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BARREFONDO

Félix Bruzzone  

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Fragmento

1

Fue el calor, o esos dos pájaros que cruzaron el cielo. Si se trabaja todo el día al sol se empiezan a ver puntos negros que titilan, como bichos, lunares, pecas y después verrugas, manchones de aceite. En el campo era igual, arriba del tractor; y en la parrilla: las brasas te queman la cara, te destiñen la gorrita y hasta si te descuidás te pegan en la nuca; y en la cabeza, adentro. Y yo que era parrillero me ponía como una molleja, como un riñón, un chinchulín crocante dándoles de comer a los que piden: esas vacas de la Rural, vengativas, cucardas de colores y vino, y cerveza, mucha. Cada mediodía, cada noche, los círculos de agua sobre la madera de la barra mojada, lo que más empastaba era la barra mojada, y sobre las mesas los vasos de plástico llenos de espuma, o los vasos de vidrio, opacos, deformes, y las bocas burlonas, y adentro de las bocas la carne masticada, las mandíbulas atascadas de achuras, de huesos.Y lo peor de todo: las pocas ganas que a uno le dan de que al otro día vuelvan, todos, que sean peores que el calor, que el sol allá, arriba, que esos pájaros que hoy también cruzaron el cielo. ¿Por qué vuelan hoy? ¿No se achicharran?

¿Cuántas piletas falta limpiar? Esta la hago porque ya vine y dije que sí, porque el Rey de Reyes decía que a los nuevos siempre hay que decirles que sí. Y vine, pero antes de entrar, de tocar timbre, por qué no pensé en esos autos tirados en el fondo: la cupé Fuego negra, el Ford Granada, la Trafic sucia como de llevar gente al monte. Caminos de tierra seca, de barro, lugares de allá, pasando la San Jorge, el matadero, la tosquera, justo antes del Reconquista, que después de la lluvia baja cargado, como lleno de peces negros y con ese aliento a momia que va a levantarse a gritar su maldición. Allá es para esconderse mejor: selva, basural, pantano, a la gente la dejan muerta y nadie la busca, ¿quién la va a buscar?, ¿y quién me llama para que limpie esta pileta y vea a los que fueron hasta el fondo? Discutían. Y después: el tiro ese, que capaz que fue una rama que se rompió, o que rompieron. Pero uno corrió por los arbustos, lo vi y me temblaron las patas; y casi sin moverme, sin hacer ruido, empecé a juntar todo: la bomba, las mangueras, el cable. No hacer ruido, salir sin que me vean, que no me paguen, correr y hacer como que en esa casa no estuve nunca y como que los autos no van a venir atrás, ninguno, como si estuvieran allá al fondo, tirados, los motores rotos, sin nafta; autos desguazados.

Que el sol baje y la noche me entierre. Y si no, parar la chata al lado de un árbol y cantar con las chicharras: ser una chicharra. Arrugarme contra la corteza del árbol y que los tipos pasen con la Trafic, o el Granada, o la Fuego, y vean mi chata llena de mangueras azules y paren a buscarme pero no estoy: me metí entre las ramas, monito loco, ¡vivan las chicharras y los monos cantores!, ¡viva la vida en los árboles!

A Gaby, un día que pase por acá, le digo:

—Soy un árbol, mi amor, me disfracé para esconderme… Ahora tenés que regarme siempre.

—Los árboles no se riegan —dice ella.

—Bueno, pero yo nunca tuve raíces, mucho menos raíces grandes que agarren agua de lejos, de abajo, de la primera o de la segunda o de la tercer

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