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AUNQUE éL NO ESTé

Cecilia Curbelo  

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Fragmento

Hacía tiempo que venía meditando la idea de escapar de su casa. No estaba loco, no. Bruno había sopesado pros y contras porque huir de su familia, de lo que hasta ahora conocía, iba a traer consecuencias para todos, no solo para él. Lo tenía claro. Y a él le importaba su familia. Le importaba su madre y le importaba su hermano. Así que no podía ser algo al azar o por impulso. Además, era consciente de que, con catorce años, le sería más complicado arreglárselas por su cuenta. Sin embargo, pensaba, ya no podía seguir soportando esa angustia que crecía y crecía.

Apoyó sus antebrazos en las piernas y, desde el sillón, miró cómo la lluvia formaba cientos de figuras en el ventanal del apartamento del noveno piso. El lugar donde siempre vivió. Donde aprendió a caminar, a hablar. Bajó la cabeza y se la tomó con ambas manos. Sus dedos despeinaron su cabello negro, lacio y cortado más alto arriba que en los costados. Se masajeó las cejas, tupidas, juntas y gruesas, en un gesto de desolación. Era otro fin de semana de los tantos que pasaba solo, absolutamente solo en su casa. Sus ojos marrones claros, idénticos a los de Guillermo, su hermano, se posaron en el sofá vacío de su padre y sintió que algo se encogía en su interior.

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En él se sentaba cada día luego del trabajo. Se llamaba Ramiro, era profesor de Educación Física y trabajaba en la misma escuela a la que asistían con Guille, así que iban y volvían caminando a casa los tres juntos. Su padre acostumbraba tararear y llevar una pelota de vóleibol bajo el brazo, que complementaba a la perfección su eterno atuendo de ropa deportiva. Si el tiempo estaba lindo, a la vuelta se desviaban del camino y paraban en un parque a jugar a la pasadita.

Bruno esbozó una sonrisa al recordar el pacto entre ellos: para evitar comentarios y burlas ninguno admitiría ante nadie que no les gustaba el fútbol. Por eso, cada vez que se encontraban en lugares con mucha gente, como la feria, una kermesse o un cumpleaños, y hablaban del partido de tal contra tal, o del golazo que había metido Mengano, él guiñaba un ojo a sus hijos y seguía el hilo de la charla agregando frases que no aportaban pero daban a entender que estaba al tanto de la discusión y bien informado: «¡Pero fue terrible golazo! ¿No viste cómo la metió?», «Un partido difícil, un rival bravo, que sorprende. ¡Nunca sabés cómo va a rendir!», «Las posibilidades de ganar siempre están, hay que salir a pelearla nomás, meter garra…», «El técnico no eligió bien. ¿Vieron lo que era ese banco de suplentes?», «¡Las condiciones de la cancha eran terribles! ¿Se fijaron?»…

Al llegar a casa los mandaba a bañarse, preparaba la merienda, hacía sándwiches y café con leche y, finalmente, esperaba a mamá recostado en ese sofá verde oliva, escuchando música. La que más le gustaba. El cedé sonaba con Cat Stevens, Freddy Mercury, A-Ha, Guns N’ Roses, Sting, Aerosmith, Pink Floyd, Take That… Un compilado que se había hecho especialmente.

De baja estatura, musculoso, atlético y risueño, llevaba el cabello oscuro, grandes entradas en las sienes, la coronilla casi pelada y un lunar, pequeño y abultado, en su mejilla derecha.

A Bruno se le hinchaba el pecho de orgullo cuando salía con él. 

Se lucía frente a sus amigos y compañeros.

Su padre era su ídolo.

A un costado del sofá verde oliva, el papá de Bruno apoyaba su gran tesoro: un ukelele, que guardaba en su estuche rígido, de interior aterciopelado, para que no se rayase. Lo tomaba cada tanto e intentaba copiar los acordes de sus temas preferidos. No tenía un gran talento para la música y desafinaba bastante, pero le ponía ganas y pasión, y finalmente lo lograba. A fuerza de repetición, ese y los demás temas que escuchaba Ramiro quedaron grabados a fuego en ese hijo menor que se sentaba a sus pies a acompañarlo.

Bruno recuerda que él tendría unos cinco o seis años, y su padre y él escuchaban el disco por tercera vez. Su padre cerró los ojos.

—¿Te estás durmiendo, papi? —le preguntó.

Él lo miró y sonrió.

—No, Bruno. Es que si cerrás los ojos y te dejás llevar por la música, volás.

—¿Cómo que volás? Si no tenés alas… ¡Los pájaros vuelan! No las personas —refutó, seguro de su respuesta.

—Volás con la mente, Bruno. Estás acá en casa, pero oyendo con el corazón, sos capaz de viajar muy lejos. Tan lejos que podés llegar a otros mundos —dijo, haciendo un movimiento con el brazo extendido que abarcaba el comedor—. ¡A otras épocas de tu vida! —Suspiró—. Cuando seas grande vas a entender. 

Lo upó y ambos se quedaron enroscados. 

En ese entonces era chiquito para comprender esas palabras, pero hoy entiende, porque él también vuela lejos escuchando música. Siente como si se despegase de su propio cuerpo y se elevara hacia ese otro mundo donde ahora está su padre desde que murió. Un lugar sin tiempos ni espacios. Él sabe que ambos se conectan a través de las melodías, pero no se lo dice a nadie. Lo creerían delirante, fantasioso.

Tampoco le contó a nadie aquel sueño que tuvo una vez, poco tiempo después de que Ramiro muriese. Recuerda que, aparentemente dormido, su padre y él tuvieron una conversación. Estaban en su dormitorio, Bruno acostado y Ramiro a los pies de la cama:

—¿Por qué siempre cantás lo mismo, pa?

—¿Father and son? ¿Esa canción de Cat Stevens? —preguntó él, sonriendo.

—No sé, esa que cantás…

Su padre la tarareó.

—¡Esa! ¡Esa misma! —contestó Bruno, incorporándose de golpe.

—Porque me llega acá —dijo, golpeándose el corazón con el puño cerrado.

—¿Pero qué dice la canción?

—Es un papá que le habla a su hijo…

Miró al vacío, y suspiró.

—¿Qué le dice al hijo?

El padre se acercó, le pasó un brazo por los hombros y lo observó con ternura.

—Le dice muchas verdades.

—¿Cómo qué?

—Como que hay momentos en los que es mejor esperar y no actuar a lo loco.

Bruno ladeó la cabeza y continuó con sus preguntas:

—¿Tu padre también te hablaba así? ¿Como ese señor de la canción?

—Yo no tuve papá. Bueno, no lo conocí. Pero me lo imagino como ese señor que le da consejos a su hijo. Que lo quiere mucho, mucho, así como yo te quiero a vos.

Y dejó el abrazo para hacerle cosquillas.

¿Fue un sueño o sucedió realmente? ¿Cómo saberlo?

Pensar en su padre le traía varios sentimientos encontrados: angustia, amor, rabia, impotencia…, pero sobre todo, dolor.

Lo extrañaba profundamente.

Cuando Ramiro murió, Bruno tenía nueve años y Guille once. Ese tiempo fue como caer en un abismo sin fin en el que la confusión, los cambios sin cesar y las miradas compasivas se filtraban con la gente que, permanentemente, entraba y salía del apartamento. Como fondo sonoro constante: el llanto ahogado de su madre, Mónica, que no atinaba a tomar las riendas de las circunstancias y las dejó en manos de la abuela Rita, que vino desde Australia.

Los otros abuelos, los padres de Mónica, no fueron de gran ayuda, ni entonces ni nunca. Viven en un balneario a cuatro horas de la ciudad y no les gusta socializar. No se relacionan con nadie, ni siquiera con los pocos vecinos que viven cerca de ellos en esa playa alejada. Cuando vinieron al entierro de su yerno, no fueron al funeral porque no soportan estar encerrados en un mismo recinto con muchas personas. Así que ese día, como Mónica decidió que sus hijos no presenciasen el velorio ni el entierro de Ramiro —pensaba que era una experiencia demasiado fuerte—, los abuelos se quedaron con los nietos en el apartamento. Fue un verdadero suplicio para Bruno y Guille, no entendían por qué sus abuelos se quejaban de falta de aire, de falta de ventilación y de vértigo, cuando ellos sentían todo eso, pero porque su papá se había muerto.

En ese momento tan delicado, en esas horas tan profundas, dolorosas, imborrables, aún recuerdan aquel diálogo absurdo:

—¿Vos viste, vivir así? —le decía la abuela al abuelo, que negaba con la cabeza y hacía un sonido extraño, como chhhhzzzz, a la vez—. El mundo está loco, vos fijate, cemento, cemento, altura… Y estos gurises criándose en esto. —La abuela los miró, completamente abstraídos en la amargura—. Yo no sé qué va a hacer Mónica ahora sin el marido y con dos chiquilines.

—Chhhzzzz…

—A mí me está faltando el aire. ¿Qué piso era este? ¿Octavo? —preguntó a nadie en particular, abanicándose con una hoja de cuaderno de las que Bruno estaba dibujando.

—Noveno —dijo Guillermo, con la voz tomada.

—¡Noveno! ¡Por favor! —se seguía dando aire—. Me siento encerrada. Esto da vértigo. Claustrofobia. No debería estar permitido que hagan una casa arriba de otra, y arriba de otra, y arriba de otra —decía, haciendo un movimiento de manos como si estuviese armando una torre imaginaria.

—Chhhzzzz…

Fue un alivio cuando sus abuelos se fueron. Se quedaron con la tía Alicia, la hermana de su mamá, que llegó al apartamento a relevarlos. Más tarde llegó Jorge, su compañero, y luego el timbre parecía que no paraba de sonar, al igual que el teléfono.

Mónica se pasó tiempo encerrada en su habitación, y cuando estaba frente a ellos simulaba estar bien, sin embargo su mirada vidriosa con ojos hinchados la delataba.

La abuela Rita se movía con decisión de una habitación a otra, ordenaba, cocinaba, impartía órdenes y despachaba sin ningún miramiento a aquellos que se acercaban para dar el pésame, pero alargaban la visita por más de una hora, y se la pasaban lamentándose y, por ende, creando un ambiente aún más sofocante. «No hay que andar con compromisos, menos todavía a mi edad», decía, y continuaba con lo que estaba haciendo.

Guillermo y Bruno, paralizados por la angustia, se sentían flotar sobre una balsa de madera podrida en medio de una tormenta.

Un día se sucedió al otro y, de repente, en medio de esa hecatombe, la abuela Rita ordenó:

—El lunes vuelven a clase.

¿Qué le pasa?, pensó Bruno. ¡Habla y ordena como si no hubiera sucedido nada! ¿Volver a la escuela? ¡Eso parecía de una vida anterior! ¿Cómo puede ser que los adultos crean que se pueden retomar las actividades de antes, así como así, luego de que tu padre se muere?

Y volvieron. Solo físicamente, porque era imposible estudiar o prestar atención a lo que enseñaba la maestra. La mente de Bruno estaba en otro lugar. A veces observaba su clase y a sus compañeros, concentrados en copiar del pizarrón lo que la maestra escribía, y él solo podía contener las ganas de llorar, apretando fuerte los labios y los ojos, a la vez que un retrogusto amargo le subía a la garganta. Le parecía estar viviendo en una dimensión distinta a la de los demás. Le llevó un tiempo amoldarse nuevamente al ritmo habitual, y al final, se las arregló bastante bien, a pesar del dolor.

Pero el caso de Guille que ya estaba en sexto fue diferente: bajó las notas y tuvo el récord de la escuela en llamadas de atención por parte de la maestra y la directora. Su comportamiento se tornó agresivo y se agudizó un rasgo de la personalidad que antes era apenas perceptible: su aire desafiante.

Lo pasaron de año contemplando «su situación familiar», como le dijeron a su madre en la última reunión del año, pero le advirtieron que, de continuar así, sería difícil que con las exigencias del liceo Guillermo pudiera avanzar con normalidad.

Mónica estaba perdida sin la abuela Rita, que ya había regresado a Australia. Se esforzaba por reponerse, como cada uno de ellos, pero se sentía sola e insegura.

Aunque ya había pasado un tiempo desde la partida de Ramiro, no lograba hallar su lugar de madre y viuda.

Para sus hijos fue una sorpresa dolorosa que a un año y medio de la muerte de Ramiro su madre les anunciase que «tenía novio». Fue una mañana de sábado, mientras desayunaban.

—Chicos, quiero compartir una noticia con ustedes…

—¿Es algo lindo, mami? —preguntó Bruno, entonces con diez años, a la vez que Guillermo entornaba la vista, perspicaz, a punto de cumplir los trece.

—Sí, sí, es algo lindo —confirmó ella, con una sonrisa titubeante.

—¿Nos vamos de viaje? ¿Vamos a visitar a la abuela? —volvió a preguntar el pequeño, ilusionado.

—No, Bruni, me encantaría, pero por ahora no puede ser.

—Decilo de una vez, vieja —la apuró Guillermo, que ya se olfateaba la respuesta.

—Bueno, mis amores…, mamá tiene novio —informó, nerviosa, buscando la aprobación de sus hijos en las miradas.

Bruno la observó. Era su madre, pero si la viese sin que fuese su madre diría que es linda, muy, muy linda. No es tan alta como las otras madres de la escuela, pero tiene el pelo más brillante que todas. Negro, como los de ellos, y lacio. Le toca los hombros. Abundante. Un flequillo le cruza la frente. Se lo peina con los dedos cada vez que habla. Y el flequillo vuelve a bajar. Como si tuviese vida propia. A veces se hace una cola de caballo y parece más joven aún. Sus labios gruesos, sonrosados y abiertos, dejan ver dos hileras de dientes blanquísimos y parejos. Sus ojos brillan. Cuando sucedió lo de papá, pensó Bruno, estaban opacos, tristes, apagados. En ese momento su mirada parecía de fuego, como si hubiese estado muerta y ahora reviviese de golpe.

Habían notado que se arreglaba mucho para ir a trabajar. Los trajecitos de pantalón y chaqueta o pollera y camisa, que son su vestimenta de trabajo, destacaban aún más con los nuevos zapatos de taco alto que había comenzado a usar. Cuando Ramiro estaba enfermo, solo andaba de chatitas.

No era extraño que un hombre se hubiera fijado en ella… Lo doloroso era que para sus hijos todavía era muy pronto para aceptar a alguien más en la familia, un intruso para ellos, que les quitaba el amor y el tiempo de su mamá.

El otro golpe fue enterarse de que ese novio era Pablo: el compañero de trabajo a quien Mónica nombraba seguido y al que incluso Ramiro y ellos habían conocido en una fiesta de fin de año de la empresa de seguros para la que ambos trabajan.

¿Venía de antes? ¿Había estado su madre engañando a su padre? Eran preguntas que se hacían los hermanos, pero no verbalizaban ni entre ellos. Simplemente quedaban flotando como una niebla densa y putrefacta en sus cabezas.

El comportamiento de Guille comenzó a empeorar en ese instante. Fue la primera vez que se levantó, abrió la puerta de entrada y, dando un sonoro portazo, se fue de la casa.

Mónica lo esperó nerviosa durante horas. Guillermo no le contestaba el celular. Había hablado con los padres de Lucas —su mejor amigo, en ese entonces— con la esperanza de que su hijo estuviese allí. Pero no.

Cuando al fin escuchó el sonido de la cerradura, se levantó del sofá. Madre e hijo se miraron.

—Tenemos que hablar, Guille.

Él la miró de arriba abajo y atravesó el comedor rumbo a la cocina. Su madre lo siguió.

—Primero que nada, ¿dónde estuviste todo este rato? Llamé a lo de Lucas y ahí no estabas, y tampoco quiero que vuelva a pasar que no me contestes el celular cuando yo…

Guillermo se dio vuelta y la enfrentó, apuntándole el rostro con el dedo índice:

—Ya demostraste cuál es tu prioridad, mamá —dijo, recalcando la última palabra.

—Mi prioridad son tu hermano y vos. Y para empezar, hace tiempo que estoy preocupada por las notas del liceo. Sé que ha sido muy difícil todo, pero es tu única responsabilidad. Tenés que tomarte en serio el estudio.

Él se rascó la barbilla y arqueó las cejas.

—Me enternece que mi madre esté tan preocupada por el liceo, de verdad…

Ella bajó los párpados unos instantes y tomó aire, antes de continuar:

—Escuchame, amor, sé lo que estás sintiendo y entiendo que ahora estudiar no esté en el primer lugar de tu lista, pero es importante. Y con respecto a…

Guillermo abrió una botella de refresco y tomó del pico. Mónica hizo un gesto de disgusto. La estaba provocando. Eructó.

—¿Algo más? Porque si no me voy a mi cuarto. No pierdas el tiempo, vieja. Ya está todo muy claro. No tenés que disimular más.

—¿De qué hablás? ¿Disimular qué?

—¿De qué hablo? De tus prioridades. ¿Querías a un hombre al lado? Muy bien, ya lo tenés. ¿Querías hablar de eso? No hace falta... —dijo, dándose vuelta para irse a su habitación—. Que seas muy feliz.

—Guillermo, ¡soy tu madre! ¡No podés hablarme así!

—¿Sos mi madre? ¡Comportate como una madre, entonces! No andes atrás de un tipo cuando Bruno y yo todavía… —gritó, y se le quebró la voz.

La acusación de su hijo la devastó, pero a la vez notó cuán desesperado, cuán inseguro y vulnerable estaba. Lo entendía. En un impulso, Mónica tendió su mano y le acarició el brazo, pero él reaccionó como si hubiera recibido una corriente eléctrica.

—Guille, por favor, ustedes son lo más valioso que tengo. Nadie puede ocupar el lugar que tienen los dos. Es solo que… ¡a veces me siento tan perdida! Tu hermano es chico, necesita una figura masculina que lo guíe también.

—Necesita a su padre, no a cualquier pinta que vos metas acá.

Mónica trató de no perder la paciencia. De no tomarse la agresión como personal.

—Mi amor, no es cualquier hombre. Lo conocen. Pablo es…

—Ya sé quién es Pablo. Un garca —dijo, y volvió a apuntarla con el dedo—. Un garca que te encara como un buitre al poco tiempo de que papá murió.

—¡No tenés derecho a insultarlo de esa forma! Las cosas no son como las estás planteando.

—¿No tengo derecho a opinar sobre tu noviecito? ¿A opinar sobre lo que hacés con tu vida? ¿Con quién te metés? ¿A quién pensás imponernos?

—Estás muy confundido. Cuidar con quién me relaciono no es tu rol. Soy una mujer adulta y vos sos mi hijo, no mi esposo.

—No, claro que no. Tu esposo se murió, mamá. ¡Y dejó a dos hijos! ¡Hacete cargo! ¿O la pobre viuda no puede sola y tiene que suplantar a su marido?

Su madre le cruzó el rostro de una bofetada. Guillermo no le quitó la vista de encima.

Después, en silencio, se encerró en su habitación.

La actitud recrudeció cuando, seis meses después, Mónica se casó con Pablo y este se mudó al apartamento.

Ella pensó que, tal vez, el año siguiente sería diferente. Que Guille estaría más encaminado. Que la presencia de otro adulto en la casa lo iba a apaciguar, a darle más confianza, mayor estabilidad. Que iba a mejorar en el liceo y que, finalmente, la vida de todos retomaría la normalidad.

Se equivocó.

Divorciado, sin hijos, Pablo es el típico adicto al trabajo que tiene la palabra VENTA como prioridad en su vida. Y, para odio de los chiquilines, es físicamente muy parecido a Ramiro. ¿Habrá buscado su madre, sin ser consciente, una figura como la de su primer amor? ¡Se hacían tantas preguntas!

Sin embargo, era lo único en que se asemejaban, porque para lo demás los dos hombres bien podían representar el día y la noche. Pablo odia el deporte y no escucha música. Viste siempre un impecable traje. Nada que ver con Ramiro. Y mientras su padre, según les contaron, era muy desprendido con el dinero, Pablo es ahorrativo en exceso y se pasa haciendo comparaciones absurdas. Por ejemplo, cuando tienen que comprar algo fuera del presupuesto, como una mochila porque la que llevan al liceo ya no resiste más, él saca la cuenta del equivalente del precio de la mochila en cantidad de litros de nafta. Cosas así. Lo que hace que Guillermo y él choquen permanentemente.

Guille le hace frente. No le tiene miedo. El año pasado su hermano pidió un celular:

—Ma, necesito comprar un celular, aunque sea usado. Este ya está astillado y el sistema está lento. Me la paso horas para mandar un WhatsApp.

Entonces intervino Pablo:

—Es un gastadero ilógico si todavía te funciona.

—No hablé con vos. Estoy hablando con mi madre. Y acabo de decirle que no funciona correctamente —refutó Guille, sin siquiera mirarlo.

Mónica iba a hablar cuando resonó la voz de Pablo nuevamente:

—No es redituable, ¿entendés, Guillermo? Cuando gastás en algo tenés que sopesar costo versus beneficios, y entonces sí estás en condiciones de evaluar una compra de gran envergadura.

—¡Ahhhh, bueeee! Envergadura, sopesar… ¡Cómo estamos con el diccionario, ¿no?! —se burló Guille. Y agregó con un timbre de voz más grave—: ¿Vos me escuchaste decir que quiero un iPhone o un Galaxy último modelo? ¿Eh? ¿Yo dije eso? ¡Contestame!

—No, no, por supuesto, pero… —respondió Pablo, levantando ambas manos en señal de disculpa.

—A ver, Pablo, fui clarito: dije que necesito un celular, «aunque sea usado». ¿Qué parte no entendiste?

Pablo se contrajo y dio un paso atrás. Guillermo, que ya estaba más alto que él, le acercó su rostro desafiante.

—No peleen, por favor —pidió Mónica.

—¿Quién pelea, vieja? Estamos intercambiando opiniones con Pablo, ¿no?

—Bueno, sí, yo le explicaba que… —hizo una pausa y luego de pensarlo mejor, dijo—: En fin, el dinero no cae del cielo.

Guillermo cruzó los brazos y le clavó la mirada. Inclinó levemente la cabeza hacia un costado, sin sacarle la vista ni por un segundo y remarcó las siguientes palabras en un tono pausado y glacial:

—A vos parece que sí. Porque a menos que yo no lo sepa, vos acá no pagás un peso de alquiler.

—¡Guillermo! —gritó Mónica, escandalizada.

—Este apartamento es nuestro. De mi hermano, mío, y de mi vieja. Nos lo dejó papá. Vos acá estás de prestado, así que calladito la boca. No te metás más en mis asuntos.

—¡Se terminó! ¡Te pasaste, Guillermo! ¿Cómo podés hablar de esa manera? —y, acercándose a su hijo, exclamó—: Esto vamos a tener que conversarlo muy bien, somos una familia, remamos para el mismo lado y…

—No te confundas, mamá —la cortó Guille, que tomó la mochila, un abrigo y salió del apartamento, furioso.

Pablo se fue al dormitorio, ofendido. Mónica hizo el intento de seguirlo, pero finalmente no lo hizo. Los pensamientos la atravesaban como flechas. Estaba desencajada.

El ambiente en la casa es asfixiante y Bruno ya no lo percibe como su hogar. El marido de su madre acapara los lugares más sagrados. Duerme en la cama donde dormía su padre. Usa su mesa de luz y coloca su cepillo de dientes en el vaso del baño junto a los demás, como si los cuatro fuesen uno. Marca presencia. Se apropia de los espacios que eran de ellos, solo de ellos. Se sienta en el sofá verde oliva como si fuese de su propiedad.

De todas las frases huecas que dice su madre, en el afán de equilib ...