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CAMISETAS LEGENDARIAS DEL FúTBOL ARGENTINO

Eugenio Palopoli   Sebastián Ruggiero   Diego Silber   Santiago Chichizola  

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Fragmento

p5

ÍNDICE

Introducción

Los comienzos del fútbol y las primeras camisetas en Gran Bretaña

Fútbol y camisetas en la Argentina: los años fundacionales

El nuevo siglo y los clubes criollos

La era Adidas / Gatic

Los años 90 y la apertura globalizadora

Camisetas para el siglo XXI

Selección argentina

Argentinos Juniors

Atlanta

Banfield

Belgrano

Boca Juniors

Chacarita

Colón

Estudiantes

Ferro

Gimnasia

Huracán

Independiente

Lanús

Newell’s

Platense

Quilmes

Racing

River Plate

Rosario Central

San Lorenzo

Talleres

Tigre

Unión

Vélez

Dorsales icónicos

Agradecimientos

Fuentes

p6

A mi hijo Dante.

E.P.

A Iván, Marina, Elena, Alberto y Mauricio.

D.S.

A mi mujer Ayelén, mi hijo Santi y a mis viejos.

S.R.

A mi mujer Romina, mi hija Julia, mis viejos, hermanos y amigos.

S.C.

p7

INTRODUCCIÓN

“Están los rojos y están los verdes”, canta Phil Collins en los versos iniciales de “Match of the Day”, una no muy conocida canción de Genesis lanzada en un EP del año 1977. Cuando la sobreabundancia de información y análisis sobre fútbol parece abrumarnos sin alcanzar nunca un punto de saturación, una desapasionada revisión a las cuestiones más básicas podría resultar conveniente. “Cada equipo tiene once jugadores con números en sus espaldas, pero a la distancia todos tienden a verse igual”, prosigue la letra. Pues claro, se trata de eso, no más que un juego. Unos patean para acá, los otros patean para allá, y fuimos nosotros los que de algún extraño modo terminamos obsesionados por el desempeño de los jugadores, los precios de sus pases y sus sueldos, las cláusulas que negocian con dirigentes e intermediarios. Es el partido del día, no hay otra manera de pasar el sábado (o el día que fuere) y la culpa siempre es del árbitro.

Pero la distancia burlona que propone la canción lleva en ese primer verso el germen de su propia destrucción. Más allá de las gastadas metáforas del deporte como recreación de la guerra por medios menos destructivos, lo cierto es que en el fútbol el observador imparcial y objetivo es un ideal imposible. Siempre habrá dos equipos, dos bandos, el rojo y el verde, el de ellos y el nuestro, así: siempre en plural. Porque ningún partido será nunca del todo intrascendente, incluso el picadito de los chicos en la plaza nos va a encontrar de un lado o del otro. Todos podemos tener nuestra propia manera de acercarnos al fútbol —como jugadores, como hinchas, como observadores—, pero las identificaciones con los bandos en pugna son siempre colectivas.

Entonces decimos que en el fútbol siempre hay bandos y surge por consiguiente la necesidad de diferenciarlos. No es este un mal indicador para medir la importancia de un partido cualquiera: ¿qué tan rigurosamente se diferencian los equipos? Si al fútbol 5 semanal con los amigos, ese en el que cada uno juega con lo que se le ocurre, en algún momento se le agregan pecheras de colores, puede que entonces ya estemos frente a algo más que un simple divertimento. Al menos uno de los diez entendió que había allí otra cosa en juego, y los otros estuvieron de acuerdo. Pero claro que las pecheras podrían considerarse como el grado más bajo de la diferenciación en un campo de juego, la expresión más rudimentaria y despojada de compromiso, pese a su efectividad. Debajo de ella sigue estando esa otra prenda individual, la disolución de la propia identidad en

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