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BREVE HISTORIA ARGENTINA. DE LA CONQUISTA A LOS KIRCHNER

Pacho O'Donnell  

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Fragmento

ÍNDICE

Portada

Dedicatoria

Breve prólogo

CAPÍTULO I. 1492 a 1540

Los americanos de nuestro territorio

Las artes precolombinas en nuestro actual territorio

El invento de las joyas

El espanto de los dioses

Un fabulador inmortalizado

Los monstruosos americanos

Nuestros valientes antepasados

Syphilo y el palo santo

El fraile esclavista

La postergación femenina

La “pacificación” por la fuerza

Nuestra primera ciudad

El sudor del sapo

CAPÍTULO II. 1540 a 1770

El paraíso de Mahoma

Los santos ayudan

“Vuestro pie muy sucio”

El puerto contrabandista y negrero

Una presa insignificante

Beneméritos vs. confederados

La “tierra sin mal”

La dignidad calchaquí

Los milagros discriminan

Recibe antes que nadie historias como ésta

Utrecht y el comercio esclavista

Los guardianes de la “pureza” religiosa

Nuestras provincias durante la colonia

El siempre peligroso oficio de artista

CAPÍTULO III. 1770 a 1812

Obsecuencia y colaboracionismo

La pensión por vida

La universidad revolucionaria

La vocación independentista

La infanta Carlota de Borbón

Una oculta protagonista de Mayo

La participación popular en Mayo

La cantidad de cuatro mil pesos

El “Plan de operaciones”

La primera pueblada

Corrupción en la Junta de Mayo

Reparar tamaño desorden

CAPÍTULO IV. 1812 a 1822

Los avatares del Himno patrio

Americanos contra americanos

Una guerra caníbal

Un patriota ejemplar

El robo de los dientes

Las sociedades secretas

El “negocio de Italia”

Los “ñoquis” de la Independencia

Un revolucionario arrepentido

El Protector de los Pueblos Libres

La intrepidez del paisanaje

Reírse de los doctores

La primera independencia argentina

Mejor el vino que el aguardiente

Cuando Argentina ocupó California

Nuestra bandera en las Malvinas

Cláusulas reservadas y reservadísimas

El triunfo pírrico del federalismo

Una entrevista nada misteriosa

El proyecto de la Unión Americana

CAPÍTULO V. De 1822 a 1840

La cabeza del caudillo

Don Bernardino, El Precursor

¿Quiénes eran los bárbaros?

La pérdida de la Banda Oriental

El infortunio del descamisado

El banco y la conspiración

CAPÍTULO VI. De 1840 a 1853

Confidente, consejero y adivino

La invasión peruano-boliviana

El “Ejército Libertador”

La popularidad de los bárbaros

La barbarie de los civilizados

El secretario sabe que va a morir

Para justificar la invasión

El protagonismo de la chusma

Saqueo, violaciones y muerte

Pedro, el hijo ilegítimo

La Patagonia para Chile

Un santo inservible

Cuando la niña se enamora

CAPÍTULO VII. De 1853 a 1880

El precio de una escuadra

Razas buenas y de las otras

Cómo se pierde una batalla ganada

Las dificultades del progreso

Hipotecar la casa de gobierno

Una guerra tan despareja

Los pantalones Mordoré

Tiempo para amar

“Hoy me van a matar”

El proveedor de la guerra

¿La Patagonia para Gran Bretaña, Chile o Francia?

Los del Ochenta

CAPÍTULO VIII. De 1880 a 1910

Los muertos de la capitalización

Zorro y león

Una nueva capital para la provincia

El conflicto con la Iglesia

Pellegrini y el default de 1890

Los inmigrantes de la discordia

Nace un partido popular

El tiro del final

¿La Argentina rica?

Semana de Mayo de 1909

El progreso bajo tierra

CAPÍTULO IX. De 1910 a 1930

Un soldado de América

La reparación nacional

¿Un gobierno popular?

La neutralidad ante la guerra

“Querer las cosas del océano”

Dos tragedias

“La práctica inconsciente”

La Reforma Universitaria

“Apoyen a Marcelo y a Elpidio”

La bonanza de artes y ciencias

“Suerte, Pettoruti”

“Este hombre es un santo”

El descrédito de un presidente

CAPÍTULO X. De 1930 a 1943

“Lodo, lodo y más lodo”

El golpe

El millón que faltó en la plaza

Gobernar no es payar

Las volteretas de la historia

La fuerza inspiradora

El pacto Roca-Runciman

El revisionismo histórico

“Dígale que se cuide”

Asesinato en el Senado de la Nación

El invento argentino

El exilio literario en Argentina

La crisis y el tango

La desobediencia al nuevo amo

Somos una Argentina colonial

El sacrificio del capitán

La neutralidad y el desarrollo industrial

La logia secreta

CAPÍTULO XI. De 1943 a 1955

Los rascas y la calle

Un embajador entrometido

Hoy lo necesito más que nunca

El 17 de Octubre

Convenciendo a los empresarios

Una Constitución para los humildes

“Por lo menos pagales”

La plenipotenciaria de los descamisados

La propaganda política

Por qué ser peronista

Por qué ser antiperonista

Los que traicionan a Cristo

Cinco por uno

“Mordisquito”

CAPÍTULO XII. De 1955 a 1962

Vencedores y vencidos

¿Hacia dónde vamos?

Entereza ante la muerte

La historia de una matanza

El Pacto de Caracas

Ochenta y cinco mil

Un presidente acosado

La Revolución cubana

Las crisis de Frondizi

¿Dónde va a dormir esta noche?

CAPÍTULO XIII. De 1962 a 1970

El circo de los tanques

Las exenciones de Rockefeller

La conspiración mediática

El Comandante Segundo

El Di Tella

La economía de un “mal gobierno”

La energía del presidente “débil”

Los visitantes indeseables

El Lobo

Los gastos reservados

Los salteadores nocturnos

CAPÍTULO XIV. De 1970 a 1976

Atar los zapatos

El golpe corporativista

La insurrección popular

“¿Que hacés, Cóndor?”

De Washington a la Rosada

El fin de veintiún años de interrupción democrática

El amigo del ocaso

El triunfo de la ortodoxia

La alternadora de Happy Land

El Brujo siniestro

La autoterapia revolucionaria

Señor, perdóname

Los imberbes

Mi faraón, mi faraón...

De victimario a víctima

CAPÍTULO XV. De 1976 a 1983

El hijo de Mary

La tortura de la desconfianza

Se necesita una guerra: ¿Chile?

Una mediación providencial

Buenos para reprimir, malos para combatir

A cada uno lo que merece

Atado en cruz

Quisiera que me recuerden

Otra vez los sectores populares

CAPÍTULO XVI. De 1983 a 2003

Con la democracia ¿se come, cura y se educa?

Juicio, condena y punto final

La rebelión carapintada

La herencia del Proceso

La “ley Mucci”

El Plan Austral

Divorcio, Mercosur, Islas y Viedma

El camino hacia el abismo

El Consenso de Washington

La convertibilidad

¡A privatizar!

Relaciones carnales, Pacto de Olivos y otras vicisitudes

Atentados impunes

Diez años y medio

El triunfo de la Alianza

Corrupción en el Senado

Derrota electoral y megacanje

Corralito y final

Los saqueadores con walkie-talkie

El helicóptero

La crisis de 2001

Que se vayan todos

La hora de los Kirchner

La dependencia en tiempos de Internet

Bibliografía

Sobre el autor

Otros títulos del autor

Créditos

Aguilar

A mi compañera y esposa Marina, y a mis hijxs

Camila, Agustina, Juan Manuel, Lucio y Victoria,

con amor y gratitud. Mucho amor y mucha gratitud.

Breve prólogo

Este libro cuenta nuestra historia patria desde la versión nacional, popular, federal, iberoamericana y democrática vulgarmente conocida como revisionismo histórico. Es la interpretación y la expresión de las circunstancias, los condicionamientos y las consecuencias históricas desde la perspectiva de los sectores populares, a diferencia de nuestra historia oficial, que obedece a los intereses de los sectores dominantes.

Nuestra historia oficial o consagrada, la que siempre nos enseñaron y contaron, fue la escrita por los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX, la oligarquía porteñista (y sus aliados provinciales), centralista, europeizante —sobre todo anglófila—, antiprovincial, antipopular. Eran los unitarios rebautizados liberales, luego de que Urquiza, en la inconclusa batalla de Pavón, le entregara a Mitre la oportunidad de emprender la organización nacional y arrasar con todo resto de federalismo en el país.

Inteligentes, los vencedores comprendieron que su dominio requería no solo del Ejército Nacional fundado para someter a los díscolos, sino también de un aparato ideológico que impusiera una colonización cultural. Es decir, que ciudadanos y ciudadanas hicieran suyas las ideas y los símbolos de quienes habían resignificado los conceptos de civilización, sinónimo de Europa y de aquellos que de este lado del mar pretendían ser europeos, y de barbarie, las tradiciones criollas y cristianas, los federales, los caudillos, los provincianos, la plebe de gauchos, mulatos, indios y orilleros, es decir, lo nuestro, que supuestamente no servía para el progreso ni para la civilización en sus acepciones europeizadas.

No se encontrará objetividad en estas páginas porque, inevitablemente, todo ensayo está de manera forzosa cruzado por la ideología del autor, sus circunstancias, sus intereses. No imitamos la hipocresía de la historia oficial de pretender ser la única, la natural, la inobjetable, al amparo de haber sido el pensamiento único que impuso los programas de Historia en escuelas y universidades, los nombres de calles, avenidas y parques, los próceres y sucesos que merecían ser honrados con monumentos y fechas patrias, al mismo tiempo que jibarizaban o lisa y llanamente suprimían revueltas y jefes populares, retaceando también la importancia de mujeres, pueblos originarios, afrodescendientes.

Este es un libro de divulgación cuya aparente simpleza requirió mucha investigación y mucha dedicación, lejanamente basado en mis Historias argentinas publicadas hace una década, contrariando a quienes denuestan la divulgación por considerarla menos “seria” que el ensayo infectado de contraseñas culteranas solo comprensibles para iniciados, mezclando sin ingenuidad profundidad con confusión. La divulgación, en cambio, implica compartir el conocimiento con los demás, con la gente, con el pueblo, para que la historia pueda cumplir con su supremo objetivo de sumergirse en el pasado para comprender el presente individual y colectivo, y también para proyectarnos hacia el futuro.

Al final del texto puede encontrarse una bibliografía de obras antiguas y modernas de la historiografía nacional, popular, federal, democrática e iberoamericana. He seleccionado aquellas que actualmente pueden ser compradas o encargadas en las librerías. También consultadas en bibliotecas públicas. Además no pocas de ellas pueden ser buscadas online y descargadas para su lectura.

CAPÍTULO I

1492 a 1540

LOS AMERICANOS DE NUESTRO TERRITORIO

El poblamiento humano del actual territorio de Argentina tiene una antigüedad de entre 13.000 y 10.000 años a. C., de acuerdo con hallazgos arqueológicos en la región patagónica. Es necesario diferenciar el término “indígena” —que significa población originaria del lugar, lo que lo hace aceptable, por lo que lo usaremos en este texto, siendo también correctos los sinónimos “oriundo”, “nativo” o “aborigen”— de “indio”, denominación equívoca generada en el error inicial de creer que la tierra a la que Colón y sus sucesores arribaron era la India, lo que lo hace improcedente e inutilizable.

Con el paso del tiempo se conformaron tres regiones indígenas muy marcadas: en el noroeste andino se establecieron culturas agrodependientes emparentadas con otras civilizaciones andinas, especialmente el imperio incaico; las culturas del Nordeste, agroalfareras, pertenecían a la familia tupí-guaraní; la pampa y la Patagonia fueron habitadas por culturas nómades.

Los indígenas pampeanos, los patagónicos y los que habitaban el Gran Chaco nunca fueron doblegados por la conquista española, y luego de nuestra independencia debió pasar mucho tiempo —y expediciones que no ahorraron la violencia— antes de que fueran incorporados al resto del territorio. En el Noroeste, en cambio, la colonización española logró establecer sus principales centros de población y de producción basada en la explotación del trabajo de los americanos por el cruel sistema de encomiendas. Sin embargo, fueron siempre acechados por guerras e insurrecciones de indígenas irredentos.

En cuanto al Nordeste, se caracterizó por el establecimiento de las misiones jesuíticas de los pueblos guaraníes, que conformaron sociedades indígena-cristianas con un alto grado de autonomía de la monarquía hispánica, que se enfrentaron incluso a las tropas conjuntas de España y Portugal en la llamada Guerra Guaranítica, hasta que fueron finalmente disueltas por la Corona española en 1767.

La explotación impiadosa por parte de los encomenderos asistidos por religiosos que se afanaban en combatir las supuestas herejías de los hábitos y las creencias de los habitantes originarios, a lo que se sumó el contagio de enfermedades europeas contra las que los indígenas no tenían defensas, provocaron el colapso demográfico. A la llegada de los invasores españoles había entre 0,4 y 2 millones de aborígenes asentados, sobre todo, en los valles fértiles del noroeste argentino y, en menor grado, a orillas de los grandes ríos del Litoral.

Pero el poblamiento de la pampa había comenzado antes, aproximadamente en el 9000 a.C. Desde entonces y hasta la llegada de los europeos, los tehuelches desarrollaron un modo de vida cazador-recolector, desplazándose en pos de las manadas de guanacos. Las culturas pampeanas y patagónicas no pudieron sedentarizarse y, por lo tanto, desarrollar la agricultura ni la consecuente agroalfarería, debido a que la ecología de sus territorios hacía que su economía más sustentable fuera la basada en un sistema “primitivo” de caza y recolección. Más tarde, con la proliferación de los caballos importados por los españoles, cazaban ganado cimarrón.

En cuanto al Nordeste, una zona naturalmente selvática de grandes sistemas hídricos formados por los ríos Paraná, Paraguay, Uruguay, Salado del Norte, Bermejo y el Pilcomayo, al ser pródiga en pesca, caza y frutos hizo que resultara mucho más económico un modo de vida cazador-recolector que la agricultura o la ganadería.

Sociedades indígenas dominantes transmitieron sus culturas a otras. Así como los quechuas transculturaron mucho a las etnias del Noroeste y los mapuches a los del Sur, lo mismo hicieron en toda la Mesopotamia los guaraníes.

Los distintos grupos étnicos que habitaron la región andina del norte y el centro de nuestro territorio fueron los omaguacas, atacamas, huarpes y diaguitas; de estos últimos descienden los calchaquíes. Estos pueblos fueron dominados entre circa 1480 y 1533 por el imperio inca durante un tiempo relativamente breve pero que dejó notoria influencia, ya que hasta hoy el idioma quechua es el predominante en gran parte de la zona andina. Como otros habitantes de la región, tenían conocimientos muy avanzados de la agricultura, la construcción de terrazas y el riego artificial. También criaban animales como la llama, que les servían para comerciar con otros grupos indígenas. Entre ellos, los kollas, un grupo étnico en el cual se han fundido gran parte de los atacamas, omaguacas, diaguitas y chichas y que ha recibido una fuerte influencia quechua.

LAS ARTES PRECOLOMBINAS EN NUESTRO ACTUAL TERRITORIO

Sin alcanzar el nivel artístico de otras culturas americanas, el de las artes indígenas precolombinas en el territorio que actualmente nos corresponde es rico e interesante, a pesar de lo cual ha sufrido la invisibilización del racismo extranjerizante de nuestra cultura dominante. No es fácil encuadrar nuestras artes precolombinas por la extensión de nuestro territorio, con una extraordinaria variedad ecológica que forzosamente se trasunta en la diversidad de las expresiones culturales. Puede decirse que la región del Noroeste se caracteriza por fuertes influencias andinas, mientras que la del Nordeste por influjos amazónidos, por su parte la región central, Córdoba, Santiago del Estero y San Luis, también todo Cuyo, por influjos andinos aunque fuertemente diluidos por culturas basadas en la agricultura y la ganadería, factores determinantes en la expresión artística de dichas zonas. En las demás zonas (Gran Chaco, la pampa, la Mesopotamia argentina, la Patagonia y la región fueguina), difusamente pobladas por etnias trashumantes que practicaban un modo de producción cazador-recolector, hubo menor desarrollo artístico y tecnológico.

Entre las más destacables herencias artísticas precolombinas, en la casi despoblada Patagonia de aquellos tiempos, se encuentra la fascinante Cueva de las Manos, a orillas del río Pinturas, en la provincia de Santa Cruz, que data de 7300 años a.C. Es una muestra de gran valor artístico, compuesta por impresiones de palmas de manos previamente teñidas con tintes naturales; “negativos” de manos obtenidos con pinturas que se soplaban a través del canal medular de un hueso para provocar el efecto de aerosol; también imágenes de guanacos muy estilizadas.

Se supone que el pueblo que produjo tal arte es el directo antecedente de los ahoniken (“patagones” o “tehuelches”). La impresión de las manos en la roca parece un rito mágico de inmortalización. En cuanto a las escenas de caza de guanacos, respetuosamente dibujados, parecen haber sido parte de rituales de gratitud al “hermano animal” por las proteínas aportadas en su muerte.

Otra manifestación de excepcional nivel artístico y de compleja interpretación fue hallada en Campo del Pucará, al pie del nevado del Aconquija: las antiquísimas estatuillas labradas en piedra conocidas como Suplicantes, que no desmerecerían como producto de algún talentoso escultor de nuestros días. Realizadas entre los siglos IV y VII d.C., pertenecen a la cultura Condorhuasi, de gran riqueza también en su alfarería, buscada en la actualidad por coleccionistas y depredadores de todo el mundo.

Los Suplicantes tienen una clara pero indescifrable intencionalidad religiosa, de allí el nombre adjudicado, quizás una artística plegaria a algún ser superior en cuyas manos estaría la decisión, como respuesta a la belleza creativa, de hacer más llevadera una vida condicionada por factores ajenos a la voluntad humana.

Los mapuches nos han legado una interesante cerámica, una muy desarrollada industria-arte textil de quillangos, y ponchos, vinchas, fajas y matras de complejos diseños y variada policromía. También se destacan su arte lítico y la metalurgia, en especial la sobria aunque atractiva platería que suele adornar a las mujeres. Los huarpes cuyanos, desde el 500 d.C., llaman la atención por su cestería de trama muy fina, hasta el punto de lograr cestas impermeables en las cuales se transportaba el agua, es decir la garantía de vida en sus extensas travesías por tierras desérticas. También son atribuibles a los huárpidos algunas de las curiosas pictografías que se encuentran en las paredes rocosas de Talampaya y que hoy convocan a muchos turistas. En las sierras de Córdoba y de San Luis se sabe que el pueblo comechingón desarrolló su característica arquitectura de casas comunales semisubterráneas de paredes de piedra, y también, que eran muy dados a los adornos de metal y piedras semipreciosas y que era frecuente la pintura ritual del cuerpo. Sin embargo lo que hoy más llama la atención de su arte son sus glifos y pictografías religiosas, notablemente abstractas, tales como las que se encuentran en Cerro Colorado y Ongamira (Córdoba). A lo largo de los grandes ríos litoraleños raramente se encuentran enterramientos con grandes urnas o restos de canoas, pero pueden darnos alguna idea de las artes precolombinas las creaciones, vulgarmente catalogadas como “artesanías”, de los actuales wichis, que se destacan por sus tallas representando animales en quebracho y palo santo y el tejido de atractivas chuspas a partir de la fibra del chaguar.

EL INVENTO DE LAS JOYAS

Cuando se cerraron las rutas que llevaban a la India por el Oriente, a raíz de la caída de Constantinopla en manos turcas, se impuso la necesidad de abrir otras vías para el aprovisionamiento de metales preciosos y de especias. La invención de la brújula, el astrolabio y la construcción de naves capaces de enfrentar las tormentas oceánicas, además de la bonanza económica de la España de entonces, hicieron posible que Cristóbal Colón se lanzara hacia el Oeste llegando en 1492 a las Antillas, creyendo haber llegado a la India. Como insólita consecuencia de dicho error seguimos llamando a nuestros aborígenes como indios tobas o indios mapuches...

La historia nos enseña que fue la reina Isabel la Católica quien, con sus joyas, financió la expedición colombina. No fue ella sino Juan Santangel, un comerciante judío, en sociedad con los hermanos Pinzón, quienes aportaron dos carabelas de su propiedad. Lo de la reina fue una invención que justificaría la delegación que el Papa, supuesto dueño del orbe, hiciera de las nuevas tierras en los soberanos españoles. No en España sino en sus reyes, lo que algunos siglos más tarde explicará algunas estrategias de los revolucionarios de Mayo.

La Corona española era pesimista acerca del resultado de la expedición, lo que justifica la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, el 17 de abril de 1492, por las que se concedía a Colón y a sus financistas grandes prerrogativas, como la de ser nombrado almirante, virrey y gobernador de las tierras a descubrir, además del diez por ciento de las riquezas obtenidas, privilegios que a la postre no se cumplieron, obligando a don Cristóbal a un infructuoso peregrinaje para que se cumpliera con lo acordado, empeño en el que lo sorprendió la muerte.

EL ESPANTO DE LOS DIOSES

Nuestros pueblos originarios tenían creencias religiosas que en algunos casos eran complejas y profundas. La conquista europea, en su propósito de evangelizar por las buenas o por las malas a los infieles que habitaban estas tierras, las consideraron inspiradas en el demonio y se esforzaron en extirparlas eliminando a sus sacerdotes, frecuentemente en hogueras, y torturando y matando cuando sorprendían prácticas religiosas consideradas heréticas. También fueron incautados o destruidos los símbolos religiosos, sobre todo los hechos en oro o plata, que alimentaron una codicia poco cristiana por hallarlos, y también los hechos en madera o cerámica, de los cuales algunos han llegado a nuestros días porque fueron enterrados en huacas para su conservación.

La religión de los araucanos y sus parientes mapuches, por ejemplo, de uno y otro lado de la cordillera patagónica, era bella y honda.

El dios bueno, “Chachao”, se aburría en la eternidad del Cielo. Quiso bajar a la Tierra, aún anegadiza y lluviosa, donde las cosas eran efímeras y mutables; tomó la Vía Láctea, que entonces llegaba hasta la pampa y todavía es llamada “el Camino del Cielo” en la lengua vernácula. Gozó Chachao o “Indio Viejo”, que era emocionalmente un eterno niño, ensuciándose las manos y chapoteando en la tierra enlodada; moldeó con barro figuras de fantasía y las sopló, irresponsablemente, para infundirles vida. Así fueron creados los animales.

Para darles espacio donde correr, de otro soplo aventó las lluvias, secó los pantanos y dio firmeza a la pampa.

Vio su imagen reflejada en una laguna y tuvo el capricho de reproducirla en estatuillas de dos pies que vestían, como él, chiripá y poncho. No eran reproducciones perfectas sino casi caricaturas, pues el Viejo estaba de buen humor y solamente buscaba reírse de sí mismo.

Pero un incidente inesperado transforma en tragedia la escena de la Creación. El ñandú, entusiasmado con sus carreras por la pampa seca, quiso subir al cielo por la Vía Láctea y aprovechó la distracción de Chachao para ascender algunos tramos. Al darse cuenta este de que una criatura de barro iba a ensuciar las alturas celestiales, desató sus boleadoras y las arrojó contra el osado, que de una espantada volvió a la pampa dejando en el Cielo, a comienzos de la Vía Láctea, la huella de sus tres dedos y garrón: la Cruz del Sur; también quedaron las boleadoras del Viejo, Alfa y Beta de Centauro, junto a la huella.

Ocupado en espantar al ñandú no se dio cuenta Chachao de que su hermano “Gualicho”, dios malo, había descendido a la Tierra para gastarle la pesada broma de soplar los monigotes bípedos acabados de esculpir.

Se llenaron de espanto ambos hijos del Cielo cuando vieron a los objetos de barro moverse, pavonearse y discurrir como si fueran dioses.

Chachao escapó horrorizado por la Vía Láctea. Con su cuchillo de piedra cortó el Camino del Cielo para que los monstruos —es decir, los seres humanos— no subieran. Dejó a Gualicho en la Tierra en castigo por haberles infundido el aliento divino a esos grotescos y efímeros muñecos de barro.

El dios bueno no volvió más a la pampa, ni pudo salir el dios malo de ella. Desde entonces busca Gualicho destruir su imprudencia aniquilando a los hombres con enfermedades, guerras y hambres. Lo hace de lejos, pues verlos le causa horror y remuerde la conciencia; por eso vive en lo profundo de los montes y solo se arriesga a salir cuando las noches son oscuras. (Tomado de José M. Rosa).

UN FABULADOR INMORTALIZADO

Mientras don Cristóbal atravesaba varias veces de ida y vuelta el océano, un fabulador y mediocre marino florentino, Américo Vespucio, escribía a su compatriota, el poderoso Lorenzo de Médicis, adjudicándose el descubrimiento e instándolo a financiarle una expedición. A diferencia de los soberanos españoles que tratarían de mantener oculto el acontecimiento para, infructuosamente, no despertar la ambición de otras potencias, el príncipe Médicis publicará la carta y el cartógrafo alemán Waldseemüller la tendrá sobre su escritorio cuando debe bautizar los nuevos territorios. En su Cosmographiae Introductio escribirá: “En el sexto clima, hacia el polo antártico, está situada la parte del globo que, habiendo sido descubierta por Americus, puede ser llamada ‘tierra de Americus’ o ‘América’”.

LOS MONSTRUOSOS AMERICANOS

Para hacer lo que se hizo fue necesario poner en duda la condición humana de los habitantes del Nuevo Mundo, a quienes se definía como “seres con apariencia de hombres”. A ello contribuyó Colón, quien en su Diario se refiere tres veces a seres “de un solo ojo”, como el cíclope griego. No termina ahí la cosa, pues don Cristóbal en una de sus cartas a Gabriel Sánchez le cuenta que a “la gente con cola” podía encontrársela en la parte poniente de la isla Juana, en la provincia llamada Nuan, “adonde nace esta gente”. En su segundo viaje le llegó el conocimiento de que “en Mangi todas las gentes tenían rabo de más de ocho dedos de largo” y que no muy lejos de La Española, ciudad por él fundada, había seres “con hocico de perros que comían los hombres y que tomando uno lo degollaban y le bebían la sangre y le cortaban su natura”.

No se queda atrás Antonio Pigafetta, uno de los escasos sobrevivientes de la expedición magallánica y cronista de la misma, quien cuenta que en una de las tantas islas indianas vivían hombres que tenían las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que “cuando se acuestan, una les sirve de colchón y otra de frazada”.

A mediados del siglo XVI el “haut americano” es descripto por primera vez en el Capítulo LII de Les Singularités de la France Antarctique, de André Thevet: “Tiene el tamaño de una mona de África, el vientre colgante y una cabeza parecida a la de un niño. Cuando se la captura suspira como un niño acongojado [...] Además a esta bestia nunca se la ha visto comer”.

Aún en 1602 Le Relazioni Universali del abate Giovanni Botero, publicadas en Venecia, reproducen la figura del “gastrocéfalo americano”: “Un hombre sin cabeza, que tiene ojos en la nariz y la boca en el pecho, y que va desnudo, menos en sus partes vergonzosas [...] y lleva sombrero ancho sobre sus espaldas, que de tan ardiente calor solar los defiende”. Y, más adelante: “Esto es verdaderamente un milagro de la naturaleza, un aborto o un prodigio, porque no se trata de un solo ser, sino que hay miles por estos lugares”.

El jurista de la Corona Ginés de Sepúlveda justificaría la “guerra justa” porque “siendo por naturaleza siervos los hombres bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir la dominación de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos siendo por derecho natural que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, la mujer al marido, los hijos al padre, lo imperfecto a lo perfecto para desterrar las torpezas nefandas y portentoso crimen de devorar carne humana y propagar la fe cristiana por todos los rincones del mundo”.

Según investigaciones recientes, en 1492, en la isla donde Colón fundó La Española, lo recibieron unos trescientos mil nativos. De ellos un tercio murió entre 1494 y 1496. En 1514 fueron censados solo 26.300. En 1548 escribía el cronista Fernández de Oviedo que “de tres veces cien mil y más personas que había en aquella sola isla, no hay ahora quinientos”.

NUESTROS VALIENTES ANTEPASADOS

Nuestros indígenas nunca ocuparon un lugar de privilegio en nuestra historia oficial, que así reproduce su postergación social. Es hora ya de que hagamos justicia a la lucidez y al coraje de nuestros lejanos antepasados.

Las noticias que el extremeño Núñez de Balboa hizo llegar del descubrimiento, el 25 de septiembre de 1513, del “Mar del Sur” (Océano Pacífico), se difundieron por toda España y se supieron también en Portugal. Ello urgió a los reyes de España a enviar una armada para encontrar el canal interoceánico para franquear el nuevo continente y así extender sus dominios por el oeste de las Indias Occidentales. “Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto e que ninguno sepa que yo mando dar dinero para ello ni tengo parte en el viaje”, escribía el monarca español en sus instrucciones al Piloto Mayor del Reino, Juan Díaz de Solís, en 1515, al enviarlo hacia la América meridional.

La suerte no acompañará a dichos conquistadores europeos, pues no les sucederá lo que a Hernán Cortés, a quien el soberano azteca y su corte recibirán con honores, convencidos de que eran la encarnación del dios Quetzalcóatl profetizada por los augures. Tampoco la de Pizarro, quien invadirá el imperio incaico y apresará sin dificultades a su soberano Atahualpa, más ocupado en litigar con su hermano Huáscar que en defenderse de los intrusos.

Nuestros querandíes, a quienes nuestra historia divulgada trata de salvajes poco menos que animalizados, deben ser reconocidos como más sagaces que sus hermanos americanos, ya que no confundieron a los españoles con dioses y no dudaron de que se trataba de enemigos. No se dejaron impresionar por aquellas naves descomunalmente más imponentes que sus piraguas, por aquellos desconocidos animales que arrojaban humo por sus narices y corrían a la velocidad del rayo, tampoco por aquellas pieles rígidas que sus flechas no atravesaban y que refulgían al sol como la plata que los conquistadores anhelaban.

Los mataron luego de incitarlos al desembarco tentándolos sagazmente desde la orilla con objetos dorados y plateados que destellaban hasta encandilarlos. También con agua, frutas y peces, preciadísimos luego del prolongado y azaroso cruce del océano. El cronista Herrera, integrante de la expedición, relató que “los indios tomando a cuestas a los muertos, y apartándoles de la ribera hasta donde los del navío no los podían ver, cortaban las cabezas, brazos y pies, asaban los cuerpos enteros y se los comían”.

Cabe dudar de estos relatos sobre canibalismo, que se repetirán a lo largo de toda la Conquista, con escasas confirmaciones, que tenían por objetivo horrorizar a los europeos y así justificar las intervenciones “civilizadoras” que provocaron la casi extinción de los habitantes americanos.

En cambio el cronista alemán Ulrico Schmidl, integrante de la segunda expedición al Río de la Plata capitaneada por Pedro de Mendoza, dará cuenta de canibalismo por parte de los europeos, sitiados y hambreados por los indómitos americanos: “Tres españoles habían hurtado un caballo y se lo comieron. [...] Se los condenó y colgó de una horca. Ni bien se los había ajusticiado y cada cual se fue a su casa, aconteció en la misma noche por parte de otros españoles que ellos han cortado los muslos y unos pedazos de carne del cuerpo y los han llevado a su alojamiento y comido. También ha ocurrido que un español se ha comido a su propio hermano muerto. Esto ha sucedido en el año de 1536 en nuestro día de Corpus Cristi en la sobredicha ciudad de Buenos Aires”.

Las versiones de la nefanda suerte de aquellos primeros españoles que se atrevieron a hollar las tierras de lo que hoy es nuestro país han sido siempre expuestas con solidaridad hacia los conquistadores, lo que constituirá el acto inicial del drama de una Argentina siempre pensada desde otros.

SYPHILO Y EL PALO SANTO

En 1530 Frascator había publicado su libro Syphilo, que bautizó a la hasta entonces poco conocida enfermedad. Como muchas obras de medicina de la época, fue escrita en forma de poema.

“Syphilo”, indio americano, libra una imposible batalla contra la enfermedad, y ruega a los dioses que le traigan un bálsamo que lo cure. Estos hacen crecer el “guayacán”, árbol milagroso cuya resina bebida en tisana le devuelve la salud perdida.

A don Pedro de Mendoza no lo mueve el afán de riquezas, que ya posee. Ni el de prestigio, que le sobra a la casa de Mendoza, a la que pertenece también el célebre marqués de Santillana. Tampoco el de gloria, pues ya la ha conquistado durante las guerras de Italia.

El capitán atraviesa el océano asesino, plagado de borrascas y piratas, al mando de once navíos y mil doscientos hombres, en busca del “palo santo” o “guayacán” con el que curar su avanzada sífilis. Ese tormento que lo hace arder en fiebre y retorcerse en dolores sobre su jergón. Lo que su médico, don Hernando de Zamora, no ha tenido en cuenta es que se trata de una ...