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BODAS DE ODIO (2018)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

Índice

Portada

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Epílogo

Biografía

Créditos

Otros títulos de la autora

Grupo Santillana

A mi adorado sobrino Tomás,

nuestro ángel guardián.

Capítulo I

“¡Amor! Palabra escandalosa en

una joven, el amor se perseguía, el amor

era mirado como una depravación...”

Recibe antes que nadie historias como ésta

Mariquita Sánchez de Thompson

La noche del 9 de julio de 1847, Buenos Aires.

Fiona Malone suspiró y se aletargó en el sillón. Desde allí observaba la sala principal de la mansión, atestada de gente.

Se había hecho una pausa en el baile. Los hombres, reunidos en pequeños grupos, conversaban de política. Las jovencitas, excitadas, consultaban sus libretas y anotaban los nombres de los caballeros que las habían pedido para ésta o aquella pieza. En un rincón, la orquesta templaba los instrumentos, mientras su director, el maestro Favero, recibía instrucciones de la anfitriona, misia Mercedes Sáenz. Las mulatas iban y venían con mates en las manos, bandejas con manjares y botellas de vino. Todo parecía a pedir de boca, los invitados lucían complacidos y la dueña de casa resplandecía por el éxito de su tertulia en el Día de la Independencia.

Fiona volvió a suspirar, pensando en su cama, calentita y cómoda, en un buen libro, o en el vaso de leche tibia que le preparaba Maria, su criada, cada noche. Sin embargo, ahí estaba, tiesa, encorsetada hasta el pecho, los pies helados, y con muchos deseos de volver a su casa. Se sentía cansada; nada parecía atraerla, siempre lo mismo. Odiaba las fiestas; en realidad, para ella no representaban más que una feria de lujo, en donde el ganado se reemplazaba con mujeres desesperadas por encontrar esposo. Porque una solterona, antes al convento.

Se preguntó, entonces, por qué permanecía en esa tertulia, en una fría noche de invierno, entre personas tediosas y afectadas, y recordó el diálogo con su abuela Bridgit esa tarde.

—Tienes que ir, Fiona —le había ordenado.

—Si te niegas a todas las tertulias a las que te invitan nunca conseguirás un buen partido para casarte —vaticinó su tía Ana, y le colocó una peineta en la cabeza que ella, a su vez, quitó rápidamente.

—¿Qué haces, jovencita? ¿No te das cuenta del trabajo que da colocarla en un cabello tan lacio como el tuyo? —le recriminó la tía.

—No iré con peineta. Están fuera de moda. Además, no quiero conseguir un buen partido para casarme, quiero enamorarme.

La muchacha, desafiante, observó alternadamente a su tía y a su abuela.

—Good heavens! Esas zonceras románticas que se te han metido en la cabeza, Fiona, son ridículas; terminarán por volverme loca.

La anciana se dejó caer en un sillón. Las ideas irreverentes de su nieta lograban sacarla de quicio.

—¿Por qué son ridículas, Grannie? ¿Acaso tú no te casaste enamorada de Grandpa?

—¡Niña! ¿Qué preguntas haces? —se escandalizó su tía.

—Grannie? —instó Fiona.

—Bueno, no. Pero con los años llegué a quererlo.

—Pues él dice que te amó profundamente desde el primer día en que te vio.

Bridgit observó a su nieta y trató de descubrir en sus enormes ojos azules el misterio que la envolvía. En verdad, era una niña inmanejable. Sólo Fiona podía arrancarle semejante confesión al viejo Sean Malone. Hacía cincuenta años que estaban casados, tenían cinco hijos, y a ella jamás se la había hecho.

—¡Por fin! —dijo Fiona para sí, al divisar a su mejor amiga, Camila O’Gorman.

Camila entró en el salón de misia Mercedes y buscó a Fiona con la mirada. Al encontrarla sola en un rincón, se dirigió hacia ella.

—¡Por fin llegas, Camila! Torrecilla me ha fastidiado toda la noche preguntándome por ti.

—Justo hoy que no tengo deseos ni de mirarle la cara.

Camila tomó asiento junto a su amiga. Se conocían desde pequeñas y se querían como hermanas. Eran cómplices en sus travesuras, y cada una sabía los secretos de la otra. A veces discutían, porque no siempre estaban de acuerdo, aunque los enojos duraban poco. Al rato se amigaban y todo continuaba como siempre.

—No te comprendo, Camila. Si no tienes deseos de mirarlo es porque no lo amas; si no lo amas, no debes casarte con él.

El silogismo sonaba lógico para Fiona, que desde hacía algún tiempo no entendía el capricho de su amiga en mantener una relación indeseada.

—Sí, ya lo sé.

—¿Entonces?

—Entonces... —suspiró Camila.

—Sí, ¿qué sucede entonces, Camila?

—Nada, Fiona, nada. Es que... ¡Oh, pero tú también vas a reprocharme!

—No seas tonta, yo sólo deseo que seas feliz. —Tomó la mano de Camila y le sonrió—. Es tu padre, ¿verdad? Tienes miedo de que se enoje contigo.

—Es que tatita nunca comprendería lo que siento aquí dentro —dijo, y se golpeó el corazón.

—Camila —pronunció Fiona, con solemnidad—, deberías ser más...

Una joven se aproximó a paso apurado y con el rostro desencajado, y la interrumpió para amonestarla entre dientes:

—¡Fiona Malone! Media fiesta está murmurando acerca de ti. ¿Qué pretendes lograr con este comportamiento absurdo? Podría ahorcarte con mis propias manos en este preciso instante.

—¡Hola, Imelda! —saludó Camila, sin ocultar la risa que le provocaba la furia de la hermana mayor de Fiona.

—No te rías, Camila. Lo que mi hermana está haciendo en esta fiesta es imperdonable.

Se escuchó el resuello de Fiona. Había cruzado los brazos sobre el pecho y dirigido sus ojos en blanco al cielo raso.

—Es que llegué hace unos instantes y no tengo idea de lo que estuvo haciendo mi amiga —explicó la O’Gorman.

—La señorita Fiona ha rechazado a todos y cada uno de los caballeros que la han pedido para el minué —declaró Imelda.

—Tal vez no le guste el minué.

—No te burles, Camila. También rechazó a Soler para el vals y a Anchorena para la mazurca. Es evidente, no es cuestión de bailes.

—No, Imelda —replicó Fiona—. A Soler no lo rechacé, le dije que sí.

—Sí, le dijiste que sí, mas luego, cuando vino a buscarte, lo espantaste diciéndole que tenías deseos de vomitar.

—No le dije que tenía deseos de vomitar. Tan sólo le dije que...

—¡Bueno, ya basta, niña malcriada! No importa qué dijiste o qué no dijiste. Lo único que importa es que estás haciendo quedar muy mal a nuestra familia en casa de misia Mercedes.

—Misia Mercedes jamás pensaría mal de Grandpa por esto. Lo respeta demasiado. Además, ella y yo somos amigas.

—Basta, basta —ordenó Imelda.

—Cálmate, Imelda —dijo Camila—. Tu rostro parece un tomate y no creo que eso sea del gusto de don Senillosa.

—No creas, Camila, no creas —la corrigió Fiona, con ironía evidente—. Senillosa es mazorquero. ¡Perdón! Socio popular, y todo lo que sea rojo sangre lo apasiona.

Camila soltó una carcajada, que llamó la atención de un grupo de ancianas apostado a palmos de ellas. Imelda las observaba, furibunda, las mejillas como la grana y los ojos inyectados. Recogió el ruedo de su vestido, dio media vuelta y se marchó.

—Ahora Torrecilla, lo único que faltaba —murmuró Fiona.

Lázaro Torrecilla se aproximó y pidió a Camila para el próximo minué; la muchacha aceptó de mala gana y se marchó al salón principal junto a su prometido.

Fiona se quedó sola otra vez. Sola, porque no deseaba estar con nadie en esa fiesta. Quizá resultase divertido pasar un rato con las planchadoras. Siempre las había en las fiestas. Las menos agraciadas, las más feas, las más gordas, las muy flacas, las más pobres; un grupo de mujeres a las que nadie había pedido para bailar. Ellas se recluían en los pasillos de la casa o en los patios más retirados. Una y otra vez eran humilladas por los caballeros en las tertulias. A pesar de todo, insistían y no dejaban de concurrir. Fiona no las comprendía.

—No, no, señorita. Con las planchadoras, no. Simplemente, no lo permitiré.

Misia Mercedes detuvo a Fiona en su intento por escapar de la fiesta.

—Misia Mercedes.

—No permitiré que te alejes como si fueras una de las mujeres más feas de Buenos Aires cuando eres todo lo contrario.

—¡Qué dice, misia Mercedes!

—Sí, querida, todo lo contrario. Eres la más bella de la tertulia.

—¿Yo, la más bella? Si la más hermosa es doña Agustina Mansilla.

La dueña de casa condujo a Fiona hasta un lugar apartado; allí se sentaron en unos taburetes.

—No, niña. Agustina ha perdido la lozanía de su piel y su cabello no brilla como antes. Es que los años no vienen solos, querida. Además, tú eres distinta. Eres especial. Ella sólo tiene una cara bonita. Tú tienes mucho más que eso.

Fiona admiraba a Mercedes Sáenz y Velazco. Se sentía a gusto en su compañía. Tal vez formaba parte de aquella parafernalia de tertulias, apellidos, estancias y cuestiones que ella detestaba, pero había algo en esa mujer que la atraía. Su delicadeza, acompañada por una gran firmeza; su educación estricta y su apertura a lo impensable; su bondad, unida a una gran sagacidad. Fiona amaba escuchar de los propios labios de la protagonista la historia acerca de cómo misia Mercedes se había opuesto a sus padres cuando quisieron casarla con un pariente lejano, mucho mayor que ella, rico y de alcurnia. “La primera mujer del virreinato que se opuso a sus padres y contrajo matrimonio con el hombre que realmente amaba”, se jactaba la anfitriona.

—Me han dicho que no has querido bailar con nadie. Y estaban todos deseosos de hacerlo contigo —expresó Mercedes, y Fiona bajó la vista, avergonzada—. Te comprendo, querida, te comprendo. Sé que estos criollos nuestros no son un dechado de virtudes. No tienes que explicármelo a mí que me casé con un inglés, que Dios lo tenga en su gloria.

—Amén —acotó Fiona.

—Sí; no son de lo mejor pero es lo que tenemos para elegir. —Sonrió.

—Es que yo no deseo elegir a nadie, yo no deseo un esposo, misia. No lo deseo aún.

—O tal vez lo que deseas es enamorarte, ¿verdad?

El pulso de Fiona se aceleró. Por vez primera alguien la entendía. No había sido necesario explicar nada. Tan sólo, la había comprendido.

—Sí, misia Mercedes —afirmó, con vehemencia—. Deseo enamorarme de un hombre que también esté enamorado de mí. Sólo así aceptaré casarme.

—Es un deseo muy noble. Espero que lo alcances. En realidad, sé que lo harás.

—¿Misia Mercedes?

—¿Sí, querida?

—No esté enojada conmigo porque no he querido bailar con nadie, se lo suplico.

—No, querida. ¿Cómo podría?

—Le prometo que al próximo que me pida una pieza, lo acepto.

—Como desees.

En aquel momento, un caballero algo petiso y abultado, vestido con elegancia, ingresó en el salón acompañado de una mujer.

—¡El conde y la condesa Walewski! —Mercedes se incorporó de inmediato—. Si me disculpas, Fiona, debo ir a recibirlos. Eso sí: no quiero que vayas con las planchadoras. Prométeme que permanecerás aquí, donde tu bello rostro pueda verse. Alegra este lugar.

—Sí, misia Mercedes, lo prometo.

Fiona observó a la mujer mientras se alejaba para desaparecer detrás de unos cortinados.

Otra vez sola. Se dedicó a observar a su alrededor. La mansión de misia Mercedes Sáenz, en la calle de la Florida, era de las más hermosas de Buenos Aires, con salones famosos por el lujo y el buen gusto. Levantó la vista hacia el cielo raso. El enorme candil de bronce, cargado de gotas de cristal y de velas chorreantes de cera de abeja, le pareció magnífico. Lo observó mecerse muy lentamente; tal vez sus ojos le jugaban una mala pasada y se trataba de una ilusión, tal vez la lámpara no se movía ni un centímetro. Aunque parecía que se desplazaba al son de los acordes del vals que tocaban Favero y su orquesta. Cerró los ojos para concentrarse en las notas que la envolvían.

—¿Has descubierto acaso una grieta en el techo? ¿O tal vez una telaraña en una esquina? Porque esta casa podrá ser de las más distinguidas y soberbias de Buenos Aires pero le está faltando mucho mantenimiento. No es la misma que en tiempos de don Cecilio. ¿Me permites acompañarte, Fiona?

La joven asintió con desgano, mientras la rolliza anciana se apoltronaba a su lado.

—Como te estaba diciendo... ¿Qué te estaba diciendo? ¡Ah, qué memoria la mía! Siempre he sido así.

—De don Cecilio.

—¡Sí, gracias, querida! En épocas de don Cecilio, el padre de Merceditas... Bueno, tú ni habías nacido aún. En épocas de ese gallardo y honorable caballero rioplatense, esta casa era un verdadero paraíso.

Aunque la mujer continuó con sus recuerdos, Fiona no la escuchaba. Le resultaba intolerable que doña Josefina Coloma le echara a perder el momento de tranquilidad. Era vieja, hasta bisnietos tenía, no existía ninguna razón para que asistiese a esas fiestas. Debería permanecer en su hogar en consideración a los oídos y a los nervios de los invitados. En realidad, pensó Fiona, hubiese preferido bailar con su eterno enamorado, Palmiro Soler, que escuchar a esa anciana ladina y retorcida.

—Qué bello vestido traes hoy, Fiona. ¿Acaso te lo hizo…?

La frase quedó en suspenso. Por aquella época el nombre de una buena costurera era un dato muy preciado. En ocasiones, lucir el mejor vestido en una fiesta se convertía en la clave para atrapar a un buen partido. Y Fiona llevaba el más bonito esa noche.

—¿Sí, doña Josefina?

La mujer carraspeó.

—Tal vez fue la señora de Urrutia o quizá la señorita Torres —conjeturó—. No sé, son las mejores que conozco. Con ellas se confecciona los vestidos Clelia.

La abuela dirigió la mirada hacia el salón para observar a su nieta, que se desarmaba por complacer al joven con el que bailaba la polca. Fiona contempló por unos segundos a Clelia Coloma y pensó de ella lo mismo de siempre: que se trataba de una caza-marido sin demasiados escrúpulos.

—No me dijiste dónde te hicieron este despampanante vestido —insistió la anciana.

Tomó la tela de la falda y la frotó entre sus dedos, tratando de descubrir de qué género se trataba.

—Aunt Tricia me lo envió desde Londres, doña Josefina.

No era cierto, pero le gustaba jugar ese perverso juego de mentirillas con una vieja taimada como la Coloma.

—¡Oh, Tricia te lo envió desde Londres!

Frente a aquello, la mujer no podía competir. Ella no contaba con nadie que le enviara nada desde la Europa.

—¿Cómo has hecho para recibirlo teniendo en cuenta el terrible bloqueo al que está siendo sometida nuestra Santa Federación?

—Si uno tiene alguien que le envíe las cosas en paquetes desde la Inglaterra o desde la Francia, lo más posible es que lleguen, como mi vestido, ¿lo ve usted, doña Josefina?

Fiona ensayó una sonrisa y levantó la tela del traje. La mentira era tan grande que tendría que confesarse con el cura Vicente si deseaba comulgar el domingo. Pero se tranquilizó pensando que se trataba de una mentira piadosa, para bajarle los humos a la vieja chusma.

—¡Ah, también el servicio es lamentable en esta casa! —se quejó la anciana—. ¿Puedes creer que no me han convidado un solo mate desde que llegué, hace más de una hora ya? —Y a continuación, gritó—: ¡Sofía, Sofía, cébame uno a mí!

Fiona compadeció a misia Mercedes por verse obligada a invitar a gente como ésa. Ocurría que Josefina Coloma era una “buena federal”: fiel a la causa, amante de la Federación, del color rojo y de su caudillo Rosas. No invitarla habría sido lo mismo que pararse en medio de la Plaza de la Victoria y gritar: “¡Soy unitaria! ¡Soy unitaria!”. Pero así eran las cosas; no había más remedio que adaptarse o perecer.

La negra Sofía ya estaba junto a ellas.

—Aquí tiene, doña Josefina.

—¡Pero, m’hija! Este mate es peor que el de los Morales —se quejó la anciana, mientras se lo arrebataba—. ¡Por fin! Tenía la lengua seca como la de un loro.

“Será por hablar tantas necedades”, pensó Fiona, ensayando un gesto de hartazgo tan inequívoco que provocó la risa de Sofía.

—Ahora ya me siento un poco mejor, pues. —La mujer respiró con dificultad dentro del corsé—. Dime, hija, ¿cómo es que te encuentras aquí y no estás bailando con alguno de nuestros guapetones federales? Estás más sola que una monja de clausura, Fiona. Eso no es bueno si deseas conseguir esposo.

—No me siento muy bien, doña Josefina. Tal vez sea algo que me indigestó.

—¡Oh, pobre niña! Con razón tienes esa cara de muerta, más pálida que un ánima. Justamente comentábamos con mi nieta Clelia lo mal que lucías. ¡Oh, y esas ojeras, oscuras como una noche sin luna! Decididamente, no te encuentras en tu mejor momento.

Los instrumentos dejaron de sonar y el salón pareció enmudecer; los hombres volvieron a congregarse en grupos y dirigieron la mirada a la entrada principal; algunas jovencitas comenzaron a cuchichear, nerviosas, mientras se escondían tras los abanicos para disimular el arrebol de sus mejillas.

Intrigada, Fiona apretó el entrecejo. Vio a misia Mercedes, que se encaminaba hacia la puerta con los brazos extendidos, y la escuchó decir en un dulce tono de voz: “Bienvenido a mi hogar”. Como estaban, muy alejadas del salón principal, Fiona y Josefina Coloma no lograban divisar al objeto de tanto despliegue; aunque de algo se encontraban seguras: se trataba de una gran personalidad. Misia Mercedes no recibía así a cualquiera. Ni siquiera con el conde Walewski, hijo bastardo de Napoleón I, había actuado de ese modo tan obsequioso.

El piano del maestro Favero sonó de nuevo, y aunque misia Mercedes, perdida entre los cortinados, no había reaparecido aún, todo volvió a la normalidad.

—¡Por supuesto! ¡Debí habérmelo imaginado! —masculló de pronto doña Josefina Coloma—. ¡Claro, cómo no! Si se trata de Juan Cruz de Silva.

Misia Mercedes Sáenz, tomada del brazo de un caballero, se presentó ante la mirada de Fiona, que no conseguía apartar sus ojos del cuadro magnífico que componían. La imagen se desenvolvía en forma lenta; el hombre caminaba con porte aristocrático, una sonrisa fresca y gesto vanidoso. Fiona contemplaba con obstinación aquel rostro enigmático y atractivo. Sabía que se juzgaría impropio observarlo así, pero no le importaba, no dejaría de hacerlo.

—¿Quién es? —le preguntó a doña Josefina.

La mujer se volvió hacia Fiona con desconcierto. —¿Es que acaso vives en un dedal, niña?

La pregunta le causó risa.

—No, doña Josefina, ¿por qué lo pregunta?

—Es que sólo una persona que ha vivido en un dedal durante los últimos tres meses no conoce a Juan Cruz de Silva.

—Pues yo no lo conozco.

—Y claro, cómo vas a conocerlo. Casi no apareces en las tertulias, no vas a la Alameda más que para montar tu caballo como una forajida, no recorres la calle de la Florida después de misa los domingos...

—¿Va a decirme quién es el caballero, sí o no? —preguntó Fiona con insolencia.

—Sí, m’hija, sí. Es uno de los hombres más ricos de la Confederación. Como te decía, Juan Cruz de Silva se llama. Además, es el protegido de nuestro excelentísimo gobernador. Ahora que el brigadier Rosas está tan ocupado con las cuestiones de estado, de Silva es quien maneja sus estancias. Tú sabes, Fiona, su hijo, Juancito, no es el mejor de los hijos, y como no se ocupa mucho de los asuntos familiares... En fin.

—Jamás lo había oído nombrar —comentó, abstraída.

—En realidad, llegó del campo hace unos meses, nada más.

—¿Y va a quedarse?

—Parece que te interesa conocer acerca del mocito de Silva, ¿no es cierto?

El comentario malicioso la puso en guardia. Mostraba de manera abierta el impacto que de Silva le había causado y estaba preguntando de más. Doña Josefina era afecta a fantasear, y Fiona no deseaba ser la protagonista de una fábula de su autoría.

—Sí, doña Josefina, tiene razón. Qué me interesa a mí, ¿verdad? —La miró con agudeza, directo a los ojos—. Tengo que dejarla; no puedo perder toda la noche aquí sentada si lo que quiero es conseguir esposo. Buenas noches.

Se levantó y se fue, dejando a la mujer con la boca abierta. De inmediato lo lamentó, pues Palmiro Soler la interceptó antes de que pudiera escabullirse al patio y la invitó a bailar la próxima pieza.

—Espero que se sienta usted mejor, señorita Fiona —le dijo cerca del oído, mientras la conducía al salón, la mano apoyada en la parte más fina de su cintura.

—Sí, sí —susurró Fiona, al tiempo que percibía el calor de esa mano sudada a través de la seda del vestido como si se tratara de una brasa.

Le disgustaba Palmiro Soler. No se trataba de su aspecto porque, como le recordaba Imelda a diario, destacaba entre los más guapos de la ciudad. Además, era un activo federal, lo que se juzgaba como una cualidad preciada. Se trataba, en cambio, de su actitud soberbia, de cómo la miraba, de sus manos, que siempre intentaban tocarla de manera solapada, de esa sonrisa que parecía burlarse de su incomodidad, incluso la fastidiaba el modo en que caminaba, ostentoso y petulante. Cierto que podía ostentar, pues era alto y bien formado, pero Fiona encontraba imperdonable su afectada vanidad. Opinaba que un hombre —un hombre de verdad, como su abuelo Sean Malone— soslayaba las cuestiones relacionadas con la apariencia, asociadas a la naturaleza coqueta de las mujeres, y se encargaba de las que contaban: los negocios y el bienestar de la familia.

—Esta noche está más linda que nunca —musitó Soler cuando un paso del minué le dio la oportunidad de inclinarse sobre el rostro de Fiona.

Ella no contestó y se alejó deprisa, alterando el tempo de la danza. Volvieron a encontrase, y Soler insistió:

—Ninguna mujer esta noche se compara con usted, querida Fiona. Ninguna mujer en toda la Confederación es tan hermosa como usted.

—¡Exagera, Soler! —se impacientó la muchacha, y su vehemencia lo sorprendió.

—¿Dice que miento?

—Digo esto —pronunció—: que no soy ni ciega ni tonta.

Palmiro Soler lanzó una risotada que enojó a Fiona y que llamó la atención de los que bailaban junto a ellos.

—Mañana iré por su casa. Necesito hablar con su benemérito abuelo.

—¿Qué tipo de asunto podría mantener su merced con mi abuelo? —preguntó Fiona, sin ocultar una nota de incredulidad displicente.

Soler abrió grandes los ojos, divertido ante la impertinencia de la muchacha, que lo cuestionaba con la osadía de un hombre. Enseguida se repuso y decidió darle un poco de su propia medicina.

—Ningún asunto, mi querida Fiona. Se trata de usted. Quiero pedirle a su abuelo autorización para visitarla a diario.

Fiona percibió cómo su estómago se convertía en una piedra. Se le secó la boca, y, aunque creyó que sería incapaz de hablar, se dijo que resultaba imperioso pronunciar una respuesta clara y contundente.

—No es necesario preguntarle a mi abuelo, señor Soler. La respuesta se la daré aquí y ahora para evitarle a vuesa merced el viaje hasta mi casa: no es mi deseo que me visite.

—Igualmente hablaré con su abuelo —se empecinó el hombre—. Él la hará entrar en razón.

Fiona soltó una corta carcajada que dejó atónito a Soler. Terminó el minué, y, después de una breve inclinación, se marchó hacia los interiores sin aguardar a que su compañero la escoltara. Soler la observó partir, y, aunque humillado y despechado, se sintió acometido por la usual excitación que esa muchacha indomable le provocaba.

—Señor de Silva, es una suerte que haya llegado a tiempo —manifestó Mercedes Sáenz, que, tomada del brazo de de Silva, caminaba con él por la sala.—. Ya temía que no viniera usted.

—Discúlpeme, misia. Sucede que me entretuve hasta último momento en la discusión de unos negocios —se apresuró a explicar el recién llegado.

—¿Unos negocios o... una damisela, señor?

La mujer lo miró de hito en hito, sonriéndole con picardía y codeándolo en las costillas.

—¡Me extraña, misia Mercedes! Vuesa merced sabe que últimamente no pienso en otra cosa que en sentar cabeza y conseguir esposa —respondió de Silva, con cierta ironía.

Mercedes rió. Le agradaba ese muchacho, y estaba encantada con la misión de celestina que se había impuesto con él.

—Su demora casi tira por la borda todos los planes que tracé para usted esta noche, señor de Silva. Vamos, tengo lo que me pidió. Ahora todo depende de su encanto.

Encanto le sobraba a Juan Cruz de Silva cuando se lo proponía. Había llegado a la ciudad envuelto en un halo de misterio que lo hacía aún más apetecible. Las chiquillas solteras suspiraban al verlo, y las casadas no podían evitar la decepción al compararlo con sus maridos. Los hombres, por su parte, sabiendo que obtendrían pingües ganancias, se empeñaban por cerrar algún trato con él. Se lo conocía como hombre de palabra y tenía fama de enriquecer a sus socios.

También eran mentadas su rudeza y rapidez con el facón. No resultaba fácil intimidarlo, y se comentaba que muchos habían pasado por el filo de su cuchillo. Los peones no sólo lo respetaban, le temían como al mismo demonio. Hablaban de su severidad y exigencia, y afirmaban que no dudaba en castigarlos con dureza cuando incumplían sus órdenes. No se le conocían amigos, y él tampoco mostraba ansiedad por hacer migas con los porteños. Era atento, educado y divertido, pero no pasaba de eso.

A ciencia cierta, poco se sabía de él. Que se trataba del protegido del gobernador Rosas, rápido para los negocios y muy rico. Su origen y su pasado se mantenían en una nebulosa; tal vez nadie deseaba conocer su historia, intuyéndola no muy conveniente. Se habían tejido tantas anécdotas alrededor de de Silva como mujeres había en Buenos Aires. Hasta los hombres tenían sus propios cuentos.

Esa noche, Mercedes lo notó nervioso y se extrañó. Siempre desconfiado y cauto, se trataba del tipo de persona que no revelaba sus sentimientos ni sus resquemores. La mujer sesgó los labios; creía conocer el motivo de su inquietud.

Fiona necesitaba un poco de aire. Había sopor ...