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ASALTO AL MUNDIAL

Gustavo Grabia

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Desde tiempos inmemoriales, el deporte ha sido visto como un sucedáneo de los campos de batalla. El propio barón Pierre de Coubertin, fundador de las Olimpíadas modernas, había advertido que puede ser utilizado para la paz o para la guerra. Y el fútbol es el rey de los deportes. Con un agregado: cuando en el siglo 20 se popularizó y se convirtió en el espectáculo de masas por excelencia, lo que en principio era una válvula de escape semanal pasó a ser el ritual más grande del universo, constituyéndose en una nueva religión. De allí surgieron pastores como Maradona y Messi, evangelizando al planeta a partir del mensaje supremo que nacía en sus pies, pero también cruzados dispuestos a llevar adelante una guerra santa. Porque lo que antes era un juego, ahora es nosotros o ellos. Y en ese marco, aprovechándose del nacionalismo, el chauvinismo y los recursos más viles de la naturaleza humana, los barras se convirtieron en reyes persiguiendo un ideal de pureza que esconde un negocio gigantesco. Algunos lo ven y lo sufren a diario en sus países. Pero el teatro mayor de sus operaciones fueron, son y serán los Mundiales de Fútbol, ese lugar icónico donde se dirime ficticiamente la supremacía del más apto. Y allí, los soldados del paravalanchas han hecho estragos. Y dentro de ese mundo, los nuestros van siempre a la cabeza. Esta es, entonces, la historia de la barra brava de la Selección, o cómo la Argentina entrega cada cuatro años su honra a los leones. Desde el iniciático Uruguay 1930, con la famosa batalla del Río de la Plata, hasta lo que se espera de Rusia 2018, con La Doce al frente. En el medio, el uso de los barras para perseguir opositores en el Mundial 78, la excursión fallida a España por la Guerra de Malvinas, las batallas contra los hooligans de México 86 y Francia 98, el recibimiento deshonroso a la vuelta de Suecia 58, el safari por Sudáfrica 2010 y cómo los violentos de distintos equipos argentinos fueron tejiendo alianzas, lides y mentiras en pos de un solo objetivo: ser la barra oficial albiceleste, la que lleve en alto una camiseta de la Selección, pero manchada de sangre.

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UN CHARCO DE VIOLENCIA

CAMPEONATO SUDAMERICANO DE SELECCIONES 1916

Hay que remontarse un siglo atrás para encontrar el germen de la violencia barrabrava en la Selección. Claro, aún no se denominaban así los grupos de hinchas que se radicalizaban y terminaban produciendo bataholas con heridos y hasta víctimas fatales, ni había dinero de por medio como en la actualidad. Pero el huevo de la serpiente se engendró mucho antes de que el mundo conociera la palabra barra. El primer reporte siguiendo al equipo nacional data de 1916, cuando se disputó en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires el primer Campeonato Sudamericano de Selecciones, antecedente de la actual Copa América. Eran los países rioplatenses quienes disputaban el orgullo de ser los mejores del continente. Ambos habían vencido con claridad a Chile (la Argentina 6 a 1 y Uruguay 4 a 0), pero al momento de enfrentar a Brasil la Selección sólo logró un empate en cero mientras que los charrúas se alzaron con la victoria por 2 a 1. Así llegaron a la última fecha con la Celeste arriba por un punto sobre la Argentina, la que debía ganar para quedarse con la Copa. El partido se pactó a las dos de la tarde del 16 de julio de 1916. Pero apenas duró cinco minutos. La multitud que se acercó a GEBA desbordó la capacidad y, ante el riesgo general, el árbitro chileno Carlos Fanta lo suspendió. Lo que siguió fue la muestra de lo que iba a venir en los siglos venideros. Un primer tumulto con la policía y una caótica salida, que incluyó faroles y autos rotos y dos tablones del estadio de madera incendiados. El encuentro se reprogramó para el día siguiente en el estadio de Racing. Fue empate ante 17.000 espectadores y se consagró Uruguay. Pero las relaciones futbolísticas entre los dos países hermanos sufrirían una herida que se iba a profundizar de manera dramática poco tiempo después. Porque Uruguay siguió mandando y eso generó de este lado del charco un resentimiento que tuvo un pico importante cuando el 9 de junio de 1924 la Celeste se consagró campeona en los Juegos Olímpicos de París, a los que la Argentina no había concurrido. Para saldar la deuda narcisista, la Argentina desafió a Uruguay a enfrentarse en un partido ida y vuelta, para ver quién era realmente el mejor. El primer encuentro se jugó en Montevideo el 21 de septiembre. Fue a estadio lleno y terminó 0-0. El partido de vuelta fue histórico y cambiaría para siempre la forma de ver el fútbol por estos lares. Se había programado para el 28 de septiembre en el estadio de Sportivo Barracas, cuya capacidad era para 37.000 espectadores y era el escenario excluyente por entonces para cualquier competencia deportiva. Pero esa tarde, deseosos de venganza hubo, según las crónicas, entre 45.000 y 50.000 personas. Apenas empezado el partido, la presión de los hinchas llevó a una multitud a ingresar al campo de juego. Lo que debía ser una fiesta, se convirtió en un caos. Al árbitro Ricardo Vallarino no le quedó otra que suspender el encuentro. La revista El Gráfico señaló en su crónica: “Mentiríamos si dijésemos que nos ha sorprendido lo que ocurrió. Aún más, nos animamos a afirmar que cada uno de los asistentes al salir de su respectivo domicilio para encaminarse a la cancha preveía los acontecimientos. Se culpa a más de una autoridad el desborde de público. Hay quienes acusan a las autoridades de la Asociación de vender un número excesivo de localidades dando rienda suelta al deseo de lucrar. Otros atribuyen a la policía falta de vigilancia en la tarea de contener al público ubicado en las proximidades del estadio y que, en un momento dado, atropelló las puertas y escaló las paredes”. Afán de lucro, complicidad policial, violencia de los espectadores. El cóctel explosivo que hoy tiene de rehén al fútbol argentino estaba incubándose. Aquella jornada fue un verdadero escándalo para la época, con combates a pedradas que dejaron varios heridos. Pero lo peor todavía estaba por suceder. El encuentro se reprogramó en el mismo estadio para una semana después: el 2 de octubre. Cuando el público ingresó, se encontró con una novedad: cual zoológico, se había puesto un cerco perimetral de 12 metros de altura alrededor del campo de juego, para que los hinchas no lo invadieran. Era el debut del alambrado olímpico, llamado así porque quienes estaban enfrente de la Argentina eran los campeones olímpicos de París 1924.

A tono con esa tensión, el partido fue violentísimo. A los 15 minutos del primer tiempo, se dio otra curiosidad. El delantero de Huracán, Cesáreo Onzari, ejecutó un córner desde el sector izquierdo y la pelota tomó una parábola extraña ayudada por el viento y terminó adentro del arco. Fue el primer gol olímpico de la historia. Después aumentó el delantero de Boca, Domingo Tarasconi, y descontó el uruguayo Pedro Cea. Pero cuando Uruguay arreciaba por el empate, en una desgraciada jugada Adolfo Celli, el Alemán, defensor de Newell’s de gran porte, terminó con fractura de tibia y peroné, lo que determinaría el final de su carrera. El público quiso tomar venganza y empezó a arrojar piedras sobre todo hacia José Leandro Andrade, el primer gran futbolista negro de la historia rioplatense. Y este las devolvía. A eso se sumaron sus compañeros y la Policía ingresó al campo para parar a los futbolistas. No hubo caso: el mago charrúa, Héctor Scarone, le pegó a un oficial y todo se desmadró en una batalla campal sin precedentes hasta entonces. Obvio, el partido se suspendió con la victoria argentina por 2 a 1. Pero la violencia había llegado para quedarse.

“Pocas veces hemos experimentado en un campo de juego la impresión dolorosa, de desconcierto, que sufrimos ante el epílogo que tuvo el encuentro. Las escenas de guerrillas entre los campeones olímpicos y el público, aquella otra de Scarone luchando a brazo partido con los agentes de policía, no tienen precedente en las luchas internacionales rioplatenses. De cómo se pudo llegar a esa exaltación y falta de buen tino, es lo que no nos explicamos, y si buscamos su origen debemos decir en honor a la verdad, que lo encontraríamos por igual en la conducta de ambas partes. No de otra manera se explica el juego algo brusco de los visitantes cuando comprobaron el poder del team argentino, como tampoco se explican las botellas y piedras que por tal causa les fueron arrojadas. La nota máxima de la locura la dieron la casi totalidad de los campeones olímpicos dejando de jugar para entregarse a una verdadera batalla con el público”, reflejó El Gráfico en su narración. Era el puntapié inicial de lo que vendría. Y que traería, apenas un mes después, mucho más dolor: el primer asesinato en el marco de un partido de fútbol, el primer asesinato en el marco de un encuentro de la Selección.

LA CAMISETA SE TIÑE DE SANGRE

URUGUAY 1930

Apenas diez días más tarde de lo sucedido en Sportivo Barracas, arrancaba en Montevideo una nueva edición del Sudamericano, cuyo partido inaugural enfrentaba a la Argentina con Paraguay en el Gran Parque Central, el 12 de octubre. Los alrededores del estadio estaban repletos de carteles con las frases “El que ataca escudado en el anonimato es un cobarde” o “El que arroja una piedra a un jugador indefenso es un cobarde”. Era tanto un aviso al público local como un recordatorio de lo que había sucedido en Buenos Aires. La tensión fue en alza pero en aquel partido, que terminó empatado en cero, afortunadamente nada ocurrió. Sin embargo, quince días más tarde, otra vez la final se vestía de clásico rioplatense. En la tarde del 2 de noviembre de 1924, ante un estadio repleto, el empate en cero benefició a los charrúas que se adjudicaron su cuarta Copa América. A la salida del estadio se produjo una pelea con hinchas argentinos en las inmediaciones del hotel Colón, en la esquina de Mitre y Rolón, plena Ciudad Vieja, donde se alojaba nuestra Selección. Porque si bien la Copa se había quedado en Uruguay, los argentinos festejaban que el campeón olímpico no había podido vencerlos, cuando un mes atrás, en Buenos Aires, el partido había terminado 2-1 para la Selección albiceleste. Cuando un grupo de uruguayos los empezó a cargar por “celebrar un subcampeonato”, las pasiones se desataron. La pelea dejó un muerto por arma de fuego, Pedro Demby, uruguayo, 22 años y, según un estudio realizado por el especialista en violencia en el fútbol Amílcar Romero, este es el primer hecho comprobable de un crimen por violencia en el fútbol donde esté implicado un barra argentino porque todos los caminos “apuntaban a José Stella, más conocido como Pepino El Camorrista, un protegido del arquero de Boca, Américo Tesorieri, que desde chiquilín se paraba siempre detrás del arco de su ídolo, y al que los boquenses habían adoptado como mascota” (Muerte y violencia en el fútbol, Amílcar Romero, 2002). A Pepino, que se alojaba en el hotel Colón, se lo vio aquel día liderando la barra argentina, que había arribado en dos viajes del Vapor de la Carrera, el barco que por entonces cubría el trayecto entre Buenos Aires y Montevideo. Pepino usaba un funyi negro. Una de las pistas que lo incriminaban fue el sombrero que según declararon testigos del hecho portaba quien hizo los disparos. Ese sombrero, que quedó tirado a menos de cuarenta metros del cuerpo de Demby, tenía estampada la etiqueta del comercio donde había sido adquirido: Casa Grande y Marelli, Almirante Brown 870, corazón de la República de La Boca. Pero la investigación judicial no llegó a ninguna conclusión. “Lamento vivamente el incidente sangriento que ha sombreado el digno y prestigioso signo de cultura y noble espíritu deportivo. Stop”, escribió telegráficamente Vicente Gallo, ministro del Interior argentino, a su par uruguayo. Fue todo lo que se hizo oficialmente para desentrañar el caso. Corría 1924 y la violencia en el fútbol, originada por un barra, se cobraba su primera víctima. Y no era de una barra cualquiera: era de la primigenia Doce, la que dominaría mucho tiempo después cada tribuna donde jugara la Selección.

Lo que vino después fue echar sal sobre la herida abierta. Uruguay volvió a consagrarse en los Juegos Olímpicos de 1928 en Ámsterdam y justamente en la final contra la Argentina, que en esta ocasión sí había decidido participar, más que nada para alzarse con la presea dorada y establecer una paridad con el vecino del charco. Pero la derrota 2 a 1 aquel 13 de junio en la cancha tuvo un sucedáneo fuera de ella. Ambos planteles debían partir en barco desde París hacia Sudamérica. Aprovechando que estaba de gira en la Ciudad Luz, Carlos Gardel invitó a todos los players a una cena de camaradería en un cabaret donde puso una mesa larga e intercaló un uruguayo, un argentino. Pero su intento de confraternización no arribó a buen puerto. No había llegado el segundo plato cuando las discusiones comenzaron a subir de tono más que nada entre el delantero argentino Raimundo Orsi y el volante uruguayo Leonardo Andrade. Gardel, ducho, para calmar las aguas invitó a Orsi, que además de futbolista era un buen violinista que había participado de la orquesta de Francisco Canaro, a sumarse a la orquesta. No llegó a interpretar un tema completo que otra vez empezó la pelea en la mesa y Orsi, directamente, le partió el violín en la cabeza a Andrade. Era, increíblemente, un Stradivarius.

En ese contexto, 1930 marcaba el primer Mundial de Fútbol y la sede elegida era Montevideo, teniendo en cuenta que Uruguay era el bicampeón olímpico. Estaba claro que la recepción para los argentinos no iba a ser la mejor. Y que los nuestros, acompañando a la Selección, no pensaban dar un paso atrás. La Argentina compartía grupo con Francia, Chile y México. El debut triunfal 1 a 0 contra los galos mostró una gragea de lo que se vendría. Todos los periódicos de la época coincidieron en que los hinchas uruguayos les arrojaron todo tipo de proyectiles e insultaron a los argentinos los 90 minutos. Y apenas el árbitro Gilberto de Almeida pitó el final, muchos decidieron invadir la cancha a increpar a los jugadores albicelestes, lo que creó un clima de tensión que provocó la baja de presión de Roberto Cherro, quien terminó desmayado. Al abandonar el estadio, según el diario La Nación, el micro que debía transportar al plantel hasta el hotel en la Barra de Santa Lucía fue rodeado por furiosos hinchas locales y uno arrojó una piedra contra el vehículo y le rompió uno de los cristales. No éramos, lo que se dice, bienvenidos. Y hasta se debatió abandonar el torneo. Tuvo que intervenir el propio presidente uruguayo, Juan Campisteguy, para garantizar la seguridad a jugadores e hinchas y así lograr que la Selección siguiera jugando.

Como era obvio, ambos hermanos rioplatenses terminaron llegando a la final. El chauvinismo ya estaba instalado. Y los medios argentinos hicieron poco por frenarlo. Más cuando se supo que los jugadores estaban siendo amenazados de muerte por los uruguayos. Era tal el clima que se vivía que el goleador xeneize Roberto Cherro se había autoexcluido, el delantero de Estudiantes Alejandro Scopelli también se quedó afuera y el doble ancho Luis Felipe Monti, clave en aquella selección jugando como volante de contención, decidió ir con menos vehemencia que de costumbre a la pelota tras recibir amenazas de muerte él y su familia. “Durante aquel partido tuve mucho miedo porque me amenazaron con matarme a mí y a mi madre. Estaba tan aterrado que ni pensé en el partido que estaba jugando y perjudiqué así el esfuerzo de mis compañeros”, admitió Monti tiempo después. Cuando esa información cruzó el Río de la Plata, los argentinos decidieron ir en masa a Uruguay a bancar la parada. Treinta mil de los nuestros intentaron subirse a los barcos al grito de “Argentina sí, Uruguay no” y “Victoria o muerte”. Pero más de la mitad no logró ingresar al vecino país. Entre la niebla que perjudicó el viaje y la requisa exhaustiva de la Policía uruguaya en la frontera, que tenía la orden de que no ingresara casi nadie, apenas diez mil lograron llegar al Parque Central, donde se jugaba el encuentro. Y no la pasaron nada bien ante los 60.000 uruguayos que coparon el Parque Central. Antes del partido, por las calles del Puerto, un grupo de locales paseó un féretro con los colores albicelestes. En el campo, la Argentina hizo un primer tiempo com ...