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ARMADA

Ernest Cline  

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Fragmento

Título original: Endymion

Traducción: Carlos Gardini

1.ª edición: marzo 2016

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-387-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice de contenido Dedicatoria Fase 1 1 2 3 4 5 6 7 Fase 2 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 Fase 3 22 23 24 25 26 Epílogo Cassette Agradecimientos

Para el comandante Eric T. Cline

del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos,

la persona más valiente que conozco

Semper Fi, hermanito

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Jugar a videojuegos es el único uso legítimo que se le puede dar a un ordenador.

Eugene Jarvis, creador de Defender

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ESTABA MIRANDO ENSOÑADO POR LA VENTANA DEL AULA CUANDO VI EL PLATILLO VOLANTE.

Parpadeé por si me engañaba la vista, pero seguía estando allí fuera. Era un disco de cromo brillante que zigzagueaba en el cielo. Forcé los ojos para intentar seguir al objeto a lo largo de una serie de giros cerrados imposibles a velocidad de vértigo, que habrían hecho papilla a un ser humano si lo hubiera a bordo. El disco avanzó a toda velocidad hacia el lejano horizonte y se detuvo en seco. Se quedó allí quieto, flotando durante unos segundos sobre una arboleda en la lejanía, como si estuviera analizando el terreno con un rayo invisible. Y luego se volvió a lanzar de improviso hacia el cielo, en una nueva sucesión de cambios de trayectoria y velocidad que desafiaban las leyes de la física.

Intenté mantener la calma y tomármelo con escepticismo. Me recordé que era un hombre de ciencia, aunque no acostumbrara a sacar más de un 5 en la asignatura.

Lo volví a mirar. Seguía sin poder distinguir lo que era, pero sí que sabía lo que no era. No era un meteorito. Ni un globo meteorológico, ni gases de los pantanos, ni un rayo globular. No, era evidente que ese objeto volador no identificado que estaba viendo con mis propios ojos no era de este mundo.

Lo primero que pensé fue: «La puta hostia.»

Seguido de un: «No me lo puedo creer. Por fin está ocurriendo.»

Desde mi primer día en la guardería siempre había esperado con ansia un acontecimiento increíble y sobrecogedor que fuera capaz de cambiar el mundo y hacer añicos la interminable monotonía de la educación pública. Había pasado cientos de horas contemplando el paisaje tranquilo y provinciano que rodeaba mi escuela, anhelando en silencio que llegara un apocalipsis zombi, que un extraño accidente me otorgara superpoderes o la aparición repentina de un grupo de enanos cleptómanos capaces de viajar en el tiempo.

Diría que aproximadamente un tercio de aquellas fantasías oscuras incluían la llegada inesperada de seres de otro mundo.

En realidad, nunca esperé que algo así llegara a ocurrir. Aunque los visitantes alienígenas hubieran decidido pasarse por este pequeño y completamente insignificante planeta verdeazulado, ningún extraterrestre que tuviera algo de dignidad se plantearía mi ciudad natal de Beaverton en Oregón —también conocida como Villa Bostezos, Estados Unidos— como lugar para un primer contacto. No a menos que el plan fuera destruir nuestra civilización eliminando primero a los lugareños menos interesantes. En caso de que el universo tuviera un centro radiante, me encontraba en el planeta más alejado de él. Por favor, tía Beru, pása

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