Loading...

AL LLEGAR LA MEDIANOCHE

Amanda Quick  

0


Fragmento

Título original: Wait Until Midnight

Traducción: Carlos Abreu

1.ª edición: octubre, 2013

© 2013 by Jayne Ann Krentz

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 23.210-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-586-4

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

Recibe antes que nadie historias como ésta

 

 

Para Frank, con todo mi amor

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

41

Epílogo

Prólogo

En los últimos años del mandato de la reina Victoria...

Asombrosa exhibición de poderes psíquicos

por

Gilbert Otford

Corresponsal de

The Flying Intelligencer

La señora Fordyce, renombrada escritora, ha hecho recientemente una emocionante demostración de sus poderes psíquicos en un ambiente íntimo ante un público reducido y exclusivamente femenino.

Quienes asistieron han descrito una escena fascinante. La habitación estaba oscura, y reinaba una atmósfera muy teatral. La señora Fordyce estaba sentada sola a una mesa, iluminada por una sola lámpara, desde la que respondía a las preguntas y hacía observaciones de carácter personal sobre muchas de las presentes.

Una vez finalizada la exhibición, la opinión más generalizada fue que la única explicación posible para la insólita capacidad de la señora Fordyce para responder correctamente a lo que se le preguntaba es que posee facultades psíquicas extraordinarias. La sorprendente precisión de sus comentarios sobre las mujeres que se encontraban en la sala, desconocidas para ella, causó una profunda impresión.

Después, la señora Fordyce se vio rodeada de personas que le solicitaban que llevase a cabo sesiones de espiritismo en sus casas. También se le propuso que se pusiese en contacto con el señor Reed, presidente de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, para que le efectuaran unas pruebas en Wintersett House, sede de la asociación. Ella declinó todas estas invitaciones y dejó claro que no ofrecería más muestras ni exhibiciones de sus poderes.

Quienes estudian estos fenómenos sostienen por lo general que el uso de las facultades psíquicas produce una tensión considerable en los nervios, que, como ha dispuesto la naturaleza, son más frágiles en las mujeres que en los hombres.

El señor Reed declaró a este corresponsal que la preocupación por la salud de sus nervios es la única razón para que una espiritista profesional se muestre reacia a realizar demostraciones. Explicó que la innata delicadeza emotiva y la modestia que caracterizan a una auténtica dama contribuyen a que cualquier mujer dotada tanto de facultades psíquicas como de un agudo sentido del decoro se resista a hacer ostentación de sus poderes en público.

1

El rostro de la médium muerta era una mancha desdibujada y fantasmal bajo el velo de novia ensangrentado.

En vida había sido bastante bonita. La falda larga y pesada de un vestido azul marino estaba arrebujada en torno a unas torneadas piernas enfundadas en medias blancas. El atizador de hierro con que el asesino le había destrozado la parte posterior del cráneo estaba tirado en el suelo, a pocos centímetros.

Adam Hardesty cruzó la pequeña y sombría habitación, haciendo un esfuerzo por traspasar la barrera invisible formada por aquel olor tan peculiar y el frío que emana de la muerte. Se acuclilló junto al cuerpo, sosteniendo la vela en alto.

A través del fino velo, vio el brillo de las cuentas azules que adornaban el collar que llevaba Elizabeth Delmont. Un par de pendientes a juego colgaban de sus orejas. En el suelo, junto a sus dedos pálidos e inertes, había un reloj de bolsillo roto. El cristal que cubría la esfera estaba hecho añicos, y las agujas habían quedado detenidas para siempre, marcando las doce de la noche.

Hardesty extrajo su propio reloj del bolsillo de sus pantalones y le echó un vistazo. Las dos y diez. Si el reloj que se encontraba sobre la alfombra se había roto en el transcurso del violento forcejeo que al parecer se había producido en la habitación, Delmont había sido asesinada poco más de dos horas antes.

Un prendedor de luto decorado con esmalte negro descansaba sobre el canesú apretado y de formas rígidas del vestido azul. Era como si alguien hubiese dejado ahí el prendedor deliberadamente en una macabra parodia de respeto fúnebre.

Él tomó el prendedor y le dio la vuelta para ver el dorso. La llama parpadeante de la vela iluminó una pequeña fotografía: el retrato de una mujer rubia con un velo de novia y un vestido blanco. La dama no aparentaba más de dieciocho o diecinueve años. Algo en la expresión triste y resignada de su hermoso y serio rostro daba la impresión de que no le hacía mucha ilusión la perspectiva de llevar una vida de casada. Bajo el retrato había un mechón enroscado de cabello rubio sujeto bajo un cristal biselado.

Hardesty estudió la imagen de la mujer durante un rato largo, memorizando todos los detalles visibles en la diminuta fotografía. Cuando terminó colocó con todo cuidado el prendedor de nuevo sobre el canesú de Delmont. Quizá la policía lo consideraría una pista útil.

Al levantarse, giró despacio sobre sus talones, recorriendo con la vista la habitación en que habían asesinado a Elizabeth Delmont. Parecía que una tempestad hubiera pasado por ahí, dejando tras sí una estela de destrucción. La mesa grande del centro estaba volcada, lo que dejaba al descubierto un extraño mecanismo instalado debajo. Sin duda Delmont empleaba el artilugio oculto para hacer que el pesado objeto de madera flotase y se inclinase en el aire. Las personas crédulas que contemplaban el espectáculo interpretaban estos fenómenos como señales de la presencia de espíritus.

En el costado de la mesa había dos cajones, justo debajo del tablero. Ambos estaban abiertos. Hardesty se acercó y probó a cerrarlos. Tal como sospechaba, cuando se encontraban cerrados, pasaban totalmente inadvertidos.

Deslizó las yemas de los dedos a lo largo del borde de la mesa cuadrada, en busca de otros cajones ingeniosamente disimulados. No encontró ninguno.

Había varias sillas tiradas en el suelo y chismes de lo más diversos desparramados sobre la alfombra, entre ellos una flauta, una corneta acústica, unas campanillas y un carillón.

Una barra telescópica, una pizarra y algunos candados se amontonaban junto a un armario cercano. Hardesty recogió uno de los candados y lo examinó a la luz de la vela. Tardó sólo unos segundos en encontrar el resorte oculto que se podía accionar para abrirlo sin necesidad de llave.

Al lado de una silla vio un brazo cadavérico que parecía limpiamente amputado a la altura del codo. Aún llevaba acoplada la mano, de líneas elegantes. Él la empujó suavemente con la punta del zapato.

Cera, concluyó; modelada con todo detalle, desde las blancas uñas hasta las rayas de la palma.

Hardesty era un escéptico y no participaba en absoluto del furor que causaba la investigación psíquica. Aun así, era muy consciente de que, cuando los periódicos publicaran la noticia del asesinato de la médium, serían muchos los convencidos de que Delmont había muerto a manos de espíritus peligrosos que habían acudido desde el Más Allá invocados por ella.

Por lo que respecta a los escándalos, él tenía una única norma, pero la seguía a rajatabla: no verse envuelto en uno. Lo último que le interesaba era que la muerte de Delmont tuviera mucha resonancia en los periódicos, pero al parecer ya era demasiado tarde para evitarlo. Lo único que él podía hacer era esforzarse por impedir que su nombre apareciera en los artículos.

Registró a conciencia el resto de la sala de sesiones, pues suponía que era el lugar de la casa donde con toda probabilidad ella escondía sus secretos. Encontró tres compartimentos ocultos más, uno en una pared y dos en el suelo, pero no halló el menor rastro del diario.

Cuando terminó, subió las escaleras, entró en la alcoba de Elizabeth Delmont y examinó metódicamente todos los cajones y el ropero.

Fue inútil. El único objeto que captó su interés fue un pequeño catálogo titulado Secretos de los médium. Entre los numerosos artículos disponibles había varias partes del cuerpo artificiales diseñadas para simular apariciones de fantasmas, espejos trucados y un curioso artilugio compuesto de alambres y poleas que producía la ilusión de la levitación. La empresa garantizaba a los clientes potenciales que todas las transacciones se llevarían a cabo en la más estricta confidencialidad y con absoluta discreción.

Bajó de nuevo y avanzó por el pasillo en penumbra, con la intención de salir de la casa por la puerta de la cocina. Había hecho cuanto había podido. Era imposible registrar cada rincón en busca de otro compartimento secreto o escondrijo.

Al pasar junto al sombrío salón, vislumbró un escritorio entre la colección de muebles macizos.

Entró, cruzó la alfombra de motivos decorativos rojos y negros y abrió rápidamente los cajones. El diario no se encontraba en ninguno de ellos, pero metida descuidadamente en una casilla había una hoja de papel con una lista de nombres y direcciones. La fecha del día anterior y las palabras «a las nueve en punto» estaban escritas en la parte superior.

Hardesty estudió la lista durante unos segundos antes de que se le ocurriese que probablemente tenía ante sí los nombres de las personas que asistieron a la última sesión de espiritismo de Elizabeth Delmont.

Uno de ellos estaba subrayado varias veces. Le resultaba vagamente familiar, pero no lograba recordar dónde lo había oído nombrar. Esto, por sí solo, le pareció alarmante. Por lo general poseía una memoria excelente. Esta cualidad se había revelado muy útil en los viejos tiempos en que averiguaba chismes y secretos de otros para ganarse la vida.

Ahora se movía en ambientes más selectos, pero algunas cosas no habían cambiado. Jamás olvidaba un nombre, un rostro o un rumor. La información le daba poder en las selvas rutilantes y traicioneras de la alta sociedad, del mismo modo que le había ayudado a sobrevivir en las calles de Londres en su juventud.

Se concentró en el nombre subrayado, intentando evocar una imagen, una impresión o incluso un chisme banal. Un recuerdo fugaz afloró a su mente. Estaba casi seguro de que Julia o Wilson habían mencionado el nombre de pasada. Cuando hablaban de algo relacionado con un artículo del periódico. No era un artículo del Times, de eso estaba seguro. Lo leía sin falta cada día.

Concluyó que la información debía de proceder de uno de los diarios menos respetables, la clase de publicación que llenaba sus páginas con reportajes morbosos de sucesos —crímenes violentos y escándalos sexuales— para vender más ejemplares.

Hardesty no había prestado mucha atención en aquel momento porque la persona nombrada no pertenecía al mundo relativamente pequeño de los ricos y privilegiados, su coto de caza particular.

Un impulso eléctrico fantasmal le erizó el vello de la parte posterior del cuello.

«Sra. Fordyce. Corley Lane, 22.»

No volvería a olvidar ese nombre.

2

El caballero misterioso estaba envuelto en una capa invisible hecha de intriga y sombra. Había algo emocionante, incluso un poco inquietante, en la imagen que ofrecía de pie, imponente, en la puerta del pequeño estudio de Caroline Fordyce. O al menos eso le pareció a ella. Se estremeció con una mezcla de expectación y curiosidad.

Eran sólo las nueve de la mañana, y ella nunca había visto a Adam Grove en su vida. Una dama dotada de sentido del decoro jamás habría recibido a este hombre en su casa; desde luego no a esas horas, pensó ella. Pero una observancia demasiado estricta de las normas de decoro se traducía en una existencia muy poco interesante. Ella lo sabía bien; había sido insoportablemente decorosa durante los últimos tres años, y las cosas le habían parecido, en efecto, mortalmente aburridas en el número 22 de Corley Lane.

—Tome asiento, señor Grove. —Caroline se puso de pie delante de su escritorio y se acercó a la ventana que daba al jardín. Se quedó de espaldas a la cálida luz de aquella mañana soleada de tal modo que ésta iluminaba al visitante con mayor claridad—. Según me informa mi ama de llaves, usted viene a hablarme de un asunto que considera de vital importancia para usted y para mí.

En efecto, había sido la expresión «de vital importancia» la que había avivado su interés y la había impulsado a indicarle a la señora Plummer que acompañase a Grove a su estudio. Qué palabras tan deliciosamente siniestras, pensó con alegría. La frase «de vital importancia» parecía llevar en sí la promesa de un Incidente Extraordinario.

Nadie se había presentado nunca en el número 22 de Corley Lane con noticias «de vital importancia», con la única excepción, en todo caso, de la joven hija del pescadero, que la semana anterior le había aconsejado discretamente a la señora Plummer que oliese el salmón antes de comprarlo, porque estaba pasado. La chica le explicó que su padre había aderezado el pescado con alguna sustancia concebida para disimular el hedor a podrido. La muchacha añadió que no quería llevar sobre la conciencia el envenenamiento de todos los de la casa. «Como si yo me dejara engañar por semejantes artimañas», había replicado la señora Plummer, destilando desdén con cada palabra.

De esta naturaleza eran las noticias de vital importancia en aquella casa.

Con toda probabilidad, el visitante sorpresa de aquella mañana no tardaría en descubrir que le habían dado la dirección equivocada y se llevaría consigo sus noticias de vital importancia a otro lado, pensó Caroline. Sin embargo, en el ínterin, se propuso aprovechar al máximo aquella amena interrupción de su rutina.

—Gracias por recibirme pese a que he venido sin previo aviso, señora Fordyce —dijo Adam Grove desde la puerta.

«Cielo santo», pensó ella. La voz de aquel hombre era cautivadora, grave y profunda, y rezumaba seguridad, calma y virilidad. Otro susurro de la conciencia le recorrió el cuerpo. Pero esta vez encerraba un mensaje de advertencia. Ella tenía la sensación de que Grove era una persona dotada de una fuerza de voluntad formidable; alguien que acostumbraba a alcanzar sus objetivos, tal vez a cualquier precio.

De pronto Caroline tuvo un golpe de inspiración tan fulminante como un relámpago de verano. Adam Grove era exactamente lo que ella llevaba buscando toda la mañana. Era perfecto.

Ella echó un vistazo a la hoja de papel y la pluma que había sobre su escritorio, preguntándose si debía atreverse a tomar apuntes. No quería intimidar a Grove ni echarlo de su casa tan pronto. Él no tardaría en cobrar conciencia de su error por sí solo y se marcharía en busca del domicilio correcto. Entretanto, ésta era una oportunidad única, y ella no pensaba desaprovecharla. Quizás él no se daría cuenta si ella se limitaba a garabatear una observación que otra en el transcurso de la conversación.

—Naturalmente, he estimado conveniente oír las noticias de vital importancia que usted me trae —dijo, deslizándose con la mayor naturalidad posible entre el escritorio y su silla.

—No me habría presentado a estas horas de no ser porque el motivo de mi visita reviste la máxima urgencia —le aseguró él.

Ella se sentó, tomó la pluma y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Tenga la bondad de tomar asiento, señor.

—Gracias.

Ella lo observó cruzar la habitación y sentarse en el sillón que le había indicado. Cuando lo vio a la luz, Caroline pudo examinar de cerca su chaqueta y sus pantalones de corte impecable. Apretó la pluma con más fuerza.

«Ten cuidado», pensó. Este hombre pertenecía al Otro Mundo; no al reino invisible que suscitaba el interés de tantos investigadores psíquicos, sino al ambiente mucho más peligroso de la alta sociedad. En ese círculo los ricos y poderosos imponían sus reglas y trataban sin la menor consideración a quienes consideraban sus inferiores en la escala social. Hacía tres años, Caroline había vivido una experiencia desastrosa con un hombre que se desenvolvía en ambientes privilegiados. Gracias a ello había aprendido una lección que se había propuesto no olvidar, por muy misterioso o enigmático que encontrase al señor Adam Grove.

Lo estudió con detenimiento, intentando no hacerlo de forma muy descarada. Grove era viril, esbelto y fornido. Sus movimientos eran contenidos y mesurados, pero a la vez elegantes y suaves. Daba la impresión de que podía reaccionar rápidamente a una amenaza o peligro, pero que mantenía su fuerza y su voluntad bajo un control absoluto. Cargaba la atmósfera de la habitación de una energía y una vitalidad masculina imposibles de pasar por alto.

No cabía duda; él era el modelo perfecto para el personaje de Edmund Drake.

Escribió a toda prisa «carga la atmósfera de vitalidad masc.», como sin darle importancia, como si estuviese elaborando la lista de la compra.

Decidió también tomar algunas notas sobre la forma de vestir de Grove. Era elegante y distinguida, y al mismo tiempo bastante apartada de la moda masculina de la época, que daba lugar a combinaciones tan chillonas como la de camisas de lunares con pantalones de cuadros escoceses.

Grove iba vestido de pies a cabeza en los tonos más profundos y oscuros de gris. Su camisa era la única excepción. Era de un blanco impoluto. Llevaba el cuello vuelto hacia atrás, al nuevo estilo «puertas entornadas», de aspecto infinitamente más cómodo que los tiesos, más usuales. Se había atado la corbata con un preciso nudo simple.

Ahora Caroline comprendía por qué le había costado tanto decidir cómo vestir a Edmund Drake. Había estado intentando embutirlo en uno de esos pantalones de rayas muy llamativas y en una de esas camisas de estampados brillantes que ella había visto lucir a algunos caballeros seguidores de la moda últimamente. Un atuendo tan ostentoso y llamativo no iba con él en absoluto.

Ella anotó «chaqueta y pantalones gris oscuro» sin bajar la vista hacia el papel.

Grove estaba sentado en un sillón de orejas, frente a la chimenea.

—Veo que la he interrumpido mientras despachaba su correspondencia de la mañana. Le reitero mis disculpas.

—No tiene importancia, señor. —Le sonrió del modo más reconfortante que pudo—. Sólo estoy tomando unas notas para no olvidarme de unos pequeños detalles de los que debo ocuparme más tarde.

—Entiendo.

El cabello de Grove también era ideal para Edmund Drake, pensó ella. Era muy oscuro, casi negro, y ligeramente salpicado de plata en las sienes. Lo llevaba corto y pegado a la cabeza. El hombre no había sucumbido al furor que causaban los bigotes y las perillas, pero Caroline alcanzaba a ver una sombra de barba en las superficies y marcados ángulos de su rostro, señal de que no se había afeitado esa mañana. Qué curioso.

El atavío y el peinado de Edmund Drake no eran los únicos elementos que había que cambiar para darle al personaje un aire más siniestro. Ella comprendió enseguida que se había equivocado al describirlo como apuesto. Ahora veía con claridad que sus rasgos debían presentar las mismas líneas escalofriantemente ascéticas que surcaban la cara de Adam Grove. En efecto: Drake debía convertirse en un hombre moldeado por el fuego intenso de un pasado difícil y turbio.

Apuntó rápidamente las palabras «facciones severas».

Desde donde estaba sentado, era imposible que Adam Grove viese lo que ella había escrito, pues la parte posterior del escritorio estilo rococó, grabada con motivos ornamentales, se lo impedía, pero Caroline intuía que él la observaba. Se detuvo y alzó la vista con una sonrisa radiante.

Se quedó helada en el acto al ver que la impaciencia y una fría inteligencia habían transformado los ojos de Grove en espejos de color verde oscuro. «Ojos como esmeraldas. ¿Brillan en la oscuridad?»

—¿Más notas para sus asuntos personales, señora Fordyce? —En el gesto de aquella boca, levemente torcida, no había el menor rastro de cortesía.

—Sí. Le ruego me disculpe. —Se apresuró a dejar la pluma sobre el escritorio.

Ahora que la luz le daba a Grove de lleno, ella advirtió las arrugas que delataban una fatiga sombría en las comisuras de sus labios y ojos. El día era todavía joven. ¿A qué podía deberse ese sutil aire de agotamiento?

—¿Le apetece una taza de té? —preguntó ella con suavidad.

Él se mostró sorprendido por el ofrecimiento.

—No, gracias. Debo marcharme enseguida.

—Entiendo. Pues quizá deba contarme exactamente qué lo ha traído aquí, señor.

—Perfectamente. —Hizo una pausa para asegurarse de que ella le prestaba toda su atención—. Tengo entendido que usted conocía a una mujer llamada Elizabeth Delmont, ¿estoy en lo cierto?

Por un instante ella se quedó con la mente en blanco. Al cabo de unos segundos, recordó a quién pertenecía ese nombre.

—¿La médium de Hamsey Street? —preguntó.

—Sí.

Caroline se reclinó en su asiento. De todos los temas que él podía haber tocado, éste era el último que ella se esperaba. A pesar de que los médiums, las sesiones de espiritismo y el estudio de los poderes psíquicos parecían ejercer una fascinación tremenda sobre el país entero, no le cabía en la cabeza que un caballero del temperamento de Adam Grove se tomase en serio semejantes asuntos.

—La conozco, sí —respondió despacio—. De hecho, da la casualidad de que anoche asistí a una sesión de espiritismo en casa de la señora Delmont, junto con mis tías. —Vaciló antes de añadir—: ¿Por qué lo pregunta?

—Elizabeth Delmont ha muerto.

Aturdida, Caroline lo miró en silencio durante unos segundos.

—¿Cómo dice?

—La asesinaron en algún momento, después de que finalizara la sesión de anoche —agregó él, con demasiada serenidad.

—Asesinada... —Tragó saliva—. ¿Está usted seguro?

—Yo mismo he encontrado su cuerpo poco después de las dos de la mañana.

—¿Usted ha encontrado el cuerpo? —Tardó un instante en recobrarse del estupor causado por tan inquietante revelación—. No lo entiendo.

—Alguien le aplastó el cráneo con un atizador.

Caroline sintió que se le helaba el estómago. De pronto se preguntó si la decisión de recibir a un caballero misterioso que aseguraba haber descubierto el cadáver de una mujer asesinada era del todo sensata. Miró de reojo el tirador de campana que había junto al escritorio. Tal vez había llegado el momento de llamar a la señora Plummer.

Sin embargo, cuando alargaba el brazo subrepticiamente hacia el cordón para alertar al ama de llaves, sucumbió sin remedio a su vicio más arraigado: el de la curiosidad.

—¿Puedo preguntarle qué hacía usted en casa de la señora Delmont a esas horas tan intempestivas? —inquirió.

En cuanto las palabras salieron de su boca, ella comprendió que había metido la pata hasta el fondo. Las mejillas se le tiñeron de rojo. Sólo había una explicación posible para el hecho de que un hombre acaudalado y ostensiblemente viril como Adam Grove visitase a Elizabeth Delmont a las dos de la mañana.

La señora Delmont era una mujer muy hermosa, dotada de una figura espectacular y unas maneras sensuales que habían embelesado al señor McDaniel, el anciano viudo que figuraba entre los asistentes a la última sesión. Sin duda la médium producía un efecto similar en muchos otros caballeros.

—No, señora Fordyce, Elizabeth Delmont no era mi querida —aclaró Adam, como si le hubiera leído el pensamiento—. De hecho, nunca la había visto antes de anoche. Cuando la vi, ya era demasiado tarde para presentaciones.

—Entiendo. —Luchó por reprimir el sonrojo e intentó adoptar una apariencia mundana. Después de todo, se suponía que era viuda, una dama con cierta experiencia de la vida—. Discúlpeme, señor Grove. La conversación ha tomado un rumbo de lo más extraño. No tenía la menor idea de que la señora Delmont hubiese muerto.

—«Asesinada» es la palabra que he empleado. —Adam la escrutó con la mirada, pensativo—. Ha dicho usted que esta conversación se había desviado del camino previsto por usted. Dígame, ¿cuál creía usted que era el motivo de mi visita?

—Para serle sincera, he dado por sentado que se había confundido usted de casa —reconoció ella.

—En ese caso, ¿por qué no le ha pedido a su ama de llaves que comprobase si yo tenía la dirección correcta? —preguntó él con una lógica un tanto deprimente.

—Lo confieso, sentía curiosidad por conocer la naturaleza de las noticias que usted traía. —Extendió las manos a los costados—. Rara vez nos visita alguien para tratar con nosotras asuntos de vital importancia, ¿sabe? En realidad, no recuerdo haber recibido una sola visita así desde que nos mudamos aquí, hace tres años.

—¿«Nosotras»?

—Vivo con mis dos tías. Han salido. Tía Emma y tía Milly creen firmemente en la importancia de los paseos diarios a paso rápido. Adam frunció el ceño.

—No he visto sus nombres en la lista de asistentes. ¿Dice usted que la acompañaron a la sesión de anoche?

A Caroline no le gustaba el cariz que estaba tomando la situación. Empezaba a tener la impresión de que él la estaba interrogando.

—Sí —contestó, ahora con suma cautela—. No querían que yo saliera sola de noche. La señora Delmont no puso reparos a su presencia.

—¿Por qué asistió usted a la sesión? ¿Realmente cree que Elizabeth Delmont se comunicaba con los espíritus? —No se molestó en disimular su desdén hacia semejante idea.

Su sarcasmo la irritó. Se sintió obligada a defenderse.

—Le recuerdo, señor —dijo con decisión—, que muchas personas eminentes, educadas y respetables se toman el espiritismo y otros temas psíquicos muy en serio.

—Qué atajo de necios.

—Se han fundado numerosas asociaciones y clubes dedicados al estudio de los fenómenos psíquicos y la investigación de los casos citados por los médiums. Existen varias publicaciones periódicas especializadas en la materia. —Se inclinó sobre el escritorio y tomó el número de Nuevo amanecer que había recibido el día anterior—. Como ésta, por ejemplo. La publica la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, y le aseguro que los artículos están bien documentados.

—Sí, son paparruchas bien documentadas. —Hizo un ademán de desdén con la mano—. Es obvio para cualquier persona con una mente lógica que todos los que aseguran poseer poderes psíquicos son charlatanes y farsantes.

—Tiene usted todo el derecho de opinar lo que quiera —repuso ella—, pero, con el debido respeto, debo decirle que su opinión no es propia de una mente abierta ni inquieta.

Él esbozó una sonrisa forzada.

—¿Y usted, señora Fordyce? ¿Tiene una mente abierta? ¿De verdad se toma en serio todo eso de las manifestaciones y las voces de espíritus y los golpecitos a la mesa?

Sin levantarse de la silla, ella irguió la espalda.

—Pues da la casualidad de que yo misma he llevado a cabo algunas investigaciones por mi cuenta.

—¿Y ha descubierto algún médium que pueda considerar genuino? ¿Como la señora Delmont, por ejemplo?

—No —reconoció ella, reacia a cederle terreno—. De hecho, no creo que sea posible comunicarse con los espíritus.

—Me alivia oír eso. Renueva mi impresión inicial sobre su inteligencia.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Déjeme recordarle, señor, que el campo de la investigación psíquica se expande con rapidez. Últimamente empieza a abarcar un amplio abanico de fenómenos aparte de la invocación de espíritus. Aunque no creo en la capacidad de los médiums para comunicarse con fantasmas o espectros, no me atrevería a descartar de plano la posibilidad de que posean otros poderes psíquicos.

Los ojos verdes de Adam se contrajeron ligeramente en las comisuras, dándole a su expresión un cariz de peligrosa sagacidad.

—Si no cree que los médiums sean capaces de ponerse en contacto con el mundo de los espíritus, ¿por qué asistió anoche a la sesión en casa de Elizabeth Delmont?

No cabía la menor duda: definitivamente él la estaba sometiendo a un auténtico interrogatorio. Ella dirigió la vista de nuevo hacia el tirador de la campana.

—No es necesario que llame a su ama de llaves para que la salve —aseguró él con sequedad—. No pretendo hacerle ningún daño. Pero sí me gustaría obtener algunas respuestas.

Caroline frunció el entrecejo.

—Habla usted como un policía, señor Grove.

—Tranquilícese, señora Fordyce. Le doy mi palabra de que no tengo relación alguna con la policía.

—Entonces ¿qué diantres hace usted aquí, señor? ¿Qué es lo que quiere?

—Información —respondió él sencillamente—. ¿Por qué asistió usted a la sesión?

«Qué inquisitorial», pensó ella.

—Ya se lo he dicho. He estado estudiando los fenómenos psíquicos —dijo—. Por más que usted opine lo contrario, se considera un campo de investigación legítimo.

Él sacudió la cabeza, indignado.

—Trucos y juegos de salón. Nada más.

Caroline decidió que ahora le tocaba a ella hacer preguntas. Colocó las manos enlazadas sobre el escritorio y adoptó una postura que esperaba que denotase firmeza y autoridad.

—Lamento oír que la señora Delmont ha sido asesinada —dijo serenamente—, pero me temo que no acabo de entender por qué está tan interesado en las circunstancias de su muerte. Es más, si la señora Delmont y usted no mantenían, esto... una relación íntima, ¿por qué acudió usted a su casa a las dos de la madrugada?

—Sólo le diré que tenía mis razones para visitar a Elizabeth Delmont a esa hora y que se trataba de un asunto extremadamente urgente. Ahora que ha muerto, no me queda otro remedio que descubrir la identidad de su asesino.

Ella se quedó atónita.

—¿Se propone cazarlo usted mismo?

—Así es.

—Estoy segura de que eso es cosa de la policía, señor.

Él se encogió de hombros.

—Ellos realizarán sus pesquisas, naturalmente, pero dudo mucho que den con el asesino.

Ella separó las manos y volvió a tomar la pluma.

—Eso es muy interesante, señor Grove. Más aún, es fascinante. —Escribió «decidido e implacable» en el papel—. Veamos si lo he entendido todo bien. Usted está llevando a cabo una investigación sobre la muerte de la señora Delmont, y ha venido a preguntarme si poseo algún dato relacionado con su asesinato.

Él observó la pluma, que se deslizaba rápidamente.

—Eso resume bastante bien la situación.

«Vaya, un Incidente Extraordinario», pensó ella. Pocos incidentes eran más extraordinarios que éste.

—Le contaré encantada todo lo que recuerdo, señor, si usted me explica primero su interés en el caso.

Él la escrutó como a un espécimen biológico poco común que hubiese aparecido inesperadamente y resultase muy difícil de clasificar. El tictac del reloj de pie se oía en medio del silencio.

Al cabo de un rato largo, él pareció llegar a una conclusión.

—Muy bien —dijo—. Responderé a algunas de sus preguntas, pero a cambio debo pedirle encarecidamente que mantenga en absoluto secreto lo que voy a decirle.

—Sí, por supuesto. —Ella garabateó la palabra «reservado».

Él se había levantado de la silla antes de que ella se percatara siquiera de que se había movido.

—¿Qué demonios...? —Sobresaltada por lo repentino de sus acciones, ella soltó un grito ahogado y dejó caer la pluma.

En dos zancadas, él salvó el espacio que los separaba, y con un gesto rápido extendió la mano y agarró la hoja de papel de encima del escritorio.

«Pues vaya con su cansancio», se dijo ella. Y pensar que incluso había llegado a compadecerlo.

—Señor... —Intentó arrebatarle el papel—. Tenga la bondad de devolverme eso ahora mismo. ¿Qué cree que está haciendo?

—Sólo quiero echar un vistazo a su lista de recados pendientes, señora. —Conforme repasaba la página con rapidez, su semblante se endurecía por momentos—. ¿«Chaqueta y pantalones gris oscuro»? ¿«Facciones severas»? ¿Qué diablos pasa aquí?

—Dudo que mis notas le incumban en absoluto, señor.

—Acabo de recalcarle que esta cuestión es de todo punto confidencial. Podría dar lu ...