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AMANTES CON CONSERVANTES Y COLORANTES

Brandy Manhattan  

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Fragmento

Créditos

1.ª edición: octubre de 2017

© 2017, Ruth Moragrega Lerga

© Por los dibujos de las páginas 13, 135 y 245: 2017, Rosa Gámez

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa

del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-862-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Recibe antes que nadie historias como ésta

Dedicatoria

Instrucciones de uso

Primera parte. SE MASCA LA TRAGEDIA...

1. Qué bello es vivir

2. Mi mejor no cita

3. Cuando la noche invita al pecado

4. ¡¡Barrotes!!

5. De héroe a villano

6. Imposible pero cierto

7. Tocado y hundido

8. Teñida de rojo

9. Amiga o enemiga

10. No te echo, te vas

Segunda parte. UN EMBARAZO DESPUÉS...

11. De villano a héroe

12. Tenemos que hablar

14. Criminal en potencia

15. Solo por diez días

16. Operación colonia

17. Contando verdades

18. Cubierta de seda

19. Descubierta en seda

20. Lo que la luz del día revela

Tercera parte. SILENCIO... SE RUEDA

21. Reescribiendo el guión

22. No soy yo

23. Rodando

24. En la calle Stanton

25. Oh, venganza, tienes nombre de mujer

26. Encontronazos

27. Descubriendo a Joanna

28. Tarde de domingo

29. Incertidumbres

30. Amor en las vallas

31. Cuestión de confianza

Epílogo

Nota de la autora

Notas

Dedicatoria

Para mi persona favorita,

mi domingo lluvioso,

mi viernes de verano,

mi chocolate caliente.

Para quien me acaricia el alma con cada beso.

Para ti, Mar.

Instrucciones de uso

Instrucciones de uso

Sí, lees bien, acabas de adquirir una novela con instrucciones de uso. ¿Acaso tienes que saltar de una página a otra en función de si decides a: liarte con el protagonista que está de toma-pan-y-moja, o b: seguir con tu carrera profesional, que consiste en irte a Saturno por ocho años porque eres astronauta? No, no es eso, listilla.

Es, sencillamente, que no he escrito esta historia de cualquier manera, así que no puede ser leída de cualquier manera, tampoco. La he escrito estando relajada, disfrutando de cada escena que escribía; por tanto, tienes que leerla cuando estés relajada y puedas disfrutarla también tú. Nada de leer en diagonal o saltarte trozos. ¿Qué prisa tienes? La idea es pasarlo bien, no acabar cuanto antes. ¿O es que en la cama haces lo mismo?

Pues eso.

Por otra parte, no he escogido la vida de los personajes al azar. No. Esta vez quería vivir lo que escribía. Así que quiero que tú lo vivas de igual modo.

¡Venga, no es tan complicado! La protagonista, Keyra, es una escritora de novelas románticas reconvertida en guionista. ¿Lees novelas románticas?,1 ¿sí?, entonces estoy convencida de que también tú tienes una historia en la cabeza que bien podrías haber escrito. ¿La has escrito?, ¿sí?, ¡estupendo!, siéntete la protagonista de esta novela y ponte cómoda.

¿Ah, que no te has atrevido a escribirla? De acuerdo, no te preocupes. La primera definición de escritor de la Real Academia es «quien escribe». ¿Escribes la lista de la compra? ¿Y la de los Reyes Magos, que mola más? Entonces escribes y, según la RAE, eres, indiscutiblemente, escritora. Así que, sí, también tú debes sentirte protagonista de esta novela y ya estás tardando en ponerte cómoda, querida.

Veamos ahora al «chico de la película», y nunca mejor dicho, porque Martin es actor. Aquí no necesitas ayuda, bandida: he visto tu muro de Facebook y tienes colgadas fotos de cierto guaperas y le das con entusiasmo al «Me gusta» de los que tienen tus amigas. Por tanto, no necesitas más aliciente: elige a tu actor favorito y que sea tu pareja de baile en esta historia. ¿Que es rubio y Martin es moreno? ¡Qué más da! Ya hemos resuelto que eres escritora, no será por falta de imaginación.

Me pongo seria un segundo. Presta atención, por favor, porque esto es importante: cierto actor inglés, moreno, alto y de ojos azules te está vetado. Lo sabes de sobra, nos conocemos y hay actores más que suficientes, así que no sueñes con quien no debes. Es la base de una amistad duradera entre tú y yo. Gracias.

Dicho lo cual... Estás tú, está el chico. ¿Lo tienes todo? ¡No! Falta el entorno.

Una copa de vino, un chocolate caliente, el sonido de la lluvia de fondo o un poco de jazz...

El sofá, una bañera a rebosar de espuma...

Sola o con compañía especial...

Espero que hayas «cogido el concepto». Nada de rodeada de griterío. Lo sé, lo sé: cuando coges un libro te olvidas de todo lo que te rodea. Sí, incluso en el metro en hora punta, todo se desvanece. Pero es que habrá algunos momentos en los que vas a preferir no estar rodeada de desconocidos... Sí, en esos momentos... así que es mejor leer en la intimidad.

Ahora sí, sin más dilaciones, puedes empezar a leer. Espero que disfrutes de esta historia y que la sientas tuya, la que podrías haber tenido en otra vida.

Besos,

BRANDY M.

Primera parte. SE MASCA LA TRAGEDIA...

Primera parte

SE MASCA LA TRAGEDIA...

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1. Qué bello es vivir

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Qué bello es vivir

Cinco días antes de la tragedia.

Ubicación: el Fat Cat.

Situación: Domingo, esperando a Dev.

Estado: la calma habitual.

¿Sabéis ese momento incómodo entre el domingo y el lunes? Pues mi hermana y yo llevábamos evitándolo desde los catorce años con una cita privada, una en la que solo cabíamos ella y yo. No teníamos un lugar fijo, nos permitíamos ser promiscuas, Nueva York asiste a los perversos en la ruta a la perdición. Así que, mientras Dev me elevaba a las terrazas más cosmopolitas del skylane del Midtown East, yo la deslizaba a ras de suelo en el Village. Y hoy me tocaba elegir a mí.

Miré a mi alrededor: mesas de billar, futbolín y shuffleboard, y, en un rincón, barajas, tableros de ajedrez y Scrabble. Adoraba el Fat Cat, era un gimnasio urbanita para vagos. De fondo, música de lo que se cocía en Brooklyn y que en breve serían los hits del momento. Sonreí satisfecha. ¿Encerradas en un antro en lugar de disfrutar de un Central Park florido en mayo?, mi hermana iba a detestarlo.

A vosotras, no obstante, os iba a encantar Dev: uno setenta y cinco, cuerpo esculpido a base de deporte, pero indudablemente femenino, melena rubia dorada, ojos violáceos y cutis perfecto. Y con tanta clase como estilo. Todo el mundo se detenía a mirarla, hombres y mujeres.

—Keyra, ¿te pongo algo mientras esperas?

Miré el reloj. Pasaban cinco minutos de la hora. Dudaba que llegara antes de las seis y cuarto. Rara vez lo hacía, quedáramos donde quedáramos.

—Prepara dos mimosas, Jamie.2 —Para cuando apareciera, la bebida ya estaría en la mesa y entendería que llegaba tarde—. Uno sin champán —protesté.

El mío era el mimosa aburrido. Estaba intentando quedarme embarazada, hormonándome cual vaca texana camino del matadero para quedarme embarazada, para ser más exactos. No os aburriré con el pésimo funcionamiento de mis ovarios, pero sí os diré que te envían directamente al banquillo de los abstemios. Y que eso no es ni bueno ni malo, es aburrido.

Como para hacerme quedar mal ante vosotras, mi hermana decidió llegar justo entonces. Eso sí, como os había dicho, la acosó un reguero de miradas. Nos saludamos, pero no hubo besos. No me gusta besar... bueno, ya me entendéis, me gusta besar cuando el beso es para lo que es y acaba como tiene que acabar. Pero eso de los besos a modo de saludo tan europeo no es para mí.

Nos sentamos y apenas habíamos cruzado las cuatro frases habituales sobre su trabajo cuando Jamie nos interrumpió.

—Un mimosa sin champán y un... —Se le cortó la voz y nos miró desorientado.

No os lo he dicho porque, justo hoy, mi hermana, ella sabrá por qué, ha decidido ser puntual y no me ha dado tiempo, pero Dev y yo somos gemelas. Devaney y Keyra. No, no tenemos antepasados irlandeses que expliquen unos nombres tan excéntricos, es que mi madre es artista: escultora, concretamente.

Y sí, a mí también me miran al pasar, porque somos gemelas idénticas, porque llevamos la misma melena, porque salgo a correr a diario y porque también yo destilo clase y estilo. Cuando naces en el seno de una familia de abolengo y con dinero sueles ser así, supongo.

—No te preocupes, son muy pocas las personas que nos distinguen —lo disculpó ella con una sonrisa, para añadir—: incluso su marido nos confunde.

—No dejo de preguntarme —le dije resentida por la verdad de su comentario en cuanto se marchó el camarero— qué ocurrió en el vientre de nuestra madre para que la genética se equivocara tanto.

Dev obvió mi enfado. No le gustaba David, mi marido. Lo que no le gustaba de él, o eso decía, era que fuera mi marido. Creía que no era el amor de mi vida y que yo era tan parca en lo sentimental que ni siquiera lo entendía.

—¿Te refieres al hecho de que papá sea uno de los hombres de negocios más fríos y despiadados del Distrito Financiero y nuestra madre una escultora romántica y bohemia, y que yo sea una mujer de negocios romántica y tú una escritora fría del tipo ameba?

Curioso, ¿no? La genética puede ser muy retorcida.

—No soy una ameba.

—Desde luego que lo eres.

—No, no lo soy. Yo soy un caleid...

—Kee, no me cuentes tu maldita teoría del caleidoscopio.

De acuerdo, pues os la contaré a vosotras. Mi teoría es que hay tres tipos de personas: unas son como mi madre y mi hermana, con una capacidad de sentir ridículamente infinita; después están las que son como yo, que tienen una sensibilidad limitada pero que son un caleidoscopio, es decir, que tienen la habilidad de recoger los sentimientos de otros y reflejarlos multiplicados y embellecidos hasta hacerlos indescriptibles, de ahí que yo escriba sobre algo de lo que sé tan poco; y después están las personas como mi padre, que son amebas que ni sienten ni padecen.

—Para ser una ameba, cuento historias de amor —disentí con petulancia.

Otra cosa que no os he podido contar. ¡Menudo día ha elegido mi hermana para llegar diez minutos antes de lo esperado, la verdad! Además de Keyra Johnson soy Blue Scarlett, seudónimo de autora con el que solo mis íntimos me relacionaban y con el que había firmado una docena de novelas que me habían catapultado a la lista de best sellers y coronado como la romántica por excelencia. Lo que era contradictorio, porque la romántica bohemia era mi hermana, que trabajaba como mujer de negocios que pateaba culos de ejecutivos agresivos a diario. En serio, no sé qué fue mal en el útero de nuestra madre mientras Dev y yo nos estábamos gestando.

—No solo escribes romántica, Kee. —Ahora era ella quien me miraba con gesto engreído—. ¿Le has dicho ya a David...?

—No.

Lo que no quería que dijera, que nadie escuchara, era que también había publicado con otro seudónimo, uno que no os confesaré ni a vosotras, la trilogía erótica del año, cuyos derechos me había comprado una de las grandes cinematográficas hacía tres meses para proyectarla en los cines de todo el planeta en menos de dos años. Iba a escribir el guion, mi primer guion, y me permitirían formar parte del equipo de casting. Me habían pedido incluso ser miembro del rodaje, pero por más que quisiera no iba a ser posible.

Porque no, porque David no sabía nada al respecto y lo que menos necesitaba ahora mi matrimonio era que mi esposo pudiera pensar que lo que ocurría en nuestra cama no cumplía las expectativas de mis fantasías. No, cuando no podía quedarme embarazada, cuando él sentía que no podía dejarme embarazada. ¿Vuestros chicos también son así de cavernícolas con cualquier cosa que esté relacionada con su pene? Tenía una vida sexual satisfactoria. Minar la seguridad de David en sí mismo, concentrada en su bragueta como suele ocurrir en muchos hombres, no entraba en mis planes.

Gracias, pero no.

Se hizo un silencio incómodo. Dev y yo nos considerábamos nuestra única familia. Porque éramos gemelas idénticas y porque nuestros padres se habían divorciado poco después de que naciéramos y ninguno de los dos se había hecho cargo de nosotras, no de verdad. Así que nos lo contábamos todo y opinábamos sobre la otra con libertad. Pero mi matrimonio era un tema espinoso. Ya os lo he dicho, a mi hermana no le convencía David.

—¿Zumo de naranja? —me sonrió con tiento—. ¿Estás ya...?

—No —respondí tajante.

Pero no era tajante con ella porque pusiera a mi esposo en tela de juicio, lo era porque detestaba todo lo que conllevaba no quedarme embarazada.

—Kee, si no quieres ser madre, díselo. Habla con él. David está loco por ti, no haría nada que tú no quisieras.

¿Veis?, sabía por qué me sentía contrariada. Suspiré resignada.

—Sí quiero ser madre, es solo que no quiero tener hijos. —No espero que lo entendáis, pero mi hermana sí lo hizo—. Y después está el tema de las hormonas. No soy yo, Dev, no me reconozco. Mi cuerpo se hincha, mi humor se descontrola...

Disimuló una carcajada con una tos para componer una sonrisa pecaminosa, una que solo me dedicaba a mí, y preguntarme con voz pícara:

—¿Prefieres contarme lo de tu actor?

Por eso la quería tanto, porque sabía cuándo presionar y cuándo darme espacio. Y él era el lugar con el que soñaba cuando la realidad no me gustaba. Un pequeño escalofrío me recorrió la espina dorsal. Di por sentado que no lo notó porque no se burló de mí.

—Voy a conocerle, Dev. Al fin, voy a conocerle —mi voz fue un susurro complacido.

Siempre había sabido que antes o después ocurriría, que él y yo nos encontraríamos. Según su última entrevista se había comprado una casa en Manhattan, cerca de Central Park y de Broadway, ahora que Hollywood había descubierto el talento de los actores ingleses. Y a pesar de lo que pueda parecer, Nueva York no es tan grande y según quiénes nos movemos en los mismos ambientes. No es difícil, si eres cien por cien New Yorker, conocer a alguien que conozca a alguien que te pueda llevar a una fiesta donde coincidas con el otro alguien a quien estás buscando. En el Lincoln Center, en la Gala del Met, en el ático de alguna anfitriona de la ciudad... Pero yo iba a cenar con él. A solas. Y en Londres.

—¿Y a David no le preocupa que vayas a cenar con el tío bueno del que estás locamente enamorada desde hace diez años?

«Nadie se enamora de alguien a quien no conoce», quise decirle. Es ridículo. Eso solo ocurría en las novelas que escribía, pero no en la vida real. En la vida real el amor es práctico y no se nutre de alguien que te deja sin aliento cuando lo ves. Vives con alguien que tenga un proyecto de futuro similar al tuyo y a quien tus manías no le parezcan insoportables. Lo sé: no soy «la» romántica, soy una estafa.

Me encogí de hombros.

—Mientras esté de vuelta el sábado de madrugada, le parece bien. —La realidad era que le había dado un pretexto vago, sabía a quién iba a conocer, pero no para qué. Alzó las cejas en una pregunta muda—. Acabo ciclo hormonal el viernes por la mañana, y tendré mis malditas treinta y seis horas fértiles desde entonces. David no piensa en actores, piensa en tráfico aéreo y en si los baños de los aeropuertos tienen cámaras de seguridad en caso de que mi avión llegue con retraso. No me mires así, es como funciona cuando te estás haciendo estimulaciones ováricas, todo va medido al milímetro. Hace dos meses que se niega a tener un orgasmo si no es... —Dev arrugó la nariz y supe que me estaba extralimitando—. Digamos que todo es muy tántrico excepto en el día correspondiente.

—Exceso de información, Kee —me riñó, y levantó su copa—. Por tu actor de Londres y una velada maravillosa.

Levanté también yo mi mimosa sin champán, y ya que nos poníamos a pedir...

—Y por los polvos espontáneos.

Tal vez no lo hayáis notado porque al parecer soy un poco fría, aunque en realidad solo soy comedida en la manifestación de mis sentimientos, pero me encantan los domingos con mi hermana. Son mi mejor momento de la semana.

2. Mi mejor no cita

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Mi mejor no cita

La noche de la tragedia

Me encanta el Claridge’s. Es la razón principal por la que no me compro una casa en Londres: hospedarme allí. Si fuera un poco superficial, o quizá más superficial, diría en voz alta que todo el mundo debería hospedarse, al menos una vez en la vida, en una de sus habitaciones. Aunque habría significado que mi hermana me gritara que la gente tiene otras necesidades más prioritarias, porque mi hermana grita cuando no trabaja y solo cuando no trabaja, tal es su yin y yang; mi padre me hubiera acusado de socialista, tal es su concepto de repartición de la riqueza; y mi madre se hubiera sorprendido de que alguien eligiera otro hotel si no era porque el Claridge’s estaba lleno, tal es su concepto de la vida.

Como veis me crie en un entorno absolutamente normalizado. Que a mi hermana le rompan el corazón dos o tres veces al año o yo sea un caleidoscopio no es nada en comparación con lo que pudo ocurrir dada nuestra infancia. Pudimos ser la versión americana de los Hermanos Kray.3

Suspiré mientras miraba las calles pasar a través de la ventanilla del taxi, rumbo al Ametsa.4 Londres me tenía seducida y me escapaba, so pretexto de documentarme para mis novelas de Regencia, dos o tres veces al año, así que conocía la extensa zona centro bastante bien. Miré mi reloj de muñeca: faltaban siete minutos para mi cita y el tráfico era un infierno. Pero habíamos rodeado ya Buckingham y las fachadas eran de un blanco neopalladiano. Estábamos cerca. Llegaría puntual.

Claro que yo siempre era puntual.

Pensar en verle hizo que se me cortara la respiración. Me recordé que necesitaba calmarme. ¡Keyra, cálmate!, terminé por gritarme cuando un temblor desconocido alcanzó mis dedos. Me concentré al máximo.

Coartada: se suponía que representaba una de las revistas de mi padre, aunque por supuesto nadie sabía que yo era su hija, y estaba entrevistando a las caras conocidas que participaban con ACNUR.

Él no debía saber que yo era la escritora y guionista de la película en la que, según su agente, estaba interesado en participar y de la que nada se sabía por el momento. Quería conocerlo sin la presión por un papel de protagonista que podía consolidarlo en el estrellato o estrellarlo para siempre.

—El tráfico a estas horas es siempre un infierno, señorita —me devolvió a la realidad el conductor, un hombre que debía de estar a punto de jubilarse—, pero no tema, llegará puntual. En tres minutos estaremos allí. Aunque, si me permite decírselo —me miró por el retrovisor y carraspeó—, yo, por una dama tan hermosa como usted, esperaría toda la noche si fuera necesario.

Sentí que enrojecía. Nunca había hecho esperar a nadie. Sí, las protagonistas de mis novelas solían tener un contratiempo de última hora que tenía al protagonista esperando y en vilo por si ella había cambiado de idea. Pero, a: yo no vivía en una novela; b: hacía años que no tenía una cita; y c: lo de aquella noche ni siquiera era una cita.

Mis nervios ante una no cita me hicieron sentir absurda, me repetí. Pero ya no eran solo mis dedos, las dos manos preferían ignorar mis órdenes y moverse sin ton ni son, descompasadas.

Perspectiva. Lo que necesitaba para serenarme era perspectiva; como si estuviera escribiendo mi propia historia.

Análisis de mi ropa: perfecta. Una estilista de Bergdorf Goodman me había ayudado a escoger un vestido muy años veinte en nude con abalorios en dorado, y unos zapatos y clutch a juego. Me había permitido traerme un collar de perlas negras de mi bisabuela, algo excepcional en mí.

Composición de mi aspecto: mejor que nunca. Como cada vez que iba a la ciudad, había visitado a Luciano Rodrigues, y hoy me había peinado según el outfit que le había enseñado en una foto del móvil. Su equipo me había maquillado con discreción, realzando mis ojos almendrados, mis pómulos, oscureciendo cejas y pestañas y destacando mis labios, demasiado carnosos para mi gusto.

Detalles a tener en cuenta: no llevaba el anillo de casada, pero porque no conjuntaba con las perlas ni el color del vestido, al ser de oro blanco. Buena excusa, no lo neguéis.

Estado: impresionante.

Veredicto: Por una vez en mi vida me permitía sentirme hermosa y deseaba que otros me creyeran deseable. Quería gustar, aunque solo fuera una entrevista tan falsa como mi dedo desnudo sin alianza.

Quería gustar mucho y, si eso era una forma de infidelidad, entonces no se lo contaría a nadie.

—Tres calles más y llegamos, señorita.

—Detenga el taxi, por favor.

¡¿Había dicho yo eso?!

El coche se apartó a un lado y el conductor me miró, interrogante.

—¿Quiere bajarse aquí?

Dado que no había nadie más allí era obvio que debía haber sido yo quien le había pedido ...