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AMAR SE CONJUGA DE A DOS

María Border  

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Fragmento

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La tormenta apenas atenuó las altas temperaturas de la semana, las veredas siguen mojadas y mi cabello respeta la regla que impone la humedad; a pesar de eso decidí despegarme del sillón atestado de almohadones y el confort del aire acondicionado para enfrentar el atardecer. Los domingos de enero son peculiares en los barrios de Buenos Aires: calles vacías, negocios cerrados por vacaciones, colectivos que circulan con marcha lenta y alguna que otra moto de delivery atormentando con el ruido de su precario motor. Odio estar anclada aquí en estas fechas, pero, justo ahora, la bendita computadora se murió, obligándome a resignar mis vacaciones para poder reponerla. Adiós a mi semanita en Villa Gesell, con lo mucho que necesitaba tomarme un respiro, tirada en la arena de cara al sol, encapsulada por la capa de protector solar, leyendo y bebiendo un licuado bien helado; pero el dichoso aparato es mi herramienta de trabajo y tuve que hacer de tripas corazón.

Quito de mi mente los pensamientos negativos y me propongo disfrutar de lo que hay. Mientras atravieso la plaza para llegar al bar, aprecio el aroma refrescante que emite el pasto luego de que la lluvia le calmó la sed y aspiro hondo para atemperarme también. Caminar en soledad es estimulante cuando se conoce la meta.

En la zona de juegos, un grupo de jóvenes adormecidos por la modorra posterior a la noche del sábado me recuerda mis tardes dominicales de tantos años atrás, cuando devoraba los días tratando de absorber lo que sólo se adquiere con el paso del tiempo. Confirmo que continúa siendo igual, aunque algunos se anticipan tanto que no llegan a procesar las enseñanzas y por esa razón les cuesta superar esta etapa. «Mariela —me reto—, parecés del Medioevo».

Afortunadamente, el ladrido de un cachorro entregando orgulloso la pelota arrojada por su dueño me hace sonreír. En cuestiones de afecto, dar sin recibir debería estar prohibido; estoy convencida de que ellos lo tienen claro. No me pregunto si di mucho o poco porque esa cuenta ya se ocupan de hacerla los otros. En mi juego de dos, los fallidos terminaron decantando en un olvido elegido.

Entro al bar y me acomodo en una de las mesas con vista a la plaza. La camarera no demora en acercarse y le solicito una Pepsi con una rodaja de limón.

Sonrío cuando trae el vaso colmado de hielo; mis oídos perciben el sonido del gas que se escapa al abrir la botella y el vello se me eriza reconociendo que otros sentidos disfrutarán de la bebida con la que aplacaré la sed.

Me encuentro completamente a gusto.

En la cartera tengo el libro que traje para leer, pero cambio de idea porque la curiosidad me invita a observar al resto de los clientes del bar.

Una mujer se acaricia el vientre, manteniendo con el futuro un diálogo plagado de ternura mientras que su presente, sentado junto a ella, intenta comprender sensaciones que jamás conocerá. Hacia la derecha, la conducta de una familia me habla del vínculo perdido; el autismo de los críos sumidos en su tecnología móvil los ampara de saberse ignorados; el hombre me observa, calcula mi edad reconociendo que estoy fuera del límite de su interés y continúa el recorrido visual en busca de algo más estimulante, salteándose adrede a quien lo acompaña y conoce; su mujer lleva lentes de sol en esta tarde nublada.

A los cincuenta y dos años ya aprendí a detectar esos detalles que ilumino con resaltador para que se conserven activos en la memoria sin darme permiso para hacerme la desentendida.

Ahora no estoy estática ni me oculto tras cristales oscuros.

La repetición de algunas historias me hace considerar si no será mejor regresar a mi idea inicial para sumergirme en la ficción que continúa en mi cartera, donde las reiteraciones son otras y a la palabra fin la antecede un felices por siempre. Tomo del bolso el libro y comienzo a leer:

La verdad siempre está frente a nosotros. Debemos desprendernos del estado primitivo, evitando que la codicia y la vanidad se impongan. Pero el varón se resiste a abandonar su condición y ruge para conquistar un reino que irremediablemente un día perderá. Mientras la mujer recurre a su astucia para evadir a la implacable naturaleza que siempre logra su cometido.

La lucha debe entablarse contra los obstáculos internos, no contra las fuerzas externas.

Somos espíritu.

Elevo la vista al cielo, esto me pasa por aceptar las recomendaciones de Gabriel. Nota mental: debo recordar que el calor le perturba el juicio.

Dejo el libro porque un soberbio, rojizo y tardío rayo de sol se cuela entre las siluetas de los edificios, obligándome a cerrar los ojos e introducirme nuevamente en mi interior. Dichosa melancolía dominguera que trae a mi memoria las vivencias que me convirtieron en la mujer que soy.

A Augusto lo conocí después de que le gané la guerra al acné, en la época donde las risas gobernaban mi mundo y los días se sucedían agrupando ilusiones que no sabían de límites. Éramos jóvenes, vitales, omnipotentes. Él sonreía desde su estatura viril, derramando hormonas ante mi aroma fresco que lo llamaba. Yo deseaba con prudencia, respetaba reglas y creía en palabras.

Las citas se hicieron más frecuentes, los bailes sensuales y las noches se estiraron hasta la propuesta de matrimonio que acepté. Planeamos con suficiente antelación para que los algodones fueran nubes y los oídos sólo oyeran la música del corazón, pero no fue más que un deseo; con el tiempo todo mutó y los relámpagos precedieron a los truenos que elegí silenciar porque la confirmación del error me resultaba muy desafortunada.

Las mujeres nos acomodábamos, nos resignábamos, mutábamos para sobrevivir ante la adversidad y seguíamos, seguíamos, y yo… seguí. Seguí aun cuando la naturaleza sentenció que no tendríamos hijos y el cuerpo me advirtió estallando en el vientre verdades que amordacé. Me negué a analizar los almanaques que marcaron cada tormenta, acumulé excusas y escondí las alertas dentro de una caja que vagó constantemente desde la memoria al corazón, sepultando en ella las ilusiones, los deseos y las metas hasta que ya no pudo absorber una lágrima más y explotó infartando aquello que quedaba de nosotros.

Hace dos años, una mañana, el espejo me habló de la frustración e infelicidad que me negaba a aceptar, y entendí que tenía dos caminos: dejarme arrastrar hacia la depresión absoluta o deconstruirme y rearmarme.

Tenía cincuenta años, más de la mitad vividos junto al león que rugió en su reino, alimentando la esperanza de que el tiempo de las recompensas llegaría para hacer reaparecer las mariposas, porque la sangre aún corre por las venas y colora la piel; pero esa mañana la tierra se abrió bajo mis pies, obligándome a elegir de qué lado del camino quería estar.

Despojarse no es fácil, pero resulta imprescindible si queremos avanzar. Debí bucear hasta el fondo del agujero y respirar el hedor antes de pretender volver a salir a la superficie. Más de una vez bajé los brazos y me dejé arrastrar al estado donde todo me daba lo mismo, y las ilusiones y los proyectos se ahogaron en el mar de reclamos e imposibles; el desesperante estado donde quedaba estática intuyendo que el tren no volvería a pasar por mi andén y yo ni siquiera recordaba el color que dejaba su estela. Sé lo que se siente, padecí cada segundo de inmovilidad donde un día fue igual al otro, y ni el reconocimiento por mi trabajo logró que el espejo reflejase una imagen parecida a la que recordaba de mí. Durante años me había negado a aceptar lo que intuía, no lo amaba.

Hay una voz interior que nos susurra al oído todo lo que no queremos reconocer; la acallamos porque en el instante en que le otorgamos entidad se desborda en certezas que pueden demolernos. Tras las decepciones, cada molécula se escruta; ya no hay detalle que se escape a la conciencia, la mente está alerta para que las emociones no disfracen los engaños con los que el entorno nos tienta. Lo culpé; pero no era él, éramos nosotros; lo que ya no podíamos ser.

No quedaba nada.

El orgullo y el instinto de supervivencia impidieron que desapareciera absorbida por aquel vacío. La caja colapsó y la hora de la despedida se instaló entre nosotros para decirle adiós al proyecto común que habíamos perdido. Me despojé de la dualidad y me obligué a recordar cómo se hacía para volver a ser uno. Tomé distancia, archivé los errores en el cartel de las advertencias; me acepté como soy, abandoné la resignación para hacer el duelo y cerrar aquella puerta. Antes de guiar las riendas de mi vida entablé la lucha contra mis trabas internas, el exterior era una consecuencia de ellas.

Comprendí que soy más que la mitad de una pareja, soy la única propietaria de mis días, la constructora de mis alegrías.

Ya no estoy estática.

Mis amigas me confesaron los secretos que se ocultan para que la vanidad no pierda la batalla y que al liberarlos hermanan; entendí que el cuento de hadas no había existido y que la mediocridad debía quedar atrás. Cuand

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