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BORGES PROFESOR

Jorge Luis Borges  

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Fragmento

SOBRE ESTE LIBRO

Estas clases fueron grabadas por un pequeño grupo de estudiantes de literatura inglesa con el fin de que pudieran estudiar aquellos alumnos del curso que por su trabajo no podían asistir a las clases. De las grabaciones originales en cinta magnetofónica, ese grupo realizó las transcripciones que fueron la base para la confección de este libro[1].

Las cintas se han perdido; probablemente hayan sido luego utilizadas para grabar otras clases, quizás de otras materias. Semejante descuido puede parecer hoy imperdonable. Sin embargo, debemos tener en cuenta que en 1966, año en que fueron dictadas, Borges aún no era considerado un genio indiscutido como en la actualidad. Los constantes cambios políticos de nuestro país hacían resaltar más sus declaraciones sobre la actualidad que su labor literaria. Para muchos de los estudiantes de su curso, Borges, aunque escritor eminente y director de la Biblioteca Nacional, debía ser sólo un profesor más. Las transcripciones de las clases, por lo tanto, no fueron preparadas sino para el estudio de la materia, desgrabadas a máquina a las apuradas para cumplir, seguramente, con los tiempos de los exámenes.

Quizás eso debamos agradecerlo: no hubo al desgrabar ningún intento de modificar el lenguaje oral de Borges, ni de completar sus palabras, que nos han llegado intactas con sus repeticiones y latiguillos. Esto, que resulta evidente al leer las clases, se confirma cotejando el lenguaje utilizado aquí por Borges con el de otros textos tomados de su discurso oral, como las diversas conferencias y entrevistas publicadas. Los transcriptores se preocuparon además por dejar constancia de la textualidad de sus notas, anotando debajo de la transcripción de cada clase la frase: “Es versión fiel”. Esta fidelidad mantuvo, afortunadamente, no sólo el discurso docente de Borges sino también sus comentarios al margen y hasta las palabras coloquiales que el profesor dirigía a sus alumnos.

En contrapartida, el apuro y el desconocimiento llevaron a desgrabar fonéticamente todo nombre propio, nombres de obras o frases en idioma extranjero que aparecieran en las clases, dando lugar a numerosos errores: la gran mayoría de los nombres de autores y títulos de obras citadas se hallaban mal escritos; los recitados en anglosajón y en inglés, así como las disquisiciones etimológicas de Borges, resultaban completamente ilegibles en las transcripciones originales.

Cada uno de los nombres debió ser revisado y corregido. No fue difícil darse cuenta de que “Roseti” era Dante Gabriel Rossetti. Llevó más tiempo, sin embargo, desentrañar que quien aparecía como “Wado Thoube” era en realidad el poeta Robert Southey, que el tal “Max Murray” era el doctor Max Nordau, o que el transcriptor había escrito “Bartle” ante cada mención del filósofo George Berkeley. Muchos de estos nombres parecían inhallables y exigieron laboriosas búsquedas. Tal fue el caso —entre otros— del jesuita del siglo XVIII Martino Dobrizhoffer, que aparecía en el original como “Edoverick Hoffer”, o del profesor Livingston Lowes, cuyo nombre había sido transcripto como el título de una presunta obra, “Lyrics and Lows”.

La falta de familiaridad de los transcriptores con los textos literarios estudiados queda en evidencia en numerosas ocasiones. Nombres tan conocidos como los del Dr. Jekyll y Mr. Hyde surgían bajo extrañas denominaciones, que amenazaban con convertir en múltiple la ya terrible dualidad del personaje. El Dr. Jekyll es “Jaquil”, “Shekli”, “Shake”, “Sheke” o “Shakel”, mientras que Mr. Hyde es a la vez “Hi”, “Hid” y “Hait”, variantes que conviven en una misma página y en ocasiones en un mismo párrafo. Otros personajes y autores adolecían de problemas semejantes y a menudo resultó difícil detectar que se referían a una misma persona. Así el héroe Hengest aparecía en una línea correctamente escrito, pero en la siguiente se había convertido en “Heinrich”; el filósofo Spengler se escondía indistintamente tras los apelativos de “Stendler” o “Spendler” o el mucho más lejano “Schomber”.

Las citas poéticas de Borges eran asimismo ilegibles. Algunas, al ser develadas, resultaron directamente cómicas. Quizás el ejemplo más significativo de esta serie sea el verso de Leaves of Grass: “Walt Whitman, un cosmos, hijo de Manhattan”, que en el original aparecía transcripto como “Walt Whitman, un cojo, hijo de Manhattan”, cambio que sin duda hubiera inquietado al poeta.

Durante sus clases, Borges solicitaba a menudo a sus alumnos que prestaran su vista para leer poemas en voz alta. A medida que un alumno leía, Borges iba comentando cada estrofa. En la transcripción original, sin embargo, los poemas recitados por los alumnos habían sido eliminados por completo. Al faltar esos versos, los comentarios de Borges acerca de estrofas sucesivas aparecían apiñados unos sobre otros de modo indescifrable. Para reponer la coherencia, las estrofas recitadas por alumnos fueron buscadas consultando las fuentes. Los comentarios de Borges fueron luego intercalados en una verdadera tarea de montaje.

Un trabajo semejante exigió la restauración de citas en inglés antiguo, transcriptas por fonética. Aunque gravemente distorsionadas, estas eran aún reconocibles y se las repuso utilizando los textos originales.

La puntuación del texto, muy oscura en el original, debió ser modificada casi por completo, intentando siempre seguir el ritmo que las frases debieron llevar en su forma oral.

La presente edición tuvo entonces por tarea la corrección de todos los datos posibles, enmendando todo lo que pudiera ser error de transcripción y haciendo las correcciones necesarias para pasar de la transcripción original a un texto más o menos fluido. Asimismo, se buscó la fuente de buena parte de los textos mencionados, citando en notas al pie los poemas completos en idioma original (si estos eran lo suficientemente breves) o los fragmentos aludidos (cuando se trataba de obras más extensas).

Para facilitar la lectura de las clases, en algunos casos fue necesario realizar modificaciones menores:

1) El agregado de palabras faltantes (nexos coordinantes, conjunciones, etc.), que con seguridad Borges pronunció, a pesar de su ausencia en la transcripción.

2) La eliminación de alguna conjunción, presente en el lenguaje oral pero que realmente dificultaba la comprensión del texto escrito.

3) En contadísimas ocasiones, acercar el sujeto y el predicado de frases en las que el entusiasmo de Borges lo llevaba a una larga digresión, aceptable en el lenguaje oral pero que hacía perder completamente el hilo del discurso en el texto escrito. Esto se hizo variando el orden de las proposiciones en la oración, aunque sin omitir una sola de las palabras pronunciadas.

Dado que ninguno de estos cambios altera los dichos ni la esencia del discurso de Borges, preferimos no indicarlos a lo largo del libro, ya que se trata de detalles de edición que podrían molestar al lector, sin sumar por otra parte ninguna información útil al contenido. En toda otra ocasión, aquellas palabras no pronunciadas por Borges, agregadas al texto para facilitar su lectura, aparecen marcadas entre corchetes.

De cualquier modo, y esto es obvio, en ningún caso se modificaron las palabras de Borges más allá de estas correcciones.

Las notas al pie tienden a explicar referencias poco claras o a suministrar información acerca de obras, personas o hechos mencionados que pueda enriquecer la lectura. Más allá de referencias bibliográficas puntuales, hemos resistido en gran medida la tentación de vincular los temas tratados en las clases con el resto de la obra de Borges. La relación entre el Borges escritor y el Borges de cátedra es tan estrecha que esto habría requerido una cantidad de notas poco menos que inacabable; por lo demás, no ha sido nuestro objetivo realizar una crítica o análisis del texto principal.

Muchas de las notas consisten en breves biografías; la longitud de cada una no resulta de un juicio de valor, sino que está —en la mayoría de los casos— en proporción a dos factores: 1) lo desconocida que puede resultar cada figura y 2) su interés e importancia en el contexto de las clases. Así, al pastor de los Godos, Ulfilas, o al historiador islandés Snorri Sturluson les corresponden varias líneas; para aquellos personajes más recientes o más conocidos, o mencionados al pasar, consideramos suficiente dar sus fechas, nacionalidad y otros datos que permiten identificarlos.

El lector encontrará asimismo que muchas de estas breves notas biográficas corresponden a figuras célebres. Su inclusión no presupone, por cierto, que el lector las desconozca. En todos los casos, la presencia de estas notas apunta a brindar la posibilidad de situarlas históricamente, dada la libertad con que Borges salta en sus comparaciones de siglo a siglo y de continente a continente.

Ignoramos si Borges sabía de la existencia de estas transcripciones; estamos sin embargo seguros de que se alegraría al comprobar que estas páginas perpetúan su labor docente. A todos aquellos estudiantes a quienes Borges, durante sus años de cátedra, enseñó con dedicación y afecto la literatura inglesa, podrá unírseles ahora una cantidad ilimitada de lectores.

Esperamos que disfruten tanto al leer este libro como lo hicimos nosotros al preparar su edición.

MARTÍN ARIAS           MARTÍN HADIS

INTRODUCCIÓN

“A mí me gusta mucho enseñar, sobre todo porque mientras enseño, estoy aprendiendo”, decía Jorge Luis Borges en una de sus numerosas entrevistas[2]. Poco antes, se había referido a la cátedra como “una de las felicidades que me quedan”. Y no hay duda sobre el doble placer que le causaba a Borges estar al frente de una clase.

Semejante placer puede constatarse en este libro, que recoge un curso completo dictado por el escritor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ubicada entonces en el viejo edificio de la calle Viamonte, en el año 1966. Para ese entonces, Borges ya llevaba diez años dando clases en dicha institución. Había sido aceptado como titular de la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en 1956, escogido por sus antecedentes frente a otro postulante pese a no haber obtenido nunca un título universitario[3]. Borges expresó en varias oportunidades (en ese tono suyo que combinaba la modestia con el humor y la plena confianza en su capacidad) su sorpresa frente a la designación, así como su apoyo a aquel pobre profesor graduado que se quedó sin trabajo al lograr él el cargo.

En el “Ensayo autobiográfico” que escribió en inglés, Borges explicaba, tras referirse a su nombramiento como director de la Biblioteca Nacional en 1955: “Otro placer me llegó al año siguiente, cuando se me otorgó la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Universidad de Buenos Aires. Los demás candidatos habían enviado cuidadosas listas de sus tr

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