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A LA SOMBRA DEL áRBOL KAURI

Sarah Lark  

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Fragmento

Contenido

Agradecimientos

HIJA DE LAS ESTRELLAS

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HIJA DE LAS SOMBRAS

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EL FIN DEL MUNDO

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SIN ELECCIÓN

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Recibe antes que nadie historias como ésta

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CON LOS OJOS ABIERTOS

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CAMELIAS BLANCAS

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Nota de la autora

Agradecimientos

Como siempre, son muchas las personas que me han ayudado a elaborar este libro. La colaboración con mi editora, Milanie Blank-Schröder, y mi correctora de texto, Margit von Cossart, ha sido, una vez más, extraordinaria: ¡muchas gracias a las dos!

Klara Decker ha cooperado también en esta ocasión leyendo el manuscrito y con sus búsquedas en Internet; y en cuanto al tema «conducir carruajes tirados por caballos en general y la Harness Racing en particular», doy las gracias a Judith Knigge por su asesoramiento en el tema de las luces de los carruajes y los auténticos métodos para matar con ayuda de sulkys.

Mi especial agradecimiento a todos aquellos que siempre están ahí para hacer llegar con éxito las novelas de Sarah Lark de Nueva Zelanda al lector. ¡De distribuidores a libreros, de encargados de prensa a diseñadores de cubiertas, en realidad sus nombres también deberían figurar en las listas de los más vendidos!

Y, naturalmente, nada funcionaría sin mi maravilloso agente Bastian Schlück y todos los trabajadores de la agencia. A todos ellos, una vez más, mil gracias.

SARAH Lark

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HIJA DE LAS ESTRELLAS

Nueva Zelanda, Dunedin y Waikato

1875-1878

Inglaterra, Londres

Gales, Cardiff y Treherbert

1878

1

—¿Y ha recibido clases particulares hasta ahora?

Miss Partridge, la renombrada directora de la Otago Girls’ School de Dunedin, dirigió una severa mirada a Matariki y sus padres.

Matariki respondió con toda serenidad, a pesar de que aquella mujer madura, vestida de oscuro y con monóculo, le parecía un poco rara. Miss Partridge debía de tener la misma edad que las abuelas del poblado maorí, pero allí nadie llevaba aparatos ópticos. La directora, sin embargo, no le infundía temor alguno, como tampoco la habitación con sus muebles oscuros, importados sin duda de Inglaterra, los pesados cortinajes de las altas ventanas ni las paredes cubiertas de numerosas estanterías cargadas de libros. A la pequeña Matariki solo le resultaba insólito el comportamiento de su madre. Ya durante todo el trayecto desde Lawrence hasta Dunedin había mostrado una inquietud rayana en la histeria, no dejó de criticar cómo iba vestida Matariki y lo que hacía, y casi parecía como si fuera ella misma quien tuviese que pasar el examen al que su hija iba a someterse ese día.

—No siempre, se...

Lizzie Drury apenas logró contenerse para no llamar respetuosamente «señora» a la directora, y de hecho había estado a punto de hacer una reverencia al presentarse. Se llamó fríamente al orden. Lizzie llevaba más de diez años casada y era la propietaria de Elizabeth Station, una finca junto a Lawrence. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de trabajar de doncella, pero no podía remediarlo: las formalidades seguían intimidándola.

—Miss Partridge —prosiguió, intentando imprimir firmeza a su tono de voz—. En realidad nuestra hija fue a la escuela de Lawrence. Pero desde que se marcharon los buscadores de oro, la población está decayendo lentamente. Lo que todavía queda... En fin, la cuestión es que no queremos seguir enviando a nuestros hijos allí. Por eso en los últimos años hemos optado por profesores privados. Pese a ello... a estas alturas, la profesora que les enseña en casa ya no puede aportarles nada más.

Lizzie comprobó con dedos nerviosos si seguía bien peinada. Llevaba el cabello rubio oscuro y crespo formalmente recogido bajo un atrevido sombrerito. ¿Tal vez demasiado atrevido? Ante la indumentaria oscura de Miss Partridge, digna pero que en cierto modo le confería un aire de corneja, el azul claro y las flores de adorno de colores pastel casi parecían demasiado audaces. De haber sido por Lizzie, habría sacado del rincón más escondido del armario ropero la aburrida capota y se la habría puesto para adquirir un aspecto más grave. Pero en eso Michael no había condescendido.

—Lizzie, ¡vamos a una escuela; no a un entierro! —había dicho riendo—. Aceptarán a Riki. ¿Por qué no iban a hacerlo? Es una niña espabilada. Y si no fuera así... esta no es la única escuela para niñas de la Isla Sur.

Lizzie se había dejado convencer, pero en esos momentos, ante la implacable mirada de la directora, habría querido que la tierra se la tragase. Poco importaba que la Otago Girls’ School fuera peculiar o no: Matariki era, sin la menor duda, un caso especial...

Miss Partridge jugueteó con el monóculo y adoptó una inequívoca expresión de desaprobación.

—Interesante, pequeña... —señaló, dirigiéndose por vez primera a Matariki en lugar de hablar solo con sus padres—. Tienes... ¿cuántos eran...? ¿Once años recién cumplidos? ¿Y tu profesora particular ya no es capaz de enseñarte más? ¡Debes de ser realmente una niña con mucho talento!

Matariki, totalmente ajena a la ironía del comentario, esbozó una sonrisa, una sonrisa que por lo general alcanzaba a todos los corazones.

—Las abuelas dicen que soy lista —confirmó con su voz dulce y melodiosa—. Aku dice que puedo bailar más haka que todas las demás niñas de mi edad. Y Haeata asegura que podría convertirme en tohunga, sanadora, si siguiera estudiando las flores. Ingoa también...

—Pero ¿cuántas abuelas tienes, niña? —preguntó Miss Partridge, desconcertada.

Los grandes ojos castaño claro de Matariki se perdieron en la distancia mientras iba repasando mentalmente el número de ancianas de la tribu. No tardó demasiado, también en cálculo estaba avanzada para sus años, aunque de esto no eran responsables los profesores particulares ni las «abuelas», sino su ahorradora madre.

—Dieciséis —respondió.

Miss Partridge volvió a dirigir su mirada de un azul acuoso a los padres de Matariki. La expresión dejó a Lizzie sin habla.

—Se refiere a las ancianas de la tribu maorí vecina nuestra —explicó Michael—. Entre los ngai tahu es habitual llamar «abuela» a todas las ancianas, no solo a la abuela biológica. Lo mismo se aplica a los abuelos, tías y tíos... incluso madres.

—Entonces... ¿no es su hija?

Esa idea casi pareció aliviar a Miss Partridge. A fin de cuentas, Matariki no presentaba ningún parecido especial con sus padres. Si bien Michael Drury tenía el cabello oscuro como la niña, sus ojos eran tan azules como el cielo de Irlanda, incluso la forma de hablar delataba todavía sus orígenes. Tenía el rostro de rasgos angulosos, no redondo como el de Matariki, y la tez más clara. De su madre, la niña había heredado la figura menuda y el cabello rizado, pero el de Lizzie era crespo, mientras que el de la pequeña era ondulado. Por añadidura, los ojos de la mujer eran azul claro. La niña no había heredado el color ambarino de sus pupilas de ninguno de los dos.

—¡Sí, sí! —Michael Drury movió la cabeza con vehemencia—. Por supuesto que es hija nuestra.

Lizzie le dirigió una breve mirada cargada de culpabilidad, pero Michael no reaccionó, sino que hizo frente al evidente malestar de la directora de la escuela. Michael Drury tenía sus defectos y lo irreflexivo de su temperamento seguía irritando a Lizzie. No obstante, mantenía sus promesas, también aquella que le había hecho a su esposa, antes de que naciera Matariki, de que nunca reprocharía a la niña lo que su madre era y fue.

En efecto, Michael jamás había mencionado la cuestión de la paternidad, aunque muy poco después del nacimiento de la pequeña había quedado manifiesto que él no podía haber engendrado a esa encantadora niña de piel oscura y ojos castaños. La única observación respecto a ese tema que surgió por entonces estaba relacionada con la elección del nombre.

—¿Querrás llamarla Mary? —había dicho Lizzie, al tiempo que bajaba avergonzada la mirada.

El nombre de Mary Kathleen, el amor de juventud de Michael, casi se habría convertido en el inspirador del de la niña. Pero Michael se había limitado a sacudir la cabeza en un gesto de negación.

En esos momentos Lizzie se irguió. La directora no podía creer que Matariki fuera la hija de esa pareja. Si sabía algo de biología, no podía pasarle por alto que dos personas de ojos azules no podían tener un hijo de ojos castaños.

—Yo soy su madre —declaró con firmeza—. Y además es una hija de las estrellas.

Así había llamado una vez Hainga, la mujer sabia de la tribu maorí, a Matariki. La niña había sido engendrada durante la festividad de Tou Hou. Los maoríes celebraban la fiesta de fin de año cuando la constelación de Matariki, las Pléyades, aparecía por vez primera en el cielo nocturno.

Miss Partridge volvió a fruncir el ceño.

—Así que no solo está dotada de un talento sobrenatural, sino que además su origen es celestial... —comentó.

Matariki observó a la directora de la escuela. Era bastante cándida y las palabras de la mujer no le decían gran cosa, pero sí se dio cuenta de que ofendían a su madre. Y ella no iba a permitirlo.

—Haikina dice que soy la hija de un jefe tribal —declaró—. Es más o menos como ser una princesa. O eso creo yo.

Lizzie casi habría sonreído. En una época también ella lo había pensado. Kahu Heke, el padre de Matariki, la había atraído diciéndole que un día la convertiría en reina. Pero de hecho la situación había tomado un giro distinto... y Haikina había hecho bien en no contar a la niña todo lo referente a su origen.

Miss Partridge pareció todavía más indignada, pero en ese momento Michael reaccionó. Tenía que intervenir, no se quedaría mirando mientras Lizzie se iba achicando cada vez más ante esa matrona impertinente.

—Miss Partridge, se trata de Matariki Drury, hija de Michael y Elizabeth Drury. Es lo que pone en el certificado de nacimiento de Dunedin y así pedimos que lo admita usted. Nuestra hija es una niña inteligente, pero yo tampoco calificaría su talento de sobrenatural. Por otra parte, su profesora particular, Haikina, solo ha asistido a la escuela de la misión. Sabe leer y escribir bien, una habilidad que enseña con afectuoso rigor a nuestros hijos. Pero no habla francés ni latín y no puede preparar a Matariki para estudiar una carrera ni para contraer matrimonio con un hombre de su misma categoría social.

Michael imprimió un tono casi amenazador a las palabras «de su misma categoría social». Que se atreviera la directora a contradecirle. En los últimos años, Lizzie y él no se habían convertido exactamente en barones de la lana, pero sí habían construido un pequeño y muy próspero establecimiento de cría de ovejas con la granja junto a Lawrence. En él no se ocupaban tanto de la producción de lana en grandes cantidades como de la cría de animales de calidad. Era más fácil llevar a término un apareamiento selectivo y experimentar con la obtención de distintas calidades de lana en una empresa pequeña que en las granjas grandes, que ya tenían suficiente trabajo con la regulación de los pastizales y el esquileo. Los carneros y ovejas madre de Elizabeth Station alcanzaban los más altos precios en las subastas y los Drury gozaban de muy buena reputación.

Lizzie, sin embargo, siempre se sentía un tanto desplazada cuando los invitaban a los encuentros de las uniones de los criadores de ovejas o cuando asistían a los bailes que se celebraban allí. Los orígenes de la pareja Drury eran humildes, y Michael, en especial, no mostraba el menor interés por pulir sus modales en sociedad. Lizzie se esforzaba más por lograrlo, pero era tímida. Con gente como los Warden, de Kiward Station, o los Barrington y los Beasley, de Canterbury, le fallaba primero la sonrisa, que solía cautivar a todo el mundo, y luego también la voz. Se había jurado que a Matariki no le ocurriría lo mismo. La escuela para chicas de Otago le facilitaría las herramientas necesarias para ello.

En cualquier caso, Matariki no tendía a la timidez. Tampoco se puso nerviosa cuando, al final, Miss Partridge no tuvo más remedio que hacerle un par de preguntas sobre cultura general y le puso unos problemas de cálculo. Con la voz clara y sin deje alguno de dialecto irlandés o cockney londinense, contra el que Lizzie llevaba toda su vida peleándose, solucionó las tareas. A este respecto, Haikina había sido una profesora ideal. La joven maorí había aprendido en la escuela de la misión un inglés extraordinario y sin ningún acento.

A continuación, Matariki esperó aburrida hasta que Miss Partridge hubo acabado de corregir el dictado. Acto seguido, la directora puso mejor cara. La niña solo había cometido un error en una palabra sumamente difícil.

—Bien, por lo que se refiere a conocimientos no hay ningún impedimento para que ingrese en la escuela —observó Miss Partridge algo agria—. No obstante, deben ustedes tener claro que... esta... Mata... esto... riki, será la única alumna con ese tipo de... de antecedentes exóticos.

Michael ya pretendía protestar de nuevo cuando la directora levantó la mano con aire apaciguador.

—Por favor, señor Drury, se lo digo con la mejor intención. Tenemos aquí a muchachas... en fin, las mejores familias de Canterbury y Otago nos envían a sus hijas, y algunas de esas niñas no están... bueno... no están acostumbradas a...

—¿Se refiere usted a que la mera visión de nuestra hija asustaría tanto a esas chicas que correrían de vuelta a sus casas?

Michael estaba empezando a hartarse. La paciencia no era una de sus virtudes y, si hubiese sido por él, ya se habría marchado a otra escuela de inmediato. Tal vez el instituto de Miss Partridge fuese la mejor escuela para niñas de Otago, pero, como era sabido, no era la única de toda la Isla Sur de Nueva Zelanda. Por otra parte, no veía a Lizzie capaz en absoluto de enfrentarse a otra situación como esa. En ese momento parecía un gatito aterrorizado.

—Digo todo esto por el bien de su hija —respondió Miss Partridge—. La mayoría de estas niñas conocen a los maoríes como criados, en el mejor de los casos. No será fácil.

Lizzie se irguió. Cuando alzaba la cabeza y se enderezaba, parecía más alta y segura; y por primera vez en ese día encarnó a la mujer blanca de quien los ngai tahu hablaban con más respeto en toda la Isla Sur: la pakeha wahine tenía para ellos más mana que la mayoría de los guerreros.

—Miss Partridge, la vida no es fácil —observó con serenidad—. Y será envidiable que Matariki no lo aprenda en peores circunstancias que a través del trato con un par de niñas mimadas de una escuela de señoritas. —Miss Partridge miró por primera vez con admiración a su interlocutora. Hasta hacía unos instantes no la había considerado más que un ratoncito gris, pero ahora... Y Lizzie todavía no había terminado—. Quizás usted misma se acostumbre a su nombre si en el futuro asiste a su escuela. Se llama Matariki.

Miss Partridge frunció los labios.

—Sí... bueno... esto es algo de lo que también deberíamos hablar... ¿No podríamos llamarla... Martha?

—¡Claro que la enviaremos a la Otago Girls’ School!

Los Drury se habían despedido de Miss Partridge sin alcanzar un acuerdo preciso acerca del ingreso de Matariki en la escuela, y Michael había empezado a criticar a esa «tipeja impertinente» en cuanto pusieron el pie en la calle. Lizzie lo dejó refunfuñar un rato, pensando que ya se calmaría mientras iba a recoger a los caballos en el establo de alquiler. Pero cuando sacó a colación la Escuela católica para niñas del Sagrado Corazón, defendió con energía su parecer.

—Otago es la mejor escuela, tú mismo has oído que los barones de la lana envían a sus hijas ahí. Y aceptarán a Matariki. Sería una locura renunciar a eso.

—Esas niñas ricas le harán pasar un infierno —protestó Michael.

Lizzie sonrió.

—Como ya le he explicado a Miss Partridge —señaló ella—, el infierno no se compone de sofás afelpados, muebles ingleses y aulas bien caldeadas. En esos lugares puede que ronden un par de diablillos, pero seguro que no tantos como en Newgate Prison y Wicklow Gaol, los campos de trabajo australianos y los campamentos de buscadores de oro neozelandeses. Nosotros pudimos superar todo eso, ¿no ves a Matariki capaz de enfrentarse a una escuela para niñas?

Michael la miró casi avergonzado por el rabillo del ojo mientras ponía en movimiento a los caballos.

—Siempre será una princesa. —Sonrió y luego se volvió hacia su hija—. ¿Quieres ir a esa escuela, Matariki?

La niña se encogió de hombros.

—La ropa es bonita —respondió, señalando a un par de chicas que pasaban con los uniformes que combinaban el azul y el rojo de la Otago School. Lizzie se sorprendió pensando que su hija tendría un aspecto encantador así vestida. Las blusas blancas también le quedaban muy bien con su tez de brillos casi dorados, los labios de color frambuesa y los bucles negros, tan suaves como el cabello de la misma Lizzie, pero más fuertes y espesos—. Y Haikina dice que las niñas tienen que aprender mucho más que los niños. Quien sabe mucho tiene mucho mana, y el que más mana tiene puede llegar a ser jefe de la tribu.

Lizzie soltó una risa algo forzada. Sabía, por propia y dolorosa experiencia, que tener mucho mana no siempre beneficiaba a una mujer. Por ello decidió, a su pesar, advertir a su hija de las posibles dificultades con que tropezaría en la escuela.

—Pero es posible, Matariki, que no encuentres aquí a ninguna amiga.

La pequeña miró a su madre con aire indiferente.

—Haikina dice que un jefe no tiene amigos. Los jefes son in... in...

—Intangibles —completó Lizzie. También eso le despertaba malos recuerdos.

La niña asintió.

—Yo también lo seré.

—¿Pasamos a ver a los Burton?

Lizzie hizo la pregunta sin mucho entusiasmo mientras el carruaje traqueteaba por las calles toscamente adoquinadas de Dunedin en dirección al suroeste. Si bien el reverendo Burton siempre había sido un amigo para ella, sentía cierto recelo hacia la esposa de este, Kathleen. Michael había amado durante demasiado tiempo a su «Mary Kathleen», y el enlace matrimonial con Lizzie casi había fracasado cuando la pasión de Michael por su antiguo amor se había vuelto a encender. Esta era la razón por la que Lizzie habría preferido romper el contacto con los Burton, y sabía que el reverendo Peter lo entendería. Le gustaba tan poco tener a Michael cerca como a ella tener a Kathleen a su lado. Pero, al fin y al cabo, estaba Sean, el hijo de Kathleen y Michael. El muchacho había conocido a su padre casi en la edad adulta y, aunque no sentían gran entusiasmo el uno por el otro, no debían volver a perderse de vista.

—¿No están en Christchurch? —preguntó Michael—. Pensaba que Heather exponía allí.

Heather era la hija del matrimonio de Kathleen con Ian Coltrane, otra historia que Michael prefería no recordar. Muchos años atrás, cuando lo deportaron por robar unos sacos de grano, se había visto forzado a dejar en Irlanda a su novia Kathleen embarazada. El padre de esta la había casado con un tratante de caballos, Ian Coltrane, quien prometió ser un padre para su hijo. El matrimonio había sido desdichado, pese a lo cual se había visto bendecido con dos hijos más. La benjamina era Heather, que estaba adquiriendo renombre como retratista. Esa semana, una galería de Christchurch exponía sus obras. Kathleen y Peter habían viajado allí con la joven pintora para celebrar el acontecimiento.

Lizzie escuchó las palabras de Michael con atención y no percibió tristeza en ellas. Tampoco Michael parecía morirse de ganas por visitar a los Burton, pese a que todos los interesados se comportaban de modo muy cordial. Pero, por supuesto, debía de resultarle extraño ver a su antigua amada casada y, además, con un sacerdote de la Iglesia de Inglaterra. Michael y Kathleen habían crecido juntos en un pueblo de Irlanda y, claro está, habían recibido una educación católica. Tal vez reunirse con el cultivado e instruido Peter Burton también intimidara un poco a Michael o, aún más, coincidir con el no menos ilustrado e igual de culto Sean.

Aunque Michael podía aceptar que un reverendo fuese más inteligente que él, reaccionaba con cierta susceptibilidad ante el sabelotodo de su hijo, en particular porque el joven, al principio de conocerse, no ocultó que no quería saber nada de su padre biológico. En el ínterin la situación había mejorado algo. Desde que Kathleen se había casado con el reverendo y Michael con Lizzie Owens, Sean ya no se sentía amenazado por la presencia de ese padre que había aparecido de golpe.

—Y Sean todavía estará en el despacho —siguió Michael. El chico había estudiado Derecho en la Universidad de Dunedin y acababa de conseguir su primer trabajo como pasante. Quería ser abogado y trabajaba duramente para ello—. Si queremos verlo, tenemos que quedarnos en la ciudad. ¿Buscamos un hotel?

Entre Dunedin y Elizabeth Station había casi setenta kilómetros y a Lizzie se le encogía un poco el corazón cuando pensaba que, en adelante, iba a estar tan separada de su hija. También dudaba respecto a si pernoctar o no allí. Por una parte le gustaba el lujo de los hoteles de calidad y disfrutaba con una buena cena y una copa de vino en compañía de su esposo. El vino, así como la viticultura, formaban parte de las pasiones de Lizzie, quien incluso intentaba cultivar cepas en su granja. Por otra parte, Haikina seguramente se preocuparía si no volvían por la noche tal como le habían anunciado. La amiga maorí y profesora particular de sus hijos había pasado tantos nervios a causa de la prueba de admisión de Matariki como la misma Lizzie y consideraría un honor que la escuela aceptase a una niña medio maorí. Por añadidura, los chicos estarían haciéndole mil travesuras a Haikina. No le parecía bien dejar a la joven sola con ellos sin haberlo acordado previamente.

—No, vámonos —decidió finalmente Lizzie—. Sean ya tendrá otros planes. Es mejor que no le cojamos desprevenido. Vale más que lo veamos cuando llevemos definitivamente a Matariki a la escuela.

Michael se encogió de hombros y Lizzie volvió a suspirar, aliviada una vez más de que su marido se conformara tan fácilmente con un contacto superficial con Sean y Kathleen. Michael no detuvo los caballos —unos animales bonitos y fuertes, de los que se sentía muy orgulloso— en la iglesia y parroquia de Caversham, un suburbio de Dunedin en el que se hallaba la congregación de Peter Burton. A partir de ahí enseguida se llegaba a la montaña en dirección a Lawrence. La carretera era ancha y estaba bien construida, aunque no era muy transitada. Antes había sido distinto. Lizzie y Michael habían llegado a Otago en la época de la fiebre del oro. Por aquel entonces, todavía se conocía a Lawrence por el nombre de Tuapeka y cientos de hombres llegaban cada día al yacimiento de Gabriel’s Gully. En la actualidad, la zona parecía haber sido el escenario de una guerra: de tanto excavar la vegetación normal había quedado totalmente destruida. Los buscadores de oro habían dejado a sus espaldas un desierto de fango que se recuperaba muy lentamente.

Entretanto, ya hacía mucho que no quedaba oro alrededor de Lawrence, al menos donde tenían acceso los buscadores. Lizzie pensó, con una sonrisa, en las reservas de Elizabeth Station. Solo ella y la tribu maorí vecina sabían cuánto oro llevaba el río a su propiedad y todos tenían el máximo interés en no contárselo a nadie más. Con todo, el oro había financiado la granja de los Drury, hacía a la tribu maorí rica según las escalas de los ngai tahu y permitiría que Matariki ampliara su formación.

Los buscadores de oro se habían trasladado a los nuevos yacimientos cercanos a Queenstown y las poblaciones que ellos habían fundado, antaño grandes y bulliciosas, se iban conviertiendo en pueblos más reducidos, habitados por algunos granjeros y comerciantes. Quedaba, claro está, un poso de maleantes y aventureros, buscadores de oro que eran demasiado viejos, estaban demasiado cansados o simplemente eran demasiado perezosos para volver a probar suerte en otro lugar. Seguían cavando en los bosques que rodeaban Lawrence y, también por ese motivo, Michael y Lizzie preferían no dejar solos a Haikina y los niños en Elizabeth Station. Cuando planeaban pasar la noche fuera de casa, Lizzie pedía protección a la tribu y el jefe les enviaba a un par de guerreros, que acampaban junto al río.

No obstante, los Drury no tenían motivo para preocuparse en esa ocasión. Cuando sus caballos salieron del bosque para tomar el camino de acceso a Elizabeth Station, vieron que había actividad en el río. Un fuerte maorí manejaba una sartén para lavar oro en lo alto de la cascada, mientras Haikina pescaba. Kevin y Pat, los hijos menores de Michael y Lizzie, chapoteaban en el diminuto estanque que había debajo.

Hemi, el marido de Haikina, se contentó con saludar a los recién llegados y siguió moviendo la sartén. Haikina, en cambio, dejó caer la nasa en la orilla y salió al encuentro del carruaje. Era una joven alta y delgada, con el cabello liso y largo hasta la cintura. Para responder a su cargo de profesora llevaba un vestido como los blancos, los pakeha, como los llamaban los maoríes, pero se había subido la falda despreocupadamente por lo que dejaba a la vista sus largas y morenas piernas.

—¿Cómo ha ido, Matariki? —preguntó ansiosa.

La niña se irguió muy seria.

—La educación hace el corazón tan fuerte como un roble —dijo, repitiendo con orgullo el lema de la Otago Girls’ School.

Lizzie miró atónita a su hija. ¿Cómo lo sabía? Debía de haberlo leído en alguna parte y retenido en la memoria.

—Aunque no sé lo duro que es un roble —observó Matariki—. A lo mejor la madera del roble no es tan dura como la del kauri o el totara...

A Michael se le escapó la risa.

—Dios mío, estamos realmente en un extremo del mundo. ¡Los niños crecen sin haber visto nunca un roble! La madera es muy buena, Riki, lo suficiente para un corazón fuerte.

Haikina sonrió.

—Entonces, ¿te han admitido? —preguntó esperanzada.

Matariki asintió.

—Sí. Pero solo como... como... como hija de jefe tribal. Y tengo que llamarme Martha porque las alumnas no saben decir Matariki.

Haikina tomó a la niña entre sus brazos en un gesto espontáneo.

—¡En la escuela de la misión me llamaban Angela! —confesó.

—¡Y yo me llamaré Hongi Hika!

Mientras tanto, Kevin y Pat habían descubierto a sus padres y no se habían tomado la molestia de vestirse o de secarse al menos antes de correr a su encuentro. Pat, el pequeño, se subió al pescante y abrazó a su padre; Kevin, que con ocho años ya se sentía lo suficiente mayor para ir a la escuela de Dunedin y envidiaba a Matariki por gozar de ese privilegio, manifestó con aire triunfal su nombre ficticio.

—Si en la escuela te ponen un nombre nuevo, quiero llamarme como el jefe tribal más importante.

—El más importante es Te Maiharanui —replicó Matariki—. ¡Y Hone Heke! Además en la escuela pakeha no puedes llamarte como un jefe tribal. Solo como un pakeha. A lo mejor... ¿capitán Cook? ¿O príncipe Alberto?

Lizzie rio, pero el rostro de Michael adoptó una expresión severa.

—¡Kevin, tú tienes un noble y antiguo nombre irlandés! Te llamas como tu abuelo, y él destilaba el mejor whisky de Irlanda Occidental. Sin mencionar cómo tocaba el violín y...

—Te pusimos el nombre del santo Kevin —corrigió Lizzie al tiempo que guiñaba el ojo a su marido—. Era un gran hombre, bondadoso, fundó el monasterio de Glendalough. Y es probable que no destilara whisky. Aunque no estoy segura de eso. De todos modos, a ti nadie te cambiará el nombre, no te preocupes.

—¡Solo a las niñas les ponen un nombre nuevo! —informó Matariki, bajando dignamente del carro—. ¡Y también tendré vestidos nuevos!

Michael arqueó las cejas.

—Costará una fortuna —advirtió a Hemi, que acababa de acercarse a él y, sin mediar palabra, le tendió una botella de whisky. Michael tomó un trago y sonrió al maorí—. ¿Volvéis a necesitar dinero? —preguntó, señalando la sartén.

Hemi suspiró.

—Tenemos noticias del norte —respondió—. Y peticiones, si se las puede llamar así.

Como Haikina, también Hemi hablaba bien el inglés, motivo por el que formaba parte del reducido grupo de amigos auténticos de Michael en el poblado maorí. En realidad eran Lizzie, y después, naturalmente, también Matariki, quienes establecían los contactos. Lizzie hablaba la lengua de los ngai tahu y había vivido con ellos. Michael permanecía siempre a su sombra y sospechaba que los guerreros lo consideraban un hombre débil. Pero, al igual que Haikina, Hemi había asistido a la escuela de la misión y luego había trabajado en una gran granja de ovejas. Hacía poco que había regresado a la tribu y, sobre todo, a Haikina.

—¿Peticiones? —preguntó Michael—. Y no me vengas ahora con que a vuestro kingi se le ha ocurrido subir los impuestos.

Hemi rio con aire irónico. Apenas diez años antes no había ningún gobierno central de los maoríes en Nueva Zelanda. Pero a alguien se le había ocurrido la idea de que la posición de las tribus mejoraría a la hora de negociar con los blancos si estaban representadas por un único «rey». Tawhiao, el jefe procedente de la tribu de Waikato, era ahora el segundo de esos kingi.

—Eso sería el final de su reinado —replicó Hemi—. Pero hay asambleas y contribuciones voluntarias, en su mayoría de los jefes que se rebelan contra los pakeha. Y nosotros, los ngai tahu, nos compramos la mar de contentos la libertad. Que se peleen en la Isla Norte. Nosotros preferimos vivir en paz con los pakeha...

En efecto, las tribus de la Isla Sur solían solucionar los conflictos mediante negociaciones.

—Jefes agitadores... me recuerda a Kahu Heke —observó Michael—. ¿Todavía hace de las suyas con los hauhau?

Los maoríes llamaban «hauhau» a una rama del movimiento religioso pai marire que se dedicaba enérgicamente a conservar las tradiciones maoríes y a recuperar en lo posible la tierra que ahora ocupaban los pakeha. Kahu Heke siempre había defendido ese punto de vista, aunque antes de que aparecieran los hauhau le había parecido imposible que se hiciera realidad. Había soñado con una nación maorí gobernada por un kingi fuerte y capaz de imponerse en una Nueva Zelanda libre de pakeha, y durante un tiempo él mismo se había visto en las funciones de un regente de ese tipo. Además, había planeado tender un magnánimo puente hacia los blancos: Lizzie Owens, la pakeha wahine, habría tenido que ser su esposa.

Pero al final Lizzie había elegido a Michael y Kahu Heke había reconocido a los hauhau como nuevo trampolín hacia el poder. No obstante, algo se había torcido al principio. Las tropas de Kahu Heke habían matado al sacerdote anglicano Carl Völkner y Kahu había tenido que ocultarse.

—Por desgracia, Kahu Heke sabe demasiado acerca de nuestro oro —suspiró Hemi—. Creemos que él siempre está detrás cuando nos dicen que tenemos que apoyar al menos económicamente la gloriosa guerra por nuestro país, Aotearoa. Pero qué le vamos a hacer... Todo sea por que no nos envíen misioneros hauhau y a los nuestros no les entren ganas de comer carne humana... —Sonrió irónico e hizo sonar la sartén.

Michael bebió otro trago más de whisky.

—Lo principal es que Kahu Heke no salga de donde está —señaló, mirando por el rabillo del ojo a Matariki, que se había despojado de su precioso vestido de encaje y saltaba desnuda con sus hermanos al estanque.

En la Otago Girls’ School no podría comportarse así.

Matariki Drury era una niña feliz. Nunca en su vida había experimentado la antipatía o el rechazo. Todo el mundo, sin excepción, quería a la preciosa y vivaz pequeña. Por supuesto, la cuestión de su origen había sido tema de conversación en la diminuta ciudad de Lawrence mientras había asistido allí a la escuela, pero ella ni siquiera se había percatado. En la que había sido la pequeña población de buscadores de oro de Tuapeka había muchos habitantes con un pasado todavía más escandaloso. La respetada propietaria de la tetería, por ejemplo, en el pasado había sido una chica de vida alegre, y el tendero no debía la parcela de su negocio a un golpe de suerte al lavar oro, sino a su habilidad como tahúr. Qué importancia podía tener un pequeño desliz por parte de Lizzie Drury...

Además, Lizzie y Michael pertenecían al grupo de habitantes más ricos y mejor considerados del lugar, y eran uno de los escasos ejemplos de que un buscador de oro realmente podía hacer fortuna y también conservarla. ¡Ahora, con Matariki Drury, un niño de Lawrence sería admitido en la prestigiosa Otago Girls’ School! Cuando visitó la ciudad, la pequeña fue blanco de la admiración y los mejores deseos. Miss Barbara la invitó a un chocolate caliente y el tendero le regaló unos bastones de caramelo que ella compartió de mala gana con sus hermanos.

Sin embargo, a Matariki solía vérsela con mayor frecuencia en las casas del poblado maorí que en la ciudad de Lawrence, que se hallaba a varios kilómetros de Elizabeth Station. Era en el poblado donde tenía sus amigas y «parientes» y, naturalmente, allí también la querían. Los niños siempre eran bien recibidos entre los maoríes y todo el mundo disponía de tiempo para ellos. Matariki trenzaba lino con las otras niñas y aprendía a confeccionar vestidos de baile con las hojas de lino endurecidas. Tocaba las flautas nguru con la boca y la nariz y escuchaba las historias de las abuelas y los abuelos sobre los dioses y los héroes maoríes. En casa escuchaba con atención las leyendas que Michael le contaba sobre santos y personajes irlandeses, mientras que Lizzie la instruía en la viticultura. La niña colaboraba en la vendimia. El zumo de la uva que se obtenía al principio resultaba muy ácido, lo que, lamentablemente, afectaba también después al vino, pero esto solo espoleaba la ambición de Lizzie como viticultora. De joven, había trabajado en la Isla Norte en la casa del gobernador James Busby, quien había sido uno de los primeros en introducir cepas en Nueva Zelanda. No había salido demasiado airoso de esa experiencia, pero eso no inquietaba a Lizzie. Matariki aprendía de su madre a no arrojar la toalla y ser optimista. Era una niña de temperamento alegre.

También el primer día de clase en la Otago Girls’ School estaba la mar de contenta mientras su madre volvía a ponerse nerviosísima tras pasar por las imponentes puertas de la noble institución. Era el primer día después de vacaciones, por lo que en la zona de la entrada y en los pasillos reinaba un gran bullicio entre las chicas que iban llegando. La mayoría de las alumnas no vivían en Dunedin, sino que procedían de granjas de ovejas muy alejadas. También Matariki se instalaría en el internado contiguo a la escuela. En esos momentos la niña miraba interesada alrededor del vestíbulo de entrada mientras Lizzie buscaba la secretaría.

—Espera aquí —indicó escuetamente a su hija.

Había tenido que rellenar un montón de formularios y no estaba segura de algunos puntos de la lista que la escuela le había dado durante la matrícula. En esos momentos volvía a sentirse amilanada: ¿debía llevarse a Matariki con ella a la oficina de la escuela? ¿Y quién la ayudaría a descargar el equipaje? Michael no había podido acompañarla porque ese mismo día se celebraba una importante subasta de ganado y Lizzie extrañaba su despreocupado aplomo.

En ese momento siguió a otra madre hacia el interior de la oficina mientras Matariki se quedaba mirando los cuadros que adornaban las paredes de los pasillos de la escuela, pero las naturalezas muertas y los paisajes no atrajeron durante mucho tiempo su atención. Lo que estaba ocurriendo en los pasillos del vestíbulo era mucho más emocionante. Matariki observaba cómo las alumnas se saludaban, charlaban unas con otras y reían, y de pronto distinguió a dos muchachas maoríes algo mayores que ella, ataviadas con vestidos azul claro, cofias y delantalitos de encaje, que cargaban con maletas y bolsas. No parecían sentirse muy felices y ninguna de las recién llegadas les dirigía la palabra. Matariki se disponía a ir a hablar con ellas cuando desde una de las salas abiertas alguien la increpó.

—¿Eres nueva? ¿Qué andas haciendo por aquí? Ven, toma estas cosas y llévalas a la gobernanta. Hay que plancharlas, se han arrugado totalmente en la maleta.

La interlocutora, una chica rubia y alta, puso en los brazos de la sorprendida Matariki un montón de blusas y faldas y luego hizo un ademán más propio de quien ahuyenta a una gallina. Obediente, Matariki se encaminó hacia la dirección señalada, si bien, claro está, no tenía ni idea de lo que era una gobernanta ni cómo encontrarla.

Al final preguntó a una chica de cabello oscuro que alzó teatralmente la mirada al cielo.

—¿No te lo enseñaron cuando empezaste aquí? ¡Cualquiera diría que acabas de salir de la selva! —replicó, y le indicó el camino entre las risitas de sus amigas.

Matariki no tardó en encontrar una especie de lavandería en la que una mujer rolliza distribuía ropa de cama y toallas a las alumnas que hacían cola. Matariki se colocó sensatamente en la fila y esperó tranquila a que la mujer se percatara de su presencia.

—Vaya, ¿me traes algo en lugar de venir a llevártelo? —preguntó esta con amabilidad.

Matariki hizo una reverencia, tal como le había enseñado Haikina. En la escuela de la misión así lo ordenaban cuando se cruzaban con una profesora.

—Hay que plancharlas —indicó, repitiendo el deseo de la alumna.

La mujer frunció el ceño.

—¿Hay que? Dime, ¿eres la nueva doncella? Pensaba que llegaría la semana que viene, nadie puede ponerse al corriente de sus tareas con este lío. Y tenía que ser mayor que tú. —Miró sorprendida a Matariki.

—Soy Mata... bueno... Martha Drury —se presentó Matariki—. Y todavía no sé planchar. Pero estoy dispuesta a aprender. También historia, geografía, literatura...

Empezó a enumerar el nombre de asignaturas de las que se acordaba. Pero no recordaba que «planchar» estuviera incluido en el plan de estudios.

La gobernanta soltó una sonora carcajada y liberó a Matariki del montón de ropa.

—¡Te doy la bienvenida de todo corazón, hija mía! Soy Miss Maynard, la gobernanta. Y tú eres la pequeña de Lawrence, cuyo nombre nuestra querida directora es incapaz de pronunciar. ¿Cómo te llamas? Matariki, ¿verdad? Bueno, pues yo no lo encuentro tan difícil. Yo vengo de Australia, cariño, y ahí sí que los aborígenes tienen nombres extraños. ¿Te imaginas que alguien se llame Allambee? ¿O Loorea?

Matariki sonrió, ya menos cohibida. Miss Maynard era amable.

—Y ahora, dime, ¿quién te ha dado este montón de ropa que planchar? ¡Vamos a dejarle las cosas claras, Matariki! Las pequeñas baronesas de la lana siempre se olvidan en las vacaciones de que aquí no hay nadie que vaya poniendo orden en lo que ellas desordenan.

Salvo las criadas maoríes. Tal idea pasó fugazmente por la cabeza de Matariki, pero en esos momentos se percató solo de las miradas curiosas que las otras chicas posaban en ella y la gobernanta, aunque las muchachas maoríes parecían tan sorprendidas como las pakeha. Aun así, bajaron la cabeza intimidadas. ¿Tendrían miedo de la gobernanta?

—¡Son tan tremendamente sumisas! —suspiró la gobernanta cuando descubrió la mirada compasiva de Matariki—. Vienen de la escuela de la misión, ¿sabes? Y allí hacen reverencias y rezan más que aprenden.

En ese momento la niña se percató de que ninguna de las alumnas hacía una reverencia cuando Miss Maynard pasaba por su lado. Las chicas la saludaban contentas, se diría que todas apreciaban a la gobernanta.

Finalmente, pidió explicaciones a la chica rubia, a la que abordó con el nombre de Alison Beasley. Alison recuperó sus ropas con la indicación de que se las planchara ella misma y, de paso, enseñara a las nuevas estudiantes cómo hacerlo.

—Las alumnas de la clase primera te esperan mañana en la lavandería a las diez, Alison. Naturalmente, yo también estaré presente. Y en lo sucesivo eres responsable de que las pequeñas lleguen a clase cada día bien aseadas.

Alison esbozó una mueca de disgusto. Ya estaba en tercer curso, procedía de una gran granja de ovejas y seguro que no estaba acostumbrada a ayudar a limpiar la casa ni a responsabilizarse de nada.

—Ah, sí, y para evitar malentendidos... —Miss Maynard alzó la voz para que todas las chicas del pasillo y de las salas la oyesen—, esta es vuestra nueva compañera, Matariki Drury. No le importa que la llaméis Martha, pero, desde luego, no va a plancharos la ropa.

Alison lanzó una mirada burlona a Matariki.

—¿De dónde vienes? —preguntó—. Seguro que de ninguna de las grandes granjas de ovejas.

—Alison, seguramente no lo entenderás, pero también hay seres humanos inteligentes y muy valiosos que no descienden de barones de la lana —replicó Miss Maynard.

Matariki contestó a la mirada de la mayor con su característica serenidad.

—Es cierto —intervino, interrumpiendo el sermón de la gobernanta—. Yo soy una auténtica princesa.

Lizzie estaba muerta de preocupación y casi habría llorado de alivio cuando Miss Maynard le llevó de vuelta a Matariki ilesa.

—Matariki se había extraviado un poco —explicó—. Pero así hemos podido conocernos. Su hija es una niña extraordinaria.

Lizzie frunció el ceño y miró con recelo tanto a Matariki como a Miss Maynard. ¿Lo decía en serio o en broma, la gobernanta?

Marariki le sonrió.

—¡Las otras alumnas me confundieron con una criada! —anunció alegre.

La señora Maynard se mordió el labio.

—Ni que decir tiene que el incidente me resulta extremadamente lamentable, señora Drury. Nosotras...

Lizzie la fulminó con la mirada.

—¿Esas pequeñas impertinentes ya han comenzado a meterse con ella? —Parecía a punto de ir a reñir ella en persona a las futuras compañeras de estudios de Matariki. Lizzie tal vez se dejara intimidar por la gente con autoridad, pero por su hija era capaz de pelearse como una leona.

—Lo siento mucho. Solo ha sido... —Miss Maynard intentaba encontrar disculpas.

Pero Matariki la interrumpió una vez más.

—¡Ha sido divertido! —intervino—. Además, siempre he querido trabajar de doncella. ¡Como tú antes, mamá! ¡Dijiste que te gustaba! —Tras lo cual hizo una afectada reverencia y dirigió una sonrisa irresistible a su madre y Miss Maynard.

Lizzie le devolvió la sonrisa. A lo mejor esas chicas tenían la intención de ofender a su hija, pero Matariki era fuerte. No necesitaba que nadie hablara por ella.

Miss Maynard también sonrió, sobre todo de alivio.

—Tal como le decía: una niña extraordinaria. Estamos muy orgullosos de tenerte entre nosotros, princesa Matariki Drury.

Las horas de clase de Matariki se perfilaron de igual modo que su entrada en la Otago Girls’ School. Por más que Alison y las otras chicas intentaran burlarse o molestar a la niña de padre maorí, eso resultaba a la práctica imposible. No era que la pequeña fuese una cándida; tras el primer par de semanas se dio cuenta de su mala fe y comprendía sus burlas e indirectas. Pero no estaba dispuesta a tomarlas en serio, eso era todo. Las perversas observaciones de Alison acerca de las «princesas pobres» y su intento de fastidiarla con el apodo de «Cenicienta» le resbalaban, simplemente, a la hija de Lizzie. El primer curso escolar, Miss Maynard puso mucho cuidado en elegir bien a las compañeras de habitación de la recién llegada. Luego, sin embargo, no tardó en confirmarse que a Matariki le era bastante indiferente con quién compartía la habitación. La niña se mostraba amable con todo el mundo, pero no intentaba estrechar vínculos. El viernes a mediodía, en cuanto la escuela cerraba, se marchaba a caballo hacia casa. Su padre le había dejado en el establo de alquiler más cercano una yegua menuda y fuerte, cuya compra había causado una pequeña sensación entre las baronesas de la lana de la escuela. Kiward Igraine, a quien Matariki se contentaba con llamar Grainie, descendía de los animales de cría de los Warden de Kiward Station, Canterbury. Era una yegua cob de Gales de pura raza y del mejor pedigrí y, sin lugar a dudas, se trataba de un animal muy caro. Con Grainie, Matariki no precisaba que sus padres la recogieran, como a la mayoría de las demás niñas, una particularidad que a Miss Partridge la inquietó un poco al principio.

—No dejan de ser setenta kilómetros, señor Drury —objetó a Michael—. Si a la niña le pasa algo...

Pero Michael Drury solo se echó a reír, al igual que su hija.

—¡Grainie es veloz como el rayo, Miss Partridge! —señaló Matariki, orgullosa—. ¡A mí nadie puede atacarme, me escapo a toda velocidad!

En cualquier caso, en las carreteras transitadas de los alrededores de Dunedin tampoco amenazaba ningún peligro. Solamente en los antiguos yacimientos de oro rondaban individuos sospechosos, pero, a ese respecto, los maoríes se encargaban de la protección de la niña. Los ngai tahu empezaban a volver a apropiarse lentamente de las áreas devastadas por los buscadores de oro y no perdían de vista a Matariki en cuanto Grainie ponía un casco en los alrededores de Lawrence.

Naturalmente, el caballo también necesitaba hacer ejercicio durante los días escolares para afrontar el largo trecho del fin de semana, lo que constituía un buen pretexto para que la amazona se ausentase de la escuela en cuanto acababa los deberes. De ese modo se saltaba las tardes de juegos y costura, los ensayos de coro y teatro con los que las demás chicas solían trabar amistades.

—¡Martha prefiere hablar con su caballo! —se burlaba de nuevo Alison Beasley (pues Miss Maynard era la única de la escuela que llamaba a la niña por su auténtico nombre), a lo que Matariki respondía sin inmutarse que sí.

—Una princesa sabe exactamente cuáles son sus responsabilidades —objetaba en cambio Mary Jane Harrington, una muchacha corpulenta que también era víctima de las burlas de Alison—. Tengo entendido que los cob de Kiward tienen un árbol genealógico más largo que los Beasley de Koromiko Station.

Miss Maynard sonrió para sus adentros y en cuanto se le brindó la oportunidad destinó a Mary Jane a la habitación de Matariki. En los años que siguieron, aunque entre las chicas no nació ninguna auténtica amistad, entre ellas siempre reinó una armonía extraordinaria.

La colección de animales de Matariki se amplió pocos meses después con otro cuadrúpedo. Durante uno de sus paseos a caballo se unió a ella un perro de color marrón claro y patas altas. Medio muerto de hambre y con miedo, se escondía en la hierba junto al puesto de Igraine. Al principio, Matariki renunció por él a su cena y luego escuchó impertérrita la irritada retahíla de improperios del dueño del establo de alquiler.

—Aquí no puede quedarse este chucho —declaró Donny Sullivan—. Me niego a dar de comer a ese bicho.

—No tiene que hacerlo gratis —replicó la niña.

El siguiente viernes, el perro siguió a Matariki hasta Elizabeth Station y durmió delante de la puerta de su habitación, en absoluto dispuesto a marcharse con Kevin o Pat, que solicitaban sus favores. Matariki también rechazó el ofrecimiento que le hicieron sus padres de quedarse al animal en la granja. En lugar de ello, escondió durante la cena un plato en el vestido y, con las primeras luces del día, subió a lo alto de la cascada. Los Drury intentaban que sus hijos no supiesen nada del yacimiento de oro, pero los maoríes eran menos prudentes y Matariki no era tonta. El lunes, la niña pagó a Donny Sullivan literalmente con oro la estancia de su perro en el establo, con el acuerdo de que todas las tardes le dejara entrar allí. Por lo demás, Dingo —como Miss Maynard lo llamaba, en recuerdo de su perro en Australia— aprovechaba cualquier oportunidad que se le presentaba para entrar en la Otago Girls’ School y tenderse delante de la habitación de Matariki.

—Este sí que no puede probar que pertenece a un linaje extraordinario —observó Alison con mala idea—. ¿O vas decir que es un príncipe?

Matariki se limitó a hacer un inequívoco gesto de indiferencia.

—Bueno —contraatacó Mary Jane—, pero a cambio tiene buen carácter.

Matariki Drury no tenía problemas ni tampoco los causaba, a diferencia de su padre biológico, como comprobaron Michael Drury y su amigo Hemi Kute durante el tercer curso de la niña en Dunedin. Era verano y los hombres estaban bebiendo una cerveza alrededor de una hoguera junto al arroyo de Elizabeth Station, mientras Lizzie y Haikina hacían el experimento de despellejar un conejo, destriparlo y cocinarlo. Michael lo había matado de un tiro, mientras Hemi lavaba oro. Alguien había introducido esos animalitos en Nueva Zelanda y a falta de enemigos naturales se multiplicaban de forma escandalosa. Pese a ello, los ngai tahu enseguida aprendieron a apreciarlos como nueva fuente de alimento. Al igual que la invasión de los pakeha, aceptaban también la de estos mamíferos como un designio del destino.

—Te Kooti considera que estos bichos son los nuevos enviados del dios Whiro —dijo Hemi, sonriendo irónicamente. Volvía a echar pestes del movimiento de los ringatu y los hauhau, pues Kahu Heke había vuelto a «pedir» una donación—. Le sacó a un conejo el corazón y se lo ofreció a los dioses.

—¿No eran los lagartos los enviados de Whiro? —preguntó Lizzie desconcertada. El dios Whiro representaba toda la maldad de la tierra y el lagarto estaba consagrado a él—. A esos no me apetece comerlos, la verdad...

—¡Antes te come él a ti! —replicó Haikina, riendo—. Si los dioses quieren que te mueras, te envían uno y te comen de dentro afuera. Los conejos solo se comen la hierba de las ovejas. De hecho, así perjudican a los pakeha más que los hauhau. En el fondo Te Kooti debería amarlos. ¡Pero para él cualquier método es bueno con tal de llamar la atención!

—¿Despachándose un conejo de forma ritual? ¡Pues no sé! —Michael levantó la botella de whisky—. ¿Es que los maoríes no tenéis nada mejor que ofrecer?

Hemi reaccionó con inesperada gravedad.

—¿Te refieres a la tikanga? ¿La tradición? Claro que tenemos, ya lo sabes. —Lizzie y Michael estaban invitados a todas las fiestas de la tribu, donde Lizzie y Matariki participaban en los cantos y bailes. Michael, por el contrario, sentía que estaba de más y siempre suspiraba aliviado cuando por fin se empezaba a beber whisky y a charlar—. Pero todas esas antiguas costumbres que están desenterrando los hauhau...

—Recuperan en parte rituales que todavía proceden del Mar del Sur. De Hawaiki, de donde venimos —añadió Haikina, no menos preocupada—. De algunos, ni siquiera se sabe si se practicaron alguna vez en Aotearoa —dijo, aludiendo al nombre maorí de Nueva Zelanda—. En cualquier caso, ha transcurrido mucho tiempo desde que los maoríes nos comíamos a nuestros enemigos —contó Haikina—. Pero de los hauhau se oye cada cosa... Dicen que en las guerras que emprende Te Kooti degüella de la forma más cruel a los hombres.

Entre 1868 y 1872, Te Kooti y sus partidarios habían tenido en vilo la Isla Norte a causa de sus continuos asaltos. En una batalla habían matado a casi treinta pakeha, entre los que se encontraban muchas mujeres y niños.

—No puedo imaginar que Kahu Heke participe en algo así —dijo Lizzie.

En general no hablaba del padre de Matariki, y aún menos en presencia de Michael. Claro que su marido se había enterado con quién y en qué circunstancias había engendrado a Matariki, pues también entre los maoríes existía el chismorreo. Pese a ello, en el matrimonio nunca se tocaba el tema de la relación de Liz­zie con Kahu Heke.

En ese momento, sin embargo, Lizzie no pudo reprimirse. Simplemente, tenía que expresar lo que pensaba; a fin de cuentas, Kahu Heke no era ningún bruto. Había asistido a la escuela de la misión hasta el bachillerato. Si hubiese sido más paciente y comedido en sus opiniones, podría haber sido abogado o médico. Pero Kahu era hijo de un jefe tribal, orgulloso, arrogante y susceptible. Las humillaciones que había sufrido entre los misioneros y, más tarde, con los distintos patrones de la Isla Norte, habían acabado por enfurecerlo y convertirlo en un ferviente nacionalista. Al principio, sus acciones habían sido infantiles: como su antepasado Hone Heke, cuya impertinencia había desencadenado la guerra del Mástil en 1845, también Kahu daba que hablar a los pakeha derribando las astas de la bandera británica o profanando monumentos conmemorativos.

Cuando su tío Hongi Hika lo eligió como sucesor empezó a tomarse realmente en serio la política. Primero había sido Lizzie quien le había desbaratado el sueño de tener un reino y luego su propia falta de destreza como vengador en Opotiki. De hecho, todavía no había sucedido a Hongi Hika. Los ngati pau habían elegido a un hombre de opiniones más moderadas como jefe y se mantenían totalmente al margen de las guerras contra los pakeha.

—Pero Kahu no es tonto —afirmaba Lizzie—. Y lo que predican los hauhau... es imposible que crea que unos simples rituales son capaces de hacer invulnerables a los guerreros o que se pueda envenenar a alguien con el agua que chorrea del tejado de la casa del jefe.

Michael iba a soltar un desaire, pero Hemi le pidió que se contuviese.

—Él no —señaló el joven maorí—. Al menos eso supongo, no he tenido el placer de conocerlo. —Cuando Kahu Heke fue huésped de los ngai tahu, Hemi todavía no estaba en Dunedin—. ¡Pero sí sus partidarios! El hauhau medio es un guerrero, no un alumno de la misión. Se reclutan entre las grandes tribus de la Isla Norte, siempre dispuestas a romperse la crisma unas a otras. Ahora un par de ellas se han unido contra los pakeha, pero, en mi opinión, lo que quieren sobre todo es ver sangre. Quieren creer en algo, entusiasmarse por algo... en fin, y si con ello también obtienen un generoso botín, tanto mejor.

—Kahu no debería apoyar algo así —opinó Lizzie, preocupada.

Haikina asintió.

—Cierto. Pero en lo que a estos asuntos se refiere jamás tuvo ningún escrúpulo. Y eso me da miedo. Nunca se sabe qué se le ocurrirá a esa gente, ni cuál será la próxima y delirante tradición o tapu a los que tal vez recurran para desencadenar una nueva guerra.

2

—Son estrellas totalmente distintas...

Heather Coltrane se apoyó sobre la borda del potente velero, dando la espalda al mar, y alzó la mirada al cielo.

—Sí, y nunca imaginé que volvería a verlas otra vez.

Kathleen Burton, la madre de Heather, había vuelto la vista al mar, o mejor dicho, a la tierra, pues ya se distinguían las primeras luces de Londres en el horizonte. Las estrellas nunca le habían interesado demasiado, Kathleen era esencialmente una persona pragmática. Ni siquiera en esos momentos recordaba con nostalgia sus primeros años de vida en Irlanda, sino que pensaba que era evidente que las ciudades de Europa estaban mejor alumbradas que las de Nueva Zelanda. Cuando una tarde de verano, casi tres semanas antes, el barco había zarpado, Kathleen había perdido de vista la tierra a los pocos minutos. No obstante, Dunedin, la ciudad donde residía en el otro extremo del mundo, disponía de alumbrado de gas desde hacía un tiempo.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Peter Burton risueño, depositando un beso en la nuca de su esposa.

Incluso después de diez años de convivencia, apenas podía contener el deseo de tocar a su mujer, estrecharla contra sí y protegerla, tal vez debido a lo mucho que había tenido que esperar hasta poder permitírselo. El reverendo había amado a Kathleen durante muchos años antes de que ella aceptase casarse con él y todavía hoy estaba orgulloso de no haberse rendido ante todos los muertos y no muertos del pasado de ella. Por aquel entonces, Kathleen había huido de su agresivo esposo Ian Coltrane, y luego, tras la muerte de este, había reaparecido su amor de juventud, Michael Drury. El último obstáculo antes de la boda —la conversión de Kathleen de la Iglesia católica a la anglicana— a él no le había parecido más que un escollo insignificante.

Kathleen se volvió hacia su marido y sonrió. No podía confesarle que estaba pensando en el alumbrado de las calles.

—Pensaba en Colin —respondió—. En lo raro que será... volver a verlo.

Colin Coltrane era el hijo menor de Kathleen. Tras la violenta muerte de su padre, Ian Coltrane, unos años antes, había sido un joven difícil y al final Kathleen había consentido en enviarlo a una academia militar de Inglaterra. No le había resultado fácil, pues como irlandesa sentía un horror natural hacia la Corona británica. La escuela, sin embargo, le había sentado bien al chico. Este había concluido los estudios con unas notas satisfactorias y desde entonces servía de corporal en la Royal Army. En la actualidad estaba destinado en la Royal Horse Guard londinense y era de esperar que se alegrara de reunirse con su madre y su hermana.

—También podríamos haber viajado a Irlanda —señaló Peter, y se apartó el cabello liso, castaño claro de la cara. Soplaba un viento procedente de tierra: Londres solía ser lluvioso y frío también a principios de verano—. Así habrías visto a toda tu familia. Me... me parece un poco injusto que vayamos a visitar a mis parientes y que tú solo veas a Colin. No volveremos aquí en nuestra vida. ¡A lo mejor puedes aprovechar la oportunidad!

Kathleen miró los amables ojos castaños de Peter. Se alegraba de que fuese tan atento, pero sacudió la cabeza con determinación.

—No, Peter, no quiero. Mira, ahí..., junto al Vartry... nada ha cambiado. La gente vive en la miseria bajo la férula del propietario de las tierras y Trevallion sigue haciendo de las suyas; al menos hace tres años disfrutaba de una salud de hierro.

Tres años antes, Father O’Brien, el sacerdote que había bautizado a Kathleen y Michael, y que les había dado clases cuando eran niños, había muerto a una edad bíblica de bien pasados los noventa años. A través de él había mantenido cierto contacto con su familia. Desde la muerte del clérigo no había vuelto a saber nada de sus hermanos y hermanas, y sus padres ya llevaban años muertos.

—Si aparecemos por ahí... Dios mío, Peter, les pareceremos unos millonarios. Yo... yo no quiero que me tengan envidia...

Kathleen ató con más fuerza el original lazo de tul que sujetaba su sombrerito verde oscuro y que al mismo tiempo le fijaba el cabello hacia atrás como un pañuelo. Un modelo de la última colección de su taller de confección, combinable con cualquier tipo de traje de viaje. Lady’s Goldmine, la tienda de ropa del casco antiguo de Dunedin, proporcionaba cierta holgura económica a sus propietarias. Kathleen y su amiga y socia, Claire Dunloe, ganaban mucho más de lo que aportaba la parroquia de Burton en un suburbio de Dunedin.

Peter sonrió a su esposa con aire burlón.

—Y, sobre todo, no tienes ningunas ganas de apoyar generosamente a tu parentela de aquí en adelante. Lo que, sin duda, te sugerirían o lo que a ti misma se te ocurriría si la pobreza realmente fuera tan terrible como dicen siempre de Irlanda.

Le guiñó el ojo.

Kathleen echó la cabeza atrás, molesta.

—Seguro que la pobreza es terrible. Pero también lo es entre los buscadores de oro fracasados en Dunedin. —Durante el período de la fiebre del oro, Peter Burton siempre había tenido abierto un comedor para pobres, y en la actualidad su congregación apoyaba a las familias de los aventureros que habían naufragado y no habían tenido suerte en Dunedin. Kathleen y Claire eran muy generosas. En realidad no tenía que reprocharse ninguna falta de caridad—. ¡Y a mi familia, bien sabe Dios, no le debo nada! —siguió indignada Kathleen—. Para ellos yo ya estaba muerta cuando empezó a redondeárseme el vientre con el hijo de Michael. Ni una sola carta, ni una pizca de interés por mi vida, después de que me vendieran contentos a Ian y me enviasen al otro extremo del mundo. Así que, por favor, no me des la lata con Irlanda y mi familia. Yo pertenezco a Dunedin. ¡Y a ti!

Kathleen le cogió de la mano y a Peter le pasó por la cabeza que una mujer más abierta le habría abrazado al decir estas palabras. Pero Kathleen seguía siendo prudente e incluso algo mojigata: de ella no podían esperarse muestras de cariño en público.

Heather, su hija de veintinueve años, dirigió a su madre una mirada casi burlona.

—Toda nuestra parentela no parece ser especialmente amable —observó. Heather no ardía en deseos de volver a ver a Colin—. Espero que la tuya sea al menos simpática, reverendo.

El tratamiento hizo reír a Peter. Cuando los hijos de Kathleen eran pequeños siempre lo habían llamado reverendo Peter, y aunque, haciendo un esfuerzo, el hijo mayor de Kathleen, Sean, había logrado llamarlo simplemente Peter, Heather no lo conseguía nunca.

—Mis parientes son los típicos nobles rurales —respondió—. Reservados, cultivados, rancios... y seguro que no nos ven con buenos ojos, aunque tío James ha dado como herencia las tierras de Gales precisamente a su hijo pródigo del Pacífico.

Heather soltó una risita divertida.

—Si bien la justificación es realmente algo cínica... —Puso una expresión severa, pestañeó como si llevara el monóculo de un lord inglés y citó las frases del testamento de James Burton—: Lego mis tierras en Treherbert, Gales, al único miembro de la familia Burton que ha hecho con su vida algo razonable...

Peter se encogió de hombros.

—En eso lleva razón —señaló—. Pero mejor no contar con que la familia nos reciba con los brazos abiertos. Mirad, ¡ahí está Londres! Una gran urbe, una metrópoli, cientos de bibliotecas, teatros, palacios, grandes avenidas... ¡Deberíamos pasar un par de días aquí y disfrutar de la vida cultural! Seguro que encontraría a un compañero párroco y podríamos pernoctar en su casa.

—Y muchos, muchos comedores para pobres —añadió Kathleen, arrugando la todavía tersa frente—. Te conozco, Peter. Seguro que el amable compañero de trabajo no tendría ninguna sinecura en la City. La gente que conoces lucha en los barrios más pobres de la capital contra la miseria de los pordioseros y los niños de la calle. Al cabo de dos días estaríamos, tú escuchando las historias de veinte jóvenes Lizzie Owens, y yo cortando verduras y preparando pucheros. ¡Ni pensarlo, Peter Burton! Nos instalamos en un hotel decente, que no sea ostentoso, pero tampoco sórdido. Allí nos reuniremos con Colin, a ser posible mañana mismo. Y luego nos vamos a Gales.

Peter levantó las manos.

—Haya paz, Kate, el hotel está aprobado. Además, renuncio a la audiencia con la reina. Aunque me gustaría decirle un par de cosas... justamente acerca de la caridad. Pero hasta que hayamos fijado la cita con Colin, podré enseñaros un poco la ciudad, ¿no?

Ya al día siguiente, Kathleen se puso en contacto con Colin en las barracas de Hyde Park. A continuación, y por deseo de Heather, visitaron la National Gallery y, sobre todo las mujeres, disfrutaron de las obras de Botticelli, Durero y Van Eyck. La hija de Kathleen había heredado el talento artístico de su madre, pero no se limitaba a dibujar y esbozar colecciones de moda, sino que había estudiado arte y se había especializado en retratos. Eran muchos los barones de la lana de la Isla Sur que estaban deseosos de que Heather Coltrane los inmortalizara en un óleo, que retratase a sus esposas, hijos o caballos. Después de que pintara por diversión uno de los carneros premiados de Michael Drury, también los Sideblossom, Beasley y Barrington querían cubrir las paredes de sus casas con los cuadros de sus animales. Heather no se ganaba mal la vida de ese modo, aunque en ese momento mencionó afligida que nunca expondría en la National Gallery el cuadro del semental de cría de Beasley.

—Ahí, no; pero en Nueva Zelanda seguro que sí —bromeó Peter, y Kathleen rio con ellos porque Heather parecía divertirse y volver a tener ganas de vivir.

No había sido fácil convencer a la joven para que los acompañase, pues Heather estaba en duelo. No porque alguien hubiese muerto, al contrario; en realidad había sido un feliz acontecimiento el que había robado la alegría de vivir a la hija de Kathleen. Chloé, su amiga desde la infancia, la hija de la amiga y socia de Kathleen, Claire Dunloe, se había enamorado y casado. Sin embargo, las chicas siempre habían hablado de abrir juntas una tienda, como habían hecho tiempo atrás sus madres con Lady’s Goldmine. Chloé se imaginaba dirigiendo una galería de arte donde venderían, entre otros, los cuadros de Heather. Pero entonces apareció Terrence Boulder, un joven banquero que iba a dirigir la sucursal del banco privado Dunloe en la Isla Norte, y Chloé solo tuvo ojos para él.

Pese a todo, no había nada que decir en contra del joven. Era inteligente y amable, cultivado y razonable. La madre y el padre adoptivo de Chloé, Jimmy Dunloe, no podrían haber deseado un yerno mejor. Sin embargo, la tristeza empañaba todos los encargos y logros de Heather desde entonces. Tras una estupenda ceremonia nupcial —el acontecimiento social de Dunedin—, la joven pareja se había mudado a Auckland.

—Ya me imagino la exposición —bromeó Peter—. Junto a las mazas de guerra maoríes, los retratos del carnero de Drury y el collie de Kiward. Al menos tendrías que pintar también la catedral de Dunedin, Heather, para que el arte sacro no quedara al margen.

Peter visitó a su compañero párroco por la tarde —tal como había esperado Kathleen, el hombre trabajaba en la zona más deteriorada de Whitechapel—, mientras Kathleen y Heather averiguaban qué artículos ofrecía Harrods. Heather se rio de su madre porque la nueva colección de verano de los diseñadores ingleses la entusiasmaba más que los cuadros de Leonardo da Vinci. De ese modo pasaron una tarde muy relajada.

Tal como esperaba, Kathleen encontró en el hotel una nota de Colin. El joven corporal escribía atentamente que, por supuesto, estaría encantado de cenar con su madre y su familia. Ese día no tenía más obligaciones, por lo que sus superiores le darían permiso sin problemas. Colin sugería quedar en el vestíbulo del hotel a las siete aproximadamente. Esto enseguida puso a Kathleen en guardia.

—¡A las siete! ¡Oh, Dios mío, si ya son las seis! Tenemos que cambiarnos, Heather, al menos que nos vea un poco arregladas. Esperemos que Peter regrese a tiempo... ¿Crees que servirá de algo enviarle un mensaje a Whitechapel? Lo mismo se le pasa la hora hablando con su amigo y...

Heather puso los ojos en blanco y arrastró a su madre hacia la escalera sin alterarse.

—Mamá, Colin ya nos ha visto a las dos sin peinar y en bata, igual que con traje de noche, y si quieres saber mi opinión, eso no tiene para él ninguna importancia: vayamos como vayamos, no le importamos demasiado. Solo espero que en el ejército le hayan enseñado a no contradecir continuamente y hacer absurdas alusiones a lo sumamente superiores que son los hombres Coltrane respecto a cualquier ser femenino de este mundo.

Kathleen ya se disponía a protestar, pero finalmente cambió de opinión. Heather estaba en lo cierto: su relación con Colin nunca había sido muy buena. El chico había idolatrado a su primer marido, Ian, lo que no era ningún milagro, pues este lo había mimado de forma escandalosa y lo había considerado el preferido de sus hijos. Por este motivo Colin fue el único que se quedó con su padre cuando Kathleen abandonó a su esposo, algo que no había hecho ningún bien al muchacho. Cuando tras la muerte de Ian, Kathleen recuperó a su hijo, este fue incapaz de adaptarse a la familia. No quería ir a la escuela ni conservaba ninguno de los trabajos que Kathleen le conseguía. Y lo que era peor, era un tramposo y un ladrón.

La madre de Colin esperaba que el ejército le hubiese despojado al menos de sus peores modales. Pese a todo ello, en esos momentos la mujer se apresuró a subir a su habitación a fin de arreglarse para su hijo. Cuando Peter llegó a las seis y media, ella ya llevaba un vestido de noche verde oscuro, decente, pero que realzaba su esbeltez. Se había recogido en un moño el cabello, de un rubio dorado —mientras buscaba con suspicacia las primeras hebras grises que seguían sin aparecer por el momento—, y lo había cubierto con un original y diminuto sombrerito verde. Un pequeño velo revoloteaba a un lado de su rostro sin ocultar sus grandes, brillantes y verdes ojos.

Kathleen Burton era una belleza, incluso ahora, con cuarenta y tantos años. Tenía la tez de un blanco marmóreo, y los pómulos altos y los labios carnosos conferían nobleza a sus rasgos. A nadie se le habría pasado por la cabeza que esa rosa inglesa procedía de un pueblo irlandés desconocido junto al Vartry.

Peter silbó alegremente entre dientes como si fuera un golfillo cuando vio a su esposa ante el espejo, mientras ella se ponía un collar de perlas, valioso pero sobrio, exactamente de su estilo.

—¡Desde luego, tu hijo puede estar orgulloso de ti! —dijo Peter mientras sustituía la sencilla chaqueta marrón por una levita bajo la cual el alzacuellos se veía extrañamente fuera de lugar. Solo lo hacía por complacer a Kathleen. Peter odiaba la ropa formal, tal vez como consecuencia de los años que había pasado como pastor de almas en los campamentos de los buscadores de oro. Por entonces pocas veces había llevado la sotana, dado que en esas circunstancias eran más necesarias las instalaciones sanitarias, los comedores para pobres y la asistencia a enfermos que los sermones—. En su cuartel no habrá nadie con una madre más hermosa. ¿Nos invitará a su casino de oficiales? Nunca he visto uno por dentro.

Kathleen negó con la cabeza al tiempo que se ruborizaba un poco.

—No... ya sabes que no puede ser. Él...

—Claro, todavía lleva el nombre de Dunloe —dijo Peter, riendo—. No había pensado en ello. Por supuesto, no podía simplemente tacharlo. ¡Pobre Jimmy! Pero a lo mejor se siente muy orgulloso de ese apuesto joven con casaca roja.

Para Kathleen el asunto no era tan divertido. Efectivamente, el hecho de separarse de su hijo como si fuese un inglés y además descendiente del banquero Jimmy Dunloe le había provocado grandes remordimientos. El marido de Claire se lo había sugerido, puesto que de otro modo no habría sido posible que el hijo de un tratante de caballos irlandés ingresase en la Academia de Sandhurst. Y ahora, sin duda, temía que la mirasen con malos ojos por ser una mujer divorciada y madre soltera del retoño de Dunloe. No obstante, Peter no creía que nadie se preocupase todavía por los orígenes dudosos de Colin. En cualquier caso, en la actualidad era miembro de la Royal Horse Guard y, como tal, incluso custodiaba a la reina.

Un golpe en la puerta impidió que Kathleen respondiera.

Un botones se inclinó e informó de que esperaban al reverendo Burton y a su esposa en el vestíbulo del hotel. Kathleen dio al joven un penique mientras el corazón le latía con fuerza. Acto seguido se contempló de nuevo en el espejo y dejó que Peter la ayudase a ponerse el abrigo. El tiempo en Londres era variable y seguro que no cenarían en el hotel.

En el vestíbulo les esperaba una sorpresa. Heather ya estaba ahí y conversaba de forma inesperadamente animada con un joven alto y rubio con el uniforme rojo de la guardia real. Ambos se volvieron hacia Peter y Kathleen cuando estos bajaban la escalera y ella se percató con alivio de que Heather sonreía. Al menos ella no tenía intención de poner mala cara durante la velada y estaba preciosa con su vestido rojo vino y el sombrerito a juego sobre el cabello ondulado y rubio ceniza.

—Madre..., reverendo...

Colin se acercó a ellos con una sonrisa afectuosa, besó formalmente la mano de su madre y se inclinó, no menos ceremonioso, ante Peter Burton. Este casi se asustó al principio. El impresionante parecido de Colin con su madre no le había resultado tan manifiesto en Tuapeka, antes bien, se semejaba más a su padre. Pero por entonces era un adolescente malhumorado y de movimientos torpones, y siempre tenía una expresión algo taimada. Ese día, sin embargo, un joven corporal lo miraba de frente con ojos francos y afables. Se trataba de un hombre extraordinariamente apuesto, de semblante aristocrático y unos expresivos ojos castaños. Esto último no era herencia de Kathleen, aunque los ojos de Colin tampoco mostraban el resplandor negro de los de su padre, Ian, del que se había dicho que descendía de nómadas irlandeses, de tinkers.

—Me alegro mucho de volver a verte, madre, y también al reverendo y... por supuesto, a mi encantadora hermana. No te habría reconocido, Heather, has crecido y te has convertido en una mujer preciosa.

Ella se ruborizó y Peter se planteó si no debía matizar la buena impresión que le había causado el chico. El elogio había sido demasiado exagerado, casi algo inadecuado entre hermanos. La hija de Kathleen era una chica bonita, pero de un tipo totalmente distinto al de Kathleen y Colin. Heather era menuda, más baja que su madre, y tenía el cabello fino. Los suaves rasgos de su rostro y sus ojos oscuros y dulces tenían, al contemplarlos por segunda vez, cierta hermosura virginal, cautivadora. Pero no era en absoluto tan llamativa como su madre, quien de joven hacía enmudecer a todos los presentes al entrar simplemente en la cafetería de un hotel.

—¿Adónde vamos, Colin? —preguntó Peter tras el lamentable silencio que siguió a la observación del joven—. ¿O debo decir «corporal Dunloe»?

Hablaba con afabilidad, sonriendo, pero en el rostro de Colin asomó una expresión de desconfianza y disgusto.

—¡No es culpa mía si todavía no soy sargento! —replicó.

Kathleen hizo un gesto de indiferencia.

—Sea como sea, estás guapísimo con ese uniforme —observó alegremente—. ¿Nos recomiendas algún restaurante? Peter había pensado ir a un comedor de oficiales, tal vez, pero...

—No sería adecuado —señaló Colin con sequedad, y esta vez hasta Kathleen lo miró desconcertada—. Me refiero a que... —Colin iba a dar una explicación, pero Heather lo interrumpió.

—En cualquier caso, tengo un hambre canina —advirtió complacida—. Y frío. Será porque «en Inglaterra será verano cuando lleguemos, Heather. Solo tienes que llevarte vestidos frescos». Puede que aquí lo llamen verano, pero, en mi opinión, en el mejor de los casos se ajusta más bien a «estación de las lluvias».

Las palabras de Heather hicieron reír a los tres y les permitieron cambiar de tema con naturalidad. Colin ya debía de haber explicado antes a su hermana que había pasado el último año en la India. En ese momento, mientras conducía a los Burton a un steakhouse cercano al hotel, les habló de los monzones en ese país.

—¿Entonces no acabó de gustarte la India? —preguntó Kathleen preocupada, una vez que hubieron pedido los platos.

El local era algo sombrío, pero Colin les aseguró que la carne era estupenda y también dio muestras de conocer la carta de vinos. Peter paladeó complacido el burdeos de primera clase que el hijo de Kathleen había pedido sin mirar ni siquiera la lista.

—¡No! —respondió él con brusquedad—. Todos son maleantes solapados, tanto los marajás cultivados como los oficiales de la Corona, todos viviendo de sus prebendas. —Parecía que el joven quería seguir explayándose, pero se irguió, tomó una profunda bocanada de aire y una sonrisa apareció de nuevo en su rostro—. Pero los caballos, Heather, son interesantes. Te imaginas, ¡tienen orejas curvadas hacia dentro! En serio, en algunos las puntas se llegan a tocar.

Heather, gran aficionada a los caballos como su amiga Chloé, lo escuchaba interesada mientras Kathleen y Peter intercambiaban miradas sorprendidas. La India era una de las colonias más importantes de Inglaterra —justo el año anterior el príncipe de Gales la había visitado— y constantemente estallaban tumultos en el territorio. Kathleen había estado inquieta cuando enviaron a Colin allí, pero para un joven soldado, servir en ese país era sin duda un trampolín. Pese a ello, el muchacho había regresado un año después. ¿Había pedido que lo trasladasen porque realmente no le gustaban el clima ni los nativos?

—Pero aquí te encuentras bien, ¿no es así, Colin? —preguntó Kathleen, preocupada—. Me refiero a que... es un honor... estar en la Royal Horse Guard...

—¿No jugaste al polo en la India? —preguntó, casi al mismo tiempo, Heather.

Colin no sabía a qué pregunta responder antes y su rostro oscilaba entre la sonrisa y el enojo. Al final se dirigió primero a la joven.

—Claro que sí, hermanita, siempre he sido un buen jinete. Era...

—¿Y por eso estás también en la Royal Horse Guard? —preguntó Peter, decidido a evitar que el chico se anduviese por las ramas con otra descripción de los ponis de polo indios—. Se supone que hay que ser un buen jinete para...

Colin hizo un mohín.

—¡Qué va! —exclamó airado—. Cualquier principiante es capaz de ejecutar las pocas figuras que hacemos durante el cumpleaños de la reina. O de escoltar la carroza como guardia de honor... Es ridículo. No fui a Sandhurst para eso.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Kathleen no pretendía inmiscuirse en la vida de su hijo, pero casi sentía que había vuelto al pasado, cuando todas las noches, durante la cena, intentaba que le dijera la auténtica razón de que lo hubiesen despedido de su último puesto de trabajo.

Por lo visto, también Colin se acordó de ello. Su rostro se contrajo como si fuera a sufrir un arrebato de ira, pero luego se repuso enseguida, como la vez anterior.

—Bueno, en el ejército uno hace lo que tiene que hacer —contestó en tono alegre—. Y es cierto que no causo mala impresión a lomos de mi caballo. Tal vez a la reina le guste tener cerca corporals jóvenes y guapos, simplemente... —Esbozó una sonrisa mordaz—. O jóvenes y guapos sargentos...

Colin canturreó un aire de taberna que a Peter le resultaba familiar de sus propios años locos. Heather, que también había oído la letra anteriormente, se ruborizó. Kathleen no conocía la canción, pero tampoco logró contestar a la sonrisa de Colin. La reina Victoria tenía fama de ser sumamente ñoña. Seguro que no prestaba atención a los hombres que formaban su escolta.

—¿Crees... que pronto te ascenderán? —Peter no dio importancia a la alusión que Colin había hecho a su saludo—. ¿Estás disgustado porque no lo hicieron en la India?

El joven esbozó un gesto que pretendía expresar indiferencia.

—Eso puede tardar. Se ve que en el ejército no les sobra nada para un pobre diablo irlandés que quiere llegar a ser algo en la vida.

Kathleen enseguida bajó la vista, pero Peter frunció el ceño. Nadie en el ejército conocía los orígenes irlandeses de Colin. Para sus superiores era un Dunloe, tal vez nacido en oscuras circunstancias en un extremo del mundo, pero un descendiente de una familia de banqueros con contactos hasta en la casa real.

—Estoy pensando... —Colin tomó aire—. Madre, ¿qué dirías si regresara a Nueva Zelanda?

—¿Armed constable? Pero ¿qué es eso? —preguntó Kath­leen.

La noche anterior no había querido preguntarlo; Colin hablaba con tanto entusiasmo de su regreso y de las nuevas perspectivas en la Armed Constabulary Field Force que no quiso oponer ningún reparo. El joven debía sentirse bien recibido, por más que todo ese asunto a ella le daba mala espina. Después de que Colin les comunicara la noticia, habían concluido enseguida la velada y pasado la última media hora, hasta que hubieron bebido el vino y pagado la cuenta, discutiendo y hablando francamente acerca del polo y el cricket en la India.

Pero ahora, en el tren que les llevaba a Cardiff, Kathleen expresó sus preocupaciones. Aún más porque su marido parecía saber en qué consistían las tareas de un armed constable. Kathleen conocía a Peter: si no había preguntado nada, sin duda era porque estaba al corriente.

—La Armed Constabulary es una especie de organización intermedia entre un regimiento del ejército y una patrulla de la policía, armada, como su nombre indica —explicó el reverendo—. Se formó en 1867 y se legitimó con una ley parlamentaria. Según mi parecer bajo la presión de las guerras maoríes. Por entonces todo apuntaba a que podía producirse una auténtica revolución y hasta enviaron tropas de Inglaterra a la Isla Norte. Pero eran soldados totalmente ajenos al medio, que debían combatir contra tipos como ese Te Kooti en su propia tierra... Ya se ha visto en ocasiones suficientes adónde conduce eso. Los bandos no se entienden entre sí y al final se derrama más sangre de la que en realidad es necesaria. Siguieron además algunas masacres por ambas partes. Y, finalmente, en Wellington se decidió enviar a los ingleses de vuelta a casa. Los armed constables se encargaron de la estrategia de la guerra. Y con éxito, por lo visto: Te Kooti al menos se rindió y se ocultó con su kingi.

—¿Y de dónde salió esa gente? —preguntó Kathleen—. Seguro que no de las academias militares británicas.

Peter movió la cabeza.

—No. Reclutaron a la mayoría entre las patrullas de la policía local y colonos, una medida razonable, pues al menos conocían la zona. Además, decidieron incluir a maoríes. Una buena idea también, pues no todos se habían rebelado y eso seguro que contribuyó a apaciguar la situación.

Heather, que hasta entonces había estado ocupada dibujando al carboncillo esbozos rápidos del paisaje inglés que pasaba por la ventana, rio.

—Puede verse de esta manera. Bueno, en la universidad dicen que las tribus se peleaban entre sí, a cuál más salvajemente. Dicen que en East Cape y Gisborne estallaron auténticas guerras civiles.

Kathleen hizo un gesto de impotencia.

—En fin —respondió—. Ya no hay más guerras. ¿Para qué necesitamos ahora armed constables?

No planteó la pregunta «¿Para qué necesitamos ahora a Colin?», pero los ocupantes del elegante compartimiento de primera clase casi podían palparla.

—¿Para evitar otras guerras? —sugirió Peter—. En cualquier caso, es evidente que siguen reclutando hombres, de lo contrario Colin no podría regresar.

—Por lo visto, su sargento ha intercedido en su favor —señaló Kathleen igual de tensa que antes.

Colin había presentado el tema como si la Armed Constabulary Field Force lo estuviese esperando solo a él y, al parecer, sus superiores británicos habían apoyado su traslado.

Peter asintió —esperaba que sosegador— y mentalmente agradeció a Heather que no dijese nada. Kathleen tendría que averiguar por sí misma que a veces también se ascendía a los subordinados díscolos para librarse de ellos...

El hermano de Peter había prometido enviar un carruaje a la estación para recoger a sus parientes neozelandeses. En Roath, una pequeña localidad al este de Cardiff, los Burton poseían una propiedad que en su origen había sido el granero de un castillo normando. Según Peter, todo muy rural.

Tan solo distaba unos pocos kilómetros de la capital de Gales, así que el lugar resultaba céntrico pese a ser muy campestre. También Cardiff había sido en sus inicios una pequeña e idílica ciudad, pero desde que había estallado la explotación de las minas de carbón, porque todos construían fábricas y acerías, el pequeño fondeadero había crecido hasta convertirse en uno de los puertos industriales más importantes del mundo. Así pues, la ciudad presentaba todas las marcas de una población que ha crecido demasiado deprisa: casas feas y construidas a toda velocidad, instalaciones metalúrgicas alrededor del núcleo urbano y muchos inmigrantes que, de forma más o menos legal, querían hacer fortuna o, como mínimo, ganarse el pan de cada día. No obstante, también se erigían inmuebles suntuosos y nuevos edificios públicos. La ciudad estaba a todas vistas en construcción. A Kathleen le recordó en varios aspectos a Dunedin durante la fiebre del oro.

—Para nosotros, en Roath, esto es definitivamente una ventaja —explicó Joseph Burton, un hombre rechoncho y rubicundo, que dejaba intuir el aspecto que habría tenido Peter si no hubiese estado trabajando constantemente para su congregación. Joseph tenía el cabello liso y del mismo color que su hermano, así como unos rasgos faciales armónicos. Sin embargo, en lugar de las arrugas de la risa típicas de Peter y los hoyuelos, sus mejillas daban más bien la impresión de estar hinchadas y mostraba bolsas bajo los ojos: el rostro de un hombre que prefería los placeres de la buena mesa a cualquier tipo de acción—. Cardiff crece hacia Roath. Ahora mismo en nuestro barrio se está construyendo mucho. Claro que solo gente pudiente, se entiende, banqueros, armadores, hombres de negocios que trabajan en el carbón sin mancharse la cara de hollín. —Joseph rio—. En Roath viven prácticamente en el campo y en un instante están en sus despachos portuarios. Para eso pagan casi cualquier precio. También nosotros hemos vendido un poco de tierra. Y obtenido... humm... un modesto beneficio.

En realidad, la apariencia de Joseph Burton no podía calificarse de modesta. Su vehículo era sumamente elegante y estaba tirado por cuatro caballos magníficos; naturalmente no conducía él mismo, sino que un criado con librea se encargaba de ello. Peter alabó los preciosos caballos, volviéndose a Kathleen y alzando los ojos al cielo. Era totalmente excesivo enviar un carruaje tirado por cuatro caballos. A fin de cuentas, solo había que llevar a tres personas y tres maletas y no, como señaló más tarde Peter con ironía, un vagón de carbón.

Por supuesto, la ropa que Joseph vestía también era cara, y sin duda le habían confeccionado a medida la levita.

—Me las hacen en Londres... —respondió él cuando Kath­leen, una modista vocacional, hizo un comentario al respecto—. En Savile Row. Aquí en provincias solo se obtienen artículos de serie, pero donde vosotros vivís, en la otra punta del mundo, debe de ser todavía peor.

Joseph dirigió una mirada desdeñosa al traje marrón y algo gastado de Peter. Al instante, Kathleen se avergonzó de su marido. En Dunedin había buenos sastres de caballero, sin la menor duda, pero a Peter no le importaba su apariencia. Kathleen se alegró de que al menos los trajes de viaje de ella y Heather superasen cualquier examen crítico. En Londres había observado complacida que su última colección se anticipaba incluso a la última moda europea.

Heather no se dejaba impresionar tan fácilmente. Encontró antipático al hermano de Peter y se preguntó a quién se refería con el «nosotros» con que hablaba de su familia. ¿O se refería solo a sí mismo? ¿Utilizaba acaso el plural mayestático? Lástima que su tío por parte del reverendo se sentase enfrente de ella en el coche y no pudiese compartir esa idea con Peter sin que la oyese.

El carruaje abandonó el hermoso casco antiguo de Cardiff. Pronto dejaron atrás los barrios menos bonitos de las afueras y Kathleen se olvidó de sus tristes pensamientos, así como Heather de su sarcasmo. La carretera que conducía a Roath transcurría entre campos y prados de un verde intenso, y Roath mismo se caracterizaba por los lagos que salpicaban su paisaje. Los establos, almiares y cabañas cubiertas de hiedra eran, a ojos de los neozelandeses, como casitas de muñecas. Kathleen pensó en Irlanda, mientras que Heather se sintió transportada a los cuentos de su infancia.

La casa de los Burton descansaba en medio de unos jardines junto a un lago. Aunque Kathleen no se hubiese referido a ella como a una casa; el edificio era una construcción de ensueño de piedra rojiza con ventanas altas, con las fachadas adornadas con balcones y torrecillas. Lo rodeaban unos árboles centenarios y el acceso estaba cubierto de gravilla clara. ¡Los Burton poseían un castillo!

—Pues sí, un auténtico castillo —titubeó Peter cuando Kathleen le echó luego en cara que no hubiese descrito en toda su grandeza la propiedad de su familia—. Es precisamente una casa señorial inglesa. Ya lo dije: countrygentlemen. Y la familia tampoco tenía tanto dinero... hasta que mi hermanito, especulando con la propiedad, obtuvo un «modesto beneficio». Pero mejor así, de este modo no envidiarán nuestra casa en Treherbert.

Fuera como fuese, era evidente que se había invertido una considerable cantidad de dinero en el mobiliario del vestíbulo, los salones y las habitaciones de los invitados. Kathleen podía apreciar el valor de los muebles y alfombras, pues las telas para Lady’s Goldmine las compraban en Inglaterra. Además, todo estaba puesto a la última moda, lo que no sorprendió a los Burton cuando conocieron al «nosotros» de Joseph Burton. El hermano de Peter vivía en la casa junto con el hijo de su primer matrimonio y su segunda esposa. Joseph se había quedado viudo y había vuelto a casarse el año anterior. La anciana madre de Peter y Joseph residía en las habitaciones del piso superior de la casa. El padre había muerto.

—¿No ha dicho algo de un hijo? —susurró Heather cuando una muchacha entró en una sala de recepciones con muebles tapizados en rosa viejo. La joven, de cabello oscuro y tez clara, era muy fina y de una belleza deslumbrante.

—Bienvenidos a Paradise Manor —los saludó con una dulce voz.

Joseph Burton rio a sus espaldas.

—¡Este es el nombre que le ha puesto! —explicó—. Paradise Manor. Antes se llamaba simplemente Burton Manor, pero Alice tiene debilidad por la poesía... ¿puedo presentaros? Alice Burton, mi esposa.

—¡Dios mío, la chica es más joven que Heather! —exclamó Kathleen cuando por fin estuvo a solas con Peter.

Ambos habían mostrado una sonrisa inalterable mientras Joseph y Alice les enseñaban la casa («¡Alice la ha amueblado toda de nuevo!») y luego les ofrecieron un té. A Kathleen siempre le resultaban desagradables las viejas ceremonias inglesas del té, en secreto daba gracias al cielo por que quienes visitaban la casa parroquial de Peter preferían en general el café y un ambiente algo menos formal. Pero el procedimiento en Paradise Manor le recordó tanto a los lejanos días en Irlanda, que casi sintió miedo. Solo que por entonces ella había sido la chica algo torpe que había servido el té y que anhelaba probar las pastas dulces que lo acompañaban. La joven Mary Kathleen había servido en la residencia de un terrateniente, un privilegio al que agradecía la oportunidad de poder llevar eventualmente algo de pan a casa... y la constante tentación de robar los pastelillos de té que habían sobrado y repartirlos con su amado Michael Drury...

Kathleen sonrió animosa a la apocada doncella rubia que sirvió el té con manos temblorosas, a quien Alice había censurado con dureza cuando derramó un par de gotas. Tampoco debía de ser fácil para esa joven ama de casa reafirmar su posición. La bien educada Heather se estremeció, desagradablemente incomodada, cuando Alice riñó a la doncella.

—¿De dónde habrá sacado a esa Alice? —se preguntó Peter después—. No tiene unos modales excepcionalmente distinguidos, aunque sin duda se esfuerza. Y no es mucho mayor que el hijo de Joseph, si mal no recuerdo.

—En cualquier caso, me gustaría marcharme de aquí en cuanto sea posible —advirtió Kathleen—. Por bonito que sea el entorno. Y por mucho que aprecie a tu madre.

La madre de Peter apenas abandonaba sus dependencias en el piso superior de la casa, supuestamente porque le costaba subir y bajar por las escaleras. Sin embargo, durante la breve conversación con la anciana, Kathleen había concluido que la decoración de Alice no le agradaba especialmente. Fuera como fuese, Kathleen congenió con la dama mucho más que con la joven nuera, pero, aun así, no quería juzgar a Alice. Tal vez la muchacha había tenido sus buenas razones para casarse con ese hombre mucho mayor que ella y poco atractivo. En cualquier caso, la joven no daba la impresión de ser muy dichosa y quizá se había consolado amueblando de nuevo su residencia.

—Mi madre sabe que queremos seguir enseguida el viaje a Rhondda. Y yo creo que le caes bien, ha hecho unos comentarios muy positivos acerca de ti. —Peter había conversado a solas con su madre mientras enseñaban las habitaciones de los invitados a Kathleen—. Pero puede que tengamos un problema con la casa de Treherbert. Al parecer, Randolph se ha mudado allí. Después de que Joseph y Alice se casaran y antes de la muerte de tío James. Ahora reclama la casa, se supone que mi tío quería cambiar el testamento a su favor...

Randolph era el hijo del primer matrimonio de Joseph. Kathleen entendía muy bien que hubiese huido de la casa de su padre.

—A lo mejor podemos llegar a un acuerdo con él —dijo sosegadora—. También forma parte de la herencia un pueblo en el que viven aparceros... ¿O era una mina incluso? Si nosotros nos quedamos con la propiedad y lo nombramos administrador...

Peter se encogió de hombros.

—¿Te sentirías a gusto siendo un noble rural, l ...