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BUSCO UN AMIGO

Mori Ponsowy  

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Fragmento

CAPÍTULO 1
Donde se narran las circunstancias que dieron origen al aviso que es asunto principalísimo de esta historia

En cuanto se le ocurrió la idea, supo que lo haría. A pesar de todos los argumentos en contra, a pesar de la timidez, del miedo, y de cuán imprudente pudiera parecer, no sólo supo que se atrevería, sino también que hacerlo había pasado a ser inevitable. La ingenua esperanza que sentía, el riesgo que conllevaba, en vez de disuadirla, le parecieron señales de que pondría el aviso aunque pensarlo le provocara taquicardia, y aunque anticipaba que en ello se le irían sus ahorros de los últimos meses. No hacerlo sería renunciar a la alegría adolescente que le daba su ocurrencia loca. Encerrarse en la adultez. La misma adultez silenciosa y previsible de la que estaba harta. ¡Quería jugar! Quería divertirse, escapar de sus propios prejuicios, ser joven de nuevo, valiente y espontánea, y olvidar el peso de esa responsabilidad seria en la se había instalado desde hacía un tiempo y de la que ahora tanto anhelaba escapar.

Le iba bien, no se podía quejar. Le gustaba lo que hacía, pocos trabajos podrían darle esa libertad: no tenía jefe ni horario, y podía hacerlo desde donde quisiera. El único problema era el aislamiento en el que estaba: no había un público que atender, no tenía clientes ni compañeros de oficina. Ni siquiera tenía necesidad de ver a la gente de las editoriales para las que trabajaba. Los únicos eventos sociales a los que solían invitarla eran presentaciones de libros y lecturas de poesía, pero estaba segura de que ahí no encontraría un amor porque, aunque amaba la literatura, el mundillo literario le producía urticaria. Los dos escritores con los que había salido terminaron siendo tan parecidos entre sí —a pesar de que uno era autor de relatos fantásticos y el otro, de dramones psicológicos— que concluyó que, en el fondo, todos eran iguales. El primero se creía la reencarnación de Kafka. El segundo aparentaba ser más humilde, hasta que una noche en la cama, después de hacer el amor, le confesó que se consideraba el heredero de Joyce. Desde entonces, cada vez iba a menos eventos literarios. Le gustaba pertenecer a ese mundo, pero desde afuera. Estar y no estar en él, poder entrar y salir a su antojo. Haber sido amante nada más y nada menos que de Kafka y de Joyce la había convencido de que tener el don de crear algo hermoso no convertía a nadie en una buena persona. Y aunque no buscaba enamorarse de un santo, estaba segura de que no soportaba a los soberbios.

Cuando dejó a Joyce, al principio, no sufrió la soledad. Se había sumergido en su trabajo con una energía cruda y concentrada, nacida en la certeza de que antes de volver a enamorarse debía dejar morir todo cuanto la había atado a él. La soledad se había ido filtrando por las grietas menos pensadas y se había convertido en costumbre, hasta que un buen día se dio cuenta de que, casi sin notarlo, había pasado a vivir en estado de letargo. Un letargo cómodo y apacible como una siesta de verano, pero no uno en el que estuviera dispuesta a permanecer para siempre. Se estaba perdiendo algo. Algo no tanto del mundo, sino suyo. ¿Dónde estaba esa mujer luminosa y plena cuya posibilidad había intuido dentro de sí misma y que con Joyce no había podido florecer? ¿Dónde habían quedado el juego, la risa, la complicidad?

—Mientras sigas metida en tu casa no vas a conocer a nadie —le dijo Marta, una de las pocas amigas con quien no había perdido contacto.

Pidieron dos sándwiches de pollo, tomates secos y berenjenas braseadas. Marta también estaba sola y se anotaba en un curso tras otro, no porque le interesara aprender algo, sino para conocer hombres. Hasta ahora no había conocido a ninguno que valiera la pena, pero seguía insistiendo.

Ella no estaba dispuesta a perder su tiempo de esa manera.

—Me sentiría estúpida si me anoto y después son todas mujeres —dijo.

—Eso suele pasar, pero siempre se aprende algo —contestó Marta—. ¿Cuánto tiempo más vas a quedarte encerrada, noche tras noche, sin hacer nada?

Ella no respondió. Tenía ganas de sumergirse de nuevo en el libro que estaba traduciendo. Llamó al mozo y pidió la cuenta. ¿Ésas eran sus únicas alternativas:

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