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BAJO EL SOL DE SANNAR

Judith Knigge  

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Fragmento

Título original: Die Sonne von Sannar

Traducción: Irene Saslavsky

1.ª edición: febrero 2015

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 3547-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-963-3

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido Cita Enciclopedia Brockhaus, tomo 7 Prólogo Le secret de la savane 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 Sur le pont d'Avignon 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 Les yeux tristes de la Reine 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Le vent devient tempète 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 La petite ètoile dans le ciel 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 Epílogo Nota de la autora Agradecimientos Fuentes

Un viaje de mil kilómetros comienza con un paso.

Recibe antes que nadie historias como ésta

LAO-TSÉ

Enciclopedia Brockhaus, tomo 7

Ámsterdam, 1809, págs. 393-394

La jirafa: un animal curioso ya conocido por los antiguos pero deformado por numerosas descripciones. Su aspecto físico se asemeja al de diversos animales. Parece un corcel brioso, tiene el cuello largo como los camellos, la piel de manchas regulares como el leopardo, la cabeza semejante a la del ciervo y cola de vaca. Después del elefante asiático, es el animal más alto y mide entre cinco y cinco metros y medio desde la cabeza hasta las pezuñas; el cuello por sí solo mide dos metros y veinticinco centímetros. En la frente tiene dos pequeños cuernos de unos dieciocho centímetros ligeramente inclinados hacia atrás y rematados por una borla de pelo. La jirafa vive en África. Además, es de carácter apacible y se alimenta casi exclusivamente de hojas de árboles. Cuando duerme, apoya todo el cuerpo en las rodillas, que, debido a ello, carecen de pelo.

Prólogo

1825

Colonia egipcio-sudanesa,

cerca de la ciudad de Sannar

El sol se ponía en medio de un resplandor rojizo tras las colinas de Sannar. Una sombra fresca inundó las innumerables casas situadas al pie de las colinas y se levantó una suave brisa. El campamento no tardó en despertar tras el calor diurno: las mujeres se apresuraron a abrir las cortinas de las tiendas para dar paso a la refrescante brisa nocturna y eliminar el ambiente sofocante del interior. La gente salió de las tiendas, tomó asiento en delgadas alfombras, en torno a pequeñas hogueras humeantes, y disfrutó de una taza de té. El opresivo silencio diurno dio paso a un suave murmullo y a un apagado ajetreo.

También Zahina, que ya había cumplido los diecinueve, y su hermana Najah, dos años menor que ella, se prepararon para abandonar su humilde morada, que ya ocupaban hacía muchas semanas.

Zahina se arregló el velo, una prenda a la que ninguna de las dos estaba acostumbrada pero de la que sin embargo no podían prescindir: en la medida de lo posible, procuraban que nada delatara su fe, puesto que los cristianos despertaban suspicacias y eran tratados con hostilidad. Ni Zahina ni su hermana querían exponerse a eso.

—Hoy seré yo quien irá a buscar agua, tú trata de hacerte con un poco de mijo —dijo Zahina, y le ofreció un saquito de hojas de té—. Toma, coge esto e intenta hacer un trueque.

No le dijo a su hermana que había aumentado el volumen del té con flores secas de los arbustos que crecían en torno al campamento. Nadie lo notaría. La gente incluso devoraba las moscas muertas que caían en la sopa.

Zahina contempló preocupada el rostro demacrado de su hermana, con las mejillas hundidas y los ojos ojerosos, preguntándose si ella tenía el mismo aspecto. Se llevó la mano a la mejilla y se la tanteó bajo la delgada tela. A condición de que no enfermaran y tuviesen la fuerza suficiente para ir a buscar agua, quizá sobrevivieran.

¡Cuántas cosas habían cambiado desde que abandonaron su aldea de las tierras bajas de Sudán! Lo único que poseían era la tienda agujereada, una jarra, dos mantas raídas y un poco de té. El sustento que recibían los habitantes del campamento era muy escaso y rara vez les repartían cereales. La gente aún se alimentaba de lo que había podido traerse, apenas tenía qué llevarse a la boca y se veía obligada a mendigar cada bocado, pero las provisiones no tardarían en acabarse. En el campamento solo era posible pagar en especie: con agua, té, cereales o cerveza de mijo. Zahina había oído decir que algunas muchachas incluso vendían su cuerpo, pero ¿qué remedio, cuando ya habías intercambiado todo lo que poseías? Zahina confiaba en no verse obligada a tomar esa medida y se esforzaba por alimentar también a su hermana menor. Ir por agua para otros a veces les proporcionaba un puñado de cereal y otras, uno de harina. Pero el estómago a menudo protestaba.

No, ese campamento no era un lugar agradable para nadie: era un lugar de privaciones y desesperación. Ninguno de los habitantes se encontraba allí por voluntad propia; a todos los unía el mismo destino: los gobernantes egipcios enviaban a sus tropas a las regiones conquistadas de Sudán con el fin de atacar aldeas y satisfacer su interminable necesidad de esclavos. Habían caído sobre la aldea natal de las hermanas como las langostas. Todo ocurrió con mucha rapidez, hubo combates y muertos, y en medio del tumulto las familias quedaron separadas. Zahina ignoraba el destino de los habitantes de su aldea y también el de sus padres. Reunían a la gente y la obligaban a marcharse. Allí, en el campamento de esclavos próximo a la ciudad de Sannar, se veían obligados a aguardar hasta que los trasladaran a otro lugar. Las hermanas habían buscado a sus padres y tratado de encontrar rostros conocidos, pero en vano. En varias ocasiones circuló el rumor de que ese campamento sería levantado y los ocupantes transportados río abajo, a lo largo del Nilo Azul, si bien de momento eso no había sucedido y nada indicaba que fuera a ocurrir pronto.

Zahina suspiró y miró a Najah, que se acomodaba el velo con destreza.

—Ahora me marcharé, cuídate —dijo, y la miró directamente a los ojos castaños.

Le disgustaba dejar sola a su hermana. El temor de perderla también a ella era demasiado grande y cada vez esperaba fervorosamente que Najah no se pusiera en peligro debido a su carácter ingenuo. Pero Zahina no tenía elección: de algún modo debían sobrevivir.

—Ve tranquila, tendré mucho cuidado, no me pasará nada —dijo Najah con obstinación.

Zahina sabía que la agobiaba con su angustia, así que, suspirando, cogió la jarra y se marchó apresuradamente.

Al menos una fuente todavía proporcionaba agua potable, pero el trayecto hasta ella resultaba agotador, incluso en las horas más frescas del atardecer. Costaba avanzar por la arena del estrecho sendero y por todas partes había basura y excrementos. El hedor era espantoso y, en cuanto apoyaba un pie en el suelo, se elevaba una nube de moscas. Los habitantes del campamento no contribuían a mantener la limpieza del lugar. Hacía unas semanas que habían enfermado los primeros y por eso Zahina se alegraba de que su tienda se encontrara al borde del campamento, pues allí el pestazo de los cuerpos sucios y las insuficientes letrinas era menor. Además, el peligro de sufrir un ataque era más reducido. Habían oído que de vez en cuando hombres borrachos atrapaban a una muchacha. Puesto que en el campamento Zahina y Najah no tenían un padre ni hermanos que las protegieran, procuraban no llamar la atención. También tenían que cuidarse de los guardias. Hacía semanas que se encargaban de los futuros esclavos y estaban de bastante mal humor. A diferencia de los prisioneros, sin embargo, los guardias podían abandonar el campamento y aprovisionarse en la cercana Sannar. En cierta ocasión, Zahina los había visto conducir mulas cargadas de provisiones a sus tiendas, que siempre estaban muy bien vigiladas, al igual que el resto del campamento.

En cuanto Zahina atravesó los matorrales de espinos que bordeaban el campamento a lo largo del estrecho sendero y salió al llano abierto, se detuvo: en el horizonte se destacaba la silueta borrosa de una caravana. Al principio creyó que la vista la engañaba, pero cuanto más atentamente miraba el ocaso, tanto más clara se volvía la hilera de camellos. ¡Se acercaba al campamento!

Se recogió el vestido y echó a correr hacia la fuente; las mujeres que la rodeaban también habían notado la presencia de la caravana y cuchicheaban nerviosas, observando con suspicacia los animales que se aproximaban: nunca se sabía qué intenciones tenían los viajeros. Zahina no despegó la vista de los recién llegados; aún recordaba muy bien las visitas anteriores de desconocidos. Ser trasladada al norte como esclava no era una perspectiva agradable, pero que una caravana te trocara por un saco de mijo y te hiciera desaparecer en un lugar ignoto era aún peor. Los carabineros disfrutaban llevándose muchachas, así que lo mejor sería que ella y Najah se refugiaran en su tienda. Antes debía coger agua de la fuente, sin embargo.

Cuando al cabo de un momento Zahina regresó al campamento, todos estaban muy nerviosos. La noticia de la llegada de la caravana se había extendido como un reguero de pólvora. Algunas mujeres guardaron sus pertenencias en la tienda y llamaron a sus hijas, mientras que otras preparaban jarras de cerveza de mijo para complacer a los recién llegados y quizás intercambiarlas por algo comestible.

Zahina se apresuró a buscar a Najah y no tardó en encontrarla en medio de un grupo de curiosos. La cogió del brazo y la arrastró hasta la tienda. La otra protestaba entre dientes sin dejar de volverse.

—¿Por qué no comprobamos qué quieren? A lo mejor podemos hacer un trueque.

—No, es demasiado peligroso —dijo Zahina tajante.

Aguardarían en la tienda hasta que la caravana hubiera proseguido viaje. Ya había renunciado a su plan de acudir varias veces a la fuente: el miedo se imponía al hambre y la sed.

Poco después la caravana llegó al campamento. Desde el interior de la tienda, Zahina oyó que los camellos balaban y se tendían, y también voces de hombres. Estaba inquieta. Se había quitado el velo y, sentada en el suelo, dibujaba motivos en la arena con el dedo. Por más vueltas que le daba, no se le ocurría por qué la caravana se había detenido allí y no en la ciudad.

Era evidente que Najah no sentía temor alguno. Percibía la excitación de su hermana sentada a su lado, jugueteando con el velo y con un brillo aventurero en la mirada. La miró con afecto. Sabía que la monotonía y la soledad del campamento la afectaban y que la caravana suponía una agradable interrupción de la rutina. A diferencia de ella, Najah no era desconfiada, y en repetidas ocasiones había tenido que advertirle que no se relacionara mucho con los demás habitantes del campamento. Nunca se sabe qué motiva a las personas y Zahina no había tardado en descubrir que allí lo único que importaba a todos era el bienestar propio. Resultaba evidente que Najah rechazaba la idea de que una caravana, además de una diversión, suponía también un peligro, al igual que tantas otras cosas en las que procuraba no pensar para que lo sucedido fuera menos insoportable.

Durante todas esas semanas Najah no había llorado la pérdida de sus padres ni de su hogar. Solo de vez en cuando, en plena noche, Zahina la oía sollozar en voz baja y la abrazaba en silencio tratando de consolarla. Se le partía el corazón y tenía que esforzarse para disimular su debilidad; se había jurado que cuidaría de su hermana y la idea de que alguna desgracia pudiera ocurrirle la aterraba. No quería perderla por nada del mundo.

—¿Por qué no puedo salir para ver quiénes son esos desconocidos? —dijo Najah, arrancándola de sus pensamientos.

—¡Porque no! Es demasiado peligroso. —Zahina negó con la cabeza.

—Pero... —Najah se puso en pie de un brinco y a punto estuvo de golpearse la cabeza contra la lona de la tienda. Atisbó por un intersticio y gritó de sorpresa—. ¡Zahina! ¡Mira, Zahina! ¡Tienes que ver esto!

Con un suspiro, Zahina se acercó, apartó a su hermana y trató de ver a qué se refería.

—¿Qué es eso tan apasionante?

Pero en cuanto hubo pronunciado estas palabras la sorpresa le cortó el aliento. Allí, detrás de las tiendas y rodeados por una multitud que murmuraba excitadamente, había dos camellos con una extraña carga: un cachorro de jirafa cada uno.

Najah, impaciente por salir de la tienda, apartó a su hermana y echó a correr, cubriéndose apenas el rostro con el velo.

—¡Vuelve aquí, Najah!

Pero no le prestó atención y Zahina decidió seguirla.

La grácil jovencita ya se abría paso entre la multitud que rodeaba los camellos. Su desobediencia enfadó a Zahina, pero la curiosidad también la había picado a ella. Era evidente que esa no era una caravana corriente. Cuando por fin alcanzó a Najah y esta se acomodó el velo, los hombres ordenaron a los camellos que se tendieran. Zahina observó el acontecimiento. Los hombres de la caravana llevaban chilaba azul y turbante negro, el atuendo de los nómadas. Con la cara curtida por el sol y la barba larga e hirsuta, estaban agotados. Los camellos obedecieron y se tendieron en la arena, pero los cachorros de jirafa no reaccionaron a la multitud que los rodeaba y se limitaron a bajar la cabeza.

Zahina contempló ambas jirafas. Debían de proceder del remoto sur, de las sabanas, pues allí en Sudán las tierras eran demasiado áridas para esos animales. Era de suponer que hacía tiempo que viajaban y tal vez por eso la caravana no había proseguido hasta la ciudad. Eran animales muy jóvenes y estaban exhaustos. ¿Cómo los habrían atrapado? Se decía que una jirafa adulta era capaz de matar a una manada de leones. Un vistazo a los largos machetes y las lanzas colgadas de las alforjas de los camellos le proporcionó la respuesta.

De pronto la atención de la multitud se centró en los dos camellos tendidos en el suelo, un poco apartados del resto. Cuando los hombres empezaron a descargar los grandes bultos se levantó una nube de moscas y resonaron gritos: ¡carne! Solo muy rara vez llegaba carne al campamento y quizá dentro de unas horas muchos trocarían sus últimas pertenencias por un pedacito. Zahina se estremeció. Por eso habían logrado atrapar las jirafitas: era de suponer que los bultos contenían los restos de las madres. Asqueada, notó que la mayoría de los habitantes del campamento se acercaban a los hombres que ya habían comenzado a negociar con la carne. Zahina permaneció junto a Najah, observando a los que descargaban las pequeñas jirafas.

Dos hombres las cogieron de las patas delanteras y otros dos de las traseras y las dejaron junto a los camellos. Tenían las patas atadas y uno tuvo que ponerse a su lado para sostener las dos delicadas y flacas criaturas que ya superaban en altura a sus captores. Varios se esforzaban por ponerles bridas y, cuando por fin lo lograron, se aproximó un individuo alto de aspecto imponente, al parecer el jefe de la caravana, y cortó las cuerdas que les sujetaban las patas. Los cachorros, visiblemente agotados, trataron de dar unos pasos pero se tambalearon. Zahina arrastró a Najah para evitar que una de las jirafas le cayera encima.

—¡Venga, daos prisa! Hay que alimentar a esos animales —gritó el que parecía ser el jefe de la caravana.

Permanecía de pie en la arena con los brazos cruzados y tampoco se había quitado la punta del turbante que le cubría el rostro, así que Zahina solo vio sus ojos oscuros y una larga barba bajo el mentón.

Los hombres volvieron a enderezar las jirafas y procuraron empujarlas hacia las ubres de las camellas.

—¿Crees que las camellas dejarán mamar a las jirafas? —susurró Najah, desconcertada.

Zahina, también sorprendida, observó que las camellas reaccionaron a dicho intento con gruñidos y salivazos. El espectáculo se prolongó y Zahina, cada vez más inquieta, vio que cuatro hombres forzudos intentaban refrenar los camellos al tiempo que otros cuatro empujaban a los cachorros de jirafa hacia una camella. Una empresa desafortunada, porque era evidente que las jirafas temían a los camellos y las camellas se ponían cada vez más agresivas. El sufrimiento de todos los animales resultaba evidente.

Entonces, de repente, el hombre que había ordenado que alimentaran a las jirafas golpeó el lomo de los camellos con una larga vara. Zahina dio un respingo.

—¿Es que no se las puede alimentar de otra manera? —preguntó Najah.

Zahina la miró horrorizada, pero su hermana miraba con valentía al hombre de la vara, que se volvió hacia las dos hermanas. Zahina sabía que no debían inmiscuirse. Al principio un brillo de ira asomó a los ojos del hombre y ella se encogió mientras que Najah se mantuvo impasible. Entonces el hombre se quitó el paño que le cubría la cara y sonrió.

—Pues si se te ocurre algo mejor...

—¿Por qué no ordeñas las camellas? —contestó Najah con decisión.

El hombre soltó una carcajada y se atusó la barba hirsuta.

—¿Ordeñar? ¿Acaso parezco una mujer? —Dirigiéndose a los hombres que, sudados y exhaustos, seguían intentando acercar las jirafas a las camellas, les gritó—: ¡Eh, oídme! ¡Esta muchacha afirma que ella sabe hacerlo mejor!

Los hombres rieron, se detuvieron un momento y miraron a las muchachas.

Zahina estaba inquieta y reprendió a Najah para sus adentros por ser tan ingenua, aunque sabía que lo único que le importaba era el bienestar de los animales. Antes de que pudiera impedirlo, su hermana cogió una jarra y se acercó a la primera camella. Zahina se echó a temblar.

Los hombres le abrieron paso en silencio y, en cuanto dejaron de empujar a la jirafa hacia ella, la camella se sosegó. Había tolerado cargar con el cachorro, pero se negaba a dejar que mamara, algo que no sorprendía a Zahina: en general, los animales solo amamantan sus propias crías. ¿Cómo podían ignorarlo aquellos expertos cazadores?

«Es de suponer que a ellos les importa más matar que alimentar», pensó con amargura.

Najah se acercó despacio a la camella murmurando palabras tranquilizadoras. Zahina observaba la reacción del animal con preocupación, pero este no parecía dispuesto a defenderse ni a lanzarle una coz a su hermana, que, con decisión, inició el ordeño. Realizó la tarea con facilidad, ¡ya lo había hecho tantas veces!

Zahina contempló a su valiente hermana y recordó los camellos y las vacas que antaño su familia poseía en la aldea. Al pensar en sus padres se le hizo un nudo en la garganta y trató de pensar en otra cosa.

La jarra se llenó con rapidez. Najah se levantó despacio y le habló al animal en voz baja. Luego se acercó a la jirafa. Zahina tenía el corazón en un puño, pero, más que peligroso, el animal parecía apático y los hombres todavía tenían que sostenerlo.

Najah se puso de puntillas y acercó la jarra al morro del animal hablándole con voz suave. De pronto reinaba un silencio expectante. ¿En qué se había embarcado? ¿Cómo podía estar segura de que la jirafa aceptaría la leche de camella? ¿Y qué pasaría si el animal se negaba a tomarla? Cuando la jirafa titubeó, se puso muy tensa, pero luego observó aliviada que la criatura bajaba la cabeza y sumergía el morro en la leche de camella. Najah le dirigió palabras tranquilizadoras al animal y, con una inclinación de cabeza, le indicó a su hermana que la imitara. Zahina tuvo que hacer acopio de todo su valor, pero no estaba dispuesta a dejar a su hermana en la estacada y empezó a ordeñar la camella. Poco después la otra jirafa por fin recibió su alimento. Los hombres soltaron murmullos de aprobación y la multitud aplaudió.

El jefe se acercó a las muchachas y se puso en jarras.

—Creo que acabáis de resolver el problema de la alimentación —dijo con una sonrisa. Después frunció el ceño y, cuando prosiguió, Zahina no daba crédito a sus oídos—. Viajaréis con mi caravana y os ocuparéis de las jirafas. Id por vuestras cosas, yo hablaré con los guardias. Y llamadme Bajahr.

Bajahr se volvió y se dirigió hacia el campamento con paso firme. Zahina y Najah intercambiaron una mirada sorprendida por encima de las cabezas de las jirafas. Najah asentía y en sus ojos brillaba el entusiasmo, pero Zahina negó con la cabeza.

—No podemos hacerlo, quién sabe qué...

—Pero si es mucho mejor que quedarse en este campamento, Zahina —susurró Najah emocionada.

Su hermana tuvo que darle la razón. Por lo visto, esa caravana no se dedicaba al tráfico de seres humanos y el futuro en el campamento no parecía nada prometedor.

—Vale, de acuerdo —dijo por fin.

Ambas hermanas ignoraban hasta qué punto su destino acababa de unirse al de las dos jirafas.

Le secret de la savane

El secreto de la sabana

1825-1826

París

Colonias egipcio-sudanesas

Alejandría

Marsella

1

Pierre Morin se levantó el cuello del abrigo, salió del vestíbulo y disfrutó del aire frío y húmedo de una madrugada otoñal. Echó un breve vistazo a su imagen reflejada en una de las ventanas de la casa, iluminada por la luz de la farola de gas: llevaba el cabello rubio corto y en la mirada de sus ojos azules resplandecía el espíritu aventurero; esbozó una sonrisa animosa. Empezaba octubre y, sin embargo, en septiembre ya podía intuirse que la temporada templada había llegado a su fin: las hojas de las avenidas parisinas se habían vuelto rojizas y amarillentas más rápidamente que en años anteriores y grandes bandadas de aves migratorias cruzaban el cielo cubierto de nubarrones camino al sur.

Pierre tiritó. Se caló el sombrero de copa y se arrebujó en su grueso abrigo de lana. La Rue Saint-Médard, una callejuela tan estrecha que por ella apenas pasaban los carruajes, lo protegía hasta cierto puente del viento. Pierre tomó aire y se sujetó el sombrero de copa con la mano izquierda; en cuanto saliera a una calle más ancha, una ráfaga helada lo azotaría. Encogió los hombros y se marchó a paso apresurado. Como todas las mañanas, en su apresuramiento, le pareció que las casas de Saint-Médard se cernían sobre él y que la callejuela se estrechaba aún más.

Ya hacía dos años que vivía en la tercera planta de un edificio alto de fachada gris. Había sido una solución de emergencia, porque en aquella ciudad resultaba difícil encontrar alojamiento, sobre todo si uno vivía solo, como él. Todas las mañanas, la calle, la casa y su pequeña habitación que daba directamente a la empinada y chirriante escalera de madera del edificio lo ponían melancólico; debería haber buscado otro alojamiento hacía tiempo, pero sabía que en el transcurso de la hora siguiente esa sensación sombría que lo invadía se desvanecería como la niebla que cubría la ciudad. Pierre se enderezó e inició su caminata en dirección al río; allí, en las calles secundarias, había que prestar atención: estaban llenas de basura cuyo hedor flotaba en el aire. Por más deslumbrantes que fueran las fachadas de París, los patios traseros eran mugrientos. Pierre, que se había criado en el campo, todavía no se había acostumbrado a ello.

Poco después alcanzó la Rue de la Seine, donde las corrientes de aire eran menores y las fachadas ya no impedían ver el cielo. A partir de allí cada paso lo alejaba de su pequeña morada, de su mala conciencia y de la idea que lo corroía: la de haber cometido un error. Cada paso lo acercaba aún más a su vida actual, una existencia muy feliz de no haberse visto obligado a regresar cada noche a la Rue Saint-Médard, donde la voz susurrante del viento lo acechaba solo para decirle cuán solo estaba y que nadie lo aguardaba. Allí lo único que hacía era dormir.

Apretó el paso y no tardó en vislumbrar las copas de los árboles del paseo que bordeaba el río. A su izquierda se encontraban las bodegas y el mercado de vinos: la halle aux vins de París. Ya había hombres descargando los grandes toneles de madera y haciéndolos rodar hasta los almacenes con gran estrépito. Un aroma dulzón y afrutado asaltó a Pierre y despertó en él recuerdos placenteros. Aquel era el aroma de los cálidos días de estío y de las vides cargadas de racimos, cuando aún no vivía en la ciudad sino en casa de su padre. En aquel entonces ese era el aroma de todas las mañanas, nada que ver con el olor habitual de las calles de la ciudad, donde procuraba no inspirar demasiado profundamente antes de llegar a la orilla del Sena. Era como si el río arrastrara el pestazo de las estrechas callejuelas, de los atestados sumideros, del contenido de los orinales vaciados en la calle y de los desperdicios de los numerosos habitantes. Desde allí aún había un trecho hasta la Ménagerie du Jardin des Plantes, el parque zoológico de París. El zoo formaba parte del Jardín Botánico, que, rodeado de numerosos museos, almacenes y archivos, se extendía desde la orilla del Sena hasta el gran edificio del Museo Nacional de Historia Natural.

Hacía un año que Pierre ocupaba el puesto de veterinario del zoo; dada su edad, ejercer dicha tarea constituía un honor considerable. Tenía veinticuatro años y solo hacía dos que había terminado los estudios en la École National Vétérinaire d’Alfort. Sonrió al pensar en su formación: la oportunidad de tener un trabajo en el zoo ya se le había presentado mientras estudiaba, pero sin la ayuda de su mentor, el profesor Étienne Geoffroy Saint-Hilaire, jefe del Departamento de Zoología del Museo Nacional de Historia Natural, dicha oportunidad jamás se hubiera materializado.

Pierre había conocido a Saint-Hilaire durante una conferencia en la École. El profesor se tomaba muchas molestias con los alumnos de la escuela, puesto que eran la futura generación de veterinarios; afirmaba que, además de una buena formación teórica, la praxis era de una importancia vital.

En la época de Napoleón, muchos jóvenes deseaban formarse como veterinarios en la escuela, sobre todo porque Napoleón valoraba mucho la salud de su caballería y los veterinarios dedicados a los caballos gozaban de la máxima consideración. Sin embargo, en los últimos años el entusiasmo por dicha carrera había disminuido considerablemente. Desde que, debido a la ausencia de guerras, la caballería ya no requería la presencia constante de veterinarios, muchos de estos protestaban porque se veían obligados a tratar animales mucho menos nobles. Numerosos estudiantes y graduados preferían la teoría a la praxis y permanecían en las bibliotecas discutiendo sobre temas científicos. Muy pocos estaban dispuestos a practicar la veterinaria y, de vez en cuando, ayudar una vaca a parir, pero casi ninguno quería cuidar de los animales del zoo. Una cosa era admirarlos desde el otro lado de la reja de la jaula o pronunciar discursos sobre ellos, pero ¿arrancarle una garra infectada a un león?, ¡ni hablar! A fin de cuentas, todo el mundo sabía de lo que eran capaces esas criaturas salvajes.

Pero Pierre no se había dejado intimidar por ello y había logrado convencer a Étienne Geoffroy Saint-Hilaire con su interés por el zoológico y su actitud para afrontar la tarea. Así que al principio trabajó como ayudante en el zoo y después ocupó un puesto fijo como veterinario. Con el paso del tiempo, el zoo se había convertido en algo más que un lugar de trabajo para él: era su hogar, y sus colegas y los animales eran su familia. Todos los días volvía a encontrarse a gusto allí.

El puesto había significado un paso importante de cara a su futuro, aunque para su padre fuera un motivo más para distanciarse de su hijo. Como siempre que pensaba en su padre, Pierre sintió una punzada en el corazón; inspiró profundamente y apretó el paso. Amaba su profesión, pero le había supuesto un gran sacrificio: su padre había renegado de él.

Suspiró y decidió pasar el día junto al río, como solía hacer con frecuencia. Una ligera capa de niebla cubría el Sena. Miró hacia el este y, aliviado, vio que una delgada franja roja teñía el cielo: todavía llegaría a tiempo. Echó a correr por el paseo en dirección al puente de Austerlitz. El ancho puente de enormes pilares que unía la Place Valhubert con la orilla opuesta del Sena aún estaba envuelto en niebla; a esas horas tan tempranas escasos vehículos y transeúntes lo cruzaban.

Se detuvo en el centro del puente, se arrebujó en su abrigo y, resollando, apoyó los brazos en el antepecho de piedra. A sus pies fluían las aguas grises y azuladas del Sena. Se preguntó si lo que danzaba por encima del agua eran restos de niebla o pequeñas olas espumosas. En cuanto saliera el sol la niebla se volvería más densa y luego los rayos solares la disiparían. Volvió a contemplar el cielo: el sol no tardaría en elevarse por encima de París. Paseó la mirada por el río hasta la Île de la Cité, donde la catedral de Notre Dame de París se elevaba. Daba la sensación de que el centenario edificio fuese lo que impedía que la isla se desplazara de aquel lugar.

Pierre no iba a misa con mucha regularidad, pero amaba aquel templo, sobre todo por el espectáculo que no tardaría en ofrecerle, ese momento que siempre lo hechizaba y que aguardaba con alegría infantil. El frío le entumecía los dedos y procuró calentárselos cubriéndoselos con las mangas del abrigo y moviendo los pies con impaciencia. Por fin notó indicios del acontecimiento. La niebla que cubría el río se arremolinó y un rayo de sol atravesó la catedral. Las ventanas de la nave se iluminaron un instante y luego el astro rey se elevó por encima de las casas de la ciudad derramando su calidez de inmediato. Pierre sonrió satisfecho. Adoraba ese instante en que las ventanas de la catedral reflejaban los rayos solares: era un brevísimo momento privado con el que daba comienzo a su día. Al igual que por la mañana otras personas recibían el saludo de sus seres queridos, Pierre se dejaba acariciar el alma por el sol matutino; los rayos penetraban hasta su corazón y expulsaban el secreto vacío que albergaba. Se incorporó, se frotó las manos frías y se dirigió hacia la entrada del Jardín Botánico. Ya podía empezar la jornada. Era una mañana espléndida y sería un buen día.

Accedió al Jardín Botánico por la puerta de hierro forjado de la Place Valhubert y recorrió los rectos senderos camino del zoo. El jardín era de un sobrio estilo francés, con avenidas idénticas que bordeaban parterres rectangulares en los que las plantas crecían de forma ordenada. Pierre se asomó a un parterre situado a su derecha. Gruesas gotas de rocío pendían de las últimas flores del verano; el sol las evaporaría y animaría a las plantas a seguir orgullosamente erguidas un día más. Había algunas hojas secas diseminadas por los senderos. Pierre sonrió: no tendrían ocasión de amontonarse en un rincón donde el viento no las alcanzara, porque todos los días un batallón de jardineros, empleados y jornaleros se dedicaba a mantener el orden en el Jardín Botánico parisino. Pasada la gran rotonda ocupada por un edificio circular de ladrillo de estilo clásico provisto de cinco torres, Pierre entró en el zoo e inmediatamente se encontró en otro mundo. Cada árbol, cada arbusto y cada cercado reflejaban la agitada historia de las instalaciones desde su fundación en el año 1793.

En aquel entonces, los estertores de la Revolución confirieron un carácter distinto a las instituciones públicas: todo lo que evocaba el régimen monárquico anterior, el Ancien Régime, fue eliminado y reformado, dando paso a un estilo libre, liberal y agradable para todos los ciudadanos. El Jardín Botánico debía seguir siendo un «Jardín de la Libertad» aunque albergara el parque zoológico.

La cuestión era cómo conseguirlo con animales salvajes. Dado que, además, en la época napoleónica la Comuna había ordenado a los feriantes parisinos trasladar sus animales exóticos al zoo para que todos los ciudadanos pudieran observarlos de manera gratuita, se tomó rápidamente la decisión de dedicar espacio suficiente a albergar toda clase de animales. Los planificadores ampliaron la instalación imitando el estilo de un jardín inglés, lo que supuso un verdadero contraste con el parque contiguo, de estilo francés. Senderos sinuosos recorrían las colinas, valles, bosques y prados del zoológico. El primer gran edificio fue un encargo personal de Napoleón: en la gran rotonda debían estar los elefantes asiáticos que él mismo había adquirido. Así que, desde principios de siglo, el zoo estaba en permanente construcción y las instalaciones de los animales eran ampliadas de manera constante.

Con el tiempo, Pierre había llegado a alegrarse de que el zoo se desarrollara sin verse afectado por los cambios radicales acaecidos en el país: para su gran alivio, allí el espíritu liberal se había mantenido en bien de los animales, independientemente de los cambios de gobierno. Se enorgullecía de participar en su desarrollo y, sobre todo, de cooperar. El zoo se había convertido en un lugar muy popular y visitado. Dado que las últimas décadas habían estado marcadas por las guerras, las penurias y la agitación, el pueblo ansiaba cambios y relajación. En París, el zoo era el lugar de esparcimiento ideal. Entre otras atracciones contaba con el Valle Suizo, un pintoresco y rocoso espacio vallado que albergaba los ungulados de montaña, y con una osera cerca de la cual habían instalado los cocodrilos y otros reptiles. Hacía cuatro años que había tenido lugar la ceremonia de inauguración de la fauverie, la casa de las fieras, cuyas veintiuna jaulas permitían admirar tigres, panteras y leopardos. La jaula de los faisanes y la pajarera estaban de momento en construcción.

Pierre adoraba observar a los visitantes del zoo; disfrutaba cuando admiraban los animales exóticos y viendo los ojos brillantes de los niños. Podía comprender la pasión de la gente por ese lugar, pues él mismo disfrutaba al recorrer el zoo cada mañana, como en una breve y saludable excursión. Todo cuanto lo rodeaba, sobre todo las grises callejuelas de la ciudad y los sombríos pensamientos que albergaban, palidecía en comparación con las magníficas instalaciones y el encanto de los animales.

Él se había criado en aquellos tiempos agitados, si bien tendía a vincular la Revolución y los cambios radicales acaecidos en el país con otras cosas. La política no le interesaba demasiado y más bien relacionaba los dramáticos acontecimientos de la historia mundial con sus pequeños dramas personales.

En invierno de 1804, cuando Napoleón se hacía coronar emperador en la catedral que acababa de observar en medio de la niebla matutina, había tenido que afrontar la dolorosa pérdida de su madre. En aquel entonces tenía tres años y no comprendía por qué ya no podía refugiarse en sus brazos ni meterse en su cama ni por qué un día había dejado de estar presente. Su padre se había esforzado por ocuparse de él, pero su carácter severo y su predilección por lo militar, que también influía en la educación del niño, no podían reemplazar el abrazo amoroso y consolador de una madre, como tampoco podían hacerlo las estiradas niñeras. De niño, Pierre a menudo permanecía horas contemplando el gran retrato al óleo de su madre, colgado en el pasillo de la casa paterna. Era una mujer delicada y grácil, de ojos azules, mirada dulce y fino cabello rubio como el trigo. Trataba de encontrar un parecido y no dejaba de observarse en el espejo. Para su gran satisfacción, con los años el parecido con su madre se fue acrecentando tanto como las diferencias con su padre, de cabello entrecano y rasgos toscos. Aquel parecido con su madre despertó el rencor de su padre, al que cada vez costaba más proporcionar un entorno afectuoso a su hijo, que halló el anhelado afecto y el cariño en otra parte. Aksa, la fiel perra cazadora de su padre, se convirtió en la acompañante constante de su infancia. Su suave pelaje marrón le ofrecía consuelo y, de noche, cuando daba rienda suelta a su pena, su cálido morro le secaba las lágrimas. De día se veía obligado a ser el hijo que al padre se le antojaba que debía ser, el que había nacido para ser soldado o algo aún más importante.

Pierre no logró reprimir un bufido desdeñoso. A medida que se hacía mayor, esa actitud fue incrementando la incomprensión entre ambos y a menudo había sido la causa de violentas discusiones.

Descendían de una antigua familia francesa de rancio abolengo, pero durante los años de la Revolución su padre supo ocultar ese hecho con gran habilidad. De pronto uno ya no era un aristócrata sino un ciudadano, si bien acaudalado. Además de extensas tierras, la familia también poseía una gran casa situada al oeste de la ciudad, en la pequeña aldea de Billancourt, próxima al gran Bois de Boulogne, que se había reducido de manera considerable durante los años de la Revolución, cuando la leña era un bien preciado.

Pierre se había criado en esa región, lejos de la ciudad marcada por los años agitados, lejos de las privaciones y el hambre. Y también más adelante, cuando la casa Morin sufrió las consecuencias de las guerras y revoluciones, Pierre apenas lo notó, pues su padre se esforzó por guardar las apariencias. En la educación que su padre le impuso, sin embargo, quedaba un resto de arrogancia aristocrática combinado con la ambición militar.

De niño, Pierre se veía obligado a permanecer ante una mesa en la que su padre intentaba representar las campañas militares de Napoleón con gran minuciosidad durante horas. El hecho de que las acciones militares de Napoleón ya no fuesen tan exitosas como antaño no disminuía el entusiasmo de su progenitor en absoluto.

Cuando en la primavera de 1814 el ejército de Napoleón sucumbió en Rusia, Pierre volvía a luchar con un drama personal: la buena Aksa, con el morro ya encanecido, estaba vieja y achacosa. La opinión del padre con respecto a cuál debía ser su fin difería de la de Pierre. Aksa había acompañado a su padre y su escopeta de caza en innumerables ocasiones, así que también encontraría la paz gracias a la escopeta. Pierre, que en aquel entonces tenía trece años, le suplicó misericordia a su padre, que lo acusó de ser un blandengue: al fin y al cabo, no se trataba más que de un perro.

Cojeando, la fiel Aksa siguió a su amo hasta el jardín. Un tiro resonó bajo los cerezos y puso fin a los sufrimientos de la vejez del animal. Para Pierre, aquel fue un evento decisivo y la relación ya bastante difícil con su padre se deterioró aún más. Su pena y su impotencia con respecto al trato dispensado a la perra, vieja y enferma, hizo que el muchacho tomara la decisión de ser veterinario.

Poco a poco, esa idea se convirtió en un proyecto sólido y estudiaba el tema cada vez que se presentaba la ocasión: cogía libros de la biblioteca de su padre a escondidas y devoraba toda la información posible acerca de la crianza y el modo de vida de los animales. Recorría la naturaleza aguzando los sentidos y observaba el vuelo de las abejas y también la conducta de los animales en los bosques y los prados. A menudo también disfrutaba observando el trabajo del veterinario en el establo. A Pierre le parecía que, en ciertos aspectos, su padre trataba mejor a sus nobles caballos que a ciertos criados.

El veterinario era capaz de obrar auténticos milagros. Con sus tinturas convertía caballos cojos de articulaciones hinchadas ya dados por perdidos en briosos corceles, e incluso disponía de unas gotas para la hirsuta gata del establo cuando el animal se arañaba la piel del lomo. Pierre creía ver algo parecido al agradecimiento en la mirada de los animales cuando el veterinario les susurraba palabras tranquilizadoras. Aquel hombre se convirtió en su modelo.

Durante mucho tiempo calló sobre la profesión que deseaba ejercer, porque sabía lo que su padre opinaría al respecto, pero un día ya no pudo seguir eludiendo la pregunta sobre su futuro. Ese día fue la primera vez que no se sometió a la voluntad de su padre. El hombre se enfureció, le gritó y le dijo que aprendiera algo útil, pero Pierre se mantuvo en sus trece. Hizo las maletas y empezó a estudiar en la École National Veterinaire d’Alfort.

Que la escuela gozara de una excelente reputación no apaciguó a su padre. Se hizo cargo del coste de los estudios, pero siguió afirmando que un día Pierre regresaría a su lado y emprendería un modo de vida correcto. Por lo demás, padre e hijo tenían poco que decirse: cuanto más se sumía el hijo en sus estudios, tanto mayor era el abismo que se abría entre ambos. Cuando Pierre terminó sus estudios y ocupó su puesto en el zoo, su padre le retiró la asignación y, a partir de entonces, tuvo que arreglárselas económicamente por su cuenta. Aún confiaba en que un día podría demostrarle a su padre que su decisión había sido la correcta, pero ignoraba cómo.

—Es más probable que acabe devorado por uno de nuestros tigres que no que mi padre admita que mi decisión fue la correcta —solía decirle a su mentor, Étienne Geoffroy Saint-Hilaire.

—Un día, Pierre, su padre se enorgullecerá de usted —le respondía el profesor palmeándole el hombro para apaciguarlo.

Cuando pensaba que podían pasar muchos años antes de que eso ocurriera, Pierre suspiraba y se apresuraba a hacer la ronda por el zoo como todas las mañanas. De paso, echaba un vistazo a cada uno de los cercados. Aquel día se detuvo unos momentos en el Valle Suizo a observar una de las cabras montesas. Días antes cojeaba, pero ya trepaba con agilidad por las rocas de la instalación. Sonrió satisfecho y se acomodó el sombrero: por motivos prácticos no llevaba un anticuado sombrero de copa sino una chistera. Era el único lujo que se permitía, puesto que había aguantado uno de los golpes a los que Pierre se veía expuesto mientras trabajaba, sobre todo porque sus sombreros le resultaban irresistibles a una de las elefantas.

En general, procuraba ir correctamente vestido en el trabajo, porque, a fin de cuentas, el zoo estaba abierto al público y siempre muy concurrido. En cambio, había renunciado a llevar barba: no le gustaba llevar cubiertos de pelo el mentón y las mejillas. En París continuaba siendo costumbre manifestar las propias convicciones políticas mediante cierto tipo de barba, así que no le quedaban demasiadas opciones en cuanto al afeitado y, como la única convicción de Pierre era el bienestar de los animales del zoo, renunció a llevar barba.

Poco antes de terminar su ronda, justo cuando observaba las aves acuáticas en el pequeño estanque, vio a Frédéric Cuvier, el inspector del zoo, que como siempre se aproximaba a paso ligero. Al inspector y también director del zoológico no se le notaban sus cincuenta años. Era alto y aún poseía una abundante cabellera morena, si bien con algunas canas en las sienes, pero estaba habitualmente pálido y apagado. Siempre tenía prisa y, para disgusto de Pierre, casi nunca estaba conforme.

—¡Bonjour, señor Morin!

—Señor Cuvier —dijo Pierre, y lo saludó con la cabeza.

—Me alegro de haberlo encontrado —dijo Cuvier, jadeando un poco; el aire fresco de la mañana le había enrojecido la cara y, como siempre, incluso su mirada era de angustia—. Señor Morin, esta mañana el profesor Saint-Hilaire desea hablar con usted y conmigo, pero de todos modos nos veremos junto a la jaula de las lechuzas, usted ya sabe... —soltó antes de seguir su camino y sin aguardar la respuesta de Pierre.

Pierre se encogió de hombros. El inspector siempre hacía lo mismo: pretendía estar en todas partes al mismo tiempo, sin duda una actitud encomiable en el trabajo si bien escasamente saludable; Pierre sospechaba que antes o después acabaría por afectarle a los nervios.

Pero aquel día las palabras de Cuvier le causaron cierta inquietud. Étienne Geoffroy Saint-Hilaire lo mandaba llamar de manera bastante regular; en general, para que lo pusiera al corriente acerca del estado de salud de ciertos animales. El viejo profesor sentía verdadero interés por las actividades de Pierre como veterinario del zoo, no en vano había trabajado durante muchos años en el sector exterior del Museo Nacional de Historia Natural. Al igual que Pierre, conocía todos los animales y sus características, si bien él mismo ya no participaba directamente en sus cuidados. Aún era el jefe del departamento de las aves y los mamíferos, pero de habérselo permitido su edad y su salud, y sobre todo su mujer, habría estado al aire libre mucho más a menudo que en su despacho.

Pierre se sentía cada vez más inquieto. Sus encuentros profesionales con el profesor ya casi eran amistosos; sin embargo, que en aquella reunión también estuviera presente Cuvier, su jefe, daba a entender que se trataba de algo importante y se apresuró a rememorar los acontecimientos de los últimos días, aunque no recordaba haber cometido un error. Romperse la cabeza anticipadamente era inútil, pues no tardaría en averiguar de qué se trataba. Con gesto decidido, se volvió y siguió a Cuvier. Al cabo de un momento le arrancaría una pluma rota a una de las lechuzas, pero primero debía ir a buscar su equipo y su bolso de remedios, y deprisa, porque el inspector ya se encaminaba hacia la pajarera. Como siempre, Cuvier supervisaría todo el procedimiento y más que una ayuda sería un estorbo. Su jefe era un destacado zoólogo, pero solía contagiar su nerviosismo tanto a los animales como a sus colegas. No obstante, Pierre se alegró de ocuparse de la primera tarea del día. Después iría al Museo de Historia Natural en busca de su mentor.

«¿Qué querrá el profesor de mí?», se preguntó.

2

Las hogueras se estaban apagando y se acercaba la hora en que los cazadores tomaban bebidas embriagantes para conciliar el sueño. Zahina y Najah estaban sentadas junto a una fogata escuchando las historias de Bajahr, sentado a su lado. Iluminado por la luz de las brasas su rostro se confundía con las figuras que surgían de sus narraciones. Las profundas arrugas que surcaban su cara formaban colinas y valles, y en sus ojos ardían pequeñas llamas. Todas las noches sus historias fascinaban a Zahina; la voz del narrador la envolvía como un manto cálido y protector y le hacía olvidar el mundo que la rodeaba.

Najah también parecía disfrutar del momento y no despegaba los ojos de los labios de Bajahr.

—Estos animales albergan el secreto de la sabana —murmuró Bajahr en tono grave—. Saben mucho más que nosotros. Cuando miras a una jirafa a los ojos, muchacha...

El experto cazador contempló a Najah, inclinó la cabeza y alzó el dedo índice. Su rostro reflejaba el resplandor de las últimas llamas e incrementó el ambiente de misterio generado por su voz áspera y susurrante. Se inclinó hacia delante como si lo que estaba por decir no estuviese destinado a los oídos de todos.

—Entonces, en el punto que verás en el ojo de la jirafa, hallarás un tesoro.

Najah permaneció inmóvil. Al ver sus oscuras pupilas dilatadas y sus labios apretados, Zahina se dio cuenta de que su hermana se preguntaba qué tesoro sería ese. Estaba agradecida por ese momento de distracción que Bajahr les proporcionaba; ambas adoraban las historias y los cuentos de hadas; las palabras de Bajahr las alejaban de la realidad y las transportaban hasta las profundidades de la sabana, allí donde los leones descansaban a la sombra de los escasos árboles, donde los antílopes se encabritaban sobre las patas traseras y entrechocaban sus cornamentas... allí donde antaño había estado su aldea, a un lado, las rocas protectoras, al otro, la extensa llanura.

Durante un instante breve y dichoso Zahina tuvo la sensación de encontrarse en su hogar, sentada junto a la hoguera y escuchando las historias de su abuelo, pero luego se estremeció dolorosamente y una lágrima le rodó por la mejilla. Se la enjugó con disimulo, antes de que Najah lo notara: aquello era el pasado y no regresaría jamás; debía ser fuerte, era la mayor y debía responsabilizarse de sí misma y de Najah. Poco después de que los traficantes de esclavos las expulsaran de su aldea y las trasladaran a un lugar ignoto, Zahina había tomado una decisión. Se concentraría en lo fundamental: sobrevivir y proteger a su hermana.

Y de momento lo había logrado bastante bien, aunque a menudo se sentía invadida por un profundo temor y un gran desamparo. Elevó una silenciosa plegaria a Dios suplicándole ayuda. No era la primera vez que lo hacía. Durante el viaje hasta allí las hermanas habían hecho todo lo posible por disimular su fe cristiana. En su fuero interno, Zahina lamentaba verse obligada a desatender ese aspecto de su vida, pero no tenía más remedio. Solo de vez en cuando se llevaba la mano a la crucecita de oro que, bien oculta, colgaba de una cadena en torno a su cuello. Era el único recuerdo de su madre y su padre; le proporcionaba consuelo y confianza.

El convencimiento de que Dios estaba cerca había acompañado a Zahina y la había ayudado a superar los momentos de terror, pero seguía sumida en una profunda inquietud a pesar de que, tras el primer encuentro con la caravana, todo había sucedido con mucha rapidez: una breve conversación entre los guardias del campamento y Bajahr, un regateo en voz baja, un apretón de manos y, un instante después, ella y Najah habían sido intercambiadas por un gran trozo de carne.

—A partir de ahora os encargaréis de las jirafas —dijo Bajahr en tono cortante—. Alimentadlas y pobres de vosotras si oigo quejas. ¡Y ahora en marcha! De lo contrario os dejaré aquí —añadió, pero con una mirada tranquilizadora.

Ambas se apresuraron a reunir sus escasas pertenencias y se trasladaron al campamento de la caravana, que no tardó en ponerse en marcha una vez más: el campamento de esclavos próximo a Sannar no era acogedor.

Jartum se encontraba a escasos días de viaje. Zahina había oído hablar de ese lugar. A diferencia de Sannar, era una ciudad floreciente fundada por los militares egipcios y, más de una vez, había oído decir que donde estos se asentaban la prosperidad nunca estaba lejos.

La idea de una pronta llegada a Jartum despertó nuevos temores en ella. ¿Qué les esperaba en aquella ciudad? Permanecerían allí bastante tiempo, al menos eso fue lo que logró sonsacarle a Bajahr, pero todavía no había averiguado el auténtico propósito de la caravana. Los cazadores trataban a las jirafas como oro en paño; tal vez los animales fueran realmente valiosos. En todo caso, por el hecho de ocuparse de las jirafas las hermanas eran respetadas. Todos los cazadores parecían contentos de no tener que seguir ocupándose de las tozudas camellas ni de los ariscos cachorros de jirafa. Además, Bajahr les había dejado muy claro a sus hombres que ambas eran indispensables para su cometido y que debido a ello se encontraban bajo su protección personal.

—Evitad a los hombres, manteneos cerca de mí y nada os ocurrirá —les murmuró a ambas al principio del viaje. Su actitud paternal había conmovido a Zahina.

Pero cuando el sol se ponía y la noche sumergía el entorno en una tenebrosa oscuridad, Zahina no bajaba la guardia. Sabía que de noche era mejor que se retiraran en silencio a sus lechos y que, pese a la posición especial que ocupaban, allí las circunstancias eran las mismas que en el campamento de esclavos.

—Ven, Najah, es hora de que nos vayamos a dormir —le dijo impaciente a su hermana.

Bajahr se repantigó y bebió un trago de su odre; en la oscuridad, el curtido cuero de cabra parecía tan arrugado como su rostro y Zahina olió la leche de cabra fermentada.

—Sí, a dormir, mañana nos espera otro día largo.

—Ven, basta de historias. —Ayudó a su hermana a ponerse de pie y se dirigieron a su lecho a toda prisa.

Ásperas voces masculinas se elevaban en torno a las otras hogueras; era hora de retirarse.

Zahina empujó a Najah y la obligó a tenderse en su pequeño lecho entre los camellos, consistente en unas mantas, y le ordenó que se quedara quieta. Najah se quitó el velo y echó un vistazo a las jirafas antes de acurrucarse bajo las mantas.

—Me pregunto si un día nosotras también encontraremos un tesoro —murmuró.

Zahina le acarició la negra melena con gesto cariñoso y luego contempló a los cachorros iluminados por la luna.

—Tal vez, Najah, tal vez... —Suspiró y se arrebujó bajo las mantas.

Allí, al borde del desierto, las noches eran frías. Las jirafas estaban tendidas entre los camellos, con las patas atadas y aspecto apático. Zahina notaba lo resignadas que estaban e incluso comprendía cómo se sentían.

Echó un último vistazo a Najah, que ya había cerrado los ojos, y se tendió de lado: el sueño era precioso; el viaje, agotador.

Al igual que una tornasolada serpiente, ambos brazos del Nilo recorrían el país, el Nilo Azul desde el este, el Nilo Blanco desde el sur; ambos se reunirían en Jartum y formarían un ancho cauce. La caravana atravesaba el fértil triángulo que conducía directamente a Jartum. La ciudad gozaba de una gran prosperidad. Desde allí, el marfil, la goma arábiga y la madera de tamarindo llegaban hasta las grandes ciudades remontando el río, al igual que las numerosas embarcaciones cargadas de «marfil negro»: los esclavos procedentes del interior del país.

—¿Crees que podremos visitar la ciudad? —preguntó Najah, cada vez más excitada.

—No lo sé.

—A lo mejor... a lo mejor hay un mercado que podríamos visitar —añadió con los ojos brillantes.

—Pero si no tenemos dinero, Najah.

Zahina también sentía curiosidad, pero refrenó sus expectativas.

Se cruzaron con un sinfín de gente en los caminos, cuya anchura indicaba una gran actividad comercial. Una nube de polvo fino flotaba por encima del suelo, levantada por numerosos pies y cascos. Los pastores conducían sus rebaños desde Jartum a las fértiles comarcas de los alrededores y, en dirección opuesta, avanzaban carros arrastrados por burros cargados con toda clase de mercancías. Zahina vio en ellos una cantidad inimagi ...