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ARDIENTE DESEO (TRILOGíA PECADO 2)

J. Kenner  

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Fragmento

Mis primeros recuerdos son de Dallas. Estar con él. Reír con él.

Amarle.

No sé cuándo me di cuenta de que eso estaba muy mal, cuándo comprendí de verdad que teníamos que mantener nuestro creciente deseo en secreto. Solo sé que ardía dentro de nosotros, como una chispa que espera convertirse en fuego. Que cuando ocurrió lo peor, mientras estuvimos cautivos en la oscuridad, dejaron de importarnos las reglas, las expectativas, los tabúes y los castigos.

Lo único que queríamos era sobrevivir. Lo único que nos importaba era hallar consuelo en los brazos del otro, y el mundo exterior podía irse al infierno.

En muchos aspectos, aquellas semanas interminables y oscuras fueron las mejores de mi vida. Aterradoras y espantosas, sí, pero nos pertenecíamos el uno al otro. En cuerpo y alma. Por completo.

Después, cuando regresamos al mundo real, nos separamos, dejamos de lado todo lo que habíamos sido el uno para el otro. Lo enterramos.

Un recuerdo único. Un interludio traumático.

Un error.

Porque somos hermanos; familia por adopción como si lo fuéramos de sangre, e igual de unidos por la necesidad. El deseo. El amor.

Durante diecisiete años combatimos contra nuestro deseo, pero eso ha terminado. Ninguno de los dos puede seguir luchando y hemos sucumbido al paraíso en brazos el uno del otro.

Es un amor prohibido, una pasión oculta.

Es un secreto, y tiene que seguir siéndolo.

Pero los secretos me asustan, porque las cosas ocultas en la oscuridad tienen poder.

Dallas y yo lo sabemos mejor que nadie.

Por eso, aunque ahora soy más feliz que nunca, también tengo más miedo del que recuerdo haber tenido en toda mi vida. Porque ahora entiendo lo que está en juego.

Conozco el poder de los secretos.

Y me aterra que los nuestros nos destruyan.

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Pequeñas mentirosas

El universo es muy injusto.

Esta mansión de Southampton ha sido mi paraíso personal durante cuatro largos y lujosos días. Aquí han adorado mi cuerpo. Acariciado mi piel. Me ha ardido la sangre con una pasión que llevaba cociendo a fuego lento diecisiete interminables años. Me ha tocado, besado y venerado el hombre al que he amado toda mi vida y he disfrutado de la libertad de explorar cada centímetro de él. Mis labios sobre su mandíbula fuerte, sus abdominales marcados. Mi lengua saboreando la dulzura de su piel y el sabor salobre de su polla.

Hemos hecho el amor con ternura, después con violencia, y más tarde de nuevo con ternura. Nos hemos acurrucado juntos. Hemos visto la televisión hasta tarde, con las piernas entrelazadas, hasta que la sensación de su piel contra la mía ha sido más fuerte que nosotros y hemos silenciado las voces de los presentadores de los programas de entrevistas para explorarnos mutuamente a la luz de la pantalla.

Hemos nadado desnudos en la piscina durante el día y paseado por la playa a la luz de la luna.

Estos días han sido un regalo. Una recompensa.

Un paraíso sensual y decadente.

Pero todo ha cambiado esta mañana, y ahora esta mansión que adoro se ha transformado en el infierno. Un averno suntuoso con una fresca brisa oceánica, mueble bar, camareros uniformados que ofrecen sushi y canapés, y el hombre al que amo acariciándole el culo a una rubia descarada cuyas tetas amenazan con salírsele del minúsculo vestido como se le ocurra estornudar.

¡Zorra!

Y no soy la única que fantasea con el asesinato de la putilla rubia. De hecho, estoy segura de que todas las mujeres de los alrededores acabarían con ella en un suspiro para poder ocupar el lugar de la muy imbécil al lado de Dallas. Dallas Sykes. El infame chico malo multimillonario. El hombre conocido públicamente como uno de los dos herederos de la fortuna de la familia Sykes y al que las mujeres de todo el país se refieren de forma reverencial como «el rey del sexo».

El hombre al que amo.

Al que puedo tener en privado, pero jamás en público.

Mi hermano.

¡Joder!

La putilla se arrima a él y yo me doy la vuelta cuando le tironea del lóbulo de la oreja con los dientes. El tormento que soy capaz de soportar tiene un límite, así que me dirijo hacia el bar.

—Woodford Reserve. Con dos hi

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