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A HOMBROS DE GIGANTES

Umberto Eco  

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Fragmento

A hombros de gigantes

La historia de los enanos y de los gigantes siempre me ha fascinado. No obstante, la polémica histórica de los enanos y de los gigantes no es más que un capítulo de la lucha milenaria entre padres e hijos que, como veremos al final, nos sigue afectando.

No hace falta recurrir a los psicoanalistas para admitir que los hijos tienden a matar a sus padres —y utilizo el término masculino solo para ceñirme a la literatura al respecto, sin ignorar que ha sido buena y milenaria costumbre, desde las malas relaciones entre Nerón y Agripina hasta los sucesos de la crónica negra, matar también a las madres.

El problema es más bien que, paralelamente al ataque de los hijos a los padres, ha existido siempre el ataque de los padres a los hijos. Edipo, aunque sea sin querer, mata a Layo, pero Saturno devora a sus hijos y, desde luego, a Medea no le dedicaríamos una guardería infantil. Dejemos al pobre Tiestes, que se hace un Big Mac con la carne de sus hijos, sin saberlo, y veamos que, si bien hay herederos del trono de Bizancio que ciegan a sus padres, también hay sultanes en Constantinopla que se protegen de una sucesión demasiado rápida matando a los hijos de las primeras nupcias.

El conflicto entre padres e hijos también puede adoptar formas no violentas, aunque no por ello menos dramáticas. Hay quien se enfrenta al padre burlándose de él, como por ejemplo Cam, que no perdona a Noé un poco de vino después de tanta agua; a lo que, como es sabido, Noé reacciona con una expulsión de tipo racista, desterrando al hijo irrespetuoso a los países en vías de desarrollo. Y unos miles de años de hambre endémica y de esclavitud por burlarse un poco de papá porque había empinado el codo hay que admitir que son excesivos. Aun considerando la aceptación de Abraham, dispuesto a sacrificar a Isaac, como un ejemplo sublime de sumisión a la voluntad divina, diría que al hacer esto Abraham consideraba a su hijo una propiedad de la que podía disponer (el hijo moría degollado y él se ganaba la benevolencia de Yahvé…, decidme si el hombre se comportaba de acuerdo con nuestros cánones morales). Suerte que Yahvé estaba bromeando, aunque Abraham no lo sabía. Que luego Isaac fuera desgraciado se ve por lo que le sucede cuando es a su vez padre: Jacob no lo mata, es cierto, pero le birla el derecho de sucesión con un truco indigno, aprovechándose de su ceguera, estratagema tal vez más ultrajante que un buen parricidio.

Cualquier querelle des anciens et des modernes es siempre una lucha simétrica. Si nos fijamos en la del siglo XVII de la que tomamos la expresión, es cierto que Perrault o Fontenelle afirmaban que las obras de los contemporáneos, por ser más maduras que las de sus antepasados, eran mejores (y, por tanto, los poètes galants y los esprits curieux privilegiaban las nuevas formas del relato o de la novela), pero la querelle surgió y se alimentó porque contra los nuevos se alzaban, con suma autoridad, Boileau y todos aquellos que estaban a favor de una imitación de los antiguos.

Si hay querelle, a los innovadores se oponen siempre los laudatores temporis acti, y a menudo el elogio de la novedad y de la ruptura con el pasado nace precisamente como reacción al conservadurismo reinante. Si en nuestra época han existido los poetas novísimos, todos estudiamos en la escuela que hace dos mil años existieron los poetae novi. En los tiempos de Catulo, la palabra «modernus» no existía aún, pero se llamaba «novi» a los poetas que se remitían a la lírica griega para oponerse a la tradición latina. Ovidio, en el Ars amatoria (III, 120 y ss.), decía «Prisca iuvent alios» («Dejo el pasado a los otros»), «Ego me nunc denique natus gratulor; haec aetas moribus acta meis», etcétera («Estoy orgulloso de haber nacido hoy porque este tiempo me es acorde, porque es más refinado y no tan rústico como los tiempos pasados»). Ahora bien, que los nuevos aburrían a los que alababan el tiempo pasado nos lo recuerda Horacio (Epístolas, II, 1, 75 y ss.), que en vez del término «moderno» utilizaba el adverbio «nuper», para decir que era una lástima que un libro fuese condenado no por falta de elegancia, sed quia nuper, sino solo porque había aparecido el día antes; que es también la postura de quien hoy, al hacer la crítica de un joven escritor, lamenta que ya no se escriban novelas como las de antes.

La palabra «modernus» aparece justamente cuando acaba para nosotros la Antigüedad, o sea, hacia el siglo V d. C., cuando toda Europa queda sumida en el paréntesis de los siglos realmente oscuros que preceden al renacimiento carolingio, los siglos que a nosotros nos parecen los menos modernos. Precisamente en esos siglos «oscuros», en los que se desvanece el recuerdo de las grandezas pasadas y sobreviven los restos de sus cenizas y ruinas, se instaura la innovación, sin que los innovadores sean conscientes de ello. En efecto, es entonces cuando empiezan a afirmarse las nuevas lenguas europeas, tal vez el elemento más innovador y más revolucionario de los últimos dos mil años desde un punto de vista cultural. Paralelamente, el latín clásico se está convirtiendo en el latín medieval. En este período surgen los signos del orgullo de la innovación.

Primer acto de orgullo: el reconocimiento de que se está inventando un latín que ya no es el de los antiguos. Tras la caída del Imperio romano, el viejo continente asiste a la crisis de las culturas agrícolas, a la destrucción de las grandes ciudades, de las vías y de los acueductos romanos y, en un territorio cubierto de bosques, monjes, poetas y miniaturistas ven el mundo como una selva oscura, habitada por monstruos. Gregorio de Tours denunciaba, desde el año 580, el fin de las letras, y no recuerdo qué Papa se preguntaba si todavía eran válidos los bautismos administrados en la Galia, donde se bautizaba in nomine Patris et Filiae (de la Hija) et Spiritus Sancti, porque el clero tampoco sabía ya latín. No obstante, entre los siglos VII y X se desarrolla la llamada «estética hispérica», un estilo que se impone desde España hasta las islas británicas, pasando por la Galia. La tradición clásica latina había descrito (y condenado) este estilo por considerarlo «asiático» (y luego «africano»), en oposición al equilibrio del estilo «ático». Del estilo asiático se condenaba lo que la retórica clásica llamaba el kakozelòn, esto es, la mala affectatio. Y como muestra de que los padres de la Iglesia se escandalizaban hacia el siglo V ante ejemplos de mala affectatio, véase esta invectiva de san Jerónimo (Adversus Jovinianum I):

Hay hoy día tantos escritores bárbaros y tantos discursos confusos por culpa de vicios de estilo que ya no se entiende ni quién habla ni de qué habla. Todo se hincha y se afloja como una serpiente enferma que se parte cuando intenta enroscarse. Todo se desarrolla en nudos verbales inextricables, y habría que repetir con Plauto: «nadie puede comprender salvo la Sibila». ¿De qué sirven estos sortilegios verbales?

Ahora bien, lo que para la tradición clásica eran «vicios», para la poética hispérica se convierten en virtudes. La página hispérica ya no obedece a las leyes de la sintaxis y de la retórica tradicionales; se violan las reglas del ritmo y del metro para producir registros

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