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ASESINO EN LA OSCURIDAD (DETECTIVE WILLIAM MONK 15)

Anne Perry  

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Fragmento

1

El puente de Waterloo se alzaba a lo lejos mientras Monk se ponía un poco más cómodo en la proa de la lancha de la policía que patrullaba el Támesis al acecho de cargamentos robados, accidentes y embarcaciones desaparecidas. Eran cuatro hombres a bordo: él como oficial superior y tres más a cargo de los cuatro remos, empuñando dos el que iba sentado a media eslora y sólo uno los situados a proa y popa. Monk iba muy rígido enfundado en el chaquetón del uniforme. Corría enero y hacía un frío glacial. El viento rizaba el agua y cortaba la piel como el filo de un cuchillo, pero Monk no quería que le vieran temblar.

Hacía cinco semanas que había aceptado el puesto al frente de aquella sección de la Policía Fluvial. Aun siendo tan reciente, ya lamentaba haber tomado esa decisión, y ese sentimiento aumentaba con el paso de los días, gélidos y húmedos, mientras 1863 devenía 1864 y un invierno inmisericorde se adueñaba de Londres y de su transitado río.

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La lancha se balanceó al penetrar en la estela de una hilera de gabarras que remontaba la corriente aprovechando la marea alta. Orme estabilizó la lancha con destreza desde su puesto en la popa. Era un hombre de estatura mediana y agilidad y fortaleza engañosas, como mostraba en el manejo del remo. Tal vez tras tantos años en el agua había aprendido que con un movimiento brusco resultaba muy fácil hacer volcar una barca.

Se aproximaban al puente. En la tarde gris, antes de que se encendieran las farolas, veían el tráfico que lo cruzaba: sombras oscuras de coches de dos y cuatro ruedas. Aún estaban demasiado lejos para oír el sonido de los cascos de los caballos por encima del ruido del agua. Un hombre y una mujer se habían detenido en la acera cara a cara, junto a la barandilla, como si conversaran. Monk pensó distraídamente que lo que se estuvieran diciendo debía de importarles sobremanera para prestar tanta atención en un lugar sombrío y expuesto como aquél. El viento tiraba de las faldas de la mujer. A esa altura y sin resguardo alguno debía de estar pasando más frío que el propio Monk.

Orme guió la lancha hacia el centro del río. Volvían a bajarlo para regresar a la comisaría de Wapping, donde tenían su jefatura. Seis semanas antes Durban estaba al mando y Monk era investigador privado. Aún no podía pensar en ello sin que se le hiciera un nudo en la garganta, sin una sensación de soledad y culpabilidad que dudaba mucho que algún día remitiera. Cada vez que veía a un grupo de la Policía Fluvial, y entre ellos la silueta de un hombre que caminaba despreocupado y sin prisa, con la espalda un poco encorvada, creía que esa figura iba a volverse, y que en ella vería el rostro de Durban. Pero entonces la memoria lo devolvía a la realidad, y Monk comprendía que eso no iba a suceder nunca más.

El puente estaba ya a poco más de cincuenta metros. La pareja seguía allí arriba, junto a la balaustrada. El hombre sostenía a la mujer por los hombros, como si fuera a abrazarla. Tal vez fuesen amantes. Monk, por descontado, no alcanzaba a oír lo que decían. El viento arrancaba las palabras de sus labios, pero sus rostros estaban encendidos con una pasión que se iba haciendo más patente a medida que la lancha avanzaba hacia ellos. Monk se preguntó a qué respondería: ¿una riña, un último adiós, ambas cosas?

Los remeros de la policía tenían que bogar con ahínco contra la marea entrante.

Monk volvió a levantar la vista justo a tiempo de ver al hombre forcejear con la mujer, sujetándola con fiereza mientras ella se aferraba a él, de espaldas a la barandilla y demasiado inclinada hacia atrás. El instinto impelía a Monk a gritar. ¡Unos centímetros más y caería!

Orme también contemplaba la escena que se desarrollaba en el puente.

El hombre agarró a la mujer y ella lo apartó. Pareció que perdía el equilibrio y él se abalanzó sobre ella. Estrechamente entrelazados, se tambalearon durante un terrible instante en el borde, hasta que ella cayó hacia atrás. Él intentó atraparla a la desesperada, y ella estiró el brazo para agarrarlo, pero era demasiado tarde. Ambos se precipitaron agitando brazos y piernas, como un gigantesco pájaro con las alas rotas, hasta estrellarse contra la corriente mugrienta que se los llevó, sin que opusieran resistencia, mientras el agua empezaba a tragarlos.

Orme gritó y los remeros batieron los remos hundiendo las palas a cada estrepada. Cargaban con los hombros contra la fuerza del río y avanzaban penosamente.

Monk, con el corazón en un puño, aguzaba los ojos para no perder los cuerpos de vista. Sólo estaban a una treintena de metros y, sin embargo, presentía que ya era demasiado tarde. El impacto contra la superficie del río los habría dejado sin sentido vaciándoles los pulmones de aire. Cuando al fin resollaran para inhalar, tragarían agua negra y helada y se ahogarían. Con todo, aunque careciera de sentido, se asomó sobre la proa gritando:

—¡Deprisa, deprisa! ¡Allí! No... ¡Allí!

La lancha los alcanzó arrimándose por la amura. Los remeros la mantuvieron firme contra la corriente y el balanceo mientras Orme izaba el cuerpo de la joven por encima de la borda. Con torpeza y tanto cuidado como pudo, la tendió en el interior. Monk veía el otro cuerpo pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo y si lo intentaba inclinaría peligrosamente la lancha.

—¡A babor! —ordenó aunque los remeros ya estaban efectuando la maniobra pertinente. Agarró con cuidado el cuerpo medio sumergido del joven, cuyo abrigo flotaba hinchado por el agua y cuyas botas tiraban de las piernas hacia abajo. Haciéndose daño en los hombros, Monk lo izó por encima de la borda y lo tendió en el fondo de la lancha junto a la muchacha. Había visto muchos cadáveres con anterioridad pero la sensación de pérdida nunca disminuía. Mirando aquel rostro pálido, manchado por la suciedad del agua y con el pelo pegado a la frente, Monk calculó que debía de tener unos treinta años. Lucía bigote, pero por lo demás iba perfectamente afeitado. Su ropa estaba bien cortada y el tejido era de primera calidad. Había perdido el sombrero que le había visto en el puente.

Orme, de pie, manteniendo el equilibrio con facilidad, contemplaba a Monk y al joven.

—No podemos hacer nada por ninguno de los dos, señor —dijo—. Se habrán ahogado enseguida cayendo del puente de esa manera. Lástima —agregó en voz más baja—. La chica no parece tener más de veinte. Bonita cara.

Monk se retrepó en el banco.

—¿Algo que indique quién era? —preguntó.

Orme negó con la cabeza.

—Si tenía uno de esos bolsitos que llevan las damas, se ha perdido, aunque hay una carta en el bolsillo dirigida a la señorita Mary Havilland, de Charles Street. Lleva matasellos, así que podría ser ella.

Monk se inclinó y registró minuciosamente los bolsillos del fallecido manteniendo el equilibrio con menos garbo que Orme mientras la lancha reanudaba el viaje río abajo, de regreso a Wapping. No tenía sentido enviar un hombre a tierra en busca de testigos que hubiesen presenciado la pelea, si de una pelea se había tratado. Resultaba imposible identificar los vehículos que pasaban por el puente en ese momento, y en el agua ellos mismos habían visto cuanto se podía ver. Dos personas discutiendo... ¿Besándose? Dos personas que se separaban, perdían el equilibrio y caían. ¿Qué podía añadirse a eso?

En realidad, que Monk recordara, ningún transeúnte había pasado en ese preciso momento. En aquella hora del anochecer las farolas todavía no están encendidas, pero la luz va menguando y se diría que el gris del aire engaña al ojo. Las cosas se ven a medias; la imaginación llena el resto, a veces con inexactitud.

En uno de los bolsillos encontró una cartera de piel con un poco de dinero y un estuche con tarjetas de visita. Al parecer se trataba de Toby Argyll, de Walnut Tree Walk, Lambeth. Aquello también quedaba al sur del río, no lejos de la dirección de la chica en Charles Street, calle que desembocaba en el paseo de Lambeth. Monk la leyó en voz alta para Orme.

La lancha avanzaba despacio, ya que sólo remaban dos hombres. Orme se puso en cuclillas, muy cerca del cadáver de Argyll. En la orilla, las farolas que comenzaban a encenderse semejaban lunas amarillas entre la niebla cada vez más densa. El viento era un soplo de hielo. Había llegado la hora de encender las luces de navegación si no querían que los embistieran las gabarras o los transbordadores que atravesaban la corriente transportando pasajeros de una ribera a la otra.

Monk encendió el farol y retrocedió con cuidado hasta el cadáver de la mujer. Yacía tendida de espaldas. Orme le había cruzado las manos sobre el pecho y apartado el pelo de la cara. Tenía los ojos cerrados y la piel cenicienta, como si llevara más de unos pocos minutos muerta.

Su boca era grande, sus pómulos altos y sus cejas delicadamente arqueadas. Se trataba de un rostro muy femenino, intenso y vulnerable a la vez, como si en vida hubiese estado a merced de encendidas pasiones.

—Pobre criatura —dijo Orme en voz baja—. Supongo que nunca sabremos por qué lo hizo. Quizás él quisiera romper su compromiso, o algo así.

La expresión de su rostro quedaba oculta por las sombras, pero Monk percibió la intensa compasión de su voz.

De repente Monk se dio cuenta de que estaba mojado hasta las axilas por haber sacado el cadáver del agua. Tiritaba de frío y le costaba hablar sin que le castañetearan los dientes. Habría dado todo el dinero que llevaba en el bolsillo por un tazón de té bien caliente con un chorrito de ron. No recordaba haber padecido un frío semejante estando en tierra.

El suicidio era un delito no sólo contra el Estado, sino también a los ojos de la Iglesia. Si aquél fuese el dictamen del forense, la chica sería enterrada en tierra no consagrada. Y también estaba la cuestión de la muerte del joven. Quizá careciera de objeto discutirla, pero Monk lo hizo instintivamente.

—¿Estaba intentando detenerla?

La lancha avanzaba despacio contra la corriente. El agua estaba picada, golpeaba los costados de madera y hacía difícil que dos remeros la mantuvieran en un rumbo fijo.

Orme vaciló unos instantes antes de contestar.

—No lo sé, señor Monk, la verdad. Podría ser. Podría tratarse de un accidente como dice o al revés. —Bajó la voz—. Podría ser que él la empujara. Ha sido muy rápido.

—¿Se ha formado una opinión?

Monk a duras penas consiguió formular la pregunta con claridad de tanto como temblaba.

—Iría mejor a los remos, señor —dijo Orme con gravedad—. Hacen que circule la sangre.

Monk aceptó la sugerencia. Quizá se supusiera que los oficiales al mando no debían remar como agentes ordinarios pero tampoco resultaban de mucha utilidad entumecidos de frío o enfermos de neumonía.

Se desplazó hasta el centro y fue a tomar uno de los remos al lado de Orme. Tuvo que dar varias paladas antes de acoplarse al ritmo pero entonces comenzó a encontrarse mejor y, por supuesto, la lancha cogió velocidad, cortando el agua más limpiamente. Juntos remaron un buen trecho sin volver a hablar. Pasaron por debajo del puente de Blackfriars hacia el de Southwark que resultaba visible en la distancia sólo gracias a sus luces. El frío robaba el aliento casi antes de que alcanzara los pulmones.

Monk había aceptado aquel cargo en la Policía Fluvial en parte como una deuda de honor. Ocho años atrás, al despertar en un hospital, había perdido la memoria por completo. Recopilando un dato tras otro había establecido una identidad, descubriendo cosas acerca de sí mismo que no siempre resultaron de su agrado. Por aquel entonces era policía y su jefe inmediato, el comisario Runcorn, le tenía verdadera aversión. La relación entre ambos se había deteriorado hasta el punto de que resultaba difícil determinar si Monk había dimitido antes o después de que Runcorn lo despidiese. Puesto que la investigación y resolución de delitos era la única profesión que conocía, y dado que necesitaba ganarse la vida, había emprendido el mismo trabajo en el ámbito privado.

Sin embargo, las circunstancias habían cambiado a finales de otoño del año anterior. La necesidad de dinero le había empujado a aceptar el caso Louvain, su primera experiencia en el río, y debido a ello conoció a Durban y lo involucró en el asunto del Maude Idris y su terrible cargamento. Ahora Durban estaba muerto y, por más increíble que pudiera parecer, había recomendado a Monk para que le sucediera en su puesto en la comisaría de Wapping.

Durban no podía haber tenido idea de lo malas que habían sido las dotes de mando de Monk en el pasado. Era brillante, implacable, ingenioso, pero nunca se le había dado bien trabajar en equipo, ya fuese dando órdenes o acatándolas. Runcorn se lo habría explicado a Durban; le habría contado que, inteligente o no, valiente o no, Monk le causaría más problemas de los que merecía la pena aguantar. El tiempo, las circunstancias y, quizá por encima de todo, su matrimonio con Hester Latterly habían suavizado el carácter de Monk. Ella había sido enfermera en Crimea con Florence Nightingale y era una mujer considerablemente más franca y directa que la mayoría de jóvenes. Amaba a Monk con una lealtad inquebrantable y una pasión asombrosa, pero eso no le impedía manifestar abiertamente sus propias opiniones. Aun así, Runcorn hubiese aconsejado al comisario Farnham que buscara a otro para ocupar el puesto de un hombre que, como Durban, siempre había sido prudente, experimentado y profundamente admirado.

Pero Durban había querido a Monk y Monk necesitaba el empleo. Durante sus años de independencia, lady Callandra Daviot, amiga de Hester, había dispuesto de dinero e interés suficientes para implicarse en sus casos y sustentar a los Monk en los meses de escasez. Ahora Callandra se había marchado a vivir a Viena y la cruda elección se daba entre que Monk consiguiera un empleo estable y seguro o que Hester volviera a ejercer de enfermera particular, lo cual implicaría las más de las veces que viviera en los domicilios de los pacientes que reclamaran sus servicios. Para Monk, verla tan poco era una opción última y desesperada. De modo que ahí estaba, sentado en la bancada de una lancha, arrojando su peso contra el remo mientras pasaban por debajo del Puente de Londres dirigiéndose al sur, hacia la Torre y Wapping Stairs. Todavía sentía el frío en los huesos, mojado hasta los hombros y con dos cadáveres tendidos a sus pies.

Finalmente llegaron a la escalera que llevaba a la comisaría. Con cuidado y una cierta rigidez Monk subió el remo, se levantó y ayudó a llevar los cuerpos inertes y empapados escaleras arriba y a través del muelle hasta el interior del edificio.

Allí al menos hacía calor. La estufa negra de hierro estaba encendida llenando toda la sala de un agradable olor a humo y había té caliente aguardándolos. En realidad, ninguno de los hombres conocía bien a Monk y todavía lloraban la muerte de Durban. Trataban a su nuevo superior con cortesía; si deseaba algo más tendría que ganárselo. El río era un lugar peligroso con sus inciertas mareas y corrientes, esporádicos obstáculos sumergidos, tráfico rápido y repentinos cambios de tiempo. Exigía coraje, destreza e incluso más lealtad entre los hombres que la misma profesión en tierra firme. No obstante, la dignidad humana dictaba que ofrecieran a Monk un tazón de té con un chorrito de ron, tal como harían con cualquier otro hombre y, probablemente, incluso con un perro callejero en aquella época del año. De hecho, Humphrey, el gato de la comisaría, un enorme animal blanco con la cola pelirroja, tenía a su disposición una canasta junto a la estufa y toda la leche que fuese capaz de beber. La caza de ratones era asunto suyo, y se dedicaba a esta actividad cuando se le antojaba o si nadie lo alimentaba con otras exquisiteces.

—Gracias.

Monk se bebió el té y notó que algo semejante a la vida regresaba a su cuerpo mientras el calor se extendía desde dentro hacia afuera.

—¿Un accidente? —preguntó el sargento Palmer mirando los cuerpos que yacían en el suelo con el rostro cubierto con sendos chaquetones.

—Aún no lo sé —contestó Monk—. Cayeron del puente de Waterloo justo delante de nosotros, pero no estoy seguro de cómo ocurrió.

Palmer, un tanto desconcertado, frunció el entrecejo. Albergaba sus dudas acerca de la competencia de Monk, y aquella indecisión no hacía más que confirmarlas.

Orme apuró su tazón de té.

—Cayeron juntos —dijo mirando inexpresivamente a Palmer—. Cuesta decir si él intentaba salvarla; puede que la empujara. Lo que está claro es lo que los mató, pobres diablos. Un buen golpe contra el agua, como pasa siempre. Pero me da que nunca sabremos con certeza por qué cayeron.

Palmer aguardó a que Monk dijera algo. De repente la sala se sumió en el silencio. Los otros dos hombres de la lancha, Jones y Butterworth, permanecían expectantes, mirando a uno y a otro, para ver qué haría Monk. Se trataba, una vez más, de una prueba. ¿Estaría Monk a la altura de Durban?

—Que el forense los examine por si hay algo que ahora no advertimos —contestó Monk—. Es probable que no, pero no vamos a correr el riesgo de parecer tontos.

—Ahogados —dijo Palmer con amargura, volviéndose—. Cuando caen de los puentes, siempre lo están. Todo el mundo lo sabe. El agua los aturde, y al respirar, la tragan. Los mata. La rapidez es casi lo único bueno que tiene esa manera de morir.

—¿Y qué cara nos tocará poner si decimos que ella es una suicida y resulta que la habían apuñalado, o estrangulado, sin que nos hayamos percatado? —preguntó Monk sin perder la calma—. Sólo quiero asegurarme. ¿Y si está embarazada y tampoco lo hemos sabido ver? Fíjese en la calidad de su ropa. No es una mujer de la calle. Vivía en un barrio respetable y es posible que tenga familia. Les debemos la verdad.

Palmer se sonrojó, con expresión de tristeza.

—Que estuviera embarazada no va a hacer que se sientan mejor —observó sin volverse para mirar a Monk.

—No buscamos las respuestas que hacen que la gente se sienta mejor —repuso Monk—. Tenemos que tratar con las que consideramos más próximas a la verdad. Sabemos quiénes son y dónde vivían. Orme y yo iremos a informar a sus familias. Usted haga que el forense los examine.

—Sí, señor —dijo Palmer con fría formalidad—. Pasará usted por su casa para ponerse ropa seca, me figuro —agregó enarcando las cejas.

Monk ya había aprendido aquella lección.

—Tengo una camisa seca y otro chaquetón en el armario. Con eso me basta.

Orme se volvió aunque no antes de que Monk observase su sonrisa.

Monk y Orme tomaron un coche de alquiler en Wapping para dirigirse al oeste a lo largo de High Street. Las luces titilaban, intermitentes, desde el río, y el viento, que olía a sal y algas, azotaba enfurecido los callejones que se abrían entre las casas de la orilla. Rodearon la mole imponente de la Torre de Londres y regresaron junto al agua para proseguir por Lower Thames Street. Finalmente cruzaron el río por el puente de Southwark y atravesaron zonas residenciales más elegantes hasta llegar a la gran confluencia de St. George’s Circus. Tanto Charles Street como Walnut Tree Walk quedaban bastante cerca de allí.

Informar a las familias de los fallecidos era la parte de cualquier investigación que todos los policías detestaban, y ese deber correspondía al oficial de rango mayor. Sería una muestra de cobardía y de infame descortesía para con los deudos del difunto delegar tal misión en un subordinado.

Monk pagó al conductor y lo despachó. Ignoraba cuánto tiempo iba a llevarle dar la noticia y también con qué podían encontrarse él y Orme.

La casa donde había vivido Toby Argyll presentaba cierta prestancia, aunque saltaba a la vista que estaba dividida en apartamentos de alquiler destinados más a solteros solventes que a familias. Una casera con vestido negro y delantal abrió la puerta, inmediatamente azorada al ver a dos desconocidos en el umbral. Orme era de rasgos corrientes y agradables, pero llevaba uniforme de miembro de la Policía Fluvial. Monk era más alto y poseía la gracia de un hombre consciente de su propio magnetismo. Su rostro, enjuto de carnes, de nariz aguileña, alta de caballete, y mirada imperturbable, transmitía fuerza, inteligencia, incluso sensibilidad, pero por lo general incomodaba a la gente.

—Buenas noches, señora —dijo gentilmente. La voz era excelente, la dicción muy cuidada. Le había costado mucho trabajo perder el acento vulgar de Northumberland que revelaba sus orígenes. Había deseado ardientemente ser todo un caballero. Tal deseo pertenecía ya a un pasado remoto, pero la entonación en su voz persistía.

—Buenas, señor —contestó la mujer con cautela.

—Soy el inspector Monk y él el sargento Orme, de la Policía Fluvial del Támesis. ¿Es éste el domicilio del señor Toby Argyll?

La casera tragó saliva.

—Sí, señor. ¡No me diga que ha habido un accidente en uno de esos túneles! —Se llevó la mano a la boca como para sofocar un grito—. Siento no poder ayudarle, señor. El señor Argyll no está en casa.

—No, señora, no lo ha habido, que yo sepa —contestó Monk—. Pero me temo que ha sucedido una tragedia. Lo lamento profundamente. ¿El señor Argyll vive solo aquí?

Ella le miró fijamente, cada vez más pálida al comenzar a comprender que se habían presentado allí para dar la peor noticia posible.

—¿Quiere que vayamos dentro y nos sentemos? —propuso Monk.

La casera asintió y los dejó pasar, abriendo luego el camino por el pasillo hasta la cocina. Se percibía allí el aroma de la cena que estaba guisando, lo que hizo recordar a Monk que llevaba muchas horas sin probar bocado. La casera se dejó caer en una de las sillas con respaldo de madera, apoyó los codos en la mesa y se tapó la cara con las manos. Varias cacerolas humeaban sobre la enorme cocina económica cuyo horno desprendía el apetitoso perfume de un pastel de carne. En la pared, los cacharros de cobre brillaban a la trémula luz de gas y varias ristras de cebollas colgaban del techo.

De nada serviría posponer lo que ella sin duda ya sabía que se avecinaba.

—Lamento decirle que el señor Argyll se ha caído del puente de Waterloo —dijo Monk—, señora...

Ella le miró con los ojos muy abiertos.

—Porter —dijo—. He cuidado del señor Argyll desde que llegó aquí. ¿Cómo es posible que se haya caído del puente? ¡No tiene sentido! ¡Hay barandillas! ¡Uno no se cae así como así! ¿Pretende decirme que estaba de juerga y le dio por trepar o hacer alguna otra tontería? —Ahora temblaba de enojo—. ¡No le creo! ¡Él no era así! ¡Era un joven caballero muy formal y trabajador! Se confunde de persona. ¡Se ha equivocado, se lo digo yo! —Levantó el mentón y clavó los ojos en él—. Debería tener más cuidado y no dar estos sustos a la gente.

—Nada indica que estuviera borracho, señora Porter. —Monk no solía recurrir a evasivas ni eufemismos—. El joven que encontramos llevaba consigo tarjetas en las que figuraba el nombre de Toby Argyll y esta dirección. Tendría mi estatura, o quizás un poco menos, y el pelo rubio. Afeitado pero con bigote. —Se detuvo. Al ver el modo en que la mujer lo miraba y el mohín de su boca dedujo que acababa de describirle a Argyll—. Lo lamento —repitió.

Los labios de la señora Porter temblaban.

—¿Qué ha pasado? Si no estaba borracho, ¿cómo es que se ha caído al río? ¡No tiene sentido! —Seguía desafiante, aferrándose al último hilo de esperanza como si la incredulidad pudiera evitar que lo que acababa de oír fuera cierto.

—Iba en compañía de una señorita —prosiguió Monk—. Daban la impresión de estar sosteniendo una conversación bastante acalorada. Se agarraron mutuamente y se balancearon un poco, entonces ella cayó de espaldas contra la barandilla. Forcejearon un poco más...

—¿Qué quiere usted decir con eso de «forcejearon»? —inquirió la señora Porter—. ¿Pretende insinuar que se peleaban?

Aquello era peor de lo que se había figurado. ¿Qué estaban haciendo cuando los vio? ¿Qué había visto él, exactamente? Trató de apartar de su mente todas las ideas posteriores, los intentos por comprender, por interpretar los hechos y rememorar con precisión lo que había ocurrido. Ambas figuras estaban sobre el puente, la mujer más próxima a la barandilla. ¿Lo estaba? Sí, era ella. El viento soplaba desde detrás de ellos y Monk había visto sus faldas infladas colándose entre los balaustres del antepecho. Ella agitó los brazos y apoyó las manos en los hombros del hombre. ¿Una caricia? ¿O empujándolo? Él retiró el brazo levantándolo hacia atrás. ¿Apartándose de ella? ¿O preparándose para golpear? Él la tenía agarrada. ¿Para salvarla o para empujarla?

La señora Porter aguardaba, con los brazos cruzados, y todavía temblaba en la cocina caldeada con sus aromas a hora de cenar.

—No lo sé —dijo Monk despacio—. Estaban sobre nosotros, se recortaban contra la luz, y a casi sesenta metros.

La señora Porter miró a Orme.

—¿Usted también estaba allí, señor?

—Sí, señora —contestó Orme, plantado como un poste en medio del suelo fregado—. Y el señor Monk dice verdad. Cuanto más lo pienso menos seguro estoy de saber qué he visto exactamente. Era esa hora del anochecer... justo antes de que enciendan las farolas. Crees que ves bien pero te equivocas.

—¿Quién era ella? —preguntó la señora Porter—. La mujer que se cayó con él.

—¿Acaso piensa en alguien que no le sorprendería? —intervino Monk—. Suponiendo que estuvieran peleando, claro.

El disgusto de la señora Porter era más que patente.

—Bueno... No me gusta decirlo... —vaciló.

—Sabemos quién era, señora Porter —la interrumpió Monk—. Tenemos que averiguar lo que ha ocurrido, para no permitir que nadie cargue con la culpa de algo de lo que no es responsable.

—Ya no puede hacerles daño —respondió la señora Porter ignorando las lágrimas que le surcaban las mejillas—. Están muertos, pobres criaturas.

—Pero tendrán familiares interesados —señaló Monk—. Y un entierro en tierra consagrada... O no.

La señora Porter soltó un grito ahogado y se estremeció.

—¿Señora Porter?

—¿Era la señorita Havilland? —preguntó con voz ronca.

—¿Qué puede decirme de ella?

—Pero ¿era ella? ¡Claro, seguro! Desde que la conoció no tuvo ojos para otra.

—¿Estaba enamorado de ella?

Por descontado, aquello podía significar muchas cosas, desde la verdadera y desinteresada entrega del corazón, que pasaba por la generosidad y la necesidad, hasta la dominación y la obsesión. Y el rechazo podía significar cualquier cosa entre la resignación y el enojo pasando por el sufrimiento, o la ira y la sed de venganza, quizás incluso de destrucción.

La casera titubeaba.

—¿Señora Porter?

—Sí —dijo enseguida—. Estaban prometidos, o al menos él parecía dar por hecho que lo estaban, y entonces ella quiso romper. Tampoco es que fuese un compromiso formal, vaya. No lo habían anunciado.

—¿Sabe por qué?

—¿Yo? —dijo ella, perpleja—. Claro que no.

—¿Había una tercera persona?

—Por parte de él no, y de ella yo diría que tampoco. Al menos eso es lo que él aseguraba. —La señora Porter sorbió por la nariz y tragó saliva—. Esto es terrible. Nunca había oído nada igual, entre gente fina al menos. ¿Por qué les dio por ir a saltar de los puentes? Al señor Argyll esto va a afectarle muchísimo, pobre hombre.

—¿El señor Argyll? ¿Se refiera al padre? —preguntó Monk.

—No, al hermano. Le lleva unos cuantos años, o eso se diría. —La mujer volvió a sorber y buscó un pañuelo en el bolsillo del delantal—. Sólo lo he visto cinco o seis veces, cuando venía a buscar al señor Toby. Un caballero muy rico. Es el amo de esas grandes máquinas y cosas que están cavando las nuevas alcantarillas que diseñó el señor Bazalgette para limpiar Londres, y así no cogeremos más el tifus ni el cólera ni nada. El pobre príncipe Albert tuvo que morir y a la reina se le partió el corazón para que se decidieran a hacerlo. ¡Qué escándalo!

Monk guardaba con toda claridad en el recuerdo la Gran Peste del cincuenta y ocho, cuando el desbordamiento de aguas residuales fue tan grave que la ciudad de Londres entera devino una especie de inmensa cloaca abierta.

El olor del Támesis era tan repugnante que uno se atragantaba y un kilómetro antes de llegar al río ya le entraban náuseas. El nuevo alcantarillado iba a ser el más avanzado de Europa. Costaría una fortuna y proporcionaría trabajo y riqueza a miles de personas, a decenas de miles si se tomaba en consideración a todos los peones, enladrilladores y ferroviarios implicados, a los albañiles, carpinteros y suministradores de productos diversos. La mayor parte de las alcantarillas se construían mediante el sistema a cielo abierto, conocido como «cortar y cubrir», pero algunas eran tan profundas que requerían excavar túneles.

—Así pues el señor Argyll era un joven acaudalado...

—Oh, sí. —La señora Porter se enderezó un poco—. Tiene su clase. Esta zona, señor Monk... No es nada barato vivir aquí.

—¿Y la señorita Havilland? —preguntó él.

—Oh, ella también era muy fina, pobrecita —respondió la casera de inmediato—. Era toda una dama, pese a sus opiniones. A mí siempre me ha parecido bien decir lo que pienso, pero más de uno manifestaría que eso no era propio de una joven dama.

Habiéndose casado con una mujer de apasionadas opiniones sobre un montón de temas, Monk nada pudo argüir. En realidad, de repente vio a Mary Havilland no tal como era ahora, sino con la esbelta, temible y vulnerable figura de Hester, de hombros un poco demasiado estrechos, con su ligera angulosidad, pelo castaño y ojos de tan encendida inteligencia que nunca los había podido olvidar desde el día en que se conocieron... Desde que discutieron por primera vez.

Al volver a hablar lo hizo con voz ronca.

—¿Sabe por qué quiso romper la relación, señora Porter? ¿O acaso era una generosa ficción que el señor Argyll toleraba y en realidad fue él quien la acabó?

—No, fue cosa de ella —contestó la señora Porter sin vacilar—. Él andaba muy disgustado, intentaba hacerla cambiar de parecer. —Sorbió una vez más—. Nunca pensé que pudiera llegar a esto.

—Aún no sabemos qué ha sucedido —señaló Monk—, pero agradecemos su ayuda. ¿Podría usted facilitarnos las señas del hermano del señor Argyll? Tenemos que informarle del suceso. Me figuro que no sabrá usted quiénes son los familiares más próximos de la señorita Havilland. Sus padres, supongo.

—Eso no lo sé, señor. Pero voy a darle la dirección del señor Argyll ahora mismo, no se apure. Pobre hombre, se quedará destrozado. ¡Con lo unidos que estaban!

Alan Argyll vivía a poca distancia de allí, en Westminster Bridge Road, y Monk y Orme sólo tardaron unos diez minutos a pie hasta la magnífica casa cuya dirección les había facilitado la señora Porter. Las cortinas estaban corridas contra la temprana noche invernal, pero las farolas de gas de la calle mostraban la elegante línea de las ventanas y la escalinata de piedra que subía hasta una amplia puerta labrada en la que brillaba con el tenue resplandor del latón la cabeza de león que hacía las veces de aldaba.

Orme miró a Monk pero no dijo nada. Dar una noticia como aquélla a la familia era infinitamente peor que a una casera, por más comprensiva que fuera. Monk hizo ademán de asentir pero no había nada que decir. Orme trabajaba en el río; estaba acostumbrado a la muerte.

Acudió a abrir la puerta un mayordomo bajo y corpulento cuyo pelo canoso clareaba en lo alto de la cabeza. Por su mirada firme y poco sorprendida resultó obvio que los tomaba por conocidos de trabajo de su patrón.

—El señor Argyll está cenando, señor —dijo a Monk—. Si tiene la bondad de aguardar en la sala de día estoy seguro de que vendrá a verlos en su debido momento.

—Somos de la Policía Fluvial del Támesis —respondió Monk, que en un principio sólo había dado su nombre—. Me temo que traemos malas noticias que no pueden esperar. Quizá sería aconsejable tener a punto una copa de brandy, por si acaso. Lo lamento.

El mayordomo titubeó.

—Desde luego, señor. ¿Me permite preguntar qué ha ocurrido? ¿Ha sido uno de esos túneles, señor? Es muy triste, pero al parecer esas cosas son inevitables.

Monk era consciente de que excavaciones tan impresionantes como las que se estaban efectuando de vez en cuando causaban corrimientos de tierras e incluso desplomes de paredes que enterraban las máquinas y en ocasiones herían a los trabajadores. Se había producido un desastre espectacular por la parte de Fleet Street hacía apenas unos días.

—Algo parecido, sí —convino Monk—. Pero el asunto que nos ocupa ha tenido lugar en el río, y por desgracia se trata de una mala noticia de carácter personal para el señor Argyll. Debe ser informado cuanto antes.

—Ay por Dios —dijo el mayordomo en voz baja—, eso sí que es terrible. Sí, señor. —Inhaló profundamente y soltó el aire en silencio—. Si me acompañan a la sala de día, enseguida avisaré al señor Argyll.

La sala de día era muy sombría, de tonos marrones y dorados. El fuego se había dejado apagar, pero ya había caído la noche y por lo general no debían de usarla a esas horas. Monk y Orme aguardaron de pie y en silencio en el centro de una alfombra de Aubusson. Monk se fijó en el cuadro de encima de la chimenea, que representaba un paisaje de las Highlands, y en un pequeño roedor disecado dentro de una urna de cristal sobre una mesa arrimada a la pared. Constituían tímidos intentos para demostrar que la riqueza de los Argyll era de rancio abolengo, lo que llevó a Monk a pensar que probablemente no lo era.

La puerta se abrió de par en par y Alan Argyll se plantó en la entrada, muy pálido y con los ojos oscuros bajo la luz de la lámpara. Era de estatura superior a la media y delgado, con una insinuación de fuerza física además de mental. Sus rasgos estaban bien proporcionados pero emanaban la frialdad de quien no solía reír fácilmente.

En esas circunstancias resultaba ridículo decir «buenas noches». Monk se adelantó un paso.

—Soy William Monk, de la Policía Fluvial del Támesis, señor. Él es el sargento Orme. Lamento mucho decirle que su hermano, el señor Toby Argyll, se ha caído del puente de Westminster a primera hora de esta noche, y aunque le hemos dado alcance pocos minutos después de la caída, ya había fallecido.

Argyll le miraba fijamente balanceándose un poco, como si hubiese recibido un golpe.

—¿Usted estaba presente? ¡Por Dios! ¿Y por qué no... —Soltó un grito ahogado y tuvo dificultades para recobrar el aliento. Daba la impresión de estar a punto de desmoronarse.

—Estábamos patrullando el río —contestó Monk—. Lo lamento, señor, nadie hubiese podido auxiliarlo. En tales circunstancias, un hombre se ahoga muy deprisa. Pienso que seguramente no ha sentido nada. Me consta que es un magro consuelo, pero tal vez le sirva en su momento.

—¡Tenía veintinueve años! —gritó Argyll. Se adentró en la sala y la luz brilló en su rostro. Monk enseguida vio el parecido con su hermano: la línea de la boca, el color de sus bien formados ojos, el modo en que le crecía el pelo gris—. ¿Cómo puede uno caerse de un puente? —inquirió—. ¿No habrá sido un crimen y me lo está ocultando? ¿Le agredieron?

La rabia le ahogó la voz y apretó los puños.

—No estaba solo —dijo Monk con premura para que Argyll no perdiera el control. A la congoja estaba acostumbrado, incluso al enojo, pero en aquel hombre, justo debajo de la superficie, había un hilo de violencia que se desenredaba deprisa—. Una joven llamada Mary Havilland se encontraba con él...

Argyll miró a Monk azorado.

—¿Mary? ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien? ¿Qué ha sucedido? ¿Qué es lo que me está ocultando, hombre? ¡No se quede ahí como un pasmarote! ¡Me está hablando de mi familia...!

Otra vez los puños apretados, la piel de los nudillos tensa y pálida sobre el hueso.

—Perdone, la señorita Havilland ha caído con él —dijo Monk con gravedad—. Se agarraban el uno al otro.

—¿Qué quiere decir con que «se agarraban»? —inquirió Argyll—. ¿Qué insinúa?

—Que han caído juntos, señor —repitió Monk—. Se hallaban junto a la barandilla, enfrascados en lo que parecía una discusión acalorada. Nosotros nos encontrábamos demasiado lejos para oír nada. Cuando hemos vuelto a mirar se apoyaban en la barandilla y un instante después perdían el equilibrio y caían.

—¿Ha visto a un hombre peleando con una mujer y se ha puesto a mirar hacia otro lado? —dijo Argyll en tono de incredulidad—. ¿Hacia dónde, por el amor de Dios? ¿Qué diantre podía haber más...?

—Íbamos de patrulla —lo interrumpió Monk—. Vigilamos el río entero. Ni siquiera habríamos llegado a ver lo poco que hemos visto si no se hubiesen puesto tan cerca de la barandilla. Parecía una conversación normal y corriente, quizás una riña amorosa, una reconciliación. De haber seguido mirando habríamos pecado de indiscretos.

Argyll permaneció inmóvil, de pie, pestañeando.

—Sí —dijo por fin—. Sí, por supuesto. Lo siento. Toby... Toby era mi único pariente. Al menos... —Se pasó la mano por la cara casi como para recobrar el equilibrio, y de un modo u otro aclararse la vista—. Mi esposa. ¿Dice que Mary Havilland también ha fallecido?

—Sí. Lo siento. Tengo entendido que estaba muy unida a su hermano.

—¡Unida! —La voz de Argyll volvió a subir con una peligrosa nota de histeria—. Era mi cuñada. Toby era su prometido, al menos iban a casarse. Ella... ella lo suspendió. Estaba muy trastornada...

Monk no acababa de entenderlo.

—¿Hubiese sido su cuñada?

—¡No! Lo era. Mary era hermana de mi esposa —dijo Argyll. Respiró hondo y añadió—: Mi esposa se quedará... anonadada. Esperábamos que...

Se interrumpió.

Monk tenía que continuar con el interrogatorio, por doloroso que fuera para Argyll contestar a más preguntas. En esos momentos bajaría la guardia, y tal vez le desvelara una verdad que más adelante, por decencia o compasión, habría encubierto. Según había dicho la casera, Mary era una mujer de carácter fuerte y convicciones firmes.

—¿Sí, señor? ¿Qué esperaban...? —apuntó Monk.

—Oh... —Argyll suspiró y apartó la mirada. Anduvo a tientas hasta un sillón y se sentó pesadamente. Aparentaba estar en la cuarentena, lo que significaba que era considerablemente mayor que su hermano. Pero eso sólo confirmaba lo que había dicho la señora Porter.

Monk también tomó asiento para ponerse a la misma altura que Argyll. Orme se quedó discretamente de pie a un par de metros.

Argyll miró a Monk.

—El padre de Mary se suicidó hace menos de dos meses —dijo en voz baja—. Fue algo muy penoso. Tanto Mary como Jenny, mi esposa, quedaron destrozadas de dolor. Su madre había muerto muchos años antes, y era un golpe terrible. Mi esposa lo ha sobrellevado con gran entereza, pero Mary había dado muestras de estar perdiendo su... su equilibrio mental. Se negaba a aceptar que aquella muerte fuera en efecto un suicidio, aun cuando la policía lo había investigado, naturalmente, y había llegado a aquella conclusión. Esperábamos... esperábamos que ella...

—Lo lamento —dijo Monk con sinceridad. Imaginó a Mary tal como debía de haber sido en vida, el pálido y terso rostro animado por la emoción, el enojo, el asombro, el pesar—. Es una carga muy dura de llevar. —Como un golpe físico recordó que el padre de Hester también se había quitado la vida y que el dolor que había causado seguía siendo próximo y real, de un modo que las palabras no pueden expresar por sí solas—. De veras que lo siento —dijo otra vez.

Argyll le miró con expresión de sorpresa, como si hubiese percibido la emoción contenida tras las frases educadas.

—Sí, sí. Es duro. —Saltaba a la vista que no había esperado que Monk se permitiera mostrar sus propios sentimientos—. No quiero ni imaginar cómo reaccionará la pobre Jenny ante esta tragedia. Es...

No logró dar con las palabras apropiadas para lo que quería decir, quizás incluso a sí mismo.

—¿Cree que le sería más fácil a la señora Argyll si estamos presentes para que pueda formularnos cuantas preguntas desee? —preguntó Monk—. ¿O prefiere contárselo usted en privado?

Argyll titubeó. Parecía sinceramente indeciso.

Monk aguardó. El reloj de la repisa de la chimenea tocó los cuartos; ...