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BUENOS AIRES NOIR

Ernesto Mallo  

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Fragmento

Introducción

Buenos Aires es un lugar tan improbable que fue necesario fundarla dos veces. La primera por Pedro de Mendoza. El adelantado invirtió todo el dinero que había robado durante el saqueo de Roma en montar una fabulosa expedición ya que se creía que en las Indias existía una planta que curaba la sífilis que padecía. Aquello fue un desastre: traicionados por Alonso de Cabrera, quien vendió al mejor postor las provisiones que les estaban destinadas, y cercados por los indios querandíes y el hambre, los habitantes de aquella aldea precaria se vieron obligados a incluir en su menú las botas, los cinturones y también a alguno de sus compañeros. Muchos de los dos mil que integraron la expedición se dirigieron a otros destinos, de los que quedaron en la aldea sólo sobrevivieron unos doscientos que fueron rescatados en pésimas condiciones.

Más tarde, cuando se estableció el Río de la Plata como rumbo para llevar las riquezas extraídas de las minas de plata del Potosí, y en prevención de las acciones de los piratas, se la fundó nuevamente para emplazar allí un fuerte y una aduana con la prohibición de ejercer el comercio. Los habitantes de la nueva Buenos Aires veían pasar por las aguas mulatas del río los barcos negreros cargados con los esclavos capturados en el África occidental rumbo a las minas; y, desde el Potosí, los que bajaban con sus bodegas hinchadas de plata y metales preciosos. Eso atrajo de inmediato a los contrabandistas. En pocos años Buenos Aires prospera al impulso de los negocios ilegales y de la frondosa arborescencia de delitos y crímenes que se asocian como rémoras al contrabando. La urbe supera a Asunción y a Lima en importancia económica y estratégica.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Estos nacimientos turbios e inquietantes deben haber marcado algo del carácter y del temperamento de la ciudad. Sus habitantes tienen la picardía propia de quienes viven al margen de la ley: la velocidad de reflejos y una sorprendente capacidad de adaptación a situaciones nuevas.

Su música distintiva es el tango, heredero del candombe de los negros esclavos, nacido en los prostíbulos y lupanares, que terminó por imponerse como la danza sensual por excelencia. Un abrazo hecho canción.

La ciudad no es ajena, como toda gran urbe, a una inmigración tan abierta como desordenada; gentes de todas partes llegan en busca de mejores condiciones de vida y, con ellos, a unirse con los locales, toda la jerarquía delincuencial, desde el ratero hasta el atracador de bancos, desde el traficante de drogas hasta el estafador de guante blanco. Acá conviven los “señorones” con los peones, la alcurnia con el arrabal. La ciudad es, al decir del tango de Enrique Santos Discépolo, un cambalache, esos comercios en los que se amontonan objetos viejos en desuso sin orden ni concierto.

Mezclao con Stravinsky

va Don Bosco y La Mignon,

Don Chicho y Napoleón,

Carnera y San Martín.

Igual que en la vidriera

irrespetuosa de los cambalaches

se ha mezclao la vida

y herida por un sable sin remache

ves llorar la Biblia junto a un calefón

Ciudad de contrastes y contradicciones, siempre al borde del caos, enamora por su desorden a pesar de su violencia, de un tránsito irrespetuoso, sin ley ni orden, donde reinan el insulto fácil y el ruido atronador de escapes, bocinas e improperios. Sus habitantes mantienen con la ciudad una relación nerviosa de amor-odio. La ironía es moneda corriente en el habla porteña. La dominan tanto los supermillonarios de Puerto Madero como los obreros de las “villas miseria”, como se llama por aquí a los barrios más pobres. Será seguramente debido a su proximidad: las mansiones y las chabolas están separadas a veces por una calle, por una vía de ferrocarril, próximas, visibles, contradictorias.

Los cuentos que integran este volumen son una pequeña muestra de la diversidad de Buenos Aires, de los distintos enfoques y de la potencia narrativa de una ciudad que se ha reinventado muchas veces. De las relaciones entre sus distintos sectores sociales y económicos, de sus tensiones, de su crueldad, pero también de su amor. Y, fundamentalmente, de la relación contradictoria que los habitantes mantienen con la urbe. Jorge Luis Borges, el mayor autor del país, lo dijo así:

Y la ciudad, ahora, es como un plano

de mis humillaciones y fracasos;

desde esa puerta he visto los ocasos

y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto

me han deparado los comunes casos

de toda suerte humana; aquí mis pasos

urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera

el fruto que le debe la mañana;

aquí mi sombra en la no menos vana

sombra final se perderá, ligera.

No nos une el amor sino el espanto;

será por eso que la quiero tanto.

André Malraux dijo que Buenos Aires es la capital de un imperio que jamás existió. No existió en el sentido de conquista o poderío bélico y económico que habitualmente se le da, pero sí existe en la potencia de sus letras alumbradas por un ingenio nacido de la necesidad, del precario equilibrio de su política y de su economía, de su irreverente capacidad para sobrevivir.

ERNESTO MALLO

Infidelidades

Belgrano R
La esposa muerta

Inés Garland

Me había dicho que la puerta de rejas verde de la entrada que daba a la calle Superí chirriaba, que la grande de madera se trababa al final, que el hall de entrada era oscuro, que dejara las llaves en un plato de cerámica azul que había sobre una cómoda de caoba contra la pared, y que había que atravesar el living para llegar al jardín, pero entrar a la casa por primera vez, por más que me la hubiera imaginado, por más instrucciones que él me hubiera dado, fue traspasar para siempre el umbral del mundo conocido por mí hasta ese día.

Estaban en el jardín. A través del ventanal al fondo los vi antes de que ellos me vieran a mí. Pablo hablaba con una copa de vino blanco en la mano y los dos hijos lo miraban. La hija tenía los codos sobre el mantel blanco, el hijo estaba con el cuerpo echado hacia atrás en la silla, las piernas estiradas y los pies cruzados. Estaban a la sombra de un roble muy alto y todo alrededor, como un mar, el jardín resplandecía al sol. No sabían que yo había llegado aunque Pablo, seguramente, estuviera con todos los sentidos alertas esperándome. ¿Qué les habría dicho de mí? ¿Qué explicación les habría dado? Que era una amiga, seguramente, que iba a pasar el fin de semana con ellos. ¿Qué razón les habría dado para justificar que yo pasara el fin de semana con ellos? ¿Que vivía en un departamentito oscuro en San Telmo? ¿Que era una mujer muy sola? Algo que los pusiera en un lugar generoso, y algo que ellos se habrían creído, incapaces de soportar más pena. Yo iba a tener que salir al jardín, iba a tener que saludar, fingir que también sabía poco de ellos, darle un beso a Pablo en la mejilla como si sólo tuviéramos una reciente relación laboral. Iba a tener que mentir. Iba a tener que mentir día tras día, de la mañana a la noche. No estaba preparada para salir al jardín. ¿Por qué había aceptado? Porque yo era una barcaza lenta y con estropada, que una vez que empezaba a moverse no podía virar sin una larga anticipación. Porque estaba enamorada hasta las patas de Pablo y él no era un hombre al que resultara fácil contradecir. Tardé mucho tiempo en saber que no había podido negarme porque sentía, de una manera confusa, casi inconsciente, que era mi responsabilidad estar ahí, hacer el duelo con ellos, ser testigo de la pérdida.

La mujer de Pablo había estado enferma menos de un año. Hasta último momento estuvo convencida de que se iba a curar. Pablo la había encontrado agachada en el garaje arreglando un pedal de su bicicleta diez días antes de morirse, cuando apenas podía mantenerse en pie y él la tenía que alzar para llevarla al baño. Él me contaba esas cosas en la cama, después de hacer el amor. La llamaba a veces, y se peleaban por los turnos de la enfermera. La mujer no quería a la enfermera y él no quería echarla. Se gritaban por teléfono o, mejor dicho, él gritaba, porque ella estaba demasiado débil para gritar.

—No te va a servir de nada llorar —le dijo él una noche cuando nosotros íbamos camino al teatro—. Esther se va a quedar aunque llores y patalees.

Fue la única vez que dije algo. Le dije que no la hiciera llorar él también, y después la palabra “también” me había quedado dando vueltas. Lo otro que la hacía llorar era tan inmenso que la palabra “también” parecía totalmente inadecuada. Pero no entré en detalles. No quería saber más pormenores de la discusión. No entendía por qué íbamos al teatro, por qué estaba yo ahí, por qué era testigo de esa pelea en la que la voz de Pablo tenía una dureza que me dolía como si fuera a mí a la que le hablaba así. Después, cuando me agarró la mano durante la función, yo buscaba en su cara relajada una prueba de la ira de la pelea. Sabía que no le gustaba que lo contradijeran, pero la ira había sido desmedida, parecía venir de otra parte, se le escapaba casi a pesar de él. No volví a pensar en esa pelea telefónica hasta la tarde en que supe realmente quién era Esther.

Los chicos no parecieron sorprenderse de mi llegada. El varón hasta se paró para saludarme, aunque pareció que le hacía falta una voluntad sobrehumana para juntar su cuerpo despatarrado. Pablo me sirvió vino y al rato ya me habían incorporado a la conversación. Hablaban de personas que yo no conocía, pero Pablo se tomaba el trabajo de contarme brevemente quiénes eran: matrimonios con chicos de la edad de los suyos. Me resulta difícil rastrear cómo terminaron hablando de la madre muerta. Debería decir alguna vaguedad como “una cosa fue llevando a la otra”, pero creo que ella estaba ahí todo el tiempo, y al final alguien —¿el mismo Pablo?— dijo algo y los chicos se pusieron a contarme anécdotas de su madre. El enojo que tenían me desconcertó. Qué podía saber yo, que no había sufrido ninguna pérdida aún, de los laberintos de un duelo. El varón contó que la madre le ataba la mano izquierda al cuerpo para que escribiera con la mano derecha. Ninguno conocía la expresión “zurdo contrariado”. Contó, como si hubiera sido una especie de capricho gracioso de la madre, que lo obligaba a hacer las tareas con la mano atada, al borde de la pileta mientras la hermana y los primos se tiraban del trampolín. El resentimiento estaba mal disimulado, pero además, alrededor del resentimiento, por debajo, había una pena que yo sentí como propia sin entender por qué. Los tres se reían, pero a mí la tristeza me duró hasta la noche. La madre ya no estaba. No había sido cariñosa con su hijo, las razones no tenían mayor importancia.

A la noche, en el cuarto que me asignaron en la punta de un pasillo en el primer piso, no me podía dormir pensando en ella. La había visto una sola vez, en la calle. La había reconocido por las fotos en la oficina de Pablo. Era alta y rubia, con un pelo que parecía atrapar el sol. Una de esas mujeres que la gente se da vuelta para mirar. Iba muy abstraída. Pablo me había dicho que ella desaprobaba que la gente fuera por la calle con auriculares. Sin embargo, yo, que era de las que escuchan música por la calle, me sentí más atenta a mi entorno que ella. Parecía enojada. Todavía estaba sana, o por lo menos aún no sabía que estaba enferma. Acostada en la oscuridad yo escuchaba los ruidos de la casa, crujidos de la madera, un postigo que parecía golpearse en alguna parte, los pasos de alguien que debió cerrarlo porque el ruido se detuvo. El cuarto olía a madera y se oían los autos que pasaban por la calle Superí, la campana de la estación de tren a los lejos, el tren, instantes después pasando por arriba del puente. La imagen de ella agachada en el garaje arreglando el pedal de su bicicleta me obsesionaba. Pablo me había dicho que no pesaba más de cuarenta kilos en esos días. Mis amigos me habían tratado de convencer de que no lo viera más en esos meses, pero él me decía que no podría capear, lo decía así, “capear”, la tormenta sin mí, y yo lo acompañé. Hasta había tenido fantasías de visitarla, de que me dejara a su esposo y a sus hijos como herencia. Tenía casi veinte años más que yo y se estaba muriendo. Me odiaba. Pablo me lo dijo cuando le pregunté sobre Esther.

Me estaba quedando dormida cuando la puerta se abrió y alguien entró en el cuarto y la cerró detrás de sí con mucho sigilo. Me senté en la cama y encendí el velador. Pablo se abalanzó a apagarlo y me tapó la boca con la mano. Tenía una urgencia que yo no le conocía. Me besó con violencia, acostó su cuerpo sobre el mío, trabándome los brazos con las manos, me abrió las piernas con las suyas y, sin darme tiempo a desvestirme, se metió en mi cuerpo empujándose con los empeines contra la planta de mis pies. Después de acabar se paró de golpe como un gato, me metió los dedos en el pelo cerrándolos al final en un puño y me besó otra vez, un beso duro, casi un golpe de los dientes.

—Hasta mañana —dijo. Y se fue.

Tanteé las paredes del pasillo en dirección al baño. Me había quedado el cuerpo azorado y tuve que detenerme a recuperar el equilibrio. Del otro lado de la puerta de uno de los cuartos cercanos al baño alguien sollozaba.

Esa semana me ofrecieron un trabajo en la librería inglesa de la esquina de Conde y Echeverría, justo a tres cuadras de lo de Pablo. Yo necesitaba dejar de trabajar con él y había mandado tantos correos a tantas personas que no logré rastrear quién me lo había conseguido. La persona que me entrevistó no supo decírmelo. El viaje desde San Telmo era largo, pero necesitaba trabajar, y vender libros me parecía perfecto para mí. Conocía la librería, amaba su olor particular, a jabón blanco, papel y madera, sus libros en inglés de arte y de cocina, la sección de libros infantiles, las islas con las pilas de novelas, los estantes de libros de poesía. Lydia, mi compañera de trabajo, me recibió con amabilidad y se tomó el tiempo para explicarme el funcionamiento de la librería, las costumbres de la casa, todo lo que necesitaba saber para empezar. El resto lo podría ir descubriendo con el correr de los días.

Mi primera clienta fue una mujer vestida con un ambo celeste y zapatillas. Tenía algo feroz en la manera de mirar, manos fuertes y una cara dura y sensual. Si yo hubiera tenido más experiencia como librera podría haber sabido que esa mujer no quería comprar nada. Me hacía muchas preguntas, pero sobre todo me observaba. Pensé que era idea mía, pero Lydia confirmó mi impresión cuando la mujer se fue.

—Qué mujer rara —dijo—. Vive enfrente, pero nunca entró a comprar nada. Ni siquiera creo que sepa hablar inglés.

Lydia era hija de ingleses y me pareció que su comentario era un poco snob, pero era cierto que la mujer había preguntado por los libros señalándolos o acercándomelos, pero no había dicho una sola palabra en inglés.

—Me parece que más que los libros le gustaste vos —dijo Lydia.

Ese comentario no me ayudó cuando la mujer empezó a venir todos los días. A veces venía a la mañana y a veces a la tarde, casi sobre el horario de cierre. No compraba nada, pero daba vueltas, abría los libros y los dejaba apoyados en cualquier parte. Siempre me daba la impresión de que me estaba observando. Una tarde se pasó casi una hora del lado de afuera, mirando la vidriera y hablando por teléfono, cambiaba el peso de una pierna a la otra, se reía, se levantaba el pelo con la mano libre o la apoyaba en el cuello con los dedos abiertos y se hacía una caricia lenta hasta las clavículas que se abrían por sobre el borde del ambo. Había algo muy sensual en sus movimientos. Desde el interior de la librería era imposible ver la dirección de su mirada, pero yo trataba de salir de su campo de visión sin saber demasiado bien por qué me era necesario hacerlo.

—Te busca con la mirada cuando te escondés —dijo Lydia.

Desde esa tarde la empezó a llamar “la enfermera”. A veces, cuando yo estaba en el depósito, Lydia se asomaba a decirme que había entrado la enfermera para jugar conmigo y yo me quedaba ahí hasta que ella me avisaba que se había ido. La veíamos a distintas horas entrando y saliendo del edificio de enfrente, y Lydia, que a cada rato iba a buscar algo a la casa de té que queda cruzando la calle, se la encontraba sentada en las mesas de la vereda o adentro, cuando llovía, con una tetera cerca y hablando por teléfono. Parecía estar siempre hablando por teléfono.

Pablo también empezó a venir todos los días y a cualquier hora. Compraba libros para que la supervisora no me llamara la atención, pero hacía cosas que me ponían incómoda. Se acercaba por la espalda cuando yo estaba buscando un precio que me había preguntado y se apoyaba contra mí aprovechando que las islas con libros nos tapaban de la cintura para abajo. Me agarraba de las caderas o me metía por detrás la mano entre las piernas, o, si quedábamos parados en algún pasillo fuera de la vista de Lydia y la supervisora, me las separaba y me acariciaba mientras con la cabeza hacia un lado fingía mirar los libros. Yo me debatía entre la excitación y la incomodidad. Pablo me gustaba mucho, me fascinaba, debería decir, como fascina a las liebres la luz de los faros en la noche.

Una tarde en la librería me había arrinconado contra la vidriera y fingía preguntarme algo sobre unos libros de arte cuando la enfermera se paró afuera, del otro lado del vidrio. Aunque no podía ver la cara de Pablo a mi espalda, tuve la impresión de que él y ella se miraban. Él me metió la mano entre las piernas y la ahuecó para acariciarme. Yo me aparté. Había sido sólo un momento, pero me faltó el aire.

—¿Qué fue eso? —dijo Lydia cuando Pablo se fue con un libro de desnudos de Annemarie Heinrich que valía una fortuna envuelto para regalo.

—Será un regalo para alguien importante —dije.

—No te hagas la tonta —dijo Lydia.

Yo no tenía una respuesta a su pregunta.

Ese fin de semana Pablo me invitó a su casa otra vez. Habían pasado dos meses desde aquel primer fin de semana. Esta vez los hijos no estaban y él había planeado una comida con algunos matrimonios amigos que hacía tiempo que no veía. Me parecía prematuro. Hacía apenas seis meses que esta gente había perdido a su amiga. Pablo no quiso saber nada de mis objeciones. Lo ayudé a cocinar un curry con una infinidad de ingredientes que hubo que picar y acomodar en la mesada antes de empezar, y también prepa ...