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BORGES Y LA MEMORIA

Rodrigo Quian Quiroga  

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Fragmento

PRÓLOGO

POR MARÍA KODAMA

Cuando recibí el llamado telefónico de Rodrigo Quian Quiroga para consultar en la Biblioteca de Borges las posibles notas que hubiere en libros relacionados con la ciencia, no me extrañó. Unos años antes, los científicos Roberto Perazzo y Sarah Slapack se habían acercado a la Fundación Internacional Jorge Luis Borges para organizar en forma conjunta un encuentro sobre Borges y las ciencias duras. Este encuentro se realizó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y la Editorial Eudeba publicó el libro con las ponencias. Estaban muy interesados en los trabajos de Borges y su relación con la cuarta dimensión y la noción de hipertexto de Internet.

Quian Quiroga me explicó que su especialidad es la neurociencia y que el cuento “Funes el memorioso” estaba muy relacionado con su campo de investigación. Hablamos sobre el tema de la memoria, que también me apasiona, y sobre el cual yo había trabajado, por supuesto desde el campo de la literatura, en la obra de Borges.

De este encuentro surgió una reunión en la Facultad de Ciencias Exactas y el prólogo para este libro que me llena de placer, ya que desde muy pequeña sentí fascinación por el cerebro, por la memoria…

Borges no era científico, ni matemático ni físico, pero en su formación había una importante raíz filosófica, fomentada desde la niñez por su padre, y literaria, sobre todo relacionada con libros de autores ingleses, transmitidos por su abuela. Entre ellos se contaban Wells y Julio Verne, que con su poderosa imaginación fueron, como Borges, adelantados a los descubrimientos científicos y técnicos que convertirían sueños en realidades durante el siglo XX y también en lo que va del XXI.

Según los entendidos, esa anticipación ya mencionada, sobre Internet y el hipertexto, está dada en los años ’40 en el cuento de Borges “El jardín de senderos que se bifurcan”.

El trabajo de Quian Quiroga demuestra su conocimiento de la obra de Borges y va dándonos de una manera inefable la unión o la premonición entre esa obra y su especialidad, la neurociencia.

Quizá por la afinidad de su trabajo con los de Borges, pudo darse cuenta y comprender dos temas fundamentales que Borges menciona en “Funes el memorioso” y que son esenciales en el desarrollo de la humanidad: la abstracción y el olvido. Ya Plinio el Viejo en la Naturalis Historia hace referencia a personas dotadas de una memoria prodigiosa; esto, que para Plinio es un don maravilloso, para Borges, que profundiza el tema, puede transformarse en algo terrible para el ser que la posee.

Para Quian Quiroga el actual mundo cibernético, en el que los seres humanos viven inmersos, es en ocasiones similar al cerebro de Funes, abarrotado de información que no puede procesar. Para Quian Quiroga nuestro mundo a veces nos lleva a esa superpoblación de ideas, imágenes, noticias fragmentadas, sucesivas e incoherentes, que nos vuelcan a un mundo virtual que nos enajena cada vez más y nos aparta de lo que nos hace realmente seres humanos: la reflexión y la distancia con lo que nos rodea para poder, en serenidad, pensar y comprender, aunque sea en un ínfimo punto, el universo.

INTRODUCCIÓN

Quizá para el común de la gente sea difícil hacerse una idea de las tareas diarias de un científico. Uno en principio puede imaginarse a alguien de aspecto desalineado, continuamente pensante y despistado; alguien ajeno a la realidad inmediata y mundana, que no advierte si llueve, si es martes o si acaba de pasar su colectivo; alguien que pasa los días llenando pizarrones de teorías y fórmulas buscando dar con su “Eureka”, el descubrimiento que aporte aunque más no sea un granito de arena a nuestro conocimiento. Pero aquella expresión de Arquímedes es en realidad muy rara en la vida de un científico1. De hecho lo más común es que tras años y años de investigación ese momento nunca llegue. Isaac Asimov, el fantástico bioquímico y escritor de ciencia ficción, alguna vez dijo que la frase que suele acompañar un descubrimiento no es “Eureka” sino: “Esto es raro…” O sea, ese momento de éxtasis que como a Arquímedes nos lleve a salir corriendo desnudos por las calles de Siracusa, tal vez no termine en más que una duda, una intriga inicial que se irá resolviendo paulatinamente, tras años de investigación constante.

¿Qué será entonces lo que lleva a los científicos a deambular en un mundo de ideas y experimentos? Probablemente sea la búsqueda del conocimiento, o en términos más mundanos, simple curiosidad. Preguntas que no lo dejan a uno tranquilo; la necesidad imperiosa de tener que entender algo y no poder hacer otra cosa hasta dar con la respuesta; ese cosquilleo de sentirse cerca de un hallazgo, de intuir cómo empieza a tomar forma un rompecabezas, para eventualmente dar con la solución y tener la enorme satisfacción de entender.

Y es así que uno se pregunta si los científicos, embarcados en búsquedas personales y quijotescas cruz

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