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BODAS DE ODIO (2018)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Portada

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Epílogo

Biografía

Créditos

Otros títulos de la autora

Grupo Santillana

A mi adorado sobrino Tomás,

nuestro ángel guardián.

Capítulo I

“¡Amor! Palabra escandalosa en

una joven, el amor se perseguía, el amor

era mirado como una depravación...”

Mariquita Sánchez de Thompson

La noche del 9 de julio de 1847, Buenos Aires.

Fiona Malone suspiró y se aletargó en el sillón. Desde allí observaba la sala principal de la mansión, atestada de gente.

Se había hecho una pausa en el baile. Los hombres, reunidos en pequeños grupos, conversaban de política. Las jovencitas, excitadas, consultaban sus libretas y anotaban los nombres de los caballeros que las habían pedido para ésta o aquella pieza. En un rincón, la orquesta templaba los instrumentos, mientras su director, el maestro Favero, recibía instrucciones de la anfitriona, misia Mercedes Sáenz. Las mulatas iban y venían con mates en las manos, bandejas con manjares y botellas de vino. Todo parecía a pedir de boca, los invitados lucían complacidos y la dueña de casa resplandecía por el éxito de su tertulia en el Día de la Independencia.

Fiona volvió a suspirar, pensando en su cama, calentita y cómoda, en un buen libro, o en el vaso de leche tibia que le preparaba Maria, su criada, cada noche. Sin embargo, ahí estaba, tiesa, encorsetada hasta el pecho, los pies helados, y con muchos deseos de volver a su casa. Se sentía cansada; nada parecía atraerla, siempre lo mismo. Odiaba las fiestas; en realidad, para ella no representaban más que una feria de lujo, en donde el ganado se reemplazaba con mujeres desesperadas por encontrar esposo. Porque una solterona, antes al convento.

Se preguntó, entonces, por qué permanecía en esa tertulia, en una fría noche de invierno, entre personas tediosas y afectadas, y recordó el diálogo con su abuela Bridgit esa tarde.

—Tienes que ir, Fiona —le había ordenado.

—Si te niegas a todas las tertulias a las que te invitan nunca conseguirás un buen partido para casarte —vaticinó su tía Ana, y le colocó una peineta en la cabeza que ella, a su vez, quitó rápidamente.

—¿Qué haces, jovencita? ¿No te das cuenta del trabajo que da colocarla en un cabello tan lacio como el tuyo? —le recriminó la tía.

—No iré con peineta. Están fuera de moda. Además, no quiero conseguir un buen partido para casarme, quiero enamorarme.

La muchacha, desafiante, observó alternadamente a su tía y a su abuela.

—Good heavens! Esas zonceras románticas que se te han metido en la cabeza, Fiona, son ridículas; terminarán por volverme loca.

La anciana se dejó caer en un sillón. Las ideas irreverentes de su nieta lograban sacarla de quicio.

—¿Por qué son ridículas, Grannie? ¿Acaso tú no te casaste enamorada de Grandpa?

—¡Niña! ¿Qué preguntas haces? —se escandalizó su tía.

—Grannie? —instó Fiona.

—Bueno, no. Pero con los años llegué a quererlo.

—Pues él dice que te amó profundamente desde el primer día en que te vio.

Bridgit observó a su nieta y trató de descubrir en sus enormes ojos azules el misterio que la envolvía. En verdad, era una niña inmanejable. Sólo Fiona podía arrancarle semejante confesión al viejo Sean Malone. Hacía cincuenta años que estaban casados, tenían cinco hijos, y a ella jamás se la había hecho.

—¡Por fin! —dijo Fiona para sí, al divisar a su mejor amiga, Camila O’Gorman.

Camila entró en el salón de misia Mercedes y buscó a Fiona con la mirada. Al encontrarla sola en un rincón, se dirigió hacia ella.

—¡Por fin llegas, Camila! Torrecilla me ha fastidiado toda la noche preguntándome por ti.

—Justo hoy que no tengo deseos ni de mirarle la cara.

Camila tomó asiento junto a su amiga. Se conocían desde pequeñas y se querían como hermanas. Eran cómplices en sus travesuras, y cada una sabía los secretos de la otra. A veces discutían, porque no siempre estaban de acuerdo, aunque los enojos duraban poco. Al rato se amigaban y todo continuaba como siempre.

—No te comprendo, Camila. Si no tienes deseos de mirarlo es porque no lo amas; si no lo amas, no debes casarte con él.

El silogismo sonaba lógico para Fiona, que desde hacía algún tiempo no entendía el capricho de su amiga en mantener una relación indeseada.

—Sí, ya lo sé.

—¿Entonces?

—Entonces... —suspiró Camila.

—Sí, ¿qué sucede entonces, Camila?

—Nada, Fiona, nada. Es que... ¡Oh, pero tú también vas a reprocharme!

—No seas tonta, yo sólo deseo que seas feliz. —Tomó la mano de Camila y le sonrió—. Es tu padre, ¿verdad? Tienes miedo de que se enoje contigo.

—Es que tatita nunca comprendería lo que siento aquí dentro —dijo, y se golpeó el corazón.

—Camila —pronunció Fiona, con solemnidad—, deberías ser más...

Una joven se aproximó a paso apurado y con el rostro desencajado, y la interrumpió para amonestarla entre dientes:

—¡Fiona Malone! Media fiesta está murmurando acerca de ti. ¿Qué pretendes lograr con este comportamiento absurdo? Podría ahorcarte con mis propias manos en este preciso instante.

—¡Hola, Imelda! —saludó Camila, sin ocultar la risa que le provocaba la furia de la hermana mayor de Fiona.

—No te rías, Camila. Lo que mi hermana está haciendo en esta fiesta es imperdonable.

Se escuchó el resuello de Fiona. Había cruzado los brazos sobre el pecho y dirigido sus ojos en blanco al cielo raso.

—Es que llegué hace unos instantes y no tengo idea de lo que estuvo haciendo mi amiga —explicó la O’Gorman.

—La señorita Fiona ha rechazado a todos y cada uno de los caballeros que la han pedido para el minué —declaró Imelda.

—Tal vez no le guste el minué.

—No te burles, Camila. También rechazó a Soler para el vals y a Anchorena para la mazurca. Es evidente, no es cuestión de bailes.

—No, Imelda —replicó Fiona—. A Soler no lo r

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