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APOCALíPTICOS E INTEGRADOS

Umberto Eco  

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Fragmento

APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS:

LA CULTURA ITALIANA Y LAS COMUNICACIONES

DE MASAS

Las reacciones de los apocalípticos y de los integrados. Antes

Un discurso sobre Apocalípticos e integrados y cómo fue acogido en 1964 es en particular interesante porque, con dicho libro (a pesar del corte provocativo y una serie de análisis originales), el autor no creía decir nada nuevo, aunque sí expresar su opinión sobre un debate ya en sazón. Un debate sobre el que existían en todo el mundo tantos testimonios (y basta con repasar las notas de pie de página, en las que se remitía además a estimables estudios aparecidos ya en Italia) y que también en nuestro país estaba dando origen a una serie de iniciativas de investigación y de didáctica en los ambientes universitarios más avanzados.

Sin embargo, este libro tiene éxito y suscita una serie masiva de polémicas (al igual que la adopción de la expresión apocalípticos e integrados, desde entonces corriente como eslogan) precisamente porque parece coger por sorpresa a un sector de la cultura italiana.

El documento tal vez más típico sea una reseña de Pietro Citati (Il giorno, 14.10.64) titulada «La Pavone e Superman a braccetto di Kant» («La Pavone y Superman del bracete de Kant»). Si el título ya se las trae, no menos el contenido del artículo. El libro, dice, es ingenioso e inteligente, pero se lamenta de que mientras «en toda buena investigación científica la materia estudiada escoge los propios instrumentos, que se identifican con ella a la perfección... Eco, como si quisiera hacerse perdonar la humildad del propio argumento, cita sin motivo a Husserl, a Kant y a Baltrusaitis». Pasemos por alto la idea de que los instrumentos de un análisis deban identificarse con él, como si un estudio de criminología debiese de proceder a cuchilladas y a Kant sólo se le pudiera usar cuando se habla de filosofía (lo que sería hacerle un favor un tanto humillante); el hecho es que el autor del artículo en cuestión ve con sumo recelo el empleo de los instrumentos de la cultura Alta para explicar y analizar la cultura Baja. «Esta ampliación de horizontes revela una presuposición evidente: todas las cosas son igualmente dignas de consideración, Platón y Elvis Presley pertenecen de igual modo a la historia.» En efecto, esta presuposición era evidente, pero a Citati no le agradaba, porque se le antojaba como la culminación de los ideales secretos de la cultura de masas: «No sé si estos ideales corren el peligro de realizarse. Pero si ello sucediese, dentro de unos pocos años la mayoría de los intelectuales producirá films, canciones y textos para tebeos; los más geniales insertarán en sus propias poesías algún verso de Celentano... mientras en todas las cátedras universitarias, jóvenes profesores analizarán los fenómenos de la cultura de masas... y quizá todos nosotros estemos viviendo ya sólo para consentir estadísticas cada vez más perfeccionadas, análisis cada vez más exhaustivos o denuncias furiosas». El pasaje era admirablemente profético: hoy, trece años después, un buen número de intelectuales compone collages con versos de Celentano, en las universidades abundan las tesis sobre textos de tebeos y el pasaje de Citati se revela interesante sólo porque permite un análisis de la situación de los intelectuales italianos en 1964. Pero el análisis será más exhaustivo aún si se considera que el referido pasaje, aun cuando pretendiera ser profético, era en realidad inconscientemente actual; en efecto, en 1964 hacía ya tiempo que Calvino y Fortini escribían canciones, Pasolini y Robbe-Grillet hacían películas, los poetas novissimi empleaban expresiones del lenguaje masificado y, en la facultad de magisterio de Roma, el malogrado Romano Calisi, alentado por el pedagogo Luigi Volpicelli, instituía un archivo nacional del tebeo.

El libro de Eco representaba con exactitud la toma de conciencia de la nueva situación. Pero, como queda dicho, cogía por sorpresa a los menos informados y suscitaba, en diarios y semanarios, una serie de artículos que, alegre o sombríamente, circulaban con títulos como «Mandrake entra all’università» («Mandrake entra en la universidad», ABC), «Dall’estetica a Rita Pavone» («De la estética a Rita Pavone», Paese sera), «Da Joyce a Rita Pavone» (De Joyce a Rita Pavone», Il Punto), «Anche i fumetti hanno il sangue blu» («También los tebeos tienen sangre azul», Oggi), «Passaporto culturale per Mandrake e Topolino» («Pasaporte cultural para Mandrake y Topolino», Lo Specchio), «Anche l’hully gully diventa “messaggio’’» («También el hully gully se convierte en “mensaje’’», Il giorno), «Per fortuna c’è Superman» («Por fortuna tenemos a Superman», Il Resto del Carlino), «I fumetti entrano nelle università come impegnativa materia di studio» («Los tebeos entran en las universidades como materia obligada de estudio», La Gazzetta del Popolo), etc. Es de advertir que, en casi todos estos artículos, la palabra fumetti (tebeos) va siempre escrita entre comillas (todavía no es una palabra correcta para la lengua italiana) y adviértase que lo que sobre todo hería la imaginación del crítico era precisamente que se estudiasen los tebeos, cuando éstos, mientras se discutían los problemas de la televisión, de la literatura pequeñoburguesa, de la música grabada, de la novela popular en los siglos pasados, ocupaban, en la economía del libro, tan sólo una cuarta parte de la misma.

Pero incluso el Times Literary Supplement, que trataba del libro con ejemplar puntualidad, revelaba el shock con una imagen en primera plana entonces de verdad insólita para dicha revista: un perro de tebeo, copiado de Lichtenstein, que hacía «sniff, sniff, arrff!».

Como es natural, no todos estos artículos eran tan provincianos como su título; aparecían otros con títulos más críticos y meditados. Todos trataban de la oposición entre moralistas apocalípticos y optimistas integrados, pero en algunos el problema de las comunicaciones de masas se profundizaba en clave más decididamente política.

Excluyendo por tanto las reacciones puramente escandalizadas, podemos dividir a los críticos en conservadores amargados y progresistas en tensión. De los conservadores amargados habría poco que decir: su reacción era prevista en particular por el libro. Se trataba más bien, para ser conservador inteligente, de apropiarse la polémica contra los apocalípticos ingenuos y de proponer, a su vez, alabando el libro, una postura apocalíptica más vaga. Es lo que hace A. G. Solari (bajo el seudónimo de Giose Rimanelli) en Lo Specchio («Passaporto culturale per Mandrake e Topolino», 6.9.64). El artículo examina el libro con simpatía y cómplice agudeza, y sitúa a Eco entre los paladines de la Razón: en aquellos años, la acusación de iluminismo, propinada con alevosía, resultaba dura de soportar... para la izquierda. Era, históricamente hablando, una acusación de la derecha —aunque las ediciones Rusconi para restablecer a los clásicos de la tradición antiiluminística todavía no habían aparecido—, y atacar desde Lo Specchio al autor yendo más allá que él era una buena jugada. Con esta amable condena, el autor quedaba descubierto como lo que era: un paladín de las Vanguardias (¡había que recordar Opera aperta!) que, como es notorio, constituyen la otra cara de la cultura de masas. Lo cual, pensándolo bien, era la postura del adornismo de entonces, que llegaba de Frankfurt a través de la mediación conservadora de Elémire Zolla (uno de los polémicos blancos de Apocalípticos) y que de este modo era asumido por muchos de la izquierda. Coherente como de costumbre aparecía, en cambio, Montale: presto a enfrentarse curioso con la novedad, presto a declararse inquieto por ella, pesimista, pero no dogmático. El título de su artículo en el Corriere della sera (2.8.64) era «Di bene in meglio» («De bien en mejor»); de acuerdo con el autor en que los medios de masas existen y hay que dominarlos y plegarlos a los fines humanos. Pero ¿cuáles son los fines del hombre? «Aquí se navega en la oscuridad.» No dramaticemos. También se dijo del teléfono que perjudicaría la intimidad familiar y, luego, también lo digerimos. Es como decir que la vida es una corriente que va a donde va y que nos es posible integrarnos a ella. Por los demás, velan silenciosos e impopulares los apocalípticos, conscientes de su condición de protestatarios «contra los medios y, no obstante, dentro de los medios». Pero «es probable que la guerra fría en pro y en contra de los mass media aparezca, dentro de unos decenios, carente de sentido. Ninguna revolución social cambiará sustancialmente el rostro tecnicomecánico del mundo».

Es interesante, en cambio, la reacción de una parte de la cultura marxista que, en aquellos años precisos, se abría a una consideración más atenta de estos fenómenos, sustituyendo el adorno por una actitud realista y analítica. Mario Spinella relacionaba en Rinascita (3.10.64: «Apocalittici e integrati») la polémica contra la cultura aristocrática con las reflexiones gramscianas y hacía suyo el punto de partida del libro y la polémica de Marx y Engels contra Bruno Bauer. Reprochaba a Eco el no haber dado cabida al problema del ámbito socioeconómico dentro del cual se mueven los medios de comunicación de masas, trataba de explicar las razones por las cuales Eco privilegiaba un análisis de las estructuras textuales, lo devolvía al fondo histórico de los productos analizados —retenía, no obstante, este tipo de estructuralismo, más críticamente consciente de los propios límites que el de origen francés— y, finalmente, valoraba el libro de Eco como «el mejor que hasta ahora se haya escrito sobre el tema» incluso «por la tensión de su discurso más fresco frente al marxismo». En Mondo Nuovo, semanario del PSIUP, Francesco Indovina afirmaba: «solamente con aportaciones de este tipo... será posible conducir una acción coherente para transformar el fenómeno en una positiva experiencia crítica de las “masas’’. La manera de Eco nos parece importante por esta voluntad de unir las condiciones económicas, políticas y sociales del fenómeno con la estructura misma del mensaje de masas: si, en efecto, tal relación falta, nos parece que se corre el riesgo de dar vueltas en el vacío, dejando el campo libre a los manipuladores».

Con el título «Una terra ancora vergine per gli studiosi italiani» («Una tierra todavía virgen para los eruditos italianos»), Vittorio Spinazzola evaluaba el libro en Vie Nuove (10.12.64). Le censuraba determinada ocasionalidad en los criterios de selección, lamentaba las debilidades teóricas de la misma, la oscilación entre la mera descripción y el intento de aprehender las formidables implicaciones ideológicas y económicas de estos problemas, pero, en definitiva, lo juzgaba una obra precursora en la que el autor asumía «con petulancia los riesgos que comporta».

Le ore libere, del ARCI, publicaba en tres números sucesivos un debate de tonos diversos en el que tomaban parte Rossana Rossanda, Luciano Paolicchi, Franco Fortini, Mario Spinella, Gianni Toti, Pietro A. Buttitta, Mino Argentieri, Walter Pedullà y Nanni Saba. Las opiniones iban desde la que afirmaba que «ni apocalípticos ni integrados» a la que confesaba haber leído algún álbum de Gordon (pero se trataba de «uno de aquellos pecados veniales que ni siquiera se confiesan»), pasando por tomas de posición más meditadas. Pero, en definitiva, este debate era bastante representativo de la variedad toda de posiciones, no teóricamente homogéneas, típicas de la izquierda marxista sobre el tema (aún es más significativo el hecho de que el tema fuese discutido a fondo por tantas firmas representativas). En Avanti! (3.10.64), Walter Pedullà, desde su postura de tercera fuerza entre apocalípticos e integrados, definía a Eco como «un realista que acepta el diálogo y hace concesiones para no perderlo todo. Y su libro es una especie de espléndido memorial de Yalta sobre la cultura de masas».

Entre los favorables será curioso anotar un artículo de Oreste del Buono («Teorie Serie su problemi frivoli» [«Teorías serias sobre problemas frívolos»], La Settimana Incom, 30.8.64) en el que, entre los pocos reproches que se le hacen a Eco, se le acusa de ser «quizá un poco benévolo de más» con Charlie Brown, severidad ésta comprometedora para quien después dirigiría Linus, pero esto es precisamente lo bonito de estas revisiones de viejas críticas. Entre los discrepantes a las claras, un artículo de Michele Rago en Unità (29.11.64): «Cultura de massa e cultura della massa» («Cultura de masa y cultura de la masa») que reprocha al libro superficialidad y oportunismo, hábiles golpes de prestidigitación polémica, aunque se comparten muchos de los intereses de fondo; y uno, muy irritado, de Gianfranco Corsini (Paese sera, 19.9.64) que, antes crítico entusiasta de Opera aperta, ahora reprocha a Eco haber tratado de fundir aquí, a batiburrillo, los módulos de aquel primer libro con los pastiches de Diario minimo, y ello con resultados no precisamente felices. Por último, un artículo de Enzo Siciliano en la Fiera Letteraria (27.9.64), donde, con el título «Cominciar bene non basta» («Empezar bien no es suficiente») desarrolla un discurso a tres vertientes. Un exordio encomiástico atenuado por un indulgente «D’accordo, d’accordo, d’accordo»; una serie de objeciones al filón «iluminístico», que parecen de cuño tradicionalista; y un llamamiento al análisis histórico e, implícitamente, a la práctica de lo social

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