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BLANCO LETAL 4

Robert Galbraith  

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Fragmento

Contenido

Portada

Dedicatoria

Prólogo

UN AÑO MÁS TARDE

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SEGUNDA PARTE

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UN MES MÁS TARDE

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Créditos

A Di y Roger,
y en memoria
del precioso y blanco Spike.

Prólogo

La felicidad, querida Rebeca, la felicidad es ante todo el tranquilo, dichoso y seguro sentimiento de la inocencia.

HENRIK IBSEN, Rosmersholm

Sólo habría faltado que los cisnes nadaran uno al lado del otro por el lago de aguas verdosas y oscuras para que aquella fotografía se hubiese convertido en el mayor logro de la carrera del fotógrafo de bodas.

No quería cambiar la posición de la pareja, porque la suave luz de debajo de las copas de los árboles realzaba los marcados pómulos del novio y convertía a la novia, con sus tirabuzones de un dorado rojizo, en un ángel prerrafaelita. No recordaba la última vez que lo habían contratado para fotografiar a una pareja tan atractiva. Con el señor y la señora Cunliffe no hacía falta recurrir a trucos ni sutilezas, ni colocar a la mujer en determinado ángulo para ocultar sus michelines (de hecho, casi podía decirse que estaba demasiado delgada, pero eso la favorecería en las fotografías), ni sugerirle al novio: «Vamos a intentar hacer una con la boca cerrada», porque el señor Cunliffe tenía los dientes blancos y perfectamente alineados. Lo único que había que esconder, y eso podría retocarse con facilidad una vez concluida la sesión, era la desagradable cicatriz que tenía la novia en el antebrazo: amoratada y un poco rojiza, con las marcas de los puntos todavía visibles.

Aquella mañana, cuando el fotógrafo había llegado a la casa de los padres de la novia, ella llevaba puesta una venda elástica. Y se había llevado un buen susto cuando se la había quitado para la sesión. Incluso había llegado a preguntarse si habría cometido un intento chapucero de suicidio antes de la boda, porque, después de veinte años en el oficio, ya había visto de todo.

«Me atacaron», había explicado la señora Cunliffe, o Robin Ellacott, pues así era como se llamaba dos horas antes. El fotógrafo, que era un hombre aprensivo, había tenido que ahuyentar de su mente la imagen de una hoja de acero clavándose en aquella piel clara y suave. Por suerte, la desagradable cicatriz quedaba ahora oculta por la sombra que proyectaba el ramo de rosas de color crema de la señora Cunliffe.

Los cisnes, los malditos cisnes. Si se apartaran los dos del fondo, no importaría, pero uno se sumergía continuamente, dejando la plumosa pirámide de su trasero a la vista en medio del lago como un iceberg con plumas, y con sus contorsiones agitaba la superficie del agua, lo que haría que eliminarlos digitalmente resultase mucho más complicado de lo que creía el joven señor Cunliffe, que ya había propuesto esa solución. El otro cisne, entretanto, seguía merodeando junto a la orilla: elegante, sereno y decididamente fuera de plano.

—¿Ya está? —preguntó la novia con una impaciencia palpable.

—Estás preciosa, flor —dijo el padre del novio, Geoffrey, desde detrás del fotógrafo. Se le notaba en la voz que ya estaba un poco borracho.

Los padres de la pareja, el padrino y las damas de honor observaban desde la sombra de unos árboles cercanos. A la dama de honor más joven, una niña de no más de dos años, habían tenido que prohibirle lanzar guijarros al lago, y ahora se quejaba a su madre, que le hablaba con un susurro ininterrumpido e irritante.

—¿Ya está? —volvió a preguntar Robin, ignorando a su suegro.

—Casi —mintió el fotógrafo—. Vuélvete un poco más hacia él, por favor, Robin. Así. Una sonrisa bien grande, los dos. ¡Sonrisa bien grande!

En la pareja había una tensión que no podía atribuirse exclusivamente a la dificultad de conseguir la fotografía perfecta. Pero al fotógrafo no le importaba. Él no era consejero matrimonial. Había conocido a parejas que ya empezaban a gritarse cuando él apenas había comenzado a leer los valores del fotómetro. Había visto a una novia marcharse furiosa de su banquete nupcial. Todavía conservaba, para divertir a sus amigos, una fotografía borrosa de 1998 en la que un novio le daba un cabezazo a su padrino.

Pese a lo guapos que eran, él no habría apostado mucho por los Cunliffe. La larga cicatriz del brazo de la novia le había causado rechazo desde el principio. Todo aquello le parecía inquietante y de mal gusto.

—Dejémoslo —dijo de pronto el novio, soltando a Robin—. Ya tenemos suficientes, ¿no?

—¡Espera, espera, que ahora viene el otro! —exclamó el fotógrafo, enojado.

Justo cuando Matthew había soltado a Robin, el cisne que estaba junto a la orilla más alejada había empezado a nadar por la superficie verde oscuro hacia su pareja.

—Es como si esos bichos lo hicieran a propósito, ¿verdad, Linda? —le dijo Geoffrey a la madre de la novia, al tiempo que soltaba una risita—. Pajarracos del demonio...

—No importa —terció Robin, recogiéndose la falda del vestido hasta que le asomaron los zapatos, de tacón quizá demasiado bajo—. Seguro que alguna ha quedado bien.

Salió del bosquecillo a la brillante luz del sol, y echó a andar con paso decidido por la extensión de césped hacia el castillo del siglo XVII, donde la mayoría de los invitados ya se paseaban bebiendo champán, mientras admiraban las vistas de los jardines del hotel.

—Me parece que le duele el brazo —le dijo la madre de la novia al padre del novio.

«Y un cuerno —pensó el fotógrafo con cierto placer malvado—. Han discutido en el coche.»

La pareja parecía feliz bajo la lluvia de confeti que los había recibido a la salida de la iglesia, pero al llegar al hotel, una mansión en el campo, ambos tenían esa expresión dura de quien apenas puede contener la rabia.

—Se le pasará. Lo que necesita es una copa —dijo Geoffrey relajadamente—. Ve con ella, Matt.

Matthew ya había echado a andar detrás de su flamante esposa, y no había tenido problemas para alcanzarla, porque a Robin le costaba caminar por el césped con sus zapatos de tacón de aguja. El resto del grupo los siguió; un viento cálido agitaba los vestidos de chiffon color verde menta de las damas de honor.

—Robin, tenemos que hablar.

—Pues habla.

—¿Puedes esperar un minuto?

—Si me paro, se nos van a echar encima nuestras familias.

Matthew miró hacia atrás. Tenía razón.

—Robin...

—¡No me toques el brazo!

Le dolía la herida, probablemente por culpa del calor. Quería ir a buscar la bolsa de viaje donde había guardado la venda protectora, pero debían de haberla llevado a la suite nupcial, y no tenía ni idea de dónde podía estar.

El grueso de los invitados que esperaban a la sombra del edificio del hotel ya empezaba a distinguirse. A las mujeres era fácil identificarlas gracias a los sombreros. Tía Sue, la tía de Matthew, llevaba una rueda de carro azul eléctrico; Jenny, la cuñada de Robin, una llamativa creación de plumas amarillas. Los varones, con sus trajes oscuros, apenas se diferenciaban unos de otros. Desde aquella distancia era imposible discernir si Cormoran Strike se encontraba entre ellos.

—Para un momento, ¿quieres? —insistió Matthew.

Ya les habían sacado mucha ventaja a sus familiares, que habían adaptado el paso al de su sobrina pequeña.

Robin se detuvo.

—Me ha sorprendido verlo, nada más —dijo Matthew con cautela.

—Ya, y supongo que crees que yo estaba esperando ver cómo irrumpía en mitad de la ceremonia y tiraba las flores al suelo, ¿no? —contestó ella.

Matthew habría podido encajar esa respuesta de no ser por la sonrisa que Robin intentaba reprimir. No olvidaba la cara de felicidad que había puesto cuando su ex jefe se había presentado en la boda. Aún no sabía si algún día podría perdonarla por haber pronunciado el «Sí, quiero» con la vista clavada en la enorme, fea y caótica figura de Cormoran Strike, en lugar de mirándolo a él. Estaba seguro de que todos los allí reunidos habían visto cómo Robin le sonreía encantada.

Sus familias estaban a punto de alcanzarlos otra vez. Matthew cogió a Robin por el brazo con cuidado, colocando los dedos unos centímetros por encima de la herida, y caminó con ella. Robin no se resistió, pero Matthew sospechó que sólo se debía a que confiaba en estar acercándose a Strike.

—Ya te lo he dicho en el coche: si quieres volver a trabajar para él...

—Es porque soy «imbécil perdida» —terminó Robin.

Ahora ya podía distinguir a los hombres que estaban en la terraza, pero no veía a Strike por ninguna parte. Era alto y corpulento; debería poder verlo incluso entre sus hermanos y sus tíos, todos de más de metro ochenta. Su ánimo, que había subido de golpe cuando había visto aparecer a Strike, se precipitó hacia el suelo como un polluelo empapado por la lluvia. Probablemente se había marchado después de la ceremonia, en lugar de montarse en uno de los minibuses que habían contratado para trasladar a los invitados al hotel. Su breve aparición había sido un gesto de buena voluntad, nada más. No había ido hasta allí para volver a contratarla, sino sólo para felicitarla por su nueva vida.

—Mira... —dijo Matthew, más suave ahora.

Robin estaba segura de que él también había escudriñado a la multitud y, al no ver a Strike, había llegado a la misma conclusión que ella.

—En el coche sólo intentaba decirte que eres tú quien decide lo que haces, Robin. Si Strike quería... si quiere que vuelvas... Por el amor de Dios, yo sólo pienso en tu bien. No me irás a decir que trabajar para él era seguro, ¿no?

—No —contestó Robin, que notaba un dolor palpitante en la herida—. No era seguro.

Se volvió hacia sus padres y el resto de los familiares y esperó a que los alcanzaran. El olor dulzón del césped caliente le impregnaba la nariz y le hacía cosquillas, mientras el sol caía a plomo sobre sus hombros desnudos.

—¿Quieres ir con la tía Robin? —dijo la hermana de Matthew.

La pequeña Grace, obediente, se agarró al brazo herido de su tía y se columpió de él, arrancándole un grito de dolor.

—¡Ay, lo siento, Robin! Suéltala, Gracie...

—¡Champán! —gritó Geoffrey, rodeando los hombros de Robin y dirigiéndola hacia la multitud expectante.

Los servicios de caballeros estaban como Strike había imaginado que estarían en aquel lujoso hotel rural: impolutos y libres de malos olores. Le habría gustado poder llevarse una cerveza a aquel tranquilo y fresco cubículo, pero eso habría reforzado la impresión de que era un alcohólico de mala reputación a quien acababan de concederle permiso para salir de la cárcel y asistir a aquella boda. Los empleados de la recepción del hotel no se habían molestado en disimular su escepticismo cuando les había asegurado que era uno de los invitados del banquete Cunliffe-Ellacott.

Debido a su corpulencia y a su duro y arisco perfil de boxeador, Strike tendía a intimidar incluso estando ileso. Pero ese día, además, parecía que acabara de bajarse del ring. Tenía la nariz rota, amoratada e hinchada hasta doblar su tamaño normal, los dos ojos a la virulé y una oreja inflamada en la que aún podían verse los últimos puntos de sutura negros que le habían dado. Al menos, la herida de cuchillo que tenía en la palma de la mano quedaba oculta por el vendaje, aunque llevaba su mejor traje arrugado y manchado porque la última vez que se lo había puesto le habían tirado una copa de vino por encima. Lo mejor que se podía decir de su atuendo era que había conseguido ponerse dos zapatos del mismo par antes de partir hacia Yorkshire.

Bostezó, cerró los doloridos ojos y apoyó un momento la cabeza en el frío tabique divisorio. Estaba tan cansado que habría podido quedarse dormido allí mismo, sentado en aquel váter. Pero necesitaba encontrar a Robin y pedirle —suplicarle, si era necesario— que lo perdonara por despedirla y que volviera a trabajar con él. En la iglesia, cuando sus miradas se habían encontrado, le había parecido ver alegría en su cara, y estaba seguro de que le había sonreído al pasar a su lado cogida del brazo de Matthew, camino de la puerta. Por eso Strike se había apresurado a atravesar el camposanto para dirigirse al aparcamiento y pedirle a su amigo Shanker —que ahora dormitaba en el Mercedes que le habían prestado— que siguiera a los minibuses para ir a la recepción.

Strike no pensaba quedarse al banquete y los discursos. De hecho, no había confirmado su asistencia cuando había recibido la invitación, antes de despedir a Robin. Lo único que quería era hablar con ella unos minutos, pero hasta ese momento había sido imposible. Ya no se acordaba de lo que pasaba en las bodas. Mientras buscaba a Robin por la abarrotada terraza, se había convertido en el blanco de un centenar de miradas curiosas, lo que le había hecho sentirse bastante incómodo. Había rechazado el champán, que no le gustaba, y había ido a la barra a pedir una cerveza. Lo había seguido un joven de pelo castaño oscuro cuya frente y cuya boca le recordaban un poco a Robin; detrás de él iba una pandilla de amigos, todos con la misma expresión de emoción mal disimulada.

—Eres Strike, ¿verdad? —preguntó el joven.

El detective asintió.

—Soy Martin Ellacott. El hermano de Robin.

—¿Cómo estás? —dijo Strike, y levantó la mano vendada para indicar que, si se la daba, iba a ver las estrellas—. ¿Por dónde anda, lo sabes?

—Están haciéndose las fotos —contestó Martin, que señaló el iPhone que tenía en la otra mano y añadió—: Sales en las noticias. Has atrapado al destripador de Shacklewell.

—Sí, eso parece —repuso Strike.

A pesar de que las heridas de cuchillo que tenía en la palma de la mano y en la oreja aún le dolían, le daba la impresión de que los violentos sucesos de doce horas atrás habían ocurrido hacía mucho. El contraste entre el sórdido escondite donde había acorralado al asesino y aquel hotel de cuatro estrellas era tan pronunciado que parecía que pertenecieran a realidades distintas.

Una mujer con un tocado azul turquesa que temblaba sobre su pelo rubio platino se acercó a la barra. También llevaba un teléfono en la mano, y miraba a Strike rápidamente arriba y abajo, cotejando al detective de carne y hueso con la fotografía que, con toda seguridad, debía de tener en la pantalla del móvil.

—Perdón, tengo que ir a mear —le había dicho Strike a Martin, escabulléndose antes de que se le acercara alguien más.

Después de convencer a los recelosos empleados para que lo dejaran pasar, se había refugiado en los lavabos.

Volvió a bostezar y miró la hora. Seguro que Robin ya había terminado de hacerse las fotos. Con una mueca de dolor —porque el efecto de los analgésicos que le habían administrado en el hospital ya se le había pasado—, se levantó, quitó el pestillo y regresó con aquella multitud de desconocidos que lo miraban con curiosidad.

Al fondo del salón comedor, todavía vacío, se había instalado un cuarteto de cuerda. Los músicos empezaron a tocar mientras los novios y sus familias se preparaban para el besamanos, al que Robin supuso que había dado su aprobación en algún momento a lo largo de los preparativos de la boda. Había delegado tantos detalles de la ceremonia y el banquete que no dejaba de llevarse pequeñas sorpresas como aquélla. No recordaba, por ejemplo, que habían acordado hacerse las fotos en el hotel, y no en la iglesia. Si no hubieran salido a toda velocidad en el Daimler inmediatamente después de la ceremonia, quizá habría tenido ocasión de hablar con Strike y pedirle —suplicarle, si era necesario— que volviera a contratarla. Pero él se había marchado sin hablar con ella, y la había dejado con la duda de si tendría el valor o la humildad necesarios para llamarlo después de todo aquello y rogarle que le devolviera el empleo.

La sala parecía oscura en contraste con la luminosidad de los jardines. Las paredes estaban forradas de madera, y había cortinas de brocado y cuadros al óleo con marcos dorados. El intenso aroma de los arreglos florales impregnaba la atmósfera, y la cristalería y la cubertería brillaban sobre los manteles de un blanco inmaculado. El cuarteto de cuerda, que al principio se oía mucho en aquella caja de resonancia de madera, no tardó en quedar ahogado por el sonido de los invitados que subían por la escalera exterior y se congregaban en el rellano, hablando y riendo. Ya iban todos bien servidos de champán y cerveza.

—¡Vamos allá! —bramó Geoffrey, que parecía estar disfrutando más que nadie de aquel día—. ¡Que entren!

Robin estaba segura de que su suegro no se hubiera atrevido a mostrar su entusiasmo tan efusivamente si la madre de Matthew hubiera estado allí. La difunta señora Cunliffe era muy dada a las frías miradas de soslayo y a los golpecitos con el codo, y siempre estaba alerta, al acecho de alguna señal de emoción no controlada. La hermana de la señora Cunliffe, la tía Sue, fue una de las primeras en acercarse a la novia; estaba molesta, porque ella pretendía sentarse a la mesa de honor, pero le habían negado ese privilegio.

—¿Cómo estás, Robin? —preguntó, y picoteó un beso al aire más o menos a la altura de la oreja de Robin.

Triste, disgustada y culpable por no sentirse feliz, Robin se dio cuenta, de repente, de la poca simpatía que aquella mujer, su nueva tía política, sentía por ella.

—Muy mono el vestido —añadió la tía Sue, pero ya estaba mirando al atractivo Matthew—: Qué pena que tu madre... —empezó a decir, y entonces ahogó un sollozo y se tapó la cara con el pañuelo que tenía preparado en la mano.

Fueron entrando más amigos y parientes; sonreían, se besaban, se daban la mano. Geoffrey interrumpía una y otra vez la circulación de invitados, porque le daba abrazos de oso a todo el que no se resistiera decididamente.

—Así que ha venido... —dijo Katie, la prima favorita de Robin.

Habría sido dama de honor de no ser por su avanzado estado de gestación. Salía de cuentas ese mismo día, y Robin estaba maravillada de que todavía pudiese andar. Cuando se inclinó hacia ella para besarla, notó que tenía la barriga dura como una sandía.

—¿Quién? —preguntó Robin.

Katie dio un paso al lado para besar a Matthew.

—Tu jefe. Strike. Martin ha estado atosigándolo en los...

—Creo que estás allí, Katie —dijo Matthew, y señaló hacia una mesa del centro de la sala—. Supongo que estarás deseando sentarte, ¿no? Con este calor, debe de resultarte pesado.

Robin apenas se fijó en los siguientes invitados que se acercaron a saludarla. Respondió a sus felicitaciones distraídamente, sin dejar de mirar hacia el umbral por donde iban entrando todos. ¿Qué había querido decir Katie? ¿Que Strike estaba allí, que al final había ido al hotel? ¿La había seguido desde la iglesia? ¿Estaba a punto de aparecer? ¿Dónde se había escondido? Lo había buscado por todas partes: en la terraza, en el vestíbulo, en el bar. De pronto albergó esperanzas, aunque enseguida se desvanecieron. ¿Y si Martin, famoso por su falta de tacto, lo había ahuyentado? Entonces recordó que Strike no era tan débil, y sus esperanzas revivieron una vez más. Sin embargo, mientras estaba ocupada realizando esos peregrinajes entre la expectación y el pavor, le resultaba imposible aparentar las emociones propias de una novia convencional en el día de su boda, y era consciente de que Matthew notaba esa ausencia y que estaba ofendido.

—¡Martin! —exclamó Robin alegremente al ver aparecer a su hermano pequeño, ya con tres cervezas entre pecho y espalda, acompañado de sus amigos.

—Supongo que ya lo sabes, ¿no? —dijo Martin, dando por hecho que sí.

Tenía el teléfono móvil en la mano. Había pasado la noche en casa de un amigo para que unos parientes del sur pudieran utilizar su dormitorio.

—¿Que sé qué?

—Que anoche capturó al destripador.

Su hermano levantó el móvil para enseñarle la noticia en la pantalla. Robin ahogó un grito al ver quién era el destripador. La herida que aquel hombre le había infligido con un cuchillo en el antebrazo volvía a dolerle.

—¿Todavía está aquí? —preguntó Robin, sin preocuparse por seguir fingiendo—. Strike. ¿Te ha dicho si pensaba quedarse, Mart?

—Por el amor de Dios —masculló Matthew.

—Perdón —arguyó Martin, al percatarse de lo irritado que estaba su cuñado—. Estoy formando un tapón.

El joven se marchó cabizbajo. Robin miró a Matthew y vio resplandecer en él el sentimiento de culpa, como si estuviera observando una termografía.

—Lo sabías —dijo mientras, distraída, le estrechaba la mano a una tía abuela que se había inclinado hacia ella con la intención de recibir un beso.

—¿Que sabía qué? —le espetó él.

—Que Strike había capturado...

Pero ahora reclamaban su atención un amigo de la universidad

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