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BUENOS AIRES MISTERIOSA

Diego M. Zigiotto  

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Fragmento

Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich

Buenos Aires misteriosa

Diego M. Zigiotto

1.ª edición: octubre, 2016

© 2016 by Diego M. Zigiotto

c/o morales.penacini Desarrollos editoriales

moralespenacini@gmail.com

© Ediciones B Argentina S.A., 2016

Av. Paseo Colón 221, piso 6

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

www.edicionesb.com.ar

ISBN DIGITAL: 978-987-627-685-6

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Portadilla

Créditos

 

Introducción

CRÍMENES PORTEÑOS

Arquitectos de su propia muerte

La trágica historia de Felicitas Guerrero

Álzaga, Marcet y Arriaga, ¿buenos muchachos?

La trilogía de los Álzaga

Un blanco perfecto

El iracundo subcomisario Ruffet

El Petiso Orejudo

El crimen de la calle Gallo

LEYENDAS URBANAS

Rufina Cambaceres, la joven que murió dos veces

La Dama de blanco

El ascensor macabro

El bebé en el horno

Terror bajo la cama

ENVENENADOS Y ENVENENADORES

La envenenadora de Montserrat

El italiano y el francés

FANTASMAS PORTEÑOS

Juan de Osorio, el primer fantasma

Los fantasmas del Banco Nación

Los fantasmas del Teatro Maipo

El fantasma del viejo General

Los fantasmas del Museo Isaac Fernández Blanco

Fantasmas subterráneos

DESCUARTIZADOS Y DESCUARTIZADORES

El primer descuartizado de Buenos Aires

El caso Farbós

Jack el Destripador, ¿era argentino?

El desalmado Domingo Cayetano Grossi

Jorge Burgos, el descuartizador de Barracas

Emilia Basil, la cocinera de San Cristóbal

MANSIONES CON LEYENDAS

El Palacio encantado de Belgrano

Los fantasmas de la Embajada de Alemania

La Casa de los leones

El Palacio de los bichos

Agradecimientos

Bibliografía

Introducción

Buenos Aires misteriosa surgió a raíz de un circuito turístico que realizamos junto a la narradora Alejandra Parets, desde hace diez años. En el tour, y con la noche porteña como testigo, guiamos a los visitantes por las calles de la ciudad buscando relatos de crímenes, fantasmas y leyendas urbanas que los transporten a otros tiempos y escenarios.

Varias veces, algunos pasajeros nos preguntaron por qué incluíamos crímenes resueltos en un tour que prometía historias de misterio. Además de jugar con el famoso libro de Manuel Mujica Lainez, Misteriosa Buenos Aires, creemos que los asesinatos que desglosamos tanto en el tour como en este libro plantean otro tipo de misterio, el que tiene que ver con el proceso de resolución del caso. Se trata de crímenes que captaron la atención pública, que requirieron de un valioso tiempo de investigación, teorías, hipótesis, sospechosos… ¿y qué es eso sino misterio?

Sin dudas, desde la segunda mitad del siglo XVIII con la Revolución Industrial la fisonomía de las sociedades se fue modificando. El incremento de la población, los nuevos medios de transporte y las grandes construcciones convirtieron a las ciudades en el escenario propicio para el misterio. Aquí y en todo el mundo.

El habitante de la ciudad debía convivir con masas anónimas, circular en un mar de personas desconocidas y apuradas, provenientes de diferentes lugares y clases sociales. Es en esta multitud anónima donde el famoso Edgar Allan Poe encontró el caldo de cultivo para sus primeros cuentos policiales. Porque allí, en las muchedumbres plagadas de desconocidos se encontraba el miedo que supone lo diferente, lo extraño. Y las huellas del delincuente, del criminal, se perdían en ese océano de personas sin nombre ni rostro.

Al mismo tiempo, ese anonimato trajo aparejada la demonización de ciertos sectores sociales. La oleada inmigratoria que desde mediados del siglo XIX traería a nuestro país —y en buena parte a Buenos Aires— a más de dos millones de personas, sirvió en muchos casos para encontrar culpables fácilmente y alimentar la idea de que quienes llegaban a la Argentina buscando trabajo y oportunidades, eran en realidad el enemigo de quien había que protegerse. La “pequeña aldea” que había retratado Vicente Fidel López se convirtió en pocos años en una metrópolis. El caos y el miedo también habían llegado para quedarse.

Así, aparecieron nuevos casos policiales, y con estos, la fascinación de lectores, radioescuchas y, más tarde, televidentes, por informarse sobre los pormenores de los crímenes.

Es evidente que hay algo que nos atrae de ese placer por desmenuzar, por dilucidar los misterios ocultos detrás de los crímenes policiales. Lo corroboramos también durante estos últimos diez años, cuando esperamos que lleguen los pasajeros del tour todos los viernes y sábados. Miles de personas se han acercado para escuchar ávidamente historias de crímenes, fantasmas y leyendas de nuestra ciudad. Y siguen haciéndolo.

Buscan detalles, hacen preguntas y se quejan porque nunca aparece ningún fantasma. Es curioso, pero mientras por un lado utilizan la razón para descubrir, antes de que les contemos, quién fue el culpable de un asesinato o para adelantar los motivos que se esconden detrás de una muerte, por otro disfrutan enormemente de los relatos basados en leyendas o que tienen fantasmas y aparecidos como protagonistas. Claramente, esa falta de explicación también es atractiva. Los hechos que escapan a la razón se vuelven tan perturbadores como fascinantes.

Buenos Aires, como todas las ciudades modernas, alberga infinidad de historias. Vamos a concentrarnos, como hacemos en nuestro tour, en los relatos de los más inquietantes crímenes, las más escalofriantes leyendas y los más escurridizos fantasmas. No faltarán descuartizados, envenenadores y casas embrujadas. Los invito a disfrutar del paseo por el lado más misterioso de Buenos Aires.

CRÍMENES PORTEÑOS

Iglesia de Santa Felicitas, en el barrio de Barracas, erigida en honor a Felicitas Guerrero de Álzaga.

Buenos Aires, como toda gran ciudad, tiene una larga lista de crímenes resueltos y no resueltos. En este primer apartado del libro nos sumergiremos en algunos de los asesinatos más atrapantes de nuestra historia. Recorreremos los pormenores de cada caso, los motivos, los detalles, las teorías, los reveses que tuvieron las investigaciones al encontrar una nueva pista a tiempo.

Cada relato de un crimen no solo cuenta una historia sino también muestra una época. Cada caso teje junto al otro un mapa de una Buenos Aires no tan lejana. Las calles de entonces, muchas veces protagonistas; las casas que fueron escenario de crueles crímenes y de las que aún podemos ver sus fachadas; los apellidos de familias con alcurnia, acomodadas, relacionados con las muertes; los métodos totalmente novedosos para ese momento; la desigualdad social palpable en los conventillos; la desesperación por falta de dinero que lleva a matar; la pena de muerte y otros temas cobran luz en este recorrido por los más llamativos crímenes porteños.

Sin dudas, estos casos eran seguidos por la opinión pública como quien sigue una novela por entregas. Había —como comentábamos en la introducción— una avidez por desentrañar, por descubrir quién era el culpable de aquel horrendo crimen. La atracción que provocan estos crímenes no ha mermado con el paso del tiempo. Podríamos decir que todo lo contrario.

Esta atracción que causaban y —causan aún hoy— los crímenes en la sociedad, ha explicado Sigmund Freud, está ligada a un placer morboso. Un placer que aparece en la infancia con más intensidad, pero que persiste de manera inconsciente a través de la vida. Ese es el origen del éxito de gran cantidad de cuentos, novelas, series policiales y películas cuyo eje es el de resolver o atrapar a quien disfruta dañando a sus semejantes, en la mayoría de los casos en inferioridad de condiciones, es decir, abusando de su poder.

Por un lado, la persecución y castigo del culpable tiene un efecto tranquilizador en función del triunfo del bien sobre el mal. Pero, por otra parte, existe una identificación de nuestros aspectos sádicos jugados en el personaje malvado. Al verlos en la pantalla, o leer las historias en un libro, logramos evitar o postergar su puesta en juego en la vida cotidiana. Se vuelve fundamental, también, el proceso racional que se pone en marcha al momento de resolver el crimen, un juego intelectual que descansa sobre la certeza de que todo tiene una explicación y un culpable, y de que existe una Justicia que restablece —aunque no siempre— el orden.

En el caso de los crímenes porteños que pasaré a relatar, creo que se suma una nueva atracción: además de poner en juego nuestra propia racionalidad, nos hablan de un pasado común que forma parte de nuestra propia historia.

Arquitectos de su propia muerte

Corría el otoño boreal de 1884. Vittorio Meano, un joven arquitecto turinés, de apenas 30 años, se embarcaba rumbo a Buenos Aires. En estas tierras le esperaba una gran labor: había sido llamado por su compatriota Francesco Tamburini para colaborar en el diseño y la construcción del nuevo Teatro Colón. Tamburini había terminado hacía algunos años otras de sus obras emblemáticas en la capital argentina: el arco de la Casa de Gobierno, que anexó el contiguo Palacio de Correos y Telégrafos, y la sede del Departamento Central de la Policía Federal.

Meano no venía solo, lo acompañaba Luigia Fraschini, que huía de su tierra natal, no de un mal pasar, sino de su marido. El amor entre ambos jóvenes había sido muy fuerte apenas se conocieron. Ella trabajaba como actriz de variedades en Turín, y decidió dejar a su esposo, trabajador de las tablas como ella. La oportunidad de seguir juntos le llegó a la pareja con el ofrecimiento a Vittorio del viaje transatlántico.

Una vez en Buenos Aires, el arquitecto cambió su nombre, haciéndose llamar Mehan, por temor a ser rastreado por el despechado marido de Luigia. Apenas llegada, la pareja se fue a vivir a Cerrito 680, cerca de la plaza Lavalle y del solar que albergaría al máximo Coliseo argentino. Allí había funcionado hasta hacía unos años la Estación del Parque, de donde había partido en 1857 el primer ferrocarril argentino, al mando de la legendaria locomotora La Porteña.

En 1886, Tamburini recompensó a Meano dándole el puesto de gerente de su estudio. Otro año más y se convertiría en su socio. En 1890 comenzarían finalmente las obras del teatro, pero, casi a fin de año, el 4 de diciembre, súbitamente falleció Tamburini. El arquitecto dejó inconclusa la obra, y entonces fue Meano quien se hizo cargo de ella. En plena faena, en 1896, Vittorio ganó además el concurso para proyectar el nuevo edificio del futuro Congreso de la Nación, que hasta ese momento funcionaba en la calle Balcarce y Victoria (actual Hipólito Yrigoyen), en diagonal a la Casa Rosada.

En 1898, Vittorio y Luigia se mudaron a una amplia casa, cerca también de la nueva obra, en Rodríguez Peña 30, casi Rivadavia. Allí, el arquitecto instalaría además su estudio profesional. En la vivienda, se accedía a las habitaciones y salones a través de un vestíbulo, que también comunicaba con la cocina y la despensa. Después de un patio, con una fuente en el centro, se ingresaba al estudio, donde trabajaban quince colaboradores, entre arquitectos, ingenieros, diseñadores y fotógrafos. En ese lugar Meano guardaba celosamente los planos originales del futuro Palacio Legislativo. La parte superior de la vivienda estaba destinada a la servidumbre: dos camareros, guardarropas, cocinero, cochero, mozo de cuadra y peón. En el fondo existía un huerto, un sector de frutales, y el establo y la caballeriza.

Luego de seis años de intensa labor en los edificios del Congreso y el Colón, y aún con ambas obras sin concluir, Vittorio y Luigia decidieron regresar a Italia, donde se enteraron de que el marido de ella había fallecido en 1893. Entonces, libres al fin, decidieron casarse y, al tiempo, la feliz pareja retornó a Buenos Aires.

El 1° de junio de 1904, Meano, como todos los días, desandó la apenas cuadra y media que separaba su casa-estudio de la obra del Congreso Nacional. Esa tarde, luego de una intensa jornada, decidió retornar antes al hogar. Subió la escalera y buscó a su mujer. La encontró a la puerta de una de las habitaciones superiores; se la notaba algo nerviosa. Al ingresar al cuarto, Vittorio reconoció a Carlo Passera, el mucamo, de 28 años de edad, que él mismo había despedido dos meses atrás. Cayó en la cuenta de por qué Luigia defendía constantemente al joven, al que él consideraba ineficiente. Passera, un italiano alto, delgado, con un fino bigote rubio, y separado hacía unos meses de su mujer, no solo tenía una relación con su esposa sino que, además, ¡vestía prendas del propio arquitecto!

La sorpresa no duró mucho; el ex mayordomo se abalanzó sobre Meano y rápidamente le pegó dos tiros. Luigia, que había bajado, sintió el ruido desde la planta inferior, y corrió hasta la esquina junto a Catalina, la mucama de la familia, a llamar al vigilante que se encontraba de consigna.

El agente, Francisco Noriega, encontró al arquitecto agonizando en el suelo, mientras pronunciaba palabras en su idioma natal. Un disparo le había atravesado el corazón. Una versión recogida por el diario La Prensa hablaba de que Meano pedía en ese momento que su cuerpo fuera embalsamado, pero eso no consta en el relato hecho por sus colaboradores a la policía. Finalmente, falleció en brazos de uno de ellos, el arquitecto Federico Collivadino. El asesino, mientras tanto, escapó corriendo por la calle Rodríguez Peña, dejando en la escena del crimen el arma homicida: una Smith & Wesson calibre 9 mm.

El juez Constanzó dispuso la detención preventiva del vigilante, por haber dejado escapar al criminal minutos después de haberlo detenido. El policía se defendió argumentando sus escasos dos meses de experiencia en la fuerza y que éste era su primer procedimiento.

Horas más tarde, Passera era detenido junto a las vías del Ferrocarril del Oeste, cerca de la ciudad de Luján. Cinco horas duró el interrogatorio y fue allanado su domicilio, muy cerca de la escena del crimen, en Rivadavia 1920.

Mientras tanto, los restos de Meano eran llevados al día siguiente al Cementerio de la Recoleta, donde fueron depositados en la bóveda de Pellegrino Botto y Giuseppe Solari, dos inmigrantes italianos que habían trabado amistad con el arquitecto. En el trayecto hasta la necrópolis, el cortejo se detuvo simbólicamente frente a la obra del Palacio Legislativo.

Diez días después, la Policía le tomaba declaración a Luigia. La mujer fue coherente con la imagen de viuda doliente que había brindado en las exequias de Vittorio. Afirmó que Carlo Passera la visitaba asiduamente, pero con la intención de convencerla para que lo volvieran a contratar. Sin embargo, los investigadores habían descubierto varias cartas de Carlo dirigidas a Luigia.

El 10 de junio, Passera fue procesado por ho ...