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AL ATARDECER

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

Oeste de Montana, 1991

Alice Bodine se puso a orinar detrás de una fina cortina de pinos. Había tenido que andar por la nieve, que le cubría hasta las rodillas, para llegar a la protección de los árboles, y el culo al aire (con la libélula que se había tatuado en Portland) le tembló al viento que susurraba como las olas rompientes.

Como había recorrido más de cinco kilómetros por la carretera secundaria sin ver un solo coche o camioneta, se preguntó por qué puñetas se había molestado en alejarse.

Algunas costumbres, supuso mientras se subía los vaqueros, sencillamente no se perdían.

Dios sabía que lo había intentado. Que había intentado romper con costumbres, reglas, convenciones y expectativas. No obstante, ahí estaba, apenas tres años después de haber decidido alejarse de todo lo que era corriente, normal, regresando a casa con el culo medio helado.

Se acomodó la mochila cuando volvió a la carretera de mala muerte pisando las hondas huellas que había dejado en la nieve. La mochila contenía todos sus bienes terrenales, lo que incluía otro par de vaqueros, una camiseta de AC/DC, una sudadera de Grateful Dead que nada más llegar a Los Ángeles le había quitado a un tío ya olvidado, un poco de jabón y champú que había birlado durante la temporada (breve, por suerte) en que había limpiado habitaciones en un Holiday Inn de Rigby (Idaho), preservativos, su neceser de maquillaje, quince dólares y treinta y ocho centavos, y lo que quedaba de una bolsita de hierba bastante pasable que le había mangado a un tío con el que se había corrido una juerga en un camping del este de Oregón.

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Se había dicho que regresaba a casa porque no tenía dinero y porque no quería seguir limpiando sábanas manchadas con el semen de algún capullo. Y también reconocía lo fácil que sería convertirse en una de las mujeres de mirada vacía que había visto prostituyéndose en las sombras de muchas calles de las ciudades por las que había pasado, que también eran muchas.

Había estado cerca, lo reconocía. Si uno pasaba suficiente hambre, frío o miedo, la idea de vender tu cuerpo —al fin y al cabo, solo era sexo— por lo que valían una comida y una habitación decente no parecía descabellada.

Pero la verdad era, y había momentos en los que reconocía la verdad, que algunas reglas no las trasgrediría jamás. La verdad era que quería regresar a casa. Quería a su madre, a su hermana, a sus abuelos. Quería su habitación con todos sus pósteres en las bonitas paredes pintadas de rosa, y las ventanas con vistas a las montañas. Quería oler a café y a beicon en la cocina por la mañana, montar a caballo a galope tendido.

Su hermana estaba casada; ¿no había sido la dichosa boda, de lo más tradicional, la gota que había colmado el vaso y había provocado su marcha? Puede que Reenie incluso tuviera un hijo ya, probablemente fuera así, y probablemente continuara siendo tan perfecta como siempre.

Pero echaba de menos incluso eso, incluso la irritante perfección de Maureen.

Así pues, siguió andando, otro kilómetro, con la gastada chaqueta de lana que había comprado en una tienda de beneficencia, y que a duras penas la protegía del frío, y las botas que tenía desde hacía más de diez años pisoteando la nieve acumulada en el estrecho arcén.

Debería haber llamado a casa desde Missoula, pensó. Debería haberse tragado el orgullo y haber telefoneado. Su abuelo habría ido a buscarla, y él nunca echaba sermones. Pero se había imaginado llegando al rancho a pie, puede que incluso pavoneándose por la carretera de acceso.

Había imaginado que todo se detendría, que se detendría sin más. Los mozos del rancho, los caballos, incluso las vacas en los prados. El viejo perro de caza, Blue, correría a saludarla. Y su madre saldría al porche.

El retorno de la hija pródiga.

El suspiro de Alice llenó el aire de un vaho que el viento glacial enseguida se llevó.

Sabía que no sería así, lo había sabido desde el principio, pero encontrar un conductor en Missoula dispuesto a llevarla le había parecido una señal. Y la había dejado a menos de veinte kilómetros de casa.

Puede que no llegara antes de que anocheciera, y eso la preocupaba. Llevaba una linterna en la mochila, pero las pilas no eran de fiar. Tenía un encendedor, pero la perspectiva de acampar sin tienda ni manta, sin comida, y sin agua desde hacía más de tres kilómetros, la empujó a seguir adelante, a apretar el paso.

Intentó imaginar qué le dirían. Se alegrarían de verla: no podía ser de otra manera. Quizá estuvieran cabreados con ella por cómo se había marchado, sin dejar nada aparte de una nota presuntuosa. Pero tenía dieciocho años por aquel entonces, y era lo bastante mayor para hacer lo que quisiera, y no quería estudiar, ni la cárcel del matrimonio o tener una porquería de trabajo en el rancho.

Quería libertad, y la había perseguido.

Ahora tenía veintiún años, y regresaba a casa por decisión propia.

Puede que no le molestara tanto trabajar en el rancho. Puede que incluso se planteara asistir a algunas clases en la universidad.

Era una mujer adulta.

Sus dientes de mujer adulta querían castañetear, pero siguió andando. Esperaba que sus abuelos maternos aún estuvieran, y le remordió la conciencia porque no podía estar segura de que fuera así.

Claro que están vivos, se dijo. Solo han pasado tres años. La abuela no estaría cabreada, o no le duraría mucho. A lo mejor le echaba un buen rapapolvo. ¡Mira lo flaca que estás! ¿Qué demonios te has hecho en el pelo?

Divertida con la idea, Alice se caló el gorro de esquí sobre el pelo corto que se había decolorado todo lo posible. Le gustaba ser rubia, le gustaba cómo el color más sofisticado le volvía los ojos más verdes.

Pero sobre todo le gustaba la idea de que el abuelo la envolviera en uno de sus abrazos, de sentarse a la mesa para llenarse la barriga —Acción de Gracias estaba a la vuelta de la esquina—, y explicar sus aventuras a toda su estirada familia.

Había visto el océano Pacífico, había paseado por Rodeo Drive pavoneándose como una estrella de cine, había trabajado dos veces como extra en una película de verdad. Conseguir un papel en una película de verdad quizá le resultaría mucho más difícil de lo que pensaba, pero lo había intentado.

Había demostrado que podía estar sola. Podía hacer cosas, ver cosas, experimentar cosas. Y podía hacerlo todo otra vez si le daban demasiado la vara.

Enfadada, parpadeó y se enjugó las lágrimas que le anegaban los ojos. No suplicaría. No suplicaría que la aceptaran, que la acogieran.

Dios santo, solo quería estar en casa.

La posición del sol le indicó que no lograría llegar antes de que anocheciera, y todo apuntaba a que pronto nevaría. Quizá... quizá si atajaba por el bosque y los prados conseguiría llegar a la casa de los Skinner.

Se detuvo, cansada, indecisa. Era más prudente seguir por la carretera, pero si iba por los prados acortaría casi dos kilómetros. Además, había un par de cabañas, si lograba acordarse del camino. Con lo básico, para amantes de la naturaleza, pero podría forzar la puerta, encender la chimenea, quizá incluso encontrar alguna lata de comida.

Miró la carretera, que parecía interminable, y después las montañas coronadas de nieve que se alzaban más allá de los prados nevados hacia un cielo que el anochecer y la inminente nevada cada vez volvían más gris.

Más adelante, Alice pensaría en aquella indecisión, aquellos pocos minutos de vacilación en el arcén con aquel viento cortante. Aquellos pocos minutos antes de que diera un paso hacia los prados, las montañas, para adentrarse en las sombras cada vez más alargadas de los pinos y alejarse de la carretera.

Aunque era el primer ruido que oía en más de dos horas —aparte de su respiración, las pisadas de sus botas, el susurro del viento entre los árboles—, al principio no lo identificó como el traqueteo de un motor.

Cuando lo hizo, volvió sobre sus pasos por la nieve y el corazón le dio un vuelco al ver la camioneta que circulaba hacia ella.

Avanzó un paso y, en vez de enseñar el dedo pulgar como había hecho infinidad de veces en sus viajes, agitó los brazos para indicar que estaba en apuros.

Podía llevar tres años lejos de casa, pero se había criado en el campo. En el oeste. Nadie pasaría de largo si veía a una mujer pidiendo ayuda en una carretera solitaria.

Cuando la camioneta se detuvo, Alice pensó que jamás había visto nada tan bello como aquel Ford azul oxidado, con su portarrifles, el cajón tapado con una lona alquitranada y una pegatina en el parabrisas donde ponía VERDADEROS PATRIOTAS.

Cuando el conductor se inclinó para bajar la ventanilla del acompañante, Alice tuvo que hacer un esfuerzo por no llorar.

—Parece que necesitas ayuda.

—No me vendría nada mal que me llevara. —Alice le dirigió una fugaz sonrisa, intentando calarlo. Necesitaba que la llevara, pero no era imbécil.

Vestía una zamarra que ya tenía unos cuantos años e iba tocado con un sombrero vaquero marrón sobre el corto pelo oscuro.

Guapo, pensó Alice, eso siempre ayudaba. Mayor, seguro que como mínimo tenía cuarenta. La expresión de sus ojos, también oscuros, le pareció bastante afable.

Oyó la rítmica música country que sonaba en la radio.

—¿Adónde vas? —preguntó en un acento del oeste de Montana que también era música para sus oídos.

—Al Rancho Bodine. Está...

—Claro, conozco el Rancho Bodine. Paso por delante. Sube.

—Gracias. Gracias. Se lo agradezco mucho. —Alice se quitó la mochila de la espalda y la subió después de encaramarse a la cabina.

—¿Has tenido una avería? No he visto nada en la carretera.

—No. —Alice dejó la mochila a sus pies, tan aliviada por el calor que irradiaba la calefacción de la camioneta que apenas podía hablar—. Vengo de Missoula, he encontrado gente que me traía, pero han tenido que desviarse a unos diez kilómetros de aquí.

—¿Llevas diez kilómetros andando?

Extasiada, Alice cerró los ojos cuando dejó de tener los dedos de los pies como cubitos de hielo.

—Usted es la primera camioneta que veo en más de dos horas. Nunca pensé en hacer todo el camino a pie. Ahora me alegro mucho de que ya no sea necesario.

—Una buena caminata, y para una criaturita como tú, sin compañía. Pronto anochecerá.

—Lo sé. Tengo suerte de que usted haya pasado.

—Tienes suerte —repitió él.

Alice no vio venir el puñetazo. Fue demasiado rápido y la pilló por sorpresa. Tuvo la sensación de que la cara le estallaba por el golpe. A punto de perder el conocimiento, intentó darle una bofetada.

No sintió el segundo golpe.

A toda prisa, y alborozado por la oportunidad que le había llovido del cielo, el tipo la dejó desmayada en el cajón trasero, debajo de la lona.

La ató de pies y manos, la amordazó, y después la tapó con una vieja manta.

No quería que se muriera de frío antes de llevarla a su casa.

Aún les faltaban unos pocos kilómetros de trayecto.

1

En la actualidad

Despuntó el alba, rosa como la flor, y tiñó las montañas nevadas de delicado color. Los alces bramaron al surcar la niebla en su procesión matutina, y el gallo no cejó en su intento de despertar al mundo entero con su canto.

Mientras paladeaba los últimos sorbos de café, Bodine Longbow se quedó en la puerta de la cocina para contemplar y escuchar lo que ella consideraba el comienzo ideal de un día de noviembre.

Lo único que podría mejorarlo era sumarle una hora. Desde que era pequeña deseaba que el día tuviera veinticinco horas, e incluso había escrito todo lo que podría hacer con solo sesenta minutos más.

Como la rotación de la Tierra no la complacía, ella lo compensaba no durmiendo casi nunca más allá de las cinco y media. Cuando amanecía, ya había terminado su sesión de ejercicios, sesenta minutos exactos, se había duchado, arreglado y vestido, había leído sus emails y mensajes de texto y había desayunado yogur con muesli —aunque no le gustaba ni una cosa ni la otra y quería convencerse de que los prefería los dos juntos— mientras consultaba su agenda en la tableta.

Como ya llevaba la agenda en la cabeza, no hubiera necesitado consultarla. Pero Bodine opinaba que las cosas había que hacerlas a conciencia.

Ahora que ya estaba lista para que amaneciera, podía tomarse un momento para disfrutar de su café con leche, con doble de café, leche entera y un chorrito de caramelo, a pesar de que le había prometido a su jueza interior que acabaría desenganchándose de él.

El resto de la familia pronto se agolparía en la cocina, su padre y sus hermanos después de echar un vistazo al ganado y de poner a trabajar a los mozos del rancho. Como era el día libre de Clementine, Bodine sabía que su madre entraría majestuosamente en la cocina y prepararía un desayuno típico de un rancho de Montana sin perder la sonrisa. Después de dar de comer a tres hombres, Maureen ordenaría la cocina antes de ir al Resort Bodine, donde era la responsable del área comercial.

Maureen Bodine Longbow tenía a su hija maravillada.

Bodine no solo estaba segurísima de que su madre no deseaba que el día tuviera una hora más; era evidente que no la necesitaba para terminarlo todo, tener un matrimonio sólido y ayudar a dirigir dos empresas complejas, el rancho y el resort, mientras seguía disfrutando plenamente de la vida.

Justo en ese momento, Maureen entró, y parecía alegre. Llevaba el pelo castaño corto y su cara era tan bonita como un pimpollo. Le sonrió con sus vivaces ojos verdes.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días. Estás guapísima.

Maureen se pasó la mano por una estrecha cadera y el elegante vestido verde oscuro.

—Hoy tengo una reunión tras otra. Debo causar buena impresión.

Abrió la vieja puerta corredera de madera que comunicaba con la despensa, cogió un delantal blanco de la percha.

Aunque no había gota de grasa de beicon que se atreviera a caer en ese vestido, pensó Bodine.

—Prepárame uno de tus cafés con leche, ¿quieres? —dijo Maureen mientras se ataba el delantal—. Nadie los hace tan ricos como tú.

—Claro. Tengo una reunión dentro de nada con Jessie —respondió Bodine, refiriéndose a Jessica Baazov, la coordinadora de eventos del resort desde hacía tres meses—. Por la boda de Linda-Sue Jackson. Linda-Sue viene a las diez.

—Mmm... Tu padre me ha dicho que Roy Jackson está lamentándose de lo que va a costarle casar a su hija, pero sé a ciencia cierta que la madre de Linda-Sue está decidida a tocar todos los registros, más incluso si fuera preciso. Llevaría a esa chica al altar acompañada de un coro de ángeles celestiales si nosotras se lo pudiéramos proporcionar.

Bodine calentó minuciosamente al vapor la leche para el café.

—Por el precio justo, es probable que Jessie se lo consiguiera.

—Ha sido un buen fichaje, ¿verdad? —Maureen empezó a freír el beicon en una sartén enorme sobre la cocina de ocho fogones—. Me cae bien esa chica.

—A ti te cae bien todo el mundo. —Bodine le pasó el café con leche a su madre.

—Así se vive más feliz. Si se busca, a todo el mundo se le puede encontrar algo bueno.

—Adolf Hitler —respondió Bodine.

—Bueno, al hacer lo que hizo, trazó una línea que la mayoría no queremos volver a cruzar. Eso es bueno.

—Eres única, mamá. —Bodine, más alta que Maureen (había superado el metro sesenta de su madre a los doce años y había crecido otros ocho centímetros), se inclinó para besarla en la mejilla—. Me da tiempo a poner la mesa antes de irme.

—Oh, cariño, tú también tienes que desayunar.

—He tomado yogur.

—Tú odias esas cosas.

—Solo las odio cuando me las como, y me convienen.

Maureen suspiró, sacó el beicon para dejar que se escurriera, y puso más en la sartén.

—Juro que a veces pienso que eres mejor madre para ti de lo que yo lo he sido.

—Eres la mejor madre del mundo —replicó Bodine mientras sacaba del armario una pila de los platos de uso diario.

Oyó el follón segundos antes de que la puerta trasera se abriera. Los hombres de su vida entraron acompañados de dos perros.

—Acordaos de limpiaros las botas.

—Vamos, Reenie, como si fuéramos a olvidarnos. —Sam Longbow se quitó el sombrero; nadie comía en la mesa de Maureen con el sombrero puesto.

Con su más de metro noventa, era un hombre guapo, zanquilargo y huesudo, con el pelo negro salpicado de canas y arrugas de expresión en las comisuras de los ojos castaños.

Tenía la pala izquierda torcida, lo que, en opinión de Bodine, aumentaba el atractivo de su sonrisa.

Chase, dos años mayor que Bodine, colgó su sombrero vaquero de la percha y se quitó la chaqueta de piel. Había heredado la estatura y la constitución de su padre, todos los hermanos Longbow lo habían hecho, pero tenía las facciones y la tez de su madre.

Rory, tres años menor que ella, era una mezcla de los dos, con el pelo castaño y vivaces ojos verdes, una versión de veintidós años de la cara de Sam Longbow.

—¿Puedes hacer suficiente para uno más, mamá?

Maureen miró a Chase con las cejas enarcadas.

—Siempre puedo hacer suficiente para uno más. ¿De quién se trata?

—He pedido a Cal que venga a desayunar.

—Pues poned otro plato —ordenó Maureen—. Callen Skinner lleva demasiado tiempo sin sentarse a nuestra mesa.

—¿Ha vuelto? —preguntó Bodine.

Chase asintió, y se acercó a la máquina de café.

—Llegó anoche. Se está instalando en la choza, tal como hablamos. Le vendrá bien desayunar caliente.

Mientras Chase se bebía el café solo, Rory puso al suyo generosas dosis de leche y azúcar.

—No tiene pinta de vaquero de Hollywood.

—Menudo chasco para nuestro benjamín —dijo Sam mientras se lavaba las manos en el fregadero—. Rory esperaba que se paseara por ahí con espuelas, una cinta plateada en el sombrero y las botas relucientes.

—No llevaba nada de eso. —Rory cogió un poco de beicon—. No está muy distinto de cuando se fue. Más viejo, supongo.

—No me saca ni un año —dijo Chase, y añadió—: Deja algo de beicon para los demás.

—Hay más —dijo Maureen con placidez, y levantó la cara cuando Sam se agachó para darle un beso.

—Estás tan bonita como una bombonera, Reenie. Y hueles igual de bien.

—Tengo reuniones toda la mañana.

—Hablando de reuniones. —Bodine miró su reloj—. Debo irme.

—Oh, cariño, ¿no puedes quedarte para saludar a Callen? Hace casi diez años que no lo ves.

Ocho años, pensó Bodine, y debía reconocer que tenía curiosidad por volver a verlo. Pero...

—No puedo, lo siento. Lo veré por ahí... y a ti también —dijo, besando a su padre—. Rory, tengo que repasar algunas cosas contigo en el despacho.

—Allí estaré, jefa.

Ella resopló al oír su respuesta y se dirigió al recibidor, donde ya había dejado su maletín con el papeleo del día.

—¡Esta tarde va a nevar! —gritó mientras se ponía el abrigo, el sombrero y la bufanda, y después de enfundarse los guantes, salió a la fría mañana.

Llevaba un minuto de retraso, así que se dirigió a la camioneta apretando el paso. Sabía que Callen regresaba, había asistido a la reunión familiar en la que habían decidido contratarlo como encargado de los caballos.

Era el mejor amigo de Chase desde que ella recordara, y había pasado de ser la cruz de Bodine a ser su primer amor secreto, para luego volver a ser su cruz, y de nuevo su amor. No terminaba de recordar en qué categoría estaba cuando se marchó de Montana. Ahora, mientras circulaba por la ondulada capa de nieve que cubría la carretera del rancho, cayó en la cuenta de que Callen tenía menos años que Rory cuando se había ido de casa.

Unos veinte, calculó, y sin duda lo hizo cabreado y frustrado por haber perdido la mayor parte de su patrimonio. Tierras, pensó Bodine, que Sam Longbow había comprado a los Skinner cuando el padre de Callen atravesaba una, digamos, mala racha.

Porque esa mala racha por la que atravesaba se debía a que lo había perdido todo en el juego. Como jugador era un desastre, había oído decir una vez a su padre, y tan adicto al juego como algunos lo son a la bebida.

Así pues, con unas tierras, que sin duda amaba, reducidas a unas veinte hectáreas, la casa y unos pocos cobertizos, Callen Skinner se había marchado para abrirse camino en la vida.

Según Chase, le había ido bien, había acabado como adiestrador de caballos para el cine.

Ahora, con el padre muerto, la madre viuda y su hermana casada con un hijo pequeño y otro en camino, Callen había regresado.

Bodine había oído lo suficiente para saber que las pocas tierras que le quedaban no valían lo que debía por ellas en concepto de hipotecas y préstamos. Y la casa estaba vacía, pues la señora Skinner se había ido a vivir con su hija y la familia de esta a una bonita casa de Missoula, donde Savannah y su marido tenían una tienda de artesanía.

Bodine suponía que pronto habría otra reunión sobre la compra de las últimas veinte hectáreas, y mientras conducía sopesó si los terrenos beneficiarían más al rancho o al resort.

Arreglar la casa, pensó, alquilarla a grupos. O para eventos. Bodas de menor envergadura, fiestas de empresa, reuniones familiares.

O bien ahorrarse ese tiempo y gasto, tirarla abajo y partir de cero.

Se entretenía pensando en las posibilidades cuando pasó por debajo del cartel arqueado del Resort Bodine con su logotipo de un trébol.

Al girar, vio las luces de la Tienda de Suministros encendidas mientras los empleados del primer turno se preparaban para abrir. Esa semana tenían una exposición de artículos de piel y artesanía, lo que despertaría el interés de algunos de los huéspedes de finales de otoño. O con la campaña publicitaria de Rory lograría atraer a gente de fuera que se quedaría a comer en el Morral.

Aparcó delante del achaparrado edificio con un amplio porche delantero que albergaba la recepción.

El resort siempre le hacía sentirse orgullosa.

Había nacido antes que ella, en una reunión entre su madre, su abuela y su bisabuela, por iniciativa de su abuela, Cora Riley Bodine.

Lo que había comenzado siendo un sencillo rancho turístico se había convertido en un resort de lujo que ofrecía una cocina de cinco tenedores, un servicio personalizado, aventuras, tratamientos de belleza, eventos, espectáculos y demás, repartido en una superficie de más de mil doscientas hectáreas, incluido el rancho productor. Y todo, pensó Bodine cuando bajó de la camioneta, con la incomparable belleza del oeste de Montana.

Entró a toda prisa en el edificio, donde uno o dos huéspedes estaban disfrutando de un café delante de la inmensa chimenea crepitante.

Percibió los agradables olores otoñales a calabaza y a clavo, e hizo un gesto con la mano hacia el mostrador de la entrada, decidida a ir derecha a su despacho para organizarse. Se desvió hacia el mostrador cuando Sal, la pelirroja que Bodine conocía desde primaria, le hizo señas.

—Quería que supieras que Linda-Sue acaba de llamar para decir que se retrasa un poco.

—Siempre lo hace.

—Sí, pero esta vez ha avisado. Ha ido a recoger a su madre.

Los firmes cimientos del día de Bodine sufrieron su primera grieta.

—¿Su madre viene a la reunión?

—Lo siento. —Sal le sonrió apenada.

—Más que nada, es problema de Jessie, pero gracias por avisar.

—Jessie no ha llegado aún.

—No pasa nada. He venido antes.

—¡Siempre lo haces! —gritó Sal cuando Bodine se alejó por el pasillo que conducía al despacho de dirección. Su despacho.

Le gustaba el tamaño que tenía. Lo bastante grande para celebrar reuniones con empleados o encargados, lo bastante pequeño para que esas reuniones fueran íntimas y personales.

Disponía de una doble ventana por la que se veían los caminos empedrados del jardín, una parte del edificio que albergaba el Morral y el Comedor, más exclusivo, y prados que se extendían hacia las montañas.

Había colocado el viejo escritorio de su abuela de espaldas a la ventana a propósito, para evitar distracciones. Tenía dos sillas de piel de respaldo alto que antes embellecían el despacho del rancho, además de un sofá pequeño que había sido de su madre y que ella había tapizado de nuevo con una resistente tela azul.

Colgó el abrigo, el sombrero y la bufanda en el perchero del rincón, y se pasó la mano por el pelo liso, negro como el de su padre, que llevaba recogido en una larga cola que le caía por la espalda.

Se parecía a su abuelo: eso decía siempre su viuda. Bodine había visto fotografías y reconocía su parecido con el malhadado joven Rory Bodine, que había muerto en Vietnam antes de cumplir los veintitrés.

Él tenía los ojos verdes y la mirada audaz, y la boca grande y carnosa. Su pelo negro era ondulado, mientras que Bodine lo tenía muy lacio, pero había heredado sus pómulos marcados, su altanera naricilla y la blanca tez irlandesa que requería protección solar en grandes cantidades.

Con todo, le gustaba pensar que había heredado el buen ojo de su abuela para los negocios.

Fue al mostrador, donde estaba la cafetera que hacía un café pasable, y se llevó una taza a su escritorio para repasar sus notas sobre las dos primeras reuniones del día.

Justo cuando terminaba de hablar por teléfono y enviaba un email, todo a la vez, entró Jessica.

Igual que Maureen, Jessie llevaba un vestido, pero en su caso era de color rojo intenso, combinado con una chaqueta corta de piel de un blanco roto. Los botines de tacón no durarían ni cinco minutos en la nieve, pero hacían juego con el vestido rojo como si los hubieran teñido juntos.

Bodine no podía sino admirar su estilo perfecto e insuperable.

Jessica llevaba el pelo rubio recogido en un pulcro moño como a menudo hacía en el trabajo. Al igual que los botines, sus labios combinaban perfectamente con el vestido y no desentonaban en absoluto con sus pómulos marcados, su fina nariz recta y sus límpidos ojos celestes.

Se sentó mientras Bodine acababa de hablar, sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y se puso a consultarlo.

Bodine colgó y se recostó en la silla.

—La coordinadora de la Western Writers Association va a llamarte para organizar un retiro de tres días y un banquete de despedida.

—¿Saben las fechas? ¿Cuántos serán?

—Prevén que serán noventa y ocho. Llegarían el nueve de enero y se irían el doce.

—¿Este enero?

Bodine sonrió.

—Les ha fallado el otro sitio donde suelen reunirse, así que están apurados. Lo he mirado y es factible. Hay menos actividad justo después de las vacaciones de Navidad. Les reservaremos el Molino, para las salas de reunión y el banquete, y el número de cabañas que me ha pedido durante cuarenta y ocho horas. La coordinadora, Mandy, parece organizada, aunque un poco desesperada. Acabo de enviaros a ti, a mi madre y a Rory un email con la información. Su presupuesto debería bastar.

—De acuerdo. Hablaré con ella, organizaré las comidas, el transporte, las actividades, etcétera. ¿Escritores?

—Sí.

—Avisaré a la Cantina. —Jessica lo anotó en su móvil—. No he organizado nunca un evento para escritores que no se fundan los billetes en el bar.

—Es una buena noticia para nosotros. —Bodine señaló la pequeña cafetera con el pulgar—. Sírvete.

Jessica se limitó a enseñarle el termo verde del Resort Bodine que habitualmente llevaba lleno de agua.

—¿Cómo vives sin café? —preguntó Bodine con sincerad—. ¿O sin Coca-Cola? ¿Cómo vives a base de agua?

—Porque también hay vino. Y hay yoga, meditación.

—Todo eso da sueño.

—No, si lo haces bien. Deberías hacer más yoga. Y probablemente la meditación te ayudaría a reducir la cafeína.

—La meditación solo me hace pensar en todas las otras cosas que preferiría estar haciendo. —Bodine, que seguía recostado en la silla, la hizo girar de un lado a otro—. Me encanta esa chaqueta.

—Gracias. Fui a Missoula en mi día libre, me di un capricho. Lo que es casi tan bueno como el yoga para la mente y el espíritu. Sal me ha dicho que Linda-Sue se retrasa un poco, vaya novedad, y que su madre viene con ella.

—Esa es la última noticia. Nos ocuparemos. Reservan cincuenta y cuatro cabañas para tres días. Ensayo de la ceremonia, boda, banquete, básicamente ocupan todo el Pueblo Zen el día antes de la boda, además de las otras actividades.

—Solo faltan cuatro semanas para el enlace, así que no queda mucho tiempo para que cambien de opinión, para que añadan más perifollos.

La carnosa boca de Bodine se torció en una sonrisa.

—Conoces a Dolly Jackson, ¿verdad?

—Puedo con Dolly.

—Mejor tú que... cualquier otra persona —comentó Bodine—. Repasemos lo que tenemos.

Revisaron la lista de cabo a rabo, y mientras estaban hablando de una fiesta navideña menos numerosa la semana previa a Navidad, Sal se asomó por la puerta.

—Linda-Sue y su madre.

—Ahora mismo voy. Espera un momento, ¿Sal? Pide unas mimosas.

—Así me gusta.

—Bien pensado —dijo Jessica cuando Sal se marchó—. Mimarlas para ablandarlas.

—Linda-Sue no está tan mal. Chase salió con ella durante unos cinco minutos en el instituto. —Bodine se levantó, se estiró el chaleco marrón oscuro—. Pero las mimosas nunca van mal. A por ellas.

En el vestíbulo, Linda-Sue, bonita y curvilínea, propensa a agobiarse, andaba de un lado para otro con las manos juntas entre los pechos.

—¿Es que no lo ves, mamá? Todo decorado para Navidad, los árboles, las luces, la chimenea encendida como ahora. Y Jessica ha dicho que el Molino va a brillar.

—Más le vale. Hazme caso, necesitamos esos candelabros grandes, Linda-Sue, al menos una docena. De oro, como vi en la revista. No del oro ostentoso, sino del elegante.

Mientras hablaba, Dolly escribía en una página de la abultada carpeta blanca de boda que llevaba.

Tenía la mirada un poco desquiciada.

—Y una alfombra de terciopelo rojo, rojo oscuro, no rojo chillón, extendida en el camino desde el sitio donde para el trineo, en vez de blanca. Te resaltará más el vestido. Y, hazme caso, necesitamos una arpista, vestida de terciopelo rojo con esos ribetes dorados tan elegantes, que toque mientras la gente entra para que la sienten a las mesas.

Jessica respiró hondo.

—Vamos a necesitar más mimosas.

—Lo sé. —Bodine dibujó una sonrisa en sus labios y entró en liza.

Bodine dedicó cuarenta minutos a la boda de oro fino y después se escapó. En los tres meses que habían transcurrido desde que había ocupado la vacante de coordinador de eventos, Jessica había demostrado ser más que capaz de tratar con una madre quisquillosa y una futura esposa indecisa.

En cualquier caso, Bodine había quedado en reunirse con el responsable de la comida y la bebida, tenía que responder unas cuantas preguntas de uno de sus conductores y quería tachar de su lista una conversación con el encargado de los caballos.

La carretera de grava, serpenteante y repleta de acusadas pendientes, que iba de su despacho al Centro de Actividades Bodine (el CAB) tenía casi un kilómetro, pero en cuanto salió, decidió que iría a pie en lugar de coger el coche porque quería disfrutar del vigorizante aire.

Ya olía a nieve, calculaba que comenzaría a caer antes de media tarde. Pero de momento el cielo seguía azul bajo las nubes que se estaban acumulando.

Pasó por delante de dos de los pequeños Kia verdes que proporcionaban a los huéspedes durante su estancia (solo para desplazarse dentro del resort), tomó la estrecha carretera de grava y no vio a nadie.

Estaba flanqueada por extensos prados nevados. Divisó tres ciervos saltando por la nieve, un destello de colas blancas, con el recio pelaje oscuro del invierno.

El graznido de un halcón hizo que alzara la vista para verlo volar. La cetrería ocupaba un lugar destacado en su plan de tres años para el resort y ya había hecho avances en ese terreno a finales del primero.

El viento levantó nieve del suelo, arremolinándose a su alrededor como polvo de estrellas mientras sus botas repicaban en el suelo duro como el acero.

Percibió movimiento cerca del CAB, a algunos de los mozos con unos cuantos de los caballos en el potrero cubierto. Le llegó el agradable olor a caballo, junto con los aromas a cuero engrasado, heno y trigo.

Alzó la mano para saludar cuando el hombre vestido con una gruesa cazadora y un sombrero de vaquero Stetson marrón la miró. Abe Kotter acarició la yegua pinta que había estado cepillando y después dio unos cuantos pasos para reunirse con Bodine.

—Va a nevar —dijo ella.

—Va a nevar —convino él—. Un matrimonio de Denver quería dar un paseo a caballo. Montan bien, así que Maddie se los ha llevado a dar una vuelta. Acaban de regresar.

—Avísame si quieres llevar algunos caballos al rancho, cambiarlos por los otros.

—Vale. ¿Has venido andando?

—Me apetecía pasear, tomar el aire. Pero ¿sabes?, creo que ensillaré uno, lo llevaré al rancho y pasaré a ver a las señoras de la Casa Bodine.

—Salúdalas de mi parte. Yo te ensillo el caballo, Bo. A Calcetines le vendría bien hacer ejercicio. Le ahorrarías el esfuerzo a este viejo carcamal.

—¿Viejo? ¡Y una leche!

—Cumplo sesenta y nueve en febrero.

—Si a eso lo llamas ser viejo, las abuelas te acribillarán a balazos.

Él se rio, retrocedió e hizo otra caricia a la yegua pinta.

—Es posible, pero voy a tomarme ese descanso del que hablamos. Iremos a ver a mi hermano en Arizona, mi señora y yo. Justo después de Navidad, y hasta abril.

Bodine no torció el gesto, aunque quería hacerlo.

—Os echaremos de menos a Edda y a ti.

—Los inviernos se vuelven más duros cuantos más años se tiene. —Abe examinó los cascos a la yegua, y sacó un raspador para limpiárselos—. En invierno no hay tanta demanda de paseos a caballo y ese tipo de cosas. Maddie puede sustituirme, ocuparse de los caballos durante un par de meses. Tiene la cabeza en su sitio.

—Hablaré con ella. ¿Está dentro? De todas maneras, tengo que entrar a hablar con Matt.

—Sí que está. Te preparé a Calcetines.

—Gracias, Abe. —Bodine echó a andar, pero volvió sobre sus pasos—. ¿Qué demonios vas a hacer en Arizona?

—Que me aspen si lo sé, aparte de no pasar frío.

Bodine entró en el edificio. Desde la primavera hasta octubre, el gran espacio diáfano acogería a grupos que se preparaban para hacer rafting en aguas bravas, rutas en quad, paseos a caballo, arreos de ganado y excursiones guiadas.

En cuanto empezaba a nevar en serio, el ritmo tendía a aflojarse, y ahora el eco de sus pasos resonaba en el edificio mientras se aproximaba al mostrador curvo, ocupado por el coordinador de actividades del resort.

—¿Cómo te va, Bo?

—Me va, Matt, que ya es mucho. ¿Tú qué tal?

—Esto está tan tranquilo que llevamos el trabajo al día. Tenemos un grupo haciendo esquí de travesía y otro practicando tiro al plato. Una familia de doce dará un paseo a caballo mañana, así que he avisado a Chase. Me ha dicho que Cal Skinner ha vuelto y que él se ocupará.

—Así es.

Habló con Matt del inventario, para reponer material y equipamiento, y después sacó el móvil y sus notas a fin de comentar más actividades para la boda de los Jackson.

—Te mandaré un email con toda la información. De momento, solo asegúrate de tenerlo todo reservado, de traer a quien necesites para que no te falten manos.

—Entendido.

—Abe ha dicho que Maddie estaba aquí.

—Ha ido al baño.

—Vale. —Bodine consultó la hora en el móvil antes de guardárselo en el bolsillo. Quería pasar a ver a las abuelas, pero después tenía que irse derecha al despacho—. Espero un rato.

Fue hasta la máquina expendedora. Jessica tenía razón: debería beber más agua. Pero no quería agua. Quería algo dulce y con gas. Quería una maldita Coca-Cola.

Maldita seas, Jessie, pensó cuando insertaba el dinero y seleccionaba una botella de agua.

Irritada, dio el primer trago justo en el momento en que Maddie salía del baño.

—Hola, Maddie.

Bodine se acercó a la amazona. Le pareció que Maddie estaba un poco pálida, que tenía ojeras, pese a su sonrisa siempre presta.

—Hola, Bo. Acabo de volver del paseo.

—Me he enterado. ¿Te encuentras bien? Te veo un poco mustia.

—Estoy bien. —Después de quitarle importancia con un gesto de la mano, Maddie suspiró.

—¿Tienes tiempo para sentarte un momento?

—Claro. —Bodine señaló una de las mesitas repartidas por el recinto—. ¿Va todo bien? ¿Aquí? ¿En casa?

—Va genial. En serio. —Maddie, una amiga de toda la vida, se sentó y se echó hacia atrás el sombrero que le cubría parte de la media melena rubia—. Estoy embarazada.

—Estás... ¡Maddie! Eso es estupendo, ¿no?

—Es estupendo, maravilloso, increíble. Y asusta un poco. Thad y yo decidimos que por qué esperar. Nos casamos hace nada, en primavera, y nuestra idea era dejar pasar un año, quizá dos. Luego dijimos, ¿por qué esperar? Y nos tiramos a la piscina. —Maddie se rio y después dio unos golpecitos en la botella de Bodine—. ¿Me dejas beber un poco?

—Bébetela toda. Me alegro mucho por ti, Maddie. ¿Te encuentras bien?

—Me he pasado los dos primeros meses vomitando tres veces al día. Nada más levantarme, a la hora de comer y a la de cenar. Me canso antes, pero el médico dice que es normal. Y los vómitos tendrían que aflojar bastante pronto, que Dios me oiga. Supongo que ya lo han hecho, un poco. Hace un momento he tenido náuseas, pero no he echado la papilla, así que ya es algo.

—Thad debe de estar dando saltos de alegría.

—Sí.

—¿De cuánto estás?

—De doce semanas el sábado.

Bo abrió la boca, volvió a cerrarla, y después recuperó la botella para echar otro trago.

—Doce.

Después de suspirar, Maddie se mordió el labio inferior.

—Estuve a punto de contártelo nada más quedarme, pero todo el mundo dice que hay que esperar a que pasen los tres primeros meses, el primer trimestre. No se lo hemos dicho a nadie, aparte de a nuestros padres; a los padres hay que decírselo, e incluso con ellos esperamos hasta que estuve de cuatro semanas.

—No se te nota nada que estás embarazada.

—Se me notará. Y lo cierto es que los vaqueros me aprietan tanto en la cintura que los llevo atados con un mosquetón.

—¡No!

—Sí. —Para demostrarlo, Maddie se levantó la camisa y le enseñó a Bo la anillita plateada—. Y mira esto.

Se quitó el sombrero y bajó la rubia cabeza para enseñarle casi tres centímetros de raíces castañas.

—Recomiendan no teñirse el pelo. No voy a quitarme el sombrero hasta que nazca el bebé, lo juro. No veo mi color natural desde que tenía trece años y tú me ayudaste a teñírmelo con aquella caja que prometía un tinte fácil y un resultado bonito.

—Y utilizamos parte para hacerme una mecha rubia que acabó pareciendo más una rodaja de calabaza fluorescente.

—A mí me molaba mucho. Soy rubia de corazón, Bo, pero voy a ser una morena embarazada. Una morena gorda y patosa que tiene que ir a mear cada cinco minutos.

Bodine rompió a reír a carcajadas y volvió a pasarle el agua. Mientras bebía, Maddie se acarició la barriga aún invisible con una mano.

—Me siento distinta, muy distinta, y es una especie de milagro. Bodine, voy a ser madre.

—Vas a ser una madre increíble.

—Estoy decidida a serlo. Pero, bueno, hay otra cosa que no debería hacer.

—Montar.

Maddie asintió y volvió a beber.

—He estado postergándolo, lo sé. ¡Santo Dios!, monto desde que era una cría, pero mi médico no admite discusión.

—Ni yo. Hoy has guiado el paseo, Maddie.

—Lo sé. Debería habérselo dicho a Abe, pero pensaba que primero debía decírtelo a ti. Luego empezó a hablar de que yo podía sustituirlo este invierno mientras él estaba fuera. No quise contárselo porque este viaje le hace mucha ilusión, y lo veía renunciando a él.

—No renunciará a él y tú no montarás hasta que tu médico te dé permiso. Y no se hable más.

Mordiéndose otra vez el labio, una clara señal de preocupación, Maddie enroscó y desenroscó el tapón de la botella de agua.

—También están las clases.

—Las daremos. —Ella resolvería esa cuestión, pensó Bodine. Era su trabajo—. Los caballos no solo se montan, Maddie.

—Lo sé. Ya hago parte del papeleo. Puedo cepillarlos, darles de comer y conducir el remolque, llevar a los huéspedes al Centro Ecuestre. Puedo...

—Lo que podrías hacer es traerme una lista, de tu médico, con lo que puedes hacer y lo que no. Lo que puedas hacer, lo harás; lo que no, no.

—El caso es que mi médico es tremendamente prudente, y...

—Yo también lo soy —la interrumpió Bodine—. O me traes la lista y te atienes a ella, o te despido.

Maddie se recostó, enfurruñada.

—Thad me advirtió que dirías justo eso.

—No te casaste con un idiota. Y te quiere. Igual que yo. Vamos, ya te estás yendo a casa para el resto del día.

—Oh, no necesito irme a casa.

—Ya te estás yendo —repitió Bo—. Échate una siesta. Y después de la siesta, llamarás a tu ginecólogo y le dirás...

—Es mujer.

—Da igual. Le dirás que escriba la lista y que te la mande, y que me ponga en copia. Y ya iremos viendo. Lo peor que puede pasar, Maddie, es que cambies una silla de montar por una de escritorio durante unos meses. —Bodine sonrió—. Vas a ponerte gorda.

—Hasta me hace cierta ilusión.

—Bien, porque va a pasar. Ahora, vete a casa. —Bodine se levantó y se inclinó para darle un fuerte abrazo—. Y enhorabuena.

—Gracias. Gracias, Bo. Voy a ...