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AL LLEGAR LA MEDIANOCHE

Amanda Quick  

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Fragmento

Título original: Wait Until Midnight

Traducción: Carlos Abreu

1.ª edición: octubre, 2013

© 2013 by Jayne Ann Krentz

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 23.210-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-586-4

Maquetación ebook: Caurina.com

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Para Frank, con todo mi amor

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

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Epílogo

Prólogo

En los últimos años del mandato de la reina Victoria...

Asombrosa exhibición de poderes psíquicos

por

Gilbert Otford

Corresponsal de

The Flying Intelligencer

La señora Fordyce, renombrada escritora, ha hecho recientemente una emocionante demostración de sus poderes psíquicos en un ambiente íntimo ante un público reducido y exclusivamente femenino.

Quienes asistieron han descrito una escena fascinante. La habitación estaba oscura, y reinaba una atmósfera muy teatral. La señora Fordyce estaba sentada sola a una mesa, iluminada por una sola lámpara, desde la que respondía a las preguntas y hacía observaciones de carácter personal sobre muchas de las presentes.

Una vez finalizada la exhibición, la opinión más generalizada fue que la única explicación posible para la insólita capacidad de la señora Fordyce para responder correctamente a lo que se le preguntaba es que posee facultades psíquicas extraordinarias. La sorprendente precisión de sus comentarios sobre las mujeres que se encontraban en la sala, desconocidas para ella, causó una profunda impresión.

Después, la señora Fordyce se vio rodeada de personas que le solicitaban que llevase a cabo sesiones de espiritismo en sus casas. También se le propuso que se pusiese en contacto con el señor Reed, presidente de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, para que le efectuaran unas pruebas en Wintersett House, sede de la asociación. Ella declinó todas estas invitaciones y dejó claro que no ofrecería más muestras ni exhibiciones de sus poderes.

Quienes estudian estos fenómenos sostienen por lo general que el uso de las facultades psíquicas produce una tensión considerable en los nervios, que, como ha dispuesto la naturaleza, son más frágiles en las mujeres que en los hombres.

El señor Reed declaró a este corresponsal que la preocupación por la salud de sus nervios es la única razón para que una espiritista profesional se muestre reacia a realizar demostraciones. Explicó que la innata delicadeza emotiva y la modestia que caracterizan a una auténtica dama contribuyen a que cualquier mujer dotada tanto de facultades psíquicas como de un agudo sentido del decoro se resista a hacer ostentación de sus poderes en público.

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El rostro de la médium muerta era una mancha desdibujada y fantasmal bajo el velo de novia ensangrentado.

En vida había sido bastante bonita. La falda larga y pesada de un vestido azul marino estaba arrebujada en torno a unas torneadas piernas enfundadas en medias blancas. El atizador de hierro con que el asesino le había destrozado la parte posterior del cráneo estaba tirado en el suelo, a pocos centímetros.

Adam Hardesty cruzó la pequeña y sombría habitación, haciendo un esfuerzo por traspasar la barrera invisible formada por aquel olor tan peculiar y el frío que emana de la muerte. Se acuclilló junto al cuerpo, sosteniendo la vela en alto.

A través del fino velo, vio el brillo de las cuentas azules que adornaban el collar que llevaba Elizabeth Delmont. Un par de pendientes a juego colgaban de sus orejas. En el suelo, junto a sus dedos pálidos e inertes, había un reloj de bolsillo roto. El cristal que cubría la esfera estaba hecho añicos, y las agujas habían quedado detenidas para siempre, marcando las doce de la noche.

Hardesty extrajo su propio reloj del bolsillo de sus pantalones y le echó un vistazo. Las dos y diez. Si el reloj que se encontraba sobre la alfombra se había roto en el transcurso del violento forcejeo que al parecer se había producido en la habitación, Delmont había sido asesinada poco más de dos horas antes.

Un prendedor de luto decorado con esmalte negro descansaba sobre el canesú apretado y de formas rígidas del vestido azul. Era como si alguien hubiese dejado ahí el prendedor deliberadamente en una macabra parodia de respeto fúnebre.

Él tomó el prendedor y le dio la vuelta para ver el dorso. La llama parpadeante de la vela iluminó una pequeña fotografía: el retrato de una mujer rubia con un velo de novia y un vestido blanco. La dama no aparentaba más de dieciocho o diecinueve años. Algo

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