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ALMA Y VIDA

Diego Borinsky  

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Fragmento

A Sofía, Azul y Serena, mis tres hijas,

el motor que nunca me lleva a decir “me rindo”.

A Lu, que camina siempre a mi lado y me apoya incondicionalmente.

A mis viejos, Silvia y Oscar,

que me dieron la vida e hicieron tanto por mí.

A mis hermanas, Silvina y Carolina,

de quienes aprendí y aprendo muchísimo.

A todos mis sobrinos y cuñados.

A mi abuela Mechita.

A Clarita, que es vida y pura alegría.

A mi abuelo Luis, que me guía desde donde esté.

A mis amigos, que me aceptan con todas mis locuras.

A todos los que Dios puso en mi camino

y me ayudaron a ser la persona que soy hoy.

Gracias al fútbol, que me hizo crecer,

me dio alegrías, gloria y felicidad.

Gracias a todos los que confiaron siempre en mí y a los que no

también, porque gracias a ellos saco la fuerza para seguir adelante.

Y un gracias a Dios, por encima de todo;

jamás dejé de confiar en él, siempre respondió

y me acepta así como soy, con todos mis defectos y virtudes.

(MA)

A Cami y Luli, mis princesitas futboleras y compinches de tribuna.

A Verónica, sostén de mi estructura emocional.

A mi vieja, por estar siempre, y empujar siempre.

A mi viejo, por enseñarme a querer el fútbol y a River.

A Marcela y Mariano, por hermanos y buenos consejeros.

A Marta Susana, por su ejemplo de lucha.

A mis amigos, familiares y afines, que hicieron fuerza por el ascenso

(y por el libro), aunque no pudieran ver a River ni en la sopa.

A todos los que se bancaron mi malhumor de estos dos años.

Y a la pelotita, que nos sigue nutriendo

de historias que valen la pena ser contadas.

(DB)

PRÓLOGO (I)

La vida del futbolista no es color de rosa. Mucha gente se detiene sólo en lo económico pero detrás hay historias increíbles. Yo llegué a levantar chicles masticados del piso porque mis padres no tenían para comprarme golosinas, en mi casa hacía cola para ir al baño —y agarraba la tabla siempre calentita—, tuve mucho miedo cuando me vine con 15 años a vivir a una pensión y me morí de vergüenza el día que en River me vieron con los baldes y secadores por los pasillos del Monumental y me reconocieron como el chico que ya había debutado en Primera.

En el fútbol sufrí mi primera gran decepción cuando Federico Vairo, mi descubridor y consejero, me envió una carta documento reclamándome dinero de una transferencia. La pasé como el demonio en Parma, donde me mandaron a robar a mi propia casa, y en el Brescia, el día que la barra brava nos apretó impunemente delante de los dirigentes. Mordí una toalla y ahogué el grito cuando, minutos antes de mi primer partido en un Mundial, el médico me metió unos pinchazos en el abdomen para anestesiarme la pubalgia. Me deprimí al dejar el fútbol y también tuve serios problemas con el alcohol: dos veces me descompuse, hubo que llamar a la ambulancia y pensé que me moría.

Me explotó el corazón de alegría cuando volví al fútbol y lloré como nunca cuando nos fuimos a la B. Lo sufrí como la muerte de un ser querido, y esa misma madrugada comprendí que mi única revancha posible era devolver a River a Primera.

Se me hizo interminable. No el libro, sino este campeonato. Por momentos la pasé mal. Una vez, por ejemplo, no me podía dormir y me fui a remar a las 2 de la madrugada; necesitaba oxigenar mi cabeza. No veía el momento de que este calvario se terminara de una vez.

Es algo muy lindo tener un libro propio. Yo ya había plantado un árbol y disfruto con Lu de nuestras tres hermosas hijas. Me faltaba el libro. Y es gratificante tenerlo, pero también medio loco, porque le estás mostrando tus pensamientos y vivencias íntimas a toda la gente; te abrís demasiado, y ante una sociedad tan extraña que seguro que en el futuro habrá muchos que me recalcarán mis errores y me lo gritarán en las canchas.

Conté muchísimas cosas que nunca había hecho públicas y aunque por momentos me dio cierto pudor, o temor, porque quizás sorprenda a tantos, en el fondo no hago más que mostrarme tal cual soy, ¿qué voy a andar ocultando, si a mí me gusta ser transparente?

A Diego Borinsky lo conocí en mis primeros años en River y siempre valoré la fidelidad con que transcribía mis palabras en sus notas de El Gráfico. Por eso hice el libro con él. Aunque, pobre, terminó sufriendo mis recurrentes problemas de organización. Es uno de los errores que tengo: de repente armo una reunión para las 5 de la tarde y en ese momento me doy cuenta de que cité a tres personas distintas.

Acá está el libro. Costó pero está. La vida del futbolista no es todo color de rosa. Más allá del orgullo personal, me gustaría que estas páginas sirvieran para que la gente entienda un poco más al jugador de fútbol. Pienso en Lu, en mis viejos, en mis hermanas y cuñados, en mis sobrinos, en mis suegros, en mi abuela Mechita que está, y en mi abuelo Luis que se fue, en mi bisabuela Teresa que me llevaba al parque a jugar y me hacía la gamba para completar el dos contra dos. Y pienso mucho en mis hijas. Para ellas será raro leer este libro porque terminarán de conocer a su padre. Se enterarán de temas que no sabían, de cómo me crié, de los errores que cometí y seguiré cometiendo. Pero ante todo espero que terminen de comprender que los valores que siempre les transmití son los que me inculcaron a mí y están en este libro. Ojalá les guste. A ellas y a todos.

MATÍAS ALMEYDA

PRÓLOGO (II)

—Dale, está bueno, pero tiene que ser un libro distinto, un libro fuera del sistema.

La frase quedó rebotando dos años dentro de mi cabeza como la pelotita de un flipper. Matías la soltó, con entusiasmo, en noviembre del 2009, sentados ambos en las escalinatas de su complejo de Benavídez aún en obra, ya finalizadas las 100 preguntas de El Gráfico. No imaginé en ese momento que su mirada fuera tan revolucionaria: hacer una biografía en la que el protagonista relate sus vivencias y pensamientos, sin el protagonista relatando sus vivencias y pensamientos, era realmente un libro fuera del sistema. Una pileta sin agua. Una bicicleta sin ruedas. Más o menos así.

Después del puntapié inicial, en dos años (2010 y 2011) nos encontramos sólo cuatro veces. De veinte llamadas, lo enganchaba en una. De diez mensajes de texto, me devolvía dos. Llegué al extremo de hablar con él una mañana, combinar para vernos esa misma noche, llegar hasta la guardia de su barrio cerrado y chocarme con la respuesta del encargado de seguridad: “Almeyda no está”. ¡¿Cómo no está?! ¡No puede ser!

Puede. Más de una vez volví a mi casa entre ofuscado y dolido, pateando piedritas e impotencia, y me descargué con Verónica, mi mujer: “Se terminó el libro, no va, con este pibe es imposible”. Lo que más me apenaba es que tenía la convicción de que Matías no lo hacía de agrandado, sino de colgado. Un libro distinto, fuera del sistema, ¿pero cómo?

La llave maestra para destrabar el cerrojo fue Luciana, la primera dama. Es la misma notera de TV que con 21 años le gritaba a Matías, desde abajo del micro que transportaba a la Selección Nacional en Francia 98, que estaba enamorada de él. Si detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, hasta puede ocurrir que además de gran mujer exista una secretaria súper eficiente. Fue el caso. Gracias a Luciana, el promedio de 4 reuniones en 2 años subió a 9 en 4 meses del 2012.

Las charlas comenzaron en casete de cinta y terminaron en grabador digital. Empezaron con un jugador y concluyeron con un director técnico. De River ambos, por supuesto. Arrancaron en su complejo y siguieron en su casa. Me recibió en cueros y descalzo, con un short de River apenas, también en piyama de abuelo con botones, y con jean y pulóver.

Nos encontramos en el quincho de su casa para que Matías pudiera fumarse sus 4 o 5 puchos durante las dos horas de entrevista, vigilados por apellidos ilustres del fútbol que saludaban desde las camisetas encuadradas:

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