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BORN

María O'Donnell  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
La política y el dinero

La historia del secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, herederos del imperio económico Bunge y Born, me desvió del libro que había pensado escribir.

Había comenzado una investigación sobre la relación entre la política y el dinero que fuera de lo particular a lo general: casos concretos que mostrasen el vínculo estrecho entre los aportes a las campañas en sus diversas formas y las decisiones de los gobernantes. Revisé la historia del indulto que Carlos Menem concedió a Mario Firmenich, el dirigente de los Montoneros, la guerrilla peronista que había dejado las armas con la democracia y había apoyado al candidato riojano para las elecciones de 1989, con una generosidad que me pareció un ejemplo de ese tipo de intercambios.

Salvo por un detalle. El dinero que los Montoneros habían aportado a la campaña menemista provenía del rescate que habían cobrado por el secuestro de los herederos. Pero ni remotamente se acercaba a la cifra descomunal que había pagado Jorge Born II, el padre de los hermanos.

Sesenta millones de dólares de hace cuarenta años. Actualizado según el índice de inflación de los Estados Unidos, el equivalente a 260 millones de dólares de hoy: una cifra récord, nunca superada.

Seguí indagando.

Nueve meses de cautiverio. Dos herederos ricos, de cuarenta años, en manos de un grupo de guerrilleros compuesto, en su mayoría, por veinteañeros. El cobro cinematográfico del rescate, una parte en la Argentina, otra en Suiza. La muerte sospechosa del banquero a quien le habían confiado parte de los fondos, David Graiver. El papel de Cuba, último refugio del botín. La represión en la dictadura, al servicio de la búsqueda del dinero. La resistencia montonera, financiada con los dividendos del secuestro. El único caso por el cual sentenciaron a Mario Firmenich tras la recuperación de la democracia. Parte de la explicación detrás los indultos. En la carrera final, una persecución desesperada por la plata remanente.

El secuestro de los Born se bifurcaba una y otra vez en intrigas y misterios sin explorar. Quedé atrapada por la historia. Percibí que no se había contado aún en toda su dimensión.

Y lo más importante: faltaba la voz de su protagonista, Jorge Born, el heredero de un imperio que pasó nueve meses en ropa interior encerrado en las cárceles del pueblo de los Montoneros, entre junio de 1974 y septiembre de 1975.

Once meses antes que a los Born, en Italia habían secuestrado a John Paul Getty III, el nieto díscolo del petrolero estadounidense Paul Getty. Aunque era uno de los hombres más ricos del planeta, Getty se resistió a pagar el rescate por razones morales (“no pienso ceder a un chantaje”) y prácticas (“si entrego el rescate por uno de mis nietos, tendré a los otros catorce nietos secuestrados”).

Un sobre llegó a la redacción de un diario de Roma. Contenía un rulo de pelo rojo y una oreja. Una nota breve decía que había pertenecido a John Paul y que, si no se pagaba en diez días, llegaría la otra oreja, y así: “En otras palabras, regresará en pedacitos”. Solo entonces Getty aceptó entregarle a su hijo 2,2 millones de dólares (el máximo que podía deducir de impuestos) y le prestó los 800.000 restantes —a un interés del 4 por ciento anual— para cumplir la exigencia de los secuestradores y salvar la vida del nieto.

Uno de los pocos datos que se conocía del secuestro de los Born lo emparentaba con el caso Getty: el cautiverio no se había extendido por la voluntad de los Montoneros, sino por la resistencia de Jorge Born II a pagar el dinero que le exigían. Al cabo de seis meses, el colapso emocional en el que se hundió Juan precipitó la negociación.

Aunque debió esperar nueve meses para su liberación, Jorge encontró razonable la actitud del padre. Esa comprensión franca, a pesar del costo personal que él había pagado en su celda minúscula, me intrigó.

Después de que se hubieran entregado 60 millones de dólares por sus vidas, los Born se perdieron sin dejar rastros. Si volvían al país, los detendrían por haber realizado tremendo aporte a una banda guerrillera en la clandestinidad.

VIVIAN RIBEIRO

Jorge Born III junto al retrato al óleo de su padre, en su oficina.

Los hermanos se asentaron en Brasil y allí prosperó el grupo Bunge y Born. Pero en el fondo seguían a la espera del momento para regresar a la Argentina.

Y cuando sucedió, casi quince años después de su partida, ya muerto el padre y terminada la dictadura, Jorge Born III se alió con uno de sus secuestradores y carceleros, Rodolfo Galimberti. Ambos querían algo del otro: el empresario, rescatar parte de los millones que le habían arrebatado; el ex montonero, su libertad, un pago por servicios que facilitaran ese recupero y un regreso con gloria al escenario nacional.

La crónica periodística se fascinó con esa amistad. Lo asoció al Síndrome de Estocolmo: el afecto que una víctima, en determinadas circunstancias, puede llegar a desarrollar por quien la somete, según el psiquiatra Nils Bejerot, quien observó la relación entre una rehén y sus captores durante la toma de un banco ocurrida en la capital de Suecia.

El caso más conocido del Síndrome de Estocolmo fue el de Patricia Hearst, la rica heredera del imperio editorial más importante de los Estados Unidos. El 4 de febrero de 1974 —siete meses y medio antes que los hermanos Born cayeran en manos de los Montoneros— la secuestró el ignoto Ejército Simbionés de Liberación (Symbionese Liberation Army, SLA), un grupo de guerrilleros excéntricos. Pasó dos meses encerrada, violada y bajo amenaza de muerte, pero en abril de 1975 una fotografía la mostró con una carabina M1 en un asalto a un banco en San Francisco.

La nieta de William Randolph Hearst —cuya vida es la fuente principal del personaje del Ciudadano Kane, la película de Orson Wells— se sumó al SLA y asumió el nombre de Tania, en honor a la compañera argentina del revolucionario Ernesto Che Guevara.

Se convirtió en asaltante de

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