Loading...

BELLEZA EMOCIONAL

Andrea Frigerio  

0


Fragmento

SÍGUENOS EN
Megustaleer

Facebook @Ebooks        

Twitter @megustaleerarg  

Instagram @megustaleerarg  

Penguin Random House

Dedico este libro a Lucas, porque sé muy bien que estoy viva gracias a él, porque es mi fuerza, mi motor y mi alegría.

Recibe antes que nadie historias como ésta

A mis hijos, Tomás y Fini, que ocupan el centro de mi corazón y me han dado y me dan a diario la experiencia más profunda de mi existencia.

A mis nietos, porque cuando los miro a los ojos entiendo el verdadero sentido de la vida.

Y a todos los que me enseñaron a ser quien soy.

INTRODUCCIÓN

¿Por qué decidí escribir este libro?

La única persona que va a brindarte seguridad 

y la vida que querés sos vos.

ROBERT KIYOSAKI

Hace unos cuantos años me convocaron a una reunión en una editorial. Cuando pregunté el motivo, me dijeron que querían conocerme y proponerme que escribiera un libro. Antes de ir a la reunión, tuve casi una semana para meditar la respuesta, por lo que el encuentro duró pocos minutos. Tenía 29 años y el pedido fue que “divulgara mi secreto de belleza”. Eran tiempos en los que no existían las redes sociales ni la posibilidad de sugerir a través de una foto y unas pocas palabras algún producto nuevo o una recomendación puntual. Sin embargo, me despedí agradeciéndoles que hubieran pensado en mí, pero con un “no” rotundo como respuesta y una breve explicación: “No tengo mucho para contar, tal vez más adelante, cuando haya acumulado años y experiencia, lo haga”. Hoy finalmente siento que llegó el día porque, a mis 57 años, tengo muchísimo para compartir.

El legado de mis abuelas

Soy lo que soy gracias a los hábitos que fui adquiriendo desde chica. Desde entonces fui prestándoles atención y tomando al pie de la letra todos los consejos que me daban los familiares que tenía cerca, en especial mis abuelas, que fueron fundamentales en mi vida. En sus casas me enseñaban a hacer tortas, a bordar, me leían, me hacían escuchar a Chopin y a Mozart…

Mi abuela Memé (Paulette) era una francesa que nació en Aix-en-Provence y llegó a la Argentina escapando de la guerra. Como todos en mi familia, fue muy longeva, vivió casi cien años. Ella me enseñó muchísimos de los hábitos que hoy conservo y practico. Entre otras cosas, decía que los dientes te tienen que durar hasta el fin de tus días y que para eso hay que cuidarlos mucho desde el principio. Porque todo lo que hacemos de chicos y de adultos jóvenes, creyéndonos eternos, a la larga se paga. Vale para cuidarse los dientes y muchas cosas más. Por suerte, Paulette tenía plena conciencia de esto y me fue transmitiendo cuidados que no solo tienen que ver con el cuerpo, sino también con la salud mental e integral. Es que somos un todo: dormir bien, vivir bien y tener buenos pensamientos son claves para nuestra calidad de vida.

Sin saberlo, ella era como una “it girl” actual, ¡muy canchera! Gracias a Memé aprendí lo que era un piqué de algodón, el escote halter y unos buenos stilettos (¡aunque ella no los usaba ni loca!). Me enseñó cómo combinar ciertas prendas y sobre todo a no vestirme “tan a la moda”, de manera que mi aspecto delatara que había estado horas buscando el look frente a un espejo, lo que me haría de inmediato dejar de ser una persona naturalmente elegante. Paulette no era ni estilista, ni personal shopper, ni editora de revistas de moda y mucho menos top model, instagramer o influencer, pero era tan amorosa y me quería tanto que con total generosidad me prestaba las prendas de su muy austero guardarropa si se las pedía. Hoy, que también soy abuela, quisiera ser la misma “it girl” para mis nietas.

Mi otra abuela, Luisa, fue siempre muy cariñosa conmigo. Cuando yo llegaba a su casa, aplaudía y me preparaba todo lo yo que quería. Era descendiente de españoles y disfrutaba de cocinar para recibir los domingos a toda la familia, en general con pastas caseras. A mí me hacía siempre un juguito de pomelo recién exprimido y cuidaba todo lo que tenía que ver con el agasajo cotidiano. Yo iba al colegio a la vuelta de su casa, y al mediodía mi abuelo me iba a buscar para que almorzara con ellos. Luisa me ponía en la cama con unas sábanas blancas almidonadas impecables, me traía una bandeja llena de comida riquísima y se sentaba al lado mientras me leía cuentos o conversábamos de su infancia. Me quedaba solo una hora, pero sin darme cuenta, en esos encuentros estaba creando algunos de los recuerdos más lindos de mi infancia. Me dejó la impronta de mujer conversadora, algo que a mí me gusta muchísimo y hoy repito con las mujeres de mi familia y con todas mis amigas.

Por qué me gusta ser socia de un “Club de mujeres”

Desde hace unos años me empezó a suceder cada vez con más frecuencia que se me acercan mujeres de cualquier edad a preguntarme de todo. Lo hacen en ámbitos públicos (restaurantes, teatros, cines, aviones) y formulan todo tipo de consultas, que en general empiezan con: “Andrea, ¿cómo hacés?” o “¡Yo quiero llegar a tu edad como vos!”, además de preguntas puntuales vinculadas con la piel, las uñas, el pelo, los dientes y mis hábitos de vida (qué como, cuánto duermo, qué deporte practico, quién es mi médico, si me hago cirugías…). Les contesto sin ningún filtro, incluso cosas muy íntimas, casi como si fueran parte de mi familia. Si alguien me para y me pregunta, respondo sin obviar detalles. Y muchas veces me pasa que me escuchan con atención, y cuando termino de contarles todo, me dicen: “Ah, qué viva, si hacés todo eso, seguro que vas a estar bien”. ¡Y sí! Hay que hacer algún esfuerzo y un poco de sacrificio: sin sacrificio no hay beneficio (frase de mi abuela, ¡obvio!), pero les estoy contando exactamente cómo hacerlo, y que estar bien es posible. Yo vivo y disfruto la vida, pero también la administro y la cuido. Por eso pensé en escribir este libro, dirigido a todas esas mujeres que me paran por la calle y me dicen que quieren llegar a mi edad como yo.

Pero también va mi primera recomendación de belleza: si no tenés la intención, el compromiso y la decisión de hacer un esfuerzo necesario para corregir algunos hábitos nocivos para tu vida, de conseguir con trabajo interno la disciplina para lograr tu mejor versión física, emocional y mental, pues no hay libro, consejo o tratamiento que te pueda ayudar. El secreto de tu belleza externa lo tenés vos, no Andrea Frigerio o un esteticista o un gurú. Alguien puede guiarte para que no te desvíes de tu naturaleza, pero lo primero y vital son tu decisión y compromiso. Todos nacemos con una sabiduría dentro, pero a lo largo de la vida la vamos callando y tapando. En nuestro interior están las respuestas, aunque muchas veces nos distraemos con cuestiones externas y necesitamos que alguien nos lo recuerde para volver a encontrarnos. Este libro es una invitación a recuperar eso que todos sabemos, pero en algún recodo del camino nos olvidamos. Así que te propongo que comiences un viaje. Debería ser el más lindo de tu vida, porque el destino sos vos misma.

Siento que este puede ser un libro de consulta, como los tantos que tengo en mi mesa de luz y me acompañan a lo largo de mis días, que voy leyendo por partes y a veces hasta presto porque encuentro pasajes que le servirían más a otro. La enfermedad como camino, de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke, El método Clean, de Alejandro Junger, El laboratorio del alma y El laboratorio interior, de Stella Maris Maruso, El poder del ahora, de Eckhart Tolle y hasta el reciente Así me cuido yo, de Marina Borensztein, son algunos de los títulos que voy consultando cada tanto y siempre tengo cerca. Y me gustaría que este que tenés en tus manos cumpla un poco esa función.

Siento que a través del tiempo recabé muchísima información y es momento de compartirla. Fui incorporando hábitos porque me los transmitieron, aceptándolos como algo natural, pero luego me di cuenta de que era una sabiduría que no todos tenían a mano. Recuerdo ir a las casas de mis amigas y ver cómo, por ejemplo, comían muchas frituras o tomaban “bebidas soft”, como llamaba mi abuela de forma despreciativa a las gaseosas. Y aunque al principio me fascinaba encontrar ese tipo de comida, me fui dando cuenta de lo malo que es lo artificial. Con la comida, con los dientes, con la salud en general: todo lo que me fueron inculcando mis abuelas me fue quedando en capas y conformando la persona que hoy soy. Y tantos años después, puedo comprobar personalmente que esos consejos funcionan. Porque hace mucho que me siento muy bien, y veo los beneficios en mi cuerpo y en mi salud. Y me cuido sin esfuerzo, porque lo incorporé, y lo vivo con constancia y seriedad. Porque creo que no hay nada más importante que la salud para poder ser feliz.

Además, a la sabiduría de mis abuelas le sumé un conocimiento propio, ya que estudié durante varios años la carrera de Biología. El hecho de haber pasado por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde los procesos biológicos son explicados con minuciosidad, también me enriqueció. Porque muchas veces tomamos los consejos sin entender bien cuál es su sustento. Y gracias a lo que me enseñaron en la facultad, puedo entender por qué sí o por qué no conviene hacer cada cosa. Comprendo los procesos celulares y metabólicos porque los vi hasta con un microscopio. Sé, por ejemplo, cómo es la cadena del azúcar refinada químicamente, qué pasa si comés solo proteínas y nada de hidratos de carbono, qué son los lípidos, las grasas saturadas y el colesterol.

Entre otras cosas, en este libro te voy a contar cómo hice para dejar de fumar, algo que me costó mucho, pero a la vez me volvió muy poderosa (era como si hubiera estado presa y yo misma hubiera conseguido la llave), porque sentí que podía dejar cualquier cosa que me perjudicara… incluso a un hombre. Y aprendí que confundimos nuestro ser con nuestra mente. Creemos que somos nuestra mente, y no es así. Somos nosotros y tenemos instrumentos. La mente es uno, el cuerpo es otro, y las emociones son otra cosa. Y lo que muchas veces no sabemos es que nosotros tenemos el control, la mente no puede hacer lo que quiere, sino que tiene que recibir nuestras órdenes. Porque si no, puede enloquecernos, y volverse como un mono loco que salta de rama en rama. El cuerpo no hace lo que quiere, hace lo que uno le pide. No hablo conmigo misma en voz alta, pero sí hago este ejercicio de calmar mi mente y tener los miedos y las inseguridades a raya. Y aprendí que es vital para estar tranquila, porque es el único modo de poder generar cosas creativas y estar receptiva.

En este sentido, otro libro de consulta permanente en mi mesa de luz es Elogio de la lentitud, de Carl Honoré. Yo hago de todo, pero todo muy lento. De hecho, cuando sé que tengo que dedicarme a algo para resolverlo en las próximas horas, me siento, me calmo y lo hago muy despacio. Si me presionan más aún, bajo diez cambios. Y cumplo siempre, pero sin atolondrarme. Porque la ansiedad es la epidemia del siglo y controlarla es vital.

En síntesis, en este libro me gustaría transmitirte mis hábitos. Porque repetimos acciones a lo largo de la vida, muchas veces sin siquiera pensarlas. Quizás tomás gaseosas permanentemente o consumís mucho azúcar, y nunca te detuviste a pensar en lo que te genera y cómo te perjudica. A mí me gustaría explicarte por qué eso no es saludable y qué podés hacer en cambio para vivir y sentirte mejor.

Me gusta mucho la metáfora de que la humanidad es un árbol y nosotros somos las hojas. Que aunque cada una de ellas hace su trabajo y su fotosíntesis, lo que están haciendo todas, en realidad, es generar algo para el bien común. Creo que somos parte del mismo árbol, y me gusta hacer mi aporte para el bien de todos.

I.
LAS RELACIONES

Todo el mundo sonríe en el mismo idioma.

GEORGE CARLIN

LA IMPORTANCIA DE LOS BUENOS PENSAMIENTOS

Hago un ejercicio todas las mañanas: me deseo un buen día, trato de pensar en cosas lindas y les deseo mucho bien a ciertas personas. Pido por que tengan una buena jornada y rezo si tienen algún problema, visualizando sus caras y enviándoles pensamientos positivos. Aunque soy católica, solo voy a misa cada tanto, pero cuando lo hago la paso muy bien, porque lo disfruto y no es algo impuesto por el ritmo de la religión. Cuando voy, siento una fuerte conexión con los seres que nos cuidan en el universo, desde la Virgen María y Jesús hasta mi mamá y mi papá, que ya son luz, como también lo son mis abuelos. Pido y agradezco mucho, para mí y para los que quiero. Y ese ejercicio de la mañana, que algunos pueden llamar meditación, me hace encarar de modo diferente el día que tengo por delante. Hace que empiece con una sonrisa, y no con pesar.

Es que siento que cuando uno hace las cosas con pesar gasta mucha más energía de la necesaria. Y debemos ser económicos con nuestra energía, porque la obtenemos de la naturaleza, y si la gastamos en cosas que no valen la pena, estamos desperdiciando nuestro tiempo, lo más valioso que tenemos. Pensalo: gastás un tiempo en comer, en elegir qué incorporar, y si después esa energía que te provee alimento la gastás en malos pensamientos, la estás derrochando.

A veces no llevamos la vida que quisiéramos y hacemos cosas que no nos gustan mucho como aceptar por necesidad trabajos que no nos hacen felices. Pero deberíamos ver la manera de cambiar eso. Ya sé, es fácil decirlo. Pero te propongo que mientras hacés eso que no te gusta tanto para obtener tu sustento, empieces a pensar en qué es lo que sí te gustaría hacer, y comiences a buscar el camino para lograrlo. Es que también pienso que, cuando uno le da una tarea a la mente, esta trabaja sin estar nosotros necesariamente conscientes de que lo está haciendo.

Para mí la vida es como un parque de diversiones. No voy a ningún juego que no me guste. Si la montaña rusa no me interesa y dicen que es el mejor entretenimiento del parque, no voy, aunque todos me quieran convencer. Y en cambio voy feliz mil veces a la calesita. No hago nada que me quite la sonrisa, nunca. Esto fue mi filosofía de vida desde siempre. O bueno, en realidad no sé si tan desde siempre, pero lo aprendí porque hice cosas que no me gustaron tanto, muchas veces por necesidad en tiempos de vacas flacas (hablando de trabajo, claro). Pero así entendí la importancia de no someterme a cuestiones que no me hacen feliz. Cuido y pretendo que me cuiden la alegría, y yo les cuido la alegría a los demás; no me gusta darles disgustos a las personas. Es que quiero vivir mil años, y para eso siento que tengo que cuidar mucho mi instrumento.

Te propongo un ejercicio en sintonía con el mío: tomate diez minutos al día para pensar en algo lindo. Como un ejercicio diario, tratá de reemplazar tus malos pensamientos por otros buenos y piadosos. Recomiendo también tratar de no grabar los sucesos lastimosos en nuestras mentes y corazones. Pensá que todos sonreímos en el mismo idioma: es gratis para los ricos y los pobres, desarma a los más enojados, consuela a los buenos y a los malos, reconforta a los débiles y alegra a los tristes. ¿Y lo más increíble? La sonrisa se regala y se conserva al mismo tiempo.

El poder de la risa

En ese sentido, creo en el poder de la risa. Me río mucho. A veces, incluso, de manera desubicada, en momentos en los que no tendría que hacerlo, pero siento que me hace muy bien. Y me gusta mucho estar con gente que me hace reír. También soy de tentarme, pero desde muy chica tengo una estrategia. Iba a un colegio de monjas, así que no podía estallar en carcajadas en cualquier momento, y empecé a morderme los costados internos de la boca para evitarlo. De hecho, ya tengo dos callos formados. Y si hago eso, no me río de ninguna manera. Para el teatro también me ha servido muchísimo. Por razones de todo tipo, entre los actores puede generarse una tentación, y puede ser feo para el público, que no entiende de qué nos estamos riendo. Lo más increíble en esos momentos es que cuanta más fuerza hagas para no reírte, más te sucede. Son instancias difíciles de surfear.

Pero juntarse con gente que te hace reír es sanador. Tengo amigos con los que me encanta estar porque me hacen reír, y Lucas mismo me saca carcajadas con sus comentarios ocurrentes o haciendo ridiculeces. También me encantan las verdades sin filtro de mis nietos. No le tengo miedo al ridículo, me parece que estar todo el tiempo pensando en ser “correcta” quita espontaneidad, ¡un plomo! Al revés de lo que dicen, del ridículo se vuelve, ¡y con una gran sonrisa!

Además de generar endorfinas y darte un buen cóctel químico, reír hace mover la panza y los músculos del abdomen y mejora la digestión y los movimientos peristálticos, al tiempo que fortalece el sistema inmunológico. Además, el músculo risorio está directamente conectado con el cerebro y transmite la idea de que estamos contentos.

Qué me inspira de otras personas

En mi vida elijo rodearme de personas con buena energía, que sonríen a pesar de no tener siempre días perfectos, que se llenan de optimismo y buenos pensamientos. Unas personas a las que suelo decirles: “La vida es más linda con vos”. Y no es cuestión de un optimismo a prueba de balas y hasta tonto, sino, como leí hace poco en un artículo del ensayista Alejandro Rozitchner, de un optimismo inteligente: “El optimismo es inteligente cuando no niega la existencia de las dificultades, lo que llamamos con cierta grandilocuencia la presencia del mal. Es inteligente cuando acepta y enfrenta los problemas, todo aquello que no es deseable, pero tiene un lugar asegurado en la realidad. (…) El optimismo es tonto en la utopía y en el ideal, pero no cuando se mete en el barro a dar las batallas necesarias”.1 Esa es la actitud que busco alcanzar y aquellas son las personas que me inspiran y elijo tener cerca. Podría describirlas con los siguientes preceptos.

MIS INSPIRACIONES

Me inspiran las personas que sienten entusiasmo por su trabajo, su vida y su familia. Y que me contagian el entusiasmo y esa buena energía. Me inspiran quienes son capaces de mostrarme lo que no había visto y no me creía capaz de lograr o nunca me atreví a soñar. Me inspiran quienes confían en mi capacidad de aprender, cambiar y mejorar. Me inspiran quienes pueden comunicarme una visión de futuro optimista que tiene sentido para mí. Me inspiran quienes tratan de ver mi mejor lado y se enfocan en él al trabajar conmigo. Me inspiran quienes me plantean con transparencia los problemas que vendrán, poniendo énfasis en las soluciones y en lo que se espera de mí para solucionarlos. Me inspira la gente seria y con valores que no me miente o engaña ni utiliza a otras personas para sus propios fines o para cubrir sus errores (se puede ser serio sin dejar de reírse mucho y ser divertido). Me inspiran quienes celebran con gusto y alegría los éxitos ajenos, porque así también demuestran su fuerza y su grandeza. Me inspiran quienes generan cambios y me explican paso a paso y con paciencia cómo estos cambios me afectarían. Me inspiran los líderes capaces de mostrar vulnerabilidad. Eso hace que me identifique con ellos de inmediato. Me inspira la gente de la que se sabe adónde va, que es clara en sus pasos, que se esfuerza con alegría para conseguir sus metas y que está determinada a lograr lo que se propone con entusiasmo e ilusión.

El cor no parla, però endevina

En catalán, esta frase significa “el corazón no habla, pero adivina”. Y para cerrar este capítulo quisiera compartir con vos una experiencia muy personal, que tiene que ver con los pensamientos y los sentimientos no expresados.

El 16 de febrero de 2009, el jefe de terapia intensiva del Sanatorio Jockey Club de San Isidro me dijo por teléfono que quería hablar unos minutos conmigo. Me encontré con él después de darle un beso a mi mamá, que estaba en una de las habitaciones de la clínica, inconsciente luego de varios años de batalla.

Caminamos juntos hasta el final del pasillo. Era de mañana y el sol entraba sin muchas ganas por el ventanal del fondo donde había, también, un sillón de madera pintado de blanco para dos personas. Tenía una mirada sabia a pesar de su juventud, tendría cerca de 40 años, barba corta, unos ojos muy lindos y expresivos y un muy austero guardapolvo blanco. Nos habíamos conocido en el último año, cuando la enfermedad de mamá ya sonaba a toda orquesta anunciando triunfante su victoria final.

“Tu madre debería haber muerto hace varios días, no entiendo cómo ni por qué sigue aferrada a la vida. Andrea, te pedí hablar porque tengo una sospecha y quiero que me cuentes: ¿hay algún tema pendiente entre ustedes?, ¿hay algo que faltó hablar?”, me preguntó. “Sí, algo muy importante”, le contesté. “Entonces te sugiero que lo hables, aunque ella esté aparentemente dormida. Los pacientes en estado de coma profundo, como es el caso de tu madre, tienen su sistema límbico intacto, y perciben los sentimientos de las personas que están junto a ellas. Sería importante que le digas lo que le tengas que decir. Tal vez un perdón, una confesión… Andá a su habitación y hablá, liberala para que pueda irse en paz. Tengo muchos años como médico de terapia intensiva, convivo a diario con las despedidas entre seres queridos y aprendí con el tiempo y la experiencia que, si no se dicen las cosas a tiempo, la culpa de los deudores la pagan los acreedores”.

La culpa de los deudores la pagan los acreedores, la culpa de los deudores la pagan los acreedores… Como un mantra, esa frase se repitió en mi cabeza mientras me dirigía hacia la habitación donde se encontraba mi madre respirando con mucha dificultad. Cerré la puerta y lo intenté. Una vez, dos, muchas. No pude pronunciar palabra. Entré y salí de ese cuarto varias veces tratando de encontrar la fuerza para poder hablar en ese pasillo que jamás en mi vida olvidaré. No pude hacerlo. Me quedé sentada junto a ella varias horas con la esperanza de desatar mi corazón, pero tampoco pude. Me fui a casa, comí, me bañé y me fui a dormir. A las 6:30 de la mañana siguiente sonó mi teléfono celular. Del otro lado, Alejandrina, la enfermera que cuidaba a mamá, me daba la noticia.

Mi hermana y yo preparamos todo. La despedida fue en su casa, en su cama. Pude hablar, pero no sé si ella aún podía escucharme, espero que sí.

1. “La inteligencia del optimismo y de la positividad”, Alejandro Rozitchner, La Nación, 30 de mayo de 2017.

Eres amado cuando naces y serás amado cuando mueras.

El tiempo intermedio depende de ti.

PAPA FRANCISCO

MI FORMA DE VER LAS RELACIONES

Varias veces me lo han preguntado en entrevistas, y la verdad es que me resulta muy difícil: no puedo clasificarme en cuanto a cómo soy en las relaciones de pareja. Primero, porque tengo un formato de elección diaria en mi vida. Me ocupo de vivir el presente, preguntándome siempre si estoy en el lugar que quiero estar, y eso incluye mis compañías. Y a la vez, eso ha hecho que no sea de las mujeres que proyectan cosas como “quiero un hombre así y asá”. En ese sentido, la vida siempre me sorprendió. Mis dos maridos (suena raro porque no soy doña Flor, así que aclaro por las dudas que no son contemporáneos) son de Sagitario, pero no tienen nada más en común.

Varonera y rea

Siempre fui una chica de pocos novios. De niña y luego adolescente, no les gustaba mucho a los chicos. Era muy flaquita, solía colgarme de los árboles y pensaba que seguro de grande iba a ser más femenina. Pero cuando crecí, seguí siendo igual. A pesar de que mi abuela Memé me hablaba de la importancia de la delicadeza y la forma de comportarme, mi personalidad era más salvaje, vivía llena de moretones, “frutillas” y marcas (algunas que aún conservo). Y eso nunca es muy atractivo para los varones. Tenía amigos, pero era como una más en el grupo. Era chata y tardé hasta los 15 años en empezar a formar mis curvas. Hoy parece que estoy hablando de otra persona, ¡pero aunque no lo creas, yo era así!

Entonces, si bien me gustaban los chicos, jamás tenía una actitud de seducción para con ellos. Tengo el recuerdo de estar en un recreo de sexto grado, comiendo galletitas con una amiga, y que viniera un chico y me preguntara si quería ser la novia. Y yo, en lugar de alegrarme, le pegué un cachetazo, totalmente ofendida porque esa pregunta me parecía una ridiculez a mis doce años. Él se enojó muchísimo, y todos los chicos se pusieron en contra de mí (ahí conocí lo que antes no tenía nombre y hoy llamamos bullying). Pero era así, en mi mundo no cabía aún el tema del noviazgo.

Más tarde, durante la secundaria, comencé a ir a fiestas y a peinarme, pintarme las uñas y ocuparme de la ropa. Me empecé a poner más coqueta. Sin embargo, no era la típica chica canchera a la que todos los varones invitaban a salir y tenía que rebotar de a varios. Todo lo contrario. No era fea, pero era flaca ...