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ADIóS

Valeria Schapira  

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Fragmento

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Penguin Random House

Los ojos de un animal son el espejo

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del alma del Universo.

PRÓLOGO

Los animales son un misterio. Ellos nos hablan de amor, de pureza, de fidelidad, de hermosura, es cuestión de que sepamos oírlos.

Siempre he pensado que el perro es un animal que no merecemos: tanto amor, fidelidad y pureza… creo que no lo merecemos considerando lo poco que valoramos todas estas cosas tan importantísimas.

PACO CATALÁN, dibujante animalista1

Casi como una ironía o como un guiño del Universo, apenas pasado el cumpleaños número diez de mi amado Joy, me veo escribiendo un libro destinado a afrontar/enfrentar/superar/sanar la pérdida de un animal amado. No es que crea que Joy esté por irse, lo acompaña la salud y mi obsesivo cuidado de idische mame perruna. Pero tengo plena consciencia de que un perro vive, como mucho, un quince por ciento de lo que vive un humano promedio. Los gatos domésticos suelen ser algo más longevos.

Mi editora insistió en lo necesario de este libro y estoy plenamente de acuerdo, aunque me resistí un poco al proceso. El recorrido que implica soltar nunca es sencillo para nadie. No es fácil digerir que los que amamos nos van a dejar, aunque sea inexorable, a menos que nos vayamos de aquí antes que ellos. Hubiera sido tanto más fácil para mí encarar este desafío hace cinco o seis años, cuando mi perro todavía era un perro joven. Hoy Joy ya es un adulto mayor o, para decirlo sin eufemismos, “un perro viejo”.

No creo en casualidades sino en sincronías, y es probable que esta misión editorial tenga un sentido espiritual, además de práctico, tanto en lo personal como para cada uno de quienes, como tú ahora, me leen. Definitivamente, estaba esperando alguna señal para empezar. Cuando decidimos fluir con la vida, empiezan a pasar cosas mágicas. Inexplicables. Mensajes y situaciones sincrónicas. En una radio me consultaron acerca de mis proyectos laborales, una pregunta casi de rutina. Dije que estaba escribiendo un libro sobre animales. Uno de los productores del programa se acercó a mí con lágrimas en los ojos y me mostró su tatuaje: un golden retriever marcado en su piel para siempre. Me contó la historia de su perro, de prematura partida, y entendí que sería una gran ayuda para quien ha perdido a un animal de compañía escribir sobre lo que se siente cuando esto ocurre y una manera de prepararme para el inevitable dolor que acompañará a la partida de Joy.

El proceso de escritura se demoró en minucias y distracciones. Siempre encontraba una excusa para no encarar la tarea de reflexión, de escritura. Atribuía la dilación a falta de tiempo y otros justificativos poco creíbles para quien tiene el genuino deseo de crear. Al fin de cuentas, he escrito libros en condiciones poco propicias y en tiempos casi inhumanos. Supongo que imaginaba que demorar el libro podía llegar, consecuentemente, a demorar la partida de Joy, como si estuviera en mis manos decidir su tiempo de estadía en este plano de seres poco evolucionados.

Aunque me costó lágrimas anticipadas, decidí ponerme a escribir. Con Joy a mis pies. Antes de que decida partir. La tarea ha sido muy difícil: cantidad de veces, mis lágrimas interrumpieron la escritura y me he tirado al piso a abrazar a Joy simplemente para constatar que aún estuviera respirando. Este libro es un diálogo conmigo y con él. Y contigo, que si estás por estas páginas seguro sabes de qué hablo cuando hablo de un perro. De tu perro. O de un gato. De tu gato. Al que jamás tratarías de “mascota”. Ni harías comentarios del estilo de “al fin de cuentas, es solo un animal”.

Si en algo coincidimos la mayoría de los humanos es en nuestra falta de preparación, tanto emocional como práctica, frente al manejo de ciertas cuestiones que surgen ante la inminencia de la muerte. De nuestros seres queridos en general, y ni hablar de nuestros peludos amados. Fantaseamos con la muerte de aquellos a quienes queremos, nos preguntamos cómo seguirá la vida sin ellos y cómo será la de ellos en otro plano, si es que creemos en otras vidas. Cuando muere un humano, conocemos los pasos prácticos y —si somos religiosos— los rituales a seguir. Mucha gente paga seguros de vida, la cuota de su parcela en un cementerio, o ha indicado a sus familiares de manera formal o como una expresión de deseos si prefiere ser velada, cremada, enterrada, si es donante de órganos, etc. Lo mismo a nivel religioso: hay quienes quieren que su último adiós siga determinados rituales y otros que eligen irse en un discreto silencio. Pero parece que de eso no se habla cuando se trata de los animales del hogar.

La inexorabilidad de la muerte de un ser querido siempre nos lleva al mismo camino: el de la negación, en una primera fase. Salvo tragedias inesperadas, los humanos solemos tener un desenlace más gradual que los animales. Como regla general, vivimos más tiempo que ellos y nuestras agonías suelen ser más prolongadas. Lo cierto es que no estamos preparados para despedir a un ser intensamente amado. Mucho menos si esa intensidad se condensó en un breve lapso, unos años de vida.

El tema de la finitud siempre está en mi mente. Perdí a mis padres a mis veintipocos y ese hito dejó por siempre encendida la alarma de que todo puede terminar en los próximos segundos. Como seguidora de la filosofía del budismo, he logrado abrazar con cierta calma la perspectiva de la muerte. No obstante, desde que Joy llegó a mi vida —a sus cuarenta y cinco días—, por lo menos una vez al día me acerco a él y apoyo mi mano en su cuerpo solo para ver si respira. No soy madre, pero imagino que eso mismo hace quien cuida de su bebé. La llegada de un animal doméstico al hogar tiene un efecto movilizador en todos los aspectos de la vida, tanto en lo operativo como en lo sentimental. Cuando ese animal muere, también moviliza cantidad de sentimientos y situaciones. Incluso más que a su llegada, por una razón muy sencilla: hemos construido un vínculo con ese ser. Ladrillo a ladrillo, vivencia tras vivencia, hemos aprendido a querernos.

Mientras escribo este prólogo, siento las patitas de Joy avanzando musicalmente sobre el piso de madera: viene a interrumpir mi escritura para pedirme comida, con la impunidad que le da saberse amado y único. Es temprano aún para su cena, pero eso no parece importarle demasiado. Muchas veces me enoja que interfiera e ...