Loading...

AQUí HAY DRAGONES

Florencia Bonelli

5


Fragmento

CAPÍTULO I

En esas largas noches de insomnio,

en el terror negro que no era al enemigo sino a algo dentro de mí,

nací como lo que soy,

inseguro de todo en mí y de todo lo que es humano.

Meša Selimović, escritor bosnio

(1910-1982)

 

 

Londres, 6 de noviembre de 2000.

 

Mariyana Huseinovic, nombre de guerra La Diana, entró en la antesala de la oficina del general danés Anders Raemmers, cabeza de L’Agence, uno de los grupos militares más secretos del mundo que formaba parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, conocida como OTAN.

Marcada por un brutal entrenamiento, La Diana analizó el entorno apenas cruzó el umbral. Resultaba obvio que el general no había llegado. Danika e Inger, las secretarias, estaban demasiado tranquilas cuando lo normal era verlas estresadas, yendo y viniendo, luchando con la fotocopiadora o las impresoras, hablando por teléfono con un auricular en cada oreja. Incluso Inger, la más antipática, coqueteaba con el chico del sector de Tecnología y Armamento que se ocupaba de “limpiar” el despacho de Raemmers de posibles micrófonos y cámaras ocultas. Otro dato que confirmaba la ausencia de Raemmers era la veintena de periódicos que seguía prolijamente apilada cuando para esa hora de la mañana el general los había hojeado todos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Acaba de llamar —le informó Danika sin saludarla—. Dijo que está llegando. Pidió que lo esperases. Tiene que hablar contigo.

La Diana asintió y se guardó de formular preguntas; sabía que no habría obtenido respuestas, sin mencionar que se lo habría considerado indiscreto. En L’Agence, el principio cardinal que se aprendía rápidamente rezaba que cada uno se ocupaba de sus asuntos y que solo se precisaba saber lo que los superiores juzgaban conveniente informar.

—¿Puedo? —preguntó La Diana, y señaló los periódicos.

Danika le entregó el primero de la pila, que resultó ser The London Times, y La Diana se sentó en uno de los sillones. Muchos artículos referían a los inminentes comicios en Estados Unidos, en los que George W. Bush y Al Gore se disputarían la presidencia al día siguiente. Otro hablaba de la separación de dos pequeñas siamesas; una moriría inevitablemente. El periódico también se ocupaba de las tormentas en la Europa oriental que se habían cobrado veinte víctimas. Siguió leyendo hasta que le llamó la atención un artículo acerca de la compra de un banco, el FBF Bank, con sede en Friburgo y cuyo precio se había acordado en trescientos cuarenta y cinco millones de marcos alemanes, más de ciento cincuenta millones de dólares estadounidenses. Venía siguiendo la noticia desde hacía semanas debido a la nacionalidad del comprador, el magnate serbio Aleksandar Ilić, dueño de un imperio del cual, algunos aseguraban, no se conocían los límites. A sus tantas empresas, entre las que destacaban una farmacéutica y una biotecnológica, ahora se le sumaba un banco, que si bien pequeño, La Diana no tenía duda de que el zar de los negocios, como lo apodaban, lo haría medrar hasta conducirlo a los niveles de las más reputadas entidades financieras del mundo.

Fijó la vista en la fotografía en blanco y negro de Aleksandar Ilić, quien, apoyado en un bastón, impecable en un traje oscuro y escoltado por dos guardaespaldas, sonreía a las cámaras y saludaba con la mano como si fuese una estrella de Hollywood. Era famoso por su carisma y su sonrisa fácil, por sus donaciones y trabajos de beneficencia, en especial para la construcción de la Republika Srpska, la entidad serbia nacida durante la guerra y refrendada en los Acuerdos de Dayton. El sector musulmán y croata se llamaba Federación de Bosnia-Herzegovina, y juntas conformaban la nación que el mundo conocía como Bosnia y Herzegovina.

La sonrisa de Ilić no la engañaba. Se preguntó cuánto de su fortuna destinaría a financiar las huidas y los escondites de las decenas de criminales de guerra serbios y serbobosnios que seguían en libertad después de haber violado todos los derechos humanos habidos y por haber. Raemmers le había asegurado que el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia lo había investigado concienzudamente y no había hallado nada, ni siquiera un indicio, que lo inculpase. “Entonces no lo investigaron tan concienzudamente, general”, había sido su respuesta, porque estaba segura de que Ilić no era trigo limpio.

Olvidó al magnate serbio con ciudadanía inglesa cuando dos palabras de otro titular captaron su atención: huérfanos y Sarajevo. Leyó el título completo. ¿Adónde fueron a parar los niños huérfanos de Sarajevo? El columnista era un tal Albert Coleman, y junto al nombre se detallaba la casilla de correo electrónico. Decidida a no leer el artículo para evitarse un mal rato, la curiosidad y un sentimiento más oscuro del que no deseaba conocer la profundidad ni las motivaciones la impulsaron a devorar los párrafos.

 

¿Adónde fueron a parar los niños huérfanos de Sarajevo?

por Albert Coleman

 

La pregunta hace temblar: ¿dónde están los niños evacuados de Bosnia durante la guerra? Cientos de niños bosnios han desaparecido. Fueron transportados por organizaciones no gubernamentales europeas fuera del territorio azotado por la cruel guerra de principios de los noventa, y no se ha vuelto a saber de ellos.

No todos eran huérfanos. Muchos fueron entregados por sus padres a las ONG para que los sacaran de un país que solo les ofrecía un destino nefasto. Desde hace años, sus familiares, aquellos que sobrevivieron, o amigos de sus familias están suplicando que se averigüe qué suerte corrieron. Pero gritan en el desierto, como el caso de Alma y Hamid, cuyo hijo Azem salió de Sarajevo en un convoy que lo conduciría a Alemania, donde sería protegido hasta que sus padres pudiesen unirse a él. “Nos dijeron que solo a los niños se les permitía abandonar Sarajevo, que los četniks —Alma se refiere despectivamente a los serbios, apelativo que acuñaron durante la Segunda Guerra Mundial— respetarían los autobuses con niños, pero no fue así. La Cruz Roja averiguó que el convoy en el que viajaba nuestro hijo cayó en manos de los četniks antes de que pudiese llegar a Croacia. Secuestraron a siete pequeños por tener nombres musulmanes, entre ellos a mi Azem. La Cruz Roja ha rastreado a mi hijo hasta Belgrado, donde fue internado en un hospital, no sabemos por qué. Luego fue llevado a Montenegro. Allí se pierde el rastro. Creemos que le pasó lo peor, y ya hace tantos años. Temo que no volveré a verlo”.

Otro caso que conmociona al mundo es el de Gordana, una niña de Srebrenica, quien terminó en manos de proxenetas en Milán y que hace poco consiguió escapar y pedir refugio a una ONG que se ocupa de combatir el tráfico sexual. “Salimos de Bosnia en avión y aterrizamos en Milán”, nos cuenta Gordana. “A mí me entregaron a una pareja que me adoptaría, ya que yo había perdido a mis padres y a mis hermanos. Pero la pareja no era un verdadero matrimonio sino unos proxenetas que me obligaron a prostituirme desde los catorce años, cuando yo ni siquiera sabía bien lo que era el sexo”. Lamentablemente Gordana es VIH positivo como consecuencia de este comercio aberrante.

Consultada la vocera de la ONG Defensores de los Derechos Humanos, Dorianne Jorowsky, asegura que se está trabajando con los servicios de inteligencia para averiguar sobre estos niños. “Hemos localizado a varios que fueron comprados por matrimonios ricos de la Europa occidental. Como eran niños blancos, muchos de ellos rubios y de ojos celestes, se cotizaban en miles de dólares. Este es el mejor escenario pues si bien fueron arrebatados a sus padres, han vivido en hogares y, esperamos, han sido amados y protegidos. Ahora la justicia intervendrá”. Al preguntarle quiénes los vendían, Jorowsky contestó que no podía precisar nombres en esta etapa de la investigación, que era parte del secreto de sumario.

En cuanto al resto del cual nada se sabe, ¿cuáles son las sospechas? “Seré sincera”, confiesa Jorowsky, “no tenemos mucha fe de hallarlos con vida. Creemos que han pasado a formar parte del circuito de tráfico de órganos, en el cual se mueven ingentes cantidades de dinero, o bien del tráfico sexual, otro negocio que se está convirtiendo en uno de los más redituables junto con el de la droga”.

Las autoridades bosnias admiten que muchas veces confiaron en organizaciones con antecedentes poco claros, como la que habían fundado en aquella época el milanés Flavio Gabrielli, de dudosa reputación aun antes del inicio de la guerra, y su amigo el austríaco Klaus Lang, al que se sabe desde hace tiempo relacionado con el tráfico de armas y estupefacientes. Se dice que Lang puso a disposición de Gabrielli su línea aérea comercial FlyFree Airways para transportar a centenares de niños. En su defensa, Gabrielli y Lang aseguran haber entregado los niños a las autoridades en los aeropuertos de destino.

Los carabinieri han intentado apresar a Gabrielli pero se ha fugado, y son sus abogados, de un estudio muy prestigioso de Londres, los que hablan por él. Lo mismo han tratado de hacer las autoridades austriacas con Lang. Interpol y Europol van tras sus huellas.

El último autobús desaparecido en suelo bosnio partió desde Sarajevo la madrugada del 6 de febrero de 1996, a menos de dos meses de terminada la guerra. Los niños que viajaban a la ciudad de Split en Croacia pertenecían al orfanato Mariscal Tito. El vehículo con los huérfanos se desvaneció y en su lugar quedaron dos cadáveres, el del chofer y el de la directora del hospicio, Olga Oltrović, hallados al borde de la ruta, a pocos kilómetros de la localidad de Međugorje, asesinados con armas de fuego. No hay testigos. Han pasado más de cuatro años desde este hecho atroz, y nada se sabe de los asesinos. Ni, por cierto, de los niños secuestrados.

En los últimos días, investigadores de Interpol han deslizado la posibilidad de que se les hubiese pagado a los padres miles de marcos alemanes (moneda de uso corriente en la ex Yugoslavia durante la guerra) para que estos aceptaran enviar a sus hijos en los convoyes. Esta información, de verificarse, echaría más oscuridad sobre una noticia de por sí escalofriante.

 

Acabó la lectura con las axilas sudadas y las mandíbulas contraídas. Así la encontró el general Raemmers, que, luego de destinarle un vistazo, masculló órdenes a las secretarias sin detenerse en el avance hacia el despacho. Lo seguía Hela Hansen, una noruega a quien de espaldas se la confundía con un hombre; usaba el cabello de un rubio blanquecino al ras y sus hombros eran los de un quarterback. Hela Hansen y ella eran las únicas mujeres de L’Agence que “bajaban al terreno”, eufemismo que se empleaba para significar que eran las únicas mujeres soldado de la institución. Las demás congéneres se desempeñaban como secretarias o bien trabajaban en otros sectores, como el de Informática.

El general se detuvo antes de ingresar en el despacho y susurró algo a Hela de lo cual La Diana solo captó “prepara la MSM”. Desde su ingreso en L’Agence en febrero del año anterior había aprendido que la jerga militar se componía especialmente de siglas, en su mayoría de origen inglés, como esa, MSM, que significaba mission strategy meeting, una reunión con los diferentes equipos de la organización para trazar la estrategia de un operativo.

Hela contestó en su inglés perfecto y abandonó la antesala sin saludar a nadie; era tan fría como las tierras de las cuales provenía, característica que a La Diana no solo no la fastidiaba sino que le convenía. Padeciendo afenfosfobia o, como otros la llamaban, hafefobia, una condición por la cual no toleraba el contacto físico humano, se sentía cómoda entre personas distantes como Hela.

—Diana —llamó Raemmers, y la joven devolvió el periódico a la pila antes de dirigirse al despacho del jefe—. Cierra la puerta y siéntate.

Sabía que el general había viajado la semana anterior a Bruselas, sede de los cuarteles generales de la OTAN, para asistir a la reunión de los miércoles con el Consejo del Atlántico Norte, la máxima autoridad de la alianza. Acababa de regresar a Londres. Se lo veía tenso, demacrado. Las penalidades sufridas en el último año comenzaban a pasarle factura. La pérdida de su única nieta, Birgitta, a causa de una sobredosis de heroína; la muerte en un accidente aéreo de Yura Christiansen y Miki, la hija y la nieta de su mejor amigo; y meses más tarde, el ictus de su esposa Charlotte que la había confinado a una silla de ruedas, se sumaban a las presiones y a los problemas de L’Agence y de la OTAN. El general era uno de los hombres más sólidos y estables que conocía, pero todo tenía un límite.

—Te mandé llamar para anunciarte que te unirás a La Uno —Raemmers aludía a una de las dos escuadras de L’Agence— para ir tras un criminal de guerra. También participarán tres hombres de Eurocorps. ¿Quieres un café?

La Diana dijo que no. Raemmers se puso de pie y se sirvió uno. Regresó al escritorio y sorbió un trago. Las preguntas flotaban en el aire, pero La Diana no las formularía en tanto el general no la autorizase a hablar.

Conocía bien Eurocorps, un ejército exclusivamente europeo creado bajo la órbita de la Unión Europea y de la OTAN, por el cual el general Raemmers mostraba una indiscutible preferencia. Eran frecuentes las misiones conjuntas, como también los entrenamientos y los cursos dictados por el personal de L’Agence a los menos capacitados de Eurocorps, lo que a veces suscitaba roces entre Raemmers y su segundo en el mando, el teniente general portugués Alberto de Souza, un cuarentón simpático y bonachón con el cual Raemmers trabajaba desde hacía años y con quien, se rumoreaba, estaba de acuerdo en todo excepto en una cuestión: la preponderancia militar y política de la OTAN en el siglo XXI.

Se decía que en las reuniones del Consejo del Atlántico Norte, a las cuales se lo invitaba a participar con frecuencia, el general danés postulaba desmantelar la organización que había servido para combatir la Guerra Fría y, en su lugar, crear una institución exclusivamente europea. De Souza, por el contrario, se declaraba fanático de la alianza del Atlántico Norte y proponía redoblar el presupuesto, el armamento y el personal.

—Se trata de un criminal de las guerras yugoslavas —prosiguió Raemmers, y fijó la vista en La Diana, que instintivamente se aferró a los costados de la butaca—. Acabo de recibir la información. Llamé a Hela y le pedí que fuese a buscarme al aeropuerto para ponerla al tanto y ganar tiempo. Contamos con unos días. Nuestros informantes sostienen que podría estar planeando cambiar de escondite. Su nombre es Ante Dabić.

El general arrastró una fotografía a través del escritorio. El efecto de la imagen resultó devastador. Las uñas de La Diana se enterraron en la tapicería, y se resignó a experimentar el golpe en el pecho, el que ella asociaba a los recuerdos. El golpe llegó, y le cortó el respiro. Nadie, sin embargo, habría afirmado que la declaración del militar la había perturbado. Después de veinte meses en L’Agence, sometida a pruebas y entrenamientos severísimos, se había convertido en lo que tanto había deseado: una máquina.

“¿Qué esperas al pasar a formar parte de mi SF?”, le había preguntado Raemmers en febrero del año anterior al proponerle que se uniese a la institución. Gracias a Eliah Al-Saud, su gran amigo y ex soldado de L’Agence, sabía que la sigla SF correspondía a la expresión special force, como se conoce a los grupos de élite.

Le había respondido de inmediato, sin dudar ni quitar los ojos de los celestes y penetrantes del militar: “Quiero convertirme en una máquina para matar”. “Si estás dispuesta a someterte a la instrucción que aquí podemos brindarte, te convertirás en eso y en más”, había prometido el general, y había cumplido.

Después de casi un año transcurrido en los campos de adiestramiento más avanzados y exigentes del mundo, percibía que así como los músculos se le habían endurecido y contorneado y su cuerpo trabajaba con la eficiencia de un mecanismo bien aceitado, su espíritu y su mente habían adquirido una fortaleza que la desembarazaba del último vestigio de vulnerabilidad. La habían preparado para enfrentar cualquier situación. Se le habían afilado los sentidos, y sus reflejos saltaban a la menor provocación. Sabía de armas, bombas y estrategias de guerra. Era experta en destreza de campo y técnicas de supervivencia. Sabía de camuflaje, navegación en agua y en tierra, selección del mejor sitio para disparar atendiendo a cuestiones como la luz, el viento, la humedad y la distancia, como también la determinación de la dirección y del alcance del fuego enemigo. Le habían enseñado tácticas de escape y evasión, y cómo seguir a un objetivo sin ser advertida. Las destrezas en artes marciales que había comenzado a desarrollar con su maestro japonés Takumi Kaito se habían convertido en uno de los talentos que le otorgaban fama en L’Agence. Y así como practicaba ninjutsu y krav magá, también cultivaba disciplinas que la ayudaban a serenar el espíritu, como tai chi chuan, con ejercicios que la sumían en estados de meditación en los cuales las pulsaciones descendían a treinta latidos por minuto; jamás habría alcanzado ese nivel cardíaco sin el estado físico que poseía; no era para menos con la disciplina de entrenamiento diario que seguía al pie de la letra.

Durante el año posterior a la muerte de su amado Sergei Markov se había propuesto transformarse en una máquina para matar y lo había logrado. Y todo por un único objetivo: dar caza y asesinar a los que las habían destrozado, a ella y a su hermana menor Leila, en el campo de concentración de Rogatica, una ciudad al este de Bosnia y Herzegovina. Aniquilaría a todos y a cada uno de ellos, pero en especial a él, a Vuk.

Y ahora, frente a la fotografía de Ante Dabić, uno de los hombres de confianza de Vuk, el pánico conocido ocho años atrás reaparecía como si el proceso de metamorfosis sufrido en los últimos meses jamás hubiese tenido lugar. ...