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AL CALOR DEL VERANO

John Katzenbach  

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Fragmento

Título original: In the Heat of the Summer

Traducción: Nora Escoms

1.ª edición: julio, 2014

© 2014 by John Katzenbach

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B 17885-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-264-1

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

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Para Maddy

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Un hombre que hacía footing encontró a la primera víctima cerca del decimotercer hoyo.

Era un hombre común y corriente, de mediana edad, que se preocupaba por su corazón y su dieta; un agente de bolsa que repasaba mentalmente cifras, valores y opciones mientras corría por el perímetro del campo de golf.

Se trataba de un club privado en medio de una zona muy selecta del condado, con un césped bien cuidado, altos pinos y majestuosas palmeras.

El calor se dejaba sentir desde primeras horas de la mañana y el hombre recorría su ruta habitual por instinto, maquinalmente, sin fijarse en dónde ponía los pies. Había dado tres vueltas al campo de golf, más concentrado en el Dow Jones, en su trabajo y en lo que haría durante las vacaciones que en el camino por donde iba. Al atajar por el borde del campo, levantó la mano en un acto reflejo para secarse el sudor de los ojos. En ese momento, percibió un atisbo de color entre los helechos, las palmeras y la maleza: una silueta entre las sombras matutinas.

El agente de bolsa siguió corriendo, oyendo el sonido apagado de sus pisadas en la tierra. Completó otra larga vuelta al campo y se preguntó qué habría sido aquello que le había llamado la atención. Por tanto, al acercarse al decimotercer hoyo para acometer la cuarta y última vuelta, aflojó poco a poco el paso a fin de verlo mejor. Fue entonces cuando súbitamente se percató del calor que hacía y del sol, que brillaba como una lámpara suspendida sobre el campo de golf. Esta vez avistó algo de color carne y un destello fugaz de cabellos rubios. Se detuvo y contuvo la respiración por unos instantes; luego se internó en la maleza en dirección al cadáver.

—Oh, Dios mío —exclamó, aunque nadie podía oírlo.

Más tarde, me contó que cuando comprendió qué era lo que tenía delante se quedó sin aliento, como si hubiese echado una carrera a toda velocidad, y que permaneció inmóvil durante un rato, al sol, aturdido, intentando recuperar la respiración. Según dijo, nunca antes había visto una persona asesinada. La había observado con una mezcla de horror y fascinación durante un minuto, tal vez dos, y luego había arrancado a correr a toda velocidad, con el corazón latiéndole tan fuerte que él casi podía oír los latidos, hacia la casa más cercana, para llamar a la policía.

La víctima era una adolescente.

En ese entonces, al principio de todo yo no imaginaba siquiera que esa historia se convertiría en la más importante de mi vida. Tampoco tuve el menor presentimiento, nada que alertase mi sexto sentido de periodista del peligro que corría de verme envuelto en el caso, de descuidar mi habitual objetividad hasta perderla por completo.

Los hechos se produjeron durante la temporada de huracanes de ese año. Todo comenzó en junio, en el momento en que las primeras grandes tempestades del verano empiezan a formarse a miles de kilómetros de distancia, sobre el Atlántico. Es la estación media en Miami: el sol tropical baña las calles de la ciudad como un gran reflector, eliminando toda sombra, dejando el aire estancado y cargado de un calor asfixiante.

En cierto modo, la historia evolucionó como una gran tormenta: a medida que se desarrollaba, cobraba mayor envergadura. Recuerdo que en ese entonces una borrasca se había situado sobre el Caribe, frente a las costas de Venezuela. Se había originado en el mar, cerca de África, y las corrientes de aire habían desplazado a través del océano aquel enorme e incontenible temporal de viento y lluvia. Se trataba de la primera tormenta de la temporada, y el Servicio Meteorológico Nacional la había llamado Amy, que resultó ser el nombre de la primera víctima.

Al fondo de la sala de redacción había un enorme mapa meteorológico en el que, durante la temporada de tormentas, se marcaba la posición y el curso de cada una de ellas. Seguir su trayectoria en el mapa formaba parte del trabajo de todos los periodistas de la ciudad. Diariamente comprobábamos el avance de la borrasca, discutíamos las probabilidades y estudiábamos las fotografías de satélite enviadas por las agencias de noticias. Según recuerdo, la foto de aquella tormenta mostraba una gran masa difusa de nubes turbulentas superpuestas sobre el mapa del Caribe. La península de Florida semejaba un enorme dedo que invitaba a la tormenta a acercarse. Examinábamos las fotografías en busca de algún indicio de que la tempestad cambiaría, adoptaría una forma más definida y, convertida en huracán, se acercaría a la ciudad, rugiendo sobre las aguas.

En la pared, junto al mapa meteorológico, había una vieja fotografía enmarcada, amarillenta y arrugada, que servía de recordatorio a todos los que trabajábamos en el Journal. La habían tomado durante la tormenta de 1939, que alcanzó una intensidad tres. En ella aparecía una gran palmera inclinada hasta tal punto que el tronco quedaba paralelo al suelo. Al fondo se divisaba una ola de casi cuatro metros que había barrido Miami Beach y la bahía para morir finalmente en el centro de la ciudad, en Biscayne Boulevard.

La historia, claro está, no era sobre un huracán pero, a su manera, según descubrí más tarde, aquellos asesinatos tenían mucho en común con un ciclón: comenzaron en un lugar extraño y lejano y arrasaron la ciudad como una ola impulsada por alguna poderosa fuerza natural. Recuerdo que el día del primer asesinato (el Cuatro de Julio, un año antes del Bicentenario, un año después de la renuncia del presidente) todos estábamos preocupados por esa primera gran tormenta cercana a la costa venezolana y la observábamos extraer fuerzas de las cálidas aguas del Caribe. En la redacción no se hablaba de otra cosa. Parecía que llegaría a intensidad cinco, la más devastadora. El periódico publicaba artículos especulativos a toda página sobre el potencial asesino de la tormenta. Hacía ya mucho tiempo que no se desataba una tempestad importante, según decían los empleados más antiguos de la oficina, y flotaba en el aire el presentimiento de que esa masa gris de viento y lluvia se dirigía hacia nosotros.

Sin embargo, nos equivocábamos. La tormenta nunca llegó a Miami sino que se dirigió tierra adentro, hacia la costa de América Central, donde mató a muchas personas y dejó a muchas otras sin hogar. Sin embargo, eso ocurrió algunas semanas más tarde. Entonces, a principios de julio, toda nuestra atención estaba centrada en esa tormenta, lo que, al menos en mi memoria, me ayuda a explicar por qué nuestros ojos miraban en otra dirección cuando la verdadera tempestad de la temporada estalló muy cerca de nosotros.

Así pues, ese 4 de julio llegué temprano a la oficina. Era mi primer día de trabajo después del funeral de mi tío. Aunque no tenía la obligación de ir ese día, había regresado algo inquieto de mi viaje al norte y necesitaba ocuparme en algo que ahuyentara de mi mente las escenas familiares. Ahora advierto que mi mente tiende a relacionar una cosa con otra —el asesinato de la adolescente y el suicidio de mi tío—, como si formaran parte de un mismo suceso, pese a que ocurrieron con algunos días de diferencia y a cientos de kilómetros de distancia.

No había mucha gente en la redacción, puesto que era festivo y muy de mañana. Eché un vistazo a mi buzón, que estaba vacío, y leí por encima la primera edición del Miami Post, que ya había salido. Me senté a mi escritorio y pensé en llamar a Christine para decirle que había vuelto, pero era probable que ella ya estuviera en el hospital, pasándole esponjas, pinzas y escalpelos a los médicos enfrascados en la extirpación de un tumor. Decidí telefonear más tarde y quedar con ella para cenar. Abrí las páginas deportivas del Post para enterarme de los resultados del béisbol, pero, en cambio, mis ojos se clavaron en Nolan, el redactor de noticias locales.

Nolan era un hombre corpulento, que medía bastante más de un metro ochenta e iba siempre encorvado, por lo que parecía más pesado y lento de lo que en realidad era. Sin embargo, ante una historia interesante, se enderezaba de repente, como si le hubiesen quitado de encima preocupaciones y kilos, y se concentraba en los detalles. También perdía su habitual tono jocoso y travieso y adquiría la presteza y la decisión propias de un sargento instructor. Gozaba de una enorme popularidad en la redacción; era capaz de bromear con los periodistas y, al instante siguiente, hablar ante el consejo de administración.

Ahora estaba sentado en el centro de la redacción delante de uno de los escritorios dispuestos en fila, hablando animadamente por teléfono. Lo vi garabatear unas notas y luego colgar el auricular con ademán resuelto y satisfecho. Al mismo tiempo se volvió para averiguar quién había llegado. Nuestros ojos se encontraron: Nolan se puso en pie y se dirigió rápidamente a mi escritorio. Acercó una silla y se sentó.

—No esperaba verte tan pronto —dijo—. ¿Cómo te fue?

Tenía una espesa cabellera negra, con un mechón que le caía sobre la frente y se agitaba cuando él hablaba, como acentuando sus palabras.

—Como era de esperarse. Lágrimas. Las frases de rigor sobre la levedad de la existencia, la voluntad de Dios, el paso a mejor vida.

—Suena tétrico.

—Lo fue.

—¿Tú estás bien?

—Estoy aquí, ¿no? —Sonreí—. Intacto. Un periodista modelo 1970. Con muchos kilómetros encima pero que aún funciona bien.

—Me alegro, me alegro —comentó—. ¿Tienes ganas de cubrir una noticia o prefieres descansar un par de días?

—Una noticia, una noticia. Mi reino por una noticia. O al menos lo que queda de él.

—¿Qué te parece un homicidio? —preguntó.

—¿Quieres que cometa uno?

—Dios —resopló Nolan—. ¿Desde cuándo eres comediante?

—Lo siento —respondí—. Sólo estoy tratando de olvidarme de todo aquello.

Nolan enarcó las cejas y me miró con curiosidad mal disimulada.

—Está bien —dijo—, como tú quieras. Más tarde nos tomamos una cerveza, si quieres hablar de ello... O aunque no quieras.

Solté una carcajada, y él sonrió.

—Bueno, de momento, un homicidio —prosiguió—. La típica historia de asesinato sangriento, de policías y ladrones, para un día de pocas noticias.

—¿De qué se trata?

—Una muchacha. Adolescente. Tal vez de familia adinerada. Hallaron su cadáver hace muy poco tiempo en el club de golf Riviera.

—De entrada, suena bien —dije—. ¿Qué más sabes, Nolan?

—No mucho. ¿Recuerdas a aquel teniente de Homicidios que dijo que nos debía un favor por mantenernos al margen durante aquel asunto del secuestro? Bueno, pues acaba de llamarme. Ha enviado allí a unos agentes. Todavía no tiene demasiada información: sólo la ubicación y el hecho de que la víctima es una chica. Podría salir algo interesante de eso. Pienso seguir cobrándome la deuda con ese teniente durante algún tiempo.

—¿La violaron?

—No lo sé. ¿Por qué no consigues un fotógrafo y vas a echar un vistazo? Llámame por radio cuando sepas algo.

—De acuerdo. —Me puse de pie, cogí una libreta de la pila que tenía sobre mi escritorio y me encaminé al departamento de fotografía.

—Oye —me llamó Nolan—. ¿Querías mucho a tu tío?

—Cuando era pequeño —respondí—. Un poco.

A Andrew Porter le gustaba tomar las curvas con aquel automóvil grande, con una mano en el volante y la otra fuera de la ventanilla haciendo gestos a los demás conductores. En su mayoría eran jóvenes que seguramente se dirigían a las playas. Algunos llevaban botes en remolques, y la circulación ya comenzaba a atascarse en la entrada del McArthur Causeway y la carretera a Cayo Vizcaíno. Nosotros avanzábamos a gran velocidad en dirección opuesta, de modo que yo no alcanzaba a distinguir los rostros de la gente que esperaba en sus vehículos. El fotógrafo no cesaba de hablar: una historia acerca del reportaje de otro homicidio, en algún punto del pasado. Su voz grave apenas se oía bajo el estruendo del motor y del acondicionador de aire. En cierto momento se puso a cargar su cámara; con una mano apoyada en su regazo y la otra en el volante, colocó el carrete en la cámara y cerró la tapa.

—Una vez hice esto mientras conducía a más de ciento cincuenta, por la carretera 441. Perseguíamos a un par de chicos que habían robado un automóvil. Un poli y yo, volando por la carretera; no había tiempo de asustarse —añadió, riendo.

Recordé la lentitud con que se había desplazado la hilera de automóviles desde la iglesia hasta el cementerio. Volví a ver el coche fúnebre doblar la esquina y, justo detrás de él, el largo Cadillac negro en el que iban mi padre y la esposa de su hermano. Había llovido durante toda la mañana, y los limpiaparabrisas parecían llevar el compás de una marcha fúnebre. Aún resonaba en mis oídos el Himno del Cuerpo de Marines que, desde el órgano, había inundado la iglesia, lento y solemne; resultaba casi imposible reconocer aquella cadencia tan familiar cuando se ejecutaba en honor de los muertos y no de los vivos. Recuerdo que me sorprendí al ver el féretro cubierto por la bandera: los vívidos colores parecían fuera de lugar, incongruentes con ese día gris y aquella iglesia sombría.

Primero había hablado el sacerdote.

—Escucha nuestra plegaria, Padre, por el alma de Lewis Anderson, y concédele en el cielo la paz que buscó aquí en la tierra...

«Paz —pensé—. Lo contrario de “guerra”.»

Mi tío había sido un hombre muy robusto, de brazos largos y musculosos y con un pecho tan ancho como el escudo de un caballero andante. Hablaba siempre con una voz profunda en la que, aun al reír, se apreciaba un dejo amenazador, una nota tensa que ponía de manifiesto cierta ansia por captar la atención. Luego clavaba en mí su ojo sano con una mirada que me dejaba helado y asustado.

Había perdido el ojo derecho en Iwo Jima, camino de Suribachi, según decía, justo antes del izamiento de la bandera. Se había perdido ese momento, pues estaba demasiado aturdido por la morfina para comprender lo que ocurría alrededor. Una vez me contó que había sido una sensación extraña la de perder el ojo. Al principio creyó que iba a morir; luego, que todo le estaba sucediendo a otra persona. Notaba la sangre y el dolor. Sin embargo, le costaba convencerse de que ese dolor y esa sangre eran suyos. Para él, en ese momento, el herido era alguien totalmente ajeno a él.

Cuando yo era pequeño, él solía hacerme obsequios. Libros sobre el Cuerpo de Marines, una insignia del Corazón Púrpura, una bandera del Sol Naciente que había traído como botín de Tarawa. Una vez, para Navidad, me regaló un cuchillo de caza largo y curvo con una costosa vaina de cuero.

—Esto te vendrá bien —me aseguró.

Durante años, el cuchillo permaneció sobre mi escritorio.

—Cuando necesites algo, cualquier cosa, ya sabes a quién acudir —añadió.

Pero nunca le pedí nada.

Luego, el sacerdote leyó el pasaje más conocido del Eclesiastés, el de «hay un tiempo para toda las cosas». Me acordé de la canción popular basada en esos versículos. Leídos en la iglesia resonaban entre las vigas del techo, lo que les daba una sonoridad distinta, más profunda.

Solía encontrarme con mi tío y su esposa en las reuniones familiares: el Día de Acción de Gracias, en Navidad, a veces en las celebraciones de cumpleaños..., en todas las fechas señaladas. No tenían hijos: nunca supe por qué.

En esas ocasiones, él bebía demasiado. Yo lo contemplaba mientras se servía copas y las apuraba a sorbos, con delectación, en una cadena infinita. Se olvidaba de la mayor parte de las cosas, excepto del himno, que tarareaba para sí, con una expresión apagada en el ojo bueno y con el ojo falso muy abierto, sin ver nada.

A veces, por las noches, lo oía gritar en sueños.

Cuando el sacerdote terminó de leer, se impuso el silencio y mi padre se dirigió al altar.

La bandera reflejaba la luz que se colaba del exterior, proyectando sobre el rostro de mi padre un brillo multicolor.

—En 1941 mi hermano fue a la guerra —comenzó. Yo lo escuchaba con atención—. No estoy seguro de que haya regresado...

«Culpamos a la guerra —pensé—. Mejor culpemos a Iwo Jima. Dicen que allí dejó algo más que el ojo.»

Me llevé una mano a la frente y luego me cubrí los ojos, mientras oía la voz de mi padre subir y bajar de tono en la iglesia. Por teléfono, él había ido directamente al grano.

—Tu tío se ha suicidado —me informó—. Siento tener que decírtelo.

—¿Cómo ocurrió? —pregunté, por deformación profesional.

—No hubo nada específico. De hecho acababan de ofrecerle un nuevo puesto en la universidad. Recaudación de fondos, supervisión de los programas académicos... la clase de trabajo que se le daba bien.

—¿Había estado bebiendo?

—Tu tía dice que no. Dice que estaba sobrio, pero que había estado revisando sus viejos álbumes de recortes, de su época con los Marines. No le dijo nada; sólo subió al primer piso, a su estudio, y sacó una veintidós que tenía guardada. Luego entró en el baño, cerró la puerta y se mató.

—¿No dejó ninguna nota? ¿Ningún mensaje?

—Nada.

—Lo siento por ti —dije.

—En cierto modo, es un alivio. Hacía mucho tiempo que él no era feliz.

—¿Por qué?

—¿Quién sabe?

Mi padre terminó de hablar y el organista tocó los primeros acordes del himno. Una guardia de honor llevó el ataúd hasta el coche fúnebre. Semper Fidelis. Los seguí. Colocaron el féretro en la parte trasera y se apartaron. Sus movimientos eran tan ceremoniosos como exagerados. «La precisión y la pompa con que los militares lo disfrazan todo», pensé. Mi tía lloraba, pero los ojos de mi padre estaban secos. Se lo veía tan impasible como si estuviese dirigiendo el tráfico. Después, todos subimos a los automóviles para ir al cementerio.

El responso rezado junto a la sepultura fue más breve de lo que yo esperaba. El sacerdote volvió a leer pasajes tradicionales: polvo al polvo, cenizas a las cenizas. Yo no lo escuchaba. Observaba el rostro de todas las personas que se encontraban allí. Miré a mi hermano. Me pregunté qué sentiría yo si él estuviera muerto. Me sorprendí escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre el toldo que cubría la tumba. A un lado, los sepultureros aguardaban tranquilamente junto a una excavadora. Se me ocurrió que quizá no había mejor manera de aprender a ser paciente que trabajar en un cementerio.

Luego terminaron las honras fúnebres. Nos dimos la mano y expresamos en voz baja nuestros buenos deseos. Me acerqué a mi padre.

—Tengo que marcharme —anuncié.

—Habrá comida y bebida en casa de tu tía. Me gustaría que vinieses.

—Tengo que marcharme —repetí—. El vuelo sale esta tarde. Cogeré un taxi.

—Está bien —dijo, y se alejó.

Pensé en la borrasca próxima a Venezuela. Intenté imaginar el centro de la tormenta, los vientos girando a toda velocidad en círculos concéntricos, cada vez más cerrados. Tenía que regresar.

—¡Ahí está! —exclamó Porter, entusiasmado.

Dirigí la mirada al frente y divisé las luces de media docena de vehículos policiales estacionados en el arcén. Había un corrillo de curiosos a pocos metros de allí, en el patio de una enorme e imponente mansión. Vi el vehículo amarillo del forense y un furgón sin ventanas, verde y blanco, de los que usan los técnicos en la escena del crimen. Aparcamos detrás del primer coche patrulla.

—¿Qué te parece? Les hemos ganado a todos por la mano. No hay una cámara de televisión a la vista. —Porter ya se había colgado del cuello una cámara de fotos y estaba preparando otra—. Vamos —añadió—, antes de que lo tapen todo.

Bajó del coche de un salto y se adentró en el campo de golf a grandes zancadas. Lo seguí unos metros más atrás, medio corriendo, medio caminando. En área del decimotercer hoyo, un oficial de uniforme nos detuvo con un grito:

—¡Alto ahí! —Se aproximó a nosotros y agregó—: Está prohibido el paso.

—Pero no puedo sacar fotos desde aquí —protestó Porter—. Déjenos acercarnos sólo un poco más. No se preocupe; no fotografiaré nada que ustedes no quieran.

El policía negó con la cabeza. Entonces intervine.

—¿Quién está al cargo?

—El detective Martinez —respondió—. Y también el detective Wilson. Hable con ellos cuando terminen. Por ahora, espere aquí —añadió, volviéndonos la espalda.

—Voy para allá —dijo Porter, señalando los matorrales—. Tengo que encontrar un buen ángulo.

Se alejó, intentando mantenerse fuera del campo visual del policía. Advertí que uno de los detectives miraba en dirección a mí y lo saludé con un ademán del brazo. Él se acercó.

—¿Cómo estás, Martinez? —dije—. ¿Qué habéis encontrado?

—Hacía mucho que no te veía —observó—. Desde aquel juicio en marzo.

Recordé que él había sido el testigo principal en el juicio de un adolescente acusado de asesinar a un turista que le había pedido indicaciones. El caso había tenido mucha repercusión, especialmente cuando el defensor alegó que el muchacho estaba desequilibrado debido a la vida diaria en el gueto. Era una defensa novedosa; el jurado estuvo reunido durante dos horas antes de rechazarla. A todos en la redacción les había hecho mucha gracia.

—Es que ya no se cometen crímenes de calidad, ¿no crees?

Martinez se rió.

—Sí, sólo homicidios, violaciones y robos comunes y corrientes. Ya no hay valores.

—Es verdad —respondí—. Pero dime, ¿hemos dado con algo interesante aquí?

El detective me miró.

—Hemos dado con un asesinato sangriento —contestó—. Una muchacha, de unos dieciséis o diecisiete años, a juzgar por el aspecto que tiene por detrás. El doctor Smith está aquí, pero aún no le ha dado la vuelta. Al parecer le dispararon a la nuca con una pistola de gran calibre, tal vez una Magnum .357. Posiblemente una .45 o una .44 especial. Pero fue algo potente; la chica tiene toda la parte posterior de la cabeza destrozada.

Yo había extraído mi libreta y estaba tomando apuntes. El detective me miró por un momento y luego prosiguió.

—Dios, uno se siente fatal al ver una muchachita como ésta asesinada.

Transcribí sus palabras al pie de la letra.

—Sin embargo, hay una cosa muy extraña, aunque no debes publicarla todavía.

—¿Qué es?

—¿Me prometes que no la publicarás? —insistió.

—Está bien, te lo prometo. ¿De qué se trata?

—Tenía las manos atadas a la espalda. No había visto algo así desde... —pensó por un momento— aquel gángster, el jugador que encontramos en Glades. ¿Lo recuerdas?

—Y eso es lo que llaman «asesinato estilo ejecución», ¿verdad?

Martinez se rió.

—Así es. Ahora bien, ¿por qué querría alguien ejecutar a una adolescente?

—¿La violaron?

—No estoy seguro —respondió—, toda su ropa parece estar intacta y en su sitio. No lo entiendo.

—¿Qué lleva puesto?

—Tejanos, camiseta, sandalias. La indumentaria habitual de los adolescentes. —Hizo una pausa y levantó la vista—. ¡Vaya! —exclamó—. Aquí llegan tus hermanos y hermanas.

Miré hacia atrás y vi que había llegado la gente de la televisión. Venían en equipos, integrados por un sonidista, un reportero y un operador de cámara.

—Bueno —dijo Martinez—, luego te veo. Habla con el médico, y con aquel tipo, el de los pantalones cortos. Es el que encontró el cadáver. Habla con él. Y otra cosa...

—¿Qué?

—Pídeme la información a mí; Wilson tiene una hija adolescente. Esto ya lo ha afectado bastante.

—Está bien —asentí—. ¿Llevaba la chica alguna identificación?

—Más tarde hablamos —dijo el detective, y se alejó por el césped.

Al ver las cámaras, varios de los oficiales uniformados que habían estado registrando los arbustos se acercaron para mantenerlas a raya. Los tipos de televisión parecieron contentarse con grabar imágenes desde lejo ...