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AGRIDULCE

COLLEEN MCCULLOUGH  

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Fragmento

Edda y Grace, Tufts y Kitty. Dos pares de gemelas, hijas del reverendo Thomas Latimer, rector de la iglesia anglicana de St. Mark en Corunda, condado y ciudad de Nueva Gales del Sur.

Estaban sentadas en cuatro estilizadas sillas delante de las enormes fauces de la chimenea, donde no ardía fuego alguno. El amplio salón estaba lleno de mujeres que parloteaban, invitadas por la esposa del párroco, Maude, a fin de celebrar el acontecimiento para el que faltaba menos de una semana: las cuatro hijas del rector dejaban la rectoría para empezar a prepararse como enfermeras en el Hospital de Corunda Base.

«¡Falta menos de una semana, falta menos de una semana!», se decía Edda una y otra vez mientras soportaba el bochorno de estar a la vista de todo el mundo, paseando la mirada de aquí para allá porque prefería no mirar a su madrastra Maude, que como siempre llevaba las riendas de la charla.

En el entarimado, al lado de la silla de Edda, la última de la fila de cuatro, había un agujero. Un movimiento en su interior llamó la atención de Edda, que se puso rígida, sonriendo para sus adentros. ¡Una rata enorme! ¡Y estaba a punto de colarse en la fiesta de mamá! «Un par de centímetros más —pensó mientras observaba la cabeza de la alimaña—, y lanzaré un sonoro grito y chillaré: “¡Una rata!”. ¡Qué divertido!»

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Sin embargo, antes de que Edda consiguiera levantar la voz llegó a ver bien la rata y se quedó de piedra. Una cuña negra y lustrosa con una lengua vibrante —y demasiado larga, le pareció—, seguida por un cuerpo, también negro y lustroso, del grosor del brazo de una mujer, y un vientre rojizo. Y aquello se acercaba cada vez más, siete palmos de serpiente negra de vientre rojo, letalmente venenosa. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Seguía saliendo aún, lista para escurrirse en una dirección impredecible en cuanto hubiera liberado la cola. Los atizadores estaban al otro lado de la chimenea, y Tufts, Grace y Kitty, que no se habían dado cuenta de nada, se encontraban en su trayectoria; no alcanzaría a coger uno a tiempo.

La silla tenía asiento acolchado pero carecía de brazos, y las frágiles patas se ahusaban para acabar en puntas redondeadas no mayores que una barra de carmín; Edda respiró hondo, se levantó unos centímetros alzando también la silla y colocó la pata delantera izquierda justo encima de la cabeza de la alimaña. A continuación se sentó con todas sus fuerzas, las manos aferradas a los laterales del asiento, decidida a capear el temporal como si fuera el mismísimo Jack Thurlow domando un caballo.

La pata atravesó la cabeza justo entre los ojos, y el resto del cuerpo se encabritó en el aire. Alguien soltó un chillido estridente al que siguieron otros gritos, mientras Edda Latimer permanecía sentada y se afanaba en mantener la pata de la silla incrustada en la cabeza del reptil. El cuerpo restallaba, aporreaba, azotaba todo alrededor, incluso a ella, descargando zurriagazos tan fuertes y brutales como los de un látigo, tan rápidos que la muchacha parecía rodeada de un remolino borroso, una sombra que no dejaba de agitarse.

Las mujeres corrían por todas partes, gritando aún, aterradas ante la imagen de Edda y aquella vieja serpiente macho, incapaces de sobreponerse al pánico para ayudarla.

Salvo Kitty —la hermosa y valiente Kitty—, que brincó por delante de la chimenea blandiendo el tomahawk que se usaba para cortar leños gruesos. Abriéndose paso entre los latigazos que descargaba la serpiente, separó la cabeza del espinazo de dos tajos.

—Ya puedes levantarte, Eds —le dijo Kitty a su hermana al tiempo que dejaba el hacha—. Vaya monstruo. Estarás cubierta de moretones.

—¿Os habéis vuelto locas? —sollozó una conmocionada Grace.

—¡Idiotas! —exclamó Tufts, mirando a ambas hermanas.

El reverendo Thomas Latimer estaba demasiado ocupado con su segunda esposa, paralizada por la histeria, para hacer lo que de verdad deseaba: consolar a sus valientes hijas.

Los gritos y chillidos ya estaban menguando, y el terror había remitido lo suficiente para que las mujeres más intrépidas se arracimaran en torno a la serpiente y comprobaran que estaba muerta. ¡Qué bicho tan enorme! Y pese a que las señoras Enid Treadby y Henrietta Burdum se afanaron en ayudar al rector a tranquilizar a Maude, nadie salvo las cuatro gemelas recordaba ya el objetivo original de la malograda reunión. Lo importante era que esa criatura extraña, Edda Latimer, había matado una vieja serpiente macho venenosa, y era hora de volver a casa a toda prisa, para perpetuar las principales actividades femeninas de Corunda: el Chismorreo y su séquito, formado por el Rumor y la Especulación.

Las cuatro chicas se trasladaron hasta un carrito de servicio, donde se sirvieron té en las delicadas tazas y se abalanzaron sobre los sándwiches de pepino.

—¡Qué bobas son las mujeres! —exclamó Tufts, haciendo oscilar la tetera en el aire—. Cualquiera diría que se estaba cayendo el cielo. Pero qué típico de ti, Edda. ¿Qué pensabas hacer si lo de la pata de la silla no surtía efecto?

—En ese caso, Tufts, habría recurrido a ti para que sugirieses algo.

—¡Ja! No hacía falta que recurrieras a mí porque Kitty, a quien se le da igual de bien pensar que intrigar, ha acudido en tu rescate. —Tufts miró en torno—. Caray, todas se van a casa. Venga, chicas, podemos comérnoslo todo.

—Mamá tardará dos días en recuperarse —comentó Grace alegremente, al tiempo que tendía la taza para que le sirvieran más té—. Esto supera el shock de perder a las cuatro criadas sin sueldo de la rectoría.

—¡Qué tontería, Grace! —exclamó Kitty—. El shock de perder a sus criadas sin sueldo es más importante para ella que la presencia de una serpiente en su casa, por grande o venenosa que fuera.

—Más aún —terció Tufts—, lo primero que hará mamá cuando se haya recuperado será soltarle un sermón a Edda acerca de cómo matar serpientes con decoro y discreción. Vaya jaleo has armado.

—Ay, sí que es verdad —reconoció Edda tranquilamente, al tiempo que untaba un bollo con mermelada de arándanos y nata—. Si no hubiese armado jaleo, ninguna de las cuatro habríamos probado los bollos. Se los habrían zampado esas brujas amigas de mamá. —Se echó a reír—. El lunes que viene, chicas, empezaremos a vivir por nuestra cuenta. Se acabó mamá. Y ya sabéis que no va con segundas para que Tufts y tú os deis por aludidas, Kitty.

—Lo sé muy bien —rezongó Kitty.

No era que Maude Latimer fuera deliberadamente horrible; a su manera de ver, era una santa entre madrastras y madres por igual. Grace y Edda tenían el mismo padre que sus dos hijas, Tufts y Kitty, y no había discriminación alguna ni siquiera en el horizonte más remoto, o eso se apresuraba a aclararle Maude incluso al observador menos interesado en la vida de la rectoría. ¿Cómo podían resultarle fastidiosas unas criaturas tan preciosas a alguien que adoraba ser madre? Claro, en la realidad podría haber funcionado tal como funcionaba en la imaginación de Maude, de no ser por un accidente físico del destino. A saber, que la menor de las gemelas de Maude, Kitty, poseía una belleza superior a la de sus encantadoras hermanas, a quienes hacía sombra del mismo modo que el sol oscurece el resplandor de la luna.

Desde la infancia de Kitty hasta la fiesta de ese mismo día para celebrar que se marchaban de casa, Maude describía la perfección de Kitty ante cualquiera que quisiese oírla. La gente opinaba en privado lo mismo que Maude en público, pero, ay, cómo se hartaba la gente cuando aparecía Maude, con la mano de Kitty firmemente cogida, y las otras tres gemelas un paso por detrás. La opinión de Corunda coincidía en que al final Maude iba a crearle a Kitty tres enemigas implacables en sus hermanas: ¡cómo debían de detestarla Edda, Grace y Tufts! La gente también deducía que Kitty tenía que ser antipática, consentida e insufriblemente engreída.

Sin embargo, no era así, aunque el motivo constituía un misterio para todo el mundo salvo para el rector, que interpretaba el amor que sus hijas se profesaban mutuamente como una prueba sólida y tangible de lo mucho que las amaba Dios. Por supuesto, Maude usurpaba las alabanzas que su marido dirigía al Señor y consideraba que el mérito era suyo y solo suyo.

Las hermanas Latimer compadecían a Maude en la misma medida que les resultaba antipática, y solo la querían de esa manera que une a las mujeres de la misma familia, tanto si hay lazos de sangre como si no. Lo que había unido a las cuatro chicas en su inquebrantable alianza contra Maude no era el sufrimiento de las tres situadas en el perímetro exterior del afecto de esta, sino el de Kitty, en quien se concentraba todo el cariño de Maude.

Kitty tendría que haber sido una niña presuntuosa y exigente; en cambio, era tímida y retraída. Edda y Grace, veinte meses mayores, se dieron cuenta mucho antes que Tufts; sin embargo, en cuanto las tres se hubieron apercibido, empezó a preocuparles mucho el nocivo efecto de su madre en Kitty. El modo en que se fraguó poco a poco la conspiración para proteger a Kitty de Maude se perdió en las nieblas de la infancia, pero con el paso del tiempo la conspiración cobró fuerza.

Siempre era Edda, más dominante, quien aguantaba lo más recio de los conflictos graves, una pauta que se fijó cuando Edda, con doce años, sorprendió a Kitty desfigurándose el rostro con un rallador de queso, y llevó a esta, que tenía diez años, a recurrir a papá, el hombre más dulce y cariñoso del mundo. Él se ocupó de la crisis, abordó el problema del único modo que sabía y convenció a la niña de que al intentar hacerse daño insultaba a Dios, que la había hecho hermosa por alguna misteriosa razón que solo Él conocía y que algún día ella entendería.

Eso contuvo a Kitty hasta el inicio del último año de estudios en el Colegio para Señoritas de Corunda, una institución de la Iglesia anglicana. Posponiendo el comienzo de la educación de sus gemelas mayores y adelantando el de las menores, las cuatro chicas cursaron la educación primaria y la secundaria en la misma clase, e hicieron juntas la reválida. La directora, una arisca escocesa, dio la bienvenida a las once chicas que se quedaron en el centro hasta el último año con un discurso pensado para desalentar sus expectativas ante la vida en lugar de animarlas.

«Vuestro padres os han permitido gozar de los frutos de entre dos y cuatro años adicionales de educación manteniéndoos en el CSC hasta que hagáis los exámenes de reválida —dijo con la entonación propia de alguien educado en Oxford—, cosa que haréis al final de este año de Nuestro Señor de 1924. Para cuando os licenciéis, vuestra educación será exquisita, hasta donde puede serlo la educación para mujeres, claro. Tendréis conocimientos básicos de lengua, matemáticas, historia antigua y moderna, geografía, ciencias, latín y griego como para acceder a la universidad. —Hizo una pausa elocuente y llegó luego a su conclusión—: Sea como sea, la carrera que más os conviene es un matrimonio como es debido. Si optáis por seguir solteras y tenéis que manteneros, podéis escoger entre dos carreras: maestras en centros de primaria y algunos de secundaria, o secretarias.»

Maude Latimer hizo una apostilla a ese discurso durante la comida en la rectoría el domingo siguiente.

«¡Qué tontería! —dijo, y soltó un bufido—. Ah, no, no me refiero a lo del matrimonio como es debido. Eso lo conseguiréis todas, naturalmente. Pero ninguna hija del rector de la iglesia de St. Mark tiene por qué ensuciarse las manos trabajando para ganarse la vida. Viviréis en esta casa y me ayudaréis a llevarla hasta que os caséis.»

En septiembre de 1925, cuando Edda y Grace tenían diecinueve años y Tufts y Kitty dieciocho, Kitty fue a los establos de la rectoría y cogió una cuerda. Después de hacerle un nudo corredizo en un extremo y lanzarla por encima de una viga, metió la cabeza por el lazo y se subió a un bidón de combustible vacío. Cuando Edda la encontró, ya había volcado el bidón y colgaba, patéticamente inmóvil, con la intención de acabar con su vida. Incapaz de entender luego cómo había encontrado fuerzas, Edda consiguió liberar a Kitty de la cuerda que la ahorcaba antes de que sufriera lesiones irreparables.

Esta vez no llevó de inmediato a Kitty a presencia del rector.

—Ay, queridísima hermanita, no puedes hacer esto, no puedes —dijo entre sollozos, con la mejilla contra el sedoso cabello de su hermana—. ¡No hay nada tan malo!

Sin embargo, cuando Kitty fue capaz de carraspear una respuesta, Edda se dio cuenta de que era incluso peor.

—Detesto ser guapa, Edda, lo odio. Si por lo menos mamá se callara y me dejara en paz... Pero es incapaz. Para cualquiera que la escuche, soy Helena de Troya. Y no me deja que vaya vestida como quiera o que no me maquille. Edda, si por ella fuese, te juro que me casaría con el mismísimo príncipe de Gales.

Edda procuró mostrarse desenfadada.

—Incluso mamá ha de saber que no eres del tipo de su alteza real, Kits. A ese le gustan casadas, y mucho mayores que tú.

El comentario provocó una risita llorosa, pero Edda tuvo que hablar bastante más y utilizar toda su persuasión antes de que Kitty consintiera en acudir a su padre con sus problemas.

—Kitty, no estás sola —arguyó Edda—. Fíjate en mí. Vendería mi alma al diablo, y lo digo en serio, por la oportunidad de ser médica. Es lo que siempre he querido, una licenciatura en Medicina. Pero no puedo aspirar a eso. Por una parte, no hay dinero y nunca lo habrá. Por otra, papá no lo aprueba en lo más hondo de su corazón; no porque esté en contra de que las mujeres desempeñen esas profesiones, sino por lo mal que se lo hace pasar todo el mundo a las mujeres que se dedican a la medicina. Cree que no me haría feliz. Sé que se equivoca, pero no acaba de estar convencido. —Tomó el brazo de Kitty y lo apretó entre sus dedos fuertes y esbeltos—. ¿Qué te hace pensar que eres tú la única desdichada, eh, dime? ¿Crees que yo no me he planteado también ahorcarme? ¡Bueno, pues sí! No una vez, sino muchas.

Así pues, para cuando Edda le contó a Thomas Latimer que su hermana había decidido colgarse, Kitty era arcilla maleable.

—¡Ay, querida, querida mía! —susurró mientras le resbalaban lágrimas por su cara alargada y bien parecida—. A quienes cometen el pecado de acabar con su propia vida, Dios les reserva un infierno especial, sin pozo de fuego ni compañía alguna en su sufrimiento. Quienes se quitan la vida vagan por la inmensa eternidad siempre solos. Nunca vuelven a ver otra cara, a oír otra voz, a degustar la agonía ni el éxtasis. ¡Júrame, Katherine, que no volverás a intentar hacerte daño de ninguna manera!

Lo había jurado, y mantuvo su palabra, aunque sus tres hermanas siempre tenían un ojo puesto en Kitty.

Y resultó que el intento de suicidio aconteció justo en el momento adecuado, gracias a que el rector de la iglesia de St. Mark era miembro de la junta directiva del Hospital de Corunda Base. Una semana después de la crisis de Kitty, se reunió la junta directiva del hospital, y uno de los asuntos que trataron fue el de que en 1926 el Ministerio de Sanidad de Nueva Gales del Sur iba a contar con una nueva clase de enfermera: una enfermera preparada, educada y titulada. El rector vio de inmediato que era una carrera adecuada para una chica criada como una dama. Lo que más entusiasmó al rector fue que las nuevas enfermeras debidamente preparadas tendrían que vivir en las inmediaciones del hospital para poder acudir de inmediato en caso necesario. El sueldo, tras descontar alojamiento y comida, uniformes y libros, era una miseria, pero sus hijas contaban con una modesta dote de quinientas libras, y esa miseria suponía que no tendrían que recurrir a ella; Maude ya estaba quejándose de que cuatro bocas de más en la rectoría daban demasiado trabajo. Así pues, se dijo el rector mientras volvía a casa en su Ford T, ¿por qué no ofrecerles a las chicas una carrera de enfermería? Adecuada para una dama, con alojamiento en el hospital, un sueldo de miseria y (aunque era demasiado leal para planteárselo así) libertad respecto de Maude la Destructora.

Había abordado primero a Edda, que se mostró loca, ferozmente entusiasta; con lo que incluso resultó más fácil convencer a Grace, la más reacia. ¿Importaba acaso que estar fuera del alcance de Maude fuera mayor aliciente para Grace y Kitty que la perspectiva del trabajo en sí?

Mucho más ardua para el rector fue la batalla que hubo de librar él solo en la junta directiva para convencer a sus doce miembros de que Corunda Base debía estar entre los hospitales pioneros con nuevas enfermeras. En alguna parte del cuerpo de Thomas Latimer, elegantemente desgarbado como una gacela, tan olvidado que sin duda estaba apolillado, acechaba un león. Y por primera vez hasta donde se remontaba la memoria de Corunda, el león rugió. Con los dientes al descubierto y las garras desenvainadas, el león era una manifestación del reverendo Latimer con la que no sabía cómo vérselas alguien como Frank Campbell, director del Hospital de Corunda Base. De modo que, encantado con lo que podía lograr mediante su agresión leonina, el reverendo Latimer se alzó con la victoria.

Las cuatro gemelas Latimer, saciadas sin llegar al hartazgo, cruzaron discretas miradas de triunfo. El salón se había quedado vacío y el té restante en las teteras estaba demasiado macerado, pero en el joven pecho de cada una latía un corazón feliz.

—A partir del lunes ya no tendremos que aguantar a Maude —suspiró Kitty.

—¡Kitty! No puedes hablar así, es tu madre —repuso Grace, escandalizada.

—Claro que puedo si me da la gana.

—Cállate, Grace, lo único que hace es celebrar su emancipación —terció Edda, con una amplia sonrisa.

Tufts, la más práctica, miró el cadáver de la serpiente.

—La fiesta ha terminado —sentenció, al tiempo que se ponía en pie—. Es hora de limpiar, chicas.

Al posar la mirada en la serpiente encharcada en sangre, Grace se estremeció.

—No me importa sacar las hojas de té de las teteras, pero no pienso limpiar eso.

—Puesto que lo único que has hecho al aparecer la serpiente ha sido chillar y lloriquear, sí que vas a limpiarlo —contestó Edda.

Tufts dejó escapar una risita.

—¿Te parece asqueroso, Grace? Pues espera a que estemos en las salas del hospital.

Con su generosa boca curvada en una mueca de disgusto, Grace se cruzó de brazos y fulminó con la mirada a sus hermanas.

—Empezaré cuando tenga que hacerlo, ni un minuto antes —dijo—. Kitty, toda esa sangre la has provocado tú al cortarle la cabeza. —De súbito le cambió el talante y se echó a reír—. Ay, chicas, ¿os lo imagináis? Nuestra época como criadas sin sueldo se ha acabado. ¡Allá vamos, Hospital de Corunda Base!

—Con tareas asquerosas y todo —añadió Edda.

El reverendo Thomas Latimer, que tenía algo de sangre Treadby aunque no era oriundo de Corunda, había sido nombrado rector de la iglesia anglicana de St. Mark en Corunda hacía veintidós años. Era esa pincelada Treadby la que lo hacía aceptable a los ojos de la población mayormente anglicana pese a su juventud y su relativa falta de experiencia; ninguna de estas cualidades se consideraba un grave hándicap, pues Corunda se preciaba en moldear a su propia imagen el barro virgen. Su esposa Adelaide provenía de buena familia y era muy apreciada, que era más de lo que se podía decir del ama de llaves de la rectoría, Maude Treadby Scobie, una viuda sin hijos con la sangre adecuada y una idea insufrible de su propia importancia.

Thomas y Adelaide echaron raíces y se ganaron el cariño de sus vecinos, pues el rector, sumamente apuesto a su manera erudita, era un alma amable y digna de confianza, y Adelaide lo era más aún. Se quedó embarazada tras un intervalo adecuado, y el 13 de noviembre de 1905 dio a luz dos gemelas, Edda y Grace. A continuación, una horrible hemorragia la consumió y Adelaide murió.

Puesto que Maude Scobie, tan eficiente, ya estaba bien versada en todos los asuntos de la rectoría, los miembros del consejo de la iglesia de St. Mark pensaron que Thomas Latimer, que tenía el corazón destrozado, debía seguir contando con los servicios de la señora Scobie, sobre todo porque tenía a su cargo a dos recién nacidas. Maude tenía seis años más que el rector y ya había dejado atrás la treintena. Empalagosamente refinada y de una gran belleza, aceptó encantada continuar como ama de llaves. El empleo no era una bicoca pero sí un puesto cómodo; los miembros del consejo no tenían inconveniente en financiar a amas de cría y fregonas.

Toda la congregación lo entendió cuando, un año después de la muerte de su primera esposa, el rector se casó de nuevo, esta vez con Maude Scobie, que quedó embarazada de inmediato y dio a luz dos gemelas ligeramente prematuras el 1 de agosto de 1907. Las bautizaron como Heather y Katherine, aunque luego pasaron a ser conocidas como Tufts y Kitty.

Maude no tenía intención de morir; su intención era sobrevivir al rector, y, de ser posible, incluso a sus propias hijas. Como mujer del rector, pasó a ser mucho más conocida entre los miembros de la comunidad, que —salvo excepciones— la detestaban y la tenían por prepotente, superficial y arribista. Corunda decidió que Thomas Latimer había caído en el engaño de casarse con una arpía intrigante. El veredicto debería haber abrumado a Maude, pero ni siquiera hizo mella en su vanidad, pues era una persona con una imagen de sí misma tan idealizada y arraigada que no concebía que nadie la detestase. El sarcasmo y la ironía le resbalaban como el agua sobre las plumas, y era ella quien hacía desaires a otros. Todo ello venía acompañado de una suerte incomparable: aunque pronto desilusionado de su nueva esposa, su marido consideraba el matrimonio un contrato sagrado y de por vida que no se debía quebrantar ni mancillar. Por muy poco idónea que fuera una mujer como Maude, Thomas Latimer estaba inextricablemente unido a ella. De modo que se las veía con su esposa armándose de paciencia, le seguía la corriente en algunas cosas y maniobraba para disuadirla de otras, soportaba sus rabietas y caprichos, y nunca llegó a plantearse, ni siquiera de pensamiento, romper los votos matrimoniales. Y si a veces le venía a la cabeza una vaga idea de que sería maravilloso que Maude se enamorase de otro, la ahuyentaba antes de que cobrara forma, horrorizado.

Ni unas gemelas ni las otras eran del todo idénticas, lo que daba pie a encendidas discusiones acerca de qué se consideraba exactamente «idénticas» en cuestión de gemelas. Edda y Grace tenían la estatura y delgadez de su madre, así como la capacidad de moverse con elegancia de su padre. Las dos eran hermosas a la vista y poseían rasgos faciales, manos y pies idénticos; ambas tenían pelo negro, cejas arqueadas, pestañas largas y gruesas y ojos gris pálido. Aun así, había diferencias. Mientras que los ojos de Grace siempre estaban abiertos de par en par y albergaban una tristeza natural a la que sacaba partido, los de Edda estaban más hundidos, a cobijo de unos párpados soñolientos, y contenían un poso de extrañeza. El tiempo demostró que Edda era muy inteligente, voluntariosa y un tanto inflexible, mientras que Grace no tenía querencia a la lectura ni a la búsqueda del conocimiento, e irritaba a todos con su tendencia a quejarse y, peor aún, a lamentarse. De resultas de ello, cuando empezaron a prepararse para ser enfermeras, la mayoría de la gente no veía lo parecidas que eran; sus respectivos caracteres habían grabado en sus semblantes expresiones muy distintas, y fijaban la mirada en cosas diferentes.

Maude nunca les había tenido mucho aprecio, pero disimulaba su antipatía con un ingenio sutil. De cara a la galería, las cuatro chicas iban limpias y arregladas por igual, se las vestía con un gasto similar y se las educaba con ecuanimidad. Si de algún modo los colores que escogía para sus gemelas eran más favorecedores que los que hacía llevar a las de Adelaide, bueno... Aquello no podía durar —y no duró— más allá de los quince años, cuando las chicas apelaron a papá para que les dejase escoger sus propios estilos y colores. Fue por tanto una suerte para Edda y Grace que, una vez concluida su revolución adolescente por el asunto de la moda, la sordera selectiva de Maude le permitiera hacer caso omiso de la opinión general de que Edda y Grace tenían mejor gusto para vestir que Maude.

Tufts y Kitty (Tufts nació en primer lugar) eran tan idénticas como la pareja mayor. Habían salido a su madre, una mujer que era una Venus en miniatura: baja, con pechos orondos y firmes, cintura diminuta, anchas caderas y piernas excelentes. Poseedoras de esa clase de belleza perfecta para las niñas pequeñas, eran arrebatadoras casi desde el momento en que nacieron, y a la gente le emocionaba comprobar que, en el caso de Tufts y Kitty Latimer, Dios había utilizado el molde dos veces. Los hoyuelos, los rizos, las sonrisas encantadoras y los ojos redondos y enormes les otorgaban el atractivo tierno y cautivador de un minino, rematado por la frente despejada, la barbilla puntiaguda y la curva de los labios que recordaba vagamente a la sonrisa de la Gioconda. Poseían la misma nariz fina, corta y recta, la misma boca de labios carnosos, los mismos pómulos marcados y cejas delicadamente arqueadas.

Lo que Tufts y Kitty no compartían eran las tonalidades de su aspecto, y ahí estribaba la diferencia entre el sol de Kitty y la tenue luna de Tufts. Esta tenía una coloración melosa desde el dorado ambarino del cabello hasta el tono amelocotonado de la piel, y poseía unos ojos amarillentos, tranquilos y desapasionados; sus matices solo abarcaban una serie del mismo color básico, como un artista con una paleta severamente limitada. Pero, ¡ay, Kitty! Allí donde Tufts armonizaba, ella ofrecía contrastes. Lo más llamativo era la piel, de un intenso castaño pálido que algunos tildaban de café au lait y otros, con inclinaciones menos compasivas, susurraban que era prueba de que en la familia de Maude había una pincelada de sangre aborigen en alguna parte. Tenía el pelo, las cejas y las pestañas de un tono cristalino, un rubio platino sin la menor calidez, que en contraste con la piel oscura resultaba espectacular; solo el tiempo sofocó los rumores de que Maude le teñía el pelo con agua oxigenada. Para rematar la singularidad de Kitty, sus ojos eran de un azul intenso surcado de vetas lavanda que iban y venían según su estado de ánimo. Cuando creía que nadie la miraba, Kitty contemplaba el mundo sin rastro de la tranquilidad de su gemela; la luz de sus ojos reflejaba perplejidad, incluso algo de miedo, y cuando las cosas escapaban a su capacidad de razonar o controlar, apagaba la luz y se retiraba a un mundo del que no hablaba con nadie y de cuya existencia solo sus tres hermanas estaban al tanto.

La gente literalmente se detenía y miraba con descaro a Kitty en cuanto aparecía. Como si eso no fuera ya bastante malo, su madre hablaba sin cesar de su belleza a todo el que se encontraba, incluidos aquellos a quienes veía a diario: una avalancha estridente y afectada de exclamaciones sin tener en cuenta que aquella a quien hacían referencia, Kitty, solía estar lo bastante cerca para oírla, igual que las otras tres chicas.

«¿Ha visto qué niña tan preciosa?»

«¡Cuando sea mayor se casará con alguien muy rico!»

Fueron ese tipo de comentarios los que habían desembocado en un rallador de queso, una soga y la decisión que tomó Edda de que las cuatro se matricularían en el nuevo programa de enfermería en el Hospital de Corunda Base a principios de abril de 1926, pues —sus hermanas eran del mismo parecer— si no conseguían alejar a Kitty de la influencia de Maude, llegaría el día que tal vez Edda no estuviera cerca para desbaratar un intento de suicidio.

Puesto que el único mundo que conocen los niños es aquel en que han nacido, a ninguna de las cuatro hermanas Latimer se les ocurrió poner en tela de juicio el comportamiento de Maude, o pararse a pensar si todas las madres eran así; simplemente dieron por sentado que cualquiera que fuese tan deslumbrante (era la palabra que utilizaba Maude) como Kitty habría estado sometida al mismo torrente inexorable de atención. En su situación, las Latimer entendieron que la tarea principal de las tres era proteger a la cuarta, más vulnerable, de lo que Edda llamaba «idioteces de los padres». Y a medida que crecían y maduraban, el instinto y el impulso de proteger a Kitty nunca desaparecieron, nunca disminuyeron y nunca perdieron urgencia.

Las cuatro chicas eran inteligentes, aunque Edda siempre se llevaba los laureles académicos ya que asimilaba las matemáticas con la misma facilidad que los acontecimientos históricos o la redacción en inglés. La mentalidad de Tufts era muy similar, aunque carecía del feroz fuego de Edda. Tufts tenía una vena práctica y realista que, curiosamente, ensombrecía su atractivo; durante la adolescencia, había demostrado escaso interés en los chicos, a quienes consideraba estúpidos y zafios. Fuera cual fuese la esencia que desprendían los chicos ante las chicas a fin de atraerlas, a Tufts le resultaba indiferente por completo.

Había un equivalente del Colegio para Señoritas de Corunda: el Instituto de Segunda Enseñanza de Corunda, y las cuatro hermanas Latimer se relacionaban con los chicos en cuestiones de juegos de pelota, fiestas, deportes y demás actos. Eran admiradas, incluso deseadas al modo en que desean los chicos a esas edades, y besadas tanto o tan poco como cada cual quería, pero el pillaje de pechos y muslos estaba prohibido.

Esas normas no eran difíciles de acatar para Tufts, Kitty y Edda, pero a Grace, más atrevida y menos estudiosa, le resultaban fastidiosas. Siempre inmersa en chismorreos y revistas femeninas sobre estrellas de cine, actores de teatro, moda y el mundo de la realeza representado por la familia Windsor que regía el Imperio británico, Grace tampoco estaba por encima de los cotilleos locales. De carácter egocéntrico pero perspicaz, y experta en eludir problemas o deberes que le desagradaban, Grace tenía una pasión inapropiada: le encantaban las locomotoras de vapor. Si desaparecía, todos en la rectoría sabían dónde encontrarla: en los apartaderos, viendo las locomotoras. No obstante sus muchos rasgos poco deseables, era de naturaleza amable, sumamente cariñosa y se desvivía por sus hermanas, que encajaban su tendencia a lamentarse como algo propio de su carácter.

Kitty era la que tenía imaginación romántica, pero si no poseía una belleza espiritual a la altura de la física era por culpa de una lengua que podía ser cáustica o mordaz, o ambas cosas. Era su defensa frente a todas esas rapsodias elogiosas, porque dejaba a la gente desconcertada y les hacía pensar que en ella había algo más que una cara bonita. Los accesos depresivos (conocidos como «los bajones de Kitty») que la aquejaban cada vez que Maude conseguía rebasar sus defensas eran un calvario que solo aliviaban sus hermanas, quienes estaban al tanto de los motivos y aunaban fuerzas para levantarle el ánimo hasta que remitía la crisis. En los exámenes le iba bien hasta que las matemáticas levantaban sus feas cabezas de hidra; era ella quien se llevaba los premios en los trabajos de clase y se expresaba muy bien por escrito.

Maude detestaba a Edda, que siempre era la líder de la oposición a los planes para sus hijas, en especial para Kitty. Aunque a Edda eso la traía sin cuidado. Ya cuando tenía diez años era más alta que su madrastra, y, una vez adulta, descollaba sobre Maude de una manera que a esta, tan pagada de sí misma, le resultaba incómoda y amenazadora. Sus ojos pálidos miraban fijamente como los de un lobo blanco, y en las raras ocasiones en que Maude sufría una pesadilla, quien la atormentaba en sueños era siempre Edda. A Maude le había complacido mucho disuadir al rector de hacer los sacrificios económicos que hubieran permitido a Edda estudiar Medicina, y lo consideraba su triunfo más gratificante; cada vez que pensaba en negar a Edda la ambición de su vida, notaba una especie de ronroneo interior. Si Edda hubiera estado al tanto de quién había emitido el voto decisivo en el debate de sus padres acerca de su carrera médica, la situación habría sido más peliaguda para Maude, pero Edda no lo sabía. Atrapado entre las presiones irresistiblemente férreas de una esposa y su propia convicción de que, al negar sus deseos a Edda, le estaba ahorrando toda una vida de dolor, Thomas Latimer no dijo ni una sola palabra a nadie. Por lo que sabía Edda, sencillamente no disponían de dinero.

Edda y Grace, Tufts y Kitty, las cuatro hicieron la única maleta que se le permitía llevar a cada una al hospital, y el 1 de abril de 1926 se presentaron para el servicio en el Hospital de Corunda Base.

«Cómo no —comentó Grace en tono lúgubre—. El día de los Santos Inocentes.»

Corunda, condado y ciudad, comprendía una zona rural más acogedora y pujante que la mayor parte de Australia, ubicada como estaba en las mesetas del sur a tres horas de Sídney en tren expreso. Producía ovejas orondas, patatas, cerezas y rubíes de sangre de pichón, aunque los rubíes de Treadby, que se encontraban en los suelos de las cuevas y sitios así, se habían agotado, dejando los yacimientos de Burdum sin ningún rival en el mundo.

A esa altitud el verano arramblaba con su botín y partía rumbo a otros climas a finales de marzo; abril señalaba el comienzo de un otoño con cierto sabor inglés, aderezado con árboles y arbustos de hoja caduca importados así como una pasión por la jardinería en todas sus modalidades, desde la de Anne Hathaway hasta la del paisajista británico conocido como Capability Brown. De modo que el día de los Santos Inocentes coincidió con el primer ápice de frescura en el aire, y las hojas de las plantas nativas de hoja perenne tenían ese aspecto polvoriento y hastiado como de estar suplicando que lloviera. El rector acompañó a sus hijas hasta la entrada principal del Hospital de Corunda Base y dejó que llevaran las maletas sin ayuda, con los ojos grises arrasados en lágrimas. Qué vacía iba a estar la rectoría.

Aunque las hermanas Latimer no estaban al tanto, la enfermera jefe Gertrude Newdigate solo llevaba en su puesto una semana cuando llegaron, y no le hizo ninguna gracia. En el momento de aceptar la plaza en Corunda no le mencionaron que habría enfermeras al nuevo estilo en prácticas, una razón de peso que la había hecho decantarse por Corunda. Y ahora... Sídney era un dislate por causa del cambio radical en la enfermería, y la enfermera jefe Newdigate no quería ni oír hablar del asunto. ¡Y ahora...!

Una figura glacial vestida enteramente de blanco estaba sentada tras la mesa de su despacho mirando a las cuatro jóvenes en pie delante de ella. Ataviadas con ropa cara y a la moda, todas con pintalabios Clara Bow, maquillaje y rímel, el pelo corto a lo garçon, medias de seda, bolsos, guantes y zapatos de cabritilla y un deje inglés en sus voces que remitía a un colegio privado...

—No dispongo de alojamientos adecuados para vosotras —dijo la enfermera jefe con frialdad, el almidón de su uniforme tan denso que crujía cuando respiraba hondo—, así que tendréis que ir a la casita de campo en desuso de las hermanas que el director, el doctor Campbell, se ha visto obligado a restaurar a un coste considerable. Vuestra acompañante será la hermana Marjorie Bainbridge, que vivirá con vosotras, aunque con cierto grado de intimidad.

La enfermera jefe movió la cabeza, enmarcada por una cofia de organdí blanco almidonado que más parecía un tocado egipcio, justo lo suficiente para que reluciera el distintivo de plata y esmalte que llevaba en el cuello del uniforme: la insignia que indicaba que la señorita Gertrude Newdigate era enfermera titulada en el estado de Nueva Gales del Sur. Si las chicas hubieran sido capaces de identificar tales insignias, habrían reparado en que era comadrona titulada, enfermera infantil titulada y licenciada por la Escuela de Enfermería del segundo hospital más antiguo del mundo, el St. Bartholomew de Londres. Corunda Base se había hecho con los servicios de una enfermera sumamente prestigiosa.

—A las enfermeras con titulación oficial —añadió— se les llama «hermanas». Ese título no tiene nada que ver con las religiosas, aunque proviene de hace siglos, cuando eran monjas quienes hacían las veces de enfermeras. Sea como fuere, con la disolución de las órdenes monásticas y conventuales bajo el reinado de Enrique VIII, el cuidado de los enfermos fue relegado a una clase de mujer muy distinta: la prostituta. La señorita Florence Nightingale y sus compañeras tuvieron que superar obstáculos increíbles para devolver nuestra moderna profesión al lugar que le corresponde, y nunca debemos olvidar que somos herederas suyas. Durante más de tres siglos la enfermería estuvo desprestigiada, era terreno de criminales y prostitutas, y sigue habiendo hombres en puestos de autoridad que consideran así a las enfermeras. Sale mucho más barato contratar a una prostituta que a una dama. —Los ojos azul pálido lanzaron gélidos rayos—. Como enfermera jefe de este hospital, os advierto que no toleraré mal comportamiento de ninguna clase. ¿Queda entendido?

—Sí, enfermera jefe —respondieron a coro en susurros atemorizados, incluso Edda.

—Relación de parentesco y nombres —continuó la voz, cada vez más tajante—. He decidido que mantendréis en privado vuestro parentesco. Las compañeras de profesión en este hospital no poseen vuestro dinero, privilegios ni educación. Una de las cosas que más detesto a título personal es vuestro aspecto y acento de clase alta. Vuestro... esto... vuestro aire de superioridad. Os sugiero que lo moderéis. Como en un hospital no se puede tolerar confusión alguna, desempeñaréis vuestro trabajo de enfermeras bajo apellidos distintos. Señorita Edda Latimer, usted será la enfermera Latimer. Señorita Grace Latimer, usted será la enfermera Faulding, el apellido de soltera de su madre. Señorita Heather Latimer, usted será la enfermera Scobie, primer apellido de casada de su madre. Señorita Katherine Latimer, usted será la enfermera Treadby, el apellido de soltera de su madre. —El almidón crujió al respirar hondo la enfermera jefe—. Las clases de ciencias y teoría de la enfermería no comenzarán hasta julio, lo que significa que tenéis tres meses para acostumbraros a los deberes y rutinas del trabajo antes de abrir un libro de texto. La hermana Bainbridge es vuestra superiora inmediata, responsable de vuestra instrucción día a día.

Sonó un leve golpe en la puerta y entró con paso enérgico una mujer de aspecto alegre de cerca de cuarenta años, no iba empolvada ni con los labios pintados.

—Ah, qué oportuna —dijo la enfermera jefe—. Hermana Bainbridge, le presento a las enfermeras a su cargo: la enfermera Latimer, la enfermera Faulding, la enfermera Scobie y la enfermera Treadby. Haced el favor de acompañar a la hermana, chicas.

Sin ocasión de recobrar el aliento, las cuatro jóvenes salieron detrás de la hermana Bainbridge.

La hermana Marjorie Bainbridge lucía el mismo tocado egipcio almidonado de organdí blanco que la enfermera jefe, pero por lo demás no se parecía en nada a ella. Su uniforme era un vestido de manga larga abrochado hasta la garganta con cuello y puños de celuloide desechables; sobre sus amplias caderas llevaba un cinturón verde oscuro del que salían trozos de cinta blanca que iban a parar al interior de sus bolsillos; según averiguarían más adelante, de esas cintas iban sujetas las tijeras para vendajes, una mordaza para ataques de epilepsia y un minúsculo juego de herramientas en un monedero. El uniforme almidonado era a finas rayas verdes y blancas, las medias beige de grueso hilo de Escocia y los zapatos negros, con cordones y sólidos tacones. Un atuendo que no añadía el menor encanto a su figura cuadrada, ni hacía parecer más pequeño el inmenso trasero que movía como un soldado desfilando, izquierda-derecha, izquierda-derecha, sin el menor indicio de feminidad. Con el tiempo las chicas se acostumbrarían a tal punto al aspecto disciplinado de un trasero de enfermera que ellas mismas lo adoptarían, pero esa fresca mañana de abril lo vieron como una novedad.

Un paseo de quinientos metros las llevó hasta una casa de madera triste y medio derruida con una galería frontal. La expresión «casita de campo» que había usado la enfermera jefe les había llevado a esperar algo pequeño y refinado, pero aquello parecía más bien un granero reducido a una sola planta a golpes de martillo. Y si el director Campbell había incurrido en «un coste considerable» para restaurarla, ni siquiera Edda, con su vista de águila, atinaba a ver dónde. Por si el edificio no era bastante inadecuado, había sido dividido en secciones que daban al interior el aspecto de un bloque de pisos, de modo que las cuatro enfermeras en prácticas no iban a andar sobradas de espacio ni comodidad.

—Latimer y Faulding, compartirán esta habitación. Scobie y Treadby, compartirán esa. Tienen acceso a este cuarto de baño y esa cocina. Mi alojamiento está detrás de esa puerta cerrada con llave que separa el resto del pasillo. Una vez la cruce, no quiero que me molesten. Ahora pueden deshacer el equipaje.

Y traspuso la puerta del pasillo cerrada con llave.

—Caray —comentó Kitty, desanimada.

—Qué austeridad —suspiró Tufts. Estaban en la cocina, una estancia pequeña provista de fogón de gas pero sin ningún otro aparato que ahorrase trabajo.

Grace se disponía ya a abandonarse a las lágrimas, mirando con los ojos húmedos la mesita de madera con cuatro sillas de dura madera.

—Es increíble —gimoteó—. No hay nada parecido a un salón aparte de cuatro sillas incómodas en una cocina.

—Como llores, Grace, pienso echarte a los perros yo misma —le advirtió Tufts, a la vez que pasaba un dedo enguantado por el margen superior del fogón. Hizo una mueca de asco—. Que no hayan dado una nueva mano de pintura, pase, pero es que no han limpiado nuestros alojamientos como es debido.

—Entonces, eso es lo primero que debemos hacer —señaló Edda en tono extrañamente feliz—. Pensadlo bien, chicas. No quieren que estemos aquí.

Tres pares de ojos se posaron raudos sobre Kitty, la más frágil: ¿cómo se tomaría esa mala noticia?

—¡Pues que les den a todos! —respondió Kitty con voz firme—. No pienso permitir que una Latimer sea derrotada por una panda de perras engreídas.

—Querrás decir zorras —matizó Edda.

Kitty dejó escapar una risita.

—Lo que no saben es que están en la liga de aficionadas cuando se trata de zorras. Hemos soportado toda nuestra vida a mamá, que podría enseñar a la enfermera jefe a comportarse como una bruja.

Con las lágrimas ya secas, Grace se quedó mirando asombrada a Kitty.

—¿No estás desolada? —preguntó.

—De momento, no —respondió Kitty, sonriente—. Estoy tremendamente ilusionada de estar llevando por fin una vida propia.

—¿Qué opinión te merece la enfermera jefe, Edda? —preguntó Tufts.

Grace contestó:

—Un buque de guerra a todo trapo, así que está acostumbrada a disparar salvas contra embarcaciones lejanas que ni siquiera alcanza a ver en el horizonte.

—Yo diría más bien que para ella no somos sino un engorro adicional —señaló Tufts—. Según la señora Enid Treadby, la enfermera aceptó este puesto para rematar su carrera en un lugar donde pudiera jubilarse.

—¿Por qué te has guardado hasta ahora semejante noticia? —se interesó Edda—. Es información vital, Tufts.

—Nunca se me ocurre repetir chismorreos. No puedo evitarlo, Eds, de verdad. Ya lo sabes.

—Sí, lo sé, y lamento haber arremetido contra ti. Venga, Grace, deja de berrear como una ternera huérfana.

—La enfermera jefe es una mujer detestable, igual que la hermana Bainbridge —dijo Grace entre sollozos, las lágrimas resbalándole por las mejillas—. Ay, ¿por qué no nos envió papá a estudiar a un hospital de Sídney?

—Porque papá es una persona importante en Corunda, así que puede tenernos vigiladas —repuso Tufts—. Traseros doloridos por culpa de las sillas duras, chicas, y sin salón. Me pregunto si hay un calentador de agua escondido en algún sitio. Después de todo, esto es parte de un hospital.

—No hay agua caliente en esta cocina —señaló Edda, torciendo el gesto.

Kitty salió del dormitorio que iba a compartir con Tufts llevando algo a rayas verdes y blancas, tan almidonado que parecía una lámina de cartón. Con el puño derecho empezó a golpearlo para ablandarlo. Se le escapó la risa.

—Esto es como despellejar un cordero sacrificado. —Dejó el vestido y retiró una lámina blanca de cartón—. Creo que cuando haya acabado de aporrear esto, será un delantal. —Le asestó un buen puñetazo—. Ay, mirad. Debe de ponerse encima del uniforme: solo se verán las mangas. Pero ya veo por qué las medias son de esas tan feas de lana negra.

Mientras se retocaba el pintalabios y los polvos, Grace levantó la mirada.

—¿A qué te refieres? —preguntó.

—¡Ay, Grace, no seas tan boba! ¿Por qué crees que la enfermera jefe nos ha soltado ese sermón sobre las monjas, la castidad y las prostitutas? Lo que quería decir en realidad es que durante los tres próximos años, aunque estadísticamente seamos mujeres, no vamos a pertenecer a ningún sexo. Hagas lo que hagas, Grace, que no se te ocurra flirtear con los médicos. Newdigate te perdonaría mucho antes matar a un paciente que comportarte como una puta. Por eso vamos a llevar uniformes tan feos y medias negras de lana. Apuesto a que no nos permitirán ponernos pintalabios ni empolvarnos.

—Como vuelvas a llorar, Grace, te mato —le espetó Edda.

—¡Quiero volver a casa!

—¡Qué va!

—Detesto limpiar porquerías. —De pronto, Grace se animó—. Aun así, para cuando cumpla los veintiuno estaré titulada y podré hacer un montón de cosas sin permiso de nadie. Como casarme con quien quiera y votar en las elecciones.

—Me temo que lo más difícil será aprender a llevarnos bien con las demás enfermeras —comentó Edda con aire pensativo—. Bueno, ¿quiénes son? Ninguna de nosotras ha estado nunca en un hospital y nuestros padres no alternan con gente de este ambiente. Las instrucciones de la enfermera jefe de que moderemos el tono me han parecido siniestras. He entendido que se refería a que, desde el punto de vista social y educativo, estamos claramente por encima de las demás enfermeras. Si algo no hemos sido nunca es unas esnobs: papá se horrorizaría, sobre todo con mamá como ejemplo. —Lanzó un suspiro—. Pero por desgracia la gente tiende a juzgar un libro por la cubierta.

Tufts volvió a airear sus conocimientos sobre asuntos locales.

—Las enfermeras son todas del West End, y sumamente zafias —dijo.

—Bueno, podemos empezar por prescindir de expresiones como «sumamente zafias» —comentó Edda. ¡Ay, qué pesada podía llegar a ponerse Tufts! El problema estribaba en que no era nada locuaz, con lo que ninguna de las demás sospechaba que su silencio ocultara información.

—Siempre he creído que utilizar servilleta era un engorro para hacer luego la colada —dijo Kitty en tono despreocupado—. Siempre puedes limpiarte la boca con la mano, claro, y si te moquea la nariz, ya tienes la manga.

—Es verdad —convino Edda, más seria—. Más vale que nos vayamos acostumbrando a limpiarnos boca y nariz, y también a limpiar heridas, porque dudo que haya servilletas. Pañuelos de caballero tampoco, chicas. Ni rastro de encaje. —Dejó escapar un bufido—. De todos modos, los pañuelitos de mujer son fruslerías.

Kitty carraspeó.

—Ya sé que a veces me hundo en la miseria, chicas, pero no soy cobarde. Por muy antipáticas que sean las del West End, no podrán conmigo. Ser enfermera no me atrae tanto como a ti, Edda, porque para ti es lo más parecido a la carrera de Medicina a tu alcance. Pero creo que puede llegar a gustarme.

—¡Bien dicho, Kitty! —saltó Edda, aplaudiendo su discursito. Delante de sus ojos Kitty se desprendía del lastre de su infancia. «Va a mejorar como es debido —pensó—, lo sé en lo más profundo. Se muestra tan sincera con respecto a Maude, tan consciente de los peligros que acechan allí donde ella estuviera... Después de Maude, las chicas del West End no son nada.»

»Hace tiempo que superé la decepción de no poder estudiar Medicina —continuó Edda, preocupada de que Kitty estuviese haciéndose una idea exagerada de la misma—. Enfermería es una opción más sensata, y nuestra preparación como enfermeras al nuevo estilo supone que no seremos ignorantes que saben vendar pero no saben por qué. Imagíname como un viejo caballo de batalla: con solo oler a éter me pongo a relinchar y piafar. ¡En un hospital me siento viva!

—Hablando de relinchar y piafar, ¿sabe Jack Thurlow que vas a ser enfermera? —indagó Tufts con picardía.

El flechazo salió desviado: Edda sonrió.

—Claro que lo sabe. Y no tiene el corazón partido, como tampoco lo tengo yo. Lo más difícil será mantener en forma a Fatima de acuerdo con las expectativas de Jack. Me atrevería a decir que en el futuro saldré a cabalgar más a menudo por mi cuenta.

—Si todavía tuvieras a Thumbelina, sería más sencillo —dijo Grace—. Papá no tendría ninguna obligación hacia Jack Thurlow, que ni siquiera va a misa.

Kitty se adelantó a las nubes de tormenta que asomaban en el semblante de Edda.

—¡Calla, Grace, eso no se discute siquiera! Lo que yo llevo preguntándome desde siempre es por qué te gusta cabalgar.

—Cuando voy a lomos de un caballo, estoy como mínimo cinco palmos por encima del suelo —dijo Edda muy en serio—. Para mí ahí reside la emoción de montar: en ser más alta que un hombre.

—Ojalá fuera yo alta —dijo Kitty, y suspiró.

La puerta del pasillo vibró y se abrió de golpe. La hermana Bainbridge apareció en el umbral y fulminó con la mirada a las enfermeras en prácticas a su cargo.

—¿Qué ocurre aquí, enfermeras? Ni siquiera han empezado a deshacer el equipaje.

El Hospital de Corunda Base era el mayor hospital rural de Nueva Gales del Sur, con ciento sesenta camas en la sección general, ochenta camas en el psiquiátrico y treinta en un asilo para convalecientes y ancianos por la parte de Doobar, donde el aire y la elevación se consideraban más beneficiosos. A diferencia de la magnificencia arenisca de otros hospitales, su aspecto no resultaba nada atractivo, pues parecía un cuartel del ejército. Hecho de madera sobre cimientos y pilares de piedra caliza, estaba constituido por una serie de largas estructuras rectangulares que se salvaban de la denominación de cobertizos por la presencia de una amplia galería cubierta en ambos laterales. Los pabellones Uno y Dos para hombres eran de longitud doble, igual que los pabellones Uno y Dos para mujeres; Pediatría, Consultas Externas, Rayos X y Patología, el Quirófano, las cocinas y los almacenes eran de tamaño normal, mientras que Administración, que daba a Victoria Street, contaba con un edificio de ladrillos de piedra caliza. Los terrenos ocupaban hectáreas y estaban sembrados de edificios externos, desde la casita como de cuento de hadas de la enfermera jefe hasta construcciones levantadas durante la Gran Guerra, cuando también había sido hospital militar. Había una característica general que hacía de aquel un lugar práctico: hasta el último metro cuadrado de la última hectárea era llana. Y eso a su vez había dado pie a los puntales y ramales que unían los edificios entre sí como el puente de Brooklyn o una telaraña: pasajes cubiertos que todo el mundo llamaba «rampas». La mayoría de las rampas tenían cierta protección de los elementos más allá del techado gracias a unos laterales de un metro veinte de alto, aunque los últimos doscientos metros hasta la casa de las Latimer solo constaban de suelo y techo. Allí donde los pabellones para hombres se encaramaban a las rampas por ambos laterales, se habían cubierto por completo a guisa de sala de espera; lo mismo se había hecho con los de mujeres. Quienes esperaban para que visitaran a sus niños tenían que hacerlo en los pabellones de mujeres u hombres. El pabellón de partos tenía suerte; estaba dentro del edificio de Administración, igual que Urgencias y un pequeño quirófano.

Las hermanas Latimer recibían andanadas de impresiones, aunque si la interpretación de su carácter por parte de la enfermera jefe hubiera sido acertada, ni una sola de ellas habría durado más de un día en Corunda Base. Habían sido educadas como damas y nunca habían padecido necesidades materiales, pero la juventud de Gertrude Newdigate quedaba tan lejana que ya no alcanzaba a recordarla, y había olvidado tener en cuenta la fortaleza de resolución y carácter.

El primer golpe y el más fuerte no fue personal; fue caer en la cuenta de que un hospital era un lugar al que a uno, un paciente, se le ingresaba para morir. Una tercera parte de los pacientes abandonaban el hospital por el depósito de cadáveres, y otro tercio regresaba a casa a morir. La estadística se la facilitó un triste conserje llamado Harry, que se convirtió así en una autoridad docente ante las cuatro nuevas enfermeras semanas antes de que conocieran a su profesor, el doctor Liam Finucan.

—Se ve en los ojos de los pacientes —se lamentó Tufts, horrorizada—. Tengo la impresión de estar al servicio de la muerte en vez de ayudar a que recuperen la salud. ¿Cómo pueden estar tan contentas las demás enfermeras?

—Están acostumbradas y resignadas —dijo Grace, restañando las lágrimas.

—Tonterías —saltó Kitty—. Tienen experiencia, saben que la mejor manera de lidiar con la muerte es convencer a los pacientes de que no van a morir. Las observo, me trae sin cuidado lo desagradables que sean conmigo. Cómo nos traten es lo de menos. ¡Hay que fijarse en ellas!

—Kitty tiene razón —reconoció Edda, que guardaba la indignación para cosas como los periódicos recortados a modo de papel higiénico y las toallas tan raídas que no secaban la piel húmeda. ¿Acaso no contaban los hospitales con una financiación adecuada?—. Grace, ya has agotado el cupo diario de lágrimas. No se te ocurra llorar.

—¡Esa enfermera Wilson me ha salpicado con una palangana de vómito!

—Te has ganado lo del vómito porque la enfermera Wilson ha visto cuánto te asqueaba. Controla ese asco y no volverá a ocurrir.

—¡Pues yo quiero volver a casa!

—Eso es imposible, so burra —dijo Edda, disimulando su compasión—. Ahora ve a cambiarte el delantal antes de que el vómito te manche el vestido. ¡Puaj! ¡Apestas!

Aun así, la primera semana pasó de algún modo; al final de la misma ya eran capaces de vestirse de manera impecable con sus prendas como de cartón almidonado, incluso de doblar esas partes tan absurdamente complicadas de las cofias que más parecían un par de alas. Las demás enfermeras llevaban uniformes y delantales más prácticos, incluidas mangas cortas, mientras que las Latimer, en tanto que enfermeras al nuevo estilo en prácticas, lucían más envoltorios que un regalo.

La comida, según descubrieron, era espantosa tanto para los pacientes como para el personal, pero como trabajaban mucho se lo comían todo, desde el repollo aguado hasta la salsa de carne grumosa y grasienta; la hermana Bainbridge les dejó bien claro que la cocina de sus alojamientos era para preparar tazas de té, café o chocolate.

—Y nada más, ni siquiera tostadas —remachó amenazante.

El rector había protegido a sus hijas de los aspectos más sórdidos y terribles de su vocación religiosa, y excluido las palabras incesto, sífilis y perversión de su vocabulario. Debido al clima y la ausencia de refrigeración, los muertos se enterraban en un ataúd cerrado en un plazo de veinticuatro horas, así que cuando, la segunda mañana que llevaban allí, la hermana Bainbridge les enseñó a amortajar un cadáver, era la primera vez que veían o tocaban un muerto.

—Un sifilítico que violó a su hermana —bromeó Bainbridge.

La respuesta de las chicas a semejante comentario fue una mirada de perplejidad.

—¡Hay que conservar el orgullo! —susurró furiosa Edda en cuanto Bainbridge se alejó, mofándose de su ignorancia—. Tened presente que somos Latimer. Lo que hoy nos disgusta mañana no tendrá la menor importancia. ¡No dejéis que nos venzan! Nada de lágrimas ni de desánimo.

Estaban siempre cansadas de una manera nueva y muy difícil de sobrellevar; les dolían los pies, les dolía la espalda, les dolían las articulaciones. Tuvieron que olvidarse de todo lo que les había enseñado Maude, tan refinada; no había lugar para el refinamiento en Corunda Base, cuyo director era un avaro consumado capaz de negar las necesidades más básicas a cualquiera con tal de ahorrar dinero, al que estaba pegado como una sanguijuela a un pedazo de carne sanguinolenta.

Abril, mayo y junio se desvanecieron en una bruma de agotamiento que en realidad favoreció al hospital. Ni siquiera Grace tenía fuerzas para pensar en dejarlo; la mera noción de montar semejante alboroto se le antojaba tan lejana como el Everest, inalcanzable. Se limitaron a sobrellevarlo.

Edda las mantuvo unidas, convencida de que las cosas tenían que cambiar, como solía ocurrir con todo por pura familiaridad. Tal vez lo único que las mantenía discretamente resignadas era aquello que perderían si regresaban a la rectoría: las habitaciones con calefacción. Con el invierno encima, era una maravilla vivir en un lugar cálido, por grandes que fueran las humillaciones y penurias de su vida como enfermeras. Y Edda creía que una vez demostraran su valía a las crueles mujeres ante quienes debían responder, obtendrían recompensas, como sillas con asiento blando, la oportunidad de prepararse sándwiches tostados y un poco de amabilidad. Porque, al final de los primeros tres meses, empeza ...