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BOLEROS QUE MATAN

Silvia Plager  

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Fragmento

Uno

Noviembre de 2011

Cuando Florencia Berstein leyó en una vieja revista, de esas que perduran en peluquerías y consultorios, que todas las familias tienen un muerto en el placard, se quedó pensando en cuál sería el muerto de la de ella. Y no tuvo dudas: su abuelo materno. Un impulso la llevó a arrancar esa inquietante página sin fotografía pero con firma al pie y guardarla en su bolso.

“Juan el tonto” era Juan Almeida, periodista al que había entrevistado una semana antes para FM Melody. Miró su agenda: tres meses ya desde aquel 19 de agosto en el que entró en la radio por una suplencia breve y seguía allí, contra todos los pronósticos agoreros.

Florencia preguntó a sus compañeros por qué lo llamarían de ese modo si del otro lado del tubo sonaba como un tipo inteligente: ninguno supo qué contestarle. Aún Florencia no sospechaba que de la mano de Almeida buscaría resolver el crimen de su abuelo, acontecimiento sucedido hacía ya tiempo y que la familia entera, menos ella, intentaba olvidar. Desde chica había aprendido que lo que se cuchichea suele ser más importante que lo que se grita. En especial cuando el protagonista del cuchicheo era el asesinado padre de su mamá, un viajante de comercio al que ella aseguraba no guardarle rencor por su promiscua vida sexual, mientras evidenciaba lo contrario.

Florencia se enteró de la existencia de Juan Almeida por un reportaje telefónico que auspició Ernesto Sánchez —importante recaudador de avisos y avisador a su vez del periódico Las Barrancas y Radio Melody—, que se empecinó en que fuera ella la que hiciese la nota. A la directora de la radio no la entusiasmó la idea de darle esa responsabilidad a la nueva, pero cómo negarle nada al que la proveía de publicidad, combustible esencial para seguir adelante con su emprendimiento periodístico.

Ernesto Sánchez alardeaba de conocer al apodado “el tonto” desde la época en que era el exitoso creador del semanario Tinta Roja y tenía programa propio en radio y televisión. Las noticias policiales de Juan se anticipaban a las de los otros medios; quizá por eso sus colegas, cuando él se fue al descenso, tardaron en brindarle ayuda. Periodista que desaparece por un año de la pantalla, de las radios principales, de la gráfica, es difícil que regrese a ocupar los sitios de los que fue desplazado, quizá por asuntos políticos o por la aparición de corporaciones periodísticas que, con espíritu gatopardista, promueven cambios para que, en esencia, nada cambie.

Ernesto Sánchez, devenido en pizzero después de haber tenido una cadena de kioscos de venta de panchos y hamburguesas que quebró con la crisis de 2001, dijo haber sido íntimo de Juan hasta que, según Sánchez, Juan le robó una de sus novias. “Lo de la novia no habría sido motivo para romper una amistad, ya que me sobraban mujeres”, aclaró Sánchez con su habitual soberbia, pero daba la casualidad de que esa chica era la encargada del local más importante, ubicado en pleno Palermo, una mina de oro hasta que se pudrió todo: el país y el romance.

Ahora el promotor de avisos publicitarios para los diarios y revistas zonales poseía dos de los tantos deliveries de pizza y, porque les sacaba un recuadro de media página en el periódico de distribución gratuita Las Barrancas, se creía con derecho a pedir favores. “Necesito reanudar el vínculo con Juan Almeida”, dijo Sánchez, y la salida al aire de su ex amigo, con el auspicio de Pizza Pazza, sería el punto de partida.

La directora de la radio autorizó a Florencia a hacer la llamada, autorización que ella tomó como una especie de ascenso, ya que hasta ese momento sólo formaba parte del noticiero, más que parte, partícula: fue la última en incorporarse a esa FM que centraba su programación en pasar música melódica y acontecimientos zonales. En realidad, penúltima, si se tomaba en cuenta a Ramiro, el reportero gráfico que oficiaba también de asesor de la dueña.

Juan el tonto tenía voz de piedra caliente, de esas que usan en los spa, y Florencia se prometió encontrar la excusa para volver a entrevistarlo personalmente. En el periódico Las Barrancas, de Irma López Correa —también dueña del espacio radial Melody—, por lo general sólo se trataban temas del municipio, pero si habían roto una regla era por algo.

Florencia, con tal de tener frente a frente al que fuera la estrella del periodismo amarillo, inventaría, en complicidad con Ernesto Sánchez, una columna sobre los acontecimientos criminales de mayor resonancia entre Puente Saavedra y Tigre.

Para Florencia, investigar a Juan era una forma de abandonar sus hábitos y cruzar el umbral hacia el temido territorio de la pasión y el delito. Bastante había sufrido con su ex novio, un norteamericano típico que finalmente le mostró su peor costado. Era evidente: no quería ser defraudada y se dejaba atrapar en la maraña de seres que eran lo opuesto a ella. Como martillaba su madre: las mujeres carecemos de memoria.

—¿Se creerá que usar dos apellidos es fashion? Y para colmo el nombre Irma, nombre de maestra jubilada…

Se lo comentó en voz alta a Lucas, en el boliche al que iban a tomar café después del programa, justo cuando entraba Irma López Correa, con su metro setenta y cinco, sus curvas y sus recién estrenadas prótesis mamarias. “De maestra jubilada, ni un poco”, pensó Lucas, el chico del informativo, que tenía, además, pinta de informante, como la mayoría de los chetos de San Isidro. Irma se sentó a la mesa, se echó para atrás en la silla y, reventando el escote, dijo:

—Ya no estás en Miami, mamita. Aprendé a callarte. Si uso dos apellidos es porque López hay a montones y Correa también es bastante común. Y lo de fashion lo dirás por vos, con ese look de ropa de outlet con brillitos que trajiste de Yanquilandia.

Florencia pidió perdón: la fobia por el doble apellido le había quedado de la época de la primaria, culpa de la señorita Irma López Zapata, una vieja avinagrada que la tuvo zumbando en quinto grado.

—Llamarse Florencia y que te digan Flor, más vulgar aún, ¿no te parece, mamita?

Lucas puso doce pesos en la mesa por su cortado y su medialuna y, con un “chau, chicas”, huyó. Si había algo que le reventaba, eran los sobrenombres “mamita” y “papito” que utilizaba su jefa.

Felizmente ese día Irma estaba de buen humor: habían caído nuevos auspiciantes y Ramiro, su nueva adquisición, era un pibe de “familia bien” que aceptó trabajar por un viático de cuatrocientos pesos para fastidiar a quienes lo fastidiaban a él por haber abandonado su puesto en el estudio jurídico de su padre, el prestigioso doctor Manuel Ruiz Grey. Además Ramiro tenía una pinta de galán de telenovela mexicana que la volvía loca: pelo y ojazos oscuros, pómulos altos, y una altura de vértigo. Lástima que ella, a sus treinta y nueve, tenía pocas chances con un hombre diez años menor, aunque nunca se sabe, la moda ahora no marca límites generacionales ni sexuales. Si lo sabrá ella, cuyo lema es “probar, luego opinar”.

Irma le convidó a Flor una mitad de su triple de queso y tomate y le preguntó para qué la había ido a ver esa mañana a su oficina. Florencia tomó la porción de sándwich y lo comió en silencio, con los ojos puestos en el pocillo.

—Basta, Flor, no te hagas la víctima. ¿Para qué me buscabas?

—Iba a proponerte un artículo sobre los apodos.

—¿Te parece que a alguien puede importarle?

—No arranco de cero, voy a averiguar por qué lo llaman Juan el tonto a Juan Almeida, el periodista que descubrió quién era el asesino de las estudiantes de Odontología antes que la policía.

—Tenemos los crímenes del día, de la semana, del mes, como para meternos con los que son historia, aunque hayan sido en el barrio.

—No me entendiste, Irma. Parto de lo personal y de allí arranco con los sobrenombres de los famosos: la Chiqui Legrand, Chiche Gelblung, el Negro Oro, la Negra Sosa, Manu Ginóbili, la Mona Jiménez, la Mole Moli, la Tota Santillán, el Chueco Fangio… A la mayoría de las personas les encantan los diminutivos, los sobrenombres.

—¿Fangio? ¿La Legrand? ¡Qué antigüedad! Nos dirigimos a un público heterogéneo y aspiramos al más joven, ¿lo olvidaste? El de Pizza Pazza seguro sabe por qué le dicen Juan el tonto a Juan Almeida. Me contó que fueron amigos durante la época en que la revista de crímenes Tinta Roja vendía a lo loco.

—Pero yo no quiero saberlo de boca del pizzero, un engreído que usa su panza cervecera como estandarte erótico y se olvida de que tiene tres hijos.

—¿Estandarte erótico? Flor, deberías ocuparte de la sección modas, sociales, efemérides, qué sé yo… No hay viáticos, mamita, y vas a tener que ir al centro si insistís con hacerle la nota a ese dinosaurio.

—¿Por qué dinosaurio?

—Porque ya fue. Tuvo su momento con su programa de asesinos famosos en la televisión y con su revista de crímenes. ¿Le viste alguna vez la facha a Almeida?

—No. Odio ese tipo de prensa, las películas con pervertidos que asesinan mujeres, los periodistas que lucran con el dolor ajeno…

—¿Y querés entrevistar a Almeida? No te entiendo, mamita.

—Yo tampoco me entiendo, Irma. ¿La hago o no?

—Los viáticos corren por tu cuenta.

—Lo tengo presente. Ah, y no olvides, por favor, que conseguí que mi amiga Lucila nos ponga un aviso quincenal de su veterinaria y que a mí me corresponde el setenta por ciento.

Irma López Correa contempló su nuevo anillo de plata —usaba uno en cada dedo— y se dijo que todos los principiantes estaban cortados por la misma tijera: entraban sin ningún tipo de demandas y, en cuanto tomaban un poco de vuelo, comenzaban a pedir dinero.

Le comentaron que era alto, tenía una barba rala que intentaba cubrir una cicatriz, y prendía un cigarrillo con la colilla del otro.

La había citado en un bar de Diagonal Norte y Carlos Pellegrini, al lado del Obelisco.

—Se llama Petit Café, no lo confundas con el Petit Colón —le dijo él por teléfono—. Voy a estar en las mesas de la vereda, ¿no te molesta el ruido? ¿Tomás nota o usás grabador?

—Las dos cosas —respondió Florencia. No se iba a perder el registro de la voz de Almeida aunque viniera mezclada con bocinazos y frenadas.

“Estás sola y una ilusión te viene bien”, se dijo, presintiendo que se desilusionaría: un lugar común en sus vaivenes emocionales.

Verlo la llevó a evocar a ciertos actores del antiguo Hollywood, de sombrero y sonrisa ladeada de la que cuelga un cigarrillo. A su madre le encantaban las películas en blanco y negro, en especial las de detectives hoscos que contratan sonrientes secretarias a las que parecen no mirar.

Pero a Almeida lo miró, y él a ella, sin disimulos: de arriba abajo.

“Mirón, el hombre”, le hubiese advertido el padre de Florencia, que solía criticarle los amigos que llevaba a casa. “Tranquilo, viejo, éste no califica”, pensó antes de sentarse en la silla que él le apartó con desusado ademán caballeresco.

La descripción que le habían hecho era injusta, porque no le mencionaron los ojos almendrados, de un verde amarillento que perforaba, ni el ancho de la espalda, probable obra del gimnasio. Su camisa de mangas cortas, a cuadros, daba la sensación de no conocer la plancha. Por los botones desprendidos se asomaba el vello oscuro, que contrastaba con el pelo entrecano peinado hacia atrás.

—Mejor nos mudamos a una mesa en la que dé el sol, te viniste livianita de ropa y con el viento que sopla en esta esquina te vas a resfriar.

—Estoy bien así, en el bolso llevo un saquito, por las dudas.

—Seguro que lo aprendiste de tu vieja o de tu abuela, lo de ser precavida, digo.

Florencia, ablandada por la evo

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