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A CONTRALUZ (LUZ Y SOMBRAS 3)

Alice Raine  

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Fragmento

1

Stella

Sucedió el lunes justo antes de comer. Yo estaba sentada a mi escritorio, mirando fijamente el portátil y fingiendo que trabajaba, pero, en realidad, estaba siendo de lo más improductiva. No podía dejar de darle vueltas a lo sucedido en los últimos dos días. Menudo fin de semana más angustioso y estresante… No tenía ni la más remota idea de en qué punto estaba ahora mi relación con Nathan y, al pensar en la desastrosa situación en que me encontraba, solté un largo resoplido. Cada vez que reproducía mentalmente la forma cruel y desalmada en que me había echado de su apartamento el sábado por la noche tras la llegada de su hermano, notaba el inicio de una migraña. Negué con la cabeza, desesperada, y me mordisqueé una uña ya bastante maltrecha. Comprendía que la familia era importante, y era obvio que su hermano había sufrido una especie de crisis, pero, aun con todo, tampoco habría estado de más un poco de civismo a la hora de echarme.

Gruñí de frustración por la futilidad de mis pensamientos y me froté los ojos para aclararme las ideas, pero solo conseguí que el dolor de cabeza se intensificara y se trasladara a las cuencas de los ojos. Ahora acompañaba al retumbar de mis sienes una serie de puntitos blancos que me bailaban delante de los ojos. Qué maravilla, pensé. Exhalé otro enorme suspiro, renuncié a aliviar el dolor y, en su lugar, me recosté en el asiento y dejé de fingir que trabajaba.

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Los dedos se me fueron instintivamente a la gargantilla que Nathan me había regalado y, mientras pensaba en él y en sus complicaciones, empecé a enredar con cuidado entre mis dedos las ristras de diamantes como si fueran un carísimo lote de piedrecitas antiestrés. Muchas preguntas sobre mi relación con él habían quedado sin respuesta al tener que salir de su casa tan repentinamente, preguntas que aún no había tenido el valor de analizar con detenimiento porque, pese a lo utilizada que me había sentido el sábado, no podía negar que aún lo deseaba. Mientras había durado nuestra relación en teoría poco convencional como dominante y sumisa, había despertado en mí una especie de respuesta muy visceral que hacía que nunca me saciara de él.

Dejé de toquetearme la gargantilla por miedo a romperla y empecé a girar nerviosa el anillo que llevaba en el pulgar mientras pensaba en la última vez que había estado con él. No había sido precisamente un fin de semana tranquilo, recordé con una mueca de tristeza. Después de que me llamaran para trabajar el sábado pasado, había terminado en la oficina en lugar de pasar el día con Nathan, y luego él me había echado sin ceremonias de su casa al presentarse inesperadamente Nicholas, con lo que solo lo había visto un rato las noches del viernes y el sábado. En consecuencia, ahora estaba muy sensible y me sentía vulnerable y malhumorada, además de muy cachonda.

Conocer a su hermano también había sido algo bastante poco convencional, pensé apartándome de un soplido unos mechones de pelo suelto. Nada de una copa en familia con las correspondientes presentaciones, no. Nicholas Jackson había entrado en el apartamento con su propia llave y después, por lo visto, había sufrido una especie de crisis nerviosa allí mismo, en el pasillo. Lo cierto es que parecía bastante trastornado y no dejaba de repetir que había «perdido el control» y que «la había perdido a ella»; no sé a qué demonios se refería.

Como resultado de mi espantoso fin de semana, ahora me sentía agotada de debatirme sin parar entre cortar o no cortar con Nathan. Ya estaba demasiado implicada y sentía algo por él que estaba completamente fuera de los límites de nuestro absurdo contrato; sabía que cualquiera de las dos opciones terminaría haciéndome sufrir. Además, para mi desgracia, había descubierto que dos noches de sexo con él no eran suficientes para mí; al parecer, necesitaba todo el fin de semana para cargar pilas y poder sobrevivir el resto de la semana sin él. Otra terrible revelación que no hacía más que sumarse a mi espantoso estado de ánimo de aquella mañana.

Oí acercarse poco a poco a mi despacho las voces y los pasos ya familiares de dos de mis jefes que trataban de decidir a qué restaurante ir a comer, de modo que me erguí de inmediato, miré fijamente la pantalla del portátil y me encogí de miedo al recordar mi último pensamiento: ¿sobrevivir el resto de la semana sin él? Madre mía, parecía una alcohólica o algo así. Puse los ojos en blanco. Me había convertido en una puñetera Nathancólica y, por mucho que me empeñara en negarlo, necesitaba mi dosis.

Un súbito y estridente pitido me sacó de mis deprimentes pensamientos. Tardé un segundo en comprender, aturdida, que se trataba de mi móvil, que sonaba y vibraba encima de mi resplandeciente escritorio. No se permitía el uso de teléfonos móviles en la oficina, pero, con lo atontada que estaba aquella mañana, había olvidado silenciarlo. Lo agarré y miré furiosa la pantalla, como si hubiera empezado a sonar a propósito para meterme en un lío, pero, al no reconocer el número, fruncí el ceño y me alejé del despacho principal para contestar. En cuanto pude refugiarme en el pasillo, levanté la tapa y me lo pegué a la oreja.

—¿Qué? —espeté, asustada de lo antipática que había sonado y rezando para que no fuera mi madre o algún cliente importante.

—¡Stella, hola!

Cuando reconocí la voz masculina que sonaba al otro lado de la línea, abrí mucho los ojos e, inmediatamente, noté que parte de la tensión de mi cuerpo se disipaba y una enorme sonrisa asomaba a mi rostro. Se trataba sin duda de una interrupción muy oportuna, y muy bienvenida, a mi anterior estado de depresión autoimpuesta.

—¿Simon? ¡Madre mía, Simon! —grité casi dando un salto pero, al ver que varios compañeros que iban por el pasillo se detenían y se volvían para mirarme, me mordí la lengua y procuré calmarme un poco. Estaba hablando por teléfono en un pasillo de la oficina, no cantando a voces un clásico de ABBA en una biblioteca en silencio. Por el amor de Dios, no era para tanto… No obstante, bajé la voz, los miré encogiéndome de hombros a modo de disculpa y luego me giré hacia el ventanal con una sonrisa de suficiencia. Puede que el desastroso fin de semana con Nathan me hubiera puesto de mal humor, pero me había sorprendido y alegrado tanto oír la voz de Simon que no lograba controlar la emoción que recorría mis venas.

—¿Cuándo has vuelto?

—Esta mañana. Solo tengo cuatro días de permiso, pero confiaba en que pudiéramos tomar una copa juntos esta noche —me propuso expectante con aquella preciosa voz de barítono que tenía.

No lo dudé ni un instante.

—¡Claro! ¡Sí! ¡Dime dónde y cuándo, y allí estaré! —exclamé emocionada, consciente de que la visita de Simon me concedía la ocasión perfecta para posponer cualquier decisión sobre mi relación con Nathan. Si es que las sesiones semanales de sexo por contrato que teníamos se podían considerar una relación, me dije con una risita burlona.

Colgué, retomé el trabajo con energía renovada y me olvidé de Nathan por un rato. Aunque no era tan fácil olvidarse del todo de alguien tan enigmático como Nathaniel Jackson, al menos conseguí centrarme en cosas más productivas y la tarde del lunes, tremendamente aburrida y deprimente, empezó a parecerme mucho más interesante. No podía borrarme la sonrisa de los labios: una velada con Simon… Estaba impaciente… Eché un vistazo a la triste ropa de trabajo que llevaba y arrugué la nariz. Con el local tan pijo que había escogido para quedar, sin duda iba a tener que pasar primero por casa para cambiarme. Así que decidí saltarme la comida para poder salir una hora antes del trabajo. Hurgué en el escritorio en busca de una barrita de cereales y empecé a mordisquearla mientras canturreaba contenta, absurdamente feliz de que Simon hubiera elegido justo aquel día para llamarme.

Di una vuelta delante del espejo del vestíbulo de mi casa y descarté con una mirada ceñuda mi actual atuendo. Aquel traje de chaqueta y pantalón me hacía parecer Lady Gaga inflada de esteroides. Solté un bufido, volví corriendo al dormitorio, me desprendí del traje color púrpura y lo dejé en el suelo. Menos mal que había salido pronto del trabajo, porque llevaba cuarenta minutos probándome modelitos y aún no me había decidido por ninguno. Mi dormitorio parecía haber sido bombardeado: había ropa interior, faldas, pantalones y vestidos tirados por todas las superficies disponibles y mi pobre armario estaba completamente vacío. Divisé un vestido en una percha al fondo del armario y sonreí: mi favorito de siempre, perfecto para aquella noche si es que aún me entraba, claro.

Lo descolgué con cuidado, me lo pasé por la cabeza y descubrí aliviada que no solo me valía, sino que me quedaba genial. Uf, ya tenía modelito. Crisis resuelta.

Pensé en Nathan al contemplar mi reflejo en el espejo. ¿Le habría gustado? Hice una pausa, fruncí el ceño y busqué de nuevo con los dedos la gargantilla. Su gargantilla. Con el vestido quedaba fenomenal. Me la había puesto absolutamente todos los días desde que me la había regalado, conforme a nuestro acuerdo. Suspirando, acaricié las delicadas piedras preciosas; eran mi vínculo omnipresente con él pero, después de cómo había terminado nuestro fin de semana, no estaba segura de si debía seguir llevándola. Me mordí el labio inferior y, algo triste, dejé la gargantilla donde estaba. Ya decidiría después si debía llevarla o no. Fui al baño a maquillarme.

Mis tacones resonaron con fuerza sobre las impolutas baldosas blancas y negras mientras pasaba algo intimidada por delante del portero con sombrero de copa y cruzaba el suntuoso vestíbulo del hotel Claridge’s. Sí, exacto, estaba en Mayfair, tratando de encontrarme como en casa en el entorno de uno de los hoteles más exclusivos de Londres, si no del mundo entero. Todo y todos los que me rodeaban parecían poseer una elegancia y un estilo naturales; yo, en cambio, me notaba nerviosa, torpe y fuera de lugar en aquel ambiente formidable, sobre todo por el estruendo de mis taconazos. Me sentí inmensamente aliviada cuando por fin llegué a la puerta del bar sin haberme caído ni haber hecho un ridículo espantoso.

Unos dieciséis segundos después de entrar en aquel bar, más pequeño y algo menos imponente que el hotel que lo albergaba, sencillamente llamado Claridge’s Bar, me vi envuelta por los fuertes brazos de un enorme tío bueno y girando en volandas varias veces, gritando emocionada al tiempo que me asía a Simon como si me fuera la vida en ello. Dios, lo veía más alto de lo que lo recordaba y sus bíceps me parecían más grandes aún. Era evidente que la vida en la Armada le sentaba de maravilla.

Empecé a ver borroso el bar hasta que por fin Simon me dejó en el suelo y conseguí enfocar de nuevo. Vaya, aquel local era im-pre-sio-nan-te, e impactó notablemente en mi constante obsesión profesional por el diseño. Las paredes eran de un color beige suave, los suelos de madera clara y unos elegantes taburetes de cuero rojo punteaban la larga barra que recorría el local. En un extremo del bar había una chimenea de mármol que, en lugar de contar con un fuego, estaba iluminada por varios cirios gruesos y unos preciosos ramilletes de flores blancas encima de la repisa. En conjunto, el lugar era precioso. Jamás había acudido antes al Claridge’s, ya que no entraba en mi presupuesto, pero era típico de Simon reservar en un sitio carísimo cuando venía de visita.

Cuando me depositó en el suelo las piernas me temblaban un poco y, sonriéndome como un chaval, me plantó un beso húmedo en los labios. Luego, guiñándome un ojo, me pasó un brazo por la cintura y me llevó hasta un grupo de personas que inmediatamente identifiqué como sus amigos más íntimos. Aunque solo los veía cuando estaba con Simon, me recibieron con amplias sonrisas, abrazos y besos al aire en las mejillas antes de ponerme, encantados, una copa de champán en la mano.

Champán caro en el Claridge’s. Genial. ¿Se puede pedir más?

—Qué alegría verte, Simon —le dije sonriente, y él me pasó el brazo por el hombro y me arrimó a su cuerpo para darme otro achuchón.

Debía de hacer por lo menos seis meses que no lo veía y suspiré contenta, acurrucada en su cuerpo, tremendamente complacida de volver a verle. Sabía que le encantaba la Armada y que tenía sus motivos para haberse enrolado, pero no pasaba un solo día sin que lo echara de menos.

—Lo mismo digo, Stella. Te veo estupenda, por cierto —añadió con una sonrisa mientras se retiraba un poco para echar un vistazo a mi atuendo.

Le devolví la sonrisa y me relajé; los cuarenta minutos que había invertido en decidir qué conjunto sería más adecuado para un hotel tan exquisito no habían sido en vano. El vestido de cóctel color champán y los zapatos de tacón a juego parecían haber sido una estupenda elección.

Mi intercambio de sonrisas con Simon se vio interrumpido de pronto cuando Jessica, una de sus amigas, se inclinó hacia delante y, nerviosa, me dio unos golpecitos en el hombro para llamar mi atención.

—Madre mía, Stella, no te vuelvas ahora, pero… hay un hombre guapísimo que no deja de mirarte… —me susurró histérica, con los ojos como platos de emoción, mirando por encima de mi hombro a alguien que estaba a mi espalda.

Soy una persona curiosa y, cuando alguien me dice «no te vuelvas ahora», me cuesta resistir la tentación. Y eso hice: giré el cuello para mirar al final del local. Cuando vi a Nathan observándonos desde el extremo de la barra, se me cayó el alma a los pies. ¿Nathan allí? De pronto, noté que no podía respirar, era como si una banda me rodeara el pecho, y se me aceleró tanto el corazón que el pulso empezó a retumbarme con furia en los oídos mientras lo miraba fijamente. Junto a él estaba su hermano Nicholas, ojeroso y con un aspecto muy rudo. Era evidente que, fuera cual fuese aquel «asunto personal», aún no lo había resuelto. Pero no era Nicholas el centro de mi atención, sino Nathan o, para ser más exactos, la mirada asesina que Nathaniel Jackson, mi perverso compañero de alcoba, me estaba dirigiendo.

Madre mía. Tragué saliva ruidosamente y detecté con inquietud que estaba enfadadísimo, tanto que me sorprendí retrocediendo un paso, algo bastante ridículo teniendo en cuenta que lo tenía a unos diez metros de distancia. Un sudor frío empezó a recorrerme la nuca a la vez que notaba un cosquilleo pero, por más que lo intentaba, no lograba apartar la mirada de aquellos intensos y penetrantes ojos azules.

Qué situación tan inesperada, y aterradora… Nunca lo había visto fuera de nuestras citas acordadas. ¿Cómo demonios se supone que debía comportarme? Sobre todo con lo mal que había terminado el fin de semana anterior. Con los ojos aún pegados a los suyos, me sorprendí girando sin parar el anillo que llevaba en el pulgar y frunciendo yo también el ceño. Desde luego allí no lo iba a llamar «señor», eso lo tenía claro. Además, ¿qué demonios hacía él allí? Claro que, pensándolo bien, caí en la cuenta de que era lógico: el elegante interior del puñetero hotel Claridge’s seguramente era como el pub del barrio para alguien tan rico como Nathan. Antes de que pudiera zafarme del brazo de Simon y saludar tímidamente a Nathan, Jessica volvió a inclinarse hacia delante y me agarró del brazo otra vez.

—¡Ay, Stella, me parece que va a acercarse! —dijo con entusiasmo—. ¿Lo conoces? ¿Está soltero?

Por el tono nervioso de Jessica, comprendí que estaba interesada en Nathan. Más que interesada, en realidad… Claro que ¿qué mujer heterosexual no lo estaría? Era la sensualidad personificada, con una buena dosis de melancolía e intensidad como complemento. Sin embargo, en vez de ponerme celosa por el posible interés de Jessica, solo podía pensar en cómo demonios iba a explicarle todo aquello a Nathan antes de que estallara allí mismo.

—Eh…

El resto de mi explicación se perdió mientras yo, sintiéndome culpable, me esforzaba por deshacerme del brazo de Simon y volvía a mirar por encima del hombro a Nathan, que seguía en el mismo sitio, ahora hablando acaloradamente con Nicholas, con los nudillos blancos de apretar los puños y el ceño más fruncido que nunca, tanto que las cejas casi le tapaban los párpados superiores. Tragué saliva con fuerza al ver la mirada de Nathan cuando se volvió hacia mí: asesina. Vaya, esa noche no parecía perturbarle el contacto visual, porque me miraba fijamente y sus gélidos ojos azules desprendían un destello aterrador, suficiente para hacer que me temblaran las piernas. Me mordí el labio con nerviosismo y apenas detecté que la reacción instantánea de mi cuerpo a su presencia era en parte de preocupación, pero también de intensa excitación, porque, Dios, cómo me ponía Nathan cuando rebosaba dominancia de ese modo; me daba simultáneamente en todos los puntos clave y me excitaba.

Conseguí esbozar una levísima sonrisa y me disponía a acercarme a él para explicarme cuando comprobé horrorizada que mascullaba unas últimas palabras a Nicholas y se alejaba resuelto de la barra con su habitual gallardía. Tragando saliva de nuevo, no pude evitar observar que Nathan lucía su devastador look de trabajo: traje de tres piezas gris claro, camisa blanca y corbata burdeos. Impresionante. Masculino, poderoso y contenido. Atraía con su elegancia natural las miradas de casi todas las mujeres que había en el local, y también de algunos hombres, pero sus ojos no se apartaron de los míos mientras se dirigía a mí con una mirada desaprobadora.

Ay, Dios. En otras circunstancias, me habrían emocionado el contacto visual y su atención absoluta, pero esa noche no, porque parecía furioso. Me sudaban las palmas de las manos de los nervios y le daba vueltas tan rápido al anillo del pulgar que no sé cómo no me abrasé el dedo.

Creo que sería justo decir que, cuando llegó a mí, se me salía el corazón por la boca, seguramente acompañado de alguna otra víscera a juzgar por lo que me costaba tragar. Esperaba que me gritara o me exigiera que le explicase quién era Simon, o incluso que empezara a pegarse con él, pero no hizo ninguna de esas cosas. En su lugar, se detuvo sin más, relajó el cuello con un sonoro chasquido, me agarró de la mano con más fuerza de la necesaria y me arrastró hacia la salida.

—Eh, ¿qué demonios haces?

En cuestión de segundos, Simon se lanzó detrás de nosotros con idéntica rabia, pero yo quería a toda costa mantenerlo al margen de aquello; aunque Simon estuviera en la Armada, Nathan era mucho más grande y más fuerte y, a juzgar por lo acelerado y entrecortado de su respiración, estaba muchísimo más cabreado.

—No pasa nada —tartamudeé, procurando sonreír a Simon; mientras Nathan me arrastraba marcha atrás, alcé la mano para dejarle claro que estaba perfectamente.

Un segundo después, Simon había desaparecido de mi vista y a mí me habían sacado a un pasillo fuera del bar y me habían empujado contra lo que parecía un enorme armario de limpieza.

Inspiré hondo, dispuesta a explicarle a Nathan quién era Simon y por qué me tenía abrazada y, cuando me volvía hacia él, me cogió por los hombros y me puso mirando a la pared, con el consiguiente grito por mi parte. Me aplastó la cara y me dejó los pechos planos como tortitas, pero, aun así, conseguí volver la cabeza y pegar la mejilla a la fría superficie. Apenas podía respirar. Echado encima de mí, paseó sus manos posesivas por mi cuerpo al tiempo que sus labios se zambullían en mi pelo en busca de la gargantilla que llevaba puesta. Al final había decidido no quitármela, no sé por qué no me sentía a gusto sin ella, y después de aquel encuentro fortuito con Nathan me alegraba de llevarla.

Madre mía, no me esperaba aquello. Mientras recuperaba el aliento, atrapada por su cuerpo, me di cuenta de que no había habido interrogatorio ni gritos como me temía; de hecho, no había habido palabras en absoluto. Nathan se había limitado a inundarme con su cuerpo duro y caliente, y dada su fuerza, había poco que yo pudiera hacer al respecto. Por suerte, me estaba gustando la repentina atención y, para mi vergüenza, me sorprendí gimiendo de placer cuando empezó a lamerme y besarme febrilmente el cuello alrededor de la gargantilla. La mano libre de Nathan ascendió por la pared a la que yo estaba pegada y le dio un buen repaso a mis pechos a través del tejido del vestido, masajeándome y pellizcándome los pezones hasta que eché la cabeza hacia atrás y gemí de nuevo. Enseguida noté que Nathan me subía el vestido hasta la cintura con una sola mano y deslizaba un dedo por las braguitas para comprobar si estaba húmeda o no. Aunque me pese reconocerlo, después de que me acariciara con tan excitante brusquedad, estaba segura de que sí.

—¿Verde? —me preguntó con voz áspera al oído, y su aliento caliente y húmedo se estrelló en mi piel.

«Verde» era una de nuestras palabras de seguridad y su forma de preguntarme si me parecía bien que continuase. Pese a lo inusual de la situación, yo no quería que parara, ni mucho menos, así que asentí como pude con la cabeza pegada a la pared. En cuanto accedí, introdujo un dedo hasta el fondo y recibí con un aspaviento la súbita intrusión, que se movía en círculos sin compasión en mi cálido interior. Nathan se limitó a gruñir de aparente satisfacción por mi buena disposición y, sin previo aviso ni preliminares, me apartó las braguitas, se bajó la bragueta rápidamente y me penetró ferozmente. ¡Joder! A partir de ese momento hubo poca interacción por mi parte, porque el ritmo de su asalto era absurdo y sus caderas bombeaban sin parar al tiempo que él entraba y salía de mí con furia y alguna que otra embestida brutal con la que me volvía loca.

No pude hacer otra cosa que aferrarme a la pared blanca de madera y tratar de mantenerme erguida. El clímax me llegó con asombrosa rapidez y, a juzgar por el modo en que Nathan se expandía en mi interior, a él también. Justo cuando estaba a punto de explotar, me hincó los dientes en el cuello y succionó con fuerza mientras me lanzaba sus tres últimas embestidas y los dos estallábamos con auténtica violencia: yo revolviéndome en mi prisión y él gruñéndome palabras ininteligibles al oído. Qué barbaridad. Aquello sí que había sido un polvo rápido, no habíamos tardado ni dos minutos de principio a fin.

Me agarré como pude a la pared, humedeciendo la madera en la que apoyaba la mejilla con mis jadeos, aunque, en mi estado actual, apenas me daba cuenta. Había sido algo completamente inesperado y verdaderamente asombroso, pero me moría de vergüenza de pensar que el hotel entero debía de haber oído los gritos de placer. Dios, me iban a echar de uno de los mejores hoteles de Londres por contaminación orgásmico-acústica, ¡qué horror!

No debían de haber pasado más de un par de segundos de su clímax cuando Nathan salió bruscamente de mí, provocándome la consiguiente sensación de vacío. Ni siquiera me limpió con un pañuelo de papel como solía hacer; me dejó pegajosa e incómoda. Cuando conseguí recuperar el aliento, recolocarme la ropa y volverme hacia él, lo encontré con la cremallera de los pantalones subida y un aspecto inmaculado, sin un solo cabello fuera de sitio y apenas un rubor en las mejillas. ¿Cómo lo hacía? Solté un bufido de indignación y negué con la cabeza. Yo debía de tener tal aspecto de haber echado un polvo que no iba a poder disimularlo por mucho que me acicalara; él, en cambio, en milésimas de segundo volvía a ser el hombre guapísimo de siempre.

Cubrió la escasa distancia que nos separaba e, invadiendo mi espacio personal, me miró furioso desde arriba, con una errática pulsación de un músculo de su tensa mandíbula.

—¿Quién diablos era ese cabrón que te tenía cogida por el hombro? —inquirió con crudeza y una expresión tan inquietante en el rostro que una ráfaga de escalofríos me recorrió todo el cuerpo y me hizo temblar.

Cuando el dramatismo de aquel instante estaba a punto de sobrepasarme, caí en la cuenta de que aquel no había sido un polvo más para Nathan, sino una reivindicación territorial de mi persona. No se había propuesto darme placer hasta que le suplicara como de costumbre, se había limitado a coger lo que quería. Aunque en el fondo sabía que Nathan, por muy cabreado, furioso o irritado que estuviera, se habría detenido, sin lugar a dudas, si yo le hubiese dicho «rojo».

Los restos brumosos de mi excitación se esfumaron de inmediato y la rabia se apoderó de mi organismo. ¡Cómo se atrevía a comportarse de ese modo! De no haberme gustado tanto, casi me sentiría un poco violada, y ahora que pienso en el chupetón que me hizo en el cuello, apuesto a que de buena gana me habría dado un puñetero mordisco de vampiro también.

La rabia creciente me hizo abrir mucho los ojos.

—Me follas contra la pared sin mediar palabra, como si fuera una fulana, ¿y ahora me vienes con preguntas? —le grité más que lívida.

Lo vi algo sorprendido por mi arrebato, quizá esperaba que me sintiera culpable o arrepentida. Pues se equivocaba por completo, no tenía motivos para sentirme culpable. ¡Menuda cara! Si ya estaba algo sensible por el modo en que me había echado de su apartamento en plena noche, ahora me sentía utilizada.

Levantó la mano derecha como si fuera a acariciarme, pero se la aparté furiosa de un puñetazo que resonó con fuerza.

—¿Cómo te atreves, joder? —le susurré furibunda, a punto de perder por completo el control. De pronto, me quedó meridianamente claro que mis sentimientos respecto a aquel hombre estaban demasiado exacerbados en ese momento y que debía alejarme de él para no hacer o decir algo de lo que pudiera arrepentirme después—. Vete a la mierda, Nathan —espeté, y salí airada del cuartito, procurando acicalarme por el camino.

Me pasé las manos por el pelo alborotado y volví a estirarme el vestido. Ojalá hubiera un espejo donde pudiera mirarme el cuello, aunque el dolor punzante que sentía debajo de la oreja no me dejaba duda alguna de que tenía una buena marca, así que me lo tapé como pude con el pelo y me dirigí lo más serena posible a donde estaban Simon y sus amigos.

—¿Va todo bien? —me preguntó Simon, intrigado, volviendo a pasarme el brazo por el hombro en cuanto me puse a su lado, apartando la mirada. Como es lógico, sus amigos me observaban fijamente y se preguntaban por qué un furibundo Adonis rubio y corpulento me había sacado a la fuerza de la sala.

Tensa en su regazo, fui de pronto consciente de que seguramente olía a sexo y, para mayor incomodidad, empecé a notarme muy pegajosa la entrepierna. Tendría que haber ido al baño antes de regresar pero, como estaba tan ofuscada, no se me había ocurrido. Dios, qué desagradable…

—Sí, perdona.

Forcé una sonrisa. Me pareció que sopesaba si debía indagar más, pero, antes de que pudiera hacerlo, noté que miraba fijamente por encima de mi hombro y fruncía los ojos, y supe que Nathan estaba allí. De hecho, no me hizo falta verle la cara a Simon para saberlo, porque sentí el mismo cosquilleo en la piel que experimentaba siempre que lo tenía cerca. Inspiré hondo y se me escapó un suspiro entre los labios. Ay, lo que me faltaba, mi exageradamente posesivo dominante estaba a punto de montar un numerito en pleno bar. Y no en un bar cualquiera, en el del Claridge’s, nada menos. Cerré los ojos un instante y procuré controlar la rabia que bullía en mí antes de volverme hacia él.

—Stella —dijo Nathan con sequedad y una inclinación de cabeza.

Se estiró innecesariamente los puños de la camisa, ya perfectos, y metió las manos en los bolsillos del pantalón; luego se plantó delante de mí con aire de suficiencia. No sé por qué su pose me hizo querer, instintivamente, mirarle la entrepierna, pero logré evitar la tentación y le miré a la cara. Aunque se dirigiera a mí, observé que tenía los ojos clavados en Simon y en el brazo con que me rodeaba los hombros. Suspiré con fuerza. Era evidente que no lo iba a dejar correr. Estaba muy cabreada y tenía muchísimas ganas de gritarle y aporrearle el pecho de rabia, pero quería evitar por todos los medios montar un número delante de Simon y sus amigos, así que, a regañadientes, me volví y lo saludé con aspereza.

—Hola… Nathan.

Madre mía, aun estando enfadada, se me hacía extraño llamarlo así. Rara vez utilizaba su nombre de pila desde que habíamos iniciado nuestra relación; por lo general me resultaba más fácil evitar los apelativos con él, salvo el de «señor» en el dormitorio, claro.

Ladeando la cabeza, Nathan posó sus furiosos ojos azules en mí y volvió a mirar fijamente a Simon hasta que la neblina de mi indignación y la turbación de mi reciente orgasmo me permitieron ver que esperaba que se lo presentara.

—Nathan, este es Simon —dije con frialdad señalándolo con la mano—, mi hermano —añadí con sequedad, muy despacio y muy claro, enfatizándolo para asegurarme de que a Nathan y a su estúpida posesividad les quedaba claro que habían malinterpretado una situación completamente inocente.

Noté que el brazo de Simon se movía inquieto alrededor de mis hombros y supe que percibía mi tensión, de modo que completé la presentación para aligerar un poco el ambiente.

—Simon, este es Nathan, un… eh… un amigo —terminé la frase con una tímida mueca teniendo en cuenta que nuestra relación no era precisamente de amistad.

Sobre todo después de lo ocurrido en el escobero, pero ¿qué le iba a decir: «Simon, este es Nathan, el hombre que me ata y me folla los fines de semana y que acaba de echarme un polvo de muerte en el escobero como si fuera una ...