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ALGUIEN ESTá MINTIENDO

Karen M. McManus  

4


Fragmento

CAPÍTULO UNO

Bronwyn

Lunes, 24 de septiembre, 14:55

Un vídeo porno casero. Un amago de embarazo. Dos puestas de cuernos. Y esas son solo las novedades de la semana. Si lo único que conocieras del Instituto Bayview fuera la aplicación de cotilleos de Simon Kelleher, seguramente te preguntarías cómo es posible que la gente encuentre tiempo para ir a clase.

—Eso está pasadísimo de moda, Bronwyn —me dice una voz por encima del hombro—. Espera a ver la actualización de mañana.

Joder. Odio que me sorprendan leyendo Malas Lenguas, sobre todo si el que lo hace es su creador. Bajo el móvil y cierro la taquilla con un sonoro portazo.

—¿A quién vas a joderle la vida ahora, Simon?

Simon aprieta el paso para alcanzarme mientras yo me abro camino por entre la marea de alumnos que se dirige hacia la salida.

—Es un servicio público —dice, haciendo un movimiento con la mano para restarle importancia—. Tú le das clases de apoyo a Reggie Crawley, ¿verdad? ¿No estarías más tranquila si supieras que tiene una cámara en su habitación?

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No me molesto en contestar. Que yo esté remotamente cerca del dormitorio del constantemente fumado Reggie Crawley es tan poco probable como que a Simon le crezca una conciencia.

—Además, ellos se lo buscan. Si la gente no fuera por ahí mintiendo y poniendo los cuernos, yo no tendría nada que hacer. —Los fríos ojos azules de Simon se percatan de que mis zancadas son cada vez más largas—. ¿Adónde vas con tanta prisa? ¿A cubrirte de gloria extracurricular?

Ojalá. Como para reírse de mí, una alerta ilumina la pantalla de mi teléfono: «Entrenamiento para las Olimpiadas Matemáticas, 15:00, Café Epoch». Después, un mensaje de uno de mis compañeros de equipo: «Ha venido Evan».

Claro que sí. El guapísimo atleta matemático —algo mucho menos contradictorio de lo que uno podría pensar— tiene tendencia a aparecer por los entrenamientos solo los días que yo no puedo ir.

—La verdad es que no —respondo. Como regla general, y más últimamente, intento compartir con Simon tan poca información como me sea posible.

Empujamos las puertas metálicas verdes para acceder a la escalera trasera, una especie de frontera que separa la mugre que recubre el edificio original del Instituto Bayview de su luminosa y espaciosa ala nueva. Cada año hay más familias ricas que huyen de la carísima San Diego y se mudan a Bayview, situada veinticinco kilómetros al este, con la esperanza de que lo que ahorran en impuestos les sirva para pagar un colegio que no tenga gotelé en las paredes y linóleo arañado en el suelo.

Para cuando llego al laboratorio del profesor Avery, en la tercera planta, Simon sigue pisándome los talones, así que me giro a medias con los brazos cruzados:

—¿No tendrías que estar en otro sitio?

—Sí. En la sala de castigo —responde Simon, y espera a que yo eche a andar de nuevo. Cuando, en lugar de eso, me ve agarrar el pomo de la puerta, rompe a reír—. Estás de coña. ¿Tú también? ¿Qué has hecho?

—Me han acusado injustamente —murmuro, y abro la puerta de un tirón.

En el aula ya hay sentados otros tres alumnos, así que me tomo un segundo para reconocerlos. No son los que esperaba encontrar. Con una excepción.

Nate Macauley echa ligeramente la silla hacia atrás y me dedica una sonrisa pícara.

—¿Te has perdido? Esta es la sala de castigo, no el consejo de estudiantes.

Desde luego, sabe de lo que habla. Nate lleva castigado desde que estaba en quinto, que debió de ser más o menos la última vez que hablé con él. Según los rumores que corren por ahí está castigado por… algo. Quizá por conducir borracho, o puede que por traficar con drogas. Es tristemente célebre por ser un camello, pero mis conocimientos sobre la materia son puramente teóricos.

—Ahórrate el comentario. —El profesor Avery comprueba algo en una carpeta y cierra la puerta detrás de Simon.

Las altas ventanas rematadas en arco, alineadas en la pared posterior, recortan la luz del sol de la tarde en charcos triangulares que se derraman sobre el suelo del aula mientras el leve murmullo del entrenamiento de fútbol americano se eleva desde el campo situado justo detrás de los aparcamientos que tenemos debajo.

Tomo asiento cuando Cooper Clay, que ha hecho una pelota con un folio arrugado, susurra: «Atenta, Addy», y la lanza hacia la chica que tiene justo enfrente. Addy Prentiss parpadea, le dedica una sonrisa tímida y deja que la pelota caiga al suelo.

Las agujas del reloj del aula se acercan un poco más a las tres en punto, y yo sigo su trayectoria con una impotente sensación de injusticia. Yo no debería estar aquí. Debería estar en el Café Epoch, tonteando absurdamente con Evan Neiman mientras hacemos ecuaciones diferenciales.

El profesor Avery es de esos profesores que castigan primero y no preguntan nada después, pero quizá aún haya tiempo para hacerle cambiar de idea. Me aclaro la garganta y empiezo a levantar el brazo tímidamente mientras veo que la socarrona sonrisa de Nate se ensancha hasta límites insospechados.

—Profesor Avery, el teléfono que encontró no era el mío. No tengo ni idea de cómo ha llegado a mi mochila. El mío es este —digo, mostrándole mi iPhone, protegido con una funda estampada con vetas de sandía.

La verdad es que hay que ser muy tonto para llevarse el móvil al laboratorio del profesor Avery. Tiene una política antimóviles muy estricta y pasa los primeros diez minutos de cada clase registrando exhaustivamente las mochilas como si fuera el jefe de seguridad de una aerolínea y nosotros estuviéramos en la lista negra. Mi teléfono estaba en mi taquilla, como siempre.

—¿A ti también te ha pasado? —Addy se gira hacia mí a tal velocidad que su rubia melena de anuncio de champú se derrama sobre sus hombros. Deben de haberla sometido a cirugía para separarla de su novio y conseguir que viniera sola—. Tampoco era mi teléfono.

—Pues ya somos tres —añade Cooper con un marcado acento sureño.

Addy y él intercambian una mirada de sorpresa, y yo me pregunto cómo es posible que esto les pille de nuevas cuando forman parte del mismo grupo de amigos. Igual es que la gente superpopular tiene cosas mejores que hacer que hablar entre sí sobre castigos injustos.

—¡Alguien nos la ha jugado! —Simon se recuesta sobre el pupitre con los codos apoyados en la mesa. Da la sensación de estar sentado sobre un resorte, preparado para abalanzarse sobre los cotilleos frescos. Su mirada nos estudia rápidamente a los cuatro, apiñados en el centro del aula, por lo demás completamente vacía, y luego se posa en Nate—. Pero ¿por qué iba a querer alguien encerrar a un puñado de estudiantes con expedientes prácticamente inmaculados en lo que a detenciones se refiere? Parece algo que, no sé, alguien que se pasa toda la vida aquí metido haría para divertirse.

Miro a Nate, pero no me cuadra. Amañar un castigo implica esfuerzo y todo en las pintas de Nate —desde su revuelto cabello castaño a su desgastada chaqueta de cuero— parece decir a gritos: «Me la suda todo». O, más bien, lo bosteza. Nuestros ojos se cruzan, pero él no dice nada, solo se limita a inclinar la silla un poco más. Está a un milímetro de caerse de espaldas.

Cooper se endereza en su silla y una profunda arruga surca su ceño de Capitán América.

—Un momento. Pensaba que todo esto era un malentendido, pero si a todos nos ha pasado lo mismo, es que algún imbécil nos ha gastado una broma. Y me estoy perdiendo el entrenamiento de béisbol por su culpa —habla como si fuera un cirujano cardiovascular al que le han impedido realizar una operación de vida o muerte.

El profesor Avery pone los ojos en blanco.

—Reservaos las teorías conspiranoicas para otro profesor, yo no pienso tragarme el cuento. Todos conocéis la norma de no traer móviles a clase, y todos la habéis violado. —El profesor le dedica a Simon una mirada particularmente amarga. Todos los profesores conocen la existencia de Malas Lenguas, aunque no es que puedan hacer demasiado para ponerle fin. Simon identifica a la gente usando únicamente sus iniciales, y nunca menciona abiertamente el instituto—. Ahora, escuchadme. Vais a estar aquí hasta las cuatro. Quiero que todos me escribáis una redacción de quinientas palabras sobre cómo la tecnología está echando a perder los institutos estadounidenses. Los que no se ajusten al tema o la extensión, se ganarán otro castigo para mañana.

—¿Y con qué lo escribimos? —pregunta Addy—. Aquí no hay ordenadores.

La mayoría de las clases tienen Chromebooks, pero el profesor Avery, que tiene pinta de que debería haberse jubilado hace diez años, se resiste a que entren en su aula.

El profesor Avery cruza el aula hasta el escritorio de Addy y le da un golpecito a la tapa de un cuaderno amarillo con páginas regladas. Todos tenemos uno.

—La invito a que explore la magia de la escritura manuscrita. Es un arte en vías de extinción.

El bonito rostro de Addy, que tiene forma de corazón, se convierte en la viva imagen del desconcierto.

—Pero, entonces, ¿cómo vamos a saber que hemos llegado a las quinientas palabras?

—Contando —responde el profesor Avery. Sus ojos se posan sobre el teléfono que yo aún sostengo en la mano—. Y entrégueme eso, señorita Rojas.

—¿El hecho de confiscarme el teléfono por segunda vez en un día no le da que pensar? ¿Quién tiene dos teléfonos? —pregunto. Nate sonríe con picardía, tan brevemente que casi se me pasa por alto—. En serio, profesor Avery, alguien nos ha tomado el pelo.

El profesor Avery menea su bigotillo cano para demostrar su enfado y extiende la mano con gesto insistente:

—El teléfono, señorita Rojas. A menos, claro, que quiera repetir castigo. —Se lo tiendo con un suspiro mientras él le dedica una mirada de reproche a los demás—. Los teléfonos que les requisé en clase están en mi escritorio. Los recuperarán después del castigo. —Addy y Cooper vuelven a intercambiar miradas de asombro, probablemente porque sus verdaderos teléfonos están a buen recaudo en sus mochilas.

El profesor Avery mete mi teléfono en un cajón, se sienta en la mesa del profesor, abre un libro y se dispone a ignorarnos durante la hora siguiente. Yo saco un bolígrafo, lo hago tamborilear sobre la tapa de mi cuaderno amarillo y empiezo a pensar en la redacción. ¿De verdad piensa el profesor Avery que la tecnología está echando a perder los institutos? Parece una afirmación demasiado general para hacerla a partir de unos cuantos teléfonos de contrabando. Tal vez sea una trampa y que lo que realmente quiere es que argumentemos en su contra, en lugar de darle la razón.

Miro a Nate que, inclinado sobre su cuaderno, escribe: «Los ordenadores son la mierda», una y otra vez en letras mayúsculas.

Igual estoy dándole demasiadas vueltas.

Cooper

Lunes, 24 de septiembre, 15:05

La mano empieza a dolerme en cuestión de minutos. Supongo que resulta un poco patético, pero lo cierto es que no recuerdo la última vez que escribí a mano. Además, estoy usando la derecha, algo que sigue sin resultarme natural a pesar de los años que llevo haciéndolo. Mi padre insistió muchísimo en que aprendiera a escribir con la diestra cuando se dio cuenta de con qué mano lanzaba la bola de béisbol en segundo de Primaria. «Tu brazo izquierdo es oro», me dijo. «No lo malgastes en mierdas sin importancia». En cualquier cosa que no sea lanzar, vamos.

Fue más o menos por esa época cuando empezó a llamarme Cooperstown, como el Salón de la Fama del Béisbol. Nada como ponerle encima un poquito de presión a un niño de ocho años para que esté motivado.

Simon estira el brazo para alcanzar su mochila y empieza a revolver su contenido y a desabrochar todas las cremalleras.

—¿Dónde coño está mi botella de agua?

—Sin hablar, señor Kelleher —dice el profesor Avery sin levantar la vista.

—Ya, ya lo sé, pero… Es que no encuentro mi botella. Y tengo sed.

El profesor Avery señala hacia el lavabo que hay al fondo de la clase, lleno a rebosar de matraces y placas de Petri.

—Pues sírvase usted mismo. En silencio.

Simon se levanta, coge una taza de un montón que hay en la estantería y la llena con agua del grifo. Regresa a su asiento y coloca la taza en su pupitre, pero la metódica escritura de Nate parece distraerle.

—Tío —dice, haciendo golpear la zapatilla contra la pata del pupitre de Nate—. Venga, en serio, ¿has sido tú el que nos ha metido los móviles en la mochila para dar por culo?

El profesor Avery, ahora sí, alza la vista y frunce el ceño:

—He dicho «en silencio», señor Kelleher.

Nate se echa hacia delante y se cruza de brazos.

—¿Y por qué iba a hacer eso?

Simon se encoge de hombros.

—¿Por qué haces las cosas que haces? ¿Para tener compañía durante el castigo que te has ganado por cualquiera que sea la cagada que te has marcado hoy?

—Si alguno dice una sola palabra más, vuelvo a castigaros mañana a los dos —les advierte el profesor Avery.

Simon abre la boca de todos modos. Sin embargo, antes de que pueda decir nada más, oímos un chirrido de neumáticos y el estruendo de dos coches que chocan entre sí. A Addy se le escapa un gritito y yo me agarro al pupitre como si alguien acabara de atropellarme por detrás. Nate, que parece alegrarse de la interrupción, es el primero en levantarse y acercarse a la ventana.

—¿Quién es tan tonto como para darse un golpe en el aparcamiento del instituto? —pregunta.

Bronwyn mira al profesor Avery como pidiéndole permiso y, cuando ve que se levanta de su escritorio, ella también se acerca a la ventana. Addy la sigue y, por último, yo también me incorporo para ir a ver qué está pasando. Me recuesto sobre el alféizar para mirar hacia fuera y Simon se asoma por detrás de mí con una carcajada de desprecio mientras inspecciona la escena que se desarrolla abajo.

Dos coches, uno bastante viejo, de color rojo, y otro bastante corriente, de color gris, han chocado entre sí en ángulo recto. Todos observamos la escena en silencio hasta que el profesor Avery deja escapar un exasperado suspiro.

—Será mejor que vaya a comprobar que no hay ningún herido. —Sus ojos nos recorren uno a uno y reconocen a Bronwyn como la más responsable del grupo—. Señorita Rojas, asegúrese de mantener el orden en la clase hasta que vuelva.

—De acuerdo —responde Bronwyn, lanzándole una nerviosa miradita a Nate.

Todos permanecemos inmóviles junto a la ventana, contemplando la escena. Sin embargo, antes de que el profesor Avery, o cualquier otro, tenga tiempo de llegar al lugar del golpe, ambos coches arrancan de nuevo y salen del aparcamiento.

—Vaya, menudo bajón —dice Simon.

Vuelve a su escritorio y coge su taza. En lugar de sentarse, se acerca al estrado del aula e inspecciona con atención el póster con la tabla periódica de los elementos. Se asoma al pasillo como si tuviera intención de salir de la clase, pero luego se gira hacia nosotros y levanta la taza como si quisiera dedicarnos un brindis.

—¿Alguien más quiere agua?

—Yo —dice Addy, sentándose de nuevo en su silla.

—Pues sírvete tú misma, princesa —ríe Simon con malicia. Addy pone los ojos en blanco y permanece inmóvil mientras Simon se apoya sobre el escritorio del profesor Avery—. Porque, literalmente, eres una princesa, ¿no? ¿Qué vas a hacer con tu vida ahora que ha pasado el baile de inauguración? Falta mucho para el de graduación de último curso…

Addy me mira, pero no responde. No la culpo. Los pensamientos de Simon nunca llevan a nada bueno cuando nuestro grupo de amigos anda de por medio. Actúa como si no le preocupara ser popular o no, pero la pasada primavera se hinchó como un pavo real cuando lo eligieron miembro de la corte durante el baile de graduación de los de penúltimo año. Todavía no sé cómo fue capaz de lograrlo, a menos que intercambiara votos por guardar ciertos secretos.

Sin embargo, ni siquiera quedó cerca de la corte durante el baile de inauguración del curso de la semana pasada. A mí me eligieron rey, así que imagino que soy el siguiente con el que pretende meterse, o lo que mierdas sea que esté haciendo.

—¿Adónde quieres llegar, Simon? —pregunto, sentándome al lado de Addy.

Addy y yo no somos muy amigos, la verdad, pero siento que tengo que defenderla. Lleva saliendo con mi mejor amigo desde el primer año de instituto, y es buena chica, pero no es precisamente el tipo de persona que sabe imponerse a alguien como Simon, que no tiene fin.

—Ella es una princesa y tú un deportista —dice él. Señala con la barbilla a Bronwyn, y luego a Nate—. Y tú un cerebrito. Y tú un delincuente. Sois los prototipos perfectos de una película de adolescentes.

—Y tú ¿qué? —le pregunta Bronwyn.

Hasta ahora ha permanecido junto a la ventana, pero ahora se acerca a su pupitre y se sienta encima de él. Se cruza de piernas y se echa la coleta oscura por encima del hombro. Este año, se la ve más mona. ¿Será por las gafas nuevas? ¿O porque se ha dejado el pelo más largo? De pronto, parece que domina ese rollo de empollona seductora.

—Yo soy el narrador omnisciente —dice Simon.

Las cejas de Bronwyn se levantan por encima de la montura negra de sus gafas.

—En las películas de adolescentes no hay de eso.

—Ah, Bronwyn. —Simon le guiña un ojo y se bebe el agua de un trago—. Pero en la vida real, sí.

Lo dice como si fuera una amenaza, y yo me pregunto si eso significa que tiene algo sobre Bronwyn que pretende usar en esa estúpida aplicación suya. Odio esa cosa. Casi todos mis amigos han salido en ella en un momento u otro, y a veces les ha causado verdaderos problemas. Mi amigo Luis y su novia rompieron por culpa de uno de los cotilleos que escribió Simon. Bueno, no era un cotilleo, sino la verdadera historia de cómo Luis se enrolló con la novia de su primo. Aun así, no hace falta que nadie se dedique a publicar esas cosas. Ya tenemos suficiente con los chismorreos que circulan por los pasillos.

Y, si soy sincero, me acojona bastante pensar en lo que Simon podría escribir sobre mí si se pusiera a ello.

Simon sostiene su taza con una mueca de asco:

—Esto sabe a mierda.

La taza se le cae de las manos y yo pongo los ojos en blanco cuando veo que empieza a ponerse dramático. Incluso cuando se desploma en el suelo, sigo convencido de que está fingiendo. Pero entonces empiezan los jadeos.

Bronwyn es la primera en responder y arrodillarse junto a él.

—¡Simon! —le dice, sacudiéndole el hombro—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Puedes hablar?

Su tono de voz pasa de la preocupación al pánico, y eso hace que me levante de la silla. Sin embargo, Nate es más rápido, me adelanta y se acuclilla al lado de Bronwyn.

—Un bolígrafo —dice, inspeccionando el rostro de Simon, que se ha puesto rojo como un ladrillo—. ¿Tienes un bolígrafo? —Simon asiente violentamente, aferrándose la garganta con los dedos. Cojo el bolígrafo que tengo encima de la mesa y se lo tiendo a Nate, pensando que va a hacerle una traqueotomía de emergencia, o algo así, pero él se me queda mirando como si tuviera dos cabezas—. Un bolígrafo de epinefrina —me dice, alcanzando la mochila de Simon—. Está teniendo una reacción alérgica.

Addy se levanta y se abraza a sí misma sin decir una palabra. Bronwyn se gira hacia mí con el rostro sonrojado.

—Voy a buscar a un profesor y a llamar a emergencias. Quédate con él, ¿de acuerdo? —Saca su teléfono del cajón del profesor Avery y echa a correr por el pasillo.

Me arrodillo al lado de Simon. Tiene los ojos fuera de las órbitas, los labios azules y de su boca brotan unos espantosos soniditos ahogados. Nate vuelca el contenido de la mochila sobre el suelo y empieza a rebuscar entre el revoltijo de libros, papeles y ropa.

—Simon, ¿dónde lo guardas? —le pregunta mientras abre de un tirón la cremallera de un pequeño compartimento y saca dos bolígrafos normales y un llavero.

No obstante, Simon ya no puede hablar. Le apoyo una palma sudorosa en el hombro, como si eso pudiera aliviarle en algo.

—Estás bien. Vas a ponerte bien. Estamos pidiendo ayuda. —Puedo oír cómo mi voz se ralentiza y se vuelve espesa como la melaza. Mi acento siempre aflora con fuerza cuando estoy estresado. Me giro hacia Nate y pregunto—: ¿Estás seguro de que no se ha atragantado con algo? —Tal vez lo que necesita es la maniobra de Heimlich, y no un maldito bolígrafo médico.

Nate me ignora y lanza a un lado la mochila vacía de Simon.

—¡Joder! —grita, estampando el puño contra el suelo—. Simon, ¿lo llevas encima? ¡Simon!

Los ojos de Simon se ponen en blanco cuando Nate empieza a rebuscarle en los bolsillos. Lo único que Nate encuentra es un pañuelo de papel arrugado.

Empiezan a oírse sirenas a lo lejos, y el profesor Avery y otros dos profesores llegan corriendo con Bronwyn detrás, aún pegada al teléfono.

—No encontramos el bolígrafo de epinefrina —informa Nate secamente, señalando hacia el montón de cosas de Simon.

El profesor Avery observa horrorizado a Simon durante un segundo, con la mandíbula desencajada, y luego se gira hacia mí.

—Cooper, en la enfermería hay bolígrafos de epinefrina. Deberían estar etiquetados y a la vista. ¡Corre!

Echo a correr por el pasillo, escuchando un ruido de pasos a mis espaldas que se desvanece a medida que llego a la escalera trasera y abro la puerta de un tirón. Subo los escalones de tres en tres hasta llegar al primer piso, y esquivo a unos pocos estudiantes desconcertados para alcanzar la enfermería. La puerta está abierta de par en par, pero dentro no hay nadie.

La enfermería es un estrecho cuartucho con una camilla al lado de la ventana y un enorme armario de medicinas que se alza a mi izquierda. Inspecciono la habitación y mis ojos finalmente se posan sobre dos cajas blancas ancladas a la pared, en las que destacan unas letras mayúsculas rojas. En una se lee «DESFIBRILADOR DE EMERGENCIA» y, en la otra, «EPINEFRINA DE EMERGENCIA». Me peleo con el candado de la segunda y consigo abrirla.

Dentro no hay nada.

Abro la otra caja, que contiene un artilugio de plástico con un corazón dibujado. Estoy bastante seguro de que eso no es lo que busco, así que empiezo a revolver el armario gris y a sacar de las baldas cajas de vendas y aspirinas. Sin embargo, no veo nada parecido a un bolígrafo.

—Cooper, ¿los has encontrado? —La profesora Grayson, una de las que ha acompañado al profesor Avery y a Bronwyn al laboratorio, entra en la estancia. Jadea con fuerza y se agarra un costado.

Yo le señalo la caja vacía colgada de la pared.

—Deberían estar ahí, ¿verdad? Pero no están.

—Busca en el botiquín —dice la profesora Grayson, ignorando las cajas de vendas que, dispersas por el suelo, demuestran que ya lo he intentado.

Entonces, otro profesor aparece por la puerta, y los tres empezamos a registrar la enfermería mientras el sonido de las sirenas de la ambulancia se escucha cada vez más cerca. Cuando abrimos el último armario, la profesora Grayson se enjuga una gota de sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Cooper, ve a decirle al profesor Avery que todavía no hemos encontrado nada. El profesor Contos y yo seguiremos buscando.

Llego al laboratorio del profesor Avery a la vez que la gente del personal sanitario.

Son tres, vestidos con uniformes azul oscuro. Dos de ellos empujan una larga camilla blanca mientras otro corre al frente para abrir paso entre la pequeña multitud que se apiña alrededor de la puerta. Espero hasta que todos han entrado y después me escabullo tras ellos. El profesor Avery está medio desplomado junto a la pizarra de tiza, con la camisa amarilla por fuera del pantalón.

—No hemos encontrado los bolígrafos —le digo.

Se pasa una mano temblorosa por el ralo cabello cano mientras uno de los sanitarios le clava a Simon una jeringa y los otros dos lo colocan en la camilla.

—Que Dios se apiade de ese muchacho —susurra, más para sí mismo que para mí.

Addy está de pie a un lado del aula, sola, y tiene las mejillas surcadas de lágrimas. Atravieso el aula para llegar hasta ella y le paso un brazo alrededor de los hombros mientras los sanitarios maniobran con la camilla de Simon hacia el pasillo.

—¿Puede acompañarnos? —le pide uno de ellos al profesor Avery.

Él asiente y los sigue, dejando el aula vacía salvo por unos cuantos profesores conmocionados y los cuatro alumnos que estábamos castigados con Simon.

Hace apenas unos quince minutos, si no calculo mal, aunque parece que han pasado horas.

—¿Va a estar bien? —pregunta Addy, con voz ahogada.

Bronwyn sujeta el teléfono entre las palmas de ambas manos como si estuviera rezando con él. Nate está de pie con los brazos en jarras, con la mirada fija en la puerta, por la que no dejan de asomar nuevos profesores y alumnos.

—Voy a jugármela y a decir que no —responde.

CAPÍTULO DOS

Addy

Lunes, 24 de septiembre, 15:25

Bronwyn, Nate y Cooper están hablando con los profesores, pero yo no puedo. Necesito a Jake. Saco el teléfono de la mochila para escribirle un mensaje, pero las manos me tiemblan sin parar. Así que, en lugar de escribirle, le llamo.

—¿Cariño? —responde al segundo tono. Parece sorprendido.

No solemos llamarnos mucho por teléfono. Ninguno de nuestros amigos lo hace. A veces, cuando estoy con Jake y su móvil suena, me lo enseña y bromea: «¿Qué es eso de “llamada entrante”?». Por lo general es su madre.

«Jake» es lo único que consigo articular antes de empezar a sollozar. Cooper aún me rodea los hombros con el brazo, lo único que hace que aún me mantenga en pie. Lloro demasiado para poder hablar, así que Cooper me coge el teléfono.

—Oye, tío, soy Cooper —dice, con un acento más marcado de lo normal—. ¿Dónde estás? —Escucha durante cinco segundos—. ¿Puedes quedar con nosotros fuera? Ha pasado… Ha pasado algo. Addy está muy afectada. No, está bien, pero… Simon Kelleher se ha puesto muy malo durante el castigo. Se lo han llevado en ambulancia y no sabemos si va a ponerse bien. —Las palabras de Cooper se funden entre sí como si fueran helado, y apenas puedo entenderlas.

Bronwyn se dirige a la profesora Grayson, que es la que está más cerca de nosotros.

—¿Hace falta que nos quedemos aquí? ¿Nos necesita para algo?

Las manos de la profesora Grayson aletean alrededor de su garganta.

—Cielos, no. No creo que sea necesario. ¿Le habéis contado a los sanitarios todo lo que ha pasado? ¿Simon bebió agua y sufrió un colapso? ¿Fue así? —Bronwyn y Cooper asintieron a la vez—. Es muy raro. Le tiene alergia a los cacahuetes, claro, pero… ¿Estáis seguros de que no comió nada?

Cooper me devuelve el teléfono y se pasa una mano por el cabello castaño y pulcramente cortado.

—Creo que no. Lo único que hizo fue beberse la taza de agua, y luego cayó redondo al suelo.

—Tal vez fue algo que comió en el almuerzo —dice la profesora Grayson—. Puede que sea una reacción retardada. —Mira en derredor del aula y sus ojos se posan en la taza de Simon ...