): La FIFA insiste en la necesidad de la continuidad. En los últimos años varias comisiones se han presentado ante nosotros.

El Gráfico, “Editorial” (9/10/74): Hay algo que para la FIFA es más importante y por el momento no se ha podido concretar: el decreto nacional que autorice la salida de divisas correspondiente a la liquidación del Mundial. Prioridad número uno para la FIFA. El ministro de Economía dio su conformidad verbal pero eso no alcanzó. Hace falta la promulgación del decreto. Si no, no tendremos Mundial. Es irreversible.

El 12 de octubre del 74 fue un día trascendente en la génesis del Mundial 78. Lo que aparentaba ser un amistoso más, sin importancia alguna, entre Argentina y España en la cancha de River, se convirtió en un examen definitorio para la dirigencia argentina. En la organización de ese partido y en la visita que harían el día previo los dirigentes de la FIFA a las diferentes ciudades del país se jugaba el futuro del Mundial. Además, ese día, César Luis Menotti debutó como técnico de la Selección.

João Havelange (12/10/74): El Mundial es de Argentina. Nada ni nadie podrá desplazarla de lo que es suyo por jerarquía moral y deportiva.

La primera reacción fue de euforia. Con el correr de los días las dudas se volvieron a instalar. A pesar de las aseveraciones de Havelange —más un gesto de cortesía que una decisión tomada—, Argentina debía seguir esperando. El Mundial no estaba confirmado. Y eso se debía, no a la perfidia internacional como sostenían algunos medios, sino a que no habían sido iniciadas ninguna de las obras tantas veces prometidas. La visita de la FIFA, se supo, no había sido tan gloriosa como la habían pintado. Alguien había pretendido que los visitantes inspeccionaran todas las sedes en un solo día. Naturalmente los vuelos y las distintas presentaciones se atrasaron. No se pudo cumplir, una vez más, con lo planeado. Como si esto fuera poco, los dirigentes argentinos intentaron convencer a la FIFA de que no había necesidad de construir nuevos estadios, que los modestos y antiguos estadios municipales de Mendoza y Mar del Plata, con unas pequeñas modificaciones, serían ideales para disputar el Mundial. Los dirigentes de la FIFA no sabían si reírse o indignarse. Los parámetros requeridos por los estadios, supusieron, habían sido claros en su momento. De todas maneras, no parece haber sido esto lo peor. El tema que más preocupaba era que no hubiera avances sobre la televisación en colores, requisito indispensable y fuera de toda negociación. Como si todo esto hubiera sido poco, los visitantes tuvieron que presenciar también la “Comedia de Rosario”: la pelea abierta, sin disimulo de los dirigentes de Rosario Central y Newell’s (con insólitas chicanas incluidas) para que su estadio fuera el elegido.

Goles (15/10/74): Un día a bordo del chárter. La cosa vino mal barajada desde el principio. Más de dos horas de demora en la salida del vuelo que terminó produciendo la alteración del programa que incluía pernoctar en Mar del Plata. Visitas apuradas, con algunos discursos interminables (Córdoba) y ofrecimiento de estadios como si fueran mercaderías (Rosario). Todo eso fue dilatando el orden del programa. Mendoza fue, quizás, lo más rescatable a nivel organización. Pero allí se llegó con muchísima demora. Los participantes hicieron oír su voz de protesta. Para colmo, el sábado a la mañana por un problema técnico, el avión retrasó su salida tres horas. Se terminó suspendiendo la visita a Mar del Plata.

El itinerario tenía algo de demencial. Los dirigentes de AFA y de FIFA arrancaron el día con una importante demora en el primero de los vuelos. Del Aeroparque de Buenos Aires a Rosario. Recepción del gobernador de Santa Fe, Sylvestre Begnis. Otros discursos. Visita a la cancha de Newell’s. Luego a la de Central. De allí al aeropuerto de Fisherton para volar hacia Córdoba. Más discursos en Córdoba. Solo vieron una maqueta. De allí al aeropuerto para volar hacia Mendoza. Un coro de niños. Más discursos. Visita a un estadio anticuado y pequeño. Faltaba todavía volar hacia Mar del Plata. Decidieron postergarlo para el día siguiente. Pero esa mañana el avión hacia Mar del Plata no despegó. Problemas técnicos lo impidieron. Algunos creyeron que lo del avión fue una excusa, la coartada perfecta para no viajar a Mar del Plata, donde al no haber obra alguna para mostrar, solo el Estadio Municipal, que al ver la reacción de los dirigentes extranjeros ante el estadio mendocino se sabía que no cumpliría con las expectativas de la FIFA, y se prefirió no pasar más vergüenza y suspender el viaje.

Juan Goñi, miembro del Comité Ejecutivo de FIFA, chileno (12/10/74): Esto es una maratón sin sentido. En tan poco tiempo no se puede llegar a observar nada. Al final viajamos para ver maquetas y escuchar discursos.

João Havelange (11/6/78): No puedo olvidar que en octubre del 74 solo me mostraron terrenos y algunos planos en Mar del Plata, Córdoba y Mendoza. Hoy en esos lugares hay estadios que provocan la envidia de muchos países. Otra cosa sorprendente es la construcción del centro de TV color. Hace dieciocho meses ahí solo había una plaza.

Los dirigentes de la FIFA también se molestaron por la constante presencia de funcionarios oficiales que prometían obras y erogaciones, pero que ante cada crítica censuraban a los visitantes. Percibieron que la AFA no tenía mayor injerencia en el tema. Necesitaban que el gobierno apoyara el campeonato, pero con la intermediación de la AFA. Una vieja hipocresía de la FIFA: prohíbe la interferencia estatal en los asuntos del fútbol pero exige leyes, fondos públicos y modificación de situaciones de hecho cada vez que organiza un Mundial. Canaliza a través de las federaciones nacionales y los comités organizadores las distintas acciones y directivas. Pero su relación es, de forma primordial, con el Estado (y sus funcionarios) en el que se disputa el torneo: mientras propugna el alejamiento del fútbol de los gobiernos nacionales, se relaciona íntimamente y consensua con ellos todo lo referente a su actividad fundamental, los Mundiales.

João Havelange (12/10/74): ¿Cuál será el ente argentino responsable del Mundial? El Mundial es responsabilidad de la AFA. Y de nadie más.

Algunos medios consignaron que João Havelange dejó en el país algunos espías inspeccionando si, una vez que partió la delegación de la FIFA, se continuaban los trabajos en las diferentes subsedes.

João Havelange (12/10/74): Cada seis meses habrá visitas: se recorrerán las obras. Esto no significa ninguna deshonra ni para el gobierno ni para el pueblo argentino. Es la manera de cumplir las normas de FIFA. Muchos problemas deben ser resueltos.

Corriere dello Sport (7/11/74): Perplejidad de la FIFA sobre el Mundial en Argentina.

Il Messaggero (7/11/74): Argentina corre el riesgo de perder el Mundial. La sede, por ahora, sigue siendo Argentina pero están listas las soluciones de emergencia y recambio.

René Courte (10/11/74): Argentina sabe desde el 66 que organizará el Mundial. ¿Qué han hecho desde entonces?

El Gráfico (13/11/74): En Europa difícilmente pasen dos días sin que se lance sobre el tapete la posibilidad de que perdamos la sede del Mundial. Por eso estuvimos semblanteando a cada personaje en este Congreso de la FIFA en el Hotel Jolly de Roma.

La delegación argentina para ese congreso en Roma la integraron: Bracuto, Noel, Paulino Niembro, Fernando Niembro, Santiago Leyden, Carlos Donato, José Epelboim y Oscar Gañete Blasco. Los argentinos no fueron a mostrar obras, no podían mostrar ningún progreso. Recibieron un —nuevo— ultimátum.

Artemio Franchi (noviembre de 1974): Los argentinos son reacios a asumir sus responsabilidades de una manera seria.

Hermann Neuberger (noviembre de 1974): Los argentinos hablan de comenzar el Mundial en septiembre. Para los europeos eso es inaceptable. Tienen solo un estadio en condiciones. Además, el clima social y político, excluye la posibilidad de albergar allí una competencia tan importante.

David Bracuto: Nunca me olvido de las palabras que me dijo João Havelange en Roma, un año después en 1975: “Los argentinos tienen los mejores dirigentes del mundo, pero seguro que en la próxima reunión, dentro de un año, usted no está más”. Lamentablemente fue así…

El 16 de diciembre de ese año, Havelange regresó al país invitado por El Gráfico. En Ezeiza lo recibieron el embajador de Brasil, Constancio Vigil y varios directivos de AFA.

João Havelange (16/12/74): Argentina será la sede. Si no tuviera conciencia de sus posibilidades, no estaría aquí. Vengo porque prometí regresar a ver la sede de Mar del Plata.

Leslie Vernon, World Soccer (3/12/74): El fútbol metido en un gran problema. La FIFA debe actuar: […] Cada miembro de la Comisión de FIFA que recientemente visitó e inspeccionó Argentina está íntimamente convencido de que decir que el escenario para el torneo estará en condiciones es una locura. Un país desdichado, conmovido por constantes alborotos revolucionarios, golpes militares, no es una plaza apta para el desarrollo de una fiesta del deporte. Esta empobrecida AFA no tiene los medios para brindar, simplemente, mejores teléfonos, télex o televisión color para las multitudes de visitantes que deberán recibir. Su presidente David Bracuto informó locuazmente que el torneo podría comenzar mañana mismo si fuera necesario, pero que, en todo caso, todo estaría listo para 1977 con la ayuda del gobierno. Sin embargo, el gobierno argentino ha declarado que tiene cosas más importantes que solucionar. ¡Suficiente! Entonces, ¿por qué la FIFA no tiene el coraje de llamar a esto una triste farsa y procede al nombramiento de Brasil o España como anfitrión para el 78? […] Es una trampa manifiesta darles soga a los bien intencionados argentinos para que se ahorquen ellos mismos. Tarde o temprano, ellos deberán decidirse a que el torneo se juegue en otra parte. Brasil podría mostrarse complaciente y permitir que algunos partidos se jugaran en Buenos Aires, quizá los del grupo de Argentina. […] La FIFA debe tomar ya una decisión definitiva. La espada de Damocles ha estado pendiendo sobre la cabeza de la pobre Argentina desde que fue designada y ya es hora de que alguien tenga el coraje de dejarla caer.

Héctor Catoira, secretario general de Futbolista Argentinos Agremiados (21/1/75): Es público y notorio que el Mundial continúa en fojas cero. Y si seguimos así, nos van a quitar el derecho de organizarlo.

Paulino Niembro (21/1/75): Esto es obra de una actitud antinacional. Están saboteando el campeonato. Es una gran mentira que no hemos hecho nada. Esta declaración de Agremiados atenta contra el gobierno.

A pesar de que ya se había confirmado que la cantidad de equipos se incrementaría a 20, la FIFA extraoficialmente dejaba saber que para el 78, dado el retraso en la organización, seguirían siendo 16. Tanto si el campeonato se disputara en Argentina o en otro país elegido de apuro, cuantos menos equipos hubiera, más sencillo sería organizarlo. La decisión debía ser confirmada con prontitud, ya que había que sortear las eliminatorias y determinar cuántos equipos clasificarían.

El 31 de enero se produjo un encuentro de gran importancia en la Secretaría de Deportes de la Nación. Algunos dirigentes de AFA se reunieron con autoridades nacionales para preparar la documentación que Argentina blandiría en la reunión de Zúrich del 7 y 8 de febrero, en la que se jugaba el futuro del Mundial. La reunión se había concretado no por sugerencia sino por exigencia del Comité Organizador de FIFA, muy preocupado por el estado de situación: sin obras a la vista, con una AFA pauperizada y un gobierno nacional que se deshacía en promesas pero que no podía mostrar casi ningún avance en infraestructura. Por eso, dirigentes y funcionarios decidieron proveer a Bracuto y Niembro, quienes en principio serían los que expondrían en nombre de AFA, de muchos papeles. Promesas, compromisos, garantías, algún proyecto de ley. Lo cierto es que el paquete de “medidas” prometidas surtió su efecto. También es cierto que todos los argentinos involucrados en esos papeles (dirigentes deportivos, ministros, presidente) no ocuparían ningún lugar más que el de público (y en muchas casos, solo televisivo por sus condiciones de detención) tres años después cuando el torneo finalmente se llevó a cabo. La delegación argentina prometió varias cosas. Con aval del Banco Central de la República Argentina, la existencia de libre cambio con un precio oficial estable. Que los impuestos sobre entradas y alquileres de estadios no superarían el 15%. Que los precios de las entradas serían fijadas por FIFA sin injerencia argentina. Y en un documento firmado por la presidenta de la Nación se garantizó que el sistema de comunicaciones sería el adecuado para un evento de estas características, incluyendo televisión color y mejoras en todo lo referente a los teléfonos.

Goles (4/2/75): Cuidado, Zúrich acecha. En Zúrich se juega el futuro de nuestro Mundial.

La posibilidad del cambio de sede

En esa reunión de la FIFA en Zúrich había un punto en el orden del día que preocupaba especialmente a los argentinos. Decía: “Estudiar las diferentes alternativas en caso de que por fuerza mayor, reconocida como tal por la FIFA, se tenga que cambiar el lugar de los Mundiales 78, 82 o 86…”. Ese era el punto de fuga legal para la FIFA para no quedar prisionera de la inacción argentina y cambiar la sede del torneo.

David Bracuto (3/2/75): Argentina se opondrá terminantemente a la modificación del reglamento. Nunca se hizo, así que no sé por qué se hará ahora. Además, a nuestro país le sobran estadios para jugar el Mundial. Podemos darnos el gusto de hacer el Mundial solo en Buenos Aires. En el interior, aparte de lo ya establecido, Corrientes y Tucumán tendrán estadios apropiados para el 78. Ese punto de denominar suplentes será desechado por nosotros en Zúrich.

A lo largo de los años, se barajaron múltiples países para suplir a la Argentina. No sucedió en ningún otro Mundial.

Confirmado (1/6/78): No se recuerda una sede más controvertida ni ratificada que esta. Surgen presiones de todas partes, principalmente de Europa, se instalan fábricas de rumores, incluso en Argentina, para que se le quite la sede y se autopostulan Alemania, España, Bélgica, Holanda y Brasil. La Confederación Brasileña de Deportes capitaneada por Helenio Nuñes, en octubre de 1975, declara que Brasil será sede si Argentina no ofrece las condiciones necesarias.

Los dirigentes europeos no confiaban en Argentina. Los vaivenes económicos, la violencia política, la escasa fiabilidad y continuidad de las políticas públicas, las permanentes promesas incumplidas, la falta de obras, la informalidad. El primer rumor comenzó a circular en 1972. Se decía que Brasil había organizado la Minicopa de ese año para posicionarse como opción para el 78. Se habla de otra posibilidad. Una sede tripartita: Buenos Aires, Porto Alegre, Montevideo. Sería la primera de las muchas alternativas que se barajarían en los medios (y en los pasillos de la FIFA) en los siguientes cinco años.

La reacción argentina siempre fue de indignación. Se recurría a un clásico, el principal argumento bajo cualquier gobierno y en cualquier época: la campaña antiargentina.

Rolando Hanglin (24/8/72): Los ingleses iniciaron una campaña antiargentina para sacarnos el Mundial.

João Havelange fue quien sostuvo a Argentina como organizadora del Mundial. Convergieron diversas causas para que el dirigente brasileño demostrara tanta determinación. En primer lugar, al ser su primer Mundial como presidente de la FIFA debía manejarse con cautela, demostrar autoridad, no ceder a las presiones de los europeos, quienes antes habían detentado el poder ininterrumpidamente desde la fundación del organismo.

João Havelange (16/12/74): Para mí fue una sorpresa enterarme de que Bélgica y Holanda se habían postulado como sedes alternativas.

El Gráfico (12/2/75): Sentados en el hall del hotel leemos el diario Sport de Suiza, en colores, con gran titular a toda página: “Bélgica y Holanda preparados para organizar el Mundial 78”. Nos hicimos traducir el artículo que afirma: “Ya está dado el okay de los gobiernos de ambos países, que tienen los estadios, los hoteles, las comunicaciones y demás requisitos, que Argentina no puede reunir”. Y asegura que la FIFA apoya este cambio beneficioso para el fútbol.

João Havelange (10/2/75): Los rumores se producen por una razón muy simple: porque ustedes no han hecho nada para romper esa imagen. Fui en octubre y no se había hecho nada. Fui en diciembre y no se había hecho nada. ¿Qué pasa si yo vendo la televisión y el día del comienzo nos encontramos con que no tienen los canales de salida para transmitir la imagen? Si ustedes se ponen a trabajar, se terminan todos los rumores.

Havelange también pretendía imponer su nuevo modelo de negocios para el fútbol y sus grandes torneos: la alianza con West Nally, con Coca-Cola, con Adidas. Sin duda, era más factible hacerlo en Argentina, que no iba a mostrar demasiados reparos ni remilgos. Era el banco de pruebas ideal para lanzar su plan de marketing y comercialización. Por otra parte, los países que surgían como posibles reemplazantes en la organización presentaban inconvenientes según la perspectiva de Havelange. España aún no estaba preparada, debían hacerse obras para organizar el torneo; no valía la pena apurarla cuatro años. La otra opción europea era la postulación conjunta de Holanda y Bélgica, impulsada con fuerza y recurrencia por la UEFA: Havelange veía como una claudicación cederle la organización a Europa tras haber triunfado con el respaldo de Sudamérica, África y Asia; y hubiera sido también el fin de la tácita ley de la alternancia América-Europa que regía esos años. Y, tema no menor, el manejo de las finanzas, su influencia y la posibilidad de hacer negocios personales era, evidentemente, mucho menor. La tercera opción era Brasil. Llevar el Mundial a su país en su primer gran movimiento al frente de la institución hubiera resultado impopular, hubiera teñido toda su gestión de parcialidad, no era momento de ser acusado de favoritismos.

Mientras Havelange defendía a Argentina, otros miembros del Comité Ejecutivo de FIFA no ahorraron críticas (siempre justificadas) al atraso en las obras prometidas. Los arreglos personales de Havelange con cada gobierno argentino con el que le tocó lidiar (el peronismo de Isabel y López Rega y la Junta Militar) se desconocen. Pero es una cuestión de lógica pura suponer que existieron. Un fuerte indicio es su relación —confesada judicialmente— con Lacoste.

El Gráfico (7/12/76): Una mención honorífica que no podemos dejar de hacer: la de condecorar periodísticamente a ese caballero del fútbol que se llama João Havelange como “El gran defensor internacional del mundial”.

Aun cuando todo parecía resuelto, y la sede se veía como inamovible, la inestabilidad política del país permitía que se siguieran escuchando rumores y produciéndose movimientos subterráneos para conseguir mudar el Mundial.

Crónica (20/2/76): Brasil va a la carga para sacarnos la sede del Mundial 78: Brasil decidió presentar su candidatura para organizar el Mundial 78 si Argentina desiste de la sede. […] Con el título “Otra vez el fantasma del desistimiento”, el diario especializado Jornal dos Sports ve todo “muy inseguro” y en “nervioso compás de espera”, acotando que “tantas indefiniciones no ocurrieron desde hace 48 años”.

La confirmación definitiva

La reunión en Zúrich de febrero del 75 determinó el fin de las dudas. Argentina sería la sede del Mundial 78.

Goles, “Editorial” (11/2/75): Ahora, la alegría; en adelante, el trabajo: Todo ha terminado según un razonable sentimiento de justicia y, en adelante, no se agitarán sombras sobre el derecho argentino a realizar el Mundial 78. En Zúrich, la FIFA ha dado su voto de confianza al país. La FIFA cree ahora en Argentina sobre todo porque el gobierno está decidido a apoyarlo, abrazando en sus planes trienales todo lo que se refiere a construcciones y modernizaciones necesarias para 1978.

Las Bases (12/3/75): El golazo argentino: Fin de la absurda campaña periodística internacional. Argentina ha sido confirmada como única sede del Mundial 78. Y sede única significa incluso que el voto de confianza a nuestro país ha dejado sin efecto la parte reglamentaria que señala la conveniencia de designar sede alternativa o suplente. En otros términos: Argentina sí o sí.

Pedro Eladio Vázquez (12/3/75): Ha quedado atrás la guerra psicológica desatada contra nuestro país.

Goles (11/2/75): La reunión de FIFA en Zúrich con la presencia de una importante delegación encabezada por el doctor Pedro Eladio Vázquez constituyó un triunfo para nuestro país: quedó asegurado el derecho a organizar el Mundial 78. Quedó disuelta la tentativa de establecer una sede suplente. Argentina cumplirá el plan de obras mucho antes de la fecha que se exige.

Los europeos, alineados detrás de Neuberger y Artemio Franchi, solicitaban al país dos condiciones: que no cambiaran los dirigentes de AFA constantemente (para poder tratar siempre con los mismos) y que el gobierno nacional se involucrara y apoyara mediante dinero, obras y leyes al Mundial.

El arribo sorpresivo a Zúrich de los funcionarios argentinos, encabezados por el secretario de Deportes, Pedro Eladio Vázquez, resultó fundamental para que el país pudiera mantener la sede. El explícito apoyo estatal tranquilizó a la FIFA. La prensa argentina lo reflejó como si se tratara de una victoria monumental y quien se llevó todo el crédito fue Vázquez, que se posicionó frente a la opinión pública como la cara del Mundial. Lo único que a los dirigentes y funcionarios argentinos no les salió como deseaban fue que no consiguieron elevar el número de participantes a veinte. La FIFA se mantenía firme en su idea de no innovar y que, por un Mundial más, los participantes fueran dieciséis. Sin embargo, en este punto la respuesta no había sido definitiva. Debía resolverse unos meses más adelante en una reunión en Dakar.

La presentación argentina en Zúrich podría resumirse en estos puntos:

El gobierno nacional declaró que apoyaba ampliamente el Mundial y aseguraba su realización. Argentina escucharía las exigencias de FIFA. La palabra final en cuanto a la remodelación y construcción de los estadios sería de l ...