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AMOR Y OTRAS PALABRAS EXTRAñAS

Erin McCahan  

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Fragmento

ÍNDICE

Portadilla

ÍNDICE

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CINCO

CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO OCHO

CAPÍTULO NUEVE

CAPÍTULO DIEZ

CAPÍTULO ONCE

CAPÍTULO DOCE

CAPÍTULO TRECE

CAPÍTULO CATORCE

CAPÍTULO QUINCE

CAPÍTULO DIECISÉIS

CAPÍTULO DIECISIETE

CAPÍTULO DIECIOCHO

CAPÍTULO DIECINUEVE

CAPÍTULO VEINTE

CAPÍTULO VEINTIUNO

CAPÍTULO VEINTIDÓS

CAPÍTULO VEINTITRÉS

CAPÍTULO VEINTICUATRO

CAPÍTULO VEINTICINCO

CAPÍTULO VEINTISÉIS

CAPÍTULO VEINTISIETE

CAPÍTULO VEINTIOCHO

CAPÍTULO VEINTINUEVE

CAPÍTULO TREINTA

CAPÍTULO TREINTA Y UNO

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

CAPÍTULO TREINTA Y TRES

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Créditos

Grupo Santillana

CAPÍTULO UNO

Tiene que haber alguna manera de resolver esto.

Reflexiono sobre la posible fórmula, tumbada en la cama de Stu mirando fijamente el techo, viendo únicamente equis, yes, paréntesis e incógnitas. Al otro lado de la habitación está Stu, sentado frente a su teclado, dándome la espalda mientras toca una combinación periódica de acordes para luego detenerse a escribir o borrar jeroglíficos musicales en un cuaderno.

—No se puede resolver —le digo—. Hay demasiadas variables.

—Ya te lo había dicho yo —responde.

—Pero debo saberlo.

—Creo que puedes vivir sin conocer ese dato. Al menos, yo sí.

Me incorporo, me ajusto los lentes y me doy cuenta de que hay un hilo suelto en la franja color ladrillo de su cobija estilo sarape.

—Tienes que arreglar esto antes de que se descosa —le digo.

—¿Qué?

Se lo explico.

—Jálalo —responde.

—No voy a hacer eso.

—Entonces, ignóralo.

—Ten en cuenta que sería incapaz de dormir debajo de esta cobija con ese hilo así. No podría dejar de pensar en él en toda la noche.

—¿Pensabas dormir debajo de ella? —me pregunta mirándome por encima de su hombro.

—Bueno, no ahora.

—¿Estás sugiriendo que pensabas hacerlo en algún momento?

—Estoy sugiriendo que, independientemente de dónde duerma en el futuro, no será debajo de esta cobija.

—No sabía que nuestra amistad incluyera piyamadas —dice él—. ¿Nos peinamos el uno al otro?

—Claro. Estoy deseando verte con el pelo recogido.

—Está bien, escucha esto —me dice y empieza a tocar a la perfección la maravillosa y vibrante introducción de una de las mejores canciones de todos los tiempos: “Come Sail Away” (letra y música de Dennis DeYoung, ex vocalista de Styx y ahora compositor, intérprete de Broadway y ser humano completamente superlativo. Creo que en su tiempo libre rescata a conductores que se quedan tirados por el país, persigue carteristas y dona sangre y plasma hasta que la Cruz Roja se lo prohíbe durante una temporada por su propio bien. Debe de tener una capa guardada en algún rincón de su armario).

Luego, Stu empieza a cantar, y sólo Stu, hasta donde mi experiencia auditiva llega, podría hacer justicia a Dennis DeYoung; es el mayor halago que podría hacerle a cualquiera que esté cantando. Stu canta en un par de coros y tiene tanto talento que el director del coro de nuestra escuela suele consultarle arreglos para musicales y grupos. Yo tengo una capacidad vocal totalmente corriente y una absoluta incapacidad para tocar ningún instrumento. Cuando tenía nueve años, recibí clases de piano durante los seis meses más largos de mi vida. Nada tenía sentido para mí y mi maestra se negaba a resolver mis dudas. ¿Por qué se asignan dedos a las teclas? ¿Por qué se usan ligaduras entre notas? ¿Por qué hay que pisar la sordina en vez de dejar simplemente esa nota sin tocar? ¿Por qué no me enseñas a afinar esta cosa? ¿Por qué no hay pianos azules? No, de verdad, ¿por qué no hay pianos azules?

Tanto ella como yo nos pusimos muy contentas el día que mis papás me permitieron dejar las clases.

Justo antes de que el ritmo de “Come Sail Away” adquiera velocidad, Stu deja de cantar y cambia a una interpretación clásica de la pieza, una versión entre minueto y concierto, como si el propio Johann Sebastian Bach la hubiera compuesto. Si no lo estuviera viendo con mis propios ojos, juraría que hay más de un pianista tocando.

Después de un minuto y medio aproximadamente, Stu deja de tocar y se vuelve sobre el banco para mirarme.

—Sólo he llegado hasta ahí —me dice.

—Me gusta.

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