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BANCO A LA SOMBRA

María Moreno  

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Fragmento

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Penguin Random House

Este libro apareció por primera vez en 2007 con el sello Sudamericana. Formaba parte de la colección In situ. A riesgo de estar plagiando a Pablo Katchadjian, autor de El Aleph engordado, a su vez injustamente acusado de plagiar a Borges por su viuda María Kodama, puedo afirmar que este es el Banco a la sombra engordado. Le he agregado varios textos, así que debe pesar casi el doble. He repetido otros como siempre plagiándome a mí misma para hacer correcciones a lo escrito de apuro y cediendo a la pulsión de no poner nunca el punto final. Cambié algunos objetos de lugar por razones narrativas y porque suelo rebelarme hasta el error contra el totalitarismo del referente. A muchos lectores de la primera edición les pareció un chiste pésimo que un relato de viajes cuyo escenario-coartada fueran las plazas tuviera de personaje a un tal “Señor Plaza”. Pero, qué se va a hacer, la realidad tiene a veces —muy pocas en realidad— los argumentos más realistas y el señor Plaza sigue acompañándome en mis viajes, ahora por la misma ciudad.

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Plaza

A los pocos meses de vivir en Barcelona y a pesar de que no amaba la ciudad —según sus insistentes palabras, incluso la detestaba—, el señor Plaza adoptó para utilizar en su casilla de hotmail el nombre de Marcelpla. De este modo creía asumir una identidad catalana. Que yo sepa, ese fue su primer y único acto de integración.

Siempre que estábamos juntos en público provocaba curiosidad que yo llamara “señor” a un amigo que todos sabían de larga data. Es verdad que yo solía nombrar a mis amigos varones por el apellido y con un cierto subrayado en la voz como parodia de las inflexiones con que se toma lista en los colegios o se convoca a los pacientes en los consultorios médicos. Y siempre con algún juego verbal agregado. Pero desde el día en que conocí al señor Plaza, con su vestuario prolijo en el que el saco era de rigor y en una época en la que el jean y las zapatillas eran una contraseña entre cofrades ideológicos —lo que solía ser equívoco ya que las dos prendas eran usadas con igual frecuencia por hippies, estudiantes revolucionarios y policías infiltrados—, el “señor” antepuesto al apellido se me impuso naturalmente. Y el señor Plaza tenía, además, el aspecto pudoroso y atildado de un sospechoso en una película de Hitchcock.

Su trabajo de lector en una conocida editorial lo retenía en su piso de la Vía Augusta, del que sólo salía para concurrir a los cines Verdi, comer en los restaurantes aledaños y de vez en cuando, casi siempre para huir del invierno, ir en taxi al aeropuerto para emprender un viaje hacia algún país exótico. El señor Plaza era reticente, sin embargo, a las experiencias impactantes. No había probado perro en China, se había negado con indignación a las ofertas de un proxeneta de Estambul y había pasado la noche en vela en el desierto del Sahara, tranquilizado con media pastilla de Rivotril luego de contemplar con desesperación la pantalla vacía de su celular.

Karl Kaiser, a quien yo llamaba “señor” por derivación y que solía acompañarlo en sus viajes, era un viajero metódico, casi hiperquinético y, al mismo tiempo, escéptico con sus hallazgos, persuadido de que los viajes antiturísticos constituían un lugar común no muy diferente de los paquetes propuestos por las grandes agencias de viajes.

El señor Plaza, en cambio, tenía un sentido del tiempo que favorecía la morosidad, la permanencia en el mismo sitio anónimo, luego de la renuncia a abarcarlo todo y la certeza de que sentarse a leer el diario en un café y a la noche frente al televisor del hotel, podían abrir la mente a la experiencia de un lugar. Yo atribuía su sentido del tiempo a una altivez y a una molicie aristocráticas; imaginaba en su complexión fornida, su altura considerable, su piel aceitunada y su nariz aquilina, que tendía a fruncirse sobre sus labios duros, una ascendencia indígena. Sin discreción lo pensaba como un príncipe inca. El señor Plaza solía mostrarse ofendido por estas insinuaciones y yo creía ver en esa reacción un toque de racismo. Hasta que un día estalló: “¿Inca? Vengo de varias generaciones de criollos, de ambas ramas españolas. Es que me parezco a la cara del dibujo de Tomates Inca”. Y era cierto. El dibujo del indio con plumas cuyo perfil ilustraba las latas era igual al señor Plaza. De ese modo, sin haberme movido apenas por el mundo, y creyéndome una amante fiel de las paradojas y las excepciones a causa de una mirada llena de matices, me di cuenta de que era proclive al estereotipo aun con las personas más cercanas.

Como era frecuente que tuviera invitados, el señor Plaza había acondicionado el cuarto de servicio de su departamento con una cama doble, un secretaire y una mesita en la que guardaba algunos de los objetos que las compañías aéreas y los hoteles de lujo permitían llevarse a los viajeros: plantillas de tela, antifaces para dormir, toallas de papel perfumadas, champúes y acondicionadores de pelo y distintos tipos de condimentos en sobre, además de algunos souvenirs humorísticos como clips e imanes de discotecas para gays y lesbianas, juegos de cepillos en miniatura y chapitas de botellas de agua mineral con marcas escritas en chino o en árabe. Todo el cuartito era como una invitación al viaje, el rincón sedentario donde la valija solía permanecer a medio hacer no sólo porque el lugar carecía de guardarropas sino porque la mayoría de los variados invitados solían estar de paso. No era un cuarto silencioso: por la ventana solían llegar los ecos de la discoteca de la planta baja y la luz de un letrero luminoso, pero como nadie pasaba allí muchas horas más allá de las del sueño, las persianas solían estar bajas.

Al señor Plaza y a mí nos gustaba afectar una amistad antigua, de esas que se sostienen por toda una vida de anécdotas y personajes en común, pero, en verdad, mientras vivíamos en la misma ciudad, muy pocas veces teníamos veladas íntimas como las de Barcelona, en las que preferíamos a cualquier salida el permanecer conversando hasta altas horas de la noche, él fumando y yo bebiendo, sin que jamás intercambiáramos esas acciones. En nuestro vínculo había una paradoja: no podíamos decir que nos habíamos reencontrado, sino que comenzábamos a conocernos, teniendo, sin embargo, una historia común. Paradoja semejante al hecho de que muchos amigos que, en Buenos Aires, sólo lo habían sido por carácter transitivo, instalados en Europa manifestaban un gran entusiasmo por mi llegada y yo misma reclamaba su presencia con un énfasis de familiar. Y como el señor Plaza y yo estábamos convencidos de que nuestra amistad era cada vez más antigua, a medida que se multiplicaban mis visitas a Barcelona, nos poníamos infantiles como si estuviéramos recreando un vínculo surgido en la infancia. Solíamos comportarnos tontamente ante cualquier presencia que encarnara la autoridad, como la pobre portera del edificio que tenía el hábito de comentar el tiempo con una compulsión puntual —pasábamos agachados frente a su mesa de entrada, cubriéndonos las caras con el borde del chal o las puntas del cuello del abrigo—, y si debíamos compartir el ascensor con algún vecino, lo hacíamos tentados de risa y, al bajar en el quinto piso, nos veíamos obligados a apoyarnos en el alféizar de la puerta del departamento, desfallecientes mientras no le acertábamos a la llave, y ya empezábamos a inventar apodos e imaginar características personales que, a cada nuevo encuentro, iban configurando una historia. La primera vez que vimos a la vecina del sexto piso, su rostro color arena y su expresión perdida nos hizo llegar a una especie de paroxismo de histeria que nos puso al borde de la vergüenza, pero lo sorprendente es que la mujer ni siquiera nos miró. Tampoco se molestó en cerrar la puerta del ascensor. Simplemente esperó a que lo hiciera el señor Plaza y sólo porque el ascensor continuó viaje supimos que había apretado el botón correspondiente a su piso. Cuando el señor Plaza me dijo que la mujer se llamaba “Estopa” pensé que acababa de improvisar ese nombre y le seguí la corriente. Como nuestro espíritu regresivo continuaba por email cuando yo volví a Buenos Aires, la señora Estopa siguió siendo fuente de invenciones sin gran ingenio ni imaginación, pero como a veces me parecía que el señor Plaza no daba ninguna señal de estar inventando, de continuar una broma acordada conmigo, sino que parecía haberse tomado en serio sus propias invenciones, terminé por preguntarle cómo se llamaba, en realidad, su vecina. Entonces escribió: “Yo tu ...