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A CONTRALUZ (LUZ Y SOMBRAS 3)

Alice Raine  

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Fragmento

1

Stella

Sucedió el lunes justo antes de comer. Yo estaba sentada a mi escritorio, mirando fijamente el portátil y fingiendo que trabajaba, pero, en realidad, estaba siendo de lo más improductiva. No podía dejar de darle vueltas a lo sucedido en los últimos dos días. Menudo fin de semana más angustioso y estresante… No tenía ni la más remota idea de en qué punto estaba ahora mi relación con Nathan y, al pensar en la desastrosa situación en que me encontraba, solté un largo resoplido. Cada vez que reproducía mentalmente la forma cruel y desalmada en que me había echado de su apartamento el sábado por la noche tras la llegada de su hermano, notaba el inicio de una migraña. Negué con la cabeza, desesperada, y me mordisqueé una uña ya bastante maltrecha. Comprendía que la familia era importante, y era obvio que su hermano había sufrido una especie de crisis, pero, aun con todo, tampoco habría estado de más un poco de civismo a la hora de echarme.

Gruñí de frustración por la futilidad de mis pensamientos y me froté los ojos para aclararme las ideas, pero solo conseguí que el dolor de cabeza se intensificara y se trasladara a las cuencas de los ojos. Ahora acompañaba al retumbar de mis sienes una serie de puntitos blancos que me bailaban delante de los ojos. Qué maravilla, pensé. Exhalé otro enorme suspiro, renuncié a aliviar el dolor y, en su lugar, me recosté en el asiento y dejé de fingir que trabajaba.

Los dedos se me fueron instintivamente a la gargantilla que Nathan me había regalado y, mientras pensaba en él y en sus complicaciones, empecé a enredar con cuidado entre mis dedos las ristras de diamantes como si fueran un carísimo lote de piedrecitas antiestrés. Muchas preguntas sobre mi relación con él habían quedado sin respuesta al tener que salir de su casa tan repentinamente, preguntas que aún no había tenido el valor de analizar con detenimiento porque, pese a lo utilizada que me había sentido el sábado, no podía negar que aún lo deseaba. Mientras había durado nuestra relación en teoría poco convencional como dominante y sumisa, había despertado en mí una especie de respuesta muy visceral que hacía que nunca me saciara de él.

Dejé de toquetearme la gargantilla por miedo a romperla y empecé a girar nerviosa el anillo que llevaba en el pulgar mientras pensaba en la última vez que había estado con él. No había sido precisamente un fin de semana tranquilo, recordé con una mueca de tristeza. Después de que me llamaran para trabajar el sábado pasado, había terminado en la oficina en lugar de pasar el día con Nathan, y luego él me había echado sin ceremonias de su casa al presentarse inesperadamente Nicholas, con lo que solo lo había visto un rato las noches del viernes y el sábado. En consecuencia, ahora estaba muy sensible y me sentía vulnerable y malhumorada, además de muy cachonda.

Conocer a su hermano también había sido algo bastante poco convencional, pensé apartándome de un soplido unos mechones de pelo suelto. Nada de una copa en familia con las correspondientes presentaciones, no. Nicholas Jackson había entrado en el apartamento con su propia llave y después, por lo visto, había sufrido una especie de crisis nerviosa allí mismo, en el pasillo. Lo cierto es que parecía bastante trastornado y no dejaba de repetir que había «perdido el control» y que «la había perdido a ella»; no sé a qué demonios se refería.

Como resultado de mi espantoso fin de semana, ahora me sentía agotada de debatirme sin parar entre cortar o no cortar con Nathan. Ya estaba demasiado implicada y sentía algo por él que estaba completamente fuera de los límites de nuestro absurdo contrato; sabía que cualquiera de las dos opciones terminaría haciéndome sufrir. Además, para mi desgracia, había descubierto que dos noches de sexo con él no eran suficientes para mí; al parecer, necesitaba todo el fin de semana para cargar pilas y poder sobrevivir el resto de la semana sin él. Otra terrible revelación que no hacía más que sumarse a mi espantoso estado de ánimo de aquella mañana.

Oí acercarse poco a poco a mi despacho las voces y los pasos ya familiares de dos de mis jefes que trataban de decidir a qué restaurante ir a comer, de modo que me erguí de inmediato, miré fijamente la pantalla del portátil y me encogí de miedo al recordar mi último pensamiento: ¿sobrevivir el resto de la semana sin él? Madre mía, parecía una alcohólica o algo así. Puse los ojos en blanco. Me había convertido en una puñetera Nathancólica y, por mucho que me empeñara en negarlo, necesitaba mi dosis.

Un súbito y estridente pitido me sacó de mis deprimentes pensamientos. Tardé un segundo en comprender, aturdida, que se trataba de mi móvil, que sonaba y vibraba encima de mi resplandeciente escritorio. No se permitía el uso de teléfonos móviles en la oficina, pero, con lo atontada que estaba aquella mañana, había olvidado silenciarlo. Lo agarré y miré furiosa la pantalla, como si hubiera empezado a sonar a propósito para meterme en un lío, pero, al no reconocer el número, fruncí el ceño y me alejé del despacho principal para contestar. En cuanto pude refugiarme en el pasillo, levanté la tapa y me lo pegué a la oreja.

—¿Qué? —espeté, asustada de lo antipática que había sonado y rezando para que no fuera mi madre o algún cliente importante.

—¡Stella, hola!

Cuando reconocí la voz masculina que sonaba al otro lado de la línea, abrí mucho los ojos e, inmediatamente, noté que parte de la tensión de mi cuerpo se disipaba y una enorme sonrisa asomaba a mi rostro. Se trataba sin duda de una interrupción muy oportuna, y muy bienvenida, a mi anterior estado de depresión autoimpuesta.

—¿Simon? ¡Madre mía, Simon! —grité casi dando un salto pero, al ver que varios compañeros que iban por el pasillo se detenían y se volvían para mirarme, me mordí la lengua y procuré calmarme un poco. Estaba hablando por teléfono en un pasillo de la oficina, no cantando a voces un clásico de ABBA en una biblioteca en silencio. Por el amor de Dios, no era para tanto… No obstante, bajé la voz, los miré encogiéndome de hombros a modo de disculpa y luego me giré hacia el ventanal con una sonrisa de suficiencia. Puede que el desastroso fin de semana con Nathan me hubiera puesto de mal humor, pero me había sorprendido y alegrado tanto oír la voz de Simon que no lograba controlar la emoción que recorría mis venas.

—¿Cuándo has vuelto?

—Esta mañana. Solo tengo cuatro días de permiso, pero confiaba en que pudiéramos tomar una copa juntos esta noche —me propuso expectante con aquella preciosa voz de barítono que tenía.

No lo dudé ni un instante.

—¡Claro! ¡Sí! ¡Dime dónde y cuándo, y allí estaré! —exclamé emocionada, consciente de que la visita de Simon me concedía la ocasión perfecta para posponer cualquier decisión sobre mi relación con Nathan. Si es que las sesiones semanales de sexo por contrato que teníamos se podían considerar una relación, me dije con una risita burlona.

Colgué, retomé el trabajo con energía renovada y me olvidé de Nathan por un rato. Aunque no era tan fácil olvidarse del todo de alguien tan enigmático como Nathaniel Jackson, al menos conseguí centrarme en cosas más productivas y la tarde del lunes, tremendamente aburrida y deprimente, empezó a parecerme mucho más interesante. No podía borrarme la sonrisa de los labios: una velada con Si

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