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BOY MEETS BOY

David Levithan  

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Fragmento

Agradecimientos

Este libro inició como un cuento que escribí para mis amigos un día de San Valentín. En primer lugar, y sobre todo, sigue perteneciéndoles a ellos. Ustedes saben quiénes son y cuánto significan para mí.

Quiero agradecer a las siguientes personas que me inspiraron y animaron (conscientemente o no) a escribir esta historia: Mike Rothman, Nancy Mercado, Eliza Sporn, Shira Epstein, Christopher Olenzak, Bethany Buck, Janet Vultee, Ann Martin, John Heginbotham, Edric Mesmer y Rodney Bender. También estoy en deuda con todos los demás escritores, editores y encargados de producción con quienes he trabajado, desde BSC hasta PUSH. El origen de la dedicatoria de este libro es la canción “Tony” de Patty Griffin; siempre que necesitaba motivación, sólo presionaba el botón de reproducir y ahí estaba.

Estoy en deuda con Shana Corey, Brian Selznick y David Serlin por el momento decisivo que permitió que esta historia se convirtiera en este libro. También estoy muy contento de que Chris Krovatin entrara a mi vida cuando lo estaba terminando.

Muchas gracias a Melissa Nelson por su increíble diseño.

Ni todos los paraguas de Londres alcanzarían para soportar la lluvia de alabanzas que tengo para mi editora, Nancy Hinkel.

Billy Merrell me brinda alegría.

Mi agradecimiento más profundo a mi familia y a mis amigos que son familia. Cary Retlin, David Leventhal y Jennifer Bodner, quienes significan todo para mí. Y me siento orgulloso de ser la intersección de mi hermano Adam, mi sobrina Paige y todos los Levithan, Golber, Streiter y Allen que conozco y amo. Mis padres son, en pocas palabras, los mejores.

Gracias a todos.

Y ahora, en marcha

9 p.m. de un sábado de noviembre. Joni, Tony y yo salimos a pasear. Tony es de la ciudad vecina y le urge salir más. Sus papás son extremadamente religiosos. Ni siquiera importa a cuál religión pertenecen: en un momento dado, todas son iguales, y pocas aceptan que un chico gay salga a pasear con sus amigos el sábado en la noche. Así que cada semana Tony nos relata historias de la Biblia y los sábados nos presentamos en su casa muy versados en parábolas y formalidad, e impresionamos a sus padres con nuestra cegadora pureza. Le dan veinte dólares y le dicen que disfrute de su grupo de estudio. Entonces nos vamos a gastar el dinero en comedias románticas, juguetitos de la tienda de todo a un dólar y canciones de la rocola de la cafetería. Nuestra felicidad es lo más cerca que estaremos de un Dios generoso, así que suponemos que los padres de Tony entenderían si tan sólo estuvieran menos decididos a no entender tantas cosas.

Tony debe regresar a su casa a la medianoche, así que emprendemos la misión “Cenicienta”. Con esto en mente, mantenemos los ojos puestos en el balón.

En nuestra ciudad en realidad no hay un mundo gay ni un mundo heterosexual. Todos se mezclaron desde hace mucho tiempo, lo cual me parece mejor. Cuando yo estaba en segundo de primaria, los niños gays mayores que no se iban a la ciudad en busca de entretenimiento tenían que fabricarse su propia diversión. Ahora, ya no es necesario. La mayoría de los chicos heterosexuales trata de meterse a escondidas al bar de Queer Beer. Los chicos que aman a otros chicos coquetean con las chicas que aman a otras chicas. Y no importa si en el fondo de tu corazón te gusta el baile de salón o el punk bluegrass, la pista de baile está abierta para lo que tengas que ofrecer.

Ésta es mi ciudad. Aquí he vivido toda la vida.

Hoy en la noche, nuestro amigo gaystafariano, Zeke, va a tocar en la librería del rumbo. Así que Joni, que tiene una licencia de conducir del estado donde vive su abuela, nos lleva a todos en el sedán de su familia. Bajamos las ventanas y subimos el volumen del radio; nos agrada la idea de que nuestra música se derrame por todo el vecindario, que se convierta en parte del aire. Tony se ve un poco afligido esta noche, así que dejamos que elija la música. Le cambia a una estación de mope folk y le preguntamos qué es lo que le sucede.

—No sé exactamente —responde, y todos entendemos a qué se refiere: a ese vacío sin nombre.

Intentamos alegrarlo y le compramos un Slurp-Slurp azul en la tienda del barrio que abre las 24 horas. Todos le damos tragos para ver quién logra que la lengua se le ponga más azul. Cuando Tony saca la lengua igual que los demás, sabemos que va a estar bien.

Para cuando llegamos a la librería de la carretera, Zeke ya ha empezado a tocar. Instaló su escenario en la sección de Historia europea y de vez en cuando mete nombres como Adriano y Copérnico en su conjuro rapero. El lugar está a reventar. Una niñita de la sección Infantil se pone al personaje de El conejo de terciopelo en los hombros para que pueda ver mejor. Sus mamás están detrás de ella, mueven la cabeza al ritmo de la canción de Zeke agarradas de la mano. Los gaystafarianos están en la sección de Jardinería, mientras que los tres miembros heteros del equipo de lacrosse están babeando por una empleada de la librería de la sección de Literatura. A ella no parece importarle. Sus lentes son del color del orozuz.

Navego por la multitud sin esfuerzo, asintiendo y sonriendo como saludo. Me encanta este escenario, esta realidad flotante. Soy un piloto solitario que va sobrevolando la tierra de Novios y Novias. Soy tres notas a la mitad de la canción.

Joni nos toma a mí y a Tony de la mano y nos lleva a la sección de Autoayuda. Ahí encontramos a unos cuantos tipos monásticos. Algunos están intentando ignorar la música y aprender las Trece maneras de ser una persona eficiente. Sé que Joni nos trajo acá porque a veces simplemente hay que bailar como demente en la sección de Autoayuda de tu librería local. Así que bailamos. Tony titubea, no es muy buen bailarín. Pero —como le he dicho millones de veces— cuando se trata de bailar de verdad, lo importante no es cómo te veas, sino la dich

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