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AVE DEL PARAíSO

Joyce Carol Oates  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 25

Segunda parte

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Tercera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Notas

Biografía

Créditos

Grupo Santillana

 

Para Charlie Gross

 

Well love they tell me is a fragile thing

It’s hard to fly on broken wings

I lost my ticket to the promised land

Little bird of heaven right here in my hand.

Me dicen que el amor es algo frágil,

difícil es volar con alas rotas

perdí el billete hacia la tierra prometida

ave del paraíso que en mi mano reposa.

«Little Bird of Heaven»,

interpretada por Reeltime Travelers

Primera parte

1

¡Lo que mi corazón ansiaba! De esto hace ya mucho tiempo.

—No puedo entrar contigo, Krista. Pero te prometo que no me marcharé hasta que estés sana y salva dentro de casa.

Aquel atardecer de noviembre íbamos en coche siguiendo el curso del Black River, al sur de Herkimer County, en el Estado de Nueva York, al oeste y un poquito al sur de la ciudad de Sparta, en una época ya muy lejana, envueltos en niebla y con un olor a humedad ligeramente metálico: el río, la lluvia.

Hay entre nosotras, las hijas —hijas para siempre, a cualquier edad—, algunas que en lugar de encontrar desagradables los olores —con toda probabilidad gemelos, enlazados— del humo de tabaco y de los licores, los consideran atractivos en extremo, incluso seductores.

Seguíamos, en coche, el curso del río para que papá me devolviera a casa. Aquel varón era Edward Diehl —anteriormente «Eddy Diehl», un nombre que alcanzó cierta notoriedad en Sparta por aquellos años—, el «Eddy Diehl» que seguiría siendo mi padre hasta la noche en que su cuerpo quedó acribillado por dieciocho proyectiles que disparó, en un espacio de diez segundos, un improvisado pelotón de ejecución formado por policías locales.

La voz ronca de papá, siempre un tanto burlona. Y ya se sabe que si eres hija te gusta que te tome el pelo, porque eso es una prueba de amor.

—Di sólo que nos hemos retrasado, Gatita. No hace falta que des más explicaciones.

Me reí. Dijera lo que dijese mi padre, lo más probable era que me echase a reír y respondiera Claro.

Siempre había que contestar deprisa a un comentario suyo, aunque no se tratara de una pregunta. Si no lo hacías, te miraba fijamente, sin fruncir el ceño pero también sin sonreír. Un suave golpecito en las costillas: ¿Eh? ¿De acuerdo?

Por supuesto Eddy me llevaba a casa un poco tarde, despreocupadamente tarde. De manera que no había confusión posible en cuanto a que era él quien me había traído a casa y no el autobús escolar.

Despreocupado, así era papá, aunque nunca de manera intencionada.

En aquel atardecer de noviembre me traía a casa no mucho antes de que lo ejecutara un pelotón de fusilamiento; a una casa de la que mi madre lo había expulsado, dándose además el caso de que las circunstancias de su expulsión habían sido humillantes para él. Se trataba de una casa de madera de dos pisos, pintada de blanco, que no tenía nada de especial pero por la que mi padre sentía mucho cariño o lo había sentido al menos años atrás: una casa que construyó en parte con sus manos; una casa cuya techumbre y pintura había supervisado; una casa como otras en la carretera del río, cuya pintura empezaba a desconcharse por el lado norte, más expuesto a los rigores del clima, y con contraventanas y molduras necesitadas de un buen repaso; una casa de la que varios años antes Edward Diehl había sido expulsado por una orden del Juzgado de lo Penal de Herkimer County, Departamento de Asuntos Familiares. (Ni mi hermano ni yo habíamos visto aquel documento, aunque sabíamos que existía, escondido en algún lugar en el archivo legal de nuestra madre.)

Mi madre guardaba fuera de nuestro alcance documentos como aquél por miedo —un miedo injustificado, pero típicamente suyo— de que uno de nosotros, imagino que yo, se pudiera apoderar de la orden judicial y hacerla pedazos.

Yo no era una hija así. Creo que no lo era. Sólo me aferraba a aquella promesa suya despreocupada: No me marcharé hasta que estés sana y salva dentro de casa, Gatita.

De qué peligros podría librarme gracias a aquella precaución suya, papá no lo concretó nunca.

Me conmovió mucho que me llamara Gatita. Era mi nombre de pequeña y llevaba algún tiempo sin oírlo. Aunque ya no era una niña pequeña y él lo sabía.

Dos años antes, cuando estaba en octavo, había conseguido ver una vez a papá, mirándome. Trece años y tres o cuatro centímetros menos que a los quince, no del todo una adolescente, pero tampoco lo que se denomina una niñita, aunque con un algo infantil, joven para mi edad. Al cruzar una calle del centro, a varias manzanas del instituto, con otras dos chicas de octavo. Y chillábamos, y teníamos un ataque de risa y corríamos mientras una grúa se nos venía encima, amenazadora, con el conductor (varón, joven) provocándonos al avanzar muy deprisa e (imprudentemente) a punto de causar un pequeño maremoto de agua de alcantarilla que nos salpicara las piernas, y una vez en la acera, a salvo pero todavía riendo, sin aliento, después de un frisson de terror, vi por casualidad a un hombre que se disponía a entrar en un coche estacionado junto a la acera, y con qué atención nos miraba aquel hombre, nuestras piernas y nuestra ropa mojadas, al verlo —de pelo espeso de color ladrillo y de perfil, de manera fugaz, porque no dejé de correr, ninguna de las tres lo hizo— pensé: ¿Es ése papá? ¿Ese hombre?

Después pensaría que no. No era papá. El coche en el que se montaba no me había parecido familiar, eso fue lo que pensé.

Por supuesto, no me había vuelto para mirar. Si en la calle, a los trece años, un hombre clavaba en ti los ojos, no te dabas por aludida.

En aquel día de dos años antes, llovía. En Sparta llovía con mucha frecuencia. Desde el lago Ontario al norte y desde el oeste —desde los Grandes Lagos, más allá (los conocía sólo por los mapas y me encantaba contemplarlos: aquellos lagos semejantes a deliciosos rebaños de nubes, unidos entre sí y con nombres tan hermosos como Ontario, Erie, Huron, Michigan, Superior, a donde nuestro padre nos había prometido a Ben y a mí que nos llevaría en algún momento, en un «viaje en yate»)— siempre había que contar con un cielo en el que podían brotar los nubarrones de lluvia, enormes masas grises y negras, como producto de una magia malévola.

De aquel paisaje y de aquellos progenitores.

De manera que también aquel segundo atardecer llovía. Y en la estrecha Huron Pike Road la visibilidad era escasa. Cortinas de niebla pálida que eran como periodos de amnesia pasaban por delante del coche de papá, y la niebla se tragaba los faros de luces amarillas que me habían parecido tan potentes. Cuando se conduce en esas condiciones es posible olvidar dónde estás y adónde te diriges y con qué propósito, porque los escasos edificios desaparecen en la niebla y los buzones de correos surgen de la oscuridad como brazos repentinamente alzados.

—¿Papá? Aquí... —dije, porque, bruscamente, allí estaba nuestro buzón al final del camino de grava para los coches que surgió de la niebla antes de lo que, al parecer, esperaba mi padre.

Gruñó para indicar Sí. Sé muy bien dónde demonios vives.

¿Entraría con el coche por el camino de grava hasta la casa? ¿Por aquella larga avenida llena de charcos que nos devolvía a la oscuridad? ¿Que nos llevaría como por un túnel hasta nuestra casa que, apenas visible desde la carretera en la negrura omnipresente, brillaba con una blancura fantasmal? Había una luz muy débil en las ventanas del cuarto de estar, mientras que el piso alto estaba a oscuras. Podría haberse dado que no hubiera nadie, aunque yo sabía que mi madre se encontraba en la parte de atrás, concretamente en la cocina, donde pasaba gran parte del tiempo. Si Ben estaba en casa, lo más probable era que se hallase arriba, en su cuarto, también en la parte trasera.

Antes de que se marchara —antes de que el mandamiento judicial lo echase—, mi padre había reparado el tejado de nuestra casa, muy empinado, porque había una gotera en el ático; también había cambiado algunos cables de la instalación eléctrica en el sótano, además de reforzar los escalones que subían hasta la puerta de atrás. Había sido carpintero de profesión, y muy competente; por entonces trabajaba de capataz en una empresa constructora de Sparta.

En todos los pisos dentro de la casa había pruebas del trabajo de carpintero de papá, de su interés por la casa. Cualquiera estaría tentado de pensar que Edward Diehl sentía devoción por su familia.

Pero no entró por el camino de grava: se limitó a detenerse en la carretera.

Casi le oí murmurar Maldita sea, no lo voy a hacer.

Porque de lo contrario se habría acercado demasiado al escenario de su vergüenza. Al escenario de su expulsión. Al lugar de su dolor y de su rabia que era a veces una rabia asesina, y era demasiado peligroso para él, ya que había sido expulsado de aquel lugar por una orden del tribunal del condado y en aquel instante su aliento olía indudablemente a whisky y su rostro estaba enrojecido por el intenso fuego de su furor.

¿Les parecerá extraño que a mí, que había vivido toda mi vida en Huron Pike Road, hija de un hombre nada distinto de otros hombres que vivían por aquellos años en Huron Pike Road, el olor a whisky en el aliento de mi padre no me molestara sino que encontrara en él algo así como un consuelo? (Siempre que mi madre no lo supiera. Y mi madre no tenía por qué saberlo.) Un consuelo arriesgado, pero consuelo al fin y al cabo porque era familiar, era papá.

Y de repente sus mandíbulas mal afeitadas, que me rasparon y me hicieron cosquillas en la cara, se inclinaron para besarme, húmedamente, en la comisura de la boca. Sus movimientos eran impulsivos y torpes como los de un hombre que ha vivido largo tiempo por instinto y sin embargo ha llegado por fin a desconfiar del instinto igual que ha llegado a desconfiar de su capacidad de juicio, hasta de la idea que tiene de sí mismo. Incluso mientras papá me besaba, bruscamente, con un poco más de fuerza de la debida, un beso que él se proponía que yo no olvidara pronto, me estaba apartando de él porque había surgido entre los dos una avalancha de sangre caliente.

—Buenas noches, Gatita.

No era «adiós» lo que estaba diciendo, sino «buenas noches». Aquello fue crucial para mí.

No parecía que lloviera con fuerza, pero tan pronto como me apeé de su coche y eché a correr hacia la casa, comenzó una lluvia helada que me acribilló. Una increíble ráfaga de hojas mojadas se me echó encima. Corrí torpemente con la cabeza baja, me había quedado sin aliento pero sentía ganas de reír, muy consciente de mi torpeza, la mochila sujeta con una mano y golpeándome las piernas, casi poniéndome la zancadilla. Me parecía horrible pensar que mi padre pudiera estar mirándome. A mitad de camino me volví para ver —como de algún modo sabía que iba a ver— las luces traseras rojas del coche de mi padre desapareciendo en la niebla.

—¡Papá! ¡Buenas noches!

Cualquiera pensaría ¡Pero se lo había prometido! Había prometido que esperaría hasta que estuviera sana y salva dentro de casa.

Cualquiera pensaría que me sentí decepcionada, herida. Y que ni siquiera me sorprendían la decepción y el dolor. Pero se equivocarían, porque nunca he sido una hija que juzgara a su padre, que había sido juzgado por otros con tanta dureza y crueldad y tan injustamente; y que nunca querría recordar una herida tan trivial, tan insignificante, un malentendido, un descuido momentáneo por parte de un hombre con tantas cosas más en la cabeza, un hombre al que se estaba arrastrando de manera todavía más rápida e inexorable hacia la órbita de su muerte y de su olvido más allá de la longitud del camino de grava, en el que brillaban los charcos, aquella lluviosa noche de noviembre de 1987 cuando yo tenía quince años y esperaba con impaciencia que empezara mi verdadera vida.

2

Un reproche como una flecha lanzada por el arco y dirigida a mi corazón.

Reproche en un tono de voz que casi no era de censura, que casi se podría confundir —si esto fuera una comedia televisiva y usted fuera un espectador inexperto— con picardía, con travesura.

—Estabas con él, Krista. ¿Verdad que sí?

Mi madre no subrayó el pronombre él. Con su voz apenas crítica de mamá televisiva, él era tan desapasionado como el cemento.

Ni su pregunta era una verdadera pregunta. Era una afirmación: una acusación.

—Podías haber llamado, al menos. Si no ibas a volver en el autobús. Si te hubieras molestado en pensar en alguien aparte de ti misma, y de él. Tendrías que haber sabido...

Que estaba preocupada. O si no preocupada, ofendida.

El orgullo de una madre se hiere con facilidad, no te equivoques pensando que el amor de una madre es incondicional.

Sin aliento por mi carrera bajo la lluvia e indignada, desgreñada, me quité las botas a patadas, tratando torpemente de colgar mi chaqueta en el perchero junto a la puerta, deseando a medias que se rasgara. Una chaqueta de un fantástico color morado e imitación de seda con un ribete crema que me gustaba mucho cuando estaba nueva hacía no demasiado tiempo pero de la que había llegado a pensar que parecía barata y pretenciosa. Estaba evitando enfrentarme con mi madre porque no quería tener que responder a la mirada acusadora de sus ojos, una mezcla de alivio —era verdad que le había preocupado no saber dónde estaba yo— y de indignación creciente. En la ventana cuadrada sobre la nueva encimera que mi padre había colocado al reconstruir gran parte de la cocina, nuestros reflejos parecían muy próximos por una jugarreta de la perspectiva; sin embargo, no se nos hubiera podido identificar a ninguna de las dos, ni siquiera quién era madre, ni quién hija. Con voz engañosamente tranquila mi madre dijo:

—Krista, por lo menos mírame. ¿Estabas, no es eso, con él?

Se trataba ya de él. Ahora sin confusión posible.

Un tirante de la mochila se me había enredado en los pies. Le di una patada. Me ardía la cara. Casi de manera inaudible murmuré Sí porque no podía mentir a mi madre, que conocía muy bien mi corazón rebelde y, cuando me preguntó qué era lo que había dicho, repetí, culpable, pero desafiante:

—Sí. Estaba con... papá.

Papá era una palabra de niña pequeña. Ben llevaba años sin decirla.

—Y ¿dónde estabas, con «papá»?

—Paseando en coche. En ningún sitio.

—¿En ningún sitio?

—Por la orilla del río. En ningún sitio en especial.

Pero sí que era especial. Porque no estábamos más que papá y yo.

La traición es lo que duele. La traición es la herida más profunda. Traición es lo que queda del amor cuando el amor ha desaparecido.

Mi madre se llamaba Lucille. Nadie utilizaba el diminutivo «Lucy». Una intensa conciencia de su autoridad —ahora de lo vulnerable de su autoridad— parecía apoderarse de ella, dominarla, en momentos así, cada vez más, a medida que yo me hacía mayor; al diálogo más intrascendente le añadía siempre una misteriosa exigencia que nunca parecía llegar a ser plenamente satisfecha. Desde que el marido de Lucille, ahora su ex esposo, que era mi padre, nos había dejado definitivamente, o (eso nunca nos había quedado claro ni a Ben ni a mí) se le había obligado a dejarnos, aquella exigencia se había hecho insaciable.

—«Ningún sitio» incluirá, imagino, una parada para beber algo, seguro que sí. Te estás olvidando de esa parte.

—Bueno... —había conseguido sacar los pies del tirante de la mochila y no tenía ya justificación para no mirar a mi madre que se hallaba muy cerca, a mi lado—. Ese sitio country en la Route 31, junto a The Rapids...

—La County Line. ¿Te llevó allí?

Los ojos de mi madre brillaron como monedas de cobre. Porque ahora me había atrapado y no me dejaría marchar sin pelear.

—¿Por qué no me has llamado? Estabas en un sitio con teléfono. Tenías que saber que te estaba esperando.

—He llamado, mamá. Lo intenté...

—No. Estaba aquí, he estado aquí desde las cuatro y cuarto. Habría oído el timbre del teléfono.

—Comunicaba cuando he llamado. Las dos o tres veces que lo he intentado, comunicaba...

Era verdad: había tratado de telefonear a mi madre desde el bar. Pero sólo dos veces. Las dos veces comunicaba. Luego había renunciado, me había olvidado.

Ahora mi madre hizo una concesión: tal vez había hablado por teléfono, sólo unos pocos minutos. Quizá, sí, se había perdido mi llamada.

—He telefoneado a Nancy —Nancy era una compañera de curso que vivía en Sparta, en cuya casa me quedaba a veces a pasar la noche— para ver si estabas allí, o si Nancy sabía dónde podías estar. No lo sabía.

—¡Mamá, por el amor de Dios! ¿Qué necesidad tenías de llamar a Nancy?

—Krista, no uses el nombre de Dios en vano cuando estés conmigo. Es una cosa ordinaria y vulgar. Quizá tu padre diga «por el amor de Dios», y cosas mucho peores, pero no quiero oír esas expresiones en boca de mi hija.

Joder, mamá. Palabras así son todo lo que tengo.

El corazón me latió, resentido, al comprobar que a ojos de mi madre era aún una niña cuando yo sabía muy bien que había dejado de serlo hacía mucho tiempo.

—¿Ha bebido mucho? ¿Se ha pasado?

—No.

—E iba conduciendo. ¿Estaba... borracho?

Me di la vuelta. Aquello me repugnaba. No tenía intención de denunciar a mi padre, de la misma manera que no hubiera denunciado a mi madre ante mi padre.

Habíamos salido a trompicones de la cocina cálidamente iluminada, con armarios de reluciente madera de arce y bisagras de latón y encimeras de formica de color calabaza, a una especie de descansillo oscuro, siempre con olor a humedad, junto a la escalera que llevaba al segundo piso. Como en una danza agresiva mi madre parecía querer acercárseme a empujones. Y me echaba en la cara un aliento que olía a algo agrio, frenético.

Lucille no bebía, pero Lucille tenía una medicina recetada por el médico con el nombre impronunciable de Diaphra... y algo más.

—¿Dónde vas tan deprisa, Krista? ¿Por qué tienes tantas ganas de alejarte de mí?

—No es cierto, mamá. Quiero ir al baño. Tengo la ropa mojada y me la quiero cambiar.

—¿Te ha hecho correr bajo la lluvia? ¿Ni siquiera te ha traído hasta casa?

—Hay un «mandamiento judicial» contra él, mamá. Podrían detenerlo si entrara en esta propiedad.

—Deberían detenerlo por no respetar el acuerdo sobre tu custodia. Por ir a buscarte al instituto, porque supongo que es eso lo que ha hecho, sin mi permiso y sin saberlo yo. Deberían detenerlo por conducir borracho.

Yo trataba de sonreír para aplacarla. Trataba de escabullirme sin tocarla, porque temía que el roce me quemara.

Con frecuencia me sorprendía, una sorpresa que me angustiaba y me emocionaba, descubrir que mi madre ya no era tan alta como antaño. Y es que, como por arte de magia, yo había llegado a ser más alta y más temeraria. Mis pechitos, firmes, tenían el tamaño de los puños de un bebé, pero los pezones se me estaban agrandando, adquirían un color intenso, como de bayas, y eran muy sensibles; llevaba ya aquellos pechos míos tiernamente sostenidos por un sujetador blanco de algodón de la talla 32A. También llevaba leotardos de algodón blanco con doble refuerzo en la entrepierna. Cada cuatro semanas, más o menos, «menstruaba», un fenómeno que me llenaba de una mezcla de rabia y de orgullo, así como de preocupación por la posibilidad de que otros, entre ellos mi madre, pudieran saber lo que mi cuerpo estaba haciendo, qué fuga de color rojo tierra se me escapaba por un estrecho agujerito entre las piernas.

Mi madre me estaba hablando con voz cortante. No era capaz de concentrarme en sus palabras. Mientras permanecía en uno de los primeros peldaños de la escalera, ella también subió para ponerse a mi lado. ¡Qué comportamiento tan extraño! Y no estaba bien. En el instituto te apartarían de un empujón, si te acercabas tanto; incluso tu mejor amiga.

Tan desconcertada me sentí que casi tuve la impresión de que mi madre me había abofeteado, o de que alguien me había abofeteado. ¿O se trataba de que alguien me había besado con fuerza en la comisura de la boca? Un beso de hombre con un bigote hirsuto que me había pinchado.

Lo que quería era alejarme de aquella mujer para meditar sobre el beso. Para sacar fuerzas del beso. Para mirarme la cara arrebolada en un espejo y ver si el beso había dejado huella.

¡Te quiero, Gatita! ¿Lo sabes, verdad?

Es cierto que tu padre os ha fallado, a ti y a tu hermano, pero también que os resarcirá, cariñito. ¿Lo sabes, verdad?

Sí, era cierto: papá «bebía». Pero ¿qué hombre no bebe? Ninguno de mis conocidos en Sparta, ninguno de los parientes de papá se abstenía de beber excepto uno o dos a quienes se les había prohibido el alcohol porque iba a acabar con ellos.

Dile a tu madre que la quiero. Que eso no cambiará nunca.

—... ahora dependéis de mí, tú y tu hermano. No me pongas los ojos en blanco, Krista, es así. Sois mi familia, lo más valioso que tengo. Ese hombre no os quiere, sólo os utiliza para desquitarse. «La venganza es mía, dijo el Señor», una antigua broma de tu padre, algo que les hacía reír a él y a sus hermanos. A todos los Diehl les encanta odiar. Dan la talla como enemigos. No son de fiar como maridos, ni como padres ni como hermanos; pero son excelentes como enemigos —mi madre hizo una pausa, después de haber hecho aquella declaración que tan familiar me resultaba: se la había oído muchas veces tanto a mi madre como a las demás mujeres de su familia—. Te recogió en el instituto, ¿verdad? Es peligroso ir en coche con alguien que bebe, Krista. Sabes que lo detuvieron por conducir borracho; ojalá le retirasen para siempre el carné de conducir. Les ha hecho mucho daño a otros y también te lo hará a ti. Ya te lo ha hecho, pero finges que no es así. ¿No lo entiendes, Krista? Ese hombre es un adúltero. No sólo me traicionó a mí, nos ha traicionado a todos. ¿Y sabes? Hizo daño a aquella mujer. Es un...

La empujé para librarme de ella, con un grito ahogado. No iba a permitirle que pronunciara aquella palabra terrible: asesino.

Mi atrevimiento al empujarla hizo que mi madre perdiera el control, y me abofeteara dos veces con fuerza por detrás. Era extraño que Lucille se comportara así —extraño en años recientes— porque había dejado de ser la señora de Edward Diehl para volver a llamarse «Lucille Bauer», el apellido de su juventud remilgada, un apellido del que parecía sentirse orgullosa; y Lucille Bauer, como todos los Bauer, condenaba cualquier manifestación de debilidad, tanto suya como de los demás.

Sin embargo, los ojos cobrizos le brillaban feroces, trataba de sujetarme con un abrazo de hierro, inmovilizarme los brazos contra los costados. Se oye hablar de niños descontrolados, de niños autistas, a los que se «abraza», con llaves como ésas, por su propio bien. Para mí la sensación fue terrible, aterradora. No pude soportarla. No soporté el aliento agrio de mi madre. El olor de las intimidades de su carne, su cuerpo rollizo sazonado con polvos de talco, el contacto de sus grandes pechos blandos, sus dedos sorprendentemente fuertes...

—¡Suéltame! Te detesto.

Aterrada corrí escaleras arriba, tropezando y cayéndome casi; luego me caí de verdad y me raspé una rodilla, pero me alcé de inmediato, como un animal presa del pánico que huye de un depredador. Se dice que la fuerza de un animal aterrado se dobla o se triplica, de manera que la fuerza del pánico me recorrió todo el cuerpo, una explosión de adrenalina que me llegó al corazón.

¡No quería que mi madre me tocara, que reivindicara sus derechos, cuando estaba de humor posesivo! Yo sabía que de mí se esperaba pasividad, que me mostrara dócil e infantil ante su abrazo, porque aquello había sido en otro tiempo paz entre las dos, había sido en otro tiempo amor, la pequeña Krissie de su mamá que había sido mala pero ya estaba perdonada y segura en los brazos de mamá, protegida de la voz potente y de los pasos sonoros de papá y de sus reacciones imprevisibles, todo lo que es incognoscible e imprevisible en la masculinidad, pero ahora me estaba resistiendo, nunca volvería a ser dócil e infantil en los brazos de aquella mujer, nunca jamás.

Era hiriente para las dos, lacerante. Iba a sentir que se me desgarraba el corazón. Pero estaba decidida, inflexible. No me volvería para llamarla, ni siquiera con las palabras de disculpa más convencionales. Entré a trompicones en mi habitación a oscuras, y me encerré dando un portazo. Detrás de mí en la escalera resonó su voz furiosa y ofendida:

—¡Me das asco, Krista! Eres una embustera, te volverás como él, acabarás traicionando a quienes de verdad te quieren.

Porque no hay nada peor que la traición, ¿verdad que no? Ni siquiera el asesinato.

3

Soy inocente, lo sabes, ¿verdad que lo sabes? diría él.

Sí, papá le contestaría yo.

Pero nunca era suficiente, por supuesto. La creencia fervorosa, el amor incondicional de una niña por su padre pueden ser valiosísimos para el padre pero nunca suficientes.

Afirmar —afirmar una y otra vez— que eres inocente de lo que otros aseguran que has hecho, o podrías haber hecho, de lo que en determinados ambientes se tienen graves sospechas que has hecho, nunca es suficiente a no ser que otros, en gran número, lo digan en tu lugar.

A no ser que se te exculpe en público de lo que se han tenido graves sospechas que has cometido, no basta con afirmar tu inocencia.

... eso lo sabes, cariño, ¿verdad que sí? ¿Tú y tu hermano? Tú y tu hermano y tu madre lo sabéis, ¿no es cierto?

Sí, papá.

4

—Lo siento, nena. Siento mucho, cariño, que te hayas tropezado conmigo.

Les hacía mucha gracia que me hubiera caído de culo —un culo con poca carne— en la pista de baloncesto y que se me saltaran las lágrimas, y no por primera vez durante la tarde, en unos ojos muy abiertos (como los de una película de dibujos).

Y la nariz que me sangraba como consecuencia del codo veloz aplicado por una chica con mala idea antes de que la árbitro pudiera tocar su silbato de ruido ensordecedor.

—Pobre chiquitina. Pobre blanquita. ¡Lo siento, carajo!

Baloncesto después de clase en el instituto de Sparta. Para jugar con aquellas chicas había que ser alta, fuerte, dura, de pies ágiles. O temeraria.

Había otras chicas con las que podría haber jugado si hubiera querido. Chicas de mi edad, de mi tamaño y menos atléticas que yo, de manera que habría sido la estrella en el equipo, como cuando estudiaba octavo y noveno. Pero quería jugar con aquellas otras chicas: Billie, Swansea, Kiki, Dolores. Eran de más edad y más grandes que yo. Tenían dieciséis y diecisiete años. Dolores puede que dieciocho. Kiki y ella vivían en la reserva de los indios seneca, a unos pocos kilómetros al norte de Sparta; tenían cabellos negros, lacios y brillantes, que les azotaban los hombros y se balanceaban como cimitarras, al tiempo que sus ojos negros brillaban con mala intención y ganas de juerga. Si ibas en coche por las zonas rurales al norte de la ciudad —las estribaciones de los montes Adirondack—, veías los restos de antiguos glaciares en su lenta violencia, lo que hacía que el paisaje rocoso se retorciera como algo obligado a pasar por una trituradora de carne. Acababas por entender —después de que el gobierno de los Estados Unidos les hubiera dado una tierra imposible de cultivar y casi inhabitable gracias a tratados que no tuvieron más remedio que firmar hacía ya muchas generaciones— que los descendientes de las seis tribus originarias del norte de Nueva York desearan tomarse algún tipo de venganza contra sus benefactores de raza blanca siempre que la oportunidad se presentara.

A mis compañeras de clase les parecía una locura que jugase con aquellas chicas de más edad. Era la más joven, estudiaba décimo grado, era de huesos delicados y escurridiza como una serpiente y me retorcía y me lanzaba de manera inesperada y mi cola de caballo, sedosa y rubia, flotaba detrás de mí como una provocación; más de una vez al saltar para meter el balón en la canasta, había sentido un brusco tironcito en mi cola de caballo para hacerme perder el equilibrio. No pesaba más de cuarenta y ocho kilos y si una de las chicas de más tamaño me golpeaba —cosa que sucedía, que no le quepa a nadie la menor duda, con mucha frecuencia—, me derrumbaba sobre el suelo brillante de madera tan aturdida a veces que tardaba varios segundos en levantarme.

—Krista, cariño, ¿estás bien? Vamos, ¡arriba!

En general les caía bien. Las cosas que me decían —groseras, divertidas, obscenas— también se las decían entre ellas. Eran expertas en decir palabrotas con intención afectuosa: «Quítate de en medio, zorra», «Zorra blanca del carajo», «Hija de puta». (La mayoría de nosotras éramos de hecho «blancas», pero había gradaciones de «blancura». Como había gradaciones en otra cosa a la que nunca se le daba nombre: clase social, orígenes. En el instituto de Sparta había alumnos, Dolores y Kiki entre ellos, y varias chicas más que practicaban deportes, que tenían parientes, vecinos, amigos y novios en cárceles y centros penitenciarios para jóvenes o que habían salido hacía poco en libertad condicional; su habla entretejida de palabrotas era jerga carcelaria, una especie de poesía patibularia.) Entre ellas yo era «Krissie», a quien no había que tomar en serio, algo así como la mascota del equipo. Aunque a veces las sorprendiera logrando una canasta inesperada, apoderándome de una pelota perdida, para correr a mi manera reptilesca por detrás de sus codos y llegar como una flecha bajo el aro antes de que nadie pudiera pararme, no estaba siquiera en condiciones de competir con las jugadoras de segunda fila: me faltaba la verdadera agresividad del atleta, la voluntad de hacerle la puñeta al contrario. Cuando el juego en la pista se endurecía —lo que de manera inevitable sucedía al menos una vez en todos los partidos— yo me encogía, nunca seguía con el balón si corría el peligro de que me hicieran daño. Y si te tiraban al suelo y te hacían una falta, tal vez te acariciaran a continuación; si una chica de setenta kilos chocaba contigo como un camión de la basura arrollando a un cochecito de niño, y te derribaba haciéndote resbalar por el suelo sobre tu culito con poca carne, la misma chica podía agacharse para ayudarte a que te levantaras: con una sonrisa traviesa sin apenas abrir la boca quizá te frotara el cráneo con sus nudillos y le diera un suave tirón a tu cola de caballo, o un pellizco en la nuca al tiempo que murmuraba: «Lo siento, joder. Te has cruzado en mi camino».

No estaba demasiado mal, después de todo. Incluso aunque me sangrara la nariz.

Iba cojeando a la línea de tiros libres mientras las otras chicas se alineaban para mirar: lanzar tiros libres era algo en lo que Krissie Diehl había llegado a ser muy buena, dado el gran número de oportunidades.

—¡Así se hace, Krissie! Vamos, chica.

—¡Adelante, mi niña! Demuéstranos que tienes eso.

El jueves, a última hora de la tarde, apareció papá en la pista de baloncesto durante un entrenamiento. Sin avisar, claro; nunca avisaba porque no era así como Eddy Diehl hacía las cosas.

Lucille me acusaba de hacer planes con «tu padre» a espaldas suyas, pero ¿cómo era posible que yo planeara reunirme con él, cuando mi padre llevaba meses sin tratar de hablar conmigo y sólo podía relacionarme con él por medio de los Diehl, que no me miraban con buenos ojos (en mi calidad de hija de Lucille y, según creían, de conspiradora secundaria)? Ni siquiera estaba al tanto de dónde vivía ahora: ¿Buffalo? ¿Batavia? No pasaba ni un día, ni una hora, sin que pensara en mi padre y,cuando no pensaba en él de manera consciente, era el latido sordo de un dolor en mi garganta y sin embargo no podría haber dicho a ciencia cierta cuál era su paradero.

Me despertaba por la noche, sudando y llena de ansiedad: aquel latido doloroso.

Mi hermano Ben decía despectivamente que era como una infección; también él la tenía. «La misma condenada fiebre. Mientras vivamos aquí en Sparta y la gente sepa nuestro apellido, seguiremos enfermos: somos los hijos de Eddy Diehl.»

Después del baloncesto, a no ser que me quedara a pasar la noche en la ciudad con una compañera de clase, volvía a casa en el autobús de las cuatro y media, al que se llamaba el «último autobús». (El «normal» salía a las tres y media.) Nuestra casa en la Huron Pike Road estaba casi a cinco kilómetros del instituto de Sparta y yo habría llegado muy poco después de las cinco, pero nunca me subí en aquel autobús.

Se colocó dentro del gimnasio, junto a la puerta. No era frecuente ver a personas adultas en el gimnasio en aquel momento del día. Al terminar el partido salí de la pista cojeando y limpiándome el sudor de la cara con la camiseta y oí una voz masculina —sorprendente en aquel contexto—, una voz baja, ronca y emocionante:

—Krista.

Alcé la vista al instante. Miré a mi alrededor. Había un hombre a menos de siete metros, con una chaqueta de ante de color beis, pantalones oscuros, gorra calada casi hasta los ojos. ¿Me estaba haciendo señas?

Le volví a oír enseguida, con más claridad:

—Krista. Fuera.

Me faltaron las fuerzas. No pude responder. Me quedé mirando a mi padre mientras él empujaba las puertas que daban al corredor y desaparecía.

Otras chicas lo habían visto, le habían oído. Por supuesto. Habían divisado a un hombre —¿el padre de Krista?— antes que yo.

Entramos juntas en el vestuario. Chicas que reían muy fuerte se habían callado. Chicas que sentían cierto afecto por mí, o, al menos, cierto grado de tolerancia, me miraron con expresiones de curiosidad, de preocupación.

¿Diehl? ¿El que...?

Aquella mujer a la que mataron, ¿es él quien...? ¿Por qué ha salido tan pronto de la cárcel?

Alguien —creo que era nuestro profesor de gimnasia— me estaba vigilando. Me preguntó algo, pero fingí que no le oía. Dado el zumbido de emoción que resonaba en mis oídos era muy poco lo que podía oír, lo que quería oír.

Lo que quería era reírme de todos en sus narices. Porque, ¿qué sabía ninguno de ellos sobre mi padre, Eddy Diehl, y sobre mí? Pensaba: Ha venido a por mí, ahora veis lo mucho que me quiere, digan lo que digan.

5

—Se acabó.

O

—No hay más que hablar.

Ésas eran las palabras de mi madre. Había dignidad en su postura —erguida, sin temblor visible, la cabeza alta y los ojos resueltos—, como había dignidad en la brevedad de semejante respuesta, en lo que contestaba a las preguntas que le hacían sobre su ex marido, Eddy Diehl. Porque no había forma de evitarlo, a Lucille Bauer le preguntaban por Eddy Diehl, aquel individuo del que tanto se hablaba y que era tan «polémico», con el que había estado casada dieciocho años, lo que suponía la mayor parte de su vida de adulta; y cuando a Lucille no le preguntaban con palabras directas, groseras, prepotentes, la interrogaban con insinuaciones, con indirectas.

¡Escucha, Lucille! ¿Cómo están las cosas con...? De manera que se había acostumbrado a dar una respuesta breve y fría pero perfectamente cortés, con una sonrisa que era como una cuchillada y que sugería dolor o la burla de ese mismo dolor.

¿Quieren verme llorar? ¿Quieren ver mi corazón destrozado? No lo van a conseguir.

En los años ochenta, en Sparta, en Nueva York, las expectativas de una joven de la clase social de Lucille —clase trabajadora / clase media / «respetable» / «buena»— no eran esencialmente diferentes de las de la madre de Lucille a finales de los cincuenta y primeros sesenta: ansiabas prometerte joven, casarte joven y empezar a tener hijos también joven. Ansiabas conseguir el amor de un hombre atractivo, a ser posible de un hombre incluso seductor, sin duda de un hombre que se ganaba bien la vida, de un hombre que fuese fiel.

A finales de los sesenta en otras partes del país, o, al menos, según la prensa sensacionalista que se utilizaba en los Estados Unidos para fantasear, empaquetada y vendida por los medios de comunicación comerciales, se había producido una revolución sexual: la toma del poder por los hippies. Pero no en Sparta, ni tampoco en Herkimer County. No en el norte del Estado de Nueva York, en aquella región marcada por los glaciares en las estribaciones meridionales de los montes Adirondack. Allí, pese a una creciente tasa de divorcios, a más hogares «monoparentales» (por ejemplo, madres de color que recibían prestaciones de la seguridad social, de las que se hablaba mucho y a las que se desaprobaba) y a otras inconfundibles incursiones de los desastres de los años sesenta, aún ...